Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Triunfo Arciniegas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Triunfo Arciniegas. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de junio de 2025

Triunfo Arciniegas / Los novios de mi mujer



Triunfo ArciniegasLOS NOVIOS

DE MI MUJER


Mi mujer se quedó preñada otra vez. Dice que es mío. Que esta vez es mío. Será creerle. De todas maneras ninguno de sus novios vendrá a reclamar nada. Van y vienen. Vienen a lo que vienen. Y no precisamente a contemplar el paisaje. Aunque no hemos tenido una guerra, la ciudad se ve como si nos hubieran bombardeado anoche. De los edificios que no se han derrumbado sólo queda el cascarón. Por dentro no hay nada.

Vivimos de los novios de mi mujer. Los noviazgos no duran mucho, pero los novios nunca faltan, gracias a Dios. La verdad, no sé si Dios tenga algo que ver. Creo que Dios nos abandonó. Todavía es bonita mi mujer, con esas tetas grandes y un culo de negra que madre mía. Y esos ojos verdes. Con esos ojos los hipnotiza. Mi mujer sabe para qué tiene lo que tiene.

Los atiende en los hoteles del centro. Cuando las cosas empeoran, los trae a casa y nos ganamos los pesos del alquiler. Una platica extra. Me llevo a los niños a la playa o nos entretenemos con un helado de chocolate en algún parque, y cuando volvemos a casa, hay mercado, una camisa nueva, un juguete.

Tengo camisas de sobra.

“Gretel dijo que nos van a vender”, patalea Hansel. No digo nada, la idea me sorprende. Le echo el ojo a Pulgarcito, que todavía no entiende las cosas y no nos va a extrañar. Es el que menos se me parece, rubio y rosado, como un príncipe. Los mocosos nos han salido de todos los colores, pero ninguno negro. Ninguno mío. Gretel tiene las pecas y el pelo rojo de Elsa. Somos un espectáculo cuando salimos todos. Una caja de lápices de todos los tamaños.

Antes pescaba. Ahora no se puede. Nos meten hasta siete años de cárcel por apropiarnos de los peces del Estado. Todo es del Estado. A Felipe Santacruz le metieron tres años por vender bananos y a José del Carmen dieciocho meses por atreverse a remendar zapatos. Así que no hay nada que hacer. Nos mata el aburrimiento. Algunos se suicidan. Otros enloquecen. Los Castiblanco se comieron al perro. Se emborracharon y lo asaron en el solar. El olor alertó a los vecinos y atrajo a la policía. 

Otros se lanzan al mar con el propósito de llegar a otro país y terminan devorados por los tiburones. Petra, la mujer de Felipe, jura que ese otro país no existe. 

Otros, resignados, vencidos, esperamos que Leonardo nos invite al billar de Agapito. Pasamos la tarde con dos o tres cervezas. Agapito nos tiene paciencia. Sabe que andamos jodidos. Leonardo Trespalacios es el único que puede invitar. Y muy de tarde en tarde porque tiene trabajo. Palacios, sólo en el apellido. Atiende a las señoras. Y a los señores. Nadie se lo reprocha. Todos andamos en el mismo cuento de la miseria. Si no es la mujer, es una hermana o su propia madre. Alguien debe sostener a la familia, al fin y al cabo. Y el Leonardo tiene con qué. Sería un galán de cine en otro país. Cuando no puede demorarse porque lo acosa algún compromiso, nos arroja un paquete de cigarrillos y nos vamos a quemar las horas en el malecón, donde llenamos con humo el vacío de adentro. Cascarones, casas saqueados. Eso somos. Nos agrietamos día tras día. El mar ruge, incansable, va y viene, como los novios de Elsa.

¿Cuántos años por comerse al perro? Los Castiblanco siguen presos. Los está matando el remordimiento. Ya casi no se ven perros en la calle. Ni gatos. Los loros desaparecieron hace rato. Hambre mata remordimientos. Por ahí circula el chiste del zoológico, donde primero pusieron el letrero que prohibía dar de comer a los animales. No conocí esos tiempos. Luego prohibieron comerse la comida de los animales. Al final el letrero decía: Prohibido comerse a los animales. Ya no hay. El único que queda es el marrano del compadre Eudoro, un animalote que no cabe en la migaja de casa. Huele horrible, por supuesto. El compadre dice que Lucerito es su única compañía. Casi lo matan la otra noche que se le entraron los ladrones. A mi compadre. El marrano se defendió a mordiscos. Por poco le arranca un brazo a uno de los malandros. 

La otra noche soñé que mi mujer daba a luz un montón de pájaros. Más contento que marrano estrenando lazo, le pedí prestada la jaula al compadre Eudoro y fui a venderlos al mercado. Qué mierda, había policías hasta detrás de las puertas y tuve que salir volando.

Todavía no se le nota la barriga. Los novios van a escasear en un par de meses. Mi mujer tendrá que hacer una pausa. Me dice que no me preocupe y de pronto pienso que me va a proponer que vendamos uno de los niños. ¿Hansel o Gretel? Con Pulgarcito la veo muy encariñada. Pero no. Confiesa que por ahí tiene unos ahorros. Que con la comadre Petra se va meter a contrabandear gasolina. Le pregunto por Felipe y Elsa dice que le dieron tanto palo en la cárcel que ni puede caminar. Y suelta la bomba: nos van a llegar unos pesos de un novio que se murió hace poco en Ostia y la incluyó en el testamento. 

Me acuerdo bien de ese novio, un italiano alto y flaco, un tal Alberto Moravia. Ya era viejo cuando llegó a la isla. Viejo, cojo y generoso. Una vez me lo encontré en el centro, cerca del malecón, y me invitó a una cerveza. Me miró a los ojos y me dijo: “Gracias”. No le pregunté por qué. Tal vez ya estaba enfermo y sabía que era su último viaje. Le regaló unas monedas a un vagabundo que intentaba vendernos unos ladrillos. Nos dimos la mano y nunca lo volví a ver. 

Ahora mi mujer dice que tendremos una parte de la herencia. “Ya no fui a Roma”, suspira. Le pregunto si tenía tantas ganas de ver al papa. “Tan pendejo”, responde. Y precisa que no vamos a volvernos ricos, pero que será un alivio.

Tal vez prospere el contrabando y Elsa no caiga presa. Ni Petra. Qué miedo, todo puede pasar. Lo más seguro es quién sabe. Todo el puto país es una incertidumbre. En fin, si el cuento de la herencia cuaja, hacemos un viaje a Pinar del Río. Hace siete largos años que mi mujer no ve a su madre. La pobre vieja, que apenas conoce a Gretel, ya no aguanta el trote de venir a visitarnos. Tantos males y tan pocos remedios. Además, como todos saben, para venir a la capital se necesita un permiso que cuesta un ojo de la cara. Y nunca lo dan por más de tres días. Así que la odisea nos toca a nosotros. Primero arreglaremos el techo de la casa y pintaremos las paredes. Con lo que sobre, y la sorpresa del recién nacido, de pronto hacemos el viaje. Si no sobra mucho, tal vez mi mujer me compre otra camisa. 

7 de junio de 2025


 

martes, 4 de julio de 2023

Triunfo Arciniegas / La mujer del payaso / Video

 




Triunfo Arciniegas
Biografía

 LA MUJER 

DEL PAYASO


Era lo menos parecido a un entierro. Una parranda de locos fuera de carnaval. Arrastramos a medio mundo. Íbamos bailando, cantando, quemando pólvora, por calles polvorientas y destartaladas, de cantina en cantina. Coplas obscenas contaban la vida de Roberto. En algún momento tuvimos que devolvernos, aunque no recordábamos bien por dónde habíamos venido, porque alguien advirtió que se nos había olvidado el cajón. Entre tanto desorden, los de adelante pensamos que el cajón venía atrás, y los de atrás pensaron lo contrario. Ay, Roberto. ¿Se estaría despidiendo otra vez de las negras de La Malquerida?  
─Ni muerto deja las malas mañas ─dijo la viuda.

lunes, 3 de julio de 2023

Triunfo Arciniegas / Última estación en el infierno


Triunfo Arciniegas
Biografía

 ÚLTIMA ESTACIÓN 

EN EL INFIERNO


Venía de una larga herida, por casi una semana, para el placer de un hombre ajeno. En una ciudad revuelta y violenta, amasijo de historias y traiciones, sólo eran dos destinos que se cruzaban fugazmente en el territorio neutral de un hotel barato.

domingo, 2 de julio de 2023

Triunfo Arciniegas / En la hamaca



Triunfo Arciniegas
Biografía

EN LA HAMACA


Le llevé la cerveza al patio y seguí con mis oficios.
─He tenido mala suerte ─dijo el hombre, Bernardino Alarrota, y la punta de su pie le dio nuevo impulso a la hamaca─. Las mujeres me pudrieron el corazón.

Triunfo Arciniegas / En la hamaca / Video



Triunfo Arciniegas
VIDEO
Fragmento

El hombre madrugó a tenderse en la hamaca como todos los días, y allí, adormilado, esperó a la mujer que le disparó tres tiros sin mediar palabra.

sábado, 3 de junio de 2023

Triunfo Arciniegas / Se prohíbe arrojar niños

 


Triunfo Arciniegas
SE PROHÍBE ARROJAR NIÑOS A LOS COCODRILOS

Había una vez una señora que arrojaba niños a los cocodrilos. Muy conocida, muy famosa. La entrevistaban con frecuencia no tanto por sus disparates como por su manera de hablar. Se tragaba las sílabas o retorcía las frases de tal manera que uno se moría de risa. Ella se sentía genial. Viajaba mucho. No se perdía el funeral de una reina o el matrimonio de una princesa, y no desaprovechaba las ocasiones para comer. Se dice que visitó al papa sólo porque le contaron que la comida del Vaticano era exquisita. En Venecia, la góndola que la paseó terminó hundiéndose. Los humoristas tuvieron material de sobra.

Era gorda pero se movía con sorprendente rapidez. Se veía tan inocente, además, tan incapaz de matar una mosca. Por otra parte, resultaba graciosa. Bailando, nadie retorcía el esqueleto o las carnes como ella. Las cámaras no se le despegaban del culo. 

La afición de arrojar niños a los cocodrilos venía de muchos años atrás. Pero ahora la señora lo hacía con tal frecuencia que ya teníamos escasez de niños. Nadie le censuraba la afición sino la intensidad. Se le pidió moderación de una y otra manera, pero ella no parecía entenderlo. Las fábricas de niños no daban a basto. El propio marido, el presidente, se unió al coro de súplicas. La popularidad del mandatario había decaído no por la poca consideración con las fábricas precisamente, sino por el débil influencia sobre su propia mujer. Las malas lenguas decían que, si el presidente no era capaz de ordenar su propia casa, qué podía esperarse de su gobierno.

Podría pensarse que los únicos felices en estas circunstancias eran los cocodrilos. Pero no. Habían engordado como cerdos y presentaban problemas respiratorios. Dos o tres murieron de infarto. Algunos manifestaron con rabia que a este paso nos quedaríamos sin cocodrilos y otros replicaron que la desaparición de los cocodrilos terminaría la noble afición del lanzamiento de niños. El reabastecimiento de las criaturas era cuestión de tener paciencia. Discusiones de cantina que solían concluir con una botellazo en la cabeza.

¿Quiénes sobrevivirían? La mayoría apostó por los cocodrilos y unos cuantos por los niños. “Sin niños, no hay cocodrilos”, sentenció un filósofo, pasando por alto un detalke: no sólo de niños vivían los cocodrilos. 

Para sorpresa de todos, se murió la señora. De gorda o de lo que sea. Los fanáticos de la señora culparon al presidente, entraron al palacio y secuestraron al mandatario. Se armó un alboroto espectacular, quemaron edificios y destrozaron a patadas los cajeros automáticos. Los muchachos arrojaron piedra a los policías, que respondieron con gases y chorros de agua.

¿Y el presidente? Se lo arrojaron a los cocodrilos. Los testigos cuentan con regocijo la historia. Perezosos, lentos, un tanto aburridos, se comieron al presidente y estuvieron vomitando dos o tres días. Casi se mueren.

2 de junio de 2023




viernes, 10 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Esopo y Lucy



Triunfo Arciniegas


ESOPO 

Y LUCY


Soñé con Lucy antes de conocerla y mucho después, cuando se apartó del mundo. A veces era rubia, a veces pelirroja o pelinegra, pero siempre muy hermosa. A veces blanca, muy blanca, a veces morena. Visitaba su casa, en un barrio elegante o en las ramas de un árbol, tomábamos café o una copa de vino, hablábamos de libros y paisajes, y despertaba con un pozo de dicha en el pecho. 

Me reclamaba por mis continuos viajes o me anunciaba su boda con un fabricante de nubes. Al hombre lo contrataban donde había sequía. Había inventado aparatos para localizar los caminos subterráneos del agua, la elaboración de las nubes y el traslado aéreo al territorio de la sequía. La gente calmaba la sed, salvaba las cosechas, lavaba la ropa y lo recompensaba con extrema generosidad. Era un hombre muy rico, sin duda.

En los sueños, Lucy me confesaba su amor pero nunca se casaba conmigo. Alguna vez fui el pastelero oficial. En plena ceremonia, muy cerca del altar, me dedicaba a darle forma a un pastel caprichoso, regando harina por todas partes. Lucy me miraba furiosa mientras el pastel se burlaba de mis habilidades y los invitados se limpiaban los trajes recién comprados. Los más cercanos ya parecían fantasmas. Esquivaba los rayos de los ojos de Lucy y no dejaba de preguntarme por qué había decidido casarse con un crítico literario. Las reseñas que había leído en La Bestia Pelúa destilaban veneno. 

Le hablé de Lucy a Esopo en el bar de Osiris. 

–La vas a conocer –dijo.

–¿Lucy existe?

–Volvió de Paris no hace mucho.

Difícil de creer.

–Volvió a la República de Antioquia pero no por mucho tiempo –continuó Esopo–. Déjame ver tu mano. ¿Ves esta línea? ¿Y esta otra? Se cruzan fugaz e intensamente. Invítame a otra cerveza, señor escritor.

Esopo engatusaba a todo el mundo.

–Sé cosas –dijo.

Esopo inventaba historias pero no las escribía. No se le conocía ninguna profesión. Podía decirse que vivía de la fascinación ajena: la gente lo invitaba a comer a su casa, los profesores se lo disputaban para que entretuviera a sus niños, los ricos le cedían los trajes más elegantes. Como no le quedaban, los vendía en el mercado de las pulgas. Me despreciaba por rebajarme a escribir libros. Nunca lo dijo, pero siempre me sentí como su mesero o su chofer. 

–¿No eras tartamudo?

–Era –dijo Esopo–. Hice un curso en París y se me quitó. ¿No fuiste el novio de la negra Eufemia? La vieron muerta de dicha en Cartagena de Indias. ¿Sigues en la calle de la amargura?

Era chiquito y mandón. Con su vozarrón de gigante podía desordenar el vuelo de los pájaros. Era feo, cojo, bizco, jorobado, pero hacía reír a la gente. Con sus gestos, con esa voz de trueno y terciopelo, con la fantasía y el humor de sus historias, parecía destinado a dominar el mundo. También era muy inquieto, desordenado y desagradecido. Alguna vez lo acusaron de robar unos cálices del templo del Señor de la Humildad y pagó tres años de cárcel.

–Nunca me robé esos cálices –dijo Esopo–. Todo fue una trampa del sacristán, que me odiaba por tumbarle una novia. Dorotea se fue a Venezuela, pero Agapito todavía me odia.

–¿Dorotea Arango? La vi bailando en El Decamerón.

–Bonita, pero le hacía caso a todo el mundo. A Osiris le quedó debiendo una botella de aguardiente. Si no me crees, pregúntale.

–¿Eres inocente entonces?

–Agapito me buscó para decirme que nada de rencores y que la amistad estaba por encima del amor. Cosas así. Me invitó a unas cervezas y me acompañó hasta la casa. Caí como un tronco.

–¿Y luego?

–La policía me despertó en la madrugada y encontró los cálices debajo de mi cama.

–¿Entonces Lucy existe?

–Sabe de ti, Arciniegas –dijo Esopo.







jueves, 9 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Querida Lucy

 

Helga y Olafo

Triunfo Arciniegas

            QUERIDA LUCY


En aquel tiempo Lucy estaba triste y lloraba por dentro. Nadie veía sus lágrimas y hasta la consideraban feliz. La veían en la ventana con su gata blanco, vestida como una princesa, el cabello atado por una cinta roja, y entre sus manos un libro de poesía siempre abierto, y la imaginaban feliz. Nadie veía sus lágrimas.
Sólo Olafo, el Amargado, que soñaba que era un pez diminuto y casi invisible en los ojos de Lucy, conocía las dimensiones del dolor. Saltó de la página del periódico dominical que leía Lucy en una pausa de la poesía.
–Deja de llorar para dentro, mujer divina –dijo Olafo–. Me le escapé a Helga para hablar contigo.
–No lloraré más –dijo Lucy, que se sintió atrapada, y cerró el periódico.
–Por favor, abre el periódico, necesito volver a la historia.
Lucy abrió el periódico y Olafo, el Amargado, regresó al país de la tinta. Parece que Helga se pilló la escapada porque Lucy no lo volvió a ver. 
–Pobre Olafo –pensó Lucy–. Casi pierde la vida por mí.
Sabía que Olafo seguía haciendo de las suyas porque se lo contaron. Mientras este guerrero invencible descubría la redondez de la tierra, sembraba el terror en las orillas de todos los mares y cosechaba riquezas a diestra y siniestra, Lucy no dejó de llorar por dentro.
Tanto lloraba que soñaba que era un árbol de lágrimas. La gente venía a comer sus lágrimas para olvidar las penas de amor. Lucy era el árbol del olvido. La gente se llevaba la lágrima en una botellita y la pellizcaba cada vez que necesitaba del olvido.
Lucy despertaba en su detenido mar de lágrimas. Casi se ahogaba. Barcos de luto la cruzaban. Peces de muerte. Olas heladas. Andaba como sonámbula. Tropezaba con la gente, con las esquinas, con los árboles. Tropezó con Olafo.
–Miércoles, Olafo –dijo Lucy, asustada–. ¿Te echó Helga?
–Salí en otro periódico y no te encontraba –dijo Olafo–. No hago otra cosa que pensar en ti.
–Esa es una línea de una canción –dijo Lucy–. ¿Te volviste poeta?
–Que los dioses me libren del demonio de la poesía, mujer. Prefiero saquear ciudades, incendiar barcos, apedrear enemigos. Diversiones así dan sentido a la existencia.
–¿De verdad llamaste Hamlet a uno de tus hijos? Qué loco eres.
–Fue un capricho de Helga, que lee a un tal Shakespeare. Le llevo libros cada vez que salgo de viaje. Pero leer perjudica. No te imaginas el caos que hay en la casa ahora que Helga se pasa el día leyendo.
–La gente te ve raro con esas ropas y esos cuernos. Mira cómo te miran.  
–Raros son todos en la República de Antioquia. Se pintan los pelos de todos los colores y escuchan una música espantosa. Las mujeres llevan al aire la mitad de sus cosas. Los hombres, todos melindrosos, se pintan los ojos y se cuelgan argollas en las orejas. Los señoritos se confunden con las señoritas. Corren como si se fuera a acabar el mundo, aleteando como gallinas. Nunca había visto tanto desorden.
–Eres un guerrero. Un conquistador. Un héroe. Pero de moda no entiendes nada.
–Un patético guerrero de papel.
–Ay, Olafo, te levantaste con los trapos al revés. ¿Qué haces tan lejos del mar? Acá ya nos conquistaron todo.
–Ya te dije. No dejo de pensarte. Ya me siento un pez de tanto pensarte. Deja salir el río que eres.
–¿Y volverás a tus terrenos? ¿Helga te recibirá?
–Helga cree que estoy de parranda. No tengo mucho tiempo. Puedo desvanecerme. No tengo colores firmes, el periódico es una porquería, tú sabes. Ojalá no llueva.
–Mis lágrimas podrían desvanecerte, guerrero de papel –dijo Lucy.
–Moriría en el río de tus lágrimas.
Entonces Lucy, la enamorada del lenguaje, lloró en el parque de las mujeres gordas y los hombres de bronce que las contemplaban extasiados desde sus briosos caballos. "Eres un bárbaro con alma de niño", dijo Lucy mientras su cara se mojaba. Olafo se inclinó para aceptar el halago. Lucy recordó la frase de alguien: Moriría un poco por él. Y lloró. Recordó los besos de otros días, las cartas, las fotografías, y lloró como un río, y sus lágrimas fueron calle abajo. "Hazme un barquito de papel", dijo Olafo. Y en ese barco, por ese río, Olafo se alejó. Y mientras se alejaba, Olafo levantó una pata, luego la otra, cayó sentado, y Lucy se llenó de risa.


miércoles, 8 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / La mujer que vivía dentro de un caballo

 




Triunfo Arciniegas


LA MUJER QUE VIVÍA DENTRO DE UN CABALLO


Lucy, la mujer que vivía dentro de un caballo, leía con pasión a Italo Calvino. Qué caballo más afortunado. ¿Pero cómo sucedió tal maravilla? Es muy sencillo de explicar, señores. Felisberto Hernández, el caballo pecoso que pastaba a la orilla del río de los almendros, se la tragó recién bañada, mientras leía el capítulo de los amores de Cósimo Piovasco de Rondó, protagonista de El barón rampante, un loco feliz que pasó toda su vida trepado en los árboles. Felisberto Hernández también se tragó el libro, por supuesto. Lucy siguió leyendo como si nada en la barriga del caballo. Sin lámpara ni sol. La barriga estaba toda iluminada porque el caballo se alimentaba con las flores favoritas de las luciérnagas.

Felisberto Hernández relinchaba de dicha con la mujer que leía adentro y a cada rato le preguntaba por sus deseos. Lucy, que entendía el lenguaje de los caballos, solicitaba otro libro. Después de El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente, devoró Los amores difíciles, todos de Italo Calvino. El caballo iba a la biblioteca municipal con un trotecito de caballero.

La bibliotecaria, encantada, brincaba como una niña.

Pequeña, encorvadita, arrugada, con voz chillona y anteojos dorados. Una niña que envejeció antes de tiempo. Todavía la sorprendían las formas de las nubes y los cielos estrellados.

–Cómo estamos de bien –dijo–. Ahora hasta los caballos leen.

–No es para mí, señorita Marcela, sino para la mujer que me habita.

–Estás enamorado –festejó la bibliotecaria, sin dejar de brincar–. Los grandes lectores dominan las metáforas y derrochan imaginación.

Felisberto preguntó por Las ciudades invisibles.

–Es el único que nos falta de Italo Calvino, qué bien escribe ese italiano –dijo la bibliotecaria con regocijo–. Nos llega la próxima semana. Le apartaré el primer turno.

Lucy también estaba contenta. No sentía frío ni le dolía la cabeza. Dormía cuando quería y leía todo el tiempo. Siempre le gustó la buena vida: el helado de chocolate, el jugo de mandarina, las blusas de seda y las películas de pistoleros. Las buenas historias la hacían reír hasta las lágrimas, y la risa, como un delicioso hormigueo, inundaba la barriga del caballo y se regaba hasta las patas y las orejas. Ningún caballo fue tan feliz como Felisberto.

–¿Cómo está la noche? –dijo Lucy.

–Llenita de estrellas, mírala tú misma.

Lucy veía la noche inmensa a través de los ojos del caballo.

–¿Y la brisa?

–Siéntela tú misma.

Lucy sentía la noche perfumada a través de la piel del caballo.

–Quién iba a pensar que tenías una barriga tan grande, Felisberto Hernández. Eres una ballena con pinta de caballo. ¿Conociste a Jonás?

–No. ¿Algún amigo tuyo?

–No, pero supe que le gustaba pasar la noche en la barriga de las ballenas.

–El ingenio humano no tiene límites –dijo Felisberto–. Conocí a uno que se metía por la oreja de un caballo amigo mío y salía  por la otra.

–¿Y eso por qué?

–Para hacerse invisible. Le debía dinero a mucha gente. ¿También Jonás?

–No, pero tenía una mujer brava.

Felisberto saltaba como loco. Brincaba las cercas de alambre y despeinaba los árboles.

–¿Eres un caballo o un pájaro?

–Fui un sapo en una vida pasada.

–Mi sapo volador.

Todo fue felicidad durante más de cinco años, señores, hasta que el caballo enfermó. “Vas a tener que salirte, mujer, porque no quiero que te mueras conmigo”, dijo, después de un breve relincho, y Lucy replicó que se dejara de tonterías.

–Me siento débil, casi no veo.

–Necesitas anteojos –diagnosticó Lucy.

El caballo se dejó conducir al optómetra, enfermo de amor por esos días. Una epidemia de amor intenso azotaba al país. El virus que flotaba en el aire atacaba a los más descuidados. Pálidos, ojerosos y ansiosos, los enamorados recorrían las calles y dejaban escapar el corazón por la boca. La televisión y los periódicos comentaban los casos más curiosos. Una mujer salió al patio a extender la ropa recién lavada y, al volver a casa, se sintió total y absolutamente enamorada. “Qué ojos tan bellos”, le dijo a su marido, derretida, al borde del desmayo. El marido, aunque no veía muy bien, siguió remendando una silla. “Ojalá no sea grave”, murmuró. No había dinero para tratamientos. Otra mujer padeció fiebre, tos y dolor de cabeza, pero los especialistas consideraron que sólo se trataba de una gripa.

Qué locura, señores.

El mismo presidente de la República de Antioquia se enamoró de una cocinera del palacio, la más negra, la más gorda, la más bonita y con mejor sazón, regaló casas y tierras a los pobres y rebajó el salario de los ministros. El presidente y su enamorada se dedicaron a darse besos mientras recorrían el país en helicóptero, hasta que lo obligaron a tragar un purgante para que siguiera gobernando con la maldad de siempre. La cocinera viajó a París con beca, marido nuevo y helicóptero.

–Me duele una mujer en todo el cuerpo –dijo el doctor, mordisqueando el borrador del lápiz–. No sé si la frase es de Borges, pero me duele todo el tiempo.

–Tengo una adentro, pero es una maravilla. Nos entendemos, doctor, ambos somos pecosos.

–Otro día nos vemos y hablamos de mujeres –dijo el doctor. Se agachó para amarrarse el cordón de un zapato y al rato se incorporó dolorosamente–. Tengo que trabajar para comprarle a Mary un collar de perlas.

–Lucy sólo pide libros.

–Pero en este país los libros están por los cielos.

–Si estuvieran por los cielos, volaría para atraparlos.

–Quiero decir que están muy caros.

–Nada de eso –dijo Felisberto–. Voy a la biblioteca municipal.

–Lástima que allí no tengan collares.

–Supe de una sirena con un collar de perlas finísimo, pero perdí su dirección –dijo Felisberto–. ¿El doctor quiere amarrarla de por vida?

–El otro día le di a Mary un atado de besos y reventó la cuerda. Los besos se desparramaron en la sala, escaparon por debajo de la puerta y buscaron dueño. 

–¿Y doña Mary, doctor?

–Voló como una cometa.

–No vaya a llorar delante de un caballo, doctor.

–No –dijo el doctor con firmeza–. Déjeme ver sus ojos.

Felisberto volvió a la calle con unos anteojos inmensos que lo hacían ver como un cantante de rock. Unos aplaudieron y otros silbaron. Una niña le arrojó un ramo de rosas desde un balcón y otra se retorció de risa. Los pájaros batieron las alas, regocijados.

–El doctor dijo que Mary voló como una cometa –recordó Lucy desde dentro–. ¿Se murió o se fue con otro?

–Qué mal pensada eres –dijo Felisberto–. Le va a comprar un collar de perlas.

–¿Para depositarlo sobre la tumba o enviárselo por correo a la casa del otro? El virus del amor es traicionero.

–Ay, Lucy, qué lengua tan venenosa.

–Conque así hablan los hombres de las mujeres.

–De ti sólo dije cosas bonitas –se defendió Felisberto.

–Eres un caballo, Felisberto. No aprendiste las mañas de los hombres. Nos entendemos porque somos pecosos.

–Pecosos y sabrosos.

–Te ves precioso, Felisberto Hernández.

–¿Cómo lo sabes desde ahí dentro? Parezco un payaso. Sólo me falta el corbatín de pepitas.

–Mira cómo te miran. Seguro que te pareces a Elton John.

–¿Quién es ese tipo?

–Mi cantante favorito.

El mundo se veía hermoso pero el caballo no mejoró. Perdió todas sus fuerzas. Lucy no quería salirse de la barriga del caballo. Imaginaba que seguiría ahí dentro toda la vida, tibia y plácida, como una niña consentida.

Los pájaros se alejaron en silencio.

–Ya pasó toda la vida –dijo el caballo–. Ya se me reventó el hilo.

Lucy salió y se puso a llorar.

–No llores –dijo el caballo–. Júrame que no vas a llorar.

–Te lo juro –dijo Lucy llorando–. De verdad te pareces al cantante que te digo.

–Te estaré mirando desde las nubes, princesa. ¿Te conté la historia del caballo que comía nubes al desayuno?

–Eres un tonto, Felisberto Hernández. Te leí esa historia el año pasado.

–Y ya que acabaste con Calvino, Moravia y la mitad de los italianos, Flaubert, Proust y la mitad de los franceses, sigue con Borges y averigua por qué le duele una mujer en todo el cuerpo.

–Borges me sabe a almendras rellenas de chocolate.

–Ya me estoy relamiendo.

El caballo desapareció del aire pero no del corazón de Lucy. Las tardes llegaban plácidas, con cierto olor a mandarina y se desvanecían en tibios amaneceres. Las nubes trotaban en las praderas del cielo. ¿De quién era ese verso? De algún poeta loco.

–Ay, Felisberto Hernández, me salí de tu barriga, pero en mi corazón tienes un cuarto propio.

Lucy extrañaba el calorcito y todavía contemplaba el mundo a través de los ojos del caballo. Se acordaba de los libros saboreados en la barriga y se reía. Veía el galope de las nubes y se reía. Detrás de una de esas nubes podía estar el caballo. La gente la veía reír y decía:

–Esta es la mujer que vivía dentro de un caballo.





martes, 7 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Toto de Lucy





Triunfo Arciniegas


TOTO DE LUCY


Conocí a Toto mucho antes de saber de Lucy. Orejas de murciélago, nariz de gigante y pies de payaso, colores chillones y corbata de pepitas. Vendía enciclopedias de puerta en puerta, de pueblo en pueblo. Alguien dijo que era dueño de un criadero de conejos. Nunca fuimos amigos pero supe su historia, sus numerosas desgracias, por diversas fuentes. Alguna vez, mientras la eterna primavera recorría las calles, le ofrecí una limonada en El Moro, en la esquina de Junín con Ayacucho, y paré la oreja porque ya había decidido incluirlo en una historia. El enano tenía ganas de hablar. Aclaró dudas y me confió uno que otro secreto. Ya estábamos en la sombra, apoltronados con cara a la calle, pero seguía sudando. 

miércoles, 1 de junio de 2022

Triunfo Arciniegas / Crónica de la boda de Olivio Cáceres

Ilustración de Jemina Kirke


Triunfo Arciniegas
Biografía

CRÓNICA 

DE LA BODA

DE OLIVIO CÁCERES 



1

Le enseñé la oreja izquierda, lastimada en un combate reciente, y dijo, mientras escribía una florida dedicatoria en Mujeres después de la tormenta:
─La próxima vez amarra a esa fiera, mi querido Van Gogh.
Olivio Cáceres, el triste y venenoso Olivio, y yo, bebedor de relámpagos, habíamos venido por caminos distintos al XI Encuentro Binacional de Escritores en San Cristóbal, Venezuela, y terminamos en su boda con la poeta venezolana Pascuala Antibes, autora de En la piel de los dioses. Habían sostenido un apasionado, intermitente y envidiado romance durante cuatro años: se habían visto un par de veces en San José, otra en Cartagena, fugazmente en Caracas, y nada más. Ciro Pérez había comentado que la susodicha estaba gorda y fea. Olivio, según me dijo, ni siquiera tenía planes de verla.

lunes, 8 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Petro Robagallinas

 


Triunfo Arciniegas

PETRO ROBA-GALLINAS 

UNA FÁBULA



Había una vez un bobo que robaba gallinas. O al menos pretendía hacerlo. Porque era tan torpe que alborotaba a los perros y despertaba a todo el mundo.
–Petro, no se robe las gallinas –le gritaban.
De nada le servía el sombrero que aplastaba sus pelos de erizo y el pañuelo que cubría su cara de sapo, porque todos conocían su cojera. Y su tamaño.
–Vete a hacer las tareas y deja dormir.
El bobo arañaba las paredes, rompía algunas tejas y volvía a casa con las manos vacías, apedreado y mordido por los perros. Su pobre madre lloraba al verlo.
–Te va a tocar cambiar de profesión –le decía–. La gente no te entiende.
Todo el mundo sabía las intenciones de Petro. No podía disimular el hambre. Al principio, cuando pensó apoderarse del gallinero a sangre y fuego, apareció con una escopeta, pero se la decomisó la policía. Lo obligaron a lavar los baños de la estación y lo dejaron libre. Al negro Faustino, dueño del gallinero más grande, no le pareció buena idea.
De todos modos, y aunque juraba que lo suyo eran los mangos que caían de los árboles y las zanahorias que cultivaba detrás de su casa, el bobo no se pudo quitar de encima la fama de robagallinas. En el parque, los niños brincaban y picoteaban a su alrededor. Todos cacareaban a su paso. O le arrojaban una pluma.
–Lo que Petro está buscando es la gallina de los huevos de oro –se burlaba la gente.
–No me digan así –reclamaba el bobo–. Soy Petronio.
Y se alejaba muerto de hambre. Y muerto de rabia. Y la rabia terminaba en remordimiento.
–Acúseme, padre, que me da mucha rabia que me llamen Petro –le decía al cura todos los sábados en el confesionario.
–Pero sí eres el ladrón de gallinas.
–¿Cómo lo sabe, padre?
–Vienes todos los sábados.
–¿Y cómo sabe que soy el ladrón?
–Acá me cuentan todo, Petro.
–Padre, ya me dio rabia otra vez.
–Te perdono –dijo el cura–. Ya sé que la otra vez me lo dijiste, ¿pero cómo es tu nombre?
–Petronio Antonio Malasangre.
–Con razón me reí tanto el otro día.
–Padre.
–¿De dónde salió ese Malasangre?
–Pregúntele a mi mamá.
–Lo haré.
–Soy un desliz. Mi mamá fue al mercado y pisó una cáscara de plátano y de ahí salí yo. 
–¿Y el señor Malasagre?
–El dueño del plátano, supongo. Nunca lo conocí. A veces pienso que mamá se lo inventó.
–¿Te va bien en algo?
–No.
–Chiquito, cojo, tuerto y mentiroso.
–Padre, por favor. No soy tuerto. Tengo un ojo más chiquito que el otro. Por el uno veo y por el otro medio veo.
–¿No dijiste que te habías dedicado a comer zanahorias?
–No soy un conejo.
–No digas mentiras –dijo el cura–. ¿Y los mangos?
–Se acabó la cosecha.
–No digas que andas enfermo. No ilusiones.
–La gente me trajo cosas.
–Pero luego supieron que no tenías nada. No se ve bien que digas que estás que te mueres y luego no salgas con nada. La próxima vez nadie va a creerte.
–Soñé era un zorro, padre.
–Te creo –dijo el cura–. Eres un zorro, Petro.
–¿Verdad que sí?
–Tienes pinta.
–Gracias, padre. Pero no de conejo.
–No de conejo –aceptó el cura–. Dentro de ti palpita el corazón del zorro.
–No entiendo, padre. Me crecen garras, se me agrandan las orejas, se me estira el hocico. Ay, padre Agapito.
–No me recuerdes ese nombre, hijo mío, y no se te ocurra decirme Pito.
–¿Le da coraje, padre?
–Voy a pensar qué hacer contigo –dijo el cura–. Vete y no peques más.
–¿Y la penitencia?
–Queda pendiente –dijo el cura, seguro de que una avemaría y un padrenuestro no arreglarían nada.
Y se quedó pensando en Petronio hasta la noche. No pudo dormir, pero al otro día tenía la solución, y fue a visitar al dueño del gallinero más grande, don Faustino Trespalacios. 
Era un domingo soleado y feliz.
–Don Faustino.
–Padre Agapito.
Con la sotana, el cura parecía tan negro como el otro. Además, se veían igual de gordos y barrigones. El cura propuso la idea mientras despresaba una gallina con tajadas de plátano maduro, papas chorreadas y una montaña de arroz, y atajaba a lengüetazos la grasa que escurría de sus manos. Le costó trabajo convencer al negro. Se tomaron un par de cervezas. Y luego otras dos. Y otras, hasta que abreviaron sus nombres.
–Adiós, Tino.
–Adiós, Pito.
Cuando el bobo regresó a confesarse, echando espuma de la rabia, el cura casi no lo dejó hablar.
–No te preocupes, hombre, eres dueño del gallinero de Faustino, qué afortunado –le dijo, entregándole la llave–. Ve a cuidarlo con alma, vida y sombrero.
El bobo se limpió la espuma y sacudió la cola. 
–¿No me van a echar los perros?
–Ya hablé con Faustino.
Al bobo se le escurrió la baba.
–¿Me puedo comer todas las gallinas? –preguntó–. Soy un zorro, padre.
–No te apresures –dijo el cura–. ¿No ves que ahora eres el dueño? Tu misión es multiplicar las gallinas para alimentar a los pobres del mundo.
–Qué ideas, padre. Yo sólo pienso en mí.
–Detrás del gallinero hay un potrero inmenso –dijo el cura–. Podrías sembrar unos aguacates.
–Y a veces en mi mamá –dijo el bobo–. Pero sobre todo en mí.
–Eres el feliz propietario, Petronio Antonio Malasangre, saborea la propiedad privada.
–No entiendo, padre, pero me siento en el paraíso.
–Porque Dios está contigo –dijo el cura, asaltado por la duda–. No olvides venir el sábado para saber cómo van las cosas.
–¿Y si no me da rabia?
–Ven de todos modos –dijo el cura–.Vete y no peques más.
El bobo se fue feliz, pero el cura se quedó pensando: “De bobo no tiene un pelo”. Y ya no le pareció tan buena la idea de meter el zorro al gallinero. 

2 de febrero de 2021