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martes, 9 de diciembre de 2025

Mariana Enriquez / Cuando hablábamos con los muertos




Mariana Enriquez
Cuando hablábamos con los muertos


A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer, Reign in Blood .

domingo, 28 de enero de 2024

Mariana Enriquez / Los peligros de fumar en la cama

 



Mariana Enriquez
Los peligros de fumar en la cama


¿Era una mariposa nocturna o una polilla? Nunca había podido distinguirlas. Pero algo era seguro: las mariposas de la noche se hacían polvo entre los dedos, como si no tuvieran órganos ni sangre, casi como la ceniza quieta del cigarrillo en el cenicero cuando se la tocaba apenas. No daba asco matarlas y se las podía dejar en el piso, porque a los pocos días se desintegraban. Otra cosa: no era cierto que se quemaran automáticamente cuando se acercaban al calor. Alguien le había dicho que era así, se incendiaban ni bien rozaban la luz caliente, pero ella las veía golpearse una y otra vez contra la lamparita, como si disfrutaran de los impactos, y salir ilesas. A veces se aburrían y salían volando por la ventana. Otras, era cierto, se morían adentro de la lámpara de pie: se cansaban o a lo mejor se daban por vencidas o les llegaba la hora; como afuera, se quemaban de a poco, aleteaban golpeando la pantalla hasta que se quedaban quietas. A veces se levantaba en medio de la noche a vaciar la pantalla de mariposas-polillas muertas, cuando el olor a quemado le hacía arder la nariz y no la dejaba dormir. Rara vez se acordaba de apagar la luz antes de irse a la cama.

martes, 19 de diciembre de 2023

Mariana Enriquez / Rambla triste

Two Women with Still Life,1952
Willem de Kooning


Mariana Enríquez

RAMBLA TRISTE

Sabiamente, a traición, esa ciudad se ocupa de vengarse.
Manuel Delgado

Era posible que la nariz tapada por el resfrío –siempre se pescaba algún virus en los aviones—le distorsionara el olfato; tenía que ser eso, pero cuando se sonaba con el pañuelo de papel y podía ingresar aire, el olor era todavía peor. No recordaba que Barcelona hubiera estado tan sucia, al menos no lo había notado en su primer viaje, unos cinco años atrás. Pero tenía que ser el resfrío, a lo mejor el moco estancado que apestaba, porque durante cuadras no olía nada en absoluto, y de pronto el olor atacaba, y le provocaba arcadas violentas. Olía igual que un perro muerto pudriéndose al costado de la ruta, como la carne pasada y olvidada en la heladera cuando se ponía morada color vino tinto. El olor se escondía y con sus ráfagas arruinaba las calles más bonitas, los pasajes pintorescos con la ropa colgando de balcón a balcón que no dejaba ver el cielo. Incluso llegaba hasta las Ramblas. Sofía se dedicó a observar a los turistas, para ver si fruncían la nariz como ella, pero no notó que ninguno se mostrara asqueado. A lo mejor era su imaginación, porque la ciudad ya no le gustaba. Los pasillos estrechos que antes le habían parecido románticos, ahora le daban miedo; los bares habían perdido encanto, y le recordaban a los de Buenos Aires, llenos de borrachos que gritaban o querían empezar conversaciones estúpidas; el calor, que antes le había resultado mediterráneo, seco y delicioso, ahora era agobiante. Pero no quería hablar de estas nuevas impresiones con sus amigos; no quería ser la turista porteña que marcaba con altanera superioridad  los defectos de la ciudad paraíso.

Mariana Enriquez / El carrito




Mariana Enriquez
EL CARRITO


Juancho estaba borracho esa tarde, y se paseaba por la vereda bravucón, aunque ya nadie en el barrio se sentía amenazado, o siquiera inquieto, por su presencia intoxicada. A mitad de cuadra, Horacio lavaba el auto como todos los domingos, en shorts y chancletas, la panza tensa y prominente, el pelo en pecho canoso, la radio con el partido. En la esquina, los gallegos del bazar tomaban mate con la pava en el piso, entre las dos sillas reclinables que habían sacado afuera, porque el sol estaba lindo. Enfrente, los hijos de la Coca tomaban cerveza en el umbral, y un grupo de chicas recién bañadas y demasiado maquilladas charlaban paradas en la puerta del garaje de Valeria. Mi papá había intentado, más temprano, decir buenas tardes y darle charla a los vecinos, pero volvió adentro como siempre, cabizbajo, apenas contrariado, porque era buena gente pero no tenía conversación, cada tarde de domingo decía lo mismo.

martes, 28 de noviembre de 2023

Mariana Enríquez / El mirador






Mariana Enríquez
EL MIRADOR


Siempre había querido decirle a la nena, la hija del último y actual dueño, que no tuviera miedo. No había nada que temer. Ella estaba ahí, pero la nena no la percibía, no podía verla; nadie podía percibirla salvo que, claro, tomara forma. Pero sin forma le estaba negada la presencia. La nena no tenía sensibilidad especial alguna: solo estaba aterrada. Pasaba corriendo frente a la escalera que llevaba al mirador del hotel, imaginando que allí, en la torre, que durante años fue la construcción más alta de Ostende, se escondía una loca, una loca de cabello largo que se miraba en el espejo, vestida con un camisón blanco; le tenía miedo al cocinero italiano que echaba leña dentro de la caldera, aun después de que fuera despedido (creía que podía encontrarlo en los pasillos, acechante, y que la echaría al fuego a ella también, junto con la madera). Ahora, ya una mujer, la hija del dueño no pasaba los inviernos en el hotel. Decía que no soportaba la mediocridad del balneario solitario en los inviernos helados, puro viento y sin siquiera un cine abierto en Pinamar; decía que también le tenía miedo a un eventual ladrón. Pero era mentira. Se trataba del mismo miedo que la paralizaba en los pasillos circulares del hotel cuando era chica, que la alejaba del comedor casi monacal del primer piso, o del gran espejo que esperaba su restauración en la habitación-depósito, donde temía ver reflejado algo desconocido.