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lunes, 28 de febrero de 2011

Milcíades Arévalo / El guerrero de la utopía



El guerrero de la utopía
Entrevista a Milciades Arévalo
Marcos Fabián Herrera Muñoz
Los puertos, el desasosiego existencial, los desenfrenos oníricos y el erotismo, integran la urdimbre fundamental de su obra. El olfato de su magín editorial le permitió advertir el inconmensurable caudal poético de Raúl Gómez Jattín. Cuando el mundo entero tarareaba canciones de los Beatles, y miríadas de jóvenes estrechaban en sus manos, el fugaz paraíso anárquico de mayo del 68, él zarpaba en un barco por los mares del mundo dispuesto a devorar libros y a conocer historias. En 1972 fundó la revista Puesto de Combate, que con insuperable fe y tesón ha publicado en los últimos 36 años, 73 ediciones. Con igual tozudez, ha porfiado en la elaboración de una obra que quizás, de manera subrepticia, se empeña en develar en sus novelas y cuentos, el lado más esperanzador de las afugias humanas.


Es conocida su apuesta por los escritores que se refugian en la marginalidad, su padrinazgo a los desconocidos ¿Qué ha explorado en ese camino quimérico?
—Yo no diría que se refugian en la marginalidad, sino que los han marginado. Es conocido que muchos autores con excelentes proyectos poéticos y narrativos, no han tenido el espacio que se merecen, entre otras cosas por no pertenecer al club de los elogios mutuos y a la sobrevaloración banal de obras que no tienen ningún mérito y que los medios de comunicación se encargan de magnificar. En este largo recorrido por el país, he encontrado muchas voces que bien merecerían ser tenidas en cuenta, por ejemplo, Raúl Gómez Jattin, una de las voces más auténticas de la poesía colombiana actual. No hay en sus versos resonancias que en otro tiempo pregonaron y magnificaron poetas como Rimbaud, los poetas del surrealismo, la generación Beat, sino la esencia misma del que ha vivido, amado y leído mucho. He buceado libremente por la narrativa y la poesía colombiana oyendo las voces, explorando el camino, compartiendo buenos y malos autores. Este largo e inhóspito viaje, me ha permitido conocer no sólo cómo escriben, sino también de dónde son, cómo son, qué leen los autores colombianos.
Al igual que Herman Melville y Joseph Conrad, usted fue un marinero ¿Cómo ha nutrido esta experiencia su trabajo creativo?
—Me ha permitido ser metódico, perseverante, imaginero y soñador. Tuve la fortuna de que cuando fui marinero, había en el barco donde yo trabajaba una biblioteca y una imprenta. Los libros me permitieron ir más allá de los puertos, de las ciudades del orbe. Esta experiencia, tanto de la lectura como de la vida misma, me ha permitido tocar la realidad que vivo y escribir sin desesperación pero con pasión. Por otra parte, la imprenta que había en el barco y en la que se hacía la revista “Cormorán y Delfín”, dirigida por el capitán Ariel Canzani, me permitió conocer de primera mano cómo se hacían los libros y las revistas. Ahí fue donde verdaderamente aprendí el oficio de editar, corregir, etc.
La posibilidad de tejer afectos, complicidades y desventuras, desde la orientación de su revista, con escritores como Gonzalo Arango, Raúl Gómez Jattin y Evelio Rosero, lo convierte en un incomparable conocedor de la literatura Colombiana ¿Es difícil atesorar confidencias de hombres cuyas vidas suscitan tanto interés?
—He conocido personalmente a muchos escritores que me basta leerlos para saber dónde mienten y cuándo son sinceros. La mayoría de las veces, las confidencias de los escritores están en su escritura, y otras nos la da la cercanía de afectos y desafectos que podamos tener. Atesoro confidencias de muchos escritores, pero no creo que sea necesario ir por ahí con un parlante pregonando lo que no se debe. Además, considero que lo importante no es el creador como persona sino el resultado de su escritura lo que merece ser tenido en cuenta.
París fue una urbe que magnetizó a los escritores de su generación ¿Qué estampa guarda de su paso por esta imprescindible ciudad?
—Tengo que aclarar que no pertenezco a ninguna generación, ni aparezco en ninguna antología como tal. Soy un escritor marginado por todas las generaciones, inclusive por lo que meten en sus obras a París. Yo conocí a París como cualquier ser anónimo. Mis guías fueron los libros de Vallejo, Miller, Hemingway, Rimbaud, en fin… Para mí es una ciudad llena de cultura, arte y poesía; una ciudad en la que uno quisiera vivir toda la vida. Yo siempre soñé con una ciudad así en la que pudiera vivir todo el tiempo con los ojos abiertos, en la que todo fluyera. Esa ciudad es París, la que he descrito en algunos de mis cuentos.
Su obra "El Jardín Subterráneo" tuvo un aplaudido periplo por Europa y constituye una memorable pieza en el teatro Colombiano ¿Qué consideración tiene de la actividad dramatúrgica colombiana del momento?
—He sido lector de teatro desde muy joven: Shakespeare, Brecht, Arrabal, Ionesco, Camus, Becket, y he visto infinidad de montajes de excelente factura que han sido puestos en escena por sus autores, como en el caso de los montajes que hiciera en su tiempo Raúl Gómez Jattin. En Colombia hay grandes dramaturgos como Santiago García a quien admiro profundamente, especialmente por Guadalupe años sin cuenta, Vida y muerte Severina, El Paso. Al teatro colombiano actual le ha pasado lo mismo que a la poesía: hay demasiadas puestas en escena, pero planas, sin textos dramáticos que verdaderamente involucren la realidad que estamos viviendo.
Lo une una inquebrantable fraternidad con X504 - Jaime Jaramillo Escobar ¿Qué semblanza nos puede hacer de este enigmático y logrado poeta Nadaista?
—Para mí es un gran poeta, un hombre estoico y un ser humano admirable. Yo había leído muchos poemas suyos que publicaban en los suplementos, pero fue en 1964 cuando lo conocí personalmente en Barranquilla. A partir de entonces establecimos una amistad sin fronteras. Trabajé varios años con él en su agencia de publicidad y en la corrección de textos de la revista Nadaismo 70, en el libro Relatos de León de Greiff y en la Antología de Ciro Mendía. Nunca me animó para que escribiera, pero gracias a sus versos y a su forma de ser aprendí muchas cosas, especialmente a no caer ni creer en la vanagloria.
"El amor ya no tiene sentido en un país de muertos", afirma Irlena, la protagonista de su novela " Cenizas en la Ducha" ¿Qué sentido encarna la creación y la utopía en un país que ha hecho de la muerte su huésped privilegiado?
—Si no hubiera escritores, y no me refiero únicamente a los que escriben narrativa, estaríamos peor. La creación es el mejor medio para comunicar lo que siente un hombre frente a sus semejantes y que muchas veces nos permite alcanzar esos estados de plenitud que yo llamaría utopía. Podríamos citar varios casos como los poemas de Rimbaud, la honda soledad de Vallejo o el realismo mágico de García Márquez.
Además del arrojo y el estoicismo, ¿qué requiere un editor de revistas culturales?
—Muchas cosas, pero especialmente coraje. Los materiales para publicar nos llegan por cantidades. Desde cuando era vendedor de libros en la costa, establecí contactos, con las gentes, el paisaje, los escritores. Eran tiempos difíciles, si tenemos en cuenta el periodo de violencia, la misma de hoy en día, pero menos sofisticada. La mayoría de escritores asumían una posición política y denunciaban los atropellos que se venían cometiendo en la población más vulnerada. Resulta paradójico, pero yo nunca he escrito desde ninguna posición política, pues pienso que el hombre escribe desde los acontecimientos que le suceden y que a la vez les suceden a todos los habitantes de un país como el nuestro. Un editor de revistas necesita mucho tacto, haber leído muchos libros, conocido muchas gentes, desarrollar el olfato y por ende contar con los medios económicos suficientes que permitan esta aventura. Yo nunca he tenido dinero, ni becas, ni pautas, ni estudios en el exterior, absolutamente salvaje y por más señas autodidacta, pero creo en lo que hago: la difusión de la literatura en toda su dimensión.

Milcíades Arévalo nació en El Cruce de los Vientos (1943). Periodista cultural, fotógrafo, narrador, dramaturgo y editor, director de la revista Puesto de Combate de la Sociedad de la Imaginación, fundada en 1972. Entre sus libros publicados se destacan El oficio de la Adoración (Relatos, 1988), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995) y Cenizas en la Ducha (Novela, 2001. Tiene varios libros inéditos, entre ellos: Manzanitas verdes (Cuentos), El Jardin Subterráneo (Teatro) Galería de la memoria (ensayos), La Loca poesía (Antología) y El Héroe de todas las derrotas (Novela).
Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda, Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); Viaje por la Literatura Colombiana, realizado por el Banco de la República (1984); Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro (Madrid, 1985), con presentación de su obra El Jardín Subterráneo en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo; Realizador del 1o, 2º y 3º Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios en la Feria del Libro de Bogotá, durante los años 1988, 1989 y 1990; Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe, invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).

© Marcos Fabián Herrera Muñoz 2009
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

viernes, 16 de abril de 2010

Milcíades Arévalo / Raúl Gómez Jattin, un potro desbocado

Milcíades Arévalo

Gómez Jattin, un potro desbocado

en las praderas del cielo

BIOGRAFÍA

Alguien
hermano de tu muerte
te arrebata te apresa te desquicia
y tú indefenso
estas cartas le escribes.
Raúl Gómez Jattin.

Conocí a Raúl Gómez Jattin un domingo de Abril de 1968, en el Teatro Colón, haciendo el papel de verdugo en una obra de teatro basada en Los funerales de la Mamá grande de Gabriel García Márquez.
Bogotá estaba “en pleno furor de la bareta, los hongos, el pensamiento de izquierda, el teatro político y experimental, las rumbas en La Candelaria, la poesía y de alguna manera el desubique existencial” (1), pero yo no vi a Raúl ese día como poeta sino como un gran actor, un visionario del teatro colombiano, una figura tan importantes como Enrique Buenaventura, Santiago García, Carlos José Reyes y actrices talentosas como Tania Mendoza Robledo.
Raúl había venido a Bogotá a estudiar abogacía como le había pedido su papá, pero ingresó al grupo de Teatro Experimental de la Universidad Externado de Colombia donde hizo varias adaptaciones de obras de Álvaro Cepeda Samudio, Aristófanes, Tancred Dorst, Kafka, Beckett y de cantidad de autores. Años más tarde dirá:
“–Ese encuentro con la gente de teatro coincidió con mi afecto por la poesía. Soy un poeta dramático a manera de Machado: palabra en el tiempo y antes que Eurípides, mi gran maestro dramático” (2).


Cuando Raúl desapareció de los escenarios del teatro colombiano, presumí que había terminado de estudiar abogacía y se había ido para Cereté a ejercer la profesión. Sin embargo no fue así. Estaba en una clínica de reposo en Medellín donde un psiquiatra descubrió que no era un loquito común y silvestre sino “un poeta con una sensibilidad aterradora”.
Tal vez porque yo venía publicando una revista de literatura donde daba a conocer a muchos escritores y poetas desconocidos, tanto de la ciudad como de la provincia, Raúl me envió 50 ejemplares de su primer libro (Poemas, 1980), irisado de imágenes transparentes, con un toque de identidad propio, sin ninguna trasgresión, salvo el casi tierno poema ”Te quiero burrita”. A partir de entonces surgió entre nosotros una especie de correspondencia de la más variada pinta. Cartas, libros y resmas de papel iban y cartas y poemas venían. Raúl podía ser el hijo menor de Luis Carlos López, un excelente poeta con una sensibilidad aterradora y toda la cosa, pero ningún poeta de Bogotá le prestó atención, tal vez porque era montaraz, altivo, visceral, descarnado y realista. El único que se atrevió a decir algo premonitorio fue otro hombre de teatro, el dramaturgo Juan Carlos Moyano: “En un futuro, críticos, poetas, estudiosos y lectores se detendrán en su nombre” (3).
Como a mí siempre me han gustado los poetas que se parecen a sus poemas y que escriban con la sabiduría del que es poeta por vocación y no por equivocación, le publiqué dos poemas en la revista Puesto de Combate, donde lo presenté como “un poeta con cualidades propias, capaz de trascender como oficiante de la palabra” (4) y le envié una carta contándole las desgracias de lo que era ser poeta en el país de poetas. Inmediatamente me respondió:
“Leer tu carta me proporcionó una placer inesperado: la emoción que mis pobres poemas causaron en una alma sensible como la tuya, expuesta a los vendavales de la existencia, porosa como para permitir que mis vientos la penetraran, impresionable como para sentir los golpes de mis piedras sobre tu casco. Somos felices cuando nos leen, verdad Milcíades. Nacimos para ser leídos, esa manera de tratar íntimamente con uno sin desgastarlo. Y me siento contento con que me haya leído alguien como tú, águila solar. El poeta sabe tratarse con sus semejantes, y con una de mis alas te digo: gracias por reconocer que mi vuelo es gracioso, que mis plumas son fuertes y brillantes, que mi pico infunde temor” (5).



En un viaje que hice por el Valle del Sinú buscando poetas para publicar, entré a Cereté. Cereté, aún lo recuerdo, era un abrazo del infierno, una brasa. El sol se derramaba sobre sus calles polvorientas con ardiente vehemencia, pero aún así era “un pueblo lindo con una cabellera de nubes blancas”, delicioso, mágico y sorprendente. Yo había leído tanto sus poemas que cuando por fin encontré su casa de palma amarga en la única Calle Cartagenita que hay en el mundo, golpeé en la ventana, exactamente como decía en uno de sus versos: “Golpea en la ventana de la izquierda/ que te estaré esperando”.
El otro lado de la puerta alguien me preguntó quién era. Cuando le di mi nombre, la voz de un gigante me estremeció las fibras y estuve a punto de abandonarlo todo y salir corriendo, pero la puerta se abrió como una caja de sorpresas. Al verlo, tuve la impresión de que no era Raúl sino un fantasma que se había quedado cuidando una casa vacía. Me levantó del suelo con una trompada de ternura y me hizo entrar.
No había ni un asiento, ni una flor, ni una jarra de agua, nada que me indicara que allí vivía una persona. Lo único que había eran cientos de poemas y cartas regadas en el piso, una butaquita a ras del suelo en el que me senté a escucharlo y una hamaca. Al piso le habían arrancado las tablas y en todas las paredes estaba escrito el nombre de Lola Jattin. Por el enrejado de la ventana se asomaban los gajos de unas matas de la vecindad y la luz del día impregnaba de verde la habitación donde estábamos los dos. Un silencio de muerte, un silencio como no se ve en las tierras del trópico se extendía por todos los rincones de la casa empolvándolo todo con una costra de ausencia. ¿Dónde estaba don Joaquín Gómez Reynero, doña Lola, los hermanos de Raúl? ¿Dónde estaban todos los suyos, sus amigos; por qué lo habían dejado tan solo en una casa tan grande y tan sola? ¿Dónde estaba la legión de ángeles clandestinos? ¡En ninguna parte! Esa era la única verdad.
Al poco rato pasaron por la calle unos muchachos vendiendo bollos de maíz y nos pusimos a hablar, qué se yo, de las embestidas del calor, de mis viajes por el trópico, del cielo celeste y sereno del Sinú hambriento, pero sobre todo de la poesía, de cantidad de autores: Borges, Machado, Álvaro Mutis, Orietta Lozano, Jaime Jaramillo Escobar, de los poetas andaluces y de los árabes y hasta de Juan Manuel Serrat por el que Raúl sentía una admiración muy grande. Yo no era más que un salvaje que por primera vez estaba conociendo a un poeta de verdad, a un poeta auténtico en su estado natural.
–Tengo un desajuste con el afecto de la gente, un problema muy grande de soledad. Quiero rehacer mi vida, irme a España, hacerme ver de un siquiatra –me confesó con amargura. Se recostó en la hamaca y se puso a escribir unas canciones procaces alusivas a sus amigos y a un tal Pocho Saker, que a veces era Raúl y otras veces su hermano Rubén. Antes de llegar a Cereté me habían dicho que “tuviera cuidado porque me podía matar”, que era “homosexual y loco”, pero para mí, un ateo de siete suelas, eso no podía ser cierto. ¿Cómo iba a ser cierto si se “pasaba los días comiendo mango y tirándole piedrecitas al río…”? Su lucidez rayaba con la locura, pero no estaba loco, los locos eran los demás. Cuando dejó de escribir me preguntó si quería oírlo cantar.
–Yo quisiera ser tan popular como Celia Cruz –me dijo.
Cierto o no, a Celia Cruz la aclamaban como la mejor guarachera del mundo, pero un poeta era otra cosa. Los verdaderos poetas ni siquiera se atrevían a decir que lo eran. Como tenía una voz estupenda le pedí que cantara un poema de Safo.

Madre dulce
mi tela tejer no puedo.
Afrodita suave me vence
y de mi amada siento el deseo.

Encendí un cigarrillo y fumé mirando alrededor de la habitación vacía, embelesado en el fragor de la tarde que se negaba a morir. Un gato se asomó por la ventana con una mariposa amarilla y por un momento tuve la sensación de estar en medio de la selva, dispuesto a enfrentar a la muerte con mi cuchillo asesino.
–¿Qué hace ese gato en la ventana? –le pregunté.
–Eso no es un gato, es el tigre de Borges. Ahora si me doy cuenta de que la poesía pasa por tu lado sin hacerte daño.
Tigre o gato, ¿qué importaba? Yo lo único que quería era hacerle una entrevista y salir a la calle a tomar aire, a beberme una botella de ron, a desear a las muchachas de Cereté y largarme por donde había venido y todo eso, pero Raúl continuó vaiviniéndose en su hamaca y cantando unos poemas que había escrito y tuve que quedarme oyéndolo como si yo fuera su alumno más aventajado:

Milcíades, mil noches, mil amaneceres,
no sé qué indiferencia me alejó del mar
El miedo, Milcíades, el miedo, el dolor del cielo
Gracias por tu canto estremecido de lunas
por tu tierna sonrisa de mujer
temblona y avisada
Te lo dice Raúl
el hijo de Lola Jattin y de Joaquín Pablo Gómez Reynero
futuro presidente de la ausencia y de la muerte.
Ay, ay, at, yo siento una nostalgia finaliana.

–¿Quieres oír otro poema? –me preguntó y siguió cantando, vaiviniéndose en su hamaca como el emperador de Abisinia.

Yo canto a la mañana,
a la mañana de Joan Manuel Serrat
Amigo amigo amigo amigo
la saeta al cantar
Pocho Saker escucha mi lamento
y ven en tu carro de fuego
a donde Milcíades a dar un paseo
por el ancho cielo del valle del Sinú hambriento
Raúl Gómez te llama y
Milcíades te clama
Milcíades te clama en su honor y flama

Para Orietta la santa safiana, poeta celeste y lesbiana

___
Yo, el pocjo Raucho,
Yo ahora invoco a Safo Orietta
Yo caballo loco Pocho Saker Orietta Raul Gomez
Jinetes insansables de un sueño de Chirico
Orietta llama ardiente de safo
Lidivina y graciosa y sutil
Y una dininidad ya genial, poeta loca.
Y arrecha como una trompeta de Rimbaud
Que viva el poco Saker, mi amante
Que viva junto a Raul Gomez Jattin
Amándose algún día cuando quiera el destino
O Dios ya no exista
Que viva Orietta loca con su arrechera
Poética y chiriquiana
Y que tenga una amante que la ame como el pocho y Raul
Nos adoramos en l cielo del culo
Orietta, Poco, Raul,
O sea mantes inmortales
Nuevos soles que brillaran
Que brillaran, que brillaran,
Ardientes dientes, dientes.
A la sombra de Raimbaud, Cavafis,
De Cavafis uy Raimbaud.
_____
Bailador frenético, frenético, frenético
Juan Carlos Moyano, falso poeta.
Naturalmente hasta ahora
Naturalmente hasta ahora
Ahoira te quiero, ahora te quiero
Perdón mi muchacho
Te dice Raucho, o Sea raul y el Pocho
O sea imposible, imposible
Serno, imposible cantante de tantos
Juancarlitos Moyano, bailador errante
Titi, titi titi, titiritero
Tititon, iriton, tiririton, ton, ton
Tointo mozueloi.
Amigo de Milciades Arevalo
Reconcilien poesia y amores
Amores y poesía y recuerden a Praucho.


Tratando de alardear de sabio frente a la poesía le dije que él iba a ser inmortal sin mover un dedo, pero que eso no era ni siquiera poesia. Pateó como una cabra, se rió de buena gana, pero Raúl no era así. Tenía la fuerza de un rinoceronte y sin embargo lloraba y reía en la soledad de su vida. Sabiendo que Raúl vivía en una casa sola, en medio de la soledad más espantosa, perdido como un niño en un bosque de girasoles y tormentas, puse a rodar la grabadora y le dije:
–¡Ajá! Ahora si hablemos de poesía.
–La poesía es eso que nos asombra y nos nombra, que nos taladra las sienes como un balazo –dijo. Esperé que continuara hablando, pero el hombre no habló. Sin saber qué hacer, se me ocurrió decirle que echáramos para adelante la publicación de sus poemas
Le brillaron los ojos como cuando uno ve a Dios por primera vez y le escribió una nota a sus amigos de entonces, Santiago Mutis y Roberto Burgos Cantor, en la que les pedía colaboración para mis asuntos por haber sido el primero en ponerle “bolas a Raúl Gómez”. De pronto comenzó a oírse tremendo estruendo en la calle. Eran los gaiteros de san Jacinto que iban para un cumbión. Cuando la bullaranga se hizo más insoportable, salimos a la calle, Raúl descalzo, tomando vino a pico de botella y yo prometiéndole que lo iba a hacer el más famoso poeta de todos los tiempos, así la brújula de la errancia le equivocara el rumbo.


Al llegar a Bogotá empaqué sus poemas y se los envié al Suplemento del Caribe, al Espectador y El Mundo; también se los envié a Jaime Jaramillo Escobar, quien de inmediato le mandó una hermosa carta (Santiago de Cali, Septiembre 17 de 1983), que se hizo famosa porque se publicó después en el Tríptico Cereteano y en la que, entre otras cosas, dice: “eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando los bosques y tirando las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres ¡EL PUTAS. (6).
Santiago Mutis lo incluyó en el Panorama inédito de la nueva poesía colombiana, 1970-1986 y yo hice un artículo que apareció en el No. 144 del Magazín Dominical de El Espectador dirigido por Guillermo González Uribe. Varios de sus poemas fueron publicados en Puesto de Combate. No pude hacer mayor cosa para darlo a conocer, porque me aburrí de lagartear en los periódicos, donde casi siempre echan al cesto de la basura las mejores colaboraciones. Mucho más luego le escribí augurándole éxitos futuros y animándolo para que me siguiera enviando poemas, a no quedarse en silencio, “porque tú eres un poeta genial y corajudo, mucho mejor que esos poetas que a diario me encuentro por la 7ª”. Al poco tiempo me respondió de manera trágica y solemne:

Milcíades:
Que poca mi carta. Hasta engreída me parece esa abominable serena e indiferente carta. Pero es que en esos días atravesaba por un descreimiento total de los poemas y tus entusiasmadas palabras me calmaron tanto que me volví inexpresivo. Perdona buen Milcíades a este pobre poeta montaraz y mal educado que no sabe mirar con detenimiento el gesto generoso del amigo. Aunque -me parece- casi la mitad de los poemas han perdido validez. Se salvan los que me indicaste y cuatro más.
Pero tengo otro libro -un libro que da miedo- De verdad. Da miedo. He sido malvado, profundamente malvado. Mis pobres compañeros de vida, los que me dieron la vida incluso, aparecen de gesto entero. Ay de ellos. Ay de sus intimidades más sagradas. Ay, pero un ay poderoso. Porque cuando canto pujo y cuando pujo lloro. Lloro y canto, pésele a quien le pesare; yo canto y hiero. Comenzando por el indefenso Raúl. Mi navaja de asesino –de hachis-chino- corta filosa la carne ajena. Treintaidos poemas de sangre vertida. No te los pierdas. Concursa en Cúcuta el próximo mes. Lujuria, indiferencia, ambición, dinero torpe, amor, muerte, falsos poetas, traiciones, fracasos. Todo eso está en Retratos, del nunca bien nombrado R.G.J. Me van a odiar, amigo mío que tienes la dicha de conocerme, me van a odiar con razones. Qué bien me siento. Sé de antemano que es una obra muy importante para veinte personas. Suficientes motivos para publicarla. Me divertí escribiéndola. Con cada uno de los personajes jugué a las escondidas y a cada uno sorprendí en uno, dos, tres gestos significativos. No te mando el libro porque no tengo plata para fotocopiarlo. Si no pasa nada en Cúcuta, ya veré la forma de enviarlo.

Te quiere

Raúl del Cristo (7)




Antes de que dieran el fallo del Concurso de Poesía Eduardo Cote Lamus, yo sabía que Raúl no había ganado y que además se habían perdido los originales de Retratos. “Ser anónimo es tan perverso como no serlo –le escribí–. A los poetas los vienen matando desde hace muchos años y por eso les inventan concursos donde siempre ganan los que nunca pierden, pero cada uno tiene méritos suficientes para vivir en el cielo o en el infierno. Sin darme cuenta toda mi vida he caminado sobre las brasas del infierno, pero aún así tengo esperanzas de conquistar el cielo. Voy a buscar tus poemas y editarte el libro para que cuando la carcamala asome por tu casa no te encuentre inédito” (8).
En Retratos estaban gran parte de sus amigos de infancia, sus enemigos, sus fantasmas, sus obsesiones, todo lo que amó: los pájaros, el paisaje, el río Sinú, Cereté, el teatro, lo erótico en todas sus formas. Como por esa época yo usaba corbata como cualquier empleado de banco y no como representante de la Sociedad de la Imaginación, fui a Cúcuta y lo rescaté del olvido en que había caído después del fallo y decidí publicarlo por mi cuenta.
La expectativa por la aparición del libro comenzó a difundirse. Roberto Burgos Cantor escribió para El Mundo de Medellín que Retratos iba a ser publicado por Ediciones Sociedad de la Imaginación, “recopilados y comentados por el cuentista Milcíades Arévalo, quien ha tenido la generosidad de hacerlos publicar para el bien de la poesía del país”. Heriberto Fiorillo publicó ocho páginas del Suplemento del Caribe con los poemas de Raúl y fotografías que yo le había tomado en mi viaje a Cereté, sin siquiera darme crédito como ha sido su costumbre. A finales del 85 Raúl volvió a escribirme:
“Estoy expectante por la aparición de Retratos –el cual te pido encarecidamente se llame así, simplemente: Retratos; sin ninguna dedicatoria pues cualquier mención a alguna persona podría traerme hasta complicaciones graves como ver amenazada mi vida. Así, que por favor, para mi bien, asegúrate que el título diga así. Para mi mayor tranquilidad, escríbeme pronto diciéndome si eso está asegurado de que será publicado así. Por favor, evítame cualquier problema.
Germán me informó que el libro aparecerá a finales de enero, ¿es cierto? De ser así, constituiría una gran felicidad para mí, pues de los ejemplares que me mandes podría derivar algún dinero para malcomer y comprar la droga siquiátrica que me hace tanta falta. Viejo Milcíades, estoy en la absoluta indigencia, así que procura mandarme el mayor número de ejemplares que puedas.
No sé si te enteraste de los comentarios que hizo Alfonso López Michelsen por la televisión y por la prensa en los que aseguraba que este humilde servidor no sólo era el mejor poeta de Colombia sino uno de los más importantes de la lengua castellana- Esa magnánima actitud de López me ha permitido sobrevivir en Cereté donde los potentados se sienten humillados por mi presencia de poeta y por mi vida excéntrica que no les rinde los homenajes que en su ignorancia y vanidad se creen merecedores.
Por favor, escríbeme, asegurándome lo del título, pues tengo mucho miedo, y contándome cuándo aparecerá el libro y de cuantos ejemplares consta la publicación, y cuándo me piensas enviar los ejemplares que tengas a bien; ojalá antes de que los envíes a las librerías para poder venderlos con mayor seguridad.
Salúdame a Juan Carlos Moyano y especialmente a Juan Manuel Roca, quien tuvo la delicadeza de ir a visitarme al hotel en Bogotá y escuchar mi largo poema “Rimbaud en Cereté” que escribí en la Clínica en el papel que tú generosamente me obsequiaste.
En espera de tu carta tranquilizadora, se despide quien te debe tanto como tú no te imaginas y quien guarda de ti bellos recuerdos de artista grande y amigo sincero.
Ciao querido. Tuyo Raúl Gómez Jattin (9).

Raúl Gómez Jattin y Milcíades Arévalo


Cuando Retratos estaba a punto de salir (en papel edad media y en la portada un fauno comiendo mango a la orilla del río Sinú que había pintado Germán Morales), comenzó a ponerme objeciones de toda índole. Me dio tanta rabia que no se lo publiqué, entre otras razones, porque Raúl quería un libro de lujoso, en papel cebolla, pasta dura y lomo en letras de oro repujado y no un simple libro como el que yo le ofrecía; también porque había poemas que les faltaba la gracia necesaria. Ante tantas exigencias de su parte le respondí:

“Lástima que te hayas vuelto fanfarrón, maquiavélico y vanidoso, sobre todo con tus amigos, los que ahora te cantan. Los últimos poemas que me enviaste, no me convencen tanto que digamos. Tal vez sea culpa de tu vanidad o que yo espero demasiado de ti. Soy honesto. Se yerra mucho al hablar, mucho más cuando se escribe. Qué problema. Desgraciadamente como tú dices, soy demasiado pobre para publicar tu obra. Ese es mi problema más grave: ser pobre. Decide pronto lo que debo hacer, y por favor no te mates” (10).


Al año siguiente volvimos a encontrarnos en Bogotá, y de qué modo y en qué lugar. Internado en la Concepción, una clínica psiquiátrica que quedaba por los lados de Suba, en la calle 100. No era una cárcel, pero se le parecía; no era un hospital, pero se le parecía también. A Raúl le gustaba que lo visitara y le llevara hojas de papel, golosinas, libros, ni siquiera para su uso personal sino para intercambiarlos con los demás internos por una crema dental, droga, una hoja o un libro de poemas. Él siempre era así, fresco, despreocupado, no le ponía valor a las cosas, porque las cosas estaban ahí para el disfrute, para el goce. Raúl había aprendido a inventar su libertad a partir de su invisible celda de todos los días, a sostener sus ilusiones en la desesperanza, y en la sospecha de los espectros del tiempo, que eran la única esperanza que consolaba su atónita existencia.
–Milcíades, cada vez que vienes a visitarme, parece que me dieras alas y yo fuera un ser libre. Yo, que no soy libre, siento una envidia profunda de tu libertad. Tienes la suavidad del amigo que siempre piensa en uno, que sueña lo mejor para uno, ¿por qué Milcíades el bueno, parece una estatua de arena en pleno pleamar y no se derrumba? ¿Será porque es de llanto leve o porque es de palabras de certeza, o porque desde niño oyó cantar a las sirenas? –dijo una tarde al verme llegar a la clínica.
–¿Qué cosas dices, Raúl? Fuera de estas murallas, están los locos, los asesinos, los hambrientos, el dolor, la soledad y la muerte. No deberías envidiar mi libertad sino mi destreza para lidiar con la vida en la manigua del mundo.
–Como hombre que ha enloquecido varias veces, es decir, que se me ha corrido la realidad poética hacia la realidad cotidiana, el yo y el mismo ser se han fundido en un solo ser, individual: el otro, la vanguardia, el mismo, el clásico. Borges me ha enseñado que un poeta tiene que ser claro para sus contemporáneos. También me ha enseñado que cada obra tiene su propia estética. El Tríptico es en el fondo una novela escrita en poesía. El primer protagonista soy yo y lo que he visto en mis contemporáneos.
Cuando dieron las cinco de la tarde, Raúl me abrazó como si no nos fuéramos a ver nunca más y se puso a cantar un salmo de despedida, un canto de libertad, sin dolor, un paso a otra vida feliz. Cuando la voz de Raúl se dejó oír por todos los rincones de la clínica, todos, el celador, los médicos, los internos, las monjas, dejaron de hacer sus deberes y se quedaron oyéndolo como si fueran estatuas de sal:

Quién sabe si el alma tendrá un entresuelo
para las cavernas de Raúl, el loco del cielo
Quién sabe si Dios tendrá un recoveco
quién sabe si el alma tendrá un albo cielo
con Julio la muerte, con Lola la coja,
con Joaquín Pablillo el loco hambriento
No tengo recelos y lo llamo en silencio
Y lo llamo en silencio a los vientos del cielo
Y Jorge Luis Borges el maestro del verso
Y Jorge Luis Borges el maestro en secreto
Ay, ay, la muerte, me llama a su lecho
Amigos serenos vengan a verme
aquí a la Martina de mi desconcierto.




Después de un largo reposo en la clínica, vino a vivir cerca de mi casa y tuve la oportunidad de acompañarlo al primer recital que hizo en el apartamento de una amiga suya. Sentó a la belleza en sus rodillas, pero no la encontró amarga ni la injurió; más bien se la gozó, porque esa noche, a pesar de las incomodidades del lugar asistió mucha gente: Antonio Caro, Armando Carrillo, Nirko, Catalina, Juan Monsalve, en fin… Raúl estuvo feliz, corrió mucho vino y cigarrillos de variada especie, Beatriz Castaño cantó varias veces y muchos de los asistentes se hicieron a un autógrafo, una foto o algún poema de los que repartía a manos llenas.
Al poco tiempo cambió de residencia y se fue a vivir a un hotel cerca del parque Santander, en la 16 con 5ª, frente al Museo del Oro. Vivía en una habitación incómoda y maloliente. A menudo yo iba a visitarlo, a invitarlo a comer o sencillamente a hablar de Lorca y de Cavafis, del teatro contemporáneo y del circo de Oklahoma. Nuestras conversaciones podían durar una eternidad; el tiempo no contaba… En sus momentos de lucidez se desdoblaba y era feliz, pero con drogas era otra cosa. Se volvía caótico, complicado, presumido y pendenciero. Incluso llegaba a odiar a los que lo querían de verdad, gente bella y cercana a sus afectos. Conmigo nunca se portó así, tal vez porque los contrastes entre los dos eran muy marcados, en nada nos parecíamos: yo, imperceptible, nada gracioso, casi invisible, inédito; Raúl, un gigante, alto como de dos metros, odioso y tierno a la vez, con voz de trueno, carcajada estridente y poses teatrales.
Una vez nos cogió un aguacero tan espantoso que nos tocó arrimarnos a un alero. Estábamos ahí, hablando de la cantidad de libros que se publicaban en Medellín, contrario a lo que ocurría en Bogotá y en otras regiones del país, cuando vi venir a Juan Luís Mejía, el asesor de una colección literaria muy bonita llamada Simón y Lola Guberek. Le presenté a Raúl y fue gracias a él y a Darío Jaramillo Agudelo, que se publicó en 1988 Tríptico cereteano, que contiene Retratos, Amanecer en el valle del Sinú y Del amor. Me imagino que cuando Raúl vio publicado su libro en rústica, parecido al que yo le había prometido publicar, no debió sentirse muy contento. El libro quedó bien editado, creó expectativas y en poco tiempo se agotó la edición. Siempre me había dicho que su libro era único, pero para mi gusto era una mezcla del Tuerto López –a quien leyó desde su infancia-, Porfirio Barba Jacob, Jaime Jaramillo Escobar, Borges, Rimbaud, los poetas andaluces y los clásicos.
La publicación de su libro le permitió, entre otras cosas, reafirmarse como poeta, participar en festivales y encuentros de poesía, viajar a diferentes ciudades a dar recitales, publicar en la prensa, codearse con López Michelsen y Álvaro Mutis y aparecer en la televisión. No había ciudad o pueblo (bueno, no tantos) donde no lo invitaran. Críticos, editores, poetas, y ensayistas que antes no daban un centavo por él, queriendo resarcirse de tantas ingratitudes, de tanta mezquindad, entre buenos y malos elogios, entre buenas y malas dedicatorias, audiciones y visiones hicieron de él un mito. “–Yo me propuse con mi poesía hacerme querer. Ando como un muchacho por la vida, buscando amigos con quien ponerme de acuerdo para hacerle una maldad a la maldad” –diría después en una entrevista. A mediados de l989 y financiado por Editora Bolívar y la pintora Bibiana Vélez, publicó Hijos del Tiempo. Como era la “estrella” del momento, asumía su papel con vanidad y orgullo: Se ganó una beca del Ministerio y cantidad de enemigos, comenzó a dictar talleres de poesía en la Casa Silva y vino a vivir en el Hotel Dorantes, en la calle 13 con 5ª.
Como hacía tiempos que no nos veíamos, una mañana me llamó para regalarme el libro que le habían publicado en Cartagena. Lo leí emocionado, de un jalón y sentí mucha alegría al leerlo. Era otra tonalidad, otro estilo en su poesía, mucho más elaborada, había más fascinación por el hecho poético. Su interés se había volcado en la mitología, sobre todo en la griega. Ya no eran las cosas triviales y prosaicas que sucedían en su pueblo o entre su gente, sino que se sumergía en la tragedia y buceaba hondo, el mismo lo dijo en una entrevista posterior: “A lo seis años mi padre me dijo: Tú vas a ser escritor, pero solo pasados los 35, cuando escribí mis primeros poemas, me di cuenta que era escritor. Mi poesía corresponde en líneas generales, a una poesía clásica. Personalmente, creo que he inventado una escuela poética que se llama Sentidismo, cuya cláusula más importante es el sentido, lo que se quiere decir. El que quiera ser poeta tiene que estar dispuesto a sacrificar su vida. La poesía le exigirá todo a cambio de un grano de placer. Hijos del tiempo es un libro dedicado a la muerte” (l1).
Durante varios días lo busqué para decirle lo mucho que me había gustado su libro. Una tarde a la salida de la Casa Silva me lo encontré frente a frente. Si yo hubiera sabido que en ese momento estaba alterado, no me le acerco. De un golpe me levantó del suelo y ¡tras!, contra el andén. “– ¿Tú, Raúl? ¿Cómo pudiste hacerme esto?” -le pregunté. Raúl se quedó lelo, ido, como tratando de buscarme en lo profundo de su memoria y se fue dejándome a solas con mi dolor y tres costillas rotas. “Es que los poetas somos muy malas personas. Yo sé muy bien que no soy un caballero como Borges” –dijo después en una entrevista (12).
Por esos días Raúl padecía una de sus peores crisis emocionales y yo no lo sabía. Había empezado a deteriorarse física y psicológicamente debido al uso indiscriminado de drogas y estupefacientes. A cada paso desvirtuaba que estuviera loco: “Soy un hombre tan lúcido que hasta loco soy. Ser loco es vivir en un deslizamiento de la realidad que habito en mis poemas”, pero ya nadie le creía ni tampoco yo le creía a nadie. Cuando me contaron lo del incendio en el Hotel Dorantes, tampoco les creí. Seguramente Raúl estaba quemando algunos poemas sin importancia o fumando marihuana y el humo que salía de su habitación fue suficiente para que llamaran a los bomberos a apagar un incendio fenomenal que no había. En todo caso fue un escándalo tenaz y Raúl, héroe derrotado por un ejército de fantasmas, se fue a vivir por los lados de la Universidad Javeriana. Todas las mañanas bajaba a deambular por la 7ª, descalzo, sangrando, hambriento. Yo nunca pensé ver así a Raúl, al ser grande que vivió y padeció la poesía en toda su extensión, pero esa era la triste realidad en el país de los poetas, una realidad que daba lástima, la de un ser destrozado y vuelto añicos, sin dientes, casi calvo. Estaba pagando el costo de su vocación. Ya lo había dicho: “Desde muy niño, mi vida se la aposté al arte, específicamente a la literatura. La poesía me ha deparado (no precisamente costado) locura, pobreza y soledad. Y trabajo, muchísimo trabajo. Pero también me ha traído a mi vida ocio, gran alegría y amistad. No soy, pues, un hombre amargado, sino simplemente un estoico. Me limito a decirle a otros de mi dolor de estar vivo y del placer de estarlo, mirando el río Sinú, el mar y las murallas de Cartagena, o el rostro de alguien, que de alguna manera, trascendente y oculta, me dice que el mundo está vivo”(13).
Por fortuna, los poetas y los amigos que lo querían más que yo, lo mandaron para Cartagena, la ciudad que tanto amaba. Raúl sabe que no hay otra vuelta de tuerca y acepta encantado. Allá se va a vivir un tiempo, luego va a La Habana donde le han prometido curarlo y regresa de nuevo a Cartagena, como el mejor hijo del tiempo, alucinado por la belleza del mar y la poesía. En l995 aparece El Esplendor de la Mariposa, (Cooperativa Editorial Magisterio) y una selección de sus poemas escritos entre l980 y l989 en Norma. Como se nota, abundaban los editores, los reseñadores y críticos elogiando a Raúl, pero otra era la realidad de su vida, pues ni siquiera tenía vida ni dónde vivirla en este mundo, modelado para la vanidad y el éxito.
Mayo con todo su esplendor, no deja de ser un mes trágico para la poesía y los creyentes del verbo. El día que salió en la prensa la noticia que Raúl Gómez se había suicidado, me negué a creer que fuera cierto que se había arrojado a un bus la mañana del jueves 22 de Mayo. Para mí tengo que Raúl estaba buscando un lugar dónde posar sin mucha fatiga el pie y el chofer no lo vio. Después de todo, sus enemigos no eran una legión de ángeles clandestinos. “Quizá su miedo a la muerte era tan fuerte como su deseo de morir. Quitarse la vida no era una acción que hubiese intentado en serio, fuera de aquellos impulsos truncos y tragicómicos de hartarse con bazuco o de ahogarse en el mar. Nunca asumió su muerte como un acto de responsabilidad personal, como si asumió, por ejemplo, la poesía” (14). En uno de sus primeros poemas, ya había previsto su desenlace fatal y de qué modo:

Airoso en su galope
levantó la mano armada
hasta su sien
y disparó:
suave derrumbe
del caballo al suelo
Doblado sobre un muslo
cayó
y sin un solo gemido
se fue a galopar
a las praderas del cielo
(El suicida)




Jotamario Arbeláez escribió en su columna de El Tiempo que yo había descubierto a Raúl como poeta. El descubridor fue Juan Manuel Ponce, yo sólo fui el que creyó en sus versos como en tantos otros poetas que prefiero callar. En todo caso, cuando Raúl muere se agotan sus libros, aparece en varias antologías, se reproducen sus poemas, se le hacen homenajes, en Cereté después de no sé cuántos años llueve y la casa de la cultura hoy en día lleva su nombre, pero nadie sabe esencialmente quién fue Raúl Gómez Jattin. ¡Oh, la poesía, tan bella como un monstruo! Para mí que tuve la dicha de conocerlo y de divulgarlo cuando era silvestre, digo que tan sólo fue un hombre visceral, vital y auténtico como ninguno. Ahora me lo imagino en las praderas del cielo en compañía de los poetas muertos y de “ese blanco dios de alas doradas que le dio toda la soledad de este mundo pero que no le dará jamás el olvido”.
¿Después de esta corta semblanza sobre Raúl Gómez Jattin, valdría la pena preguntarnos hasta qué punto su poesía fue un reflejo de su vida? En ninguna parte de su obra se siente más la plenitud del vivir como en aquellos poemas que describen su tierra: como paisaje de fondo, sus llanuras, los frutos, los animales, el calor de su tierra. Soy un dios en mi pueblo y mi valle, dice con modestia en uno de sus poemas. Era un panteísta exuberante, vital y dionisiaco, que cantó y bailó en las riberas del río Sinú transformando a todos los seres, desde la gallina al hombre, en dioses. En ese color de mango maduro que recorre estos versos alivia la persistente tendencia a la tristeza y a la desolación de un hombre que vacila sin cesar entre un futuro en el que no acaba de creer y un pasado que lo invita siempre a la nostalgia y a la deploración de lo perdido. Su destino es heroico, aunque otros poetas quieran verlo como un simple error, como un extraviado. Porque él no está visitando los extremos, sondeando las aguas oscuras, sino trayendo de ellas, para compartirla con nosotros, su música.
Uno de los mayores logros de la poesía contemporánea ha sido la de renunciar a la rigidez de un excesivo formalismo, la de conquistar naturalidad y capacidad expresiva sin perder elocuencia y belleza. En esa conquista se inscribe Raúl, cuya muerte vino a clausurar una existencia apasionada y tormentosa. Su lenguaje, las palabras, no importa de donde procedan, son explícitas hasta un punto, que para hallar comparaciones, es necesario trasladarse a otras lenguas, a ciertos poemas de Allen Ginsberg, Walt Whitman o de Jean Genet.
“Nada oculta quien carece de pudor, concepto inexistente en el estado de inocencia primigenia, transgresora, que cada poeta refleja en sus versos. En la poesía de Raúl Gómez Jattin se trata de una presencia per se, la inocencia misma manifestándose sin mediaciones: un hombre, dotado fundamentalmente del sentido del ritmo del monólogo teatral, que ha atravesado subterráneos de la mente y de la vida que ni siquiera podemos imaginar. Este hombre –como una fuerza de la naturaleza– deja salir un borbotón de palabras sobre asuntos prohibidos, una explosión de palabras tan exactas, que poseen la potencia espiritual de la más honda poesía…. ¿Casi Obsceno? Nadie más inocente, más transparente, menos poseído por la malicia que éste poeta, el más explícito, el más desparpajado de la poesía colombiana”(15).
La sexualidad de Gómez Jattin y la mención del sexo en sus poemas, para algunos fue de gran trascendencia y un obstáculo, pero para quienes lo conocimos sabemos que no tenía ningún tabú. No sería muy claro saberlo todo por medio de sus palabras; es necesario también conocer su historia, su rebelión contra la sociedad, la oscuridad y el desamor lo llevaron a entregarse a las drogas y a la poesía.
Raúl realiza una navegación por el mar de sus más vigorosos recuerdos, que van desde la infancia hasta los más recientes y en donde va a estar siempre la madre, la suya en particular. Este trauma psicológico, pudo ocasionarle esos estados de angustia, dolor, tristeza y soledad que se pueden encontrar reflejados en su poesía. Su llanto era un dolor que le nacía desde el fondo desde los entresijos de su alma, una queja dolorosa. Así pasaba sus momentos de soledad en los sanatorios. Solo en la soledad de su vida podía ser excepcional, fantástico, poderoso y único.
Raúl también se caracterizó por ser un actor, y él mismo en la vida cotidiana podía semejarse a cualquiera de los personajes de la tragedia griega. Era tal su conocimiento, que muchos de sus poemas son como libreto teatral, una resonancia del espíritu trágico de los autores que le fascinaron y con los que podía discernir el mundo, su vasto universo humano y su tragedia.
Sin embargo, éste ser irreducible, no se pliega a las convenciones y está dispuesto a hacer también el retrato de los otros. Esa personalidad indomable hizo que se entregara a un destino absolutamente individual, sin preguntarle a nadie cómo había que vivir, qué era lo aceptado, hizo que se sintiera capaz de imponer condiciones a los otros. Su destino es heroico, aunque los demás poetas quieran verlo como un simple error, como un extraviado, “como un nómada sin lugar en el mundo, como ese eterno personaje de Kafka que anhela en vano ocupar un lugar en alguna parte” (16).

Notas:
l) Triana, Mónica. Raúl Gómez Jattin (Reseña Libros) Revista Pie de
Página. No. 4 de 2005. Bogotá, Col.
2) Arévalo, Antonio: Raúl Gómez Jattin, Hijo del tiempo. Entrevista.
Revista Puesto de Combate No. 57, 1999. Bogotá, Col.
3) Moyano, Juan Carlos. Nueva poesía colombiana. Reseña. El
Excelsior. México, 1982.
4) Revista Puesto de Combate.
5) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.
6) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.
7) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.
8)Archivo Particular de Milcíades Arévalo.
9) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.
10) Archivo Particular de Milcíades Arévalo
11) Arévalo, Antonio: Raúl Gómez Jattin, Hijo del tiempo. Entrevista.
Revista Puesto de Combate No. 57. Bogotá, 1999.
12) Dueñas, Jairo. Poeta Prohibido. Entrevista. Cromos, Octubre 11/93
13) Stein, Henry. Diálogo con Raúl. Entrevista. El comején No. 14.
Bogotá, 1988.
14) Fiorillo, Heriberto. Arde Raúl- La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl
Gómez Jattin-. Primera Edición, Barranquilla, 2003.
15) El Trasgresor Inocente, Jaramillo Agudelo, Darío, Revista Casa Silva No. 11,
1998, Bogotá, Col.
16) El País de Raúl Gómez Jattin, Ospina, William, Revista Número 25, 200,
Bogotá, Col.

Otros ensayos críticos consultados:

Otra lectura de Raúl Gómez Jattin, Cordero Villamizar, Luz Helena. Revista Puesto de Combate No. 69. Segundo Semestre, 2006. Bogotá, Col.
Vida y obra de Raúl Gómez Jattin. Tapias, Catalina. Revista Tiempo de Papel, No. 10. 2003, Bogotá Col.
Libros Publicados:

Poemas, Gómez Jattin, Raúl, 1980, Bogotá.
Tríptico Cereteano (Retratos, Del amor, Amanecer en el Valle del Sinú), Gómez Jattin, Raúl. Ediciones Simón y Lola Guberek, 1988. Bogotá, Col.
Hijos del Tiempo, (Poemas) Gómez Jattin, Raúl Ediciones El Catalejo, 1989. Cartagena. Col.
El Esplendor de la Mariposa, (Poemas) Gómez Jattin, Raúl, Cartagena, 1993
Poesía 1980-1989, (Antología), Gómez Jattin, Raúl, Grupo Editorial Norma, 1995, Bogotá, Col.
Amanecer en el valle del Sinú (Antología). Fondo de Cultura Económica, 2004, Bogotá, Col.
También escribió para la escena Las nupcias de su Excelencia y El Gran Teatro de Oklahoma, basada en América de Kafka, así como adaptaciones de cuentos de Gabriel García Márquez, de Álvaro Cepeda Samudio (Los muñecas de Juana no tienen ojos), de Tancred Dorst, Swif, Beckett y Aristófanes.


http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2012/05/30/gomez-jattin-un-potro-desbocado-en-las-praderas-del-cielo/








jueves, 15 de abril de 2010

Milcíades Arévalo / El caballo del viento y la muchacha desnuda



Milcíades Arévalo
EL CABALLO DEL VIENTO
Y LA MUCHACHA DESNUDA

Un sueño es una escritura, y hay muchas escrituras que sólo son sueños.
Umberto Eco.
El día que leí mi primer poema comenzó mi desgracia.
     Si bien es cierto que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a la congregación con poemas de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu, que en idioma vulgar no era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y solo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones del mundo, el prior del monasterio me mandó a refrescar el magín al río.
     No había terminado de saborear el agua, que a esa hora de la tarde era de vidrio, cuando vi a unas muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, parte del paisaje –digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!
    Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez de extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio, las muchachas comenzaron a gritar en coro: “¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!”, porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva en el mes del más intenso verano. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.
     Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha, para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios delante del espejo y nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa.
     Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mi cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? -¡Válgame Dios!--. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, montada sobre mi puñal de tormento, con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.
     Cuando empezaron a sonar las campanas  para la víspera, ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento como un miserable Lázaro, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, me preguntó qué había pasado conmigo.
     Todo se lo conté. Sin embargo fue como si no me oyera. El volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de la biblioteca de la venerable congregación, para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.
     Desde entonces, heme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan el caballo del viento y una muchacha desnuda.