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martes, 10 de marzo de 2026

Alberto Moravia / Fanático

 


Alberto Moravia
Fanático


      Una mañana de julio dormitaba en la Plaza Melozzo da Forli, a la sombra de los eucaliptos, cerca de la fuente seca, cuando llegaron dos hombres y una mujer y me pidieron que los llevara al Lido de Lavinio. Los observé mientras discutíamos el precio: uno era alto y grueso, rubio, con una cara descolorida, como gris, y ojos de porcelana celeste en el fondo de unas sombrías ojeras, de unos treinta y cinco años. El otro era más joven, moreno, de cabello rizado, con gafas de concha, desgalichado, delgado, quizás un estudiante. En cuanto a la mujer, era muy flaca, con un rostro afilado y largo entre dos ondas de cabellos sueltos y el cuerpo delgado enfundado en un trajecito verde que le hacía parecer una serpiente. Pero tenía una boca roja y llena, semejante a un fruto, y unos ojos hermosos, negros y brillantes como carbón mojado. Me miró de una forma que me entraron ganas de combinar el negocio. En efecto, acepté el primer precio que me ofrecieron; subieron, el rubio a mi lado y los otros dos detrás, y partimos.

Alberto Moravia / Al dios desconocido



Alberto Moravia
Al dios desconocid0


      Durante aquel invierno me encontraba a menudo con Marta, una enfermera que conocí algunos meses antes en el hospital donde me había internado a causa de ciertas misteriosas fiebres, contraídas probablemente en África durante un viaje que hice a los trópicos en carácter de enviado especial.

domingo, 28 de enero de 2024

Alberto Moravia / Un hombre acabado



Alberto Moravia

Un hombre acabado

El infortunio me persigue, y seguramente el día de mi nacimiento había en el cielo alguna mala estrella o cometa u otro astro maligno. Recuerdo que conocí, hace tiempo, a un mecánico que había estado trabajando en Francia y que luego había vuelto, y decía que también él era infortunado. Ese mecánico se juntó con unos jovenzuelos; salían de noche con un coche, sujetaban una cadena a los cierres metálicos y luego ponían en marcha el coche, y el cierre se salía de quicio y se enrollaba, y ellos entraban en las tiendas y robaban. Pues bien, aquel mecánico tenía una guillotina tatuada en el pecho, y debajo un letrero: Pas de chance, que en francés quiere decir, precisamente: «nada de suerte.» Al mover los músculos del pecho parecía como que la cuchilla de la guillotina cayese, y él decía que ese sería su fin. A decir verdad, no acabó en la guillotina, pero se ganó cinco años de cárcel. Bueno, pues también yo debería tener un letrero similar en el pecho, o incluso en la frente: «nada de suerte.» Todos hacen lo que yo he hecho, pero a los demás les va bien y a mí no. Así, pues, soy infortunado, y con toda seguridad alguien me quiere mal, o será que el mundo entero la tiene tomada conmigo.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Alberto Moravia / Luna de miel, sol de hiel

 


Alberto Moravia 

BIOGRAFÍA

LUNA DE MIEL, SOL DE HIEL

(“Luna di miele, sole di fiele”)



      Habían elegido Anacapri para la luna de miel porque Giacomo había estado allí unos meses antes y deseaba regresar con su mujer. Giacomo había estado en primavera y recordaba el aire fresco y puro y el sol dorado sobre miríadas de flores que rondaban los insectos, ante el mar violeta. Pero cuando llegaron a la isla todo resultó muy distinto. Estaban a mediados de agosto, en un verano bochornoso, con el cielo nublado por los lívidos vapores de la canícula; y en Anacapri no encontraron flores, ni aire puro, ni el mar violeta alabado por Giacomo. Los senderos serpenteantes de la campiña estaban cubiertos por una harina amarilla y áspera, el polvo de cuatro meses de sequía, sobre la que incluso los lagartos —que se deslizan tan levemente— dejaban un rastro profundo. Al mirar al campo se veían —sorprendentes en esa época del año— aquí y allá, frondas rojas y marrones o incluso árboles enteramente muertos por falta de agua. El aire, nutrido por el polvo de la tierra quemada, estaba inmóvil, tan seco que resultaba doloroso en la nariz, sin aromas marinos o florales, cargado del olor acre de los excrementos secos y las piedras caldeadas. En el mar, el hermoso color violado que hacía pensar en bancos de violetas flotantes a ras de agua, se había mudado en un gris espejeante donde el cielo del siroco reflejaba fastidiosamente su triste luz deslumbradora.

Alberto Moravia / Malinverno

 


Alberto Moravia 

BIOGRAFÍA

Malinverno

 

(“Malinverno”)




      Nunca he podido soportar el ruido del agua corriendo en la oscuridad mientras a su alrededor murmura la lluvia. Fuentes estrepitosas en la noche, dentro del vasto crujido de un temporal, resaca metálica del mar azotado por una efímera llovizna, lúgubre borboteo de una gárgola de hierro en las tinieblas de una calleja inundada, el oír un agua rumorear en la oscuridad mientras enormes cantidades de agua se derraman desde el cielo sobre la tierra me irrita y me indigna como un exceso casi increíble. Sobre todo en la ciudad, el agua tan alegre de las fuentes se convierte para mí, en las noches lluviosas, en una verdadera persecución. Pienso entonces en la ciudad como un gran cuerpo llegado a un supremo grado de descomposición, el cual, bajo el diluvio que lo pudre, gime y desborda en los lugares más inesperados el abundante humor que lo hincha y lo hace pesado.

Alberto Moravia / La caída

 

Cata soñolienta, 2021
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Alberto Moravia 

BIOGRAFÍA

LA CAÍDA

(“La caduta”)


      La enfermedad había durado cerca de un par de meses; en cuanto Tancredi estuvo en disposición de andar, sus padres decidieron mandarlo al mar. Encontraron un chalet en una playa y comenzaron los habituales preparativos para la partida. Pero el muchacho miraba con malestar aquellas prematuras maletas, aquellas ropas que no habían tenido tiempo de impregnarse del punzante olor de la naftalina. La idea de esas vacaciones anticipadas trastornaba un oscuro sentimiento suyo de orden; por otro lado, interrumpir los estudios, aunque no se sentía capaz de proseguirlos, le parecía un acto grave, un salto en la oscuridad. En realidad no se daba cuenta de que para él había acabado la infancia y de que comenzaba la inquieta y turbia adolescencia. Se había metido en la cama con bucles, caprichoso y violento, y se alzaba de ella con el pelo cortado y liso sobre la flaca nuca, sin ganas, débil y lleno de obsesiones. Antaño no había sabido lo que eran la repugnancia, el miedo o el remordimiento; ahora, cien cosas le daban asco; el miedo se había instalado junto a él y no le dejaba ni un momento; experimentaba un continuo remordimiento, aunque, por muchos esfuerzos que hacía, no conseguía recordar con qué culpa se había manchado. Sin embargo, seguía siendo el mismo Tancredi para su madre, que durante todo el viaje lo trató como a un niño; y esto le hizo enfurecer de vergüenza. Cuando llegaron a la playa, la madre, a la que le gustaba jugar a las cartas y que había encontrado otras personas con los mismos gustos, lo confió a la criada Verónica para que lo vigilase y lo acompañase a la playa. Esta llevó al muchacho unos días a la playa; después lo vigiló un poco menos y por último dejó de ocuparse de él: Tancredi quedó solo y enteramente libre.

Alberto Moravia / La aventura

 

Leopold Schmuggler


Alberto Moravia 

BIOGRAFÍA

LA AVENTURA

(“L’avventura”)

      Un joyero, de nombre Dragotis, recibió una proposición bastante ventajosa de un tal Ataman, intermediario. Se trataba de dirigirse a una ciudad cercana para mostrar ciertas joyas de gran precio a una persona enriquecida que quería adornar con ellas a su esposa. Al joyero le pareció que ésta era una buena ocasión para iniciar a su único hijo, Cosma, en la práctica de los negocios. Por otra parte, Cosma ya se había ejercitado en opera-dones de menor cuantía; y aunque distraído y como desinteresado, debido a los volubles humores de su juvenil edad, demostraba ser despierto y con dones naturales; más aún, a veces dejaba asombrado a su padre con su inesperada sagacidad. El joyero dijo a su hijo que tendría que dirigirse a esa ciudad junto con el intermediario, persona de su entera confianza. Le daría una cartera de cuero con las joyas. Le proporcionó toda clase de aclaraciones sobre los precios y las cualidades de la mercancía. Por lo demás, sólo se trataba de los preliminares: de enseñar las joyas a la señora, que, estando encinta, no se encontraba en condiciones de afrontar un viaje a la capital; luego el padre iría en persona a cerrar la venta.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Alberto Moravia / La soledad

 

Ilustración de Mario Sánchez


Alberto Moravia 

BIOGRAFÍA

LA SOLEDAD

(“La solitudine”)


      Aunque muy distintos uno del otro, Perrone y Mostallino eran inseparables, si bien en realidad no los unía la amistad, sino, como a menudo ocurre, la casualidad y las distracciones comunes.

Alberto Moravia / El regreso del veraneo


Alberto Moravia

 BIOGRAFÍA

EL REGRESO DEL VERANEO

 

(“Il ritorno della villeggiatura”)


      Todos los hombres, y la mayoría sin saberlo, prestan a las horas, a los días, a las estaciones y a los años el mudable color de sus propios sentimientos. Para muchos, la mañana es angustiosa y la noche alegre, o bien al contrario. Las estaciones aparecen favorables o desfavorables según los casos. Los mismos años, mientras duran la memoria y la esperanza, se distinguen en afortunados o infortunados, en tranquilos o azarosos y así sucesivamente. Esta facultad de dar un carácter a las divisiones convencionales del tiempo está viva sobre todo en la juventud, edad en la que cada momento que pasa parece nuevo antes de vivirlo y es insustituible tan pronto como ha pasado; con la edad madura, y sobre todo con la vejez, se debilita, dominada por la costumbre, y al fin se apaga. Pero el noble Tarcisio, quizás porque vivía ocioso a sus cuarenta años igual que a los veinte, y no había dejado que el trabajo convirtiese el tiempo, como quiere el proverbio, en oro, conservaba intacto este poder; y para él, como en la adolescencia, cada minuto de la jornada, cada día del mes, cada estación del año conservaban esa fisonomía adusta o amable que tienen para el jugador, incluso cuando pierde y la partida se acerca a su fin, las diversas figuras de las cartas. Tarcisio, a los cuarenta y cinco años pasados, había perdido definitivamente su partida; y cualquier otro, en su lugar, no habría esperado ya nada de los años que le restaban de vida, numerosos quizá, pero de escaso valor, semejantes en todo a las cartas bajas que quedan en la mano cuando se han tirado todos los triunfos. Sin embargo, se obstinaba en esperar; y los años de la madurez lo encontraban con tanta ilusión como aquellos otros, ya lejanos, de la primera juventud.

Alberto Moravia / El equívoco


Alberto Moravia

BIOGRAFÍA

EL EQUÍVOCO

 

(“L’equivoco”)


      Un tal Urati, mecánico, tras haber servido como camarero durante unos diez días en un chalet, se había quedado con la idea fija de introducirse a hurtadillas una noche en él y echar mano a cuantos objetos de valor allí se encontraban. Urati no tenía antecedentes, pero esos diez días de servicio, como él mismo decía, le abrieron los ojos. Allí dentro había, pensaba él, lo suficiente para vivir a sus anchas y sin trabajar durante unos años. Se confió a un sencillo y rudo camarada, llamado Lopresto. Urati, nacido en la ciudad, tenía las apariencias de un burgués; y mientras no se veían sus manos callosas y deformadas, con uñas rotas y negras, lo podían tomar incluso por un estudiante o un joven empleado. Más aún, su cara afilada y morena, de nariz recta y fino bigote, recordaba mucho la de un célebre actor cinematográfico. Lopresto, en cambio, era un campesino y no sólo tenía informes y rudas las manos, sino también el rostro, sobre el cual, en cualquier circunstancia, restaba la expresión atónita y retrasada de quien está habituado al trabajo manual y reflexiona poco. Urati le dijo a Lopresto que podían hacerse ricos sin esfuerzo y sin peligro y le expuso su plan. Urati tenía un gran ascendiente sobre Lopresto. No necesitó mucho, con su charla perentoria y desenvuelta, para convencer, o mejor dicho para aturdir a su compañero. Este, tras hacer dos o tres objeciones ridículas y totalmente ajenas al tema, se rindió casi de inmediato ante las burlas de Urati y aceptó.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Alberto Moravia / La cosa



 

Alberto Moravia 

LA COSA


      Queridísima Nora:
      ¿Sabes
 a quién encontré últimamente? A Diana. ¿La recuerdas? Diana, la que estaba con nosotras en el colegio de hermanas francesas. Diana, la hija única de aquel hombracho rústico, propietario de tierras en Maremma. Diana, que jamás había conocido a su madre, muerta al darla a luz. Diana, de quien decíamos que tan fría, blanca, limpia, sana, con su cabello rubio y sus ojos azules y su cuerpo formado como el de una estatua, se convertiría en una de esas mujeres insensibles y frías que tal vez echan al mundo una bandada de hijos, pero no conocen el amor.

Alberto Moravia / El nene



Alberto Moravia 

EL NENE

(“Il pupo”)

 

 Un día que mi mujer andaba de mal humor le dijo la verdad a aquella buena señora que nos traía la ayuda de la Sociedad Asistencial de Roma y que no dejaba de preguntarnos por qué traíamos tantos hijos al mundo: “Si tuviéramos dinero, en la noche iríamos al cine… Pero como no lo tenemos, nos vamos a la cama y así nacen los hijos”. La señora se sintió ofendida al oír tales palabras y se fue sin decir nada. Yo regañé a mi mujer porque no es bueno decir siempre la verdad, y antes de decirla uno debe saber con quién trata.

Alberto Moravia / El amante rechazado

 


Alberto Moravia 

EL AMANTE RECHAZADO

(“L’amante respinto”)

 

      La calle se mostraba como una especie de túnel bajo una bóveda de diminuto y plumoso follaje verde y amarillo. Sostenían esta nube de hojas otoñales determinados árboles cuyos troncos eran de una negrura violenta y como carbonizada, que parecían empapados por toda la lluvia de los días anteriores. Innumerables hojas verdes y amarillas derribadas por el agua sobre el pellejo negro y graso del asfalto habían quedado adheridas haciéndolo parecer manchado como la piel de la pantera. En un sitio se había formado un gran montón de esas hojas; el verde y el amarillo, mezclándose y reluciendo por el agua, daban la ilusión de un oro copioso vomitado por la rotura de un cofre; y era una extraña visión, casi digna de ser deplorada como una gran riqueza inexplicablemente abandonada y despreciada. Yo no padecía, pero sabía que si hubiese tenido un dolor aquellos colores tan fuertes me habrían hecho sufrir, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado. Así, en cuanto salimos de la casa, le hice notar a Livio el color de esas hojas y de esos troncos. Pero él meneó la cabeza y contestó que no tenía la mente como para eso. A continuación, con un tono suplicante, me pidió que no lo dejara: quería estar conmigo algo más.

domingo, 24 de junio de 2018

Alberto Moravia / El final de una relación

Alberto Moravia

EL FINAL DE UNA RELACIÓN

 

Una tarde de noviembre, Lorenzo, joven rico y ocioso, corría en automóvil hacia su casa, donde sabía que su querida lo estaba esperando hacía ya más de media hora. El tiempo, que había empeorado repentinamente con una lluvia desordenada e intermitente y un viento muy desagradable, que encontraba siempre la manera de soplar en plena cara fuera cuál fuera la dirección en que se marchara, cierto insomnio que todas las noches, tras las primeras horas de sueño, lo despertaba de improviso y lo mantenía en vela hasta el alba, una sensación de pánico, de persecución y de opacidad de la que hacía meses no conseguía librarse, todo contribuía a poner a Lorenzo en un estado de ánimo enardecido y rabioso. «Acabar con todo esto», se repetía continuamente mientras conducía el coche por las calles de la ciudad y sentía que la menor nadería -el limpiaparabrisas que interrumpía un momento su vaivén sobre el vidrio empapado, la palanca de las marchas que en medio del tráfico, bajo su mano frenética, no entraba bien, los inútiles clamores de las bocinas de los automóviles parados tras el suyo- le producía una pena aguda y miserable, con ganas de gritar: «Pero ¿acabar con qué?» Lorenzo no habría podido responder con exactitud a esta pregunta. Cada vez que dirigía la mirada desde su injustificada miseria a su propia vida comprendía que no le faltaba nada, que no había nada que cambiar, que había obtenido todo lo que deseaba e incluso algo más. ¿Acaso no era rico? ¿Y no hacía de sus riquezas un uso juicioso y refinado?

Alberto Moravia / La cortesana cansada

Young Woman Preparing Her Bath
Jules Scalbert

Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
La cortesana cansada

Lentamente, cerrando la puerta con un empujón del dorso y mirando a la amante, el joven entró a la estancia. En la calle, su fantasía se había encarnizado en una especie de rabioso afán de imaginar una María Teresa cargada de otoños, de senos pesados, con un vientre gordo y tembloroso en las junturas fofas de las ingles, con las caderas enormes y contrahechas; en fin, una María Teresa en los umbrales de la vejez, a la que sería bueno abandonar ahora que ya no tenía dinero para mantenerla. Estas imágenes de decadencia —que su imaginación complaciente exageraba con virulencia hasta convertirla en cruel caricatura— lo envalentonaron un poco mientras andaba por las calles con el alma llena de angustia y los puños apretados al fondo de los bolsillos vacíos.

Alberto Moravia / El amante desdichado



Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
El amante desdichado



      Tras haberse peleado de manera definitiva con su amante, Sandro, no encontrándose a gusto en la ciudad donde hasta entonces habían vívido juntos, se marchó a una isla no lejana de la costa. Era junio, aún no hacía demasiado calor, sabía que en la isla encontraría poca gente, pues la temporada de baños empezaba en julio. En efecto, al llegar se había encontrado muy bien. Para estar más solo no había ido al hotel, sino a casa de una mujer que alquilaba habitaciones amuebladas. Estas ha­bitaciones, alineadas ante una terraza común protegida por una galería, eran todo lo que restaba de un antiguo convento. Tres lados del primitivo claustro habían desaparecido, sólo quedaba aquella fila de habitaciones ado­sadas a los acantilados de la isla. Bajo las habitaciones había un huerto muy sombreado y tupido; luego, la pendiente, sembrada de blancos chalets, de chumberas y de olivos, descendía hasta el mar. El mar se veía a lo lejos, tranquilo y centelleante como un cristal en las anfractuosidades de la escarpada costa.

sábado, 23 de junio de 2018

Alberto Moravia / El supercuerpo


Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
El supercuerpo

Pudiera decirse que mi marido, desde hace algún tiempo, divide mi persona en dos partes muy distintas; una de ellas, irritante, superflua, negativa; la otra, lisonjera, necesaria, positiva. No me costó ningún trabajo comprender que la primera empieza del cuello para arriba; la segunda del cuello hacia abajo. Cuando hablo, mi marido me interrumpe, se burla de mí, me remeda, me trata como a una idiota. En cambio, cuando estoy tendida en la cama o camino frente a él, sin hablar, su mirada acaricia mi cuerpo con una extraña aprobación, totalmente mezclada con un sentimiento de lástima. Naturalmente, su actitud provoca en mí una análoga tendencia disociadora. Mientras le hablo, siento que mis ideas se confunden cada vez más, que mis palabras son siempre más tímidas, inciertas, embrolladas, siento que mi marido piensa sin cesar: “¡Pero qué idiota! No se puede ser más idiota”. Por lo contrario, cuando estoy acostada o camino sin que él deje de mirarme, me pongo en pose, para que me observe y me contemple mejor. Y siento que ahora mi marido no deja de pensar: “¡Pero qué cuerpo estupendo tiene la idiota de mi mujer!”

Alberto Moravia / El monstruo redondo


Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
El monstruo redondo

Leí a Platón hace ya veinte años, cuando era estudiante de medicina y estaba a punto de terminar la carrera. De esa lectura recuerdo especialmente la fábula del andrógino, según la cual, en los orígenes de la humanidad, hubo un monstruo redondo, con dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos traseros y dos sexos. Zeus, preocupado por la vitalidad del monstruo, decidió debilitarlo y lo partió en dos mitades, de la misma manera —como dice Platón— que se parte un huevo duro con una cerda cortante. Desde entonces estas dos mitades, una de sexo femenino y la otra de sexo masculino, van por el mundo, anhelantes, buscando a la otra mitad de sexo diferente que las complete y les permita restablecer al monstruo redondo de los orígenes. ¿Por qué se me ha quedado esta fábula en la memoria? Porque, por lo menos en lo que a mí toca, no se trata de una fábula, sino de una verdad. No obstante mi profesión, mi cultura, mi inteligencia de mi mitad masculina. Esta búsqueda continua y desesperada me hace cometer verdaderas locuras, como ahora, por ejemplo, que trepo por las escaleras de un caserón popular, en busca de un cierto Mario, un joven camarero que trabaja en un balneario, en brazos del cual me he sentido completa hace apenas diez días, mientras vacacionaba en un hotel del Circeo.

domingo, 17 de junio de 2018

Alberto Moravia / Dejar a Matilde


Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
DEJAR A MATILDE

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenarazones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.

Alberto Moravia / El y yo


Alberto Moravia
BIOGRAFÍA
EL Y YO
Traducción de Manuel Moya

Comencé a hablar solo poco después de que mi mujer me dejara, porque según decía, estaba hasta las narices de mi silencio. Y es verdad, era silencioso con ella, como, por otra parte, lo era con todos; pero era silencioso porque la quería. Cuando se quiere a alguien no hacen falta las palabras, ¿no? Basta con estar junto a esa persona, mirarla, sentir que está ahí. Silencioso con ella, incluso tal vez demasiado, me convertí en un parlanchín conmigo mismo, como ya he dicho, apenas ella me abandonó. Soy zapatero y el oficio de zapatero, ya se sabe, requiere concentración, aunque no sea más que porque trabajar el cuero requiere finura y ay de ti si te equivocas: el pie no admite errores. Así, cuando regresaba a casa, con los ojos irritados, la cabeza medio perdida a causa de los martillazos, los labios insensibles de tantos clavos como me meto en la boca para humedecerlos antes de fijarlos en las suelas, hubiera querido encontrar una sonrisa, una palabra amable, un beso en la frente, una sopa calentita. En vez de eso, nada de nada. Sólo, en la oscuridad, la gotera en la cocina del grifo de agua potable. Ahora bien, si el silencio es una buena cosa cuando se está junto a una persona a la que se quiere y se sabe que en cuanto uno lo quiera, puede charlar con ella, pero es un tormento cuando nos viene impuesto. Así, luego de que mi mujer volviera con su madre, preparándome a solas la cena en la cocina y comiéndomela después, a solas también, sentado en el canto de la mesa, despacito, casi sin darme cuenta, comencé a hablar conmigo en alta voz.