PATÍBULO
Caminas
de una pared a otra sin levantar la mirada, cinco minutos, diez minutos, y
luego no sabes cuánto tiempo caminarás hasta que alguien te toca el hombro, y
te dice:
—Siéntate,
no más, nos tienes desesperados.
Entonces
te volteas y, como si fuera la primera vez que los ves, te das cuenta que son
cinco porque te pusiste a contarlos con los dedos de la mano, y sabes que
alguien, alguna vez, te enseñó que la mano tiene cinco dedos. “Cinco… yo…
seis…”, te dices, sonriendo, agregándole un dedo a la mano, esperando quizá que
alguien te premie. Sabes que siempre alguien te daba algo: una manzana, un
banano, una naranja (siempre esperabas algo de comer, siempre tenías hambre), y
cuando no había nada de comer te daban un abrazo, alguien se alegraba porque
lograste sumar, y te hacían poner de pie y te aplaudían. Están sentados y te
miran, te recriminan, te ordenan, casi, que te sientes, que ya es suficiente
con el encierro. Uno de ellos dice algo, imperceptible, apenas un murmullo:
—No hay
que agregar anzuelos al bulto de anzuelos…
