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miércoles, 10 de junio de 2020

150 años sin Dickens / 15 escritores opinan sobre su legado e influencia


'Dickens' Dream', cuadro inacabado del pintor Robert W. Buss (1804-1875).
'Dickens' Dream', cuadro inacabado del pintor Robert W. Buss (1804-1875). 

150 años sin Dickens: 

15 escritores opinan 

sobre su legado 

e influencia

Javier Marías, Jonathan Coe, Dave Eggers, Salman Rushdie, Margo Glantz, Junot Díaz y Colm Tóibín, entre otros, analizan el influjo del autor inglés, fallecido hace un siglo y medio, en su educación como lectores y su manera de escribir


Alex Vicente
9 de junio de 2020



Javier Marías

“Su realidad jamás es plana, porque no la ofrece en bruto, sino destilada”

Empecé a leer a Dickens en la infancia, tal vez me estrené con Historia de dos ciudades y seguí con Oliver Twist y David Copperfield (Cuento de Navidad siempre me aburrió). Nunca he dejado de frecuentarlo, y, ya adulto, conocí Casa desolada, acaso su mejor novela. Creo que si su obra pervive es por lo que perviven cuantas lo logran, desde Cervantes, Shakespeare y Sterne a Proust y Faulkner: era un extraordinario estilista, y sus textos, bajo su apariencia melodramática o humorística, contienen una profundidad que aún nos hace pensar y nos revela lo que ignorábamos que quizá intuíamos. Parecen entretenimiento y lo son; parecen historias adictivas mientras uno las lee, y lo son; parecen realistas y hasta costumbristas en ocasiones, y lo son, pero en escasa medida, porque la realidad que presentan es una realidad estilizada y rayana en lo inverosímil, como demuestran los propios nombres de sus personajes. Su realidad jamás es plana, porque no la ofrece en bruto, sino destilada.

lunes, 15 de enero de 2018

Huracán Caribe / La identidad cultural de una regiòn contradictoria



Huracán Caribe
ILUSTRACIÓN DE QUINTATINTA



Huracán Caribe

Más allá de las noticias sobre desastres naturales y las afrentas de Donald Trump, una vibrante generación de escritores y artistas redefinen la identidad cultural de una región contradictoria


Iván de la Nuez
12 de enero de 2018

Al inicio de La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo recuerda sus jornadas durante la crisis de los misiles. Esos días de octubre de 1962 en los que el mundo estuvo al borde de la hecatombe nuclear gracias al tira y afloja coheteril entre Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue este, sin duda, uno de los momentos más críticos de la Guerra Fría, recreado más tarde por la literatura, el cine o sus propios protagonistas.

lunes, 20 de abril de 2015

Los escritores latinos en inglés entran en el canon de Estados Unidos


Los escritores latinos en inglés 

entran en el canon de Estados Unidos

Es una nómina de autores que cada vez obtiene más premios, visibilidad y que renueva la literatura de su país. Es la potencia de una cultura que ha cambiado EE UU



El poeta de origen cubano Richard Blanco lee un poema durante la posesión de Barack Obama, el pasado 21 de enero. / PABLO MARTINEZ MONSIVAIS (AP)
De mitades armónicas. De raíces transnacionales, bilingües y multiculturales. De eso está hecha y a eso suena la literatura de Estados Unidos en los últimos sesenta años en la que ahora empiezan a sonar, cada vez con fuerza, los escritores de origen hispanohablante. El lunes pasado, medio mundo escuchó al autor de origen cubano Richard Blanco leer un poema en la posesión del segundo mandato presidencial de Barack Obama. Una elección que confirma una tendencia natural en un país mestizo étnica y culturalmente, donde la mitad de los recién nacidos son de origen hispano, con una población que ya alcanza los 50 millones de personas.

Es una renovación literaria que vivieron otros grupos o comunidades ya en el canon estadounidense. A mediados del siglo XX fueron los autores de origen judío, en los años sesenta los italianos y en los setenta y ochenta los afroamericanos. Ahora se suma una generación de escritores de abuelos cubanos o dominicanos, padres guatemaltecos o peruanos, o madres colombianas o de cualquier país hispanohablante.
“Ya no somos vistos como bichos raros. Somos ciudadanos estadounidenses de facto integrados en su vida social y cultural y el mundo editorial así nos ve”, afirma Francisco Goldman, de madre guatemalteca y padre de origen judío. Pero el autor del reciente Di su nombre (Sexto Piso) señala un tema pendiente: “Que nos quiten las etiquetas de hispanos y que nos vean exclusivamente como Escritores. Nuestros temas no son solo la identidad o la inmigración, sino todos aquellos puede interesar a cualquier lector”.
Prueba de que no son una anécdota ni una moda, como parecía en los años noventa, es la nómina de premios que han obtenido y su presencia relevante en publicaciones literarias y periodísticas. Desde Óscar Hijuelos, primer Pulitzer para un hispano en 1990 por la novela Los reyes del Mambo tocan canciones de amor; hasta Quiara Alegría Hudes, Pulitzer en 2012 por la obra de teatro Agua a cucharadas; pasando por Junot Díaz, Pulitzer 2008 por la novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Entre medias, en revistas de referencia como The New Yorke o Esquire aumentan los artículos firmados por autores apellidados Alarcón, Cisneros, Manrique, Sellers-García, Pava, Álvarez, Mestre, Henríquez…

“No hacen más que reconocer la potencia de una cultura que hace tiempo que ha cambiado el rostro de la nación, punto de encuentro de las líneas maestras del universo panhispánico”, afirma Eduardo Lago, escritor español y exdirector del Instituto Cervantes de Nueva York. Sobre la presencia de Blanco en la posesión presidencial, Lago aclara que aunque es un gesto de generosidad intelectual que le honra, “Obama no ha hecho más que rendirse a la evidencia. Hoy los poemas de Richard Blanco inundan la red. El suyo es un verbo claro, sencillo y potente, que señala lo mucho que han cambiado tanto Cuba como los norteamericanos”.
Escritores que se han integrado al diálogo del país con una estructura narrativa, sensibilidades y concepción de la vida que suele ser en español pero contada en inglés. El decano de todos ellos, recuerda Julio Ortega, de la Universidad de Brown, es el chicano Rolando Hinojosa-Smith, y entre los cubano-americanos es más reconocido Hijuelos. El profesor Ortega sobrevuela veloz esta renovada cartografía literaria: “Junot Díaz, de origen dominicano, es hoy el de mayor impacto que puede personificar pasado y presente y futuro: su romance latino cuenta la zozobra emotiva de los habitantes recientes de un inglés contaminado de español juglaresco. Produce una sintaxis oral, sincrética y gestual: un habla a flor de piel. Daniel Alarcón, nacido en Perú, es el menos evidente y más sutil. Es más narrativo: su inglés es la orilla; el español, la memoria”. Para concluir que “esta encrucijada verbal está forjando la literatura del XXI, hija elocuente de la migración”.

Cervantes Street, la última novela de Jaime Manrique es eso. “Nos hemos imbricado en el flujo y la corriente cultural estadounidense y el sector editorial, críticos y lectores han superado los clichés”. Escritores latinos, pero también escritores del mundo fuera de etiquetas. Y sin una línea común más allá de eso, según ha dicho Quiara Alegría Hudes, de padre judío y madre puertorriqueña: “Si algo muestra nuestro trabajo es que no existe una estética latina uniforme”.
Una literatura presente desde los albores del propio país. Solo que ha costado aceptarla, afrima Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano en la Universidad de Cornell. Y solo en el último medio siglo h allegado el reconocimiento, agrega, "gracias a voces como las de Piri Thomas, los Nuyorican Poets, Gloria Anzaldúa, Rolando Hinojosa-Smith, Sandra Cisneros, Francisco Goldman, Julia Alvarez, y escritores de la nueva generación como Junot Diaz y Daniel Alarcón". La mayoría de los autores de origen hispano, según Paz Soldán, "escribe en un inglés flexible, aderezado de palabras, giros idiomáticos e incluso algo de la sintaxis del español". Inevitable. Natural. Instintivo. Con un recorrido que el autor boliviano traza así: “El español se va filtrando de contrabando en el inglés y lo va cambiando desde adentro; en un país con una literatura tan oficialmente monolingüe —una literatura que no refleja la diversidad de la experiencia idiomática en los Estados Unidos—, se trata de un gesto notable que, gracias a estos autores, pronto dejará de serlo”.

Éxitos de crítica y público

Óscar Hijuelos (Nueva York, 1951) se convirtió en 1990 en el primer autor de origen hispano en obtener el Pulitzer, por Los reyes del mambo tocan canciones de amor.A este autor de origen cubano le interesa enmarcar sus relatos en un contexto histórico: “Siempre he sentido que tenía como misión enseñar la historia de Cuba”.
Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) de origen dominicano, obtuvo en 2008 el Pulitzer por la novela La maravillosa vida de Oscar Wao. Según aseguró el escritor entoces, “muchos estadounidenses se sienten amenazados ante el avance del español”.
Quiara Alegría Hudes, de origen puertrorrioqueño, logró el año pasado el Pulitzer por la obra de teatro Agua a cucharadas, segunda parte de una trilogía, recién estrenada con éxito en Nueva York.
Francisco Goldman (Boston, 1954), de madre guatemalteca y padre judio-estadounidense, ha logrado importantes premios por el ensayo El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo? Asegura que “no hay que aislar al latino del resto del universo literario porque estamos haciendo simplemente novela contemporánea sobre nuestras experiencias”.




miércoles, 30 de abril de 2008

La gran novela americana / Historia de una etiqueta

LA GRAN NOVELA AMERICANA

Historia de una etiqueta



Existe una gran novela americana en cada vértice del tiempo. Richard Ford encaja perfectamente en el arquetipo, sostiene el escritor Eduardo Lago

Eduardo Lago
26 de abril de 2008

El rubro gran novela americana lo acuñó en 1868 John William DeForest, autor de una novela sobre la guerra civil de su país. La expresión hizo fortuna y siglo y medio después se sigue recurriendo a ella sin cesar. Como se trata de una formulación elusiva conviene precisar sus límites. Antes de nada, hay que señalar que la expresión aparece siempre en singular, apuntando a una entidad abstracta de carácter absoluto. Sólo hay una gran novela americana en cada vértice del tiempo: aquella que, en virtud de un consenso imposible de definir, se considera que ha sido capaz de dar expresión al espíritu colectivo de la nación, de la cual es una alegoría. Puesto que la realidad norteamericana es extraordinariamente dúctil y cambiante, la obra digna de ser considerada la gran novela americana tiene un periodo de vigencia limitado, siendo sustituida con relativa rapidez. Además de la obvia exigencia de calidad literaria, la obra susceptible de ser designada como la gran novela americana ha de reunir una serie de requisitos: afán de totalidad, considerable extensión, capacidad de reflejar en toda su complejidad la realidad social y las costumbres de una encrucijada histórica concreta. En muchos casos se trata de obras puntuales, aisladas, aunque lo más característico, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo veinte, es que se trate de sagas novelísticas semejantes a las que gestaron Galdós, Dickens o Balzac en sus respectivas sociedades. En Estados Unidos, el caso más representativo sería el de Henry James. Inicialmente, se recurrió a la expresión con ánimo de marcar distancias con respecto al peso de la tradición novelística británica, afirmando así la identidad nacional de las novelas escritas en lengua inglesa en el Nuevo Mundo. Así, la gran novela americana asumía la función que desempeña en otras literaturas la épica nacional, elemento del que Estados Unidos, como nación joven, carecía. El siglo XIX produjo las tres primeras obras acreedoras al título de la gran novela americana: La letra escarlata, Moby-Dick y Las aventuras de Huckleberry Finn, tres obras maestras sobre las que se sostiene el edificio impresionantemente sólido que es la novela norteamericana del siglo XX.







El concepto resulta excesivamente restrictivo. Thomas Pynchon o William Gaddis quedan fuera por inaccesibles




MÁS INFORMACIÓN



La mejor manera de entrar en la centuria es hacerlo de la mano de Henry James, eligiendo alguno de los títulos mayores de la monumental revisión de sus obras conocida como la edición de Nueva York. Una buena opción es Retrato de una dama (1908). Ya en los años veinte, nos encontramos con El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, y El ruido y la furia, de William Faulkner. La siguiente década nos ofrece tres títulos imprescindibles: la trilogía USA de John Dos Passos; Llámalo Sueño, de Henry Roth, y Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Los cincuenta fueron una década prodigiosamente fértil, con El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; El hombre invisible, de Ralph Ellison; las Aventuras de Augie March, de Saul Bellow, y la gran épica de la carretera que es En el camino, de Jack Kerouac. En los sesenta, Truman Capote erigió el escalofriante monumento narrativo que es A sangre fría. Los setenta nos dejaron Ragtime, de E. L. Doctorow. En los ochenta, con Meridiano de sangre, Cormac McCarthy se adentró en las zonas más abismales de la conducta humana. En cuanto a las grandes sagas novelísticas, cuya gestación lleva décadas, destacan el ciclo de Albany, de William Kennedy y la serie dedicada aConejo Armstrong, de John Updike, integrada por cinco títulos publicados entre 1960 y 2001. La responsabilidad de hacer que el concepto de gran novela norteamericana efectuara una cómoda transición al siglo XXI corrió a cargo de Don DeLillo y Philip Roth, quienes han creado obras de calibre en las dos centurias. En el caso de Roth, su gran friso de la sociedad norteamericana lo constituiría el ciclo narrativo protagonizado por Nathan Zuckerman. La novela de DeLillo que mejor encarna el concepto que estamos discutiendo es Submundo. Demasiadas ausencias de peso en este recorrido, algunas muy a mi pesar: El gran Norman Mailer se pasó toda la vida hablando de la gran novela americana e intentando escribirla. Como le ocurrió al capitán Ahab con Moby Dick, murió sin conseguirlo. Tampoco lo consiguió Hemingway, cuya grandeza está en las formas breves, como ocurriría décadas después con Raymond Carver. En realidad, el concepto de gran novela norteamericana resulta excesivamente restrictivo: se suele reservar para cultivadores del realismo más tradicional, por eso quedan fuera escritores del calibre de Thomas Pynchon, o William Gaddis, por inaccesibles. Richard Ford, por el contrario, encaja perfectamente en el arquetipo. Tras la publicación de Acción de Gracias, obra con la que el autor nacido en Jackson, Misisipi, culmina la serie iniciada con El periodista deportivo(1986) y El día de la independencia (1995), muchos críticos afirmaron que la trilogía de Ford era la última versión de la gran novela americana. Obra impecable y rigurosa, la distinción es sin duda merecida, aunque hay quien se impacienta porque le gustaría verla aplicada a empeños de más alto riesgo. En este contexto, ¿qué ofrecen los más jóvenes entre los consagrados? La broma infinita, de David Foster Wallace, es una obra de culto, excesivamente experimental para el lector de a pie. El prolífico William Vollmann, autor de narraciones a veces desmesuradas que intentan radiografiar la totalidad de nuestro tiempo, no ha producido ninguna novela que haya logrado ser bendecida con el título de marras, como tampoco lo ha sido ninguna de las más de sesenta obras de Joyce Carol Oates. Las correcciones, de Jonathan Franzen, se acercó, gracias al esfuerzo realizado por su autor, que trató de conciliar el legado de la tradición con las fórmulas del posmodernismo.
¿Cuál es la situación en este momento? A tenor de lo ocurrido con el último Premio Pulitzer, que ha ganado un narrador hispano de 40 años apenas hace dos semanas, puede que las cosas estén cambiando. Todo apunta a que la gran novela americana está desesperadamente necesitada de un nuevo look. En La maravillosa vida breve de Óscar Wao se produce un encuentro entre Derek Walcott y La guerra de las galaxias, pasando por la tradición de la novela latinoamericana de dictadores, por citar sólo unos pocos ingredientes. ¿El nombre del autor? Junot Díaz. Estén atentos a sus receptores.
Eduardo Lago es autor de Llámame Brooklyn (Destino), premio Nadal 2006.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de abril de 2008


sábado, 11 de mayo de 2002

Nuevos narradores estadounidenses / Clásicos y modernos



NUEVOS NARRADORES ESTADOUNIDENSES

Clásicos y modernos


Rodrigo Fresán
11 de mayo de 2002

En la literatura de Estados Unidos cambian los nombres y las estéticas, pero los temas y los paisajes permanecen. Así, más que romper con el pasado, las nuevas generaciones de narradores continúan transitando los caminos abiertos por los escritores que las precedieron. Sin olvidar a clásicos como Herman Melville, Mark Twain o Nathaniel Hawthorne, los autores de hoy tienen muy presentes a contemporáneos como John Cheever, Philiph Roth, J. D. Salinger o Don DeLillo.
Hay un criterio simple -el generacional- que es en el que suelen refugiarse publicaciones de prestigio como The New Yorker y Granta a la hora de, periódicamente, revelar al mundo '20 escritores para el siglo XXI' o 'los mejores novelistas jóvenes de América'. Es un criterio funcional e incontestable, pero que -siempre obligado por la presión del modelo nuevo- suele esquivar el hecho de que un país como Estados Unidos nunca deja de mantener una relación con un pasado que suele enorgullecerlos o, por lo menos, resultarles siempre digno de interés. Lo mismo ocurre con su literatura: cambian los apellidos y las estéticas, pero ciertos temas y paisajes permanecen. Por eso las nuevas generaciones de escritores made in USA continúan sin culpa ni disimulo el trabajo de las que las precedieron, y todos felices. Y el lector también a la hora de disfrutar de la paradoja posible de un cóctel tan clásico como original: una medida de la mística metaficcional de Herman Melville, una de viaje iniciático de Mark Twain, una de puritanismo pagano de Nathaniel Hawthorne, agitar con fuerza, colar a través de tantos otros apellidos que vinieron después, servir bien caliente en una copa moderna. Por eso también -a la hora de explorar los territorios y tramas de estos nuevos, muchos de ellos ya en trámite de ceder su sitial a nuevos-nuevos- se comprueba que el estilo puede variar pero las postales son enviadas desde los mismos lugares de siempre.




Se sirve en copa posmoderna este cóctel: una de mística metaficcional, una de viaje iniciático y una de puritanismo pagano

Así -algunas puntas de un iceberg de muchas puntas- Jeffrey Eugenides, Charles Baxter, A. M. Homes y Michael Knight vuelven a redescubrir el suburbio -ese epifánico infierno chico que ya exploraron gente como John O'Hara, Richard Yates y, sobre todo, John Cheever- como sitio de fracaso y redención con destellos casi mitológicos. Heidi Julavits viaja a los pueblos muertos de la Gran Depresión con los modales barrocos de William Faulkner y Carson McCullers. Nathan Englander recupera la fuerte tradición del judío mágico y pícaro -en la que lo precedieron Isaac B. Singer, Bernard Malamud y Philip Roth- mientras que Ethan Canin y Michael Chabon hacen lo propio con nuevas versiones del ángel caído blanco, anglosajón y protestante de Francis Scott Fitzgerald disfrazado de dibujante de cómics o escritor bloqueado. David Sedaris, Melissa Bank y Matthew Klam modernizan el concepto del humorista en serio à la Dorothy Parker o Woody Allen o Jerry Seinfeld con relatos de mecánica cercana al monólogo de stand-up comedian. Jonathan Franzen y Lorrie Moore se sientan a la mesa de esas familias disfuncionales que John Updike tantas veces fotografió en sus cuentos y en las novelas de la saga de Rabbit Angstrom. Dave Eggers, Rick Moody y William T. Vollmann reinventan sus propias vidas recibiendo la herencia del fantasma verdadero del paladín de la cripto-autobiografía Jerome David Salinger; mientras que Donald Antrim, George Saunders, Chuck Palahniuk y David Foster Wallace se reparten a partes iguales el legado entrópico y satírico de Thomas Pynchon y Kurt Vonnegut a la hora de destruir el planeta o, por lo menos, patear ese puzle al que sólo le faltaba una pieza para terminarlo de armar. Richard Powers es el perfecto discípulo de Don DeLillo cuando se trata de comprender la historia pública de su país a través de las historias privadas de sus personajes. Jonathan Lethem -replicante de Philip K. Dick- se consagra como escritor 'de género' tan apto para la ciencia-ficción como para el policial paranóico-existencialista. James Gunn y Denis Johnson -el mayor de todos ellos en todo sentido- se mueven por las zonas oscuras de la derrota con héroes drogadictos o malditos que descienden directamente de las alturas beatniks y posvietnamitas o ascienden hacia las profundidades de la cultura trash y el consumismo pop. Al final -pero no por eso en último lugar-, Sherman Alexie, Junot Díaz, Chang-Rae Lee, Jhumpa Lahiri, Collum McCann, releen para reescribir, con la caligrafía del inmigrante o de la minoría étnica, el mapa de un país donde Huckleberry Finn sigue saliendo al camino, Hester Prynne continúa soportando el estigma de una letra escarlata y Ahab no ha dejado de perseguir a una ballena blanca que simboliza cualquier cosa, todas las cosas de este mundo.

Lorrie Moore







LOS OTROS NUEVOS


La revista The New Yorker seleccionó en 1999 a 20 autores para el siglo XXI. Además de los ya citados en las páginas anteriores, éstos son otros autores con obra traducida al español que se encontraban en la lista:
Donald Antrim. 
Los cien hermanos. Tusquets, 2000.
Sherman Alexie. 
El indio más duro del mundo. El Aleph, 2001. Indian Killer. El Aleph, 1997.
Edwidge Danticat. 
Palabras, ojos, memoria. Ediciones del Bronce, 1998.
Junot Díaz. 
Los boys.
Mondadori, 1996.
Jeffrey Eugenides. 
Las vírgenes suicidas. Anagrama, 1994.
Nathan Englander. 
Para el alivio de insoportables impulsos. Lumen, 2000.
Jhumpa Lahiri. 
Intérprete de emociones. 
Ediciones del Bronce, 2000 (en catalán en Columna, 2000).
Chang-Rae Lee. 
En lengua materna. Anagrama, 2001.
Rick Moody. 
América púrpura. 
Debate, 2001. 
La tormenta de hielo. 
Debate, 1997 (en catalán, Llibres de l'Índex, 2001).
William T. Vollman. 
Historias del Mariposa. 1995; 
Trece relatos y trece epitafios, 1996,
Para Gloria, 1998
La lista de autores traducidos es mucho más extensa. Pese que no incluye a autores que ya se han convertido en referencia, como Roth, Cheever, Auster o Delillo, es una muestra representativa:
Dave Eggers. 
Una historia asombrosa, conmovedora y genial. Planeta, 2001 (versión catalana en Columna, 2001).
Heidi Julavits. 
El palacio mineral. 
Mondadori, 2002.
James Gunn. 
El coleccionista de juguetes. 
Mondadori, 2002.
Zoetrope: All-story, antología de relatos de la revista Zoetrope. Emecé, 2002.
Steven Millhauser. 
Pequeños reinos. 
Andrés Bello, 1998.
El lanzador de cuchillos.
Andrés Bello, 2001, entre otros.
Nicholson Baker
La interminable historia de Nory. 
El Aleph, 2002 (en catalán en Empúries).
Brady Udall. 
La vida milagrosa de Edgar Mint. 
RBA, 2002.
James Hynes. 
El cuento del docente. El Aleph, 2002.
Lorrie Moore. 
Pájaros de América. Salamandra, 2000 (en catalán, Edicions 62, 2000).
Autoayuda. Salamandra, 2002.
Helen DeWitt. 
El séptimo samurái. Plaza & Janés, 2001.
Kief Hillsbery. 
En pie de guerra. 
Seix Barral, 2001 (en catalán en Columna).
Armistead Maupin. 
El oyente nocturno. 
Plaza & Janés, 2001.
Colum McCann. 
A este lado de la luz. El Aleph, 1998
(en catalán en Columna). Perros que cantan. El Aleph, 2001.
André Dubus III
Casa de arena y niebla. Diagonal, 2001.
Douglas Coupland. 
La segunda oportunidad. 
Ediciones B, 2001. 
Todas las familias son psicóticas.
 Destino, 2002, entre otros.
James Salter. 
Juego y distracción y Anochecer. El Aleph, 2002.
Lawrence Weschler. 
Boggs, la comedia del dinero. 
Seix Barral, 2000.
El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson. 
Seix Barral, 2001.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de mayo de 2002