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jueves, 28 de octubre de 2021

Deborah Kerr, la estrella libre de Hollywood, en cinco películas

Deborah Kerr


Deborah Kerr, la estrella libre de Hollywood, en cinco películas


Javier Ocaña
Madrid, 27 de octubre de 2021

Por el centenario del nacimiento de la actriz, presentamos una selección de sus títulos fundamentales

“El azul de los ojos de Deborah Kerr es el mismo que el de la Gran Vía madrileña de los cincuenta cuando anochecía y se encendían las fachadas de los cines”, escribe José Luis Garci en el libro Deborah, recién editado por Notorius: la entrevista íntegra que el director español hizo a la estrella de Hollywood en Marbella, en 1990. Kerr (Helensburgh, 1921-Suffolk, Reino Unido, 2007), rostro célebre en el cine estadounidense de los años cincuenta tras haber forjado su valía en el británico de los cuarenta, representó en sus películas un modelo de mujer característico: de gran personalidad, a menudo de apariencia fría dentro de un porte elegante, y en connivencia con la sociedad que le había tocado vivir, pero siempre con amplio margen de libertad y señorío, de temperamento e independencia.

sábado, 11 de agosto de 2018

La playa donde surfeaba Deborah Kerr



La playa donde surfeaba Deborah Kerr

Viaje a los veranos en que vimos a la estrella cabalgar las olas y la chica del anuncio de Terry se hizo carne

Ana Alfageme
11 de agosto de 2018

Deborah Kerr pudo ser la primera mujer que practicó surf en España. Y yo la vi. Vestía un traje de baño blanco con florecitas y se ponía de pie sobre las olas del Cantábrico. Nadie sabía lo que era eso en los sesenta. La mirábamos como si viniera de otro planeta, aunque todo el mundo en San Vicente de la Barquera reconocía a la mujer a quien le dieron el beso más erótico (y marino) del cine en De aquí a la eternidad. Mi tía cuenta que la actriz viajó tres años seguidos a aquel pueblo de pescadores cántabro en el que veraneábamos. Mi madre recuerda que tenía un cuerpo espectacular pero que era más guapa en las películas.

Seguramente, al lado de la estrella estaría su marido, el guionista Peter Viertel. En la década anterior mandó traer a Europa la primera tabla de surf. La estrenó en Biarritz. Pero de él nadie se acuerda.

Yo vi a Deborah Kerr, pero como la memoria hace lo que quiere, pensé que en realidad se trataba de Kim Novak y no sé de dónde me saqué que vivía en Francia y venía a San Vicente porque no había playa mejor en el mundo. Para mí aquel arenal kilométrico azotado por el furioso embate del mar era como el edén. Pasaba las mañanas asaltando olas –unas por arriba, las más amenazantes buceándolas- y las tardes, pantalones cortos de espuma con camiseta de perlé, a la sombra de los plátanos en la plaza. Jugábamos los niños veraneantes con los de allí, aunque los odiábamos en secreto: no dormían siesta ni se marchaban en septiembre. Los foráneos ansiábamos andar a todas horas, como ellos, por los callejones con ropa tendida que subían al castillo, mirar a los pescadores remendar redes y vagar por los soportales mientras se asaban las sardinas a la parrilla y el abuelo, que conocía a todo el mundo, invitaba a chatos. Nuestra máxima aspiración era ir a la playa por la tarde, que por entonces, en la época que aquello era Santander, Castilla al Mar, no se estilaba.

Llegábamos a los tres meses de verano después de vomitar en el puerto de San Glorío, que rebasaba una carretera sin asfaltar. Volvíamos a tener náuseas al llegar, porque nos tapábamos los ojos y así nos emocionábamos más al descubrir en la última curva la ría imponente enmarcada en verde y la playa de las olas, y la de la bahía, y el faro y … Entrábamos en tromba al hotel Manila, un caserón de principios de siglo, en busca de la niña francesa que venía todos los años y de la gran habitación con vistas al mar. Trepábamos a los leones que flanqueaban la entrada, mientras nos besaban todos, qué tal el curso, ¿habéis aprobado? Y ya cuando nos plantábamos las chanclas, el verano olía a mantequilla y sabía a sal y a corbatas de Unquera.


Un día aterrizó en nuestro hotel una troupe elegante y atareada que acompañaba a una joven rubia. A todos los niños nos pareció una diosa, pero resulta que ya la habíamos visto por la tele, en el anuncio de Terry. Aquel en el que un señor con patillas toma una copa de balón y el coñac le hace soñar con una amazona a lomos de un caballo tordo cabalgando con las olas de fondo. Fue el primer spot televisivo que rompió en 1964 con la grisura de la publicidad de entonces, en la que, básicamente, las señoras les servían de todo a los señores. El fotógrafo Leopoldo Pomés, que pretendió reflejar a una mujer libre, le metió tanta carga erótica que la gente piensa que la modelo, la pintora de origen húngaro Margrit Cocsis, iba desnuda, cuando en realidad llevaba una camisola blanca.


El aparato catódico de mi infancia era un mueble que cuando abría sus puertas, literalmente, despertaba la magia de poder colarse en un submarino (Viaje al fondo del mar) o viajar a las estrellas (Perdidos en el espacio) todo en blanco y negro y con horario restringido. Estaba en casa de la abuela, o sea, el territorio comanche y no había nada más preciado. Anuncios incluidos.

Pues bien, recuerdo espiar a aquellos extraños en la fiesta que celebraron en una de las terrazas. Vestían de blanco, estaban muy bronceados y admiraban a la musa. En nuestro imaginario, aquella diosa extranjera cabalgaba por la mejor playa del mundo y el equipo estaba allí para inmortalizarla. Nunca sabré si eso ocurrió, pero da igual.




 

Ana Alfageme

Es reportera de El País Semanal. Sus intereses profesionales giran en torno a los derechos sociales, la salud, el feminismo y la cultura. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS, donde ha sido redactora jefa de Madrid, Proyectos Especiales y Redes Sociales. Ejerció como médica antes de ingresar en el Máster de Periodismo de la UAM y EL PAÍS.


EL PAÍS





domingo, 13 de diciembre de 2015

John Huston / La noche de la iguana




Los cuatro revólveres 

de ‘La noche de la iguana’

Huston consiguió un reparto tan estelar como repleto de egos: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon


Alcohol, frustraciones, sexualidad reprimida, miserias... En La noche de la iguana, el dramaturgo Tennessee Williams volvió a combinar el abanico de ingredientes emocionales con los que había estado experimentando a lo largo de toda su carrera. El director John Huston los envolvió en una atmósfera sofocante de aislamiento, calor y humedad, y, entre los dos, cocinaron una obra maestra a fuego intenso.
El guion estaba basado en la obra del mismo título que había triunfado en Broadway con Bette Davis como protagonista. John Huston consiguió un reparto estelar: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, que después de haberse dado a conocer en Lolita se había convertido en el icono de la precocidad sexual. Todos estaban en lo más alto de su popularidad. Consciente del impacto que podría tener la presencia de todas aquellas estrellas en el lugar de rodaje y de la revolución mediática que podrían ocasionar, Huston se decantó por una localización aislada. La película se rodó en la localidad mexicana de Puerto Vallarta que, por entonces, no pasaba de ser una remota aldea de pescadores. El elenco de estrellas se instaló allí durante semanas, en una convivencia que puede que sirviera para que los actores se acercaran al estado emocional de sus personajes, pero que a priori era temible. Una reunión de egos en la que todo hacía presagiar que saltarían chispas, más aún teniendo en cuenta que –todo el mundo lo sabía– no era difícil trazar en aquel grupo conexiones de tipo sentimental. Sin ir más lejos, Peter Viertel, marido de Deborah Kerr, había tenido un lío previo con Ava Gardner. Curándose en salud, antes de viajar a Puerto Vallarta, Huston reunió a sus actores y regaló a cada uno de ellos un revólver Derringer. "Dentro hay unas balas doradas en las que están escritos los nombres de los demás", les dijo. "Si las necesitáis durante el rodaje, utilizadlas, y así me evitáis a mí problemas".
Contra todo pronóstico, nadie echó mano de su arma. Y eso a pesar de que, al parecer, el alcohol fluía a oleadas, con un Richard Burton que desayunaba cerveza y una Ava Gardner que trataba de ahogar la inseguridad que le provocaban algunas escenas. A Puerto Vallarta también se trasladó Tennessee Williams, que ayudaba a Huston cuando este se estancaba con algún diálogo; el novio de Sue Lyon, a quien el director prohibió acercarse al plató porque no dejaba de darse arrumacos con la actriz, y también Liz Taylor, que se instaló allí para acompañar a Richard Burton y que trabó una relación tan estrecha con el sobrino de un vecino que, meses después, volvería para asistir a su primera comunión. En sus memorias Ava Gardner sólo tuvo halagos para la Taylor y, ante tanta armonía inesperada en un rodaje que se preveía tumultuoso, la prensa desplazada hasta la zona no tuvo más remedio que entretenerse escribiendo acerca del lugar. La noche de la iguana supuso un antes y un después para Puerto Vallarta que, a partir de entonces, empezó a transformarse en un centro turístico. "Fue una bendición a medias", diría John Huston años después. “Las playas se llenaron de hoteles y grandes y edificios de apartamentos. Los habitantes se convirtieron en camareros, doncellas y policías. La mayoría de las tiendas están orientadas al turismo, pero el agua es potable, la fiebre tifoidea y el tifus casi han desaparecido. Los niños tienen tantas posibilidades de nacer vivos como en cualquier lugar de Estados Unidos y ahora hay escuelas”.
La noche de la iguana ganó en 1965 los Oscar a mejor fotografía, dirección artística y mejor actriz de reparto, para Dorothy Jeakins. Ava Gardner, sin embargo, ni siquiera consiguió una candidatura. Ganó, eso sí, el premio a mejor intérprete femenina en el Festival de San Sebastián, y hoy todo el mundo coincide en que La noche de la iguana es una de sus mejores interpretaciones. Un gran texto de Tennessee Williams. Una de las grandes películas de John Huston.



jueves, 18 de octubre de 2007

Deborah Kerr, de aquí a la eternidad

 

Deborah Kerr y Burt Lancaster
De aquí a la eternidad

Deborah Kerr, de aquí a la eternidad

La escocesa que sedujo a Hollywood con su talento camaleónico muere a los 86 años


Nueva York
18 de octubre de 2007

El beso adúltero de Deborah Kerr y Burt Lancaster abrazados por las olas en una playa desierta en De aquí a la eternidad quedó cincelado en las grandes pasiones del cine. La inolvidable protagonista de aquella película que con su controvertido papel de esposa hambrienta de atención y sexo escandalizó al puritano estadounidense medio de los años cincuenta, falleció el martes en Suffolk (Reino Unido) a los 86 años víctima de la enfermedad de Parkinson. Hacía tres décadas que se había retirado del cine tras una carrera que comenzó en Inglaterra pero floreció en Hollywood y que además de aquel mítico beso incluyó más de cuarenta películas, entre ellas títulos imprescindibles como La noche de la Iguana, de John Huston; Narciso negro, de Michael Powell y Emeric Pressburger; Julio César, de J. L. Mankiewicz, o Té y simpatía, de Vincente Minnelli.

Fue una artista de impecable gracia y belleza, dedicada a cultivar la perfección
Al principio de su carrera fue encasillada en papeles de dama decente e intachable


Nació en un pueblo escocés y a los cinco años se mudó con su familia a Bristol (Inglaterra). Allí comenzó en el ballet. "Cuando me di cuenta de que nunca sería la nueva Margot Fonteyn me presenté a una audición de teatro y me cogieron", declaró en una entrevista al Chicago Tribune en 1986. De los pequeños papeles de repertorio en los teatros londinenses dio el salto al cine durante la II Guerra Mundial. Su primera interpretación importante en Major Barbara (1940), en la que encarnaba a una mujer caritativa, marcaría su primera etapa como actriz, donde Kerr fue encasillada en papeles de dama decente e intachable, la personificación del ideal británico de la época. Según declaraciones de Lawrence Olivier de entonces, además, tenía fama de ser "irrazonablemente casta". Con la Narciso negro, en la que interpretaba a una monja con instintos demasiado carnales para su condición, mostró el abanico interpretativo de la actriz, que fue invitada a dar el salto a Hollywood en 1947.

En apenas tres años conseguía su primera candidatura al Oscar por Edward, mi hijo, de George Cukor. A lo largo de su carrera conseguiría otras seis (por De aquí la eternidad, El rey y yo, Sólo Dios lo sabe, Mesas separadas y Tres vidas errantes) y ninguna estatuilla. En 1994, años después de retirarse, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas decidió hacerle justicia otorgándole un Oscar honorario como a "una artista de impecable gracia y belleza, una actriz dedicada que a lo largo de toda su carrera siempre ha defendido la perfección, la disciplina y la elegancia".

Su papel en De aquí a la eternidad junto a Burt Lancaster -con quien supuestamente mantuvo un romance durante la película que hizo que aquel tórrido beso en la playa se mitificara aún más-, fue la puerta definitiva hacia una amplia gama de papeles que la convirtieron en una de las actrices esenciales de los cincuenta. "Era una época de arquetipos: había mujeres que eran sex-symbols como Marilyn Monroe y otras que ejercían de grandes damas como Audrey Hepburn. Deborah Kerr podía ser las dos", aseguraba ayer en declaraciones a Los Angeles Times Jeanine Basinger, autora del libro A Woman's view: how Hollywood spoke to women.


Kerr alternó Hollywood, donde todos los grandes directores quisieron trabajar con ella -desde Elia Kazan a Otto Preminger- con Broadway, donde también cosechó varios éxitos.


Otro beso, el que le daba a Cary Grant en Tú y yo, en 1957, del que se hablaba en el remake de la misma película hecho en 1993 (Algo para recordar), le hizo declarar entonces, ya retirada de la profesión: "Cary y yo sabíamos cómo besar. Cuando hacíamos una escena de amor no nos intentábamos engullir el uno al otro, pero por esos breves instantes, nos amábamos. Creo que entiendo lo que las mujeres ven en esa película. Hay una dulzura muy atractiva y que está alejada de la crudeza de hoy. Les hace entender que el mundo ha perdido algo entrañable".


Deborah Kerr vivía en Marbella desde hacía más de 35 años, junto con su marido Peter Viertel, guionista de La reina de África, entre otros clásicos, con el que contrajo matrimonio en 1960. Residían en una pequeña casa pegada al campo de golf Río Real, aunque la pareja también pasaba pequeñas temporadas, sobre todo en verano, en otra vivienda que poseían en Suiza, informa desde Marbella Juana Viúdez.


Nada era lo mismo sin su "amiga", declaró en julio a este periódico Viertel, pues ése era el modo al que se refería a Kerr continuamente. "Está en una fase muy desagradable de la enfermedad, es muy duro para nosotros". De sus frases se deducía que la actriz, conocida por su belleza, prefería que se la recordase por sus trabajos cinematográficos. Aseguraba que hablaba castellano mucho mejor que él y que con su simpatía hacía que fuera fácil vivir en cualquier lugar. "Conquistaba a todo el mundo". Ambos son muy queridos en Málaga y Kerr incluso daba nombre a una calle de la urbanización en la que residían.


EL PAÍS


Deborah Kerr / Un beso que se adelantó a su tiempo

Deborah Kerr y Burt Lancaster
De aquí a la eternidad


Deborah Kerr

Un beso que se adelantó a su tiempo


ELVIRA LINDO
18 de octubre de 2007

Hay artes que se aprecian con el tiempo. El juicio juvenil, tendente a admirar la belleza en su sentido más obvio, no suele apreciar cierto talento. El arte de la interpretación de esta actriz, Deborah Kerr, está seguramente inscrito en toda esa lista de tesoros que nuestros ojos juveniles no podían disfrutar del todo. A la Academia de Cine americano le debió pasar lo mismo porque, siendo una actriz respetadísima, nunca la consideró merecedora de un Oscar. Mejor dicho, se lo concedió cuando ya no quedaba más remedio, al final de una carrera plena de interpretaciones preciosas. Desde siempre recuerdo a Deborah Kerr pero mis ojos de niña o adolescente preferían a las actrices más arrebatadas o más guapas. Ahora, mi experiencia me permite disfrutar de toda la sutileza de su estilo. Una sutileza que la encasilló en papeles de mujer contenida y atormentada y de la que ella intentó zafarse atreviéndose a protagonizar ese De aquí a la eternidad, que contiene una de las escenas más calientes del cine de esa época y de ésta, en la que lo caliente siempre parece estar relacionado con lo obvio. La Kerr era de todo menos obvia y previsible, y todos los papeles que interpretó están abordados de una manera muy moderna, que la enmarca más en el naturalismo de los grandes actores de ahora mismo, que afrontan la naturaleza de los personajes no sólo desde lo que dice sino también en lo que se contiene y se calla.


 

Los grandes directores supieron ver el talento de esta actriz con formación teatral -lo cual siendo una actriz inglesa significa poseer una gran preparación- y no es casualidad que John Huston, Mankiewicz, Zinnemann o Jack Clayton se rindieran a esta mujer de belleza nada estridente y tan rica en unas emociones interiores que la hacían apropiadísima para interpretar a personajes de grandes turbulencias psicológicas. Aunque los buenos títulos que protagonizó son muchos y serán en estos días reseñados por los expertos, yo, como simple admiradora, me quedo con dos momentos y papeles que guardo como esenciales en mi memoria cinematográfica y que compartiré con muchos espectadores: el tórrido beso en De aquí a la eternidad con Burt Lancaster en la playa, donde todo lo que puede expresarse sobre el deseo sexual está en esos dos cuerpos mojados sobre la arena, y la inquietante personalidad de la institutriz de Otra vuelta de tuerca, de la que no llegamos a discernir si está en esa casa para aterrorizar a unos pobres inocentes o si está inocentemente aterrorizada. Tuvo la suerte de protagonizar películas eternas, de esas que han superado con toda justicia la criba del tiempo, y las supo enriquecer con la fuerza de un raro, nada usual atractivo. Demostró su capacidad de interpretar papeles muy diversos aunque creo que hay algo que le hubiera resultado imposible: desprenderse de su delicada feminidad y de una tremenda elegancia. Dicen que ha muerto sin recuerdos, sin saber que ella era Deborah Kerr.




Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.


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