Mostrando entradas con la etiqueta Valery Larbaud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valery Larbaud. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de enero de 2025

Enrique Vila-Matas / Píntala otra vez

 


Harvey Keitel y William Hurt, en 'Smoke', con guion de Paul Auster.
Harvey Keitel y William Hurt, en 'Smoke', con guion de Paul Auster.


Píntala otra vez

El primer heterónimo de la literatura moderna lo creó Valery Larbaud, que se anticipó seis años al primero de Pessoa


Enrique Vila-Matas
ENRIQUE VILA-MATAS
20 ENE 2025 - 23:30 COT


Pero la gente cambia, ¿no? Ahora somos una cosa y luego otra. Incluso al que comenta que está cambiando el mundo, la hora en su reloj también le cambia, porque un reloj nunca es retrógrado. Las ciencias cambian que es una barbaridad, decía Don Hilarión y, sin embargo, muchos siguen creyendo en el concepto de escritor compacto, sin fisuras. Es como si no hubiera comenzado a difuminarse ese concepto de escritor de una sola pieza que desmitificó Pessoa al fraccionarse en una serie de personajes heterónimos. Qué estrategia, por cierto, tan hábil la suya: intérprete puntual de la crisis del sujeto moderno y de sus certezas, trasladó a su obra una otredad múltiple que atribuyó a su desorientación existencial.

lunes, 5 de junio de 2000

Enrique Vila-Matas / El regresó de Valery Larbaud

Valery Larbaud


El regreso de Valery Larbaud ENRIQUE VILA-MATAS

ENRIQUE VILA-MATAS
05 MAY 2000 - 17:00 COT


Hace 102 años, en la primavera de 1898, un joven Valery Larbaud, en compañía de su madre, pasó por Barcelona al término de un largo viaje por España. No sé por qué nunca había imaginado a Larbaud paseando por Barcelona. He averiguado que estuvo en esta ciudad al consultar yo los pocos libros que de él se han traducido entre nosotros. Los he consultado a modo de alegre fiesta privada, celebrando que en la villa ducal de Montblanc, en Tarragona, la editorial Igitur se haya decidido a publicar -traducción y epílogo de Ricardo Cano Gaviria- una de las joyas literarias que Larbaud nos legó: Enfantines, aquí traducida con el título de De la tierna edad.Hoy que tanto se habla de Pessoa conviene que se sepa que Larbaud, con la creación de Barnabooth -joven millonario y huérfano, de origen suramericano, autor de poemas que parecen vagones de trenes de lujo por una Europa iluminada-, se adelantó nada menos que seis años al primer heterónimo de Pessoa. En realidad, el de Larbaud fue el primer heterónimo de la literatura moderna.

En De la tierna edad el lector encontrará la voz leve y densa -llena de matices y sutilezas, y suficientemente bien educada para, siéndolo, no parecer profunda- de este autor cuyos más altos logros están arraigados en su tierra de infancia. Esa tierra de infancia -una edad vista como un verano de deberes escolares truncados por la adversidad de hacerse mayor- no le abandonó nunca, y menos aún le había abandonado cuando con 17 años pasó por Barcelona. "Era el año del desastre colonial", se lee en su Diario alicantino, "en que la peseta estaba bajísima, las tropas vencidas regresaban de Cuba, de Puerto Rico y Filipinas, y cuando los últimos vestigios de la potencia marítima española se habían desvanecido". Recuerda Larbaud la impresión que le causaron los repatriados con sus pobres uniformes coloniales hechos de una tela amarillenta con rayas negras o azul oscuro. Y recuerda cómo en Barcelona, al final de las Ramblas, dos de esos repatriados, dos hombres de los que cabía suponer que no hacía mucho "habían sido brillantes lanceros de Filipinas", intentaron venderle a su madre dos puros que traían de Manila.

Es probable que los dos puros de Manila marcaran, entre otras imágenes inolvidables, el inicio de su historia de amor con la cultura española, una cultura con la que fue muy generoso -traductor al francés de Gómez de la Serna y de Gabriel Miró y difusor empecinado de obras de D'Ors y de Unamuno-, mucho más de lo que ésta lo ha sido con él. Porque casi parece mentira que se hayan traducido tan pocas de sus obras y que éstas, además, sean prácticamente inencontrables. Por eso no puedo más que alegrarme de que en Montblanc se acuerden todavía de él, de este singular escritor que tenía la manía de sacar brillo a lo empañado y a la luz lo que ha sido relegado a la sombra.

Ojalá que la aparición de De la tierna edad pueda contribuir a devolver luz a la figura de quien lleva entre nosotros tanto tiempo relegado a la sombra, a la figura de quien, en su visita de 1898, quedó impresionado por Barcelona, sobre todo al descubrir la cuestión catalana y ver que la ciudad no era sólo la segunda de España, sino muchísimas cosas más. Se llevó una sorpresa con Barcelona y juzgó que ésta era la más grande y más moderna de las ciudades mediterráneas, incluida Nápoles. Optimista por naturaleza, Larbaud dejó escrito que si se modernizaba un poco más el vagón de tercera que Barcelona aún era, la ciudad podía acabar convertida en el modelo más perfecto de vagón existente en Europa. Y ya de vuelta a su Vichy natal -al que alguna vez llamó Cretinville-, escribió que se había enamorado de Barcelona como se enamora uno de un nuevo autor que sabe expresar los pensamientos que se habían formado vagamente en nuestro espíritu.

A Larbaud le encantaba descubrir escritores olvidados -rehabilitó la figura de Scéve, el Góngora francés- y también nuevos autores -fue el primer europeo que habló de Borges cuando éste sólo tenía 25 años-, y merecería ahora, con su reaparición en Cataluña de la mano de sus Enfantines, que supiéramos sacarle brillo a su figura injustamente empañada, esa figura de paseante barcelonés al que intentaron venderle dos puros de Manila.

EL PAÍS 




domingo, 4 de junio de 2000

Joan de Sagarra / El amigo Valery Larbaud

 



El amigo Valerio 

JOAN DE SAGARRA
03 JUN 2000 - 17:00 COT

Mira por donde una fotografía de Valery Larbaud vuelve a aparecer en esta página en menos de un mes. La primera vez que salió publicada su fotografía -un retrato de 1915, realizado por Léon-Pau Fargue- fue ilustrando una crónica de Enrique Vila-Matas (El regreso de Valery Larbaud) del pasado 6 de mayo; la que ahora publicamos es de 1911, de autor desconocido, al menos para mí.La crónica de mi primo Enrique sobre Valery Larbaud, sobre su regreso, partía de la reciente edición que se ha llevado a cabo en la villa condal de Montblanc, en Tarragona, de la traducción, traducción y epílogo, a cargo de Ricardo Cano Gaviria, de -cito a Enrique- "una de las joyas literarias que Larbaud nos legó": Enfantines (1918), editada por Igitur con el título de De la tierna edad.

A raíz de esa joya -joya de texto y de traducción-, Enrique situaba al joven Valery Larbaud en la Barcelona de fin de siglo (llegó por primera vez a la Gran Encisera con su madre, en 1898, con 17 años recién cumplidos) y nos contaba el gran efecto que le produjo nuestra ciudad, a la cual no vacilaría en augurarle, pocos años después, la capitalidad de Europa. Barcelona, capital industrial de una España que es, escribe Larbaud en 1918, "le plus grand des quelques pays européens qui survivent intacts au milieu de l'éclipse quasi totale de la civilisation européenne". ¿Era Barcelona, en 1918, la capital del mayor país europeo al término de la I Guerra mundial? La verdad, me cuesta creerlo. Pero, en fin, me imagino que esto debió de escribirlo Larbaud en la terraza del Colón tras haberse bebido una tercera botella de champaña.

Después de aquella primera visita con su madre, en 1898, Larbaud volvió a Barcelona en dos o tres ocasiones, ya sin la madre, afortunadamente (era posesiva e intratable). En 1909, una noche de mayo o de junio, cena en el Café Suizo, donde conoce a una mujer, Rosa Kessler, en la que se inspirará para escribir Rose Lourdin, el primer relato que abre Enfantines. ¿Quién le llevó al Suizo? Tal vez fuera Josep Maria Junoy. ¿Por qué? Pues porque mi buen amigo el profesor Narcís Garolera, editor de la Obra Completa de mi padre, me hace llegar un artículo de éste, titulado Valery Larbaud y aparecido en La Publicitat el 15 de abril de 1923, en el que mi padre, saludando la llegada, aquel mismo día, de Larbaud, escribe: "Fa cosa de 10 anys que coneixem a Valery Larbaud. Aleshores, aquest agudíssim tastador de paisatges i sensacions, rodava pels carrers de Barcelona acompanyat del nostre estimat amic Josep Maria Junoy".

En su artículo, mi padre dice que "en els plecs de la seva boca hi ha una certa ressemblança amb aquella altra boca dura i imperativa del dictador Mussolini"; se deshace en elogios del Diari íntim de Archibald Olson Barnabooth, la obra de Larbaud sobre la que al parecer, según cuenta mi padre, López-Picó ya ha informado sobradamente a los lectores de La Publi, y acaba así: "Aquest poeta extraordinàriament sensible, aquest observador agut, sap veure i estimar el nostre cel, la nostra pedra i la nostra muntanya. Aturem un moment la nostra lluita àcida, la nostra febre cotidiana, i amb un polit somriure desitgem a Valery Larbaud la dolça benvinguda".

No creo que volviese a Barcelona, al menos no me consta. En 1952 o 53 le descubrí en la biblioteca de mi padre: "Prête-moi ton grand bruit, ta grande allure si douce, / Ton glissement nocturne à travers l'Europe illuminée / O train de luxe...". Me hechizó. Se lo comenté a mi padre. "¿Lees a Valerio?", me dijo. "¿Por qué Valerio?", le pregunté. Y mi padre me contó que así era como le llamaba Ramón, Ramón Gómez de la Serna, amigo de Larbaud -al que descubrió y tradujo en Francia- y buen amigo de mi padre. Y desde entonces le llamo Valerio, el amigo Valerio.

Murió en 1957. La NRF le dedicó un hommage en el que estaban todos los que debían estar: Saint-John Perse, Supervieille, Cocteau, Schlumberger, Arland, Martin du Gard, Nimier, Morand, Mandiargues... y en medio de ese jardín de flores un artículo de la señora Mathilde Pomès -Valery Larbaud et l'Espagne- en que lo trataba de criatura débil, generosa en exceso e inexperimentada, que se dejó burlar por Ramón y que en los tres años que pasó en Alicante se convirtió en la burla de las niñas bien y aceptó la tertulia de gentes sin cultura, a excepción del poeta Salinas (que era un crío y sólo fue a verle una vez). Un texto innoble con las gentes de Alicante, amigos de Valerio, con Miró, con Esplà, con Ramon Vinyes, que fueron sus amigos y contertulios en Alicante, entre 1917 y 1920.

¿Quién se acuerda hoy de Valery Larbaud, "agudíssim tastador de paisatges i sensacions", maestro de traductores, patrono indiscutible de la literatura europeísta de este siglo que se acaba? ¿Quién se acuerda del amigo Valerio, del Suizo, de Josep Maria Junoy, de López Picó, de la tortuga del Ateneu...?

Puestos a acordarse, ni en Alicante se acuerdan. Acabo de llamar a mi cuñado Paquito preguntándole si en el callejero de Alicante figura alguna plaza, avenida, paseo, calle o callejón con el nombre de Valery Larbaud, o del amigo Valerio, y la respuesta es ésta: "No figura ninguna calle con ese nombre".


EL PAÍS 



sábado, 3 de junio de 2000

Valery Larbaud / El centenario silenciado de un erudito

 


Larbaud: el centenario silenciado de un erudito

LUIS ANTONIO DE VILLENA
13 OCT 1981 - 18:00 

Para muchos su nombre será, tal vez, el de un «enamorado de España», país que recorrió a menudo y en el que residió largamente, traductor de Ramón Gómez de la Serna y autor de una novela -Fermina Márquez- de nombre español. Para los más selectos, Larbaud (cuyo primer centenario se celebra este año; había nacido en Vichy el 29 de agosto de 1981) será el poeta tocado despleen y cosmopolitismo, él, riche amateurque recorría la iluminada Europa nocturna en trenes de lujo, de Madrid a Estambul, como el millonario alter ego de sus poemasA. 0. Barnabooth.





Sería para estos últimos Valery Larbaud la imagen del «mundano», del hombre que, sin desdeñar ninguna particularidad singular (es más, cultivando todo «lo singular»), aspira a una cultura internacional, sin fronteras, a un mundo de grandes horizontes y grandes orígenes, hermoso ideal de entreguerras, tal vez perdido hoy entre los pobres nacionalismos que nos amenazan.

Pero, siendo todo lo que antecede verdad, se nos escaparía en tal bosquejo el mejor Valery Larbaud, posiblemente no sin placer suyo, pues dijo en un poema que «escribía siempre con una máscara en el rostro ... ». Y es que el mejor Valery Larbaud es ante todo un bon vivant -en cierto modo, y salvando estilos- como Lezama Lima. Alguien que pretendió la vida como placer, y como placer, asimismo, la literatura. Las muchachas jóvenes, los climas cálidos, los viajes de lujo por una Europa idéntica y distinta, los libros -los clásicos y los modernos-, el gusto por las palabras, se mezclaban en él con la afición -tan de los años veinte- al cóctel, a la buena mesa, a un afán voluptuoso por devorar, conocer, aprehender.

Epicúreo tentado por una curiosidad universal, Larbaud creó un heterónimo, al que adjudicó una singular y bella colección de poemas (Poesies de A. O. Barnabooth), en la que el nuevo versolibrismo se alía con cierta tradición decadente. Escribió relatos de título acertadísimo (Belleza, mi hermoso deseo o Amantes, felices amantes, por ejemplo) y libros de viaje y erudición amena, donde el amor -mezclado, ya he dicho, a muchachas, filología o ciudades- se entremezcla con un estilo limpio y fácil, lleno siempre de referencias, que recuerda a Emontaigne, también por su hedonismo, y que el propio Larbaud -modesta y acertadamente- llamó «un poco de prosa francesa».

Pero hay más. Descubrió a los francese a un raro poeta del siglo XVI, Maurice Scève, piedra angular del preciosismo; tradujo a Samuel Butler, a Gabriel Miró, a Gómez de la Serna, y el Ulises, de Joyce, en colaboración con el autor mismo, y escribió un excelente libro sobre el arte de lá traducción y los traductores (Bajo la invocación de san Jerónimo), editado por primera vez en 1945.

¿Se trata, pues, de una «figura menor»? No, al menos en el sentido peyorativo que se suele dar en español al dicho. En Larbaud «lo menor, la ausencia, pudiéramos decir, de un gran propósito, no es sino un rasgo de estilo. Y él que fue también el primero en escribir internacionalmente sobre Borgegpudo asimismo decir que se imaginaba el paraíso «bajo la especie de una biblioteca».

Murió en 1957, pero desde 1935 (en que sufrió una hemiplejía) vivió afásico y casi sin movimiento. Le gustaba que le visitasen muchachitas -se dijo- y se entretenía leyendo La Ilíada e incontables y variados diccionarios.

EL PAÍS