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viernes, 31 de julio de 2020

Arturo Pérez-Reverte / «Nunca hemos sido menos libres que ahora»


Arturo Pérez-Reverte
Ilustración de Sciammarella

Arturo Pérez-Reverte: «Nunca hemos sido menos libres que ahora»

Escritor, periodista, corresponsal de guerra, miembro de la Real Academia Española, padre del Capitán Alatriste


SALVADOR SOSTRES
9 DE AGOSTO DE 2019

No me creo que le guste la vacación.
Nunca me ha gustado. En lo que la gente llama vacación yo paso el tiempo trabajando. Y cuando navego tampoco es vacación. El ocio es muy aburrido.
No puede dejar de escribir.
Lo que no puedo es dejar de leer ni de imaginar. Escribir me parece la parte más vulgar del proceso, pero no me puedo pasar dos años leyendo e imaginando, porque de algo tengo que vivir.

domingo, 15 de marzo de 2020

Así componía sus versos Ernesto Cardenal







Ernesto Cardenal
Sciammarella


Así componía sus versos Ernesto Cardenal

Un amigo del poeta recientemente fallecido recuerda su azaroso método de escritura: con trozos de papel que intercambiaba


FRANCISCO JAVIER SÁNCHEZ MÁS
10 de marzo de 2020

En una entrevista que le hice cuando aún caminaba por sí solo, con el motivo de su ochenta cumpleaños, me encontré al poeta en su despacho del Centro Nicaragüense de Escritores en Managua, en medio de la composición artesanal de uno de sus poemas, que luego pasaría a formar parte de Telescopio en la noche oscura. Eran pequeñas tiras de papel rectangulares. En cada una sólo cabía un verso. El poeta jugaba con ellas, como formando un puzle. Las deslizaba una a una con el dedo índice sobre la mesa, a la altura del pecho cubierto por la cotona blanca. Y las leía para escucharlas. Las subía o bajaba, las reordenaba, hasta que su instinto poético, y posiblemente su olfato musical, le decían qué verso debía ir en cada lugar. Eso que el otro Ernesto Cardenal trapense traduciría como un orden del espíritu.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Bob Dylan, población de riesgo, no frena: anuncia una gira en plena alerta por coronavirus

Bob Dylan
Sciammarella



Bob Dylan, población de riesgo, no frena: anuncia una gira en plena alerta por coronavirus

El músico sigue con su actividad mientras la mayoría de las estrellas (Madonna, Pearl Jam, Green Day...) suspenden sus conciertos


Madrid, 10 de marzo de 2020

El mundo se para, pero Bob Dylan sigue girando. Casi todas las estrellas del pop y rock (Madonna, Pearl Jam, Avril Lavigne...) y los festivales están cancelando por el temor al contagio del coronavirus. Pero esto no es asunto para el premio Nobel de Literatura, de 78 años. 

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Los 25 mejores libros del siglo XXI / Kazuo Ishiguro / Nunca me abandones




Mauricio Montiel Figueiras
28 de febrero de 2006


Antes que nada, una confesión: he leído las seis novelas de Kazuo Ishiguro (1954), nacido en la renacida Nagasaki pero establecido en Inglaterra desde 1960, con la confianza de que es uno de los escritores contemporáneos que pasará la prueba del tiempo, el más temible e imparcial de los jueces. Junto con algunos de sus compañeros de generación (Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan), el japonés confirma que el dream team británico registrado célebremente por la revista Granta ha venido a convertirse en una realidad empeñada en abrevar de una rica tradición para poder redefinir las letras inglesas. He leído Pálida luz en las colinas (1982), Un artista del mundo flotante (1986), Los restos del día (1989), Los inconsolables (1995), Cuando fuimos huérfanos (2000) y Nunca me abandones (2005) convencido de que el de Ishiguro es un proyecto anclado en dos vastos hemisferios: los laberintos y mecanismos de la memoria —sus narradores en primera persona suelen recordar por episodios que acaban por tejer el tapiz de un presente signado por el pasado— y la pérdida, asunto que roza lo metafísico y parece constituir el gran tema de la literatura moderna.

     "Ishiguro se distingue como uno de los más elocuentes poetas de la pérdida", dice Joyce Carol Oates, y las evidencias son irrefutables: Etsuko, una japonesa cincuentona instalada en Inglaterra, examina su vida marcada por el suicidio de Keiko, su hija mayor (Pálida luz en las colinas); Masuji Ono, un anciano pintor, intenta explicar(se) por qué renunció a las enseñanzas de sus maestros para retratar el imperio militar que se esfumaría luego de la Segunda Guerra Mundial (Un artista del mundo flotante); Stevens, mayordomo que continúa una estirpe de servidumbre, viaja durante una semana por la campiña británica en busca no sólo de un sentido para su malograda existencia sino de la mujer que no pudo ni quiso retener (Los restos del día); Ryder, pianista reconocido, llega a una ciudad europea sin nombre y nota que su identidad se ha disuelto en el personaje público en que se ha transformado (Los inconsolables); Christopher Banks, detective, regresa a su natal Shanghái en la era del conflicto sinojaponés para investigar la desaparición de sus padres y toparse con el ideal femenino, que deja huir emulando a Stevens (Cuando fuimos huérfanos).








     Si Pálida luz en las colinasUn artista del mundo flotante Los restos del día integran un tríptico velado sobre las heridas legadas por la Segunda Guerra Mundial y su difícil proceso de cicatrización, Cuando fuimos huérfanos Nunca me abandones componen un díptico sobre la orfandad y el exilio más psíquico que físico. En todas, no obstante, impera una prosa diáfana y pulida que hechiza igual que el opio traficado en el Shanghái de los años treinta. En todas prevalece una noción precisada así: "Es muy importante sentirse nostálgico. Cuando nos sentimos nostálgicos, recordamos. Al crecer descubrimos un mundo mejor que éste. Recordamos y deseamos que volviera ese mundo mejor."



En mi memoria, la vida en Hailsham se divide en dos grandes épocas bien diferenciadas [...] Los primeros años [...] tienden a desdibujarse y a superponerse en una especie de edad de oro, y cuando pienso en ellos, incluso en las cosas que no fueron tan buenas, no puedo evitar sentir como una fulguración dentro. Pero los últimos años los siento de una forma diferente. No es que fueran exactamente infelices —tengo multitud de recuerdos muy caros de aquel tiempo—, pero fueron mucho más serios, y, en determinados aspectos, más sombríos.
Kazuo Ishiguro
Sciammarella



Quien habla es Kathy H., la voz que lleva la batuta narrativa en Nunca me abandones y que podría decir, junto con la Etsuko de Pálida luz en las colinas: "Sé que no se puede confiar del todo en los recuerdos. A menudo las circunstancias en que los rememoramos los tiñen de matices diferentes." El espacio al que alude (Hailsham) es una mezcla de falansterio e internado arcádico que fusiona —aunque suene increíble— la rigidez victoriana y cierta laxitud hippie y cuyo nombre resulta, desde el principio, una advertencia simbólica: Viva la copia.



     Rodeados por un bosque donde palpitan resabios góticos que remiten a La aldea (M. Night Shyamalan, 2004), reducidos sus apellidos a iniciales kafkianas (Peter B., Susie K.) que subrayan su carencia de padres y su incapacidad de procrear, fomentadas sus dotes artísticas por profesoras o guardianas que confían en Madame, la mujer belga o francesa que un par de veces al año acude al instituto para elegir los trabajos que exhibirá en un misterioso sitio llamado la Galería, los pupilos de Hailsham maduran en su orbe autosuficiente ("No teníamos sino nociones muy vagas del mundo exterior, y de lo que en él podía ser posible o imposible") en medio de una limpidez bucólica; limpidez que, sin embargo, devela poco a poco una penumbra agazapada, un núcleo oculto: "Se percibía en el aire como un barrunto de que alguien estaba callando algo." Fiel a las tácticas de Henry James, la incertidumbre termina por exponer su reverso en forma de un hallazgo insólito: los pupilos de Hailsham son protegidos con celo porque su misión no es otra que ser cuidadores (como Kathy) o donantes de órganos (como Tommy y Ruth, sus amigos entrañables). Y aún más: el colegio es la punta de lanza de un movimiento que propone un sistema de clonación bañado paradójicamente por el fulgor humanista. El estímulo de las aptitudes artísticas en los clones, admite la decana de las maestras, se vincula a un interés espiritual: "Pensábamos que [los trabajos] nos permitirían ver su alma. O, para decirlo de un modo más sutil, demostrar que tenían alma [...] Demostramos al mundo que si los alumnos crecían en un medio humano y cultivado, podían llegar a ser tan sensibles e inteligentes como los seres humanos normales. Antes de eso, los clones [...] no tenían otra finalidad que la de abastecer a la ciencia médica."



     Gracias a esta revelación, y pese a ubicarse a finales de la década de 1990, Nunca me abandones se aparta de los rumbos por los que había vagado —la Bildungsroman, la iniciación sexual— para ingresar en los dominios de la fábula futurista, género pródigo en resonancias que ha sido explorado de Aldous Huxley (Un mundo feliz) a Michel Houellebecq (La posibilidad de una isla) pasando por Michael Bay, cuyo filme La isla guarda sospechosas corres pondencias con la novela de Ishiguro. Parientes de los replicantes de Blade Runner, de Wong Kar-wai, las copias educadas en Hailsham deben asumir su desamparo tecnológico: la clonación como principal suministro de huérfanos estériles diseñados para prolongar la existencia de los "posibles", es decir, de las personas que les han servido de modelo. Ansiosos por encajar en un orbe al que pertenecen sólo como utopía científica, los clones se aferran a las escasas señas de identidad que rescataron de su Arcadia juvenil: ahí está, por ejemplo, el casete que incluye "Nunca me abandones", la balada favorita de Kathy H. que se vuelve un réquiem por el tiempo irremisiblemente perdido. (El álbum ficticio en que figura la balada, Canciones para después del crepúsculo, se graba en 1956, año en que se desarrolla Los restos del día.) Extraviado en Hailsham, el casete reaparece en Norfolk, el lugar "adonde iban a parar todas las cosas perdidas del país" y en el que ocurre el triste desenlace de la novela. Una tarde ventosa, al cabo de la muerte de Ruth y Tommy, Kathy H. se detiene junto a un alambrado y unos árboles llenos de detritos: "Pensé en todos aquellos desperdicios, en los plásticos que se agitaban entre las ramas, en la interminable ristra de materias extrañas enganchadas entre los alambres de la valla, y entrecerré los ojos e imaginé que era el punto donde todas las cosas que había ido perdiendo desde la infancia habían arribado con el viento." La nostalgia es muy importante, insinúa Kazuo Ishiguro, aunque seamos clones con los días contados. 

LETRAS LIBRES




RETRATOS AJENOS

FICCIONES

Never Let Me Go by Kazuo Ishiguro / Clone alone
Top 10 opening scenes in books
Kazuo Ishiguro / Vargas Llosa / Uma crítica de grande delicadeza


RIMBAUD
Biographie / Kazuo Ishiguro
Kazuo Ishiguro / Citation / Mes livres
La dignité selon M.Stevens / « Les vestiges du jour » de Kazuo Ishiguro

DANTE
Kazuo Ishiguro / «Il Nobel a me? Ho pensato fosse una bufala»


LOS 25 MEJORES LIBROS DEL SIGLO XXI




domingo, 15 de diciembre de 2019

Elena Poniatowska / No miento casi nunca, salvo a los periodistas

Elena Poniatowska
Agustin Sciammarella




ELENA PONIATOWSKA: "NO MIENTO CASI NUNCA, SALVO A LOS PERIODISTAS"

A sus 82 años, la escritora confiesa su amor por el licor Siete Machos y reniega de su panza de rinoceronte.

20 DE MARZO DE 2014
CUESTIONARIO PROUST

¿Cuál es su idea de felicidad perfecta?
La vida con mis tres hijos y diez nietos.
¿Cuál es su gran miedo?
La desaparición.

sábado, 3 de agosto de 2019

Sciammarella / Picasso


Sciammarella
Pablo Picasso

Sciammarella reúne sus mejores ilustraciones en una muestra en Cantabria


Bob Dylan
según Sciammarella


Sciammarella reúne sus mejores ilustraciones en una muestra en Cantabria

El dibujante argentino cree que los recientes casos de censura de viñetas constatan el poder de su profesión


EL PAÍS
Madrid 1 AGO 2019 - 14:09 COT





Viñeta de Sciamarella sobre la útlima investidura fallida.
Viñeta de Sciamarella sobre la útlima investidura fallida.

Llegó hace 27 años a España, los mismos que lleva dibujando en EL PAíS. Agustín Sciammarella (Buenos Aires, 1965) aún recuerda los largos paseos por el archivo fotográfico del periódico en busca de imágenes de personajes que pudieran servir de modelo para sus ilustraciones. Casi tres décadas después, cree que "en la profesión ha cambiado todo". Y hay que adaptarse. Pero eso no significa necesariamente que haya que renunciar a la fórmula del éxito. Parte del de Sciammarella se resume en dibujar, escanear y enviar. Y para eso el ordenador apenas hace falta.

Sciammarella / Federico García Lorca

 Sciammarella
FEDERICO GARCÍA LORCA

BIOGRAFÍA






Sciammarella / “Me gusta buscar una historia distinta para cada personaje ”

Ana Pastor
Ilustración de Sciammarella



Sciammarella: “Me gusta buscar una historia distinta para cada personaje ”


El ilustrador lleva 27 años interpretando figuras públicas para EL PAÍS

Madrid, 2 de julio de 2019


Agustín Sciammarella
Foto de David G. Folgueiras










Siempre que puede se junta con su “compañero ideal” de trabajo. “El mate habla poco”, bromea el ilustrador Agustín Sciammarella (Buenos Aires, 1965). Con él lleva casi 30 años publicando sus caricaturas en EL PAÍS y asegura que le sigue conmoviendo encontrarse sus creaciones en el diario: “La ilusión de ver que tu trabajo llega a donde tiene que llegar, que es al espectador, es impagable”.

viernes, 29 de marzo de 2019

Antonio Muñoz Molina / Salir corriendo

Antonio Muñoz molina según Sciammarella


Antonio Muñoz Molina

Salir corriendo

Mi educación literaria o estética está muy relacionada con el descubrimiento gradual de la sobriedad y la vida saludable


29 de marzo de 2019

De cualquier cosa hace de pronto mucho tiempo. “Ayer es nunca jamás”, dice Antonio Machado. Ayer es hace 10, 20, 30 años. Recuerdo algo cercano y resulta que sucedió como mínimo hace más de una década. Salgo a correr por el Retiro una de estas mañanas perfectas, ya no invernales pero todavía no de plena primavera, y como tengo el hábito y la manía de las fechas caigo en la cuenta de que mis primeras carreras por este parque, tan frescas en el recuerdo, ocurrieron hace 25 años. El tiempo subjetivo es mucho más breve que el de los acontecimientos exteriores, o los hechos históricos. Cuando yo era niño se celebró con gran pompa el 25º aniversario del fin de la Guerra Civil. Yo veía por todas partes los carteles y las banderolas con el eslogan conmemorativo —“25 Años de Paz”— y en mi mente infantil aquella duración equivalía a una eternidad, y la guerra me parecía un acontecimiento tan remoto como el descubrimiento de América, aunque supiera que mis dos abuelos paternos habían participado en ella, y que mi padre y mi madre la preservaban con mucha viveza en sus recuerdos de infancia. Cuando uno es joven y escucha en el tango “sentir / que 20 años no es nada”, le parece una bella exageración poética, porque 20 años parece muchísimo, la vida entera, el pasado irrecuperable, el futuro que no se puede imaginar. Ahora que me he hecho mayor entro al Retiro y noto bajo las suelas de las zapatillas la tierra dura y la grava de sus senderos y el verso de Alfredo Le Pera se me queda corto: 25 años son toda la vida y no son nada.

lunes, 27 de julio de 2015

Juan Marsé / Materiales para una biografía








Juan Marsé según Sciammarella
Juan Marsé
BIOGRAFÍA
Materiales para una biografía

El libro de Josep Maria Cuenca sobre Juan Marsé recoge una cantidad de datos inédita, adictiva y oceánica. El exceso, sin embargo, desplaza la construcción de su historia


Jordi Gracia
27 de julio de 2015

Hasta hace una década fue verdad que Juan Marsé (1933) era el novelista con más lectores y menos premios; desde entonces ha dejado de ser verdad que carezca de premios institucionales, pero ha seguido siendo el novelista con más lectores naturales, sin ruido, seguro y fiable. Hasta 1982 había publicado al menos tres novelas que son clásicos vivos,Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí y Un día volveré; desde 1982, al menos otras tres, Ronda del Guinardó, El embrujo de Shanghai y Caligrafía de los sueños (además de un irresistible libro de relatos, Teniente Bravo). Pero es novelista y narrador, no intelectual, ni articulista, ni conferenciante, ni charlista. La única actividad que ha alternado con la novela ha sido el articulismo literario —las espléndidas semblanzas que agrupó bajo diversos títulos y en diversos medios— y la colaboración en proyectos cinematográficos como guionista.
¿Hay detrás de ese perfil de novelista puro una biografía de algún interés? Incontestablemente, la hay, y eso pensó Josep Maria Cuenca cuando desde 2006 empezó a fabular con redactarla. Lo primero que buscó fue la aquiescencia de Juan Marsé, lo segundo que encontró fue a un editor, Jorge Herralde, cuya única condición fue “el sí de Marsé”. Que lo obtuvo es completamente seguro porque es abrumadora e irresistible, oceánica y adictiva la cantidad de información inédita, de primera mano, que aporta el libro. No atañe sólo a Marsé y a sus primeros borradores, a manuscritos y a confidencias; afecta a muchos otros autores porque Marsé no ha escatimado material ni lo han escatimado otros amigos: las páginas de los diarios inéditos de Jaime Gil de Biedma lo hacen un poco más omnipresente en el libro, y son conmovedoras las cartas tempranas de Paulina Crusat (como lo es su misma peripecia vital), y lo son por otras razones las de Juan García Hortelano, Carlos Barral o Víctor Erice (y las de Robles Piquer, Ricardo de la Cierva, Pío Cabanillas o José Manuel Lara padre), además de múltiples declaraciones de infinidad de personajes relacionados con cada uno de los círculos culturales y personales que ha habitado Marsé entre Barcelona, L’Arboç y Calafell, incluido el prodigioso círculo que fue la revista Por Favor.




Materiales para una biografía


En la virtud de este formidable material está el origen de la carencia: la documentación ha desplazado la construcción de la biografía del escritor. Con implacable método cronológico, el libro sigue año tras año la vida de Marsé a través de esa documentación casi nunca integrada en un relato, casi nunca dispuesta como argumento o matiz para comprender las decisiones, los temas y los pasos de la vida, las emociones, las perplejidades o las terquedades de un novelista. A menudo reproduce por extenso no sólo las cartas, con sus encabezamientos y sus despedidas, sino también numerosísimos textos de Marsé y de otros, en citas larguísimas de artículos, prólogos, reseñas o entrevistas que dejan la historia del personaje sincopada y sin armar.
Pero sin este libro no habrá modo de comprender su biografía porque la información que ofrece es innumerable y gustosamente infinitesimal. Por fin están explicados los detalles sobre su adopción y la relación con su padre biológico (y con su hermana), pero también hábitos de un novelista que ha cambiado de piso muchas veces pero no ha visitado ninguno de ellos para decidir (porque las decisiones las ha tomado su esposa, Joaquina Hoyas). Conocemos la mestiza ley del catalán y el castellano entre los distintos miembros de la familia, o leemos en riguroso directo tantas páginas de su diario de 2004 o el vastísimo y muy entretenido anecdotario con protagonistas que van desde Ángel González o Carlos Barral a Carmen Balcells, Carlos Pujol o Ana María Moix, incluida la aparición marginal de Adriano Celentano, de al menos una quiebra sentimental y hasta de la emoción “irrepetible”, dice Marsé, de recoger en Madrid el Premio Sésamo de cuentos en 1958, e incomparable con la alegría de cualquier otro posterior.
Quizá la estructura más secreta está marcada por el deseo de Cuenca y, me parece, del propio Marsé, de desenredar algunos de los equívocos que han pesado años y años en la trayectoria del escritor. Y uno a uno se aclaran y desmontan los embustes o las maledicencias sobre la enemistad con Juan Goytisolo desde 1965, la muy secundaria intervención de Gil de Biedma enÚltimas tardes con Teresa, la tirria contra Baltasar Porcel (por aprovechado y oportunista) o la antipatía ante Francisco Umbral (pese a la dedicatoria personal de Si te dicen que caí), la desafección por las adaptaciones cinematográficas de sus libros, su resistencia a comulgar con ningún nacionalismo o su inflexible voluntad de decir la verdad cuando de libros y premios literarios se trata (sea en el Premio La Sonrisa Vertical, para acabar echando del jurado a Camilo José Cela, sea en el Premio Planeta, para acabar dimitiendo él). La sensación última, sin embargo, es haber recorrido sin respiro los estupendos materiales para una biografía antes que la biografía misma.
Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé. Josep Maria Cuenca. Anagrama. Barcelona, 2015. 749 páginas. 29,90 euros.