Mostrando entradas con la etiqueta Oriol Maspons. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oriol Maspons. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de noviembre de 2019

Carlos Geli / Una tarde con Teresa

Últimas tardes con Teresa - Juan Marsé | Planeta de Libros

Una tarde con Teresa

Sin saber nada del fotógrafo Oriol Maspons, ni de la vida, se me ocurrió imitar la mítica portada de ‘Últimas tardes con Teresa’

Carlos Geli
Barcelona, 22 de noviembre de 2019


Una joven contempla la fotografía completa de Oriol Maspons, de la que salió la portada original de la primera edición de  'Últimas tardes con Teresa', de Juan Marsé.
Una joven contempla la fotografía completa de Oriol Maspons, de la que salió la portada original de la primera edición de 'Últimas tardes con Teresa', de Juan Marsé. MAR SIFRE



Carlos Geli
Barcelona, 22 de noviembre de 2019


No sé bien qué busco en los libros. Bajo una lámpara de los años 30 y los pies cruzados sobre el reposabrazos fue, tardes de infancia, evasión y vidas imposibles por delegación. A la misma luz y butaca, tiempo retapizado, interpretación: intuía que la vida no enseña, que en la calle estaba el mundo, pero que desde ahí no lo entendería. Buena excusa para una misantropía que se reforzaba las noches de los sábados.
Siempre hay una fecha. Ahora, el 19 de agosto de 1982. Es la de mi Últimas tardes con Teresa, el libro que más me ha marcado. Según la anotación náufraga entre el ocre de las páginas quemadas por la acidez del tiempo, fue regalo de mi hermana, manifestación de sus futuras dotes de psicóloga. Ya saben de qué va: correrías y equívocos amores de un rufián del Carmel (el Pijoaparte) con Teresita Serrat, universitaria de buena familia de Sant Gervasi que juega a la subversión política con sus también riquitos (y tontillos) compañeros. Ella ha confundido al ladrón de motos con un militante obrero y cree que “la arrancará de su clase y la salvará de sí misma”, como resumió Mario Vargas Llosa; el chico, que le ha tocado la lotería social que le abrirá las puertas del tecnicolor mundo burgués.
Me gusta pensar hoy que para Marsé la novela fue tan importante como para mí: es quien mejor ha descrito mi infancia y su paisaje. No es su preferida, pero es la que le afianzó su hasta entonces vacilante vocación. Mi ejemplar es la sexta reimpresión de la séptima edición, revisada por el autor en febrero de 1975, pero mantiene la portada de la primera, de 1966, de Oriol Maspons, con el plano cenital de una chica al volante de un descapotable. El fotógrafo ya había ilustrado el primer libro publicado de Marsé, Encerrados con un solo juguete, de 1960: utilizó a una modelo francesa, Babà, leyendo indolente revistas en la cama; era la habitación de las hijas del editor Carlos Barral en su casa de Calafell.




El Innocenti mutó, como la carroza de Cenicienta, en calabaza Ford Fiesta rojo, por supuesto no descapotable, lo que obligaba a un escorzo tan sufrido de mi amada por la ventanilla que temí que se partiera el espinazo

Maspons ilustraba la colección Biblioteca Breve ya desde el póster fundacional de junio de 1958. Mínimo iluminó 42 portadas. En otra ocasión, al menos, exhibió también un coche y una mujer, esta vez conduciendo, de noche y frontal: Lo más tarde en noviembre, de Hans Erich Nossack. La destinada al libro de Marsé es historia conocida de la fotografía catalana y del espíritu de la Gauche Divine. Es tan icónica que se ha atribuido a Leopoldo Pomés y a Colita, a ésta a partir del polémico filme sobre Jaime Gil de Biedma, El cónsul de Sodoma, en una sesión en la que supuestamente estaba Marsé, su mujer y el poeta, lo que el escritor desmintió a su biógrafo Josep Maria Cuenca en Mientras llega la felicidad.
Nada más lejos. Maspons tomó la foto desde un balcón de La Pedrera, donde vivían los padres de la modelo Susan Holmquist, que ya para siempre fue, en el imaginario colectivo, Teresita Serrat. Inevitable una modelo extranjera porque, desde que en 1954 fotografiara en Ibiza a Monique Koller, Maspons utilizó mayormente modelos de allende los Pirineos, rubias y aire nórdico: para él, encarnaban a la mujer moderna y sensual. Con los años, las mutó en maniquís, muñecas casi inexpresivas en poses de contorsionista.
A Holmquist (el Conillet de vellut de la canción de Juan Manuel Serrat, tras su relación sentimental) también la hizo doblarse y mirar hacia arriba, en un encuadre anómalo en la época. El coche era de ella: un Innocenti descapotable que la ya Miss Dinamarca se había comprado hacía poco en Milán. Como el original de la fotografía está entre las 503 imágenes que conforman, en el MNAC, la primera gran exposición sobre Maspons, me fijé en algunos detalles. Tontos, claro. Por ejemplo, la matrícula: MI 854142. O que el vehículo estaba algo sucio de polvo, como delatan esos dibujitos que la gente suele hacer en ellos con el dedito (mejor eso que la envidiosa rayita del chasis). Y que junto a la antena telescópica de radio, canónicamente torcida al final, había un adhesivo muy de la época, un trébol de cuatro hojas verde…




¿Qué busco aún hoy en mi mitad de un libro? Apenas un poco de orden en la tragedia

La patológica obsesión tiene atenuante, que requiere unas coordenadas personales de 1982 y que se explican si de la historia de Marsé se borran trazos de arribismo y mala fe y se cambian los escenarios de la Costa Brava por Castelldefels y el rancio abolengo de la dinastía Serrat por un empresariado de posibles hecho a sí mismo. Y el pelo rubio por el castaño, pero no los ojos azules. Y ahí lo dejamos.
La cosa es que, sin yo saber a mis 19 años absolutamente nada de nada de la imagen ni del fotógrafo (ni de Marsé, ni de la vida, en definitiva), se me ocurrió una tarde de verano hacer lo propio con mi Teresa. Entrañable… pero dramático: el estilizado Innocenti mutó, como la carroza de Cenicienta, en calabaza Ford Fiesta rojo, por supuesto no descapotable, lo que obligaba a un escorzo tan sufrido de mi amada por la ventanilla que temí que se partiera el espinazo. Tampoco sé cuántas veces disparé porque cuando no encontraba el encuadre resulta que entraba un rayo de sol o vislumbraba mueca u ojo entrecerrado en su rostro. La clandestinidad de la cosa (los vecinos de la chafardera, angosta y humilde callejuela del barrio; mi tía viuda rondando en funciones de carabina veraniega y mi impericia con la cámara sustraída a mis padres) provocó que en casi todas las pocas imágenes que se salvaron en el revelado se colara la barandilla del balcón.
Perdí las copias, quizá todas rotas cuando la relación concluyó, más por imberbes despechos tontos que por incompatibilidad personal o social, aunque la presión en su familia fue grande (sólo le caía bien a su abuela). Pero, sin reconocerlo, mantengo la esperanza de que alguna, un día, aletee al coger un libro demasiado tiempo olvidado. En el fondo, en aquella historia, como en la de Marsé, no hubo “ni rencor ni condena, ni tampoco autoengaño, sino metamorfosis lírica”, como leyó Pere Gimferrer. “El autor solo escribe la mitad de un libro; de la otra mitad debe ocuparse el lector”, sostenía Joseph Conrad. ¿Qué busco aún hoy en mi mitad de un libro? Apenas un poco de orden en la tragedia.
EL PAÍS

viernes, 6 de mayo de 2016

Últimas tardes con Teresa / La chica del descapotable cumple cincuenta años




Primer plano de Susan Holmquist para anunciar un producto de belleza.
Primer plano de Susan Holmquist para anunciar un producto de belleza. GIANNI RUGGIERO.

La chica del descapotable cumple cincuenta años

La fotografía de Oriol Maspons para el libro 'Últimas tardes con Teresa' crearía una de las portadas icónicas del libro español contemporáneo. Su protagonista, una modelo danesa

Carles Gámez
6 de mayo de 2016

Si hubiera que hacer un ranking con algunas de las portadas que han señalado la historia del libro español en los últimos cincuenta años, en la lista no faltarían entre los primeros lugares algunos de los títulos que creó el diseñador Daniel Gil para el sello Alianza Editorial. Tampoco las portadas que en su momento realizó el malogrado Diego Lara para la colección Nostromo de Alfaguara o las históricas cubiertas en amarillo y negro que el diseñador y pintor Jordi Fornas creó para la colección de novela policiaca La Cua de Palla de Edicions 62.
Cuando se cumple medio siglo de la aparición de la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, un aniversario recordado ampliamente en las páginas culturales, la portada de la novela, la fotografía de una muchacha rubia sobre un descapotable realizada por el fotógrafo Oriol Maspons, sobresale en este grupo de imágenes icónicas alimentadas por el paso del tiempo. “Aunque en sus portadas no figuraba ninguna autoría gráfica, la editorial Seix Barral respondía a la personalidad y el estilo de su editor Carlos Barral” señala el diseñador e historiador del diseño gráfico Enric Satué. “En Seix Barral no había una figura de la envergadura pongamos por caso de un Daniel Gil como en Alianza, pero pudo contar con el apoyo gráfico de fotógrafos como Oriol Maspons y sus portadas acabarían influyendo otras editoriales como fue el caso de Esther Tusquets y Lumen, que las imitaría para su colección Palabra e imagen encargando a diferentes fotógrafos, el mismo Oriol Maspons, Ramon Masats, Xavier Miserachs, Cèsar Malet o Colita, fotografías tanto para la portada como el interior”.







Susan Holmquist en el año 1967 en la sala Bocaccio para la presentación de una colección de la diseñadora Mary Quant.ampliar foto
Susan Holmquist en el año 1967 en la sala Bocaccio para la presentación de una colección de la diseñadora Mary Quant.


Si bien la fotografía de Oriol Maspons ha quedado guardada en la memoria gráfica y sentimental, no lo ha sido tanto la de su protagonista, la modelo Susan Holmquist, una joven de origen nórdico catapultada gracias a un concurso de belleza celebrado en Palma de Mallorca que en su momento formará parte de ese estilizado círculo de rostros femeninos que renovaron la imagen de la mujer en la publicidad y la moda española. El fotógrafo y publicista Leopoldo Pomés es uno de los artífices de esta renovación popularizando los rostros de Teresa Gimpera, Romy (Carmen Romero), Margaret Peters, la cantante Nico o la mítica figura de Margit Kocsis sobre un caballo blanco para el brandy Terry. Testigo- y agente- de esos años creativos será Gianni Ruggiero, un joven fotógrafo milanés que llega a Barcelona contratado por el periodista Luís Bettonica para fotografiar las colecciones de alta costura española del instituto creado para su promoción. Junto con la modelo Susan Holmquist, en aquel momento su compañera sentimental, firman algunos de los anuncios más llamativos de esos años como la campaña para la cerveza Estrella del Sur con la modelo mostrando su desnudez. “Si visualizamos- señala Ruggiero-la imagen de la mujer española de 1965 y la comparamos con la de Susan Holmquist como “modelo galáctica” del anuncio de cerveza Estrella del Sur en una marquesina de publicidad de ese mismo año, veremos que hay una ruptura total”.







Portada de 'Últimas tardes con Teresa'.
Portada de 'Últimas tardes con Teresa'. ORIOL MASPONS


“Recuerdo- comenta Gianni Ruggiero- que la fotografía para la portada del libro de Últimas tardes con Teresa se hizo con el coche que Susan se había acabado de compra en Milán con los primeros ingresos importantes que había tenido como modelo”. “La figura de la joven de la portada del libro - señala Satué- sin duda respondía a uno de los mitos de la España de los años sesenta, el de la belleza nórdica, por otro lado, la fotografía aérea realizada por Maspons representa una perspectiva muy atractiva y de carácter inédito, ya que desde arriba, con excepción de Dios, ningún humano puede mirar. Maspons dio en la diana creando un “lote” muy seductor, uniendo la belleza física de la joven modelo y el poder de atracción de la máquina, el flamante descapotable. Si a todo eso añadimos la fuerza evocadora del título de la obra, la composición no puede resultar más acertada”. Y concluye. “No será el único ejemplo en que una fotografía de Maspons se manifiesta como un libro abierto”.
Cincuenta años después, en una España encorsetada por la censura franquista la figura de Susan Holmquist sobre un descapotable blanco proyectó esa imagen de fantasía y libertad que hizo soñar a muchos lectores con la protagonista del libro del Marsé, aquella Teresa que gracias a la lírica serratiana se transformaba sólo unos años después, en un sexy y fugitivo “Conillet de vellut” (conejito de terciopelo) traspasando el nombre de la modelo del imaginario literario a la mitología pop.

lunes, 21 de marzo de 2016

«Últimas tardes con Teresa» / La novela que irritó a franquistas y antifranquistas


El escritor Juan Marsé, fotografiado en el despacho de su casa, en Barcelona
Juan Marsé, fotografiado en el despacho de su casa, en Barcelona - INÉS BAUCELLS

«Últimas tardes con Teresa», la novela que irritó a franquistas y antifranquistas

Una edición conmemorativa del 50 aniversario de la publicación del libro de Juan Marsé incluye material inédito de la censura


Sergi Doria
21 de marzo de 2016

«El libro, en efecto, no sólo es bueno, sino tal vez el más vigoroso y convincente de los escritos estos últimos años en España…». En su reseña de Ínsula, Vargas Llosa reconocía que «Últimas tardes con Teresa» iba a ser uno de los títulos fundamentales de la novela española del siglo XX. Al fragmento laudatorio se añadía una advertencia: «Irritará a todo el mundo».
La tercera novela de Juan Marsé ya había irritado a los miembros del jurado del premio Biblioteca Breve. Carlos Barral, Josep Maria Castellet, Salvador Clotas, Juan García Hortelano, Luis Goytisolo y el propio Vargas Llosa guerrearon hasta arrojar el fallo que dio ganador a Marsé (cuatro votos) sobre «La tentación de Riota Hayworth», de Manuel Puig (dos votos). Entre los más enojados, un Luis Goytisolo que había apoyado a Puig y que se sentía molesto –como Salvador Clotas– por la caustica imagen que Marsé daba de los incidentes universitarios del 56.

La irritación no acabó ahí. El 3 de noviembre del 65, «Últimas tardes con Teresa» aterrizó en la Sección de Orientación Bibliográfica, la censura. La desautorización fue contundente: «La novela presenta numerosas escenas escabrosas siendo el fondo de la misma francamente inmoral; en el argumento se hacen numerosas referencias políticas de carácter izquierdista con alusión a las algaradas estudiantiles que tuvieron lugar en la Universidad de Barcelona glorificando sus acciones…».




A recibir la respuesta, Marsé se dirigió por carta al director general de Información, Carlos Robles Piquer, quien le manifestó su apoyo, aunque no pudo evitar un segundo informe desfavorable: se recordaba que el autor «es considerado como de tendencias marxistas, y su firma figura en las cartas colectivas enviadas al señor Ministro de Información y Turismo en los meses de julio, septiembre y noviembre de 1963. Aunque desde entonces no constan más actividades negativas». La novela precisaba una «revisión detenida» por su «inmoralidad» y «clasismo».

Detalles inmorales

Una reunión en Madrid con Robles Piquer allanó el camino. Como cuenta Marsé, al cuñado de Fraga Iribarne y a sus colaboradores les preocupaban más los detalles inmorales que los políticos: «Lo más sorprendente fue quizás que no metieran mano en los capítulos en los que se incluían las cargas policiales durante las manifestaciones del 56 y del 57, limitándose a consideraciones de orden sexual o moral». Entre las sugerencias, cambiar «pechos» por «senos», suprimir el «fino bigotito del alférez provisional» para no ofender al ejército o sustituir el término «muslos» por un neologismo inventado por el escritor. «Yo no tengo talento para eso», adujo Marsé. «Pon antepierna», propuso Robles Piquer. «Eso no es un muslo», repuso el escritor.



Entre las sugerencias, cambiar «pechos» por «senos», suprimir el «fino bigotito del alférez provisional»

La edición conmemorativa que Seix Barral lanza el 5 de abril reúne los informes censores. El Pijoaparte es «un delincuente habitual, antisocial y tosco, con debilidad especial para el robo de motocicletas» que envidia y desprecia a las clases «privilegiadas». Por ejemplo, la expresión «señoritos de mierda», o que Teresa haya adquirido «la preciosísima mala leche proletaria».
La tutela de Robles Piquer –estamos en 1966, el año de la Ley de Prensa de Fraga– se impuso a sus subalternos del lápiz rojo, entre ellos un tal Fajardo. Autorizada el 1 de marzo, «Últimas tardes con Teresa» vio la luz un mes después en la imprenta de Seix Barral y Hermanos: tres mil ejemplares al precio de 120 pesetas. En la portada, la bella Susan Holmquist fotografiada por Oriol Maspons.

Revolucionarios de salón

Después de irritar a los franquistas, la novela irritó –¡y de qué manera!– a los revolucionarios de salón que se veían retratados: los Goytisolo, Ricardo Bofill, Josep M. Castellet… He aquí un fragmento que les escoció tanto como a los censores franquistas: «Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda». El entorno de Carlos Barral, que quiso convertir a Marsé en un escritor obrero del realismo social, echaba chispas. José Carlos Egea denostaba «el fondo reaccionario» de «Últimas tardes con Teresa» y Juan Carlos Curutchet lamentaba en una revista uruguaya «que la novela no sólo no es marxista, sino que tampoco es neutra».
Como apunta Josep Maria Cuenca, biógrafo del escritor: «Claro signo de la intolerancia ideológica con que algunos izquierdistas recibieron la novela es el incidente que al parecer sufrió Carmina Labra cuando incurrió en la imprudencia de comentar ‘Últimas tardes con Teresa’ con un camarada de su partido y acabó recibiendo de éste una célebre bofetada por exponer argumentos favorables a la novela». El tiempo ha dado la razón literaria a Juan Marsé. ¡Larga vida al Pijoaparte!