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| Ilustración de Asako Masunouchi |
Cinco novelas crueles
Estas obras cultivan las costumbres sanguinarias del videojugador y del espectador contemporáneo de series y cine de acción. La familia ocupa una posición central
Justo Navarro
16 de octubre de 2014
Son crueles las cinco novelas que he leído estos días. Crueldad viene del latín cruor, sangre derramada, a la vista. Son novelas feroces, es decir, partícipes de una fértil tradición mítica. Las cinco comparten, por ejemplo, una manía por los ojos. En una, un médico se limita a dilatar con atropina las pupilas de un sujeto para que parezcan las de un muerto. En las otras cuatro, los verdugos se hacen eco de antiguos libros sagrados. Me recuerdan a los caudillos bíblicos que saltaban el ojo derecho de todos los hombres de un pueblo, a los filisteos que cegaron a Sansón, al mandato del Sermón de la Montaña: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo” (San Mateo, 5, 29).
La americana Karin Slaughter (1971) sigue contando en Pecado original las aventuras de Will Trent y Faith Mitchell, policías en Atlanta (Georgia). Los criminales han secuestrado a la madre de Mitchell, jubilada que también fue policía y desenmascaró a una banda de policías bandidos, sus compañeros. Hay también policías en Un millón de gotas, del español Víctor del Árbol (1968): la subinspectora Laura Gil, sospechosa de liquidar al mafioso ruso que mató a su hijo, se suicida de un tiro en el estómago. El hermano de la subinspectora, abogado, no cree que su hermana sea una asesina y se convierte en investigador.

