martes, 19 de noviembre de 2019

Raymond Chandler / El lápiz


Raymond Chandler

EL LÁPIZ
Este es el primer relato de Marlowe después de veinte años y fue escrito especialmente para Inglaterra. Me he negado con persistencia a escribir cuentos cortos porque creo que los libros son mi elemento natural, pero me convencieron para hacerlo personas que tengo en gran estima. Además, siempre he querido escribir un cuento sobre la técnica de los asesinatos del Sindicato.Raymond Chandler (1959)



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Era un hombre algo rechoncho con una sonrisa deshonesta que estiraba las comisuras de sus labios un centímetro hacia los lados, cerrando mucho la boca y dando a los ojos una expresión triste. Para un hombre tirando a grueso, tenía un andar perezoso. La mayoría de hombres gruesos caminan con rapidez y ligereza. Llevaba un traje gris de punto de espina y una corbata pintada a mano en la que se veía parte de una chica en plena zambullida. la camisa era limpia, lo cual me animó, y sus mocasines marrones, tan poco indicados como la corbata para el traje que lucía, estaban recién lustrados.
Pasó por delante de mí mientras yo mantenía abierta la puerta que separa la sala de espera de mi sala de meditación. Una vez dentro, echó una rápida mirada a su alrededor. Yo habría dicho que era un mafioso de segunda categoría, si alguien me lo hubiera preguntado. Por una vez, no me equivoqué. Si iba armado, debía llevar el arma en los pantalones. La chaqueta era demasiado ajustada para ocultar el bulto de una pistolera de hombro.
Se sentó con cuidado, yo tomé asiento frente a él y los dos nos miramos. Su rostro tenía la viveza de un zorro. Sudaba ligeramente. La expresión de mi rostro estaba programada para expresar interés, pero no curiosidad. Cogí una pipa y el humidificador de piel en que guardaba mi tabaco Pearce. Le ofrecí cigarrillos.

Sagas cortas islandesas / Historia antigua y fantasía





El sueco John Bauer es tal vez el más famoso ilustrador moderno de sagas y mitos nórdicos

SAGAS CORTAS ISLANDESAS, LUIS LERATE DE CASTRO (EDITOR Y TRADUCTOR): HISTORIA ANTIGUA CON BROCHAZOS DE FANTASÍA



Francisco Martínez Hidalgo
9 de junio de 2016

La mitología representa, para no pocas culturas, el registro más antiguo de su pasado remoto. Sin embargo, la ausencia de claves interpretativas puede reducir todos esos registros a simple especulación o a un mero resto arqueológico con el que atraer a investigadores y a turistas. Para recuperar la memoria, la mitología precisa completarse con otro tipo de fuentes que nos permitan ofrecer claves de comprensión que vayan un paso más allá de lo figurativo y/o de lo representativo. Fuentes de naturaleza tan diversa como, por ejemplo, las Sagas cortas islandesas (Alianza, 2015), que comentamos aquí.
En Sagas cortas islandesas encontramos cincuenta y nueve textos de extensión breve a través de los cuales podremos comprender mejor tanto la historia de la zona -especialmente en el período de su cristianización y posterior conversión a la “nueva fe”-, como la mitología de una de las culturas que más incidencia han tenido en la modernidad y postmodernidad. Los textos tienen cierto nivel de dificultad que complica, excepto a los especialistas en la cultura nórdica, su lectura; a superar estas dificultades preliminares ayudan la aclaratoria “Nota preliminar” y las certeras notas a pie de página, responsabilidad de su editor y traductor, Luis Lerate de Castro. Además, otro de los valores de este libro está en la inclusión final de una “Relación de sagas y breves publicados en castellano”, a la postre una perfecta guía de seguimiento para todos los interesados en este tema.
Este volumen contiene textos relacionados con las peripecias de un personaje individual o colectivo, de distinto origen social y naturaleza, ambientados en distintos momentos de la historia islandesa a caballo entre finales del siglo X y comienzos del XII. Si nos fijamos en los espacios donde tienen lugar los sucesos narrados, podemos identificar referencias espaciales amplísimas como Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Groenlandia y Laponia, las tierras de Roma o de Turquía (encuadrables en el proceso de cristianización por entonces en marcha) y, por supuesto, Noruega e Islandia. Se hace referencia tanto a la colonización de Islandia por los entonces habitantes de Noruega (finales del siglo X) como a la cristianización de Noruega y la conversión al cristianismo de Islandia (año 1000), o a los mandatos de algunos de sus más importantes reyes -especialmente Ólaf hijo de Tryggvi (995-1000), Ólaf el Santo (1015-1028) y Hárald el Severo (1046-1066)-.
Los textos se han escrito entre finales del siglo XII y el siglo XIII, a excepción del “Breve de Jókul hijo de Búi” (siglo XV), perteneciente a un estilo conocido como las “Sagas mentirosas”, debido a los elevados trazos de fantasía contenidos en él como consecuencia de su objetivo de entretener y divertir a la audiencia. Esta distancia cronológica entre los hechos narrados y la voz narradora nos lleva a adoptar dos precauciones. La primera nos abstiene de considerarlos textos históricos, aun cuando se refieran a personajes realmente existentes y/o a hechos documentados, pues, además de carecer del rigor historiográfico exigido, también tienen su origen en una tradición oral deformadora -con efectos desfiguradores cuanto mayor sea la distancia cronológica entre los sucesos y su registro-. La segunda precaución nos advierte de considerarlos una mera ficción: sí existe en ellos una intención de veracidad o, cuanto menos, de recoger sucesos acaecidos, aunque su registro pueda tender a veces al exceso o a la exageración.
Ambas advertencias poseen, sin embargo, un lado muy positivo para el lector contemporáneo. Primero, muestran un más que interesante valor sociohistórico. A través de estas sagas breves podemos hacernos una idea de la vida y costumbres de la época: sobre cómo vivían los reyes en su casa, haciendo de su salón el punto neurálgico; sobre la organización informal de su séquito de compañeros de armas (hird), o sobre las figuras sociales por debajo de la Corona: la clase noble (jarl); los terratenientes o representantes de los hacendados en los distritos del país (gobi); la figura del guerrero-poeta responsable del arte cortesano (escalda1), o las mujeres que recorrían el país diciéndole a las gentes su futuro (volvas). 
Segundo, muestran también un indudable valor antropológico y también literario: aunque el proceso de cristianización se refiere a muchos de sus aspectos mitológicos como “paganos” o, simplemente, antitéticos respecto a “la fe verdadera”, accedemos a un claro reflejo tardío de la tradición pagana nórdica, base de la mitología y la tradición eddica2. Sin embargo, no todas las sagas breves contenidas aquí poseen elementos correspondientes a esta tradición. De los cincuenta y nueve breves recogidos en Sagas cortas islandesas, diez contienen elementos fantásticos encuadrables dentro de la mitología nórdica. Nos referimos en concreto a “Torstein Agobio”“Tórhall Knapp”“Torstein Pata de Oro”, el “Sueño de Torstein hijo de Hall de Sida”“Tídrandi y Tórhall”“Tórvald Tasaldi”“Héming hijo de Áslak”“Orm hijo de Stórolf”“Ógmund Porrazo y Gúnnar Mitad” y el ya antes referido “Breve de Jókul hijo de Búi”.


Oscar Arnold Wergenald, Los noruegos desembarcan en Islandia en el 872
Estos elementos fantásticos se encuadran, además, dentro del proceso de cristianización en marcha en este período. Por eso, a muchas de estas figuras antiguas la voz narradora las encuadra como “el demonio” poseedor de poderes “maléficos”, como pasa con el Dios Frey en el “Breve de Ógmund Porrazo y Gúnnar Mitad”, equiparado, por ejemplo, con los poderes abstractos pero demoníacos padecidos por “Torstein Agobio”. Curioso resulta también observar la delgada línea que separa a los seres humanos de gran cuerpo y extraordinaria potencia, como “Orm hijo de Stórolf”, de los gigantes humanoides como Dofri, la abuela de “Jókul hijo de Búi”, de la raza de los ogros de tremenda fuerza pero amorfos y repulsivos cuerpos. O cómo, en estos relatos, ante cualquier poder o influencia maléfica se contraponen los poderes del “verdadero Dios”, de “la fe verdadera”, adquirida a través de “la palabra de Dios” y el rito del “bautismo”.
La voz narradora intenta guardar una sobria distancia sobre lo contado, adquiriendo cierta condición de fedatario sobre los hechos y sobre las relaciones personales y familiares que vinculan a esos hechos. En estos textos es frecuente encontrarnos con conflictos civiles bastante ordinarios, relacionados con pleitos de tierras, animales, préstamos o venganzas respecto a la muerte de algún pariente o hermano de sangre. No obstante, los textos no están desprovistos de emociones, si bien la voz narradora vuelca la expresión de estas notas subjetivas en los personajes: pone en su boca palabras, insinuaciones e incluso creaciones líricas de difícil atribución -por no quedar más testimonio que a través de su palabra-. Por eso, el doble ritmo de estos textos (con una voz narradora aséptica casi notarial y un personaje sumido de lleno en las emociones) enfanga la lectura, más si cabe al ir directamente al grano; es una literatura desprovista de adornos creativos y florituras estilísticas más allá de una lírica escáldica árida tanto de traducir como de comprender. Si bien, a superar estas barreras contribuye decisivamente la excelente labor de edición y traducción de Luis Lerate de Castro.
NOTAS:
1  Estos autores son el origen de la conocida “poesía escáldica”, producida en las cortes reales de Noruega e Islandia entre los siglos IX y XIII, y caracterizada por largas estrofas de compleja sintaxis y rocambolesca retórica.
2  Escrita en nórdico antiguo en el siglo XIII, se divide en Edda poética (o Edda mayor) y Edda narrativa (o Edda menor), contiene referencias consideradas “paganas”, por su carácter mitológico. Fueron una influencia decisiva en Tolkien.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Woody Allen / El secuestro extravagante


Woody Allen


El secuestro extravagante



Medio muerto de inanición, Kermit Kroll entró tamabaleándose en el salón de la casa de sus padres, quienes le esperaban ansiosos en compañía del inspector Ford.

-Gracias por pagar el rescate, familia -exclamó Kermit-. Nunca creí salir vivo de allí.

-Cuénteme lo que pasó -dijo el inspector Ford.

-Iba hacia el centro para que me ahormasen el sombrero, cuando se paró un Sedán y dos hombres me preguntaron si quería ver un caballo que sabía recitar la declaración de Gettysburg de corrido. Contesté que bueno y subí. Luego ya no sé más excepto que me dieron cloroformo y que me desperté atado a una silla y con los ojos vendados.
El inspector Ford examinó la nota de rescate: "Queridos mamá y papá: Dejar 50.000 dólares en una bolsa debajo del puente de Decatour Street. Si no hay puente en Decatour Street, por favor construir uno. Me tratan bien, tengo alojamiento y buena comida, aunque ayer por la noche las almejas de lata estaban demasiado cocidas. Enviar el dinero rápidamente porque si no se sabe nada de ustedes en varios días, el hombre que ahora me hace la cama me estrangulará. Los quiere, Kermit.
P.D.: Esto no es una broma. Adjunto una broma para que puedan apreciar la diferencia."
-¿Se le ocurre alguna idea de donde lo podían mantener encerrado?
-No. Oía solo un ruido extraño fuera de la ventana.
-¿Extraño?
-Sí. ¿Conoce el ruido que hace el arenque cuando se le cuenta una mentira?
-Hummmmmm -murmuró el inspector Ford
- ¿Y cómo logró escapar por fin?
-Les dije que quería ir al béisbol, pero que tenía solo una entrada. Me dijeron que bueno, con la condición de que llevase la venda puesta y prometiera volver a la medianoche. Así lo hice, pero al tercer cuarto de hora los Gigantes llevaban mucha ventaja, así que me aburrí, salí y me vine para acá.
-Muy interesante -exclamó el inspector Ford- Ahora sé que este secuestro ha sido fingido. Creo que lo ha preparado usted para sacarle el dinero a sus padres.
¿Como lo descubrió el inspector Ford? Aunque Kermit Kroll vivía aún con sus padres, éstos contaban con ochenta años y él sesenta. Unos secuestradores de verdad jamás raptarían a un niño de sesenta años... ya que no tiene sentido.


Stephen Markley / Ohio / Queríamos tanto a Rick


Queríamos tanto a Rick

Stephen Markley dibuja el desamparo de una generación que ni siquiera puede considerarse una perdida porque nunca tuvo nada que perder


Laura Fernández
11 de noviembre de 2011



Queríamos tanto a Rick

Desde que Sherwood Anderson puso un dedo en el mapa y señaló, con una novela collage que podía leerse como una suma de personajes particularísimamente perdidos en un universo cruel y maldito (Winnesburg, Ohio), el estado en el que había crecido, ese Ohio que llegó a ser el epicentro industrial del Medio Oeste, y que por entonces era aún mero polvorín rural, no ha habido quizá un intento tan ambiciosamente consciente (y, en comparación, fallido) de diseccionarlo como el del debutante Stephen Markley. Invocando el espíritu —narrativamente más convencional— del último Jonathan Franzen —es decir, nada que ver con el barroquismo por momentos cruelmente hilarante de Las correcciones, sino más bien con la simplicidad de una Pureza a la que se le hubiese extraído hasta la última gota de sentido del humor—, Markley dibuja el desamparo de una generación —la de la desindustrialización, la de “los primeros cinco años del recién nacido milenio”— que ni siquiera puede considerarse una generación perdida porque nunca tuvo nada que perder.
Stephen Markley

Concebida como un Beautiful Girls —el clásico cinematográfico de los noventa—, es decir, como una reunión de amigos de instituto de vuelta en su fría y desalmada ciudad, aquí un lugar llamado New Canaan, que para algunos tiene el aspecto de “una revista después de haber sido arrojada al fuego”, algo que se ennegrece por momentos y que anda como retorciéndose, huyendo de sí misma y poblada de personajes que, también, no han hecho otra cosa que intentar huir de sí mismos —todos han sido o son adictos a algo, y algunos, como la otrora chica más popular del instituto, Kaylyn, han hecho cosas horribles por ese algo, han sido “un puto monstruo para todo el mundo”—, la novela es un desalmado tour de force sin salida en extremo autocomplaciente. No en vano el detonante es la muerte en combate —en Irak— del clásico buen chico entre los malos chicos, un tal Rick Brinklan, cuyo pernicioso espíritu, el espíritu de un mártir fake, no hace más que reforzar el conservadurismo (en exceso masculino) al que pretende (o cree pretender) atacar.
Ohio. Stephen Markley. Traducción de Eduardo Hojman. Alianza, 2019. 592 páginas. 24 euros.