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sábado, 22 de agosto de 2026

Augusto Monterroso / Maestro de la concisión XLISTO 2013


Augusto Monterroso

Maestro de la concisión

Enrique Vila-Matas
9 de febrero de 2003

Empiezo tímidamente como homenaje al gran tímido que él fue. Según nos contó en su última visita a Barcelona, cenó una vez con Italo Calvino, que era tan tímido como él. Tan tímidos eran los dos que no hablaron nada en toda la noche, lo hicieron por ellos sus respectivas esposas. Y todo porque Calvino, antes de sentarse a cenar, recordando que Monterroso era guatemalteco, le estrechó la mano y le dijo: "Yo he estado en Guatemala". Y él pensó entonces en contestarle: "Yo he estado en Italia". Pero esta frase le parecía tan tonta -¡Yo he estado en Italia!- y su timidez era tanta que, aunque estuvo todo el rato a punto de decir la tontería, no la dijo y al final no pronunció palabra en toda la noche.

lunes, 1 de abril de 2024

Microficción, la orfebrería de la palabra

 

Microficción
Colette, ca. 1950. Fotografía: Sanford H. Roth / Getty

Microficción, la orfebrería de la palabra

Con un ritmo de vida cada vez más ajetreado, más urgente, el consumo de cultura en dosis pequeñas tiene un auge imparable, con tuits y memes como algunos de los protagonistas. En esta era del menos es más, la microficción nos enseña que, con ingenio y los ingredientes adecuados, se puede destilar la historia hasta su núcleo, hasta la intensidad pura. Y, además, jugando. 

lunes, 11 de diciembre de 2023

Elogio de la brevedad / Gente de pocas palabras

Clarice Linspector 1


Gente de pocas palabras


Juan Tallón
27 de marzo de 2013


Hablar no es malo, pero hablar poco es mejor. Se acaba antes. En general, hablar debería ser una operación breve más a menudo. No hay tanto que decir, a fin de cuentas. Todo debiera ser relativamente breve, casi siempre, para pasar al siguiente punto, o irse a casa. Ciertas frases, después del primer verbo, se vuelven muros grasientos, infranqueables. Pronunciarse con brevedad encierra su dificultad, claro. No todo el mundo vale para ser gente de pocas palabras. Digamos que no basta callar, sin más. Un individuo parco, reservado, no es alguien silencioso, que nunca tiene nada que decir. En absoluto. Es más, tiene probablemente mucho que decir, pero renuncia, o lo dice en corto, codificado, hacia dentro. Pocas palabras no es simplemente mucho silencio a su alrededor. Las pocas palabras son otra cosa. De entrada, son las que son, las justas, las que se necesitan, ni una más. Pocas, aunque algunas. Son cierta filosofía de la sobriedad, y la idea de que la vida pasa enseguida, en especial cuando la cuentas con muchas frases. Esa actitud hay que poseerla. No se imposta. Ni se improvisa, a menos que lleves toda la vida ensayándola. Alguna vez leí que cuando William Faulkner murió, en su pueblo natal de Oxford, Mississippi, los negocios locales pusieron un cartel que decía: «En memoria de William Faulkner, este negocio permanecerá cerrado desde las 2.00 hasta las 2.15 pm. 7 de julio de 1962». Fue un homenaje modesto, corto, brevísimo, pero que la historia no olvidó. La brevedad es efectiva, y no por ello breve, si deja eco.

jueves, 6 de agosto de 2020

García Márquez / Monterroso fue una gran hombre y un gran escritor

Bárbara Jacobs y Gabriel García Márquez
en el funeral de Augusto Monterroso
García Márquez

"Monterroso fue un gran hombre y un gran escritor"

México despide al autor de 'La letra e'


Juan Jesús Aznarez
México, 10 de febrero de 2003

El premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez acudió a la capilla fúnebre donde fueron velados los restos de Augusto Monterroso, amigo entrañable. "Fue un gran hombre y un gran escritor. Todo lo que diga está de más", resumió. Le acompañaba Álvaro Mutis, íntimo también del guatemalteco afincado en México, genio de lo breve, uno de los autores latinoamericanos más importantes del siglo XX. Los restos del maestro fueron velados en una funeraria de la capital y trasladados ayer al crematorio del Panteón Español.

jueves, 28 de mayo de 2020

Augusto Monterroso / Un escritor de bolsillo

Augusto Monterroso

Un escritor de bolsillo


Javier Rodríguez Marcos
1 de marzo de 2003



Si hubo alguna vez un escritor de bolsillo, ése fue Augusto Monterroso (1921-2003). "Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta", escribió en su autorretrato. La verdad es que Monterroso siempre tuvo mejor humor que los monterrosianos. Cuando un periódico publicó una imagen en la que se veía al guatemalteco junto a otro escritor, una multitud de conocidos le llamó escandalizado por el pie de foto, que decía: "A. M. al lado de una persona de estatura normal". El autor de La letra e se apresuró a tranquilizarlos: el pie lo había escrito él mismo. Por suerte, además, Monterroso es mucho más que el cuento impenitente del dinosaurio -incluido en Obras completas (y otros cuentos)- (que no es cuento sino novela, decía su propio autor rizando el rizo), es también el mismo narrador patafísico que abría Movimiento perpetuo diciendo que en la literatura había tres temas fundamentales: el amor, la muerte... y las moscas; el mismo que reflexionó con acidez sobre la fe y las montañas en La oveja negra y demás fábulas y sobre los patinazos del colonialismo en 'El eclipse'; sin olvidarse de aquella vaquita vista desde el tren, "muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas". Aparte de esa falsa novela fragmentaria llamada Lo demás es silencio, Monterroso no escribió más que relatos, ensayos y notas de diario. Cuando en una ocasión le preguntaron cómo se llegaba a una escritura tan concisa, contestó: "Tachando. Tres renglones tachados valen más que uno añadido". Si hubo alguna vez un escritor portátil, leve, trascendente sin ponerse estupendo, ése fue Augusto Monterroso, un escritor -más que hiperbreve, hipercrítico- que sabía que el humor es triste y que en literatura lo que no suma, resta: "Me aterroriza la idea de que la tontería acecha siempre a cualquier autor después de cuatro páginas". Habrá que aplicarse el cuento.

EL PAÍS



lunes, 15 de agosto de 2016

Alberto Manguel / Novelas de una sola línea


Novelas de una sola línea


Alberto Manguel
28 de febrero de 2004



"Tres renglones tachados valen más que uno añadido", afirmaba Augusto Monterroso, de cuya muerte se acaba de cumplir un año. Autor del cuento más breve de la historia, el escritor guatemalteco pertenece a una estirpe de narradores que ha sabido condensar en pocas palabras toda la profundidad necesaria. En ocasiones esas obras maestras de la brevedad forman parte de textos más largos. Sólo hay que reconocerlos.
En un pequeño y lúcido texto sobre Borges, Augusto Monterroso señala que cualquiera puede, impunemente, imitar a Conrad, a Greene, a Durrell pero no a Joyce, no a Borges. "Es demasiado fácil", dice, "y demasiado obvio". Lo mismo puede decirse de Monterroso mismo cuyo destino ha sido el de ser recordado, no por vastos volúmenes de inmortal prosa sino por narraciones de apenas una línea perfecta y concisa. De éstos, el más célebre es sin duda El dinosaurio:"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Es cierto que muchos otros escritores, a lo largo de los siglos de nuestras literaturas, han imaginado obras de idéntica brevedad, pero el caso es que pocas veces han sabido rescatarlas del fárrago de abarrotadas páginas. El arte de Monterroso está en saber que esas siete palabras bastan.

martes, 12 de julio de 2016

Augusto Monterroso / Guatemala nunca ha dejado de ser parte de mi vida




Augusto Monterroso 

Biografía
«Guatemala nunca ha dejado de ser parte de mi vida»

Por Francisco Alejandro Méndez
    
En 1991, tuve la oportunidad de visitar México, país que ha brindado cobijo a exiliados y refugiados de todo el mundo, especialmente, debido a su vecindad, a guatemaltecos. En esa ocasión, en el mes de octubre, entrevisté a algunos escritores nacionales radicados en eses país, entre ellos Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Marco Antonio Flores, Marió René Matute, José Luis Perdomo, Otoniel Martínez, Carlos Solórzano y Julia Esquivel.
Con cada uno sostuve conversaciones sobre su vida y trabajo en México. En esta ocasión, haré remembranza de la conversación que sostuve con Monterroso, uno de los más grandes escritores vivos que tiene Guatemala. Monterroso es mundialmente conocido, a pesar de que su producción literaria no posee más de 10 títulos; sus cuentos y fábulas han sido traducidos al alemán, finlandés, italiano, polaco y una docena de idiomas más.
Escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Italo Calvino, Asimov, Carlos Fuentes, Roberto Fernández Sastre, José García Nieto, José Miguel Oviedo, Carlos Monsiváis, entre otros, han hecho elocuentes comentarios a la obra de Augusto Monterroso, que viven en México desde hace casi 50 años.

Juan Cruz / Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso

Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso
Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso
Bárbara y Tito

JUAN CRUZ
3 JUN 2000


Aquella noche no estaba Bárbara, y por eso Tito estaba solo, moviendo los dedos como si contara pétalos. Ella se había quedado en el hotel, con jaqueca, y su marido había acudido a la cena con ese aire degollado que tienen los hombres que parecen provisionales cuando echan a alguien en falta. Poco a poco se fue animando y terminó siendo Tito el de siempre, ingenioso pero genial, callado y exacto, convencido de que las pocas palabras son a veces demasiadas. En un momento de la noche le preguntaron:

-Tito, ¿y desde cuándo te llaman Tito?
-Fueron mis padres: les daba apuro llamarme Monterroso.
Ahora que ha ganado el Premio Príncipe de Asturias le escribieron el siguiente telegrama: "¿Y podremos seguir llamándote Tito ahora que eres el Principito?".

Augusto Monterroso se lamenta de su pereza y exalta la pasión por la lectura

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs, en el Escorial. 
FOTO DE SANTI BURGOS

Monterroso se lamenta de su pereza y exalta la pasión por la lectura

El escritor, que participa en los cursos de El Escorial, defiende la inspiración


CARMEN MORÁN
El Escorial 25 JUL 2001



Augusto Monterroso nació en Tegucigalpa (Honduras) en 1921, pero vivió desde niño en Guatemala y se exilió durante décadas en México, país en el que reside actualmente. Tiene el escritor una ventaja de la que, sin embargo, no gozan siempre aquellos autores que 'se levantan a las siete de la mañana y escriben cinco horas seguidas': las musas. 'Yo creo en las musas, en la inspiración, y si no me viene pueden pasar tres o cuatro meses, o cinco, sin hacer nada'.

jueves, 23 de julio de 2015

Augusto Monterroso / Decálogo del escritor


Augusto Monterroso
DECÁLOGO DEL ESCRITOR

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.



Augusto Monterroso / Príncipe de Asturias 2000


Augusto Monterroso
Príncipe de Asturias 2000
Discurso

Deseo, ante todo, dar las más cumplidas gracias al honorable Jurado que me concedió este Premio Príncipe de Asturias de las Letras, correspondiente al año 2000. Sin su benevolencia, por no decir su valentía, no estaría yo hoy en situación que tanto me honra, ni junto a tan destacados artistas, hombres de ciencia, dignatarios y académicos de diversas nacionalidades, igualmente premiados, a quienes saludo con mi admiración y respeto.

En la prensa de estos días se ha dicho que en mí se premiaba no sólo a un escritor centroamericano, sino también un género literario, el cuento, un género que ha venido siendo relegado por las grandes editoriales, por algunos críticos, y aun por los mismos lectores. Pues bien, no tiene nada de extraño que así suceda. Las leyes del mercado son inexorables, y no somos los escritores de cuentos ni los poetas -hermanos en este negativo destino- quienes vamos a cambiarlas. Pero como decía el Eclesiastés refiriéndose a la Tierra, generación va y generación viene: mas el cuento siempre permanece.

Comoquiera que sea, es cierto que prácticamente toda mi obra ha consistido en el acercamiento a dos especialidades hoy alejadas de los reflectores y el bullicio, si bien nada modestas en cuanto a su prosapia: el cuento y el ensayo personal, variando en ocasiones de tal manera sus formas y sentido que algunos comentaristas hablan, refiriéndose a aquélla, de transposición de géneros, cuando no de invasión de unos a otros, lo que vendría a dar un nuevo sesgo a nuestros acostumbrados modos de expresión literaria. Algo se ha dicho también de la brevedad en esta obra, y, como si lo anterior fuera poco, del humor y la ironía en ella, haciendo que yo me pregunte: ¿de verdad cabrá todo eso en el reducido espacio que ocupa? Bueno, el campo de la literatura es tan amplio que en él caben hasta las cosas más pequeñas.

No he pretendido nunca erigirme en defensor del cuento común, o del cuento brevísimo, ni mucho menos en detractor de las novelas, cortas o largas, que me han deleitado y enseñado tanto desde Cervantes a Flaubert y Tolstoi y Joyce; es más, en diversas ocasiones he confesado que aprendí a ser breve leyendo a Proust. El cuento se defiende solo. Por otra parte, no soy un teórico, y sé que a pesar de innumerables tentativas de definición aventuradas por los que saben, hoy día es un problema insoluble establecer lo que constituye un cuento. No obstante, ciertos cuentistas aún no se han enterado de su evolución, y al escribirlos todavía siguen el cumplimiento de antiguas reglas, como aquella de la exposición, el nudo y el desenlace, cuando no la del final sorpresivo; y hay quienes piensan con honestidad que el cuento es un género intrascendente y entonces los escriben -declaran-, a manera de descanso entre su verdadera labor creativa, es decir, sus importantes novelas. Y tampoco seré yo quien trate de sacarlos de esta idea. La verdad es que en este idioma nuestro basta pensar hoy en Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti o Julio Cortázar para formarse una idea de lo lejos que estamos ya del cuento convencional.

En 1992 Barbara Jacobs y yo publicamos en España una Antología del cuento triste. Toda vez que la tarde en que lo escribimos estábamos más bien taciturnos, nos permitimos aseverar en el Prólogo: "La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste". No pocos reaccionaron en contra de este pensamiento tan claramente melancólico; y yo no sé si la vida es triste para todos -cosa que dejo a los expertos-; pero se da la circunstancia de que los cuentos que escogimos, casi al azar de nuestras respectivas memorias, no sólo son tristes de verdad sino que resultaron ser obra de algunos de los mejores y más profundos escritores del último siglo y medio, como lo pueden ser desde Herman Melville y William Faulkner, o Leopoldo Alas "Clarín", hasta Salarrué y Juan Rulfo, pasando por James Joyce, Thomas Mann y Corrado Alvaro, quienes retrataron vívidamente el hondo dramatismo que encierran las existencias cotidianas de hombres y mujeres de cualquier país, pobre o rico, del centro de Europa o del centro de América, a través de este género, que en sus breves dimensiones y su aparente humildad recoge la vida con penetración, verdad y belleza.

Quisiera considerar también este Premio un reconocimiento a la literatura centroamericana, de la que, guatemalteco, formo parte. Centroamérica, como bien pudiera haber dicho Eduardo Torres, ha sido siempre vencida, tanto por los elementos como por las naves enemigas: me refiero a los desastres naturales de los últimos años, y a los económicos y políticos a que nos han sometido los intereses de poderosas compañías extranjeras productoras de ese fruto por el que nuestros países son llamados repúblicas bananeras. Pero es mi deber señalar una vez más que a lo largo de los siglos no ha sido sólo plátano lo que producimos. Recordaré que nuestros ancestros mayas, refinados astrónomos y matemáticos que inventaron el cero antes que otras grandes civilizaciones, tuvieron su propia cosmogonía en lo que hoy conocemos con el nombre de Popol Vuh, el libro nacional de los quichés, mitológico y poético y misterioso; a Rafael Landívar, autor de la Rusticatio mexicana, el mejor poema neolatino del siglo XVIII; a José Batres Montúfar, cuentista satírico en verso, cuyas octavas reales vienen en línea directa de Ariosto y de Casti y cierran brillantemente la narrativa mundial en esta estrofa; y, por último, para no acercarme peligrosamente a nuestro tiempo, a Rubén Darío, renovador del lenguaje poético en español como no lo había habido desde los tiempos de Góngora y Garcilaso de la Vega.

Tres herencias, la indígena, la latina y la española, que la mayoría de los escritores centroamericanos, estoy seguro, tratamos de merecer, pero también, ¿por qué no?, de mantener y acrecentar con dignidad y decoro.

En un momento de optimismo manifesté hace algunos años, en ocasión parecida a ésta, que mi ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país. Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor. Estoy seguro de que haber sido merecedor de este Premio Príncipe de Asturias de las Letras, contribuirá en gran medida a que aquel deseo, más vanidoso de lo que parece, se convierta en realidad.

Muchas gracias.

Oviedo, España, 31 de mayo del 2000



Augusto Monterroso / El dinosaurio según Frank Arbelo


Augusto Monterroso
EL DINOSAURIO
SEGÚN FRANK ARBELO


Augusto Monterroso / El dinosauro (Cuento en italiano)


Enrique Vila-Matas / Diez grandes que no lee nadie

João Guimarães Rosa
Poster de T.A.

Diez grandes que no lee nadie


En su formato digital, brillantes revistas literarias como The White Review, Quarterly Conversation o Words Without Borders, están entre las más visitadas en lengua inglesa, pero donde se está produciendo ahora una buena movida es en LitHub (Literary Hub), un centro de ideas activo y divertido, donde ayer leí Diez grandes escritores que no lee nadie, un artículo de Stephen Sparks, “ensayista ocasional” y librero en Green Apple Books on the Park, San Francisco.
He especulado con lo siguiente: si este ensayo de Sparks hubiera sido leído por todas las personas que aún leen en el mundo, habría llegado al 0,017% de la población mundial, pues el resto de la humanidad, según últimas y fiables estadísticas, no lee absolutamente nada.
¿Y qué habrían encontrado? La lista de Sparks es muy subjetiva y por tanto excluyente: Marcel Schwob, Mary Butts, Marguerite Young, João Guimarães Rosa, Julien Gracq, Augusto Monterroso, Jane Bowles, Rosemary Tonks, Driss ben Hamed Charhadi y Fran Ross. Y fácilmente discutible, porque algunos de estos autores todavía son leídos. Por ejemplo: si no me equivoco, los chinos acaban de traducir La oveja negra, de Monterroso.
Sparks no se detiene mucho en cada uno de los infortunados escritores, pero tiene siempre palabras compasivas para ellos. Así de Marcel Schwob, por ejemplo, viene a decirnos que es un escritor enormemente influyente y sin embargo sin lectores, aunque su presencia en Jarry, Borges, Bolaño y Michon le permite seguir vivo en la obra de los otros. En Mary Butts la tendencia al escándalo oscureció sus méritos literarios. Jane Bowles no para de ser continuamente “redescubierta” y poco después siempre abandonada. Fran Ross se adelantó demasiado a su tiempo y en 1974 su mejor libro no encajó dentro del movimiento del Black Power. Marguerite Young empleó tantos años en terminar su novela —más de dos décadas para Miss Macintosh, My Darling— que su público dejó de esperarla.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Augusto Monterroso / Una visita a la tumba de Cortázar



Augusto Monterroso
Biografía
UNA VISITA A LA TUMBA DE CORTÁZAR

BIOGRAFÍA DE JULIO CORTÁZAR

Visita a la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse. Después del sinnúmero de veces que se lo habrán preguntado, el encargado de guardia sabe muy bien de quién se trata y nos indica el camino en el plano que los visitantes pueden estudiar en la pared, al lado de la puerta de entrada; y así, marchamos por la avenida principal en busca de Allée Lenoir tratando de llegar a la 3ª División, 2ª Sección, 3 Norte, 17 Oeste; pero en este primer intento uno se pierde en el laberinto de pequeños mausoleos y tumbas y, después de breves homenajes ante las de Baudelaire y Sartre, vuelve a la oficina de la entrada con Edgar Quinet sólo para confirmar que la información estaba bien pero que uno no había tomado la Allée Lenoir y regresa para ahora sí encontrar lo que busca; y ahí está, blanca, plana, dividida en dos partes iguales y con los nombres de Carol Dunlop arriba y Julio Cortázar abajo, más fechas.
Durante unos minutos recuerdo la última vez que vi a Carol, en Managua, mostrándonos sonriente sus fotografías de niños nicaragüenses; y a Cortázar aquí, en este departamento (4 rue Martel, C., 4º derecha) que él habitó y en el que por azares dignos de su imaginación vivo yo ahora y escribo estas líneas, cuando con B. y Aurora Bernárdez, en diciembre de 1983, acabado de regresar de las Naciones Unidas en Nueva York, a donde había ido a dar una de sus últimas batallas a favor del régimen sandinista, hablamos de literatura, de traducciones, de poesía, particularmente del autor de La ciudad sin Laura, Francisco Luis Bernárdez ("tan unidas están nuestras cabezas/ y tan atados nuestros corazones"), hermano de Aurora a quien casi le digo de memoria todo el soneto que tanta influencia tuvo en nuestra generación de aprendices de escritor:

Si el mar que por el mundo se derrama
tuviera tanto amor como agua fría
se llamaría por amor María
y no tan sólo mar como se llama;

 y de Italo Calvino y de la vez que cenamos con éste en esta ciudad en casa de Víctor Flores Olea hace tres años, y yo no hallaba de qué hablar con Calvino hasta que él, en las mismas, se animó por fin a decirme que conocía Guatemala y de ahí no pasamos, pues a mí se me hacía ridículo revelarle que yo conocía Italia.
Me despido en silencio y, otra vez sobre la alameda Lenoir y la avenida, regreso y cuento cincuenta y cinco pasos desde ésta al lugar en que se halla la tumba, en un acto de signo absurdo pero así fue. De salida, el guardia nos hace adiós con un gesto de inteligencia y complicidad que significaba que era donde él decía.
Diez minutos después, sobre la avenida Montparnasse, en el arroyo, vemos a decenas, cientos de miles de hombres y mujeres sudorosos que también cuentan sus pasos: jóvenes y viejos, rubios, morenos, negros, vestidos de pantalón corto y camiseta y con números visibles sobre el pecho, que han pasado, pasan y vienen corriendo con los rostros angustiados de quien huye de algo o, me entero, van tras algo: el final de una carrera de maratón, final que para algunos está llegando antes de lo previsto. Por la noche, en la televisión, todo ese esfuerzo ocupa en la pantalla cinco segundos y veinte palabras, casi un epitafio. 


Augusto Monterroso
Pájaros de Hispanoamérica
           Madrid, Alfaguara, 2002







lunes, 29 de agosto de 2011

Augusto Monterroso / Julio Cortázar, mago

Carol Dunlop y Julio Cortázar
Augusto Monterroso
Biografía
JULIO CORTÁZAR, MAGO

I
Recibo un recordatorio de la Editorial Nueva Nicaragua acerca del libro-homenaje que prepara con el título de Queremos tanto a Julio, dedicado a Julio Cortázar y con testimonios de muchos escritores amigos a quienes se les ha pedido lo mismo. He enviado sólo media cuartilla, aduciendo que el afecto no es cosa de muchas explicaciones. Otra cosa sería -señalo en ella- si el libro llevara por título Admiramos tanto a Julio o algo así, caso en el cual el número de páginas de mi contribución sería muy alto.
Ya para mi obra, recuerdo el alboroto que en los años sesenta armó su novela Rayuela, cuando las jóvenes inquietas de ese tiempo se identificaron con el principal personaje femenino, la desconcertante Maga, y comenzaron a imitarla y a bañarse lo menos posible y a no doblar por la parte de abajo los tubos de dentífrico, como símbolo de rebeldía y liberación; y luego los cuentos de Julio, que eran espléndidos y que existían desde antes pero que gracias a Rayuela alcanzaron un público mucho mayor, y más tarde sus vueltas al día en ochenta mundos y, como si esto fuera poco, sus cronopios y sus famas; y uno observaba cómo, fascinados por las cosas que se veían en estos seres de una mitología que suponían al alcance de sus mentes, los políticos y hasta los economistas querían parecer cronopios y no solemnes, y lo único que lograban era parecer ridículos. De todo esto, y de sus hallazgos de estilo y del entusiasmo que despertó entre los escritores jóvenes, quienes a su vez se fueron con la finta y empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y fiestas con mariguana y a creer que todo consistía en soltar las comas por aquí y por allá, sin advertir que detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas que provisionalmente llamaré contemporáneas mejor que modernas; y sus encuentros de algo con que creó un modo y ─hélas─ una moda Cortázar, con su inevitable cauda de imitadores. Los años han pasado y bastante de la moda también, pero lo real cortazariano permanece como una de las grandes contribuciones a la modernidad, ahora sí, la modernidad, de nuestra literatura. La modernidad, ese espejismo de dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo permanece.



II
Leo el Cuaderno de bitácora de "Rayuela" de Ana María Barrenechea, en el que se reproduce el manuscrito del plan original de Rayuela que Julio Cortázar obsequió a Anita, investigadora y crítica argentina y una de las primeras que se ocuparon (junto con Emma Susana Esperatti) de la literatura fantástica en Hispanoamérica. Pero el libro no es sólo eso. Trae además un estudio de crítica genética que me siento incapaz de resumir sin enredarme, por lo que prefiero copiar el primer párrafo de la introducción: Los pretextos de Rayuela:

Se ha dado la circunstancia de que Julio Cortázar me regaló el Cuaderno de bitácora de "Rayuela" (log-book como él mismo lo llamó en una ocasión). No es en realidad un verdadero borrador o sea una primera redacción de la historia novelesca. Es un conjunto heterogéneo de bosquejos de varias escenas, de dibujos, de planes de ordenación de los capítulos (como índices), de listas de personajes, algunos con acotaciones (predicados), que los definen, de propuestas de juegos con el lenguaje, de citas de otros autores (en parte para los capítulos prescindibles); rasgos positivos y negativos de los argentinos, meditaciones sobre el destino del hombre, la relación literatura-vida, lenguaje-experiencia, y aun fragmentos no muy extensos que parecen escritos "de un tirón" y que luego pasarán a la novela ampliados o con escasas modificaciones. En resumen el diario que registra el proceso de construcción de Rayuela con ciertas lagunas.

Es consolador y estimulante ver en la parte facsimilar del manuscrito los avances y retrocesos, las vacilaciones ante los temas, la caracterización de las personas, los adjetivos corregidos o suprimidos, los diagramas, las "rayuelas" con sus números y lo supuestos pies de un jugador imaginario dibujados por el autor, los planos de edificios que después serán descritos, todo ese proceso que hace sufrir (según vayan las cosas) o gozar (según vayan las cosas) a los cuentistas, los novelistas o los poetas. Recuerdo ahora la edición facsimilar, y he ido por ella, de The Waste Land (Harcourt Brace Jovanovich, N. York, 1971). Con las correcciones y cambios de éste que traduzco porque viene al caso:

Entre más cosas conozcamos de Eliot, mejor. Agradezco que las cuartillas perdidas hayan sido desenterradas. El ocultamiento del manuscrito de The Waste Land (años de tiempo perdido, exasperantes para el autor) es puro Henry James. "El misterio del manuscrito desaparecido" está resuelto. Valerie Eliot ha hecho un trabajo erudito que le hubiera encantado a su esposo. Por esto y por su paciencia con mis intentos de elucidar mis propias notas al margen, y por la amabilidad que la distingue, le doy las Gracias. Ezra Pound.

T. S. Eliot. Julio Cortázar. Dos autores auténticamente modernos, en estas dos publicaciones de sus manuscritos que se llevan apenas algo más de una década y en las que se puede ver algo (nunca puede verse todo) de su forma de encarar eso que algunos llaman creación y que tal vez no sea sino un simple ordenamiento, su respeto, o su irrespeto, qué diablos, por la palabra escrita; o su humildad, finalmente, ante la inmensidad de un sí o de un no que a nadie le importa pero que al artista le importa; de un párrafo que se conserva o que se suprime, las enormes minucias que diría Chesterton y que el lector, ese último beneficiario o perdedor invisible, apenas sospecha.



III
Visita a la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse. Después del sinnúmero de veces que se lo habrán preguntado, el encargado de guardia sabe muy bien de quién se trata y nos indica el camino en el plano que los visitantes pueden estudiar en la pared, al lado de la puerta de entrada; y así, marchamos por la avenida principal en busca de Allée Lenoir tratando de llegar a la 3ª División, 2ª Sección, 3 Norte, 17 Oeste; pero en este primer intento uno se pierde en el laberinto de pequeños mausoleos y tumbas y, después de breves homenajes ante las de Baudelaire y Sartre, vuelve a la oficina de la entrada con Edgar Quinet sólo para confirmar que la información estaba bien pero que uno no había tomado la Allée Lenoir y regresa para ahora sí encontrar lo que busca; y ahí está, blanca, plana, dividida en dos partes iguales y con los nombres de Carol Dunlop arriba y Julio Cortázar abajo, más fechas.
Durante unos minutos recuerdo la última vez que vi a Carol, en Managua, mostrándonos sonriente sus fotografías de niños nicaragüenses; y a Cortázar aquí, en este departamento (4 rue Martel, C., 4º derecha) que él habitó y en el que por azares dignos de su imaginación vivo yo ahora y escribo estas líneas, cuando con B. y Aurora Bernárdez, en diciembre de 1983, acabado de regresar de las Naciones Unidas en Nueva York, a donde había ido a dar una de sus últimas batallas a favor del régimen sandinista, hablamos de literatura, de traducciones, de poesía, particularmente del autor de La ciudad sin Laura, Francisco Luis Bernárdez ("tan unidas están nuestras cabezas/ y tan atados nuestros corazones"), hermano de Aurora a quien casi le digo de memoria todo el soneto que tanta influencia tuvo en nuestra generación de aprendices de escritor:

Si el mar que por el mundo se derrama
tuviera tanto amor como agua fría
se llamaría por amor María
y no tan sólo mar como se llama;

 y de Italo Calvino y de la vez que cenamos con éste en esta ciudad en casa de Víctor Flores Olea hace tres años, y yo no hallaba de qué hablar con Calvino hasta que él, en las mismas, se animó por fin a decirme que conocía Guatemala y de ahí no pasamos, pues a mí se me hacía ridículo revelarle que yo conocía Italia.
Me despido en silencio y, otra vez sobre la alameda Lenoir y la avenida, regreso y cuento cincuenta y cinco pasos desde ésta al lugar en que se halla la tumba, en un acto de signo absurdo pero así fue. De salida, el guardia nos hace adiós con un gesto de inteligencia y complicidad que significaba que era donde él decía.
Diez minutos después, sobre la avenida Montparnasse, en el arroyo, vemos a decenas, cientos de miles de hombres y mujeres sudorosos que también cuentan sus pasos: jóvenes y viejos, rubios, morenos, negros, vestidos de pantalón corto y camiseta y con números visibles sobre el pecho, que han pasado, pasan y vienen corriendo con los rostros angustiados de quien huye de algo o, me entero, van tras algo: el final de una carrera de maratón, final que para algunos está llegando antes de lo previsto. Por la noche, en la televisión, todo ese esfuerzo ocupa en la pantalla cinco segundos y veinte palabras, casi un epitafio.

Los pasos de Cortázar


IV
Esos días en que B. y yo estuvimos en Managua se llenaron sin remedio del recuerdo, allí, de Julio Cortázar y su mujer Carol, Carol Dunlop, novelista (Mélanie dans le miror, por aparecer en la editorial Nueva Imagen traducido por Fabianne Bradu) y fotógrafa. Era lo normal. Allí, dos años antes habíamos recorrido las mismas calles, encontrado a los mismos amigos y discutido, o simplemente hablado, de los mismos problemas, lejanos o cercanos.
Y allí nos despedimos de Carol, sin saberlo para siempre, en casa de los Flakoll, admirando juntos las fotografías originales de lo que más tarde sería su libro Llenos de niños los árboles (con texto también suyo), que Cortázar nos mostró más tarde en su casa, en París, ya Carol muerta y Julio llamado a morir menos de dos meses después. Pero en esta presencia-ausencia había también la parte alegre, como esa tarde calurosa en que en la calle le dijimos, o B. le dijo: "Tío, cómpranos helado", y él nos lo compró con su caballerosidad, ceremoniosa a pesar de todo.


Augusto Monterroso
Pájaros de Hispanoamérica
Madrid, Alfaguara, 2002