sábado, 14 de septiembre de 2019

Marseille / Corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix



‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix

Gérard Depardieu protagoniza la producción ambientada en la ciudad gala


Ana Teruel
4 de mayo de 2016






Benoît Maginel y Gérard Depardieu, en la serie de Netflix 'Marseille'.
El poder no se da, se toma. Así lo avisa el tráiler de la esperada nueva ficción de Netflix, la francesa Marseille, que se estrena este jueves y que es la primera producción de la plataforma online en el país galo. Esta historia de poder, venganza, corrupción y redención, promete ser una mirada sin concesiones sobre la política, sus vínculos con el universo de la droga y sus traiciones. En el centro se encuentra la ciudad de Marsella, un personaje más de esta historia, objeto de codicia y deseo. Entre ambiciones y ajustes de cuentas, la serie protagonizada por Gérard Depardieu se encuentra a medio camino entre el thriller político y la saga familiar. A pesar de las similitudes, su guionista, el escritor Dan Franck, promete algo diferente a una versión francesa de House of Cards, la serie bandera de Netflix.
“No es una serie política, es una producción que cuenta una historia humana”, explicó así Franck en la presentación de la serie en un evento organizado por la plataforma en las afueras de París. “Marseille no tiene nada que ver con House of Cards”, añadió. La producción estadounidense protagonizada por Kevin Spacey“cuenta una conquista del poder a través de dos personajes de una potencia totalmente extraordinaria”, la pareja Underwood. La europea, liderada por el monstruo sagrado del cine francés Depardieu, es “mucho más humana, existe esa batalla, pero el combate no se libra por voluntad de poder, sino por amor a la ciudad de Marsella y porque esos dos hombres tienen cuentas pendientes”.




‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix


La producción cuenta con dos pesos pesados para dar vida a “esos dos hombres” cuya rivalidad sirve de hilo conductor. Por un lado está Depardieu, principal reclamo de la serie, en la piel del veterano alcalde Robert Taro, quien prepara su último golpe: la construcción de un casino. Pensaba haberlo dejado todo atado para su sucesión, pero en el momento clave es traicionado por su ambicioso delfín, Lucas Barrès, interpretado por Benoît Magimel (La pianista).
Como telón de fondo está la ciudad mediterránea de Marsella, con su puerto y sus barrios más o menos conflictivos. La ciudad es al final “un verdadero personaje, como una mujer, a la que todo el mundo quiere”, según Franck. “Marsella es muy importante en la serie, puede que sea el personaje principal”, señaló por su parte el productor Pascal Breton, conocido también por ser cocreador de la serie francesa de éxito Sous le Soleil. “Hemos intentado filmarla de forma que parezca todavía más grande de lo que ya es. Es una ciudad costera tan fascinante como pueden ser Nápoles, Río, Barcelona o San Francisco”, añadió.




‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix


Para no dejarse encerrar en lo puramente político, el escritor Dan Franck, coguionista también de la aclamada miniserie de Olivier Assayas Carlos, ha introducido personajes con su propio universo. En primera línea se encuentra la mujer del alcalde, la violonchelista Rachel Taro, encarnada por la actriz marsellesa Géraldine Pailhas. “Su papel no se reduce al de mujer del alcalde porque tiene una pasión, la música, una pasión artística que la devora considerablemente y que va a ser un punto de ruptura para ella”, explicó Pailhas.
No en vano, Franck compara la escritura de una serie con la de la novela popular del siglo XIX, de escritores como Dumas, Théophile Gautier o Eugène Sue. Son autores “que escribían para la prensa cada día y que debían apañarse para cautivar a los lectores”, indicó el guionista. “Las series hoy responden a esa exigencia, son la novela popular para mí”, concluyó.




DIFUSIÓN EN TELEVISIÓN COMO RECLAMO


Una de las grandes sorpresas de esta nueva producción ha sido la forma de promocionarla en Francia. Netflix ha llegado a un acuerdo con el principal canal privado del país, TF1, para emitir los dos primeros capítulos de la serie una semana después de su salida en la plataforma. El próximo 12 de mayo, los espectadores franceses podrán ver las dos primeras entregas en abierto en su televisor en horario de máxima audiencia. Si quieren ver la continuación, tendrán que estar abonados a Netflix o aprovechar el primer mes gratuito que ofrece la plataforma a los nuevos usuarios. TF1 espera así mostrar una imagen más juvenil y abierta a los cambios tecnológicos y, de paso, lograr buenas audiencias, mientras que la plataforma se garantiza una publicidad de dos horas en el principal canal televisivo.
EL PAÍS

Patti Smith, lectora / Los libros que forjaron su obra poética y musical

Patti Smith , una vida repleta de libros
Patti Smith

Patti Smith, lectora: los libros que forjaron su obra poética y musical

Por +Radios - Data Entry
3 marzo, 2018



Mucha poesía corrió – y aún lo hace- por las venas de Patti Smith desde el Poetry Project, sus inicios en los primeros años de los ’70, hasta lo que fueron las dos grandes presentaciones en el CCK de Argentina. Millones de palabras desde aquellos encuentros que persisten en el imaginario en blanco y negro en la iglesia neoyorkina de St. Mark, hasta estos recitales vibrantes – uno a pura poesía, el otro, a pura música- que refulgieron en tonalidades lingüísticas.
Como en todo gran artista, existe un proceso previo. Una recolección de sensaciones, de pensamientos, que muchas veces provinieron del papel, de los libros. Entonces, cuáles fueron las obras que más la influyeron, según Patti Smith:
Antes de ser la «madrina del punk» fue una poeta. De hecho, entre 1972 y 1973, llegó a publicar cinco chapbooks poéticos -una especie de folleto tamaño bolsillo- y ya con el primero, Seventh Heaven, tuvo una idea que daría un giro su carrera. Fue en la ya mencionada St. Mark, en Greenwich Village, NY, cuando llevó a un guitarrista para que la acompañara.
Durante un recital de poesía del “Poetry Project” en St. Marks
Escritora, poeta, fotógrafa, música. Patti Smith es uno de esos extraño casos en que las diferentes manifestaciones del arte confluyen, se hacen carne y luego se expresan. En su libro autobiográfico Just Kids (2010), recuerda que aquel primer cruce con la literatura cambió para siempre su vida. La obra era Mujercitas (1868), de Louisa May Alcott. Cautivada por la voz de Jo, la joven que se obsesionaba por la escritura y que andaba por el mundo con una actitud ‘masculina’, con respecto a sus hermanas.
«Estaba completamente impresionada por el libro», escribió, «ella me dio el coraje de una nueva meta, y pronto estaba creando pequeñas historias y tejiendo hilados largos para mi hermano y mi hermana». Aquella sensación jamás desapareció: «Voy a leerlos todos, y las cosas que luego leí produjeron nuevos anhelos». Durante su primera presentación en Buenos Aires, agregó que en la pobreza de su hogar no había más juguetes que los libros y que su madre le enseñó a leer antes de que ingrese al colegio.
Sin embargo, es conocido que su primer gran flechazo lo tuvo con los simbolistas franceses Charles Baudelaire y especialmente con Arthur Rimbaud, quienes influyeron en su abordaje de la poesía, que luego también trasladaría a su faceta musical. Entre sus 40 libros favoritos, que fueron revelados en 2008, se encuentran: Una temporada en el infierno (1873) e Iluminaciones (1886), ambos de Rimbaud.
Rimbaud, uno de sus autores predilectos
La influencia del autor francés aparece rápido en su vida artística: ya en Piss Factory, un poema recitado que forma parte de su primer disco independiente, relata cómo los escritos de Rimbaud la liberaron del trabajo en una fábrica y la ayudaron a escapar a Nueva York.
Otro de los autores que marcó una huella profunda en su forma de entender el arte fue William Blake. Durante la charla de la que participó Infobae Cultura en el CCK, recordó aquel primer encuentro con el poeta y pintor inglés: «Estaba cautivada por ese lenguaje que no entendía. Parecía tan mágico, y si bien no llegaba a comprender muchas cosas, simplemente me transportó».
César Aira y Roberto Bolaño, esas pasiones latinoamericanas
Su devoción por el autor argentino César Aira tomó notoriedad cuando reseñó el libro de cuentos El cerebro musical (2005) para The New York Times. Entonces escribió: «El ojo cubista de Aira ve las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo».
Durante la charla en el CCK fue aún un poco más lejos: «César es un genio, todos los escritores nos rendimos ante él. Una mente tremenda, un talento musical, pictórico, matemático y con un gran sentido del humor. Bolaño lo amaba mucho y mi amigo Sam Shepard, antes de morir, no lo había leído, le presté un libro y se convirtió en un adicto, todos somos adictos a César. También leí mucho a Borges y estoy aprendiendo sobre otros escritores. El problema, a veces, tiene que ver con las traducciones. ¡Ave César!».
Patti Smith posa frente a un póster de Roberto Bolaño en noviembre de 2010, en Madrid (Domonique Faget)
Smith llegó a Aira gracias al escritor chileno Roberto Bolaño, quien le facilitó las lecturas de Un episodio en la vida del pintor viajero, La Villa y La costurera y el viento. Por supuesto, la palabra de Bolaño era sagrada, a fin de cuentas la cantante estadounidense considera a la novela 2666 como «la primera obra maestra literaria de este siglo». «Tiene todo, imaginación, poesía, un contenido de protesta contra los abusos que sufren las mujeres, historias que se entrelaza, amor. Y la escritura es maravillosa. Es un libro que ya leí 6 veces y me parece que está a la altura de Moby Dick y otras grandes obras», dijo.
De la poesía beatnik
Uno de sus poemas favoritos es Aullido (1956), de Allen Ginsberg, una de las obras fundamentales de la Generación Beat, que se encuentra seleccionada en su Top 40, junto a dos novelas beatniks, Los chicos salvajes (1971) de William S. Burroughs y Big Sur (1962), de Jack Kerouac.
La vida la pondría frente a Ginsberg, en noviembre de 1969, con 22 años, cuando aún ella no era reconocida: «Yo era una niña pequeña. Tenía un abrigo largo con una gorra, supongo que tenía una forma muy andrógina. Estaba en este autoservicio realmente hambrienta y no tenía siquiera cambio para comprar algo. Escuché su voz ofreciéndome ayuda. Cuando me di vuelta vi que era Allen Ginsberg. Él no me conocía, yo solo era una chica que trabajaba en una librería, que vivía en el Hotel Chelsea, pero yo sí sabía quién era él. No pude hablar, estaba en shock. Incluso cuando nos despedimos nunca esperé encontrarme con él otra vez, pero lo hice, terminé convirtiéndome en amiga de William Burroughs y de Gregory Corso, luego vi a Allen otra vez y leímos poesía juntos, y le recordé la historia. Nos reímos mucho». En aquel encuentro, Ginsberg lo confesaría que solo se animó a ayudarla porque la confundió con un muchacho.
Patti recita “Aullido”, con la figura de Ginsberg detrás
Para Patti Smith «hay dos tipos de obras maestras». Están las «obras clásicas monstruosas y divinas como Moby Dick o Cumbres borrascosas (de Emily Brontë) o Frankenstein«. En su Top 40, además de la obra máxima de Herman Melville, también incluyó su novela póstuma Billy Budd, marinero, como también una de otra hermana BrontëVillette, de Charlotte.
El otro tipo de masterpiece, asegura, se produce cuando un escritor «parece infundir energía viviente en palabras a medida que el lector es hilvanado, luego se lo estruja para dejarlo colgando hasta que se seque».
Sus preferencias literarias son eclécticas. Incluyen desde obras de Herman Hesse como Viaje a Oriente (1932) a El juego de los abalorios (1943), El corazón de las tinieblas (1899), Joseph Conrad, o La letra escarlata (1850), de Nathaniel Hawthorne.
La poesía, lógicamente, también está presente en Canciones de inocencia y de experiencia (1789) de William BlakePoeta en Nueva York (1940), de Federico García LorcaAlmas muertas (1842), ese gran poema épico en prosa de Nikolai Gogol, e incluso en novelas como La muerte de Virgilio (1945), de Hermann Broch, que narra las últimas 18 horas del poeta romano.
Los viajes también se hacen presentes en su selección con El cielo protector (1949), de Paul BowlesThe Oblivion Seekers (1975), de Isabelle Eberhardt, autora y exploradora suiza que se vestía como hombre para viajar libremente por el Norte de África, o Las mujeres del Cairo, perteneciente a Viajes a Oriente (1851), de Gérard de Nerval.
Encuentro con Paul Bowles en Tánger, 1997, donde el escritor neoyorkino pasó los últimos años de su vida
«Conocí a Bowles de manera fortuita. En el verano de 1967, poco después de salir de casa y viajar a la ciudad de Nueva York, pasé junto a una gran caja de libros tirados, que se derramaban en la calle. Varios estaban esparcidos por la acera, y una revista estaba abierta ante mis pies. Me incliné para mirar, cuando una fotografía me llamó la atención: Paul Frederic Bowles. Nunca había oído hablar de él, pero me di cuenta de que compartíamos el mismo cumpleaños, el treinta de diciembre. Creyendo que era un signo, deshice la página y luego busqué sus libros, el primero fue El cielo protector. Leí todo lo que escribió, así como sus traducciones, y me introdujo en el trabajo de Mohammed Mrabet e Isabelle Eberhardt«.
El francés Albert Camus fue elegido con sus títulos La muerte feliz (1971) y El primer hombre (1994), mientras que el estadounidense J.D. Salinger también aparece por partida doble, con Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963) y Franny y Zooey (1961).
Albert Camus, a lo Bogart
Con respecto a Camus, recordó una anécdota familiar que revela su pasión por el autor de El extranjero (1942): «Tenía una fotografía de Albert Camus, que colgaba junto al interruptor de la luz. Era una toma clásica de Camus con un pesado abrigo con un cigarrillo entre los labios, como un joven Bogart, en un marco de arcilla hecho por mi hijo, Jackson… Mi hijo, al verlo todos los días, tuvo la idea de que Camus era un tío que vivió muy lejos. Yo lo miraba de vez en cuando mientras escribía».
La gran mayoría de los títulos que integran su biblioteca de cabecera son novelas: El proceso (1969) de Brion Gysin, la primera novela del pintor y autor, amigo de Burroughs, que lo introdujo en la técnica de «cut-up»; El Libro de Caín (1960), la obra de Alexander Trocchi, que fue censurada en el Reino Unido; Bajo el volcán (1947), publicación semi autobiográfica de Malcolm LowryLa gran borrachera (1938), la única novela que publicó René Daumal, el escritor francés que integraba el grupo surrealista Le Grand Jeu, que se enfrentaba a André Breton, quien también se encuentra en la selección con su autobiografía Nadja (1928).
Entre las obras filosóficas y los ensayos se encuentran Wittgenstein’s Poker, de David Edmonds y John EidinowContra la interpretación, de Susan Sontag, y El libro de los pasajes, la obra inacabada de Walter Benjamin.
También se encuentran Coriolano (1609), una de las últimas tragedias William ShakespeareDiario de un ladrón (1949), de Jean GenetEl honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich BöllEl maestro y Margarita (1967) de Mijaíl Bulgákov, considerada como una de las novelas más importantes del siglo XX de la antigua URSS; Un amor de Swann de Marcel ProustLas olas de Virginia WoolfLibro del desasosiego (1984) del portugués Fernando Pessoa y el cuento El príncipe feliz (1888), de Oscar Wilde.
Pero no todo son clásicos. Existen en su selección algunas joyas como El bebedor de vino de palma, del nigeriano Amos Tutuola o Hielo (1967), de la franco-inglesa Anna Kavan, e incluso publicaciones matemáticas como La divina proporción, de H.E. Huntley. Además, en su selección incluye al autor de terror H.P. Lovecraft y al alemán W.G. Sebald, aunque asegura que de ellos podría elegir cualquier título al azar.
En su biografía, afirma que Sebald «ve, no con los ojos, y sin embargo, él ve. Él reconoce las voces dentro del silencio, la historia dentro del espacio negativo. Evoca a ancestros que no son antepasados, con tal precisión que los hilos dorados de una manga bordada son tan familiares como sus propios pantalones polvorientos».

viernes, 13 de septiembre de 2019

Daniel Mordzinski / Los rostros del resurgir francés



Michel Houellebecq



DANIEL MORDZINSKI

LOS ROSTROS DEL RESURGIR FRANCÉS
23 de octubre de 2014

Amélie Nothomb
Escritora belga en lengua francesa

Annie Ernaux

J. M. G. Le Clézio
Premio Nobel de Literatura 2008

Patrick Modiano
Premio Nobel de Literatura 2014
París, 2007

EL PAÍS





Philip Glass / Mishima


Philip Glass
MISHIMA

1. Mishima / Opening (2:46)
2. November 25: Morning (4:08)
3. 1934: Grandmother & Kimitake (3:37)
5. Osamu's Theme: Kyoko's House (2:58)
6. 1937: Saint Sebastian (1:05)
8. November 25: Ichigaya (2:11)
12. November 25: The Last Day (1:30)
13. F-104: Epilogue from Sun and Steel (1:59)
14. Mishima / Closing (2:57)

"Durante los últimos quince años, Philip Glass ha definido una nueva forma de ópera biográfica. Nunca hubo duda de que sería el compositor ideal para Mishima, una biografía fílmica en forma de mosaico." (Paul Schrader)

Philip Glass

El hecho conocido como "Incidente Yukio Mishima" tuvo lugar el 25 de noviembre de 1970 cuando el escritor japonés irrumpió junto a cuatro miembros de su ejército privado en un cuartel militar y lo tomó por la fuerza. Su plan era el de proclamar la necesidad de que el país volviese a sus raíces culturales y abrazase los viejos mandatos que anteponían la tradición y el honor a cualquier mancha que pudiese acarrear la modernidad mal entendida. No saliéndoles las cosas como esperaban, aquella bizarra aventura terminó con un acto sobre el que la portada de este disco es una pista importante.

Portada de una reciente edición de Mishima en dvd.

Mishima, una vida en cuatro capítulos (1985) es una película de Paul Schrader para la que, probablemente a causa de la recomendación de los productores Francis Ford Coppola y George Lucas, se contó con el acompañamiento musical de una partitura Philip Glass, interpretada como casi siempre por Michael Riesman y el Kronos Quartet. Y hablo de recomendación porque Coppola y Lucas también llamaron a Glass para sus otras producciones Koyaanisqatsi y Powaqqatsi. Con o sin trámite, el compositor minimalista de Baltimore llevó a cabo una de sus obras fundamentales, de las que no podrían faltar en ningún "greatest hits" que se precie.

El Templo del Pabellón Dorado.

Para entender el disco se hace especialmente importante estar al tanto de la estructura de la película. Se trata de una biografía nada corriente del nada corriente escritor Yukio Mishima, en la que el hilo conductor viene marcado por lo sucedido el día del Incidente, sobre el que a su vez se van ensamblando tanto pasajes importantes de su vida personal como resúmenes de algunas de sus obras literarias más conocidas, a modo de pequeños cortometrajes de aspecto muy teatral insertados en la película. Pero todo está en su sitio, porque las piezas terminan por encajar a la perfección: cada una de las obras mostradas queda más o menos inconclusa, quedando un momento culminante -y trágico- en el tintero justo hasta el punto en que el propio Mishima, al final de la película, realiza la salvajada que todos nos estaremos ya imaginando. Y es aquí donde entra en juego Philip Glass.

Ken Ogata en el papel de Yukio Mishima.

La partitura de Mishima, como la de la mayoría de sus obras para el cine, se sustenta en un tema principal muy poderoso y llamativo que va apareciendo en varias ocasiones durante el metraje del filme con leves variaciones. En este caso, la pauta va en una escalofriante consonancia con lo que vemos en pantalla, porque cada vez que suena el tema en cuestión (con sus campanadas) llegamos a uno de los puntos álgidos del fatalismo del filme. Y el tema es todo un descubrimiento, porque rebosa luminosidad y optimismo pese a la idea de tragedia que lo acompaña en la película. ¿Cómo es posible que funcione algo tan contradictorio?

Fotograma de una escena onírica sobre "Caballos desbocados".

La respuesta es fascinante, ya que nos demuestra lo inteligentes que fueron todos los implicados en la película de Schrader a la hora de comprender a Mishima: fue un hombre marcado por grandes contradicciones, desde su ambigüedad sexual (se supone que era homosexual o bisexual, o ambas cosas o ninguna) hasta su ideología política de extrema derecha, pasando por su obsesivo culto al cuerpo y sus probables sentimientos de culpa al haber fingido supuestamente una enfermedad para no participar en la 2ª Guerra Mundial. No hay otra forma de entender su vida, y mucho menos su impactante broche final, sin darse cuenta de que toda ella fue una gran obra de arte, una novela existencialista que conducía irremediablemente hasta aquel asalto al cuartel planeado al milímetro. Y como la obra de arte que fue, no dejó de ser digno reflejo de su creador, un adicto a la belleza. Por eso el tema central de Philip Glass funciona de esa manera, porque posee un halo de belleza arrebatadora y agridulce, casi triunfal, que convierte la durísima escena final es un momento de epifanía estética y clímax vital como se han visto pocos. Se da el caso en este proyecto de que, en varios puntos, fue la película la que experimentó variaciones en su montaje para adaptarse a la banda sonora, y no al revés.

Cruda escena final de la película.

En cuanto al resto de los temas, decir que son todos de muy alta calidad (alguno hay con guitarra eléctrica verdaderamente original), no necesariamente enfocados a reproducir sonoridades orientales -tal vez las percusiones- y logrando un álbum sólido y francamente inspirado que merece la pena escuchar tanto con los ojos como con los oídos.

El tráiler incluye el tema principal.





Joaquín Sabina en el jardín de las delicias



Ilustración de Cristina Daura

Joaquín Sabina 

en el jardín de las delicias

La pasión por los libros del músico nació con Julio Verne y con Salgari, cuando quería ser "un escritor humilde, profesor machadiano en un instituto de provincias"


Juan Cruz
11 de agosto de 2019

El Bosco hubiera pintado aquí, en la casa de Joaquín Sabina, El jardín de las delicias y le hubieran sobrado objetos. Está sentado en una butaca rotunda y bajita, de color marrón, acogedora, ante una mesa en la que tienen su sitio el cenicero, un fanal, unos tocados o sombreros chinos "como de hojalata", flores secas, una vela en estado de reposo, un cubo de zinc, un libro abierto, papeles donde tiene apuntadas citas o versos, un libro gordo de Botero. Y detrás hay un piano. Delante y alrededor, una hermosa biblioteca. Él mira al frente, como si se dirigiera al pasado o a los libros.


Por la casa hay cuadros viejos, de toreros o de amigos, ediciones repetidas de los libros que ha querido. Mucha poesía. Y está él, claro, fumándose el cigarrillo de ese instante ante una copa minúscula que, como se sabrá cuando nos despedimos ("¡Jimena, tráeme otro tequila!"), es de tequila.
La casa es como el jardín de las delicias, pues; Jimena, peruana, lo ha hecho medio peruano. Pero él era ya de César Vallejo. Hay algo en la Nube negra (que Luis García Montero escribió para él en muy difícil circunstancia) de ese Vallejo que hizo de su alma un espejo de la tristeza. En sus lecturas están los peruanos (Mario Vargas Llosa, que fue lectura prematura, y que ahora es su amigo), y está la historia peruana, porque él cuando quiere es que quiere de verdad. En Londres, de joven transterrado, cantaba en bares baratos, a veces únicamente para no estar solo. Siempre leyó, además, para no estar solo. "Leyendo nunca estás solo".
Esa pasión por los libros nació con Julio Verne y con Salgari. Entonces él quería ser "un escritor humilde, profesor machadiano en un instituto de provincias", hasta que las canciones le dieron la posibilidad de publicar poemas. En lo más profundo del hueso de su memoria están su padre ("Honrado hasta el colmo, apostólico, romano, franquista") y su madre, "una señorita de provincias que se iba a quedar soltera". Al padre la República lo sacó del seminario "y, naturalmente, lo que hizo fue pasarse al otro bando". Y en la historia de sus lecturas están Las mil mejores poesías de la lengua castellana, de cuyas mil se sabe cantidad, de Quevedo y Garcilaso en primer término. Hijo de su tiempo (nació en 1949, en Úbeda), se hizo adolescente con El capitán Trueno, El Jabato y Roberto Alcázar, pero luego fue incapaz de encontrar en la provincia ni uno solo de los libros prohibidos. Granada, donde estudió, "el Parnaso", donde fue mordido para siempre por Pablo Neruda y por Vallejo. Con Neruda se metían los vallejianos, porque se reía "y comía estupendamente". A él le gustaban los dos. Luis Cernuda completó la suma. América se metió después en su desorden de pasiones. El boom "de Mario y de Gabo… Y mucho mucho Rulfo y Onetti".
La gente lo ve reír en los escenarios; su leyenda lo sitúa en la noche de las carcajadas, pero en su biografía velada, la que no está en los escaparates, la melancolía incendia sus versos. "La melancolía nace en las tabernas y no en los conservatorios. De ahí el cantante bohemio que alguna vez fui". La noche es su territorio, "pero los teléfonos móviles y los selfis me han echado de los bares". Solitario de muchas compañías, siempre quiso que sus amigos se llevaran bien, y cree que esa especie de casamentero que lleva dentro le viene de su padre: "Era un componedor, de él me viene ese tipo de bondad cristiana".
A él lo salvaron aquellos versos, Nube negra. "Llevaba seis meses con una depresión muy gorda. Estábamos en Rota, Luis vive al lado; vino una mañana, me tiró unos versos, y me gritó: '¡Toma, imbécil!, esto es lo que tenías que haber escrito tú". Es la historia de la depresión y es ahora la canción en la que, como escribió Jaime Gil de Biedma, ya se sabe que la vida iba en serio. "Creí que era inmortal; el ictus y la depresión y el poema de Luis me pusieron en mi sitio". Lo que queda para siempre es el miedo: "Un fantasma que te grita ¡¡¡cuidado!!!".
Ahora se va de gira a América con Joan Manuel Serrat. Esa es una amistad fresca, dispuesta como en una mesa alegre por las parejas de ambos, Yuta, Jimena. "Él es el maestro absoluto. Y ellas son las mejores amigas del mundo. ¡Imagina si estas dos brujas se caen mal, qué sería esa gira!". La amistad obliga "a estar a la altura de ese amigo". Y a regalar canciones, como aquel Pueblo con mar que le dio a Enrique Urquijo. Estar con Sabina, incluso de día, es como entonar el himno a la alegría en el jardín de las delicias. Al final, él brinda con el último tequila, lejos de la nube negra.


Kate Moss / Sesión privada


KATE MOSS SeSión privad