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domingo, 7 de junio de 2015

Nueve libros sobre el duelo




Nueve libros sobre el duelo

Una selección de títulos hijos de un género al que nadie querría dedicarse

LEILA GUERRIERO 16 AGO 2014 - 00:05 CEST


'La muerte y las máscaras' (1897), óleo de James Ensor.
Tiempo de vida (Anagrama, 2010): el español Marcos Giralt Torrente escribió acerca de un tema universal —la muerte del padre—, repasando la compleja relación que mantuvo con el suyo hasta el día de su fallecimiento.
Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013): luego del suicidio de su hijo, la colombiana Piedad Bonnett escribió este libro en el que narra su propio duelo, y la vida y la muerte de ese joven con vocación de artista plástico.
La hora violeta (Random House, 2013): Pablo, el hijo del escritor español Sergio del Molino, falleció a los dos años por causa de una leucemia. Del Molino cuenta su vida como padre en un libro que funciona como una larga carta al hijo muerto.
Di su nombre (Sexto Piso, 2011): el estadounidense Francisco Goldman perdió a su esposa, Aura Estrada, cuando una ola le quebró el cuello en la costa mexicana. La vida de Goldman devino un infierno, y este libro da cuenta de ese tiempo transcurrido en completa oscuridad.  
Canción de tumba (Random House, 2011): a los pies de la cama en la que agonizaba su madre, el mexicano Julián Herbert comenzó a llevar esta suerte de diario que repasa los pliegues más difíciles de la relación entre ambos.
Mi libro enterrado (Mansalva, 2013): el argentino Mauro Libertella escribió este, su primer libro, después del fallecimiento de su padre, el prestigioso escritor Héctor Libertella, preguntándose cómo se puede escribir a la sombra de un padre genial.
Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones Universidad Diego Portales 2013): su abuela fue, para el chileno Rafael Gumucio, un personaje clave. Aquí cuenta su vida y su muerte, y la magnética influencia que ejercía sobre él.
El año del pensamiento mágico (Global Rythm, 2005) y Noches azules (Random House, 2011): la noche en que regresaban de visitar a la hija de ambos, que permanecía en coma en un hospital, el marido de la estadounidense Joan Didion cayó muerto a sus espaldas. Dos años después, su hija también murió. Estos dos libros funcionan en desquiciado espejo y cuentan esas experiencias.



Leila Guerriero / Erase una vez el fin
Eliane Brum / Nuestro mundo muere antes que nosotros
Joan Didion / El año del pensamiento mágico
Joan Didion / La experiencia del dolor fue obsesiva para mí
Joan Didion / El año del pensamiento mágico / Entre dos muertes
Joan Didion / El año del pensamiento mágico / Precaria cordura




Leila Guerriero / Érase una vez el fin


Ilustración de Fernando Vicente
Érase una vez el fin

El poder de la literatura se erige frente al dolor de la ausencia

Repasamos grandes libros escritos después del desgarro

LEILA GUERRIERO 16 AGO 2014 - 00:06 CEST

Escritos dos meses después, o dos años más tarde, o al pie de la cama donde yace la carne querida. Amparados en la piedad de las elipsis, o repletos de detalles drenados al recuerdo. Bajo la forma de diarios, de epístolas, de canciones de cuna con ardiente error de paralaje. Erizados de esquirlas de un incendio que no cesa. Hijos de un género al que nadie querría dedicarse. Libros. Libros que cuentan el fin (la muerte del padre, el tormento del hijo, la agonía tapizada de metotrexato) y que, para contar el fin, deben empezar por el principio. Y, para empezar por el principio, hay que recordar.
Y recordar duele.
“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa”, escribe la colombiana Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre (Alfaguara).
“Me sigo preguntando cómo se escribe eso”, dice Piedad Bonnett desde su casa en Bogotá. “Por momentos me digo: ‘¿Qué ser humano soy yo, que soy capaz de eso?’. Cuando tuve la idea de escribir este libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo puede ser que a los dos meses de la muerte de Dani yo estuviera pensando en escribir esto?”.

lunes, 20 de abril de 2015

Los escritores latinos en inglés entran en el canon de Estados Unidos


Los escritores latinos en inglés 

entran en el canon de Estados Unidos

Es una nómina de autores que cada vez obtiene más premios, visibilidad y que renueva la literatura de su país. Es la potencia de una cultura que ha cambiado EE UU



El poeta de origen cubano Richard Blanco lee un poema durante la posesión de Barack Obama, el pasado 21 de enero. / PABLO MARTINEZ MONSIVAIS (AP)
De mitades armónicas. De raíces transnacionales, bilingües y multiculturales. De eso está hecha y a eso suena la literatura de Estados Unidos en los últimos sesenta años en la que ahora empiezan a sonar, cada vez con fuerza, los escritores de origen hispanohablante. El lunes pasado, medio mundo escuchó al autor de origen cubano Richard Blanco leer un poema en la posesión del segundo mandato presidencial de Barack Obama. Una elección que confirma una tendencia natural en un país mestizo étnica y culturalmente, donde la mitad de los recién nacidos son de origen hispano, con una población que ya alcanza los 50 millones de personas.

Es una renovación literaria que vivieron otros grupos o comunidades ya en el canon estadounidense. A mediados del siglo XX fueron los autores de origen judío, en los años sesenta los italianos y en los setenta y ochenta los afroamericanos. Ahora se suma una generación de escritores de abuelos cubanos o dominicanos, padres guatemaltecos o peruanos, o madres colombianas o de cualquier país hispanohablante.
“Ya no somos vistos como bichos raros. Somos ciudadanos estadounidenses de facto integrados en su vida social y cultural y el mundo editorial así nos ve”, afirma Francisco Goldman, de madre guatemalteca y padre de origen judío. Pero el autor del reciente Di su nombre (Sexto Piso) señala un tema pendiente: “Que nos quiten las etiquetas de hispanos y que nos vean exclusivamente como Escritores. Nuestros temas no son solo la identidad o la inmigración, sino todos aquellos puede interesar a cualquier lector”.
Prueba de que no son una anécdota ni una moda, como parecía en los años noventa, es la nómina de premios que han obtenido y su presencia relevante en publicaciones literarias y periodísticas. Desde Óscar Hijuelos, primer Pulitzer para un hispano en 1990 por la novela Los reyes del Mambo tocan canciones de amor; hasta Quiara Alegría Hudes, Pulitzer en 2012 por la obra de teatro Agua a cucharadas; pasando por Junot Díaz, Pulitzer 2008 por la novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Entre medias, en revistas de referencia como The New Yorke o Esquire aumentan los artículos firmados por autores apellidados Alarcón, Cisneros, Manrique, Sellers-García, Pava, Álvarez, Mestre, Henríquez…

“No hacen más que reconocer la potencia de una cultura que hace tiempo que ha cambiado el rostro de la nación, punto de encuentro de las líneas maestras del universo panhispánico”, afirma Eduardo Lago, escritor español y exdirector del Instituto Cervantes de Nueva York. Sobre la presencia de Blanco en la posesión presidencial, Lago aclara que aunque es un gesto de generosidad intelectual que le honra, “Obama no ha hecho más que rendirse a la evidencia. Hoy los poemas de Richard Blanco inundan la red. El suyo es un verbo claro, sencillo y potente, que señala lo mucho que han cambiado tanto Cuba como los norteamericanos”.
Escritores que se han integrado al diálogo del país con una estructura narrativa, sensibilidades y concepción de la vida que suele ser en español pero contada en inglés. El decano de todos ellos, recuerda Julio Ortega, de la Universidad de Brown, es el chicano Rolando Hinojosa-Smith, y entre los cubano-americanos es más reconocido Hijuelos. El profesor Ortega sobrevuela veloz esta renovada cartografía literaria: “Junot Díaz, de origen dominicano, es hoy el de mayor impacto que puede personificar pasado y presente y futuro: su romance latino cuenta la zozobra emotiva de los habitantes recientes de un inglés contaminado de español juglaresco. Produce una sintaxis oral, sincrética y gestual: un habla a flor de piel. Daniel Alarcón, nacido en Perú, es el menos evidente y más sutil. Es más narrativo: su inglés es la orilla; el español, la memoria”. Para concluir que “esta encrucijada verbal está forjando la literatura del XXI, hija elocuente de la migración”.

Cervantes Street, la última novela de Jaime Manrique es eso. “Nos hemos imbricado en el flujo y la corriente cultural estadounidense y el sector editorial, críticos y lectores han superado los clichés”. Escritores latinos, pero también escritores del mundo fuera de etiquetas. Y sin una línea común más allá de eso, según ha dicho Quiara Alegría Hudes, de padre judío y madre puertorriqueña: “Si algo muestra nuestro trabajo es que no existe una estética latina uniforme”.
Una literatura presente desde los albores del propio país. Solo que ha costado aceptarla, afrima Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano en la Universidad de Cornell. Y solo en el último medio siglo h allegado el reconocimiento, agrega, "gracias a voces como las de Piri Thomas, los Nuyorican Poets, Gloria Anzaldúa, Rolando Hinojosa-Smith, Sandra Cisneros, Francisco Goldman, Julia Alvarez, y escritores de la nueva generación como Junot Diaz y Daniel Alarcón". La mayoría de los autores de origen hispano, según Paz Soldán, "escribe en un inglés flexible, aderezado de palabras, giros idiomáticos e incluso algo de la sintaxis del español". Inevitable. Natural. Instintivo. Con un recorrido que el autor boliviano traza así: “El español se va filtrando de contrabando en el inglés y lo va cambiando desde adentro; en un país con una literatura tan oficialmente monolingüe —una literatura que no refleja la diversidad de la experiencia idiomática en los Estados Unidos—, se trata de un gesto notable que, gracias a estos autores, pronto dejará de serlo”.

Éxitos de crítica y público

Óscar Hijuelos (Nueva York, 1951) se convirtió en 1990 en el primer autor de origen hispano en obtener el Pulitzer, por Los reyes del mambo tocan canciones de amor.A este autor de origen cubano le interesa enmarcar sus relatos en un contexto histórico: “Siempre he sentido que tenía como misión enseñar la historia de Cuba”.
Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) de origen dominicano, obtuvo en 2008 el Pulitzer por la novela La maravillosa vida de Oscar Wao. Según aseguró el escritor entoces, “muchos estadounidenses se sienten amenazados ante el avance del español”.
Quiara Alegría Hudes, de origen puertrorrioqueño, logró el año pasado el Pulitzer por la obra de teatro Agua a cucharadas, segunda parte de una trilogía, recién estrenada con éxito en Nueva York.
Francisco Goldman (Boston, 1954), de madre guatemalteca y padre judio-estadounidense, ha logrado importantes premios por el ensayo El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo? Asegura que “no hay que aislar al latino del resto del universo literario porque estamos haciendo simplemente novela contemporánea sobre nuestras experiencias”.