martes, 20 de enero de 2026

Escolta de Maduro confiesa todo

 


Escolta de Maduro CONFIESA TODO: Abrí las Puertas a Delta Force Esa Noche

Fui parte del anillo de seguridad de Nicolás Maduro durante casi 7 años y la madrugada del 3 de enero de 2026 le entregué su ubicación exacta, desactivé tres puntos de alarma y dejé un acceso despejado para que entraran los Delta Force. Esa es la verdad. Y si estás escuchando esto, probablemente ya estoy muerto o camino a estarlo, porque en este negocio las ratas no duran mucho, sin importar de qué lado estén.

 Voy a contar todo desde el principio. Cómo me contactaron? ¿Cómo me fueron trabajando durante meses? ¿Qué me prometieron? ¿Qué hice exactamente esa noche? ¿Y por qué tomé la decisión que tomé? No espero que nadie me entienda ni que me perdonen. Solo quiero que se sepa lo que pasó de verdad, porque lo que están diciendo en las noticias es apenas la mitad de la historia.


 Mi nombre no importa. Lo que importa es que yo era parte del equipo que cuidaba al presidente. No era cualquier escolta, era de los que estaban en el círculo cercano, de los que entraban a la residencia, de los que sabían dónde dormía, qué comía, a qué hora se levantaba, cuáles eran sus rutas alternas. Llevaba años en eso.


 Empecé como militar raso en la Guardia de Honor. Fui subiendo poco a poco. Me fueron asignando a distintos funcionarios hasta que en 2019 me pusieron directamente en el equipo de protección presidencial. Era un puesto de confianza total, o eso se suponía. La cosa empezó a cambiar para mí más o menos a mediados de 2025. Para ese entonces ya llevaba años viendo cosas que me revolvían el estómago.

Mira, una cosa es ser leal al comandante, a la revolución, a todo el discurso que te meten desde que entras al cuartel. Pero otra cosa muy distinta es ver con tus propios ojos cómo se mueve el dinero, cómo llegan los cargamentos, cómo se reparten los negocios entre los de arriba, mientras afuera la gente come de la basura.

 Yo no soy ningún santo, eso lo tengo claro. Me pagaban bien. Tenía privilegios que la mayoría de venezolanos no pueden ni soñar. Pero hay un punto donde ya no puedes hacerte el que no ve. El primer contacto fue en junio de 2025. Estaba en Bogotá. Había ido a acompañar a un funcionario que tenía reuniones privadas allá. El tipo al que cuidaba se metió a un hotel con unas mujeres y me dejó afuera esperando como [ __ ] durante horas.


Me fui a tomar un café a un lugar cerca del hotel y ahí fue donde me abordaron. Un tipo de unos 40 y pico, pelo corto, vestido normal, nada que llamara la atención. Se sentó en la mesa de al lado, empezó a hablar del clima, cosas normales, pero después de unos minutos me dijo algo que me heló la sangre. Me dijo mi nombre completo, el nombre de mi mamá, el nombre de mi hija, la escuela donde estudiaba, el barrio donde vivíamos antes de que me dieran el apartamento del gobierno.


No me amenazó directamente, pero el mensaje era clarísimo. Sabía todo de mí. me dijo que él representaba a gente que quería ayudar a Venezuela, que sabían que yo era un hombre decente atrapado en una situación complicada y que si algún día quería hablar dejaba un número de teléfono. Me pasó un papelito, se levantó y se fue.

Así no más. Yo me quedé temblando por dentro, pero por fuera no mostré nada. Guardé el papel en el bolsillo y no hice nada durante semanas, pero la semilla ya estaba sembrada. Cada vez que veía a los jefes repartirse millones mientras a nosotros nos daban migajas, cada vez que escuchaba hablar de los cargamentos que salían por la costa, cada vez que veía la cara de hambre de la gente en la calle, me acordaba de ese papel.

Y un día, creo que fue a finales de julio, llamé al número solo para ver qué querían, solo para escuchar, me dije. Pero en el fondo yo sabía que estaba cruzando una línea de la que no había regreso. La primera llamada duró como 5 minutos. El mismo tipo del café me contestó. me dijo que si quería ayudar, lo único que tenía que hacer era pasar información sobre las rutinas, los movimientos, las casas de seguridad, nada más.


 me dijo que nadie iba a saber, que ellos tenían formas de proteger a sus fuentes, que llevaban años haciendo esto. Y me habló de dinero, mucho dinero, más del que yo iba a ver en toda mi vida trabajando para el régimen. No voy a mentir, el dinero me interesó. Pero no era solo eso. Había algo más profundo, algo que llevaba años comiéndome por dentro.


Yo había visto demasiado. Había visto como desaparecían personas que hacían preguntas. Había visto las cuentas en el extranjero. Había escuchado conversaciones que no debía escuchar y sabía que si algún día dejaba de ser útil, a mí me iba a pasar lo mismo. En el fondo, creo que acepté colaborar porque sentía que era mi única salida.


Si me quedaba callado, tarde o temprano iba a terminar muerto igual. Al menos así tenía una oportunidad de sacar a mi familia. Los primeros meses solo pasé información básica, horarios de reuniones, quienes entrabany salían de las casas de seguridad, rutas de desplazamiento. Me dieron un teléfono especial, uno que parecía un celular viejo y corriente, pero que tenía una aplicación escondida para enviar mensajes cifrados.


Me dijeron que nunca lo usara desde la residencia ni desde ningún lugar que pudiera estar vigilado. Solo lo usaba cuando salía, cuando tenía tiempo libre, siempre en lugares públicos donde había mucha gente. Para septiembre ya estaba más metido de lo que me hubiera gustado admitir. Tuve una reunión presencial en Curazao.


 Me inventé una excusa para pedir unos días. Dije que mi mamá estaba enferma en el interior. Fui a la isla y ahí me encontré con dos tipos distintos. Estos sí parecían más serios, gringos claramente. Uno hablaba español con acento, el otro casi no habló. Me mostraron fotos de las casas de seguridad que yo les había descrito y me preguntaron detalles específicos.

Querían saber dónde estaban las cámaras, cuántos hombres había en cada turno, cómo era el sistema de alarmas, si había túneles o salidas de emergencia. Ahí fue cuando entendí que esto no era solo inteligencia pasiva. Estaban planeando algo grande. Me preguntaron directamente si estaría dispuesto a ayudar en una operación cuando llegara el momento.

No me dijeron cuándo ni cómo, solo si estaba dispuesto. Les dije que sí. Creo que en ese momento ya no tenía opción de decir que no, aunque hubiera querido. Los meses siguientes fueron los más tensos de mi vida. Seguía haciendo mi trabajo normal, cuidando al presidente, acompañándolo a sus eventos, escuchando sus discursos sobre el imperialismo y la resistencia.


Y por dentro sabía que cada palabra que él decía, cada gesto de confianza que me hacía, era una mentira de mi parte. Me sentía como un fantasma caminando entre los vivos, pero no podía echarme para atrás. En noviembre, las cosas se pusieron más serias. Los gringos empezaron a hacer preguntas muy específicas sobre fuerte tiuna.


 Querían saber exactamente cuál era la casa donde dormía el presidente, cuáles eran los accesos, cuántos guardias había de noche, si los perros eran un problema, dónde estaban los generadores de electricidad, todo. Me di cuenta de que estaban preparando el golpe final y me pidieron algo que me costó mucho aceptar. Necesitaban que el día de la operación yo estuviera adentro y que desactivara ciertas alarmas en un momento preciso.

Me explicaron cómo iba a funcionar. Ellos iban a atacar múltiples objetivos al mismo tiempo para crear confusión. Bases aéreas, instalaciones militares, sistemas de comunicación. Todo iba a pasar muy rápido en cuestión de minutos. Y en medio de ese caos, un equipo pequeño iba a entrar a la residencia. Mi trabajo era asegurarme de que un acceso específico estuviera despejado y que las alarmas de ese sector no funcionaran.


Me dieron instrucciones exactas de qué cables cortar, qué interruptores apagar, en qué orden. Lo practiqué mentalmente cientos de veces. La fecha me la confirmaron apenas dos días antes, 3 de enero de 2026. Me dijeron que estuviera listo a partir de la medianoche, que iba a recibir una señal cuando empezara todo.


 La señal iban a ser los bombardeos. Cuando escuchara las explosiones, tenía exactamente 12 minutos para hacer mi parte antes de que llegara el equipo de extracción. Esa noche no pude dormir. Obviamente estaba en mi puesto normal haciendo mi ronda como si fuera cualquier otra noche. El presidente estaba en la casa de seguridad dentro del complejo de Fuerte Tiuna, no en Miraflores.


Él casi nunca dormía en Miraflores. Eso era pura fachada para la prensa. La casa real tenía paredes reforzadas, puertas de acero, un cuarto seguro en el sótano al que solo él tenía acceso, o eso creía él. A la 1:50 y algo de la madrugada empezaron los ruidos. Al principio sonaba lejano, como truenos, pero enseguida supimos que no eran truenos.

 Empezaron a llegar reportes por radio de que estaban atacando la Carlota, que había explosiones en el 4F, que se había ido la luz en varios sectores. El caos fue instantáneo. Todo el mundo empezó a gritar órdenes, a correr de un lado a otro. Nadie sabía qué estaba pasando exactamente. Yo me moví hacia mi posición designada. Había un acceso lateral que conectaba con una zona de servicio, un pasillo que casi nadie usaba de noche.

Los interruptores de las alarmas de ese sector estaban en un panel cerca de la cocina. Me tomó menos de 2 minutos hacer lo que tenía que hacer. Corté los cables que me habían indicado. Apagué los sensores de movimiento de esa ala. Nadie me vio. Todos estaban demasiado ocupados con el caos afuera. Después volví a mi posición normal y esperé. No tuve que esperar mucho.

 A los pocos minutos escuché helicópteros muy cerca, demasiado cerca. Y después vinieron los disparos. Algunos de los guardias empezaron a responder, pero fue inútil. Los tipos que entraron no eran como nosotros.Se movían diferente, coordinados, silenciosos. Usaban visión nocturna, láser, equipo que yo solo había visto en películas.


Tomaron el perímetro en cuestión de minutos. Yo me tiré al piso cuando empezaron los disparos cerca de mi posición. Me quedé ahí quieto, haciéndome el muerto. Un par de veces pasaron tipos cerca de mí, pero no me tocaron. Supongo que sabían quién era yo, porque me habían dado instrucciones de quedarme en un punto específico y no moverme.

Y eso hice. Escuché gritos adentro de la casa, la voz del presidente, creo, aunque no estoy seguro. Después, más disparos, más gritos y luego silencio. Todo duró menos de lo que pensé. No sé si fueron 10 minutos o 20, pero se sintió como una eternidad. Cuando todo terminó, había cuerpos en el piso, compañeros míos, tipos con los que había trabajado durante años, algunos muertos, otros heridos.

Yo seguía tirado donde me había quedado, fingiendo que también me habían dado. Después vinieron los helicópteros más grandes, los Chinuk que mencionaron en las noticias, y se llevaron al presidente y a su esposa. Así no más, como si estuvieran sacando un paquete de un almacén. Las horas siguientes fueron un desastre.

Nadie sabía quién estaba al mando. Todo el mundo acusaba a todo el mundo. A mí me interrogaron como a todos los demás sobrevivientes. Conté la misma historia que los otros, que estábamos respondiendo al ataque cuando nos superaron. Nadie sospechó de mí, o al menos eso creo.


 El dinero me lo depositaron en una cuenta en Panamá tres días después. más de lo que me habían prometido en realidad. Me dijeron que tenía que esperar un tiempo antes de moverme, que no hiciera nada sospechoso. Pero yo sé cómo funciona esto. Sé que tarde o temprano alguien va a hablar, alguien va a conectar los puntos, alguien va a preguntarse cómo entraron tan fácil los gringos a un lugar que se suponía era impenetrable.

Por eso estoy grabando esto ahora. Porque si algo me pasa, quiero que quede constancia de lo que hice y por qué lo hice. No soy un héroe, eso lo tengo clarísimo. Traicioné a mi comandante, traicioné a mis compañeros, traicioné a mi país según como lo veas, pero también creo que ese régimen se merecía lo que le pasó.

 Y si tuve que ser yo quien abriera la  puerta, pues así fue. Hay algo que no he dicho y que creo que es importante. Yo no fui el único. Había otros, no sé cuántos exactamente, pero los gringos tenían más gente adentro, gente más arriba que yo, con acceso a información que yo ni siquiera podía soñar. Esa noche todo salió demasiado perfecto para que dependiera de un solo hombre.

Los radares que no funcionaron, las baterías antiaéreas que no dispararon, los refuerzos que nunca llegaron, alguien más estaba coordinando todo eso desde arriba. Alguien con estrellas en el hombro, probablemente. No voy a decir nombres porque no lo sé con certeza, pero si tuviera que apostar, diría que el ministro de defensa sabía lo que iba a pasar.

La forma en que salió después con su comunicado medido, sin llamar a la resistencia real, sin ordenar contraataques. Todo eso me dice que él también estaba en el juego. Pero eso es especulación mía. No tengo pruebas. Lo que sí sé es que la recompensa que ofrecían los gringos era de muchos millones, 50 millones de dólares por información que llevara a la captura de Maduro.


Esa plata no era solo para mí, era para todos los que ayudaron. Y cuando hay tanto dinero de por medio, la lealtad se vuelve algo muy relativo. Ahora estoy escondido esperando a ver qué pasa. Mi familia ya salió del país. Los mandé antes de que empezara todo. Si esto sale bien, me reúno con ellos en unos meses y empezamos de nuevo en algún lugar donde nadie me conozca.

Si sale mal, pues al menos quedará este testimonio. A veces me pregunto si hice lo correcto. La verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es que no había forma de que esto terminara bien para mí quedándome callado. El régimen se estaba cayendo a pedazos. Los gringos ya estaban decididos a actuar con o sin mi ayuda.

Yo solo elegí estar del lado que iba a ganar. Puedes llamarlo traición, puedes llamarlo supervivencia. Al final es lo mismo. Lo único que lamento son los compañeros que murieron esa noche. Tipos que no tenían nada que ver, que solo estaban haciendo su trabajo. Eso me pesa y me va a pesar siempre. Pero también sé que si la cosa hubiera sido al revés, si hubiera sido yo el que estorbaba, ellos no habrían dudado en quitarme del medio.

 Así funcionaba todo ahí adentro. Lealtad hasta que dejas de ser útil, después eres descartable. No sé qué va a pasar con Venezuela ahora. Probablemente los gringos van a poner a alguien de ellos, van a sacar el petróleo, van a hacer negocios y la gente común va a seguir jodida como siempre, solo que con otros jefes arriba. Eso no va a cambiar porque se llevaron a Maduro.

 El sistema está podrido desde laraíz y sacando una cabeza no arreglas nada. Pero eso ya no es mi problema. Yo hice lo que hice por mis razones y ahora tengo que vivir con eso. Si alguien quiere juzgarme, que lo haga. Yo ya me juzgué a mí mismo y tomé mi decisión hace mucho tiempo. El día que acepté esa primera llamada, ya sabía cómo iba a terminar todo. Esta es mi confesión. Yo abrí las puertas esa noche y si tuviera que hacerlo de nuevo, probablemente lo haría igual.



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