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domingo, 27 de noviembre de 2022

Paul Bowles, el cronista de la huida

 


Paul BowlesFoto de BERNARDO PÉREZ

Paul Bowles, el cronista de la huida

BIOGRAFÍA

El autor de 'El cielo protector' hizo del desplazamiento y el desamor su materia literaria



Isidoro Merino
24 de abril de 2017


"Casi todas las noches suenan los tambores. Nunca me despiertan; los oigo y los incorporo a mi sueño como las llamadas nocturnas de los muecines. Aun cuando en el sueño esté Nueva York, el primer Allah akbari borra el telón de fondo para trasladar lo que sea a África del Norte, y el sueño sigue...". Viajero permanente, anfitrión en Tánger de William Burroughs y Jack Kerouac, personaje esquivo y mítico de la generación beat, el escritor y compositor Paul Bowles supo encarnar como nadie el "sueño de Tánger".

Juan Goytisolo / Tánger, Burroughs y la ‘beat generation’


 

Tánger, Burroughs y la ‘beat generation’

La atracción de lo vedado es un ingrediente esencial del mito tangerino creado en por el cine y la literatura. El Estatuto Internacional de la ciudad brindaba a los creadores la posibilidad de una vida más libre y auténtica


Juan Goytisolo
4 de julio de 2014

En su excelente ensayo titulado Librerías,el novelista Jorge Carrión traza la historia de las que fueron un faro cultural en el siglo que dejamos atrás en las cinco partes del mundo. Como no podía ser menos en sus páginas figura en buen lugar la Librairie des Colonnes de Tánger con el círculo de escritores y artistas que la frecuentaron en la época de su Estatuto Internacional y los años subsiguientes a la independencia de Marruecos: el capítulo que le dedica da buena cuenta de la imantación que ejerció en ellos. Recuerdo que la primera vez que puse los pies en la ciudad me detuve a contemplar su escaparate con un incentivo muestrario de la mejor literatura en francés y en inglés pero también de algunas obras en castellano publicadas no en España sino fuera de ella: las de la editorial Ruedo Ibérico cuya difusión estaba prohibida en la Península.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Paul Bowles / La soledad es un estado perfecto

Paul Bowles
Foto de Dora Carringdon

Paul Bowles 
"La soledad no tiene sorpresa, 
es un estado perfecto"

Marcos Rosenzvaig
Página 12, 7 de marzo de 1999


Paul Bowles (1910-1999) nació en Nueva York. Hijo único de un odontólogo, siendo muy joven publicó algunos poemas en la revista literaria internacional "Transition" antes de viajar a Francia donde se relacionó con diversos literatos e intelectuales. Luego decidió dedicarse a la música, por lo que regresó a su ciudad natal para tomar clases de composición con el compositor Aaron Copland (1900-1990) durante los años '30. Como músico experimental, durante los siguientes veinte años escribió partituras para numerosos ballets y compuso la música de muchas películas y obras de teatro. Simultáneamente recorrió diversos países como Marruecos, México, Colombia, Guatemala y Costa Rica junto con la conocida dramaturga y novelista Jane Auer (1917-1973), con la que se había casado en 1938. En 1947 el matrimonió se instaló en Tánger, ciudad que se convertiría en el escenario de gran parte de sus novelas y relatos. La primera novela de Bowles, "The sheltering sky" (El cielo protector), se convirtió en un éxito de ventas y fue llevada al cine en 1991 por Bernardo Bertolucci (1941). A ésta le siguieron "Let it come down" (Déjala que caiga), "The spider's house" (La casa de la araña), "Up above the world" (La tierra caliente) y "Too far from home" (Muy lejos de casa). Entre sus varios volúmenes de relatos se destacan "The delicate prey" (Delicada presa), "The time of friendship" (El tiempo de la amistad), "The hours after noon" (Antes del amanecer) y "A distant episode" (Un episodio distante). Además de libros de poemas y traducciones de cuentos populares africanos, también publicó crónicas de viajes, memorias y una autobiografía. La obra de Bowles se revalorizó en la década de los '80, traduciéndose y publicándose en todo el mundo y en numerosos idiomas. En la edición del 7 de marzo de 1999 del diario "Página/12" apareció la siguiente entrevista realizada por Marcos Rosenzvaig en la casa de Paul Bowles en Tánger. Por entonces, el escritor contaba con ochentiocho años de edad y vivía en un viejo edificio descuidado cerca del centro de la ciudad, acompañado por una doméstica y un chofer, rodeado de libros desparramados por los dos únicos ambientes y cientos de cartas que ya no podía leer debido a su parcial ceguera. Poco después, un mes antes de cumplir los ochentinueve años, falleció en el Hospital Duque de Tovar de la ciudad marroquí. Su cuerpo fue trasladado a Estados Unidos para ser incinerado y sus cenizas reposan junto a sus padres cerca de Nueva York.

viernes, 25 de noviembre de 2022

Mohamed Chukri / Pesadillas de Tánger


Los Bowles, Truman Capote y Sanz Soto, en Tánger. | Pepe Carletón
Los Bowles, Truman Capote y Sanz Soto, en Tánger. | Pepe Carletón
Mokamed Chukri
PESADILLAS DE TÁNGER
  • El libro es la crónica negra de la 'belle èpoque' marroquí.
  • Juan Goytisolo presenta la reedición de 'Paul Bowles, el recluso de Tánger'

  • BIOGRAFÍA DE PAUL BOWLES

  • Eva Díaz Pérez | Sevilla
    Actualizado miércoles 27/06/2012 10:05 horas
Mohamed Chukri conoció bien las entrañas sucias de Tánger. Las recorrió, se manchó con ellas, quedó enredado en sus laberintos traicioneros. Sin embargo, consiguió llegar como nadie hasta el alma de esta ciudad. Fue analfabeto hasta los 20 años, vivió la violencia en su familia, vagó entre delincuentes y miseria, pero la literatura logró salvarlo. Luego se convirtió en amigo de los escritores que crearon el sueño idealizado de Tánger: Paul Bowles, William Burroughs, Allen Ginsberg o Truman Capote. En cierto modo, su libro 'Paul Bowles, el recluso de Tánger' es un ajuste de cuentas -entre íntimo, fascinado y crítico- con ese Tánger mítico creado desde la mirada del extranjero. Él quiso aportar la mirada de quien se había criado en la realidad de sus charcos y sus casas heridas.

sábado, 13 de julio de 2013

Paul Bowles / Yo no elegí vivir en Tánger

Paul Bowles
Paul Bowles

YO NO ELEGÍ VIVIR EN TÁNGER

Yo no elegí vivir en Tánger: fue una casualidad. Tenía la intención de que mi visita fuera breve; después me iría a otro sitio y seguiría de un lado a otro indefinidamente. Me hice perezoso y demoré la partida. Y luego, un día advertí extrañado que no solo había mucha más gente en el mundo que muy poco antes, sino que además los hoteles no eran tan buenos, ni los viajes tan cómodos, y que los lugares en general eran mucho menos bellos. A partir de entonces siempre que iba a algún otro sitio, deseaba inmediatamente volver a Tánger. Así que si ahora estoy aquí es solamente porque estaba aquí cuando comprendí hasta qué punto había empeorado el mundo y que ya no deseaba viajar. En defensa de esta ciudad, puedo decir que, hasta el momento, los aspectos negativos de la civilización contemporánea la han afectado menos que a la mayoría de las ciudades de su tamaño. Y más importante aún, saboreo la idea que por la noche, mientras duermo, la hechicería horada sus túneles invisibles en todas direcciones, desde miles de remitentes a miles de receptores desprevenidos. Se hacen conjuros, el veneno sigue su curso; las almas son despejadas de la pseudoconciencia parasitaria que acecha en los desprotegidos rincones de la mente.
           Casi todas las noches suenan los tambores. Nunca me despiertan; los oigo y los incorporo a mi sueño como las llamadas nocturnas de los muecines. Aun cuando en el sueño esté en Nueva York, el primer Allah akbar! borra el telón de fondo para trasladar lo que sea a África del Norte, y el sueño sigue.
        Ahora, desde que empecé este libro llevo meses seguidos en Tánger eligiendo, de entre el inmenso número de fragmentos de recuerdos desenterrados, los que pueden servir a mi propósito. Los utilizo para reconstruir pieza a pieza un esquema ordenado, procurando no forzar en él ninguna parte que no encaje. A mi modo de ver, esta precaución supone el esfuerzo de reservar el juicio y la resolución de destacar al mínimo las actitudes personales. Escribir una autobiografía es, en el mejor de los casos, una tarea ingrata. Es un tipo de periodismo en el cual el reportaje, en vez del informe del testigo presencial del suceso, es sólo la memoria de la ultima vez que se recordó. Borges ilustra tal situación explicando el intento de su padre de demostrarle la incertidumbre de la memoria; pone una moneda en la mesa y la llama imagen. Pone una segunda sobre la primera y la llama primer recuerdo de la imagen. La siguiente moneda es el recuerdo de aquel recuerdo, y así sucesivamente. Como esta situación es axiomática, se deduce que escribir una autobiografía no es el tipo de trabajo con que se supone que disfruta la mayoría de escritores. Y es evidente que contar lo que ocurrió no constituye forzosamente un buen relato. En mi relato, por ejemplo, no hay victorias espectaculares porque no hubo lucha. Yo aguanté y esperé. Creo que es lo que ha de hacerla mayoría de la gente; son realmente raras las ocasiones en las que existe la posibilidad de hacer más.
         Los marroquíes afirman que la plena participación en la vida exige la contemplación de la muerte. Estoy totalmente de acuerdo. Por desgracia, me es imposible concebir mi propia muerte sin situarla en la plena mise en scène más espantosa de la vejez. Me veo desdentado, no puedo moverme, dependo por completo de alguien a quien pago para que me cuide y que en cualquier momento puede salir de la habitación y no regresar nunca. Por supuesto, esto no es en absoluto lo que los marroquíes entienden por la contemplación de la muerte; considerarían mis fantasías una forma especialmente contemplativa de temor. La terapia de una cultura es el tormento de otra.
    "Adiós - le dice el moribundo al espejo que sostienen delante de él-. No volveremos a vernos". El epigrama de Valéry me parecía una fantasía profunda cuando lo cité en El cielo protector .Ahora que no me veo como espectador sino como protagonista, me parece repugnante. Para que su breve despedida fuera correcta, el moribundo tendría que añadir tres palabras. Y tales palabras son: "¡A Dios gracias!"
                                                                 
  Paul Bowles
Memorias de un nómada




Lea, además

Paul Bowles / Mito y residente en Tánger
Mohamed Chukri / Pesadillas en Tánger
Tánger y Paul Bowles
Javier Rodríguez Marcos / Los Bowles vuelven a Málaga
Nuria Barrios / Paul Bowles y los visitantes
Juan Cruz / El último adiós a Paul Bowles



viernes, 12 de julio de 2013

Tánger / Libros salvajes

beats in tangier

HISTORIAS DE TÁNGER

LIBROS SALVAJES DE LA CIUDAD
QUE UNA VEZ FUE PAÍS
Por Carlos Fuentes
Por el hormiguero de sus callejuelas de adobe pasearon Paul Bowles, William Burroughs y Truman Capote, hoteles de otros tiempos acogieron a unos Rolling Stones embriagados de hachís y música bereber. En sus cafetines se debatía sobre un mundo en crisis. Y en sus fondas anidó un lumpen de espías, políticos caídos en desgracia y contrabandistas de toda monta. Tánger, capital africana situada a catorce kilómetros de la costa de Andalucía, disfrutó de un esplendor inédito gracias a su salvaguarda internacional. Ocurrió hace medio siglo. Ahora varios libros rescatan las vivencias de la colonia extranjera que residió en esta ciudad que una vez fue país.
Paul Bowles (retrato)
Fundada por los cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la historia del auge de Tánger comenzó con la declaración de la ciudad como zona internacional en 1923. Durante casi cuatro décadas, esta urbe portuaria que ahora pertenece al reino de Marruecos se convirtió en un lugar predilecto para el asentamiento de grupos étnicos, comunidades religiosas y prófugos políticos que no disponían de otro lugar seguro bajo el sol. Con una administración consular pactada por España, Francia e Inglaterra, la ciudad floreció por la coexistencia en paz de colectivos dispares. Aquí se podía practicar cualquier credo religioso, se podía pagar en cualquier moneda europea y, de hecho, la ley era interpretada de la manera más laxa jamás conocida hasta entonces. En el Tánger del siglo pasado residían alrededor de ochenta mil personas. Entre esta población, más de la mitad de sus habitantes eran españoles de origen o de ascendencia. “En los tiempos revueltos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Tánger se convirtió en una ciudad libre y acogedora, fue un gran ejemplo de concordia en aquellos días convulsos”, explica el historiador Carlos Hernández, presidente de la asociación Tangerjabibi, que reúne un millar de europeos nacidos o con raíces familiares en Tánger.
Jane Bowles (retrato)
Durante ocho años, Hernández ha coordinado el rescate de la memoria oral de estos tangerinos del éxodo. El resultado de esta investigación histórica es el libro Tánger en primera persona, dos gruesos volúmenes con un total de 650 páginas trufadas con testimonios y fotografías de la vida cotidiana del colectivo extranjero. “En los años cincuenta había censados alrededor de cincuenta mil españoles, pero éramos muchos más porque otros llegaban a Tánger huyendo por asuntos políticos y preferían no registrarse en las oficinas consulares. Allí nadie te preguntaba de dónde venías, ni había policías interesados en saber de tu pasado”, señala Carlos Hernández, bisnieto de unos campesinos andaluces azotados por la pobreza de la posguerra civil española. Su padre fue practicante médico “sin título, por experiencia” y completaba su salario como guía de las tropas extranjeras en el norte de Marruecos. “Los españoles se dedicaban a casi todo, en todos los niveles sociales”, indica Hernández, residente tangerino entre 1946 y 1969, “cuando era normal que en el colegio tuvieras compañeros católicos, judíos, musulmanes, protestantes e hindúes. Éramos un amasijo de lenguas. Todos los equipos escolares de fútbol eran verdaderas selecciones mundiales”.
Por aquellos años, la prosperidad libertina del Tánger internacional se convirtió en un imán para los escritores de la Generación Beat. Con Paul y Jane Bowles como referencias, el Café de París en el Zoco Chico y los hoteles Rembrandt, El-Muniria y Minzah nuclearon los encuentros furtivos de Burroughs, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Jack Kerouac y demás superhéroes de la contracultura norteamericana. Obras de referencia como El almuerzo desnudo, de Burroughs; Ángeles de desolación, de Kerouac; la canción If You See Her, Say Hello, de Bob Dylan; y el seminal poema América, de Ginsberg (“Burroughs está en Tánger, no creo que regrese/ esto es algo siniestro./ ¿Estás siendo siniestra o acaso forma parte de alguna clase de broma pesada?”) incluyen influencias o alusiones al Tánger internacional. Pero allí los beat vivían en un mundo aparte.
Tánger (sello República)
“Nunca se mezclaron con el pueblo, eran más de ambientes intelectuales y lugares de libertinaje sin control policial”, precisa Hernández, cuya obra incluye fotografías de Burroughs con el historiador y periodista Emilio Sanz de Soto, personaje clave de la vida cultural española en aquel Tánger internacional. Por el Teatro Cervantes en pleno apogeo pasaban estrellas de la canción y del drama. “Se les pagaba en dólares cuando el valor de la peseta estaba por los suelos. Llamaban a cantaores como Lola Flores o Manolo Caracol y ellos venían volando, casi sin hacer las maletas”, recuerda Hernández. De hecho, en este Cervantes casi centenario (fue construido en 1913 y ahora amenaza derrumbe por ruina ante la desidia del Gobierno español, aún propietario del edificio) escribió el cantaor Juanito Valderrama su famosa canción El emigranteen 1947 después de actuar ante “exiliados españoles llorando y gritando ¡viva España!, sin rojo ni morado de la República y sin azul de la Falange, sin más colores que los del corazón”.
The Rolling Stones
Cuando Tánger era una fiesta, muchos ingleses se apuntaron al baile. En 1965, Brian Jones llegó huyendo de un pleito de paternidad. En la ciudad, el fundador de los Rolling Stones halló un ambiente sin parangón, “un viaje en el tiempo, un mundo medieval con música magnífica, droga abundante y comida soberbia, la capital mundial del todo vale”, narra Stephen Davis en el libro Los viejos dioses nunca mueren. El músico de la cara pálida, apenas 23 años, pronto se interesó por un pueblo misterioso del Rif llamado Jajouka y su “música salvaje, jóvenes bailarines, mucho kif, toda la noche de fiesta sin dormir”. La huella tangerina de los Stones creció con Keith Richards y Mick Jagger. En 1967, el guitarrista viajó en coche desde Francia con Anita Pallenberg, la novia que había robado a su amigo Brian Jones. “El coche iba equipado con alfombrillas de piel, cojines pop art y escandalosas revistas suecas de sexo. Se escuchaba música soul a todo volumen, Jimi Hendrix y Penny Lane, lo nuevo de The Beatles”. Mick Jagger fue algo más prosaico: aterrizó en avión con su pareja de entonces, Marianne Faithfull. Las letanías de los músicos de Jajouka tuvieron cierta influencia en los discos del grupo británico, aunque las grabaciones que Brian Jones realizó en 1968 sólo fueron editadas tras la muerte del músico el 2 de julio siguiente. Hoy el fallecido stone todavía es recordado en Jajouka como Brahim Jones.
Tánger (calle)
Ajenos al trasiego tóxico, los extranjeros expatriados seguían a lo suyo. Tenían periódicos propios como el diario España, dirigido por el escritor y periodista Eduardo Haro Tecglen, y disfrutaban de unos pasatiempos que al otro lado del estrecho de Gibraltar estaban al alcance de pocos o, sin ambages, prohibidos. “No había censura para hablar, escribir o hacer cultura -recuerda Hernández-, veíamos desnuda a Brigitte Bardot cuando en España ni aparecía, podíamos escuchar a los Rolling y a los Beatles, y cuando íbamos de vacaciones en el verano España nos parecía un país atrasado, sin libertad, muy empobrecido en cualquier sitio que no fuera Madrid o Barcelona.” También estos espacios de prosperidad se notaban en la cesta de la compra: los mercados de arrabal en Tánger ofrecían mantequilla holandesa, quesos franceses, embutidos, pescado y leche fresca. “Aquellos productos que en la España peninsular eran todo un lujo -rememora Carlos Hernández-, teníamos televisores, radios portátiles y máquinas fotográficas de importación, todo gracias al floreciente contrabando irregular.”
En la actualidad, medio siglo después de la época del esplendor internacional que el pintor Antonio Fuentes plasmó con luz y color, cuando hasta el albero de la plaza de toros se transportaba en barco desde Sevilla y las palmeras venían desde Alicante, la colonia extranjera residente en Tánger se reduce a alrededor de cinco mil personas. Está formada, en esencia, por empresarios, funcionarios públicos y no pocos jubilados. “Las pensiones se cobran en euros y permiten mejorar el nivel de vida”, justifica melancólico el investigador del grupo español Tangerjabibi. Consciente, admite Carlos Hernández, de que el tiempo que se va nunca vuelve, y mucho menos en una ciudad portuaria y arrabalera que ahora aparece detenida en el tiempo. Una capital que alguna vez fue un país.
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La leyenda de Paul Bowles

En la kasba de Tánger, los buscavidas se disputan a los turistas que intentan seguir las huellas que dejó Paul Bowles. Atravesando un jeroglífico de callejones estrechos, a un costado del antiguo palacio real, surge discreto un edificio de tres plantas. Austero, sin señal externa alguna, esta casa albergó los últimos días del escritor neoyorquino hasta su muerte con 89 años el 18 de noviembre de 1999. “Paul Bowles dio visibilidad a varios escritores marroquíes y bebió de la cultura magrebí”, anota el escritor español Antonio Lozano, nacido en Tánger y autor de la novela Harraga sobre la emigración clandestina hacia Europa. Lozano conoció a Paul Bowles en su última etapa. “Ya no salía de la cama, pero mantenía una lucidez total -recuerda- y seguía siendo faro de su época.”
Paul Bowles había llegado a Tánger en 1947 para escribir una novela por encargo. Se tituló El cielo protector y Bernardo Bertolucci la llevaró al cine en 1990 con rodajes en Tánger, Argelia y Níger. En esencia, la obra de Bowles se nutre de sus experiencias marroquíes, en especial de la vida salvaje del grupo beat. En 1948 recibió a su esposa y comenzó una tormenta sentimental. Jane Bowles, de 31 años, compartía la atracción que ambos cónyuges sentían por hombres y mujeres. No obstante, hasta la muerte de Jane, ocurrida en Málaga en 1973, los Bowles se mantuvieron cerca el uno del otro.
Mohamed Chukri llegó a Tánger desde el infierno. Su padre, antiguo militar en España, trasladó a la familia desde la montañosa región del Rif, donde dictaba órdenes a golpes, con mucha hambre y una miseria infinita. En los años 60 conoció a Paul Bowles, que lo ayudó a traducir al inglés su novela autobiográfica El pan desnudo, prístina crónica del desarraigo en tierra propia. Ahora es novedad editorial, por primera vez en lengua española y con prólogo certero de Juan Goytisolo, una suerte de libro de memorias titulado El recluso de Tánger, en el que Chukri retrató su larga relación de amor y de odio con Paul Bowles.
Publicado en el diario La Nación en diciembre de 2012


martes, 9 de julio de 2013

Edgardo Cozarinsky / Fantasmas de Tánger


FANTASMAS DE TÁNGER
Por Edgardo Cozarinsky 
         Para La Nacion - París, 1997

Una legión de aventureros, intelectuales y miembros de la café-society se radicó en la ciudad marroquí entre 1922 y 1956. Escritores como Truman Capote, Paul Bowles y William Burroughs, el fotógrafo Cecil Beaton la multimillonaria Barbara Hutton y el aristócrata David Herbert llegaron allí atraídos por el exotismo y las costumbres relajadas. El autor de esta nota, director de cine y escritor, investigó la historia de esa comunidad cosmopolita, regida por el placer, para filmar su película Fantasmas de Tanger, recientemente estrenada en el Festival de Locarno
SI hubiese ido a Tánger en busca de un pintoresco dépaysement nada me habría devuelto más bruscamente a mi propia tierra firma que Paul Bowles, al preguntarme en nuestro primer encuentro, en un castellano perfecto, qué era de de Adolfo Bioy Casares. Gran admirador de La invención de Morel, sobre todo de Plan de evasión, Bowles que ha dejado gradualmente de interesarse en el presente "en la medida en que puede hacerlo alguien que aún no ha muerto", recuerda que a principios de la guerra, durante una visita a Victoria Ocampo en el Waldorf Astoria de Nueva York, la formidable anfitriona le había arrojado sobre las rodillas un ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, publicado por Sur meses antes, con un perentorio "¡Léalo!".
Fue así como conoció a Borges, como empezó a familiarizarse con los escritores argentinos. Me cuenta la historia del epígrafe de Mallea que puso a The Sheltering Sky, cómo el escritor argentino no lo reconoció y Bowles mismo no pudo encontrar su fuente cuando más tarde la buscó. "La memoria suele hacernos jugadas como ésta", comentó, arrugando tal vez en un guiño algunos de los innumerables pliegues de piel bronceada que rodean sus ojos clarísimos, luminosos. Es un día de primavera, pero en la chimenea del cuarto vecino arden leños y él, con una bata de lana sobre el pijama, me recibe sin dejar su lecho, cubierto con dos frazadas.


Sanz Soto, Truman Capote, Jane Bowles, Paul Bowles

Bowles detesta que le pregunten por qué "eligió" vivir en Tánger. Tal vez la tácita respuesta sea parte de esa aceptación resignada de la fatalidad que tanto lo emparenta con una sensibilidad islámica. Si lo hostigan, repite que "los males de la sociedad industrial" llegan más lentamente y con mucho atraso a ese rincón del norte de Africa. Pero también admite que le gusta pensar que vive en una tierra donde la brujería es una realidad cotidiana, en la que el veneno circula como mensaje de amor o de odio entre los individuos, en la que los duendes -los djinn del folklore magrebí- explican tanta cosa que "los norteamericanos de mi generación, con sus supersticiones científicas, llamaban bacilos y los jóvenes de hace treinta años bautizaron malas ondas". Sonríe al evocar esos vaivenes de la ideología cotidiana.



Jean Genet

En la opaca, rastrera verdad de los documentos, Tánger fue una "zona internacional" entre 1922 y 1956. En 1912 el Kaiser había visitado ese puerto, destinado al comercio por su posición en el extremo atlántico del estrecho de Gibraltar. En la orilla de enfrente, en el peñón, los ingleses se inquietaron. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial, intrigaron para que ese punto estratégicamente valioso quedara neutralizado.
El estatuto de la zona internacional completó la dominación colonial sobre el territorio marroquí: el sur ya era protectorado francés, el norte protectorado español; la ciudad, gobernada por una junta donde estaban representadas las principales potencias marítimas de la época, debía asegurar la libre circulación por el Estrecho.
El corolario de esas maniobras mercantiles fue imprevisible. Se abrió la puerta a todos los fantasmas. Puerto franco, Tánger se convirtió en una zona extra territorial con un mínimo de leyes, sin impuestos, donde el oro y las divisas entraban y salían libremente: más aún, donde lejos del control de sociedades más rígidas las extravagancias de la conducta suscitaban una sonrisa divertida pero ninguna censura moralista. El kif y otras variantes indígenas del cannabis, las preparaciones opiáceas que las farmacias de otras latitudes retaceaban, sobre todo la tradicional bisexualidad de los jóvenes, convirtieron a la zona internacional en un limbo donde Jean Genet y William Burroughs, entre cientos de europeos y norteamericanos menos prestigiosos, pudieron vivir las fantasías que, en aquellos tiempos, en otras latitudes, los habrían llevado entre rejas.
A otros, ese microcosmos cosmopolita les permitió construirse un reino imaginario para sus veleidades de ficción. David Herbert era el segundo hijo del duque de Pembroke, por lo tanto sin derecho al título ni a la herencia familia. En los años 30 llegó a Tánger con Cecil Beaton y muy pronto se instaló en una casa más fantasiosa que sólida, más colorida que señorial, en medio de un parque de la vieja Montaña; desde allí urdió sus redes hasta convertirse en el árbitro social de la vida elegante tangerina. Hoy su mayordomo ha heredado la residencia y la alquila a turistas recomendados por la pintora escocesa Marguerite McBey o por el profesor John McPhillips, dos lazos vivos con la leyenda de la zona internacional; en su tarjeta se lee, más grande que su propio nombre, former owner: the Honorable David Herbert. Cuentan que este "segundo hijo" (expresión que eligió como título de sus memorias), condenado a vivir de su ingenio, no se desplazaba sin llevar en el bolsillo etiquetas autoadhesivas con su nombre. Si el anfitrión de turno lo dejaba solo un instante, pegaba una de esas etiquetas bajo la silla o la mesa más valiosa de la casa; más tarde, cuando el dueño era atropellado por un taxi o asesinado por un gigoló, llamaba a los herederos para comunicarles que el difunto "le había prometido" el mueble en cuestión. Al hallar su nombre en una etiqueta envejecida, se lo entregaban, halagados como suele estarlo la clase media cuando la aristocracia la pone a su servicio.
En otro extremo, Barbara Hutton, heredera de la fortuna de las tiendas Woolworth (las originales five and dime stores) -millones que siete maridos sucesivos, el actor Cary Grant incluido, no lograron agotar-, llegó a Tánger en la segunda posguerra mundial y se inventó una residencia, Sidi Hosni, a partir de siete casas de la Casbah. Walter Harris, arquitecto inglés, aristócrata expulsado de la Corte por sus indiscreciones, las comunicó y decoró hasta componer el miliunanochesco palacio de esa monarca de café-society. El alcohol y el aburrimiento la sometieron como a otros el sexo o el juego. Padecía de hipotermia y le regalaba joyas y pieles a la mujer del doctor Little, que era hipertérmica, para que le calentara la cama media hora todas las noches. Al final de su vida no caminaba más, se hacía llevar en brazos, y explicaba que era "demasiado rica como para caminar". Ningún museo, ninguna fundación perpetúa su nombre. Apenas si, poco después de su muerte, un pequeño bazar (¿justo regreso a las fuentes?), improvisado ante su casa, intentó durante unos meses aprovechar su nombre para atraer a los turistas que pasaban por allí. Pero el destino cosmopolita de la ciudad, sólidamente asentado sobre todo tráfico y comercio, databa de mucho antes. Ya en el siglo XIX las caravanas que llegaban del desierto depositaban su cargamento en el patio de los locales, tan modestos como cualquier otra casa de la Medina, de los bancos Abensur y Pariente. En 1956, cuando el status internacional de la ciudad fue abolido un año después de la independencia de Marruecos, esos mismos bancos ya habían trasladado hacia Gibraltar el "oro de Tánger", acumulado durante la Segunda Guerra Mundial, celosamente conservado en la posguerra, cuando las economías dirigidas de Europa occidental, por no hablar de lo regímenes del Este, hicieron apreciar particularmente ese refugio cercano y discreto.
Larbi Yacoubi me cuenta que, en el subsuelo de una casa hoy cerrada, en pleno centro de Tánger, sobre la plaza de Faro, operaba una fundición donde hasta los años 50 se hacían lingotes con cuanta joya o moneda llevaba el público. Jovencito, al visitar esa reliquia de otra era, encontró en el piso una moneda con la cruz esvástica. La única explicación es que los ingleses, amenazados por las falsas libras que los nazis acuñaban en Berlín, habían decidido replicar con falsos Reichsmark made in Tanger.
La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente, de la Medina o de la ciudad "moderna". A lo lejos, el puerto una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvilias, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico... Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional.


Cecil Beaton, Jane Bowles, David Herbert, Truman Capote
Marruecos, 1949

David Herbert y Barbara Hutton fueron sólo las efigies más visibles de una época en que "Orejas alertas" Dean, barman del hotel El Minzah, espiaba simultáneamente para alemanes e ingleses; así pudo, después de la guerra, abrir su propio bar e iniciar una tercera carrera como proxeneta para visitantes distinguidos. En que una tal Phyllis de la Paille coleccionaba en su residencia de la Nueva Montaña animales exóticos en libertad; un buen día, al quejarse de que ya nadie aceptaba sus invitaciones, Truman Capote le explicó que en su casa el olor a excrementos era demasiado fuerte; sorprendida, Madame de la Paille prometió encadenar los monos a los grifos del cuarto de baño. En que un joven lord desheredado se jactaba de haber hecho chantaje al Vaticano con la amenaza de difundir su liaison con un arzobispo húngaro; nadie supo nunca si el relato era verídico, pero el relator terminó como representante en Tánger de un banco de la Santa Sede, hasta ser a su vez desplumado por un jovencito malagueño, hoy maduro y opulento anticuario muy fotografiado por las revistas de decoración. En que un tal Topié Mimara, estudiante croata de historia del arte que pasó la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, al llegar a Austria en 1945 como intérprete del Ejército Rojo, se vio confiar el inventario de un depósito de obras de arte robadas por el Tercer Reich. Tras consignar sólo dos tercios de los objetos hallados, se incautó en medio de la noche de un camión, lo llenó con el tercio restante y gracias a salvoconductos inverificables en la confusión de aquellos meses logró llegar a Trieste y embarcarse con su tesoro rumbo a Tánger. Allí murió hace un lustro, en un piso alto del edificio Méditerranée; cada año llevaba a Gibraltar un par de telas y las vendía a Sotheby`s, "para ir tirando"... En que Jean Genet, al ver al borde de las lágrimas, humillado por dos turistas suecas, a un policía que intentaba vender billetes para una rifa, lo llamó, le compró el talonario entero y exclamó "¡Cómo no amar un país donde un policía es capaz de llorar!" Hoy Genet está enterrado en Larrache, a 80 kilómetros al sur de Tánger, sobre el Atlántico; los azares póstumos suelen ser irónicos: para esa tumba no musulmana había un solo cementerio posible en la ciudad y era el del ejército colonial español.
Los fantasmas de Tánger existen, como el peligro o la Gracia, para quienes creen en ellos, para quienes llegan alimentados por la literatura que esos fantasmas han cultivado, que en torno a ellos aún proliferan. Otra humanidad, agreste, nada divertida, se agita por la ciudad. Como en Nueva York y en Buenos Aires, busca ropa o comida en los tachos de basura. Cuando ven pasar un Mercedes o un BMW saben que lo conduce alguien "que está en la menta", es decir en el tráfico de haschich, que otros llaman "exportaciones no tradicionales", aunque se trate del cultivo más tradicional del Rif.
Yunes tiene trece años y viene del Sur, pero no de una ciudad invadida por el turismo elegante, como Marrakesh, ni de una meta del turismo de masa, como Agadir. Desde muy chico, oyó decir en su pueblo que, de Tánger, parten embarcaciones clandestinas que depositan a diez, veinte personas en algún lugar de la costa española. (¡España! Esa parcela de la comunidad europea, de la sociedad de consumo donde -enseña la televisión española, que se capta en todo el país- con sólo asistir a un programa de juegos puede ganarse el automóvil, el departamento, las sumas de dinero que de este lado del Estrecho son símbolo de riqueza...) En Tánger, Yunes trabaja como lavaplatos en distintos cafés, vende cigarrillos de contrabando; cuando su madre se prostituye en algún hotel de la Medina duerme bajo los puestos del mercado o tal vez no rehuse la invitación de algún europeo sonriente, generoso, tanto más amable que los patrones que lo explotan en el trabajo cotidiano. Cuando tenga reunida la inimaginable cantidad de dirham, podrá cruzar el Estrecho en una "patera". Rezará para que no lo larguen, como les ha ocurrido a otros, en algún punto desconocido de la costa marroquí, para que al avistar la costa española no lo arrojen al agua con un "de aquí puedes llegar a nado". El nunca ha oído hablar de Bowles, de Burroughs, de Genet. Para él, Tánger es sólo un punto de partida.


Edgardo Cozarinsky
El pase del testigo
Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pp. 21-29


sábado, 30 de octubre de 2010

Paul Bowles / Mito y residente en Tánger


Paul Bowles


Bowles: mito y residente en Tánger

BIOGRAFÍA DE PAUL BOWLES


La ciudad celebra el centenario del bohemio autor de 'El cielo protector'



Hay ciudades que pugnan por sacudirse el polvo de sus recuerdos. Y sucede que en ocasiones la sombra de lo que fueron ensombrece lo que serán. Tánger, urbe que presume (frente a todos los pronósticos del mito) de poseer un futuro, se ve obligada de cuando en cuando a rememorar su pasado. Ayer fue uno de esos días. Por unas horas volvió a ser la ciudad internacional que resonaba en los anhelos de bohemios,beatniks, hippies tempraneros y otros especímenes que surcaron el siglo XX. El responsable era Paul Bowles, principal inoculador global del virus de Tánger.
El centenario del nacimiento del escritor estadounidense (Nueva York, 1910-Tánger, 1999) devolvió a la ciudad marroquí ese espíritu cosmopolita que tanto disfrutaron los Bowles (Paul y Jane), sí, pero también William S. Burroughs, Jimi Hendrix, Matisse o Fortuny. Algunos de sus viejos conocidos, como Pepe Carleton, Rachel Muyal o Tessa Codrington, asistieron el jueves a la inauguración de la exposición Los años dorados: Paul y Jane Bowles en Tánger en el Instituto Cervantes de esta ciudad.

"La pareja me abrió un mundo nuevo", recuerda su amigo

Pepe Carleton Miquel Barceló ha realizado un retrato de la escritora Jane Bowles
La muestra se suma al recuerdo de la obra y la vida del autor de El cielo protector, que se instaló en la ciudad en 1947 y aquí vivió hasta su muerte. Fotografías inéditas tomadas por sus amigos se mezclan con las imágenes más conocidas de la pareja de escritores en las que aparecen junto a Truman Capote, Burroughs o Cecil Beaton. "Paul y Jane me abrieron un mundo nuevo. Ellos fueron para mí todo un descubrimiento y me uní a sus reuniones, que siempre eran nocturnas. Para Paul todo lo referido al Magreb era muy importante, descubrió esta región a finales de los años treinta", explica Pepe Carleton, de 85 años, el único español vivo del círculo tangerino de los Bowles. Era un adolescente cuando tuvo su epifanía de los Bowles, "nómadas de lujo", como los llama Alfredo Taján, escritor y director del Instituto Municipal del Libro de Málaga.
Carleton, enciclopedia viviente de ojos intensamente azules, es además uno de los protagonistas del documental Jane Bowles, último equipaje,del malagueño Jorge Agó, que se estrenó junto a un retrato que Miquel Barceló ha hecho de la escritora. "Es un documental, pero hay también una parte dramatizada en la que dos actores encarnan a la pareja. No existen, o no las conocemos, imágenes filmadas de ellos", explica el realizador.
Desde que Bernardo Bertolucci llevó al cine El cielo protector en 1989, la novela autobiográfica de Paul Bowles, el músico y escritor dejó de ser un existencialista exótico admirado por dos generaciones, la perdida y labeat, para convertirse en "una atracción turística", como él mismo reconoció en la revista malagueña Puerta Oscura en 1986. "Los americanos llegan a Tánger y, después de visitar el palacio del Sultán y las cuevas de Hércules, vienen a verme a mí. No son mala gente, personas educadas; están un rato aquí y se van. Nunca los vuelvo a ver".
"De cuantos homenajes se están celebrando este año, Málaga y Tánger son las ciudades que más se han ocupado del Bowles expandido, es decir de su lado académico y artístico; pero también del íntimo", asegura Taján. A Tánger, la ciudad donde durmió Hércules antes de encarar sus 12 trabajos, todos esos nómadas internacionales le imprimieron carácter. "Seguirá siendo siempre cosmopolita", dice convencida Rachel Muyal, ex directora de la librería tangerina Des Colonnes y una de las amigas del escritor. El mismo que dejó dicho: "Tánger es la ciudad de un sueño, nunca le diré adiós"


jueves, 27 de agosto de 2009

Tánger y Paul Bowles

Llegada al puerto de Tánger
TÁNGER Y PAUL BOWLES

"Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. [...] otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan." Paul Bowles, El cielo protector.

La pareja Bowles
Los Bowles en el cine, de la mano de Bertolucci
Extraigo de Memorias de un nómada alguno de los aspectos de la vida del escritor Paul Bowles, del que quizás la película de Bertolucci "El cielo protector" (1991) ha hecho aún más famoso si cabe y ha relanzado su imágen de viajero y de prototipo de lo que sería el cambio de costumbres del siglo XX en las sociedades anglosajonas. Aunque norteamericano, tenía descendencia alemana por parte paterna. Bowles nunca se llevó bien con su padre y ello le llevó dejar su vida ordenada, superordenada más bien, por un transcurrir primero por Europa y finalmente en Marruecos, especialmente en la ciudad de Tánger. En París conoce la generación de escritores de la época y le hace guiños a la poesía surrealista. Luego el joven Bowles, bohemio empedernido, se dedica a investigar en la música. De hecho fue compositor para el cine. En esta época vive entre Nueva York, Berlín, México, Guatemala, Costa Rica o Colombia, aquí en este país conocería a Jane Auer, con la que en 1938 se casó, por lo cual desde entonces fue conocida como Jane Bowles, autora de teatro y novelista bisexual autora de la obra "Dos damas muy serias". Poca gente conoce una ópera escrita por él dedicada a García Lorca. Pero fue en 1947 cuando el matrimonio se instaló definitivamente en Tánger, y aquí se desarrolla su mundo novelístico, el de su primera novela, "El cielo protector" (1949), con un componente bastante autobiográfico. En la ciudad de Tánger, el matrimonio tiene una vida algo diferente a lo que marcaba la época: Jane empezó una larga relación lésbica con una sirviente doméstica marroquí, a su vez Bowles se relacionó con la Gay Society de los cincuenta, como Luchino Visconti, Tennessee Williams, Truman Capote (ver foto abajo) y con la Generación beat, como William Burroughs o Allen Ginsberg.


Los Bowles a la derecha, al centro un joven Truman Capote

El paisaje literario y de vida de Paul Bowles fue sin duda Tánger. Bowles amaba Tánger y era un verdadero cicerone de la intelectualidad que llegaba a la ciudad, además de introducirlos en algunas drogas marroquíes como el majoun, o el consumo habitual de hashish, según han contado en sus respectivas memorias. Bowles era y es, de hecho, un icono para la promoción del turismo en Tánger y en Marruecos, quizás poco aprovechado, quizás.
Cabo Espartel

¿Qué ver en Tánger? Bueno, sin llegar a la profundidad del viajero Bowles, para un turista accidental o limitado como nosotros, Tánger tiene cosas que ver y que sentir. Para empezar es barato ir, especialmente desde Andalucía. Hoy día hay que cuidarse en coger un ferry que te lleve a Tánger y no al moderno y lejano Tánger-Med. En Tánger hay buenos hoteles (tampoco para tirar cohetes) y nunca vayas a una pensión o algo parecido porque el nivel baja entonces mucho mucho. Otra cosa es pegarte el lujo de ir al Hotel El Minzah, recomendable si te rascas el bolsillo, claro. Dicho esto, saco de la página de Turismo de Tánger algunas descripciones de los lugares indispensables en la ciudad de Paul Bowles: La Medina de Tánger es una de las medinas más grandes de Marruecos, con sus típicas calles estrechas, casas típicas y tradicionales, preciosos patios, jardines, un mirador con bonitas vistas al mar… y muchos lugares de interés como por ejemplo: el Zoco Grande, la Mezquita de Sidi Bu Abid, la Mendubia, la Gran Mezquita de Tanger, el Borj el Marsa, el pintoresco y pionero Consulado de los Estados Unidos, el primero que se construyó por los norteamericanos en el extranjero, y por supuesto la Kasbah, ah, también interesante el Barrio de Marshan.

El Tánger literario no queda solo en el monopolio de Bowles y su mundo. Otros escritores norteamericanos han escrito de y sobre ella, como William Burroughs. También Tánger es escenario de "La vida perra" de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez. "El año que viene en Tánger, novela de Ramón Buenaventura. La reciente "El Tiempo Entre Costuras" de María Dueñas. O best seller como "El Alquimista" de Paulo Coelho.  En Wikipedia hay una relación completa de novelas en Tánger. 

Los mercados de Tánger es donde se respira la verdadera ciudad norteña de Marruecos: sus colores y olores



http://piniella2.blogspot.com/2011/01/paisajes-literarios-7-tanger-y-paul.html