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jueves, 21 de mayo de 2026

Juan Fernando Merino / Mar de las nubes


Portada Los Mares de la Luna
Los mares de la Luna, de Juan Fernando Merino (El Silencio Ediciones, 2026).

El escritor caleño Juan Fernando Merino reúne en Los Mares de la Luna, su más reciente libro, historias cuyos protagonistas, en diferentes lugares del mundo, están al borde de acabar con una situación prolongada y agobiante de la forma más espectacular posible. 

Juan Fernando Merino

Mar de las Nubes


—¿Nombre del difunto?

—George Michael Wilkinson.

—George… M. Wilkinson.

—George Michael, por favor. El nombre completo. Él lo habría preferido así.

domingo, 15 de junio de 2014

Juan Fernando Merino / El viaje del sexador


Juan Fernando Merino
El viaje del sexador

No es que a Benítez le gustara su oficio; al contrario. Pero alguien tenía qué hacerlo. De otra manera, ¿cómo decidir el sexo de los pollos? Porque como bien saben los entendidos, su destino es muy diferente: las hembras al nacer son colocadas en una cinta transportadora para su engordamiento, posterior consumo y, en caso de ameritarlo, reproducción y más huevos, mientras que los polluelos que parecen pertenecer al género masculino con pocas e indispensables excepciones son arrojados a una esquina para su pronta y humanitaria ejecución.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Juan Fernando Merino / El vecino de mis vecinos

Noticias de la niebla
Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Juan Fernando Merino
EL VECINO DE MIS VECINOS

Nada más crucial cuando habitas una ciudad tan impredecible y riesgosa como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón cuando el destino te ha llevado a vivir en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
    No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos: los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas detrás de las paredes o por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en la cocina una de aquellas madrugadas en que se queda entreabierta la puerta de tu apartamento.
    Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser al peor de tus errores. Mis experiencias fallidas en edificios de varias ciudades de Estados Unidos y en un pueblo de Chile que en aquel entonces no tenía edificios me han enseñado la importancia de la secuencia, el método y la disciplina para llevar a cabo la indagación meticulosa de tus vecinos.
    Lo más importante es la disciplina.
    Lo más importante es la supervivencia.
    Esta vez no voy a fallar.

***

Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Ya no me quedan pretextos para aplazar la tarea: el jueves a mitad del día me despidieron del trabajo. De aquella oficina en el Upper West Side a la que no había faltado un solo día laboral en los últimos diez años. Nueve años, cuatro meses y cinco días para ser precisos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la mitad de la ciudad se está quedando desempleada y eso fue justamente lo que repitió el jefe de mi jefe. De mi ex jefe. Lo cual no justifica en absoluto que me hayan despedido sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie! Pero no voy a permitir que una cosa afecte la otra. Al contrario, debería pensar que se trata de un guiño del destino, de una indicación patente de que no puedo posponer un solo día la tarea de seguimiento. ¿Qué es un despido más o menos en el gran esquema de las cosas? Poco. Los trabajos van y vienen, los jefes se jubilan, los despide alguien más o se suicidan... En cambio la indagación minuciosa del vecindario podría ser tu tabla de salvación, la clave para asegurar tu supervivencia.
    Entonces, ¿por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en el dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro...
    Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, lo pienso mejor y decido cambiar de prioridades. Empezar por la actriz. Tiene que ser así: resulta muy sospechoso que un vecino te demuestre tanta cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la amabilidad ajena cuando te duele hasta el alma.

***

Han pasado seis días desde que me vi obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera parte de la misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala-comedor-alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable. Porque la verdad es que me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E y la novia del empleado del mta que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del 7-M consuma algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Desde luego que no! Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. ¡Si son malísimos! Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
    Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas... Pero ni el menor aporte a la misión de ponerme a salvo. De protegerme de tal o cual vecino y de ese otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto el gas, va a tratar de envenenar la pizza a domicilio de Domino’s, a introducir cristal molido en las botellas de Coca-Cola o de jugo Tropicana que Emilio el de la minitienda de la esquina me deja junto a la puerta los martes y los viernes.
    Tantas horas de observación exhaustiva y ni siquiera he logrado aclarar quién escribió aquella nota miserable que un amanecer hace doce días apareció clavada contra mi puerta.

Si Ud. no reduce el volumen de la música después de las ocho de la noche, de la máquina de escribir después de las diez y media y no deja de hacer ruidos guturales al amanecer, nos veremos obligados a acusarlo ante el supervisor del edificio. El piso Séptimo merece consideración y respeto.

Atentamente
Grupo de vecinos responsables

¡Grupo de vecinos! ¡Eso es falso! Con seguridad que no es un grupo. Que es un solo vecino. O vecina. Detrás de esa nota había uno pero no había dos. La dificultad es que puede ser cualquiera de ellos y son doce apartamentos, algunos con dos y unos pocos con tres ocupantes (los bebés, los niños menores de 11 y los inválidos están prohibidos en estas unidades habitacionales). Cualquiera de ellos pudo haber dejado la nota infame. Menos la franco-canadiense, que hace más ruido que yo y hasta más altas horas.
    Es indispensable pasar a otra etapa de mis investigaciones. Más moderna y tecnológica.

***

Si la observación visual y directa de mis vecinos resultó deficiente, la fase tecnológica fue aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor. En la primera hora y cuarto de la nueva etapa de observación por internet reuní los nombres con que aparecen mis vecinos en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. Sin embargo, el posterior seguimiento electrónico resultó nefasto. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en las estupideces que descubrí sobre mis vecinos en googlepunto, librodecara.com, romancespunto, etcéterapuntonet. Lo cual a su vez resulta poca cosa si se compara con las banalidades con que me topé al entrar a sus cuentas de correo electrónico. No sabría por dónde empezar a burlarme, a insultarlos, así que no empiezo. Ni siquiera voy a revelar la ridiculez de los mensajes que le envía Rita, la novia del funcionario de Metro Transit Authority, a Kolicius el lituano. Desde una cuenta privada y confidencial de internet que sólo los dos conocen. Cierro sus comillas.

***

Me he visto en la obligación de hacer un paréntesis. De salir del edificio y del vecindario antes de que las cosas se compliquen aún más. Es por ello que tengo alquilado desde hace día y medio un cuarto de hotel en otro condado, fuera de Manhattan, lo más lejos posible de Union Square. No me importa que sea casi un albergue de ínfima categoría, un cuarto sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra demasiado cerca de ninguno de los cementerios, que abundan en esta zona. De eso me aseguré desde un principio. No me gustan los cementerios. Ni el olor de sus árboles y arbustos; menos aún las flores para sus muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. En las páginas que siguen no voy a escribir el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
    La desazón de fondo, el error grave que no me deja dormir, es que al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave es que en la sala de mi apartamento quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Espero que aquello no despierte las sospechas de los detectives, bomberos y policías que a estas horas estarán revisando todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso. O de sus escombros.
    ¿Tendría por fuerza que haber pasado así? No lo sé. De verdad que no lo sé. Tal vez no.
    El caso es que esta vez, al igual que me sucedió en Saint Louis, en Alburquerque y en Vilcún, las cosas no salieron como había planeado. En parte por culpa mía, sí, por mi culpa, no lo voy a negar, pero sobre todo por el cansancio. Por culpa del agotamiento después de tantos días y tantas noches de desvelo.
    Pero volvamos al día D, del desastre.

***

Había suspendido la vigilancia directa de mis vecinos, aunque con ocasionales reincidencias. La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal. Avanzaba. Pero todo se complicó cuando uno de los vecinos cometió un error garrafal y entonces no me quedó más remedio que pasar a la acción. Con o contra mi voluntad.
    Ocurrió más o menos así: una tarde que tuve que bajar al sótano a arrojar mi basura y mis desperdicios —que llevaban tres días y medio acumulándose— se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que alcancé a recoger, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
    ¡Fue allí cuando la pillé in fraganti! Una mujer joven y rubia que llevaba de la traílla un gato persa con la pelambre recientemente peluqueada excepto por la cabeza y la cola. Tenía los ojos clavados a la altura de la mirilla, hacía gestos extraños y mascullaba algo.     Un monólogo sin sentido, una oración, una letanía... ¡No! Nada de eso. De repente lo vi claro: lo que esta mujer hacía, aprovechando mi ausencia temporal (que debería haberse prolongado diez u once minutos si hubiera bajado hasta el sótano), era un conjuro. No había duda: la vecina del 7-E estaba lanzando contra mi puerta, mi apartamento, mi persona y mis pocas pertenencias un conjuro envenenado. Una maldición por estrofas.
    ¿La vecina del 7-E?
    Sí, sí, era ella; por supuesto que era ella. La rubia alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense aspirante a compositora y flautista de una banda, la vecina trasnochadora que se lanzaba a cantar, entre tema y tema de rock ácido, antiguas baladas irlandesas en lengua gaélica, a la una, dos, tres de la madrugada. Sí, claro que era ella. La del 7-E. Hélène.
    ¡Hélène!
    Sólo entonces recordé que una noche congelada, cuando regresábamos muy tarde y muy ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria), me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sean, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos nos dimos un beso en la boca.
    ¡Lo juro!
    Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O hasta que sea un tanatorio.
    Fue un beso.
    Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe) ni a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
    La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
    Es tan sólo una coincidencia más. Hélène y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación y vigilancia.
    Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.
    Porque la pillé in fraganti. Sin vuelta de hoja. De modo que era ella el vecino que pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme.
    Las cosas salieron mal. Lo siento. De verdad que lo siento. Lo repito por última vez: lo siento. Sólo que llegados a ese punto, entre la vecina del 7-E y yo el asunto no tenía otra solución posible. Era sólo cuestión de días. O menos. Quizás sólo de horas.
    Su estufa de gas o la mía. Había que decidirlo esa misma tarde.





domingo, 12 de septiembre de 2010

Juan Fernando Merino / Hora de cierre

Juan Fernando Merino
HORA DE CIERRE

Para Hugo Merino, un gran tío

“¡Paren las rotativas!”, profirió Gervasio Suárez, abriendo de un puntapié la puerta que daba a la sala de redacción y precipitándose hacia el escritorio de Ramoncito Benavides, el editor nocturno encargado.
“¡Que las paren! ¡Ya mismo!”, gritó Benavides, levantándose como un resorte y gesticulando en dirección de la zona en que se encontraban el flaco Gozálvez, Berenice, Sabelotodo Pérez, José Ricardo Villareal, ‘el poeta de los suburbios’ y Jacqueline Costa —o sea, la mesa de edición finisemanal en pleno—. Con excepción de Jacqueline, quien sin inmutarse siguió corrigiendo el texto que tenía en frente, los otros se pusieron en pie de inmediato, mirándose entre sí y contemplando la escena entre curiosos, sorprendidos y francamente alarmados.
Pero, pero, pero... ¿Las rotativas? ¿Pararlas? ¿A las 9 y 16 minutos de la noche, justo 14 antes del cierre de la última edición? ¿Y por petición de Gervasio Suárez, no precisamente el más confiable de los periodistas neoyorquinos y quien ya ni siquiera trabajaba en El Diario?
¡Aquí pasan tantas cosas! Con periodistas de 14 países de Latinoamérica y otros cuantos de allende la mar, el periódico parecía a veces —y más los fines de semanas— un curioso resumen desquiciado o un microcosmos caprichoso del continente, hasta tal punto que lo único que debería sorprendernos es que todavía hubiera alguien que se sorprendiera de las cosas que pasan... Pero esta repentina aparición de Gervasio no tenía ningún sentido, esto superaba cualquiera de las cotidianas locuras del periódico, y retirando los auriculares que por lo general me aislaban del estruendo imperante, me puse en pie para tratar de dilucidar desde la distancia lo que ocurría alrededor del escritorio de Ramoncito Benavides.
“¿Pero qué pasa, Gervasio?”, le preguntó Berenice, implícitamente apelando a la calma general con su tono siempre sereno y comprensivo.
“Ya he dicho que es un noticionón. ¡La portada de mañana!”, dijo con voz ansiosa, casi suplicante Gervasio Suárez, expulsado perentoriamente del periódico tres semanas y medias atrás, después de romper todos los records vigentes de advertencias orales y escritas, de reprimendas públicas y privadas.
“Y yo he dicho que paren las rotativas! ¡Y es una orden!”, dijo Ramoncito, exaltado, casi agresivo, por alguna extraña razón calándose su sombrero, acercándose a uno de los ventanales que daba a la calle Varick y clavando la vista en dirección de las recién inauguradas Torres Gemelas.
¡Esto tampoco tenía sentido! ¿Ramón Benavides autoritario, brusco, agresivo? Eso no lo habíamos visto nunca, jamás. Si Ramoncito, que sólo ejercía de editor nocturno durante las brevísimas vacaciones anuales de don Ave y las noches de viernes —víspera de la edición más escueta en contenido y anuncios de toda la semana— era un individuo absolutamente tranquilo, apacible, que no importunaba a ningún compañero a menos que fuese ex­cesivo el atraso en la entrega de un artículo, una traducción o una foto.
“¿Y cuál es la gran noticia, Gervasio?”, preguntó con sorna el flaco Gozálvez.
“El temblor que...”, empezó a responder el increpado, pero lo interrumpió Sabelotodo Pérez con una carcajada sonora que se extendió hasta que logró articular, también a grandes voces: “¿Que por fin encontraste trabajo, Gervasio? ¿Es ésa la gran noticia?”
“Que lo dejen dar la primicia”, ordenó Ramoncito regresando de la ventana y lanzándole una mirada furibunda a Sabelotodo. “Señores, hay que tener olfato para las noticias gordas cuando se producen. ¡Y he dicho que paren las rotativas! ”
“Ramoncito, hace ya muchísimos años que se eliminaron las...”, comenzó a decir Jacqueline, incorporándose lentamente de su silla y ahora sí empezando a preocuparse ella también.
“Por supuesto que lo sé... Lo sé mejor que nadie”, exclamó Ramoncito. “Quiero decir, que paren lo que tengan que parar, que llamen a la planta, que cambien la portada...”
“¡Terremoto en El Bronx!”, soltó de repente Gervasio Suárez, como quien lanza un escupitajo o una maldición. “¡Esa es la noticia, señores y señoras!”
“¡No! ¡No puede ser! ¡Llama a casa, Berenice!”
“¡Qué va! ¡No le hagan caso! En Nueva York no tiembla”.
“Imprevisto y devastador. Las consecuencias impredecibles. Aquí tengo el artículo listo. Lo escribí mientras atravesaba la ciudad en un taxi”.
“¡Cambien la portada!”
“¡Pero si son las 9 y 21!”
La cuestión se estaba poniendo más complicada y mucho más interesante con cada segundo que nos aproximaba al cierre. Había llegado el momento de acercarse y participar. ¿Gervasio habría estado bebiendo de nuevo? Porque precisamente una borrachera larga le había causado su primera suspensión sin pago hacia tres años y medio, en el 69, cuando llegó hora y media tarde a entrevistar al presidente del condado de El Bronx. ¿O habría sufrido una crisis emocional, mental o lo que fuera a raíz de su despido? Y por otra parte, ¿si la noticia fuera verdad? Dios bien sabía que Gervasio tenía sus flaquezas humanas, pero como periodista investigativo muy pocos le ponían la pata encima. Y ahora que me acordaba, dos años atrás había temblado en Astoria, un temblor pequeño, localizado, pero bien podría haber sido un presagio de un gran terremoto en El Bronx. ¡En periodismo nunca se sabe hasta que se imprime la última página!
“¡Las 9 y 23! ¡Qué hacemos, Ramoncito!”
Yo ya estaba más cerca del grupo, a la altura de La Bodeguita de En Medio —nuestra diminuta cafetería en la sala de redacción— y alcancé a ver el fulgor en la mirada de Ramoncito. Por supuesto me entró un mal presentimiento... Es que era el mismo fulgor que había visto en su mirada aquella única vez que salimos los dos solos a tomar copas, una noche de mediados de noviembre, justo después de que celebráramos en la sala de conferencias la tercera boda de don Rafa Pereira y el cumpleaños atrasado de Vicky Pelayo.
Tarde aquella noche, con los últimos parroquianos del café-bar Tequila’s, Ramoncito me había confesado que a él le aburrían profundamente los días en el periódico, las reuniones editoriales, las entrevistas rutinarias a políticos y tramposos, el inflaje de cables, la revisión de pruebas, la corrección de estilo, y todo lo demás, pero en cambio le encantaba, le apasionaba hasta la última fibra de su ser la hora de cierre, aquel fragmento mágico de la jornada en que los periodistas que habían estado dando vueltas por toda la planta y conversando de otras cosas por fin se concentraban en terminar las notas, en que el editor, el subdirector y el jefe de redacción se paseaban nerviosos, mirando aquí, acosando allá, tachando con un lápiz rojo titulares y encabezamientos, la hora en que parecían multiplicarse los cables de las agencias internacionales con su inconfundible traqueteo y el retintín de la campanita cuando se trataba de cables urgentes, en fin esa hora inefable en que todo podía cambiar, en que se crispaban los nervios y se cruzaban gritos de un lado a otro de la sala de redacción pidiendo que se redujera un titular o se eliminara un destacado.
“La verdad es que yo vivo para esa hora, para la hora del cierre”, me había dicho Ramoncito aquella noche de noviembre en Tequila’s, con los ojos vidriosos por la cantidad de Margaritas ingeridos. Y yo en ese momento lo comprendí perfecta, solidariamente —y no sólo con la solidaridad de los ebrios sino también la de los colegas—. Por otra parte, Ramoncito era uno de esos personajes desfasados, casi anacrónicos, y con su corbatín y chaleco, sus maneras corteses, sus hábitos de antaño parecía corresponder mucho mejor a la época de los linotipos, las rotativas, las operaciones a mano y palanca, mucho antes del arribo del periodismo electrónico. Perfectamente me lo podía imaginar en medio de una de aquellas películas norteamericanas de los años 50, cuando el jefe de redacción se aparecía en mitad del cuadro y gritaba ‘Stop the press!’ Y todo eso estaba muy bien y hasta resultaba entrañable... sólo que en este momento, atrapado en la película, la novela, o el disparate de Gervasio Pérez, Ramón Benavides se estaba jugando su cargo, su prestigio y la edición sabatina de El Diario La Prensa, el decano de los periódicos hispanos de Estados Unidos.
“¿Qué hacemos, Ramoncito, qué hacemos? ¡Son las 9 y 27!”, suplicó Villareal, ‘el poeta de los suburbios’, que al igual que Jacqueline y Sabelotodo había estado tratando infructuosamente de llamar a algún sitio en El Bronx para corroborar o desmentir la noticia.
“Lo que dijo el compañero Gervasio”, ordenó Ramoncito. “Nueva portada: Terremoto en El Bronx. Subtítulo: Daños considerables y consecuencias imprevisibles”.
“¡Pero te has vuelto loco!”, dijo Berenice interponiéndose entre Ramoncito y el flaco Gozálvez, quien parecía a punto de perder la paciencia o la cordura. “¿No te das cuenta de que Gervasio no está...?”
“No consigo línea, no consigo línea”, repetía Sabelotodo.
“Aquí hay otro cable urgente”, dijo Jacqueline. “Pero viene de Italia”.
“¿Sabes una cosa, Ramoncito?”, dijo de improviso Gervasio, asiéndolo del hombro suave, casi fraternalmente.
“¿Qué?”, preguntó a su vez Ramón, apartándose de la mano del otro.
“Que harías bien en medir las consecuencias de tus acciones”, respondió Gervasio, asegurándose de que estuviéramos escuchando todos los presentes. “Por el hecho de ser un simple editor nocturno de fin de semana no deberías estar enviando memorandums y acusaciones al editor, al jefe de redacción y mucho menos a Recursos Humanos... ¡Perjudicar a tus propios compañeros! ¡A tus colegas que se han quemado las pestañas contigo!”
“Pero…. Pero espera un momento, Gervasio, ¿y el temblor?”
“Ya vendrán a su tiempo los temblores y los terremotos y fuegos y derrumbes y epidemias... Por eso no se preocupen, que van a llegar. Y los que todavía estén por aquí, los van a ver y los van a lamentar”.
“Está completamente chiflado”, dijo Pérez, sacudiendo la cabeza y entrecerrando los ojos. “Les juro que si yo no tuviera esta mano derecha prohibida...”
Ramoncito Benavides se dejó caer sentado en su silla y se apretó la frente con la mano izquierda, con fuerza, como para impedir que se rompiera algún dique interno.
“Pero olvidemos el pasado”, dijo Gervasio, mirándonos uno por uno, los ojos lustrosos y un amago de sonrisa en el rostro. “¿Por que no vamos todos a tomar un par de copas al Tequila’s? Muchachos, ¡los he echado tanto de menos!”
“Esto era lo único que nos faltaba”, dijo Villareal, dirigiéndose a la nevera a buscar algo de tomar.
“¡9 y 30! Cerrada a tiempo la edición del sábado”, dijo Jacqueline Costa, acercando una silla para sentarse al lado de Ramoncito Benavides, quien en ese momento empezaba a recoger los papeles revueltos que cubrían su escritorio.

Nueva York, 14 de febrero de 2006

Juan Fernando Merino
Cuentista, traductor y periodista colombiano. Ha obtenido varios premios literarios colombianos, así como una beca nacional de novela. En España ha sido ganador de siete concursos de cuento, incluyendo los de Bilbao, Ponferrada y León. Es autor del libro de relatos Las visitas ajenas (1995) y la novela El intendente de Aldaz (1999). Entre 1987 y 1997 se desempeñó como jefe de traductores del Festival de Cine de Valladolid, y entre 1990 y 1996 estuvo vinculado con la editorial Anaya de Madrid, para la cual tradujo obras de Mark Twain, Daniel Defoe y Herman Melville, entre otros. Para editorial Norma ha traducido cuatro novelas de Roddy Doyle, así como obras de Coraghessan Boyle y Julie Hecht. Tradujo Ricardo II, como parte del proyecto Shakespeare por escritores. Además, seleccionó y tradujo Habrá una vez, magnífica antología de la joven narrativa norteamericana, publicada por Alfaguara. Actualmente vive en Nueva York, donde es colaborador de El Puente Latino e integrante de la Mesa de Edición del diario La Prensa.