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jueves, 2 de abril de 2015

Personajes siniestros / Andreas Lubitz

Andreas Lubitz

PERSONAJES SINIESTROS

“El copiloto no tenía depresión ni era un enfermo mental, era un narcisista maligno”

Francisco Toledo

P. SÁNCHEZ
La Crónica del Pajarito
Lunes, 30 de Marzo de 2015

El psiquiatra Francisco Toledo recibió hace unos días el premio Doctor Francisco Guirado en Molina de Segura. Este profesor asociado de Psiquiatría de la facultad de Medicina de la Universidad de Murcia y psiquiatra titular del Hospital Virgen de la Arrixaca responde a las preguntas de La Crónica del Pajarito sobre temas tan actuales y candentes como los motivos que pudieron llevar al copiloto alemán Andreas Lubitz a estrellar el avión contra los Alpes franceses, según le acusa la Fiscalía. Además, Toledo avanza el programa del VI Curso de Psiquiatría en la Vida Cotidiana, organizado por la Fundación de Estudios Médicos (FEM) de Molina y la Universidad Internacional del Mar.
¿Qué supone para usted haber recibido el premio Doctor Francisco Guirado? 
Siento un profundo agradecimiento a Molina, a su Ayuntamiento y a su alcalde por haber propuesto mi candidatura al premio. Yo conocí a Francisco Guirado y a cualquiera le provoca orgullo este galardón, y más a un molinense, como me considero yo tras vivir ya más de diez años en Molina. Es también un reconocimiento a los cursos de psiquiatría en la vida cotidiana, que este año llegan a su sexta edición y que los dirijo con mucho cariño.
Estos cursos son ya una auténtica referencia a nivel regional y nacional.
Creo que sí. Lo que hacemos con ellos es luchar contra el estigma y contra los miedos que hay sobre los enfermos mentales, e intentar conseguir una mayor integración social. Todos los años traemos a psiquiatras clínicos de gran trayectoria profesional y hasta ahora presentamos un balance de más de 50 conferencias y más de 700 alumnos, algo que es un éxito para los organizadores, la Fundación de Estudios Médicos (FEM) de Molina y la Universidad Internacional del Mar.
¿Está cerrado ya el programa del VI curso de psiquiatría en la vida cotidiana? 
Se va a celebrar del 7 al 10 de julio, una vez más en Molina de Segura, y este año repite Juan de Dios Molina, que hablará sobre las habilidades en la entrevista psiquiátrica. El doctor Antonio Galbis, miembro de la directiva de la Asociación Española de Psiquiatría, dará una conferencia sobre manías, supersticiones y obsesiones, y contaremos con un ‘crack’ como el doctor Celso Arango, uno de los principales investigadores europeos en salud mental y director científico del Centro de Investigaciones Biomédicas en Red en Salud Mental (CIBERSAM), que ahora está trabajando en California y que impartirá la charla ‘El futuro de la salud mental: prevención, prevención y prevención’. La conferencia estelar será la de Eduard Vieta, que está considerado el número uno en la investigación del trastorno bipolar y que nos hablará sobre lo que sabemos y lo que nos falta por saber de este trastorno. A nivel local, tendremos a Luis Valenciano, que abordará la psicoterapia del paciente impulsivo; Emilio López, que hablará sobre esquizofrenia y psicosis tóxicas; al doctor Salmerón (´Cuando el cerebro confunde la realidad’) y a Mateo Campillo (‘Enfermedad física y vulnerabilidad psíquica’). También vendrán el doctor Mesones (‘El suicidio: todo lo que quiso saber y no se atrevió a preguntar’) y el doctor Pedro Pozo, presidente de la Sociedad Murciana de Psiquiatría, que hablará sobre el estigma de la enfermedad social. Pepa González Molina dará la conferencia ‘Abordaje del adolescente con trastornos de conducta’ y yo mismo hablaré sobre mitos y tópicos de la psiquiatría.
En términos psiquiátricos, ¿qué es la normalidad? 
Es una pregunta complicada de responder. Vamos a ver si me explico: para la psiquiatría la normalidad no es un punto, es un segmento, un patrón de conducta que se repite y que es aceptado como razonable. Es un comportamiento o estado de salud razonable que permite un funcionamiento óptimo.
¿Cuándo un problema de salud mental se convierte en una enfermedad? 
No todos los trastornos de conducta inexplicables tienen que ser un trastorno mental. Hay personas buenas, pero también hay personas malas que no tienen ningún trastorno mental. Para que una persona estrelle un avión no tiene que ser un enfermo mental, tiene que ser una mala persona.
Me está hablando del copiloto Andreas Lubitz, acusado de estrellar el avión en los Alpes con 150 personas dentro. En muchos medios de comunicación se dice que tenía depresión y estaba en tratamiento. ¿Qué ha podido llevar a esa persona a realizar un acto tan espeluznante? 
No creo que tuviera depresión, pues esta enfermedad conlleva una idea de culpabilidad e incluso de autoagresión, pero nunca hacia fuera, nunca hacia los demás. Una persona que se suicida se quita de en medio para no sufrir y para que los demás no sufran. Lo del copiloto no tiene nada que ver con la depresión ni con enfermedades mentales. Todo indica que fue premeditado y responde a una personalidad narcisista de tipo maligno que ha actuado así ante una frustración no superada. Al parecer, él mismo dijo que iba a hacer algo por lo que su nombre sería conocido en todo el mundo y eso es propio de un narcisista maligno, de un trastorno de personalidad. Estos individuos son conscientes de lo que hacen en todo momento. Son malas personas.
Entonces, ¿me está dando a entender que no se habría podido evitar la tragedia tratándose de una persona de este tipo? 
La psiquiatría no tiene respuesta para la maldad y este copiloto era un enfermo de tipo social. Los enfermos mentales son víctimas y no culpables, y este no es el caso del copiloto del avión estrellado. Todas las cosas no se pueden prevenir. Por ejemplo, por muchas campañas que se hagan nunca se acabará totalmente con los accidentes de tráfico o con la violencia de género. Se puede reducir, pero en el caso de la maldad no hay respuesta inherente a esta condición humana.
Pero lo que está publicando es que tenía problemas mentales de los que estaba siendo tratado y que incluso intentó ocultar. Y no se para de hablar de que tenía depresión. 
Faltan elementos para sacar conclusiones definitivas, pero todo apunta a que había premeditación y cálculo para estrellar el avión. Una depresión no puede ser que lleve a alguien a hacer algo así. Si alguien se suicida por una depresión da mensajes de dolor y deja una carta de despedida o de arrepentimiento. Este copiloto tampoco es un psicótico, pues ni deliraba ni tenía alucinaciones. Yo creo que sabía aparentar que no era malo. Este tipo de personas se repiten sistemáticamente en la historia de la humanidad en todos los ámbitos, no les detiene el dolor ajeno y hacen sufrir a los demás de manera indiferente. Para comprender necesitamos poner etiquetas, como la depresión, pero este hombre no tiene esa etiqueta.
¿Eso explicaría esa frialdad del copiloto? Lo digo porque en la grabación de la caja negra se refleja que su respiración no se alteró en los ocho minutos se descenso antes del choque en los Alpes. 
Mantener la respiración normal en una situación así es propio de una persona muy fría, y tampoco tiene nada que ver con creencias políticas o con razones religiosas. Este tipo de personas muestran una gran frialdad y les importa poco el mundo de los demás.
Se ha publicado que sufrió hace años ataques de pánico y ansiedad… 
Quizá tuviera algún diagnóstico de ansiedad, pero eso no explicaría nada, no existe ningún nexo con lo ocurrido. Insisto en que esta persona debía tener un trastorno de personalidad, no era un enfermo mental, sabía perfectamente lo que hacía y tenía una intolerancia brutal a la frustración, quizá por los problemas de visión que le impedían ascender profesionalmente, y seguramente no toleraba que no era el mejor.
Para las familias de las víctimas el hecho de que el copiloto estrellara deliberadamente el avión debe ser algo tremendo de aceptar. 
Hay personas a las que les da igual en qué circunstancias se ha producido la muerte de un familiar, pues el caso es que ha muerto y eso les produce dolor. A otras no les ocurre lo mismo. Cada uno se defiende del dolor como mejor puede y algunos necesitan dirigir su pena hacia un objetivo, pero eso no produce alivio. Sería doloroso e injusto que tras lo que ha ocurrido con el avión algunos dirigiesen ese odio a pacientes con problemas psiquiátricos. Eso haría mucho daño, pues el enfermo mental no es peligroso, es una víctima. El 20 por ciento de la población sufre depresión al menos una vez en la vida y eso no debe ser un estigma. Estamos trabajando mucho para evitar ese estigma. Sin embargo, se puede ser inteligente y ser muy mala persona. Hay personas malas en política, en el mundo empresarial, en nuestros compañeros de trabajo…
En la prensa europea no tanto, pero en algunos países los medios de comunicación han cargado tintas contra el copiloto y le llaman de todo: kamikaze, asesino, ‘killer’
… Que le llamen como quieran, pero que no le llamen enfermo mental, porque las personas con enfermedades mentales no se merecen esto.
Cambiando de asunto, siempre me he preguntado por qué no existe en la sanidad la figura unificada del terapeuta mental, en vez de esa separación entre psiquiatras y psicólogos. ¿Se ha experimentado en algún país? 
No se debe ni se puede. El psiquiatra y el psicólogo son absolutamente complementarios. Algunas personas no necesitan psicoterapia y otras no necesitan un enfoque biológico de pastillas.
¿Para salir de una depresión es absolutamente necesario tomar pastillas?Para la depresión, como enfermedad que es, se necesita un tratamiento farmacológico, igual que para la hipertensión. No es suficiente con la psicoterapia y no hay ningún psicólogo que se atreva a decir que es mejor tratar la depresión sin pastillas. Otra cosa son las conductas de tristeza adaptativas, que se abordan bien con un enfoque psicoterapéutico. La dificultad está en saber discernir qué tiene una persona. Está claro que siempre vienen bien cosas como las terapias de grupo.
Hay medicación, como los ansiolíticos, especialmente las benzodiacepinas, que al parecer son bastante adictivos. Y normalmente existe un rechazo en el paciente a estar, como se suele decir, empastillado. 
El tabaco también es adictivo. Si lo que quieres preguntar es si se abusa en la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos, la respuesta es que quizá sea cierto, y creo que hay situaciones que se podrían solucionar sin pastillas. Sí, pienso que hay un cierto exceso de uso y abuso de medicación. Poner un tratamiento farmacológico es fácil, pero en ese momento hay que pensar también en cómo lo vamos a quitar luego. En el caso concreto de las benzodiacepinas sí hay un abuso.
¿Quizá el problema arranca de los propios médicos de familia? 
En España, los médicos de familia tienen un gran control para empezar a tratar trastornos psiquiátricos, pues tienen una gran preparación.
¿Qué opina usted de las terapias alternativas para tratar problemas de salud mental? 
Pues que siempre que hay que valorarlas partiendo de los principios científicos de verificación de resultados. Si a lo que te refieres es al chamanismo, la gente que acude a él suele tener un nivel cultural más bien bajo, con todos mis respetos. Pero bueno, hay gente a la que le ayuda, por ejemplo, rezar, y no tengo nada contra eso.
Y qué me dice de las técnicas de neurocirugía para tratar trastornos psíquicos como los obsesivo-compulsivos. Parece que funciona eso de colocar electrodos en algunas zonas del cerebro… 
Hasta ahora la única indicación de la psicocirugía es para trastornos obsesivo-cumpulsivos (TOC) severos, y para un bajo porcentaje de pacientes. En estos casos la psicocirugía tiene una respuesta terapéutica de en torno al 50 por ciento y a veces es la única opción que queda. En algunos tipos de depresiones muy graves también se colocan electrodos en el cerebro para producir una estimulación cerebral eléctrica profunda. Se está avanzando mucho en este campo y tiene futuro por delante, pero no confundamos esta neurocirugía con otras cosas como las lobotomías que se practicaron hace años.
Los psiquiatras afirman que a día de hoy enfermedades como la esquizofrenia no tienen cura. ¿Qué esperanza les queda a estos enfermos? ¿Se conseguirá una cura en el futuro?
Ahora mismo la esquizofrenia no tiene cura como tal, pero sí puede sobrellevarse de una manera adecuada sin que ocasione molestias, siempre y cuando el paciente siga a rajatabla la medicación de por vida. La esquizofrenia ha existido siempre y afecta a un uno por ciento de la población en todo el mundo. En los últimos veinte años se ha avanzado mucho en los tratamientos. Debemos de tener en cuenta que el primer tratamiento para esta enfermedad se descubrió en 1952. En la actualidad existen varios adelantos que permiten a los pacientes llevar su medicación de una manera más controlada y mejor; estoy hablando de unas inyecciones que han sustituido a las clásicas pastillas diarias, y que se administran cada 15 ó 30 días. Y en el futuro habrá más avances.


Antonio Muñoz Molina / Detrás del rostro


Antonio Muñoz Molina

Detrás del rostro

Nunca sabremos lo que sucedió en la mente de Andreas Lubitz en los minutos que permaneció solo y encerrado en la cabina del avión que posteriomente estrelló


Foto personal de Andreas Lubitz en San Francisco. / AP
Es difícil aceptar que algo no pueda llegar a saberse: que a un paso de lo conocido y lo visible hay una oscuridad en la que por mucho que lo intentemos no podemos vislumbrar nada, a no ser la proyección de nuestras obsesiones y nuestros fantasmas.
La psiquiatra Lola Morón escribía la semana pasada, aludiendo al misterio ya para siempre insoluble de la conciencia del copiloto Andreas Lubitz: “Consideremos estos sucesos como inconcebibles, no intentemos explicar lo que a veces, simplemente, no tiene explicación”. Que una psiquiatra haga esa declaración de cautela es un gesto admirable. Queremos que los expertos nos tranquilicen dándonos respuestas claras y seguras a lo que nos inquieta o nos produce sufrimiento, y ellos mismos, con demasiada frecuencia, han disimulado su incertidumbre bajo una apariencia de seguridad más sacerdotal que científica.
Necesitamos con tanta urgencia las explicaciones que no podemos aceptar que no existan. Solo los tontos, los ideólogos y los beatos están seguros. Cuando uno habla con un científico, lo que le llama la atención no es la rotundidad de sus afirmaciones, sino los escrúpulos con los que las envuelve, la advertencia sobre la dificultad de obtener datos seguros, de elaborar modelos fiables que resistan la comprobación experimental. El que sabe de verdad de algo es el que ha llegado a intuir la amplitud de todo lo que se desconoce, la parte mínima que ocupa el conocimiento con respecto a una totalidad que no puede sondearse. Recorremos un museo de la prehistoria y tenemos la tentación automática de considerar que lo que hay expuesto en las estanterías es una representación suficiente de un mundo. Pero solo son restos mínimos, salvados por casualidad del cataclismo lento del tiempo, quizá mucho menos reveladores de lo que imaginamos, lo que queremos creer.
Nunca sabremos lo que sucedió en la mente de Andreas Lubitz en los minutos que permaneció solo y encerrado en la cabina del avión que de un momento a otro se había convertido en un gran ataúd colectivo. En la caja negra se oyen los golpes del piloto en la puerta cerrada por dentro, y dicen que también el silencio de Lubitz, su respiración tranquila en ese silencio. La policía registra su casa y encuentra documentos y recetas médicas; las personas que lo conocieron vencen con dificultad su estupor para contar cosas reveladoras o banales sobre él, siempre con esa extrañeza de no haber anticipado nada, con esa incredulidad de los vecinos de tantos grandes criminales con los que se cruzaban a diario e intercambiaban saludos y observaciones sobre el tiempo. Quién lo habría pensado.

Queremos que los expertos nos tranquilicen dándonos respuestas claras y seguras a lo que nos inquieta o nos produce sufrimiento
La información, la historia, el diagnóstico riguroso tocan en seguida con sus límites. Hay cosas que se saben al momento, y otras que se tardan en descubrir años o décadas, y hasta siglos, y otras que sencillamente no se descubren nunca. Ahora un historiador británico asegura haber encontrado por fin al verdadero culpable del asesinato de Julio César. Hace algo más de diez años, la novelista policial Patricia Cornwell casi arruinó su reputación al dedicar un libro de más de 400 páginas a la teoría, para ella irrebatible, de que Jack el Destripador era en realidad el notable pintor Walter Sickert. En Nueva York se ha abierto de nuevo el juicio por la desaparición del niño Etan Patz, que echó a andar una mañana hacia la parada del autobús escolar, en una calle del Soho, en 1989, cuando el barrio era una desolación de basuras y edificios industriales abandonados. Era el primer día que sus padres dejaban a Etan ir solo al autobús. Ya no lo vieron nunca más. Ahora se juzga a un sospechoso que tiene las facultades mentales alteradas, y vuelven a declarar forenses, policías, testigos; pero ha pasado ya tanto tiempo y los testimonios son tan inseguros, tan contradictorios, que es muy probable que la sentencia no sirva para hacer justicia ni para dilucidar la verdad.
No aceptamos que no haya una explicación suficiente para cada misterio, que haya historias que se interrumpen de golpe y se quedan sin final. Y nos da más miedo todavía que lo inexplicable suceda sin ningún aviso, que ningún síntoma lo anuncie, hasta el punto de que con mucha frecuencia inventamos vaticinios retrospectivos, argucias narrativas para sostener un relato que en realidad carece de consistencia. En las ficciones populares, a los malvados se les conoce a primera vista, y los buenos llevan su inocencia escrita en la cara. La perilla negra, el bigote afilado y negro, el acento raro, los modales refinados de los canallas en las películas de intriga y espías en blanco son un recurso tan burdo como el contraste entre la carnalidad tentadora de Ava Gardner y la casta belleza rubia de Grace Kelly en Mogambo. Pero cada uno de esos estereotipos es un consuelo y un antídoto pueril contra la incertidumbre sobre la identidad secreta de los otros. Ese desconocido de aspecto normal que se sienta a tu lado en el metro puede muy bien ser un asesino, un pederasta, un ladrón, un genio, un borracho, un aficionado a la taxidermia o a la astronomía, un santo, un piloto aquejado de delirios psicóticos. Las ficciones populares nos confortan con la seguridad de que al menos en ellas las apariencias no engañan.

En las ficciones populares, a los malvados se les conoce a primera vista, y los buenos llevan su inocencia escrita en la cara
Y la literatura unas veces es un aviso sobre la dificultad de conocer y otras una ruptura virtual de los límites de la conciencia ajena, un asomarse al interior de los otros. Dice Charles Simic en una de las anotaciones deEl monstruo ama su laberinto: “Es en las obras de arte y literatura donde uno tiene la experiencia más rica del Otro. Cuando la experiencia es verdaderamente poderosa, podemos ser cualquiera, un príncipe ruso del siglo XIX, una ramera italiana del siglo XV”.
No estoy seguro de que ese conocimiento de lo inaccesible sea del todo fehaciente, algo más que una ilusión o que un espejismo. Leyendo Lolita tenemos la sensación turbadora y siniestra de encontrarnos en la conciencia de un hombre que viola y esclaviza a una niña. El Macario de Juan Rulfo y el Benji de William Faulkner nos hacen ver el mundo desdibujado por una niebla de trastorno mental. George Simenon nos permite asomarnos con la misma eficacia a la mirada del comisario Maigret y a la de todos esos prófugos y solitarios que deambulan por sus otras novelas. Los monólogos de los malvados de Shakespeare son galerías oscuras por las que se interna uno como por el subsuelo de la conciencia humana. Norman Mailer, que inventó tantos personajes en tantas novelas, nunca llegó a crear uno tan lleno de tristeza y misterio como el asesino real Gary Gilmore en La canción del verdugo. Sabemos algo del interior de la mente de esos impostores que se construyen vidas enteras falsas y engañan durante años hasta a las personas más cercanas si hemos leído El adversario, de Emmanuel Carrère.
Pero siempre habrá un fondo al que no se llegue, una última puerta que permanecerá cerrada. La literatura conduce hasta ese umbral y también enseña a respetarlo; a manejar el miedo, pero no a perderlo. No todo se puede explicar. Hasta en el espejo te mira a veces un desconocido.