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sábado, 15 de noviembre de 2025

Olivia Laing / Una por las orillas y las profundidades del río de Virginia Woolf


miércoles, 27 de marzo de 2024

La estética del aburrimiento / ¿Por qué algunos de los libros esenciales de la historia de la literatura son tan tediosos?

 


De izquierda a derecha, los escritores James Joyce, Marcel Proust, Thomas Bernhard y Virginia Woolf.

De izquierda a derecha, los escritores James Joyce, Marcel Proust, Thomas Bernhard y Virginia Woolf.


La estética del aburrimiento: ¿por qué algunos de los libros esenciales de la historia de la literatura son tan tediosos?

Joyce, Proust, Woolf, Bolaño, Bernhard, Foster Wallace... Un ensayo de Inma Aljaro estudia el tedio deliberado en la novela, que lleva a inopinadas experiencias estéticas



Sergio C. Fanjul
5 de marzo de 2024

Hay libros que son hitos indelebles en la historia de la literatura y que, sin embargo, son aburridísimos (al menos para un sector mayoritario de los lectores). Qué paradoja. James Joyce, Marcel Proust, Samuel Beckett, Alain Robbe-Grillet, David Foster Wallace, Gertrude Stein, Roberto Bolaño, Thomas Pynchon, Juan José Saer, Virginia Woolf, Thomas Bernhard. Autores difíciles, con obras que suponen un esfuerzo similar a la subida a un ochomil y cuya lectura otorga un signo de distinción: solo son aptos para los más gafapastas.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Yolanda Morató / Algoritmos para el suicidio

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Nicole Kidman como Virginia Woolf en The Hours, 2002. Fotografía: Cordon Press.

Algoritmos para el suicidio

Aunque el suicidio tiene una gran repercusión en nuestra sociedad (la OMS informa de que se registran 800 000 al año, uno cada cuarenta segundos), ha permanecido en una especie de refugio informativo durante mucho tiempo. El Libro de estilo de El País indicaba en 2003 que «los suicidios deberán publicarse solamente cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho social de interés general». Aunque no cabe duda de que se trata de un tipo de información extremadamente delicada e íntima, el efecto contagio o «efecto Werther» (por la obra de Goethe) que se esgrimía para no hablar de ello parece no ser tal. En Japón, uno de los países con índices de suicidio elevados, hablar abiertamente del tema ha contribuido, al contrario de lo que se pensaba, a que desciendan los casos. A este tratamiento de la información lo han bautizado con el nombre de «efecto Papageno» (por el libreto de Schikaneder para la ópera alemana La flauta mágica, de Mozart). Lo que se persigue es que los potenciales suicidas encuentren vías alternativas a sus planes.

Lo escrito escrito queda / Los diarios de Virginia Woolf

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Virginia Woolf. Foto: Cordon.

Lo escrito escrito queda: los diarios de Virginia Woolf


Yolanda Morató
31 de mayo de 2020

Una escritora se pone de moda (recordemos que la moda no es otra cosa que el reflejo de los gustos pasajeros de cierta colectividad y, por tanto, durante un tiempo, pueden despreciarse de manera sistemática los matices que presente cualquier juicio crítico). De repente, el hecho de decir que no te gusta lo que publica, o lo que simboliza en público, se convierte en un pecado, en una reacción supuestamente motivada por algún tipo de envidia o en pura insolencia. Si, además, dicha escritora comienza a adquirir cierto papel contestatario —esté o no justificado, con mayor o menor éxito— disentir resulta aún más grave. ¿Cómo oponerse a un icono? ¿Cómo jugar a ser David contra Goliat?

viernes, 1 de septiembre de 2023

Virginia Woolf / Una escritora con cuarto propio

 

Virginia Woolf

Una escritora con cuarto propio

6 ABRIL 2018, 

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

La eterna vigencia de Virginia Woolf

 

Virginia Woolf


La eterna vigencia de Virginia Woolf

Figura estelar de la literatura del siglo XX, la obra y el legado de Virginia Woolf crece cada año con nuevas ediciones, traducciones y publicaciones que acrecientan con justicia el número de sus lectores.

Daniel Gigena

3 de enero de 2021

La escritora que supo captar la poesía de la impermanencia y las transformaciones, que combatió cuerpo a cuerpo, hasta el final, con su “eterna antagonista” (la vida), la que renovó la novela en lengua inglesa y enriqueció la tradición feminista con ensayos notables como Un cuarto propio, se ha vuelto un patrimonio cultural universal. Incluso para los que no la leyeron, Virginia Woolf (1882-1941) es una figura en la que convergen la búsqueda de la belleza, la reivindicación de la inteligencia y la defensa de la independencia de las mujeres en una cultura de privilegios masculinos. En marzo de 2021 se cumplirán ochenta años de la muerte de la autora de Las olas, que se arrojó al río Ouse con su abrigo cargado de piedras. A la reedición de Tres guineas (Godot), y a los lanzamientos de Leer & reseñar (Barba de Abejas) y Victoria Ocampo-Virginia Woolf. Correspondencia (Rara Avis) en las últimas semanas de 2020, en marzo se podrá agregar al carrito de compras Horas en una biblioteca (Austral), que reúne sus ensayos sobre el estatus de la ficción, el arte de la biografía y la obra de algunos de sus autores favoritos: Jane Austen, Joseph Conrad y Fiodor Dostoievski (los tres novelistas como ella). 

Virginia Woolf / El viejo Bloomsbury


Virginia Woolf


Virginia Woolf
EL VIEJO BLOOMSBURY


    Con base en las órdenes de Molly, he tenido que escribir algunos recuerdos sobre el viejo Bloomsbury, el Bloomsbury que va de 1904 a 1914. Desde luego, a Bloomsbury lo veo desde mi perspectiva, no aquella de ustedes. Les pido que sean comprensivos con esto. Entonces, desde mi perspectiva, uno se acerca a Bloomsbury por Hyde Park Gate, esa pequeña vía sin salida próxima a Queen's Gate y frente a los jardines Kensington. Y debemos observar por un momento esa altísima casa a mano izquierda, ya hacia el final, que empieza por ser de estuco y termina por ser de ladrillo rojo; casa muy alta y sin embargo -a como la veo ahora que la hemos vendido- tan desvencijada que cualquier viento fuerte podría derribarla.

La pasión epistolar de Virginia Woolf: "Amo como mujer y te amo porque eres mujer"



La pasión epistolar de Virginia Woolf: "Amo como mujer y te amo porque eres mujer"

P. Unamuno
16 de abril de 2018

Fue el cuñado de Virginia Woolf, Clive Bell, quien la avisó de que una aristócrata bien conocida en todo Londres por sus sonadas aventuras homosexuales, Vita Sackville-West -escritora también, había puesto los ojos en ella y quería conocerla, para lo cual se organizó una cena de ringorrango. "Vita es una lesbiana declarada, ten cuidado", le dijo Clive, a lo que la mordaz Virginia repuso: "Pues con lo esnob que soy, no sabré resistirme".

Leonard y Virginia Woolf / El amor amistoso más grande que existió

 

Virginia y Leonard Woolf


Leonard y Virginia Woolf, el amor amistoso más grande que existió

25 de Enero de 2023

La vida de la escritora británica Virginia Woolf fue más que compleja, por decir lo menos.

El feminismo de Virginia no surgió desde un lugar para defender ninguna bandera, sino que emanó de problematizar y reflexionar su propia vida. Episodios como el de su infancia, en la que sufrió abuso sexual por parte de su medio hermano, Gerald Duckworth; su juventud de descubrimiento artístico junto a su hermana Vanessa Stephen (su verdadero apellido) y haber contraído matrimonio con un hombre al que no amaba, sino quería, la marcaron profundamente. 

jueves, 31 de agosto de 2023

Virginia Woolf / La mujer ante el espejo


Virginia Woolf
LA MUJER ANTE EL ESPEJO
Una reflexión


La gente no debería dejar espejos colgados en las habitaciones, como tampoco debería dejar abiertos talonarios de cheques o cartas en las que se confiese algún horrible delito. Era imposible no mirar, aquella tarde de verano, el gran espejo que había fuera, en el vestíbulo. El azar así lo había dispuesto. Desde las profundidades del sofá, en la sala de estar, se veía reflejado en el espejo italiano no sólo la mesa de mármol que había enfrente, sino también un trozo de jardín. Se veía un largo sendero de hierba que discurría entre macizos de altas flores hasta que el marco dorado del espejo lo cortaba en una esquina.

Virginia Woolf / Momentos de vida

 

Ilustración de T.A.

Virginia Woolf
Momentos de vida


«Los alfileres de Slater’s no tienen punta».


    Los alfileres de Slater’s no tienen punta, ¿no crees lo mismo? —dijo la señorita Craye volviéndose mientras el clavel se desprendía del vestido de Fanny Wilmot. Y Fanny se inclinó —los oídos llenos de música— a mirar el alfiler en el suelo.

Virginia Woolf / El vestido nuevo

 



Virginia Woolf 
El vestido nuevo


    Mabel tuvo la primera sospecha seria de que algo no iba bien al quitarse la capa; y la señora Barnet, al alcanzarle el espejo y tomar los cepillos, llamó su atención —un tanto exageradamente tal vez— sobre la ropa en la mesa y todos los artefactos para arreglar el cabello, cuidar el cutis y la ropa, que yacían sobre el tocador, confirmando así la sospecha, de que algo no iba bien, nada bien; y la sospecha aumentaba mientras subía las escaleras y se arrebataba sobre Clarissa Dalloway; y después de saludarla, corrió hacia el fondo de la habitación, donde en un rincón oscuro colgaba un espejo, y se miró. ¡No! No estaba bien. Y de inmediato, la tristeza que siempre intentaba ocultar, esa profunda insatisfacción —la sensación de inferioridad que siempre, desde niña, había sentido frente a las otras personas— se fue apoderando de ella, implacable, sin piedad, con una intensidad de la que no podía librarse leyendo a Borrow o Scott como lo hacía en su casa al despertarse por las noches; porque estos hombres, estas mujeres, todos pensaban: «¿Qué se ha puesto Mabel? ¡Quémal se ve! ¡Qué espantoso vestido!», pestañeando de prisa y entrecerrando los ojos. La deprimía su total incompetencia, su cobardía; su sangre fría. Y de inmediato, toda la habitación, donde durante horas había planeado con el modisto cómo sería, se veía sórdida, repulsiva. Y su sala de estar tan fea; y ella misma, que salió de su casa orgullosa, y antes de hacerlo tomó las cartas sobre la mesa del hall y dijo: «¡qué aburrido!» para presumir. Todo eso le parecía ahora tan estúpido, tan mediocre. Todo eso se destruyó, voló por los aires en el momento en que entró en la sala de estar de la señora Dalloway.

Virginia Woolf / Un colegio de mujeres visto desde afuera

 



Virginia Woolf
Un colegio de mujeres visto desde afuera


    La luna blanca como una pluma no dejaba que el cielo se oscureciera. Toda la noche las flores del castaño se veían blancas en el verde, y oscuro era el perifollo en las praderas. El viento de los jardines de Cambridge no iba ni a Tartaria ni a Arabia, sino que andaba como adormilado por entre las nubes azul grisáceas sobre los techos de Newnham. Allí, en el jardín, si necesitaba algún lugar para deambular, lo habría hallado entre los árboles. Y como su rostro sólo podría hallar rostros de mujeres, podía descubrirlo, inexpresivo, y mirar hacia las habitaciones donde, a esa hora —rostros vacíos, monótonos, sus blancos párpados sobre los ojos cerrados y manos desnudas sobre las sábanas— dormían incontables mujeres. Pero aquí y allá todavía brillaba una luz.

Virginia Woolf / La señora Dalloway en Bond Street

 



Virginia Woolf
La señora Dalloway en Bond Street

    La señora Dalloway dijo que ella misma compraría los guantes. Al salir escuchó las campanadas del Big Ben. Eran las once de la mañana y la nueva hora estaba tan pura, como si se la hubieran ofrecido a un grupo de niños en la playa. Había algo solemne en el balanceo de las campanas, en los golpes repetidos; algo incitante en el murmullo del tráfico y el arrastrar de los pies.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Virginia Woolf / En el huerto


Virginia Woolf 

EN EL HUERTO


    Miranda dormía en el huerto, recostada en una hamaca bajo el manzano. El libro había caído al césped y los dedos todavía parecían señalar una oración: «Ce pays est vraiment un des coins du monde oui le rire des filles elate le mieux…». Como si se hubiera quedado dormida mientras la leía. El ópalo en el dedo se teñía de verde, de rosado, y nuevamente de naranja, como el sol, que se filtraba entre los manzanos y los rebalsaba de luz. Después se levantó una brisa, y el vestido púrpura comenzó a agitarse como un capullo prendido a su tallo; el césped se movía de atrás a adelante; y la mariposa blanca volaba de un lado al otro justo sobre el rostro de Miranda.

Virginia Woolf / Azul y verde





Virginia Woolf 
AZUL Y VERDE

    Verde

    Los afilados dedos de cristal cuelgan hacia abajo. La luz se desliza por el cristal formando un charco verde. Durante todo el día los diez dedos de la araña gotean verde sobre el mármol. Las plumas de los periquitos —su cantar agudo—, las hojas de las palmeras —verdes también; verdes agujas brillando al sol. Pero el duro cristal sigue goteando sobre el mármol. Se forman lagunas en la arena del desierto; los camellos las cruzan balanceándose. Las lagunas permanecen en el mármol; crecen juncos alrededor, y maleza; aquí y allá un capullo blanco; la rana salta; por la noche las estrellas aparecen inmaculadas. Cae la tarde y la sombra lleva el verde hacia la chimenea. La agitada superficie del océano; no llegan barcos; las olas sin rumbo oscilan bajo el cielo desnudo. Es de noche; las agujas gotean azul. El verde desaparece.

    Azul
    El monstruo de nariz puntiaguda se eleva hasta la superficie y hecha por los orificios de la nariz dos columnas de agua que, completamente blancas en el centro, se esparcen en una hilera de gotas azules. Manchas azules surcan la negra lona alquitranada de su pelambre. Absorbiendo el agua por la nariz y la boca se sumerge, lleno de agua, y el azul lo encierra tapando sus ojos como piedras luminosas. Se recuesta en la arena, pesado, obtuso, mudando sus secas escamas azules. Su azul metálico tiñe el hierro oxidado de la arena. Azul es el esqueleto del bote encallado. Una ola rueda bajo las campanas azules. Pero la catedral es diferente, fría, llena de incienso, ligeramente azul con el velo de las vírgenes.


Virginia Woolf / La sociedad

 




Virginia Woolf
La sociedad


    Así comenzó todo. Éramos un grupo de seis o siete reunidas después del té. Algunas miraban hacia la sombrerera de enfrente, donde las plumas rojas y las pantuflas doradas seguían iluminadas en la vidriera; otras dejaban pasar el tiempo construyendo pequeñas torres de azúcar en el borde de la bandeja del té. Pasado un momento, según lo recuerdo, nos ubicamos alrededor del fuego y comenzamos, como de costumbre, a elogiar a los hombres. Qué fuertes, qué nobles, qué inteligentes, qué valientes, qué bellos eran; y cómo envidiábamos a aquellas que, por las buenas o por las malas,lograban unirse a uno de por vida. Hasta que Poll, que había permanecido en silencio hasta el momento, rompió a llorar. Poll, debo admitirlo, siempre ha sido algo extraña. Para empezar, su padre era un hombre extraño. Le dejó una fortuna en su testamento, pero con la condición de que leyera todos los libros de la biblioteca de Londres. Intentábamos consolarla lo mejor que podíamos, pero en el fondo sabíamos que era inútil. Pues, aunque la queremos, sabemos que Poll no posee demasiados encantos; lleva los cordones desatados, y seguramente pensaba, mientras nosotras elogiábamos a los hombres, que ninguno querría nunca casarse con ella. Finalmente dejó de llorar. Por un momento no le dimos demasiada importancia a lo que decía; ya bastante extraño nos resultaba de por sí. Nos dijo que, como ya sabíamos, pasaba la mayor parte del día leyendo en la biblioteca. Había comenzado con literatura inglesa en el piso de arriba, dijo, y planeaba seguir el recorrido hasta el Times, en la planta baja. Y ahora, a mitad de camino, o quizás a tan sólo un cuarto de finalizar, algo terrible había sucedido. Ya no podía leer. Los libros no eran lo que nosotras creíamos.

Virginia Woolf / El cuarteto de cuerdas




Virginia Woolf
El cuarteto de cuerdas

    Bueno, aquí estamos, y si observan la habitación verán que los Metros, los tranvías, los ómnibus, los coches privados —que no son pocos, me atrevo a decir—, los landó tirados por zainos, han estado ocupados en ello, extendiendo hilos a lo largo y a lo ancho de Londres. Aunque empiezo a tener mis dudas…

Virginia Woolf / Lunes o martes

 



Virginia Woolf
Lunes o martes 
   

Lenta e indiferente, sortea el espacio con sus alas hábiles, conoce el camino, la garza vuela en el cielo y pasa sobre la iglesia. Blanco y distante, absorto, el cielo infinito se cubre y se descubre, se mueve y se detiene. ¿Es un lago? ¡Bórrale la orilla! ¿Una montaña? Oh, inmaculado, el sol dora las laderas. Cae allí. Helechos, o plumas blancas, por los siglos de los siglos.

martes, 29 de agosto de 2023

Virginia Woolf / Una casa encantanda


Virginia Woolf

Una casa encantada 

A Haunted House by Virginia Woolf


      A cualquier hora que despertaras siempre había una puerta balanceándose. Iban de habitación en habitación, tomados de la mano; levantando aquí, abriendo allá, asegurándose… Una pareja de fantasmas.