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jueves, 20 de junio de 2019

Vargas Llosa / El populismo mexicano



Mario Vargas Llosa

BIOGRAFÍA

El populismo mexicano

El pueblo embelesado por los desplantes del presidente López Obrador comprenderá, ojalá sea más pronto que tarde, que la era de los caudillos debe quedar atrás y para siempre en América Latina


1 de junio de 2019


En el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, bajo el espectacular mural de José Clemente Orozco contra el fanatismo ideológico, acaban de celebrarse tres mesas redondas en las que participaron una quincena de intelectuales mexicanos —acaso los más eminentes del país—, que, diferencias entre ellos aparte, manifestaron su preocupación por el giro que viene tomando la política mexicana desde que asumió la presidencia Andrés Manuel López Obrador.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Javier Rodríguez Marcos / Libros para quedar mal



Libros para quedar mal

La clave de las grandes autobiografías es que en ellas siempre peligra la vida del artista


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
26 JUL 2016 - 17:02 COT





Juan Goytisolo y Jean Genet, en 1958, fotografiados por Monique Lange.
Juan Goytisolo y Jean Genet, en 1958, fotografiados por Monique Lange.
En octubre de 1955 Juan Goytisolo, que tenía 24 años, conoció en París a una joven empleada de Gallimard —su futura mujer, Monique Lange— que después de hablar con él de literatura y vida literaria, le preguntó —para ponerlo a prueba— si era ambitieux (ambicioso). Él entendió un vicieux (un vicioso) y, cómicamente, se apresuró a tranquilizarla. Fue días después de que Jean Genet, íntimo de Lange, le preguntara “a quemarropa”, en una cena con otros comensales, si era “maricón”. Confundido, Goytisolo le respondió que había tenido “experiencias homosexuales”, algo que hasta entonces no había “manifestado en público”. La réplica de Genet, fue tronante: “¡Experiencias! ¡Todo el mundo ha tenido experiencias! ¡Habla usted como los pederastas anglosajones! Me refería a sueños, deseos, fantasmas”.

martes, 15 de agosto de 2017

Héctor Aguilar Camín / Lamento mexicano

Pareja cruzando la calle
Centro histórico, Ciudad de México, 2017
Foto de Triunfo Arciniegas

Lamento mexicano

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad



Lamento mexicano
EULOGIA MERLE

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.
Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.
He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Héctor Aguilar Camin / Los dos Rulfos




Los dos Rulfos

El escritor no quería escribir más, se decía, porque temía caer del peldaño que había alcanzado con sus obras maestras


HÉCTOR AGUILAR CAMÍN
16 MAY 2017 - 15:46 CDT





Juan Rulfo 100 años
Un hombre pasea frente a un mural con una imagen de Juan Rulfo en Tuxcacuesco (México).  EFE

Pienso en Rulfo y oigo las primeras palabras de Pedro Páramo. Pienso entonces, mexicana y sacrílegamente, que son mejores que las primeras de El Quijote.
Son estas:
"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo".

martes, 16 de mayo de 2017

La mirada de Rulfo al México actual

La mirada de Rulfo al México actual

Varios escritores e intelectuales reflexionan sobre la vigencia de la obra de Rulfo y el mensaje que aún tiene que trasladar a los mexicanos


JAVIER LAFUENTE
México, 16 de mayo de 2017

Hay algo que trasciende cualquier efeméride sobre Juan Rulfo, de cuyo nacimiento se cumplen este martes 100 años: el poso de su obra en el México actual, que avanza por un 2017 marcado por el repunte de la violencia, la consolidación del mal endémico de la corrupción y una sensación de búsqueda a sí mismo en el que surgen dos cuestiones: ¿Qué queda del México de Rulfo hoy? ¿Qué tiene aún que decir Rulfo a los mexicanos hoy?

Del México rural de Rulfo, queda Rulfo, como del mundo griego antiguo queda Homero. Una desgracia de no saber griego antiguo es no saber a qué suena Homero. Una desgracia de no saber español mexicano es no saber cómo resuena Rulfo”, responde a la primera de las cuestiones Héctor Aguilar Camín, periodista y escritor. “Su obra no tiene edad. El México de ayer, de hoy y de mañana es el México de Rulfo. Rulfo lo recreó y en algún sentido lo creó”, ahonda el historiador Enrique Krauze.
Pocos, más bien nadie, en México se ha atrevido hasta ahora a alzar la voz para cuestionar la obra de Rulfo, como ha podido ocurrir con otros autores. “Es incuestionable y una prueba de ellos es la cantidad de lecturas y reacciones que provoca aún”, opina el escritor Antonio Ortuño, reciente ganador del Premio Ribera de Duero. Ortuño ve en algunos de los narradores contemporáneos –Yuri Herrera, Emiliano Monge o Fernanda Melchor- “resonancias rulfianas”. En este sentido, Monge es contundente sobre qué queda del México de Rulfo hoy: “Todo. La desigualdad, la hidra del desprecio, el tiempo detenido, la pobreza como sello de clausura. Somos ese país donde el progreso ha sido tan sólo una forma más del despojo. El abandono del México rural y el deterioro imparable del México gobernado como tierra de caciques siguen siendo los mismos que Rulfo fotografió, escribió y entendió mejor que cualquiera”. El autor de Las tierras arrasadas cree que “en pleno siglo XXI, México permanece extraviado entre un pasado que no ha sabido digerir y una modernidad que no calza con su horma”.
Para Jorge Volpi, el México que refleja Pedro Páramo aún pervive. “Quizás los pueblos de Jalisco y Colima ya no se hallen en ese estado de abandono, pero basta redirigir la mirada hacia Guerrero o Chiapas para observar lo mismo que él atestiguó en su tierra. Y, por supuesto, el autoritarismo de entonces se mantiene, en muchas medidas, en nuestro presente”.
La vigencia de la obra de Rulfo es indudable para Krauze. “En cada página hay un toque de piedad, de misericordia, de compasión. También de crueldad ciega, de aridez, de silencio. Su novela se iba a llamar Los murmullos. México (el subsuelo de México) murmura en sus cuentos. Muertos y vivos susurran sus murmullos en sus páginas”, profundiza el historiador cuando se le pregunta por qué tiene que decir Rulfo a los mexicanos hoy en día. Aguilar Camín recurre de nuevo a los clásicos para realzar el mensaje del autor: “Le dice a los mexicanos de hoy lo que dicen los mitos: la verdad de un mundo ido que no se ha ido. Lo que el Edipo de Sófocles le dice al Edipo de Freud, y lo que ambos nos dicen a nosotros”. “Como todo clásico, porque Rulfo ya lo es, nos habla tanto de su tiempo como del nuestro”, profundiza Volpi. “Hoy, vivimos otro momento marcado por la ira y la rabia por los agravios de los años que corren justo entre la publicación de Pedro Páramo y nuestros días. A caballo entre dos tiempos, agotados y desesperanzados, nosotros también podríamos ser retratados como esos muertos vivos o vivos muertos de Rulfo. Pero, desde luego, hay mil cosas más que Rulfo nos sigue diciendo a los mexicanos, y a todos los lectores que se atreven a entrar en sus páginas y a sorprenderse con su lenguaje y su forma y sus silencios”, añade.
Antonio Ortuño, que admite haber transitado del rechazo adolescente –“en Guadalajara es una suerte de culto laico”- al respeto enorme, cree que, como ocurre con Gardel y los aficionados del tango: “Rulfo cada vez escribe mejor”, aunque advierte: “En México tendemos a endiosar a las personas acríticamente. Parte de la desgracia de autores como Carlos Fuentes fue esa: la muralla de caravanas que iba rodeando su paso, en vida, pasó a una suerte de hartazgo. De momento, se habla poco de él. No pasó eso con Rulfo, porque tenía otro talante. Pero puede pasarle a su figura y su obra. Corremos el riesgo de repetir tanto que Rulfo es un símbolo de la mexicanidad que quizá acabemos convirtiéndolo en el nuevo Frida Kahlo. La obra de Rulfo va más allá. Es un autor fundamental del idioma”.
Emiliano Monge cree que la vigencia del mensaje de Rulfo se encuentra en aquello que dijo desde el principio y que los mexicanos no han “querido o sabido asimilar: que la violencia es un escenario, el gran escenario donde se ha dirimido y se dirime, todavía hoy, la mexicanidad”.
Aún así, para Monge lo importante no es lo que Rulfo aún tenga que decir, sino lo que ya dijo a los mexicanos, pero no supieron, o no quisieron, escuchar. "¿Cómo explicar, si no, que la mayor ficción de nuestra lengua, en la que nos hablan los muertos desde sus tumbas, preconfigurara con tal exactitud la realidad que hoy determina y explica a este país, es decir, la de un territorio retacado de fosas comunes? Más de medio siglo antes de que México empezara a enterrar a sus habitantes en las arenas del olvido y la impunidad, Rulfo enterró allí a sus personajes. ¡Y no supimos leer todo lo que con esto nos estaba advirtiendo!”.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Héctor Aguilar Camín / “Los padres son seres mitológicos”



HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

“Los padres son seres mitológicos”

Tras siete años sin publicar, el último libro del mexicano Aguilar Camín, 'Adiós a los padres', es su obra más íntima y personal



JUAN DIEGO QUESADA
México 15 NOV 2014 - 14:33 COT

Camín, en su oficina de la colonia Condesa en México D.F.
Camín, en su oficina de la colonia Condesa en México D.F. SAÚL RUIZ
La ciudad de México la cruzan grandes avenidas. Se puede ir de una punta a la otra sorteando calles anchas repletas de arboledas. Es la huella del sueño parisiense que un tiempo sostuvo el emperador Maximiliano. La urbe más canalla, sin embargo, se encuentra a los lados, donde se suceden edificios desconchados, moteles baratos para oficinistas infieles, echadoras de cartas y beodos abrazados a la religión del tequila. En esa parte de este monstruo llamado DF, el escritor mexicano Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) se encontró un día a un viejo encorvado, con ojillos de loco y conversación delirante. Ese hombre era su padre.
Llevaba 36 años sin verlo. Sobre el escritor pendía una maldición rulfiana que su madre lanzó el día que el padre se fue del hogar sin despedirse: “Si su vida depende de un vaso de agua, no se lo doy”. Aguilar Camín esperaba encontrarse con el padre ausente al que reclamar el olvido en el que le tuvo durante décadas. En lugar de eso se topó con un hombrecito artrítico que vivía solo en una pensión de mala muerte. Poco quedaba del arrojado y enérgico comerciante que hizo fortuna con el negocio de la madera en Chetumal, un pueblo mexicano en la frontera con Belice. El novelista que alcanzó un gran prestigio intelectual y narrativo con La frontera nómada. Sonora y la revolución mexicana (1977) rememora aquel extraño episodio que vino a cerrar el círculo emocional de su vida: “Cuando lo encuentro tan disminuido, una de mis emociones es de rabia. No voy a poder tener el contrincante con el que pueda aclarar todas estas pendientes de hijo abandonado”.
Su último libro tras siete años sin publicar, Adiós a los padres, es el más íntimo y personal de Aguilar Camín. Allí donde se entrelazan la materia perfecta e imperfecta de la que está hecho: la historia de su familia. Mientras charla en la oficina de la revista que dirige, Nexos, las cenizas de su padre reposan en una estantería de libros.
Pregunta. ¿Cómo se enfrenta un historiador a los secretos familiares?
Respuesta. Tratas de mirar todo con precisión literaria y honestidad emocional más que con veracidad histórica. No me importa qué está sucediendo el año que me reencontré con mi padre, en 1995. Lo importante es qué me sucede a mí y quién es ese desconocido. Mi madre tenía dicho que no le diéramos ni un vaso de agua. Para mí el problema era ajustar lo que yo había visto, en este hombre que necesitaba ayuda urgente, con ese mandato.
P. Su madre prometió no volver a verlo.
R. Y nunca lo volvió a ver. El azar quiso que cuando ingresaron a mi padre en el hospital, mi madre estaba justo en la misma habitación de la planta de abajo. Cuando le cuento la coincidencia a mi madre, responde: “Pobre hombre”. Cuando se lo digo a él, recuerda: “Era una hermosa muchacha de Chetumal”.
P. ¿Esta es una historia de padres contra hijos?
R. En toda familia hay por lo menos una gran historia. La gran historia de la mía es cómo mi abuelo se queda con el negocio de mi padre y lo destruye. Y cómo los tumbos del tiempo de alguna manera arreglan eso y los reconcilia. Esa ruptura entre ellos condiciona toda la historia posterior de la familia. Es una historia de grandes rupturas y razonables reconciliaciones.
P. ¿Por qué su padre no deja de ser nunca un enigma?
R. Sé lo que hizo, creo entender algunas explicaciones de por qué lo hizo, pero hablando profundamente no sé quién es. Todo el esfuerzo narrativo o la mirada que intenté poner en este libro fue hablar de mis padres como si no lo fueran. Los padres son seres muy míticos. Siempre rodeados de un velo que los hace inalcanzables. Son como nuestros dioses familiares.
P. Dice que es la historia de su familia, pero ¿no es sobre todo la historia de su padre?
R. Tengo un padre ausente y una madre hiperpresente. Fui encontrando la historia completa en la alternancia de las historias. Encontré un universo enorme pero también escombros. Descubrí que realmente mi familia es una familia rota y solitaria.
P. ¿Su relación con su padre marca su relación con sus hijos?
R. Soy un padre ausente, como todos los padres deben ser. El reencuentro con mi padre cambia muchísimo mi relación con mis hijos porque ese vacío era mi gran asignatura pendiente. Era un vacío mitológico, lleno de rencor. Pero el trato con él en los últimos años me enseña que la vida es así y que este no es el señor mitológico que estaba en mi cabeza. Es un ser humano al que estoy ayudando y que tiene muchas cosas que enseñarme. Ese trato cotidiano va destruyendo el espejo maligno. Va abriendo el espacio a un señor que tiene muchos rasgos adorables con el que yo en realidad no tengo nada que saldar. Él no es responsable de mi vida ni yo de lo suya. Y podemos tener una relación de dos personas que son carne de la misma carne pero no son historia de la misma historia.
P. Durante muchos años dice usted que fue un hombre irascible.
R. Era muy impaciente como padre, como pareja, como ser humano. Sufría explosiones un poco torpes que algo tenían que ver con esta cosa de rebelarse ante las imperfecciones del mundo. Reencontrarme con mi padre fue muy reparador.
P. ¿En qué sentido?
R. Caminé con mis padres hacia la vejez. Me reconcilié con la idea de que vamos a morir. Para mí fue una lección estoica verlos irse con tranquilidad de la vida. En muchos sentidos, este libro fue un esclarecimiento y también una cura.
P. ¿Qué significado tiene escribirlo ahora?
R. La fantasía un poco infantil de que les devuelvo la vida. Cada persona que abra este libro puede de alguna manera devolverles la vida.
P. ¿Por qué considera que su historia es arquetípica en México?
R. Tiene que haber como diez millones de hogares mexicanos sin padre. Este país existe porque las mujeres mexicanas han querido que exista. Si fuera por los hombres, esto sería un desastre.
P. En ocasiones se refiere a su padre en la narración como Godot. ¿Es una forma de tomar distancia?
R. Yo no sabía cómo llamarle. Decirle papá era una intimidad que nunca tuvimos. Decirle padre era demasiado solemne. El tema era cómo ir nombrando a este personaje que en cierto modo es un gran desconocido. La solución me la dio Ángeles [Mastretta, su mujer]. Yo lo recordaba a los 12 años como un hombre alto, joven, risueño. Me encuentro en lugar de eso a un hombre encorvado, con el pelo teñido, muy disminuido de sus facultades mentales. Cuando le cuento a Ángeles, me dice que parece un personaje de Beckett, y yo digo, claro, es Godot. Es Godot porque llevo todo una vida esperando que aparezca y aparece. Un Godot imperfecto.
P. ¿Queda algo de superchería en Aguilar Camín? Su padre, tras abandonar a la familia, acaba con una vidente de la época llamada Nelly Sully.
R. Mi superchería son ellas, mi tía y mi madre. Yo las tengo como unas presencias. No es que converse con ellas pero de pronto pasan por mi cabeza. Oigo ruidos inexplicables y pienso que por ahí deben andar. Tengo otra superchería: no sé qué hacer con las cenizas que guardé de mi padre y de mi madre. Tenía pensado juntarlas en un árbol en el sueño pueril de reunir yo lo que ellos separaron. Pero la verdad es que no estoy seguro de que quisieran pasar juntos la eternidad. Estoy en medio de esas decisiones fantasmales.