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martes, 28 de marzo de 2023

Manuel Rodríguez Rivero / Sobre amores y -perdón- excrementos


Ilustración de Max

Sobre amores y —perdón— excrementos

Las cartas de amor de los escritores despliegan los detalles más íntimos de la seducción

James Joyce y Nora Barnacle (su apellido significa “percebe”, lo que quizás explique por qué nunca le abandonó) tuvieron su primera cita el 16 de junio de 1904, fecha que eligió el escritor para situar la acción de Ulises. El 4 de agosto del mismo año, menos de dos meses después del célebre encuentro, Nora recibió una carta de su enamorado en la que le decía: “Por los poderes apostólicos que me ha otorgado su santidad el Papa Pío X por la presente le doy permiso para acudir sin faldas a recibir la Bendición Papal que tendré el placer de otorgarle”. Como ven, la relación avanzó deprisa. Y a lo bestia. Adoro las cartas de amor de los escritores, sobre todo aquellas en las que se despliegan, ante los ojos de quien nunca debería leerlos, los detalles íntimos de la seducción, el recuerdo (o el conjuro) de las satisfacciones más carnales. Me siento como una especie de voyeur al que hubieran concedido el privilegio de observar sentimientos no impostados, privadísimos, incluyendo las tácticas y estrategias imaginadas para propiciar el encuentro amoroso.

martes, 15 de septiembre de 2020

Dennis Lehane / Después de la caída




“Siempre suya, Atormentada”




Dennis Lehane
DESPUÉS DE LA CAÍDA

Manuel Rodríguez Rivero
2 de noviembre de 2018

Uno de los autores que se llevó en el equipaje la editora Anik Lapointe en su viaje desde la serie negra de RBA a la serie Black de Salamandra fue Dennis Lehane. Gracias a su presencia en los catálogos de las dos editoriales podemos disfrutar en español de casi toda la obra del escritor y guionista bostoniano, cuyas novelas suelo leer tan pronto llegan a mis manos.

De ellas recuerdo con especial cariño Desapareció una noche (1998), adaptada al cine con no demasiada fortuna por Ben Affleck con el título de Adiós, pequeña, adiós (2007); Mystic River (2001), llevada espléndidamente a la pantalla (2003) por Clint ­Eastwood, y Shutter Island (2003), de la que Scorsese realizó una película (2010) perturbadora, aunque no a la altura de sus obras maestras. Al cine le gusta Lehane, como demuestra la abundante filmografía basada en sus obras, y a Lehane le gusta el cine: los episodios de The Wire escritos por él destacan en una serie en la que abundaron los buenos guiones.
Quizás incluso le guste demasiado. Hacia la segunda mitad de su última novela, Después de la caída (Salamandra), cuya primera parte es un prodigio de suspense psicológico, se nota que Lehane ya estaba pensando en una película (de hecho, ya había vendido los derechos a DreamWorks): el ritmo se fragmenta y bifurca en episodios encadenados y falsos callejones que no llevan a ninguna parte, mientras que el final adolece de apresuramiento y cabos sueltos. La historia se centra en la reportera televisiva Rachel Childs, un personaje atormentado con problemas de identidad (¿quién fue su padre?, ¿quién es, en realidad, su marido?) y graves conflictos morales (sus reportajes sobre el terremoto de Haití, en el que se niega a embellecer la horrible realidad tal como le exigen sus jefes; su sentido de culpabilidad por el asesinato de una niña) que le conducen a un estado de pánico y aislamiento de los que tarda mucho en recuperarse.
Y cuando lo logra, se ve inmersa en un escenario en el que verdad y apariencia son las dos caras de una realidad que se le escapa. La novela, que se inicia con un aldabonazo (“un martes de mayo, a los 35 años de edad, Rachel mató a su marido de un disparo”), transcurre en Nueva Inglaterra —Boston, Providence, Maine—, y se lee bien a pesar de sus excesos episódicos y del abuso de las intuiciones y premoniciones del “cerebro reptiliano” de su protagonista. Quizás, esta vez, la película sea mejor que la novela.

martes, 28 de mayo de 2019

Haruki Murakami / Indecencias



Haruki Murakami

Indecencias


MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
3 AGO 2018 - 11:08 COT
Siempre he pensado que Haruki Murakami, el más hype de los aspirantes al Nobel (a ver si le cae pronto y a mi amigo Juan Cerezo, su actual editor, le ponen en Planeta la estatua que se merece), nació con una flor en el trasero. Las autoridades hongkonesas han declarado indecente su última novela, La muerte del comendador, cuya primera entrega (de dos) Tusquets publicará en octubre. Y es que hasta Hong Kong llega la mano censora del régimen de Xi Jinping, el más estalinista de los últimos líderes chinos. La declaración de indecencia —a cuenta de alguna escena sexual— significa que el libro se publicará en todo el mundo con un plus de publicidad gratuita (esta mía incluida). Por lo demás, los que lo han leído afirman que, además de recordar a su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1997), ofrece más de lo mismo, o sea, según los paratextos, “una historia adictiva e inquietante en torno a la soledad, el amor, el arte y el mal”. Todo ello, claro, con el “toque Murakami”, con su poquito de realismo mágico, su misterio, sus azares y sus homenajes a fetiches culturales (esta vez a El gran Gatsby y a Mozart). Todo muy sensible y elegante. Como era de esperar.
EL PAÍS





CUENTOS




miércoles, 20 de marzo de 2019

Manuel Rodríguez Rivero / Listas



Manuel Rodríguez Rivero

LISTAS

15 MAR 2019

A pesar de que los anglosajones no fueron los inventores de las listas (recuérdese el catálogo de las naves aqueas, que ocupa 350 versos de la Ilíada y que resulta tan extenso que hace exclamar al improbable bardo: “La multitud contar yo no podría ni tampoco nombrarla aunque tuviera diez lenguas y diez bocas”), fueron ellos los que han llevado el arte y la pasión de las listas a su perfección. Desde que inventaron la de los best sellers, cada semana aparecen o se publican listas de los mejores thrillers, las mejores novelas románticas, los ensayos imprescindibles, los inevitables libros de autoayuda o de cocina, o las guías necesarias para coger setas (quiero decir tomar, para que no se rían mis amigos argentinos a cuenta del vegetal estupro). Lo que podríamos llamar elencofilia o elencomanía —y su correlato, la elencofobia— es una de esas enfermedades que la tecnología ha hecho virales: hoy, si no formas parte de alguna lista, no existes, y todo el mundo hace listas de algo. El joven Jay Gatsby la hacía de sus buenos propósitos, y he visto a muchos lectores llevando confiadamente la suya, basada en las siempre problemáticas opiniones de los reseñistas, a las casetas de Sant Jordi o de la Feria del Libro.
La última lista de libros de la que he tenido noticia me ha resultado particularmente curiosa: se refiere, una vez más, a las 100 “mejores novelas del mundo”, y la ha elaborado la Online Computer Library Center (OCLC), una gigantesca cooperativa de gestión de catálogos bibliotecarios que se ha basado para elaborar su lista en las novelas que estaban más presentes en 18.000 instituciones asociadas. El resultado tiene un inevitable aroma anglosférico, pero hay un dato contundente: la “mejor” novela del mundo es El Quijote. Le siguen, qué cosas, Alicia en el país de las maravillas y, después, obras de Twain y Stevenson —es decir, las que demandan los lectores jóvenes—. La primera novela francesa en la megalista es Madame Bovary, en el puesto 23º; el Ulises ocupa el 47º, y el segundo libro escrito en español —adivinen— es Cien años de soledad, en el 54º. Ahora les toca jugar a ustedes: elaboren, por ejemplo, su lista de las 10 peores novelas de 2018. Las hay por arrobas.

martes, 19 de marzo de 2019

Antonio Muñoz Molina / Esperando el fin del mundo


Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Esperando el fin del mundo

En ‘Tus pasos en la escalera’, el lector deberá descubrir el enigma a lo largo de un sostenido suspense en el que resplandece la mejor prosa de Muñoz Molina


MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
15 MAR 2019 - 12:48 COT


Un hombre espera. A su mujer, que está regresando a casa, y el fin del mundo. La mujer es una científica que realiza experimentos con ratas para investigar los mecanismos de la memoria y el miedo. En cuanto al (¿próximo?) fin del mundo, el hombre ya ha vislumbrado alguna señal: el 11-S, él y su mujer estaban en Nueva York y caminaron por calles oscurecidas por ceniza que todavía olía a materia orgánica quemada. Hay otras señales ominosas: ex­tinción de las especies, cambio climático, invasión de insectos depredadores, migraciones humanas, sátrapas, Trump; incluso la luna roja del eclipse no augura nada bueno.

Para esperarlos —a la mujer, al apocalipsis—, el narrador de Tus pasos en la escalera (Seix Barral), la adictiva última novela de Antonio Muñoz Molina, hace acopio de todo lo necesario, como Nemo en su misteriosa isla o Robinson en la suya. Espera en Lisboa, en un apartamento —réplica del que habitaba con Cecilia, su mujer, en Nueva York— donde ha acumulado víveres, libros, música, y en el que ha dispuesto todo a gusto de la esperada. Y sin embargo, como el almirante Byrd, que se sepultó voluntariamente en una cueva de hielo de la Antártida para recabar datos científicos, un día tiene la impresión de que a él también se le ha olvidado algo esencial. El tiempo y el espacio se confunden, las dos ciudades de referencia se difuminan, el narrador se hace menos fiable, los escenarios familiares adquieren cualidades fantasmagóricas, los escasos personajes con los que se relaciona se manifiestan como conspiradores. El lector deberá descubrir el enigma a lo largo de un sostenido suspense en el que resplandece la mejor prosa de uno los más brillantes escritores hispánicos, una prosa a la vez eléctrica y contenida, llena de resonancias, eficaz, en la que se perciben ecos de Schnitzler, OrwellMontaigne, e imágenes de tantas películas amadas.

EL PAÍS




domingo, 10 de marzo de 2019

Don Winslow / Algunas alegrías lectoras



Algunas alegrías lectoras

Winslow me parece un maestro, uno de esos gigantes literarios que reducen a añicos el género

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
1 MAR 2019 - 13:19 COT

El entusiasta descubrimiento de Don Winslow por Antonio Muñoz Molina, tal como refería la pasada semana en su columna vecina, me sorprendió leyendo el tremendo, adictivo, fascinante centón (958 páginas) La frontera (HarperCollins),última entrega de esa trilogía (admite lectura independiente) a cuyas dos anteriores, El poder del perro (2005; en DeBolsillo) y El cártel (2015; bolsillo RBA) se refería el autor de El jinete polaco. De entrada, y para mojarme como si me hubiera caído vestido en la piscina, les diré que Winslow me parece un maestro, al menos por esos tres libros, que son los únicos de su extensa producción que he leído. Uno de esos gigantes literarios que reducen a añicos el género en que las editoriales inscriben sus libros para, pura y simplemente, regalarnos gran literatura. AMM mencionaba a propósito de Winslow —del que Oliver Stone llevó al cine (2012) su novela Salvajes (2010)esa “ambición tolstoiana” que convierte el relato novelesco en toda una visión del mundo. Winslow ha contado como nadie el complejo universo fáctico y moral del narcotráfico mexicano y, de paso, de las circunstancias, económicas, políticas, sociales, en que se han enmarcado sus sucesivos avatares. En La frontera, el libro más salvaje y descarnado de la trilogía, retoma al ya maduro Art Keller, ahora máximo responsable de la DEA —y después de tantas batallas, un luchador cansado, como el Smiley de Le Carré—, para intentar poner freno a la lucha por la sucesión de Adán Barrera, su némesis en los libros anteriores. La guerra más cruel estalla entre Los Hijos, vástagos de una generación que fundó el imperio y lo dividió en taifas de la droga, y cuya estela de caos y miedo asumen con tanta o más ferocidad en su despiadado delirio de poder. Pero Sinaloa y los demás cárteles rivales no pueden subsistir sin Wall Street y sus representantes en la esfera política de la nación más poderosa: el libro de Winslow, de lectura febril y fraseo eléctrico y preciso (a pesar de que en la traducción se pierda la fuerza de las jergas del narco), pero exigente y nada lisonjero, termina siendo una especie de alegato político en el que las fronteras físicas y morales tienen como referencia ineludible a Trump y la más “rabiosa” actualidad. Si no quieren pasarlo mal (¡y tan bien!) navegando por este libro salvaje y caudaloso, no cometan el error de comprarlo. Y si lo hacen, más vale que lo empiecen cuando no tengan que poner el despertador.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Manuel Rodríguez Rivero / Los novelistas y la mercadotecnia



Los novelistas y la mercadotecnia

El mercado ha impuesto que los autores se conviertan en agobiados hombres y mujeres orquesta


El autor debe multiplicar su imagen pública porque la novela sola ya no basta; se hace preciso que multiplique su imagen pública, que salga en los medios, que repita las mismas cosas una y otra vez, que viaje, que celebre, que hable con libreros, que almuerce con periodistas: eso es más o menos lo que les espera, por ejemplo, a Javier Marías o a Ken Follett, dos claros superventas...

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
15 AGO 2014 - 17:03 COT






Los novelistas y la mercadotecnia
ILUSTRACIÓN DE MAX.

Casi todos los novelistas que conozco suelen mostrar su estupor, matizado con un punto de resignada decepción, cuando comprueban con qué rapidez el público consume un libro que han tardado mucho tiempo en escribir. Una novela de extensión media —entre 200 y 300 páginas— se lleva entre uno y dos años de escritura, dejando aparte el tiempo de incubación de la idea narrativa, que a lo mejor surgió mucho tiempo antes y quedó durmiente en el cerebro. Y cuando esa novela por fin es publicada resulta que viene un lector o, lo que es más grave, un crítico, y se la lee en los ratos libres de una semana ociosa. Y, eventualmente, la destroza. Sólo los novelistas que son también críticos, como Guelbenzu (quien, por cierto, publicará en Destino —septiembre— la nueva intriga de mi adorada juez Mariana de Marco), son capaces de sentir cierta empatía por esa paradójica situación. Por lo demás, desde hace mucho tiempo los autores no se limitan a esperar las críticas y los datos de venta: en realidad, el mercado les ha impuesto convertirse en agobiados hombres y mujeres orquesta dispuestos a hacerle buena parte de su trabajo al departamento de mercadotecnia. El autor debe multiplicar su imagen pública porque la novela sola ya no basta; se hace preciso que multiplique su imagen pública, que salga en los medios, que repita las mismas cosas una y otra vez, que viaje, que celebre, que hable con libreros, que almuerce con periodistas: eso es más o menos lo que les espera, por ejemplo, a Javier Marías o a Ken Follett, dos claros superventas, que iniciarán la rentrée con sus novelas Así empieza lo malo Alfaguara) y El umbral de la eternidad (Plaza y Janés), ambos sellos propiedad del grupo Penguin Random House. En todo caso, las facetas promocionales de los autores no son nuevas. Oscar Wilde, por ejemplo, pactó con sus editores cómo vestiría, hablaría y actuaría durante su gira por EE UU de 1881-1882. Y más tarde, de vuelta a Reino Unido, supo aprovechar su excéntrico perfil para ganar buen dinero anunciando al público femenino “el embellecedor de senos de madame Fontaine”. También vendió su imagen el austero Kipling, presentando el extracto de carne Bovril como un tónico excelente que daba vigor a las tropas en las guerras bóers. Pero lo cierto es que no me puedo imaginar a Follett (que vendrá por aquí en septiembre) anunciando un detergente para lavadoras; ni a Marías la nueva línea de lencería de Victoria’s Secret.

viernes, 2 de junio de 2017

Manuel Rodríguez Rivero / Fred Vargas

Fred Vargas



FRED Vargas
BIOGRAFÍA
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
2 DE JUNIO DE 2017


Decía Umberto Eco que la esencia de la novela policiaca es eminentemente filosófica. Y que su pregunta fundamental —quién lo hizo: whodunnit?— se la planteaban ya los presocráticos y no ha dejado de acompañarnos desde entonces. El maestro italiano llegó a decir que la demostración de la existencia de Dios tal como la explica santo Tomás era una auténtica obra maestra de la investigación policiaca. Posiblemente tenga razón, y quizá por ello haya tantos filósofos y pensadores aficionados al género. Lo cierto es que, aun no siendo un fanático de la novela negra, yo también la uso (escojo la palabra adrede) para cargar pilas narrativas. Me pasa especialmente con algunos autores. Con las novelas de Fred Vargas, por ejemplo, a cuya traducción española nunca puedo esperar. Quand sort la recluse (literalmente: cuando sale la reclusa), su novela decimocuarta y la novena protagonizada por el intuitivo comisario Jean-Baptiste Adamsberg, colma las expectativas creadas por esa obra maestra del género que es Tiempos de hielo, que con más de 450.000 ejemplares vendidos en Francia (unos 25.000 en España, entre Siruela y DeBolsillo) encaramó otra vez a su autora al primer puesto de la lista de más vendidos. De nuevo asistimos al despliegue del universo vargiano: personajes secundarios excéntricos (estupendos el erudito comisario adjunto Adrien Danglard), lugares misteriosos, símbolos antiguos y animales, siempre animales. Fred Vargas, que además de medievalista es especialista en arqueozoología, centra esta vez su relato en la diminuta —y venenosa— araña reclusa (Loxosceles reclusa, por su nombre latino) y a una serie de misteriosas muertes por ella producidas, pero el calificativo también remite a otras reclusas más humanas que, tanto en el medievo como más cerca, eran encerradas en celdas. La novela, de la que me resisto a contarles más por no chafarles la compleja y apasionante trama, es, además de la historia de una venganza, un alegato feminista contra la violencia y los abusos. Vargas, que cumplirá 60 años uno de estos días, se ha convertido en una de las más ineludibles referencias de la novela negra europea de esta década. Por eso resulta una rareza el hecho de que sus ventas en España todavía no estén a la altura de su importancia.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Saul Bellow / Herzog / Medio siglo después

Saul Bellwow
Poster de T.A.

Saul Bellow
Herzog
MEDIO SIGLO DESPUÉS

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
16 AGO 2008


Examinado con la perspectiva de casi medio siglo Herzog (1964), de Saul Bellow, se revela como una pieza clave en brillantísimo puzzle de la novela estadounidense de la segunda mitad del siglo XX; una piedra miliar en la evolución de un género del que Estados Unidos había tomado el relevo tras el espectacular desarrollo europeo (Francia, Rusia, Gran Bretaña) en el siglo anterior. Herzog representa algo semejante a lo que supuso ¡Absalón, Absalón! (1932), de Faulkner, en la primera mitad del XX, o Moby Dick (1851), de Melville, y Aventuras de Huckleberry Finn (1885), de Twain, en el XIX. Releída en la traducción de Vicente Campos publicada por Galaxia Gutenberg (que se ha tomado en serio la tarea de reeditar la obra del escritor judío-norteamericano), la historia de Moses Herzog, el atrabiliario personaje que, sumido en la crisis de los cuarenta (dos divorcios, traiciones, desconcierto, problemas de identidad), se ve dominado "por la necesidad de explicarse, de expresarse, de justificarse, de ponerlo todo en perspectiva, de aclararse, de corregirse", sigue invitando a sus lectores a la identificación. Algo que, desde El Quijote o Robinson Crusoe, es uno de los rasgos de un género que constituye, por su misma indeterminación y capacidad asimiladora, una privilegiada instancia de conocimiento del mundo. Herzog, un intelectual al que ya no le sirve lo que sabe y que (aún) ignora lo que podría servirle, intenta aclararse escribiendo cartas que nunca envía (a sus amigos, a sus amantes, a Eisenhower, a Dios) y en las que, a propósito del desastre de su vida, ajusta cuentas con la tradición filosófica moderna. Criticado por algunos (Nabokov, por ejemplo) como novelista "tradicional", la estructura de Herzog evoluciona desde el aparente caos y el pastiche (un homenaje a la literatura epistolar del siglo XVIII) a la linealidad, al tiempo que cambia la percepción que su protagonista tiene de sí mismo y de sus relaciones con el mundo. Novela (autobiográfica) de la memoria y de la alienación, de la impotencia y de la esperanza, Herzog es una de esas lecturas que ganan con el tiempo. Y a la que resulta instructivo revisitar cuando tenemos la sensación de que hemos rebajado demasiado nuestro listón de lectores de novelas.

viernes, 8 de enero de 2016

Secuelas / Con o sin permiso

Jean Rhys
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Secuelas

CON O SIN PERMISO

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO 25 JUL 2012 - 00:23 CET


Elizabeth Costello, protagonista de la ficción homónima de Coetzee (2003), había escrito en su juventud una novela con el punto de vista de la gribaltareña Molly Bloom, la infiel Penélope del Ulises joyceano. John Stoppard centró en dos personajes secundarios de Hamlet su drama existencial Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1966), en el que —justicia poética— el irresoluto príncipe de Dinamarca juega un papel muy marginal. Alonso Fernández de Avellaneda aprovechó el éxito apabullante de la primera parte del Quijote para continuar a su modo envidioso las aventuras del hidalgo, lo que obligó a su legítimo autor a modificar en la segunda parte el itinerario de su criatura inmortal.
Ancho mar de los Sargazos (1966), de Jean Rhys, es una precuela de Jane Eyre en la que se nos relata la existencia caribeña de quien, posteriormente, acabaría loca y casada con el señor Rochester (la verdad, no sé qué es peor). Alexandra Ripley logró cierta fama (y se hizo millonaria) gracias a Scarlett (1991), la insufrible secuela (autorizada) de Lo que el viento se llevó. Elizabeth Bennet, la sensata e independiente protagonista de Orgullo y prejuicio, ha reaparecido en numerosas narraciones posteriores; en algunas de las más recientes se ha mostrado como lesbiana, caníbal, asesina o zombi. Incluso la muy conservadora P. D. James la ha vuelto a resucitar, junto al resto de los personajes de la más célebre novela de Austen, para su thriller La muerte llega a Pemberley. James Bond, otro personaje muy secuelado (por Kingsely Amis, John Gardner, Sebastian Faulks o Jeffrey Deaver, entre otros,) volverá pronto de la mano de William Boyd, quien considera "una oportunidad magnífica" el ofrecimiento de los derechohabientes de Ian Fleming para que escriba una nueva aventura del mejor agente del MI6. No me extraña: hay mucha pasta de por medio y, además, Bond, un de los grandes iconos de la cultura popular, sigue siendo un personaje fascinante.

lunes, 17 de agosto de 2015

Manuel Rodríguez Rivero / Novela negra



Viéndolo todo (más bien) negro

Sospecho que la novela “negra” en todas sus variantes lleva camino de convertirse en la estrella de los préstamos de las bibliotecas

Uno no puede terminar 'En la orilla', la última novela de Rafael Chirbes, y continuar como si nada. Hay libros que se leen como purgas, como latigazos que le conmueven a uno hasta lo más hondo


MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO 28 FEB 2013 - 19:47 CET


Ilustración de Max. / MAX
Casi dos tercios de los libros más solicitados en las bibliotecas públicas británicas en el último año pertenecen a la categoría thrillers and detective fiction. No conozco los datos de las españolas, pero sospecho que la novela “negra” en todas sus variantes lleva camino de convertirse en la estrella de los préstamos. En los últimos meses la oferta se ha multiplicado: no es solo que la novela de intriga más o menos policial se haya convertido en el mayor contenedor de narratividad literaria, sino que se diría que es el género privilegiado por un zeitgeist dominado por la crisis y el pesimismo ante el futuro. Se publican tantas que las mesas de novedades de las librerías no dan abasto, provocando una velocidad de rotación sin parangón en otros géneros. El marbete “negro” adorna ya docenas de colecciones de sellos a los que antes les era ajeno, al menos como serie acotada. Entre las últimas en incorporarse a la moda mercadotécnica destacan Alianza y Alfaguara. Por cierto que Alfaguara había lanzado, en 1990, una insólita colección llamada “damas del crimen”, asesorada por un comité exclusivamente formado por mujeres y en la se publicaron algunas estupendas novelas de maestras del género (Sara Paretsky, Amanda Cross o Frances Fyfield); el mercado no respondió y la colección hubo de cerrarse antes de un año: inconvenientes de adelantarse (dos décadas) a su tiempo. A juzgar por el número de novelas negras que recibo mensualmente se diría que cada quisque ha sacado la que tenía guardada en el cajón: supongo que el espeluznante nivel de paro entre los jóvenes contribuye también a la aparición de nuevos novelistas “negros”. Pensando en ellos Alba acaba de publicar, Intriga y suspense; el gancho invisible, de María José Codes, una especie de manual de “cocina” en el que se analizan los mecanismos del género y diversos trucos (cliffhangers, “ganchos de alpinista”) para que el lector no se desentienda de la historia. Para los negro-novelistas que precisen más bibliografía me permito recordarles mis cinco clásicos imprescindibles: Chesterton (Cómo escribir relatos policíacos, Acantilado), Chandler (El simple arte de matar, Bruguera, descatalogado), P. D. James (Todo lo que sé sobre novela negra,Ediciones B), Highsmith (Suspense, cómo se escribe una novela de intrigaAnagrama) y David Lehman (The Perfect Murder, a Study in Detection, University of Michigan). Por lo demás, la novela “negra” española más interesante que he leído (y hasta el final, lo que no me ocurre a menudo) en la última quincena ha sido Blue Christmas (Alba), del canario José Luis Correa, que está consiguiendo situar a su sabueso Ricardo Blanco en los primeros puestos del ranking de los detectives de ficción españoles. Que la disfruten tanto como yo.