Han Kang: “¿Seré yo la rara al no sentir vértigo después del Nobel?”
La escritora surcoreana defiende la vida y el amor en su literatura de colisiones, y es la estrella en la fiesta de Sant Jordi en Barcelona

La escritora surcoreana defiende la vida y el amor en su literatura de colisiones, y es la estrella en la fiesta de Sant Jordi en Barcelona

El vegetariano
de Han Kang
trad. Deborah Smith
(Portobello, enero de 2015)
por Ryu Spaeth
En "El artista del hambre" de Kafka, la historia de un hombre que cautiva al público con su capacidad de pasar cuarenta días sin comer, la comida es su enemigo. Si no fuera por las exigencias de la multitud y un empresario autoritario, el artista del hambre seguiría ayunando eternamente. Ver la "comida para inválidos" que se ve obligado a comer cada cuarenta días, con el acompañamiento estridente de una gran orquesta, solo le provoca náuseas. De hecho, cuando su popularidad se desvanece abruptamente y se convierte en un circo abandonado, abandonado a su suerte (pronto reemplazado por una pantera cuyo cuerpo está "abastecido casi a reventar con todo lo necesario"), el artista del hambre continúa ayunando y desvaneciéndose hasta que apenas se distingue de los tallos de paja sucia que bordean su jaula. Justo antes de caer en los brazos de la muerte, le confiesa al capataz del circo que la razón por la que estaba tan decidido a morir de hambre era bastante simple: "No podía encontrar la comida que me gustaba".
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| Cormac McCarthy |
LOS MEJORES LIBROS DEL SIGLO XXI
En cinco días se cumple el primer cuarto del siglo XXI y son inevitables los balances. Esta es la lista de los mejores libros del siglo en español hasta el momento. De algunos de los mejores, por supuesto. Cada quien hace su propia lista.

Cada año, en Inglaterra hay apostadores poniéndole unos pesitos -unos dólares, unas libras- a su autor favorito para ganar el Premio Nobel de Literatura. Los nombres suelen repetirse y, a veces, se aproximan a la misteriosa decisión de la Academia Sueca. En 2021, por ejemplo, la francesa Annie Ernaux lideraba las listas y estaba en ellas en 2022, cuando lo ganó. Otros sorprenden, como Jon Fosse. ¿Qué saben los apostadores? Probablemente se trate de la intuición de muchos. ¿Qué intuyen este año? Ya veremos.


Por Sebastián de Amorrortu
25 de octubre de 2024
La conocí con doce años. La conocí con dieciséis años. La conocí a los veinticuatro. Siempre la vuelvo a conocer. A los doce era una niña simpática y muy aplicada. A los dieciséis era una mujer y una amiga. A los veinticuatro era una emigrante que dormía en la cama junto a mi cama en una pensión de mala muerte, en la zona más sórdida de Madrid de 1990. Ella iba a estudiar y yo a trabajar.

Foto: Alexander Mahmoud/TT via ZUMA Press

Triunfo Arciniegas
LA CLASE DE GRIEGO O LA POÉTICA DEL SILENCIO
La clase de griego, de Han Kang, es la novela que nunca escribió Alejandra Pizarnik: una feroz pelea con el lenguaje. Cuánta sangre habrá corrido para que lleguen hasta nosotros estas páginas limpias, luminosas, vibrantes, como los restos de un naufragio:
“El lenguaje se fue deteriorando en el transcurso de miles de años, desgastado por el uso de incontables lenguas y plumas. Ella misma lo fue deteriorando a lo largo de su vida, con su propia lengua y su propia pluma. Cada vez que empezaba a escribir una oración, notaba su corazón gastado; su corazón remendado, consumido, inexpresivo. Cuanto más lo sentía, más se aferraba a las palabras, hasta que un día las soltó y sus manos quedaron vacías. Los fragmentos mellados cayeron a sus pies. Los dientes del engranaje dejaron de girar. Una parte de ella, el lugar de su interior más desgastado por el uso, se desprendió dejando solo el hueco, como un mordisco, como la marca que deja una cuchara en el blando tofu.”
No es una novela fácil.
Uno sabe que enfrenta un texto importante pero no cómo abordarlo. Quién ha leído “La vegetariana”, una novela con más puentes y pasadizos seguros, pasa las páginas con la certeza de que se encuentra ante una escritora de hondo calado. Y aprende, ansioso de la recompensa. El texto hace al lector. Como décadas atrás en las grandes novelas de Vargas Llosa, Conversación en La Catedral o La casa verde, como Rayuela, de Cortázar, como en las primeras páginas de Proust, Faulkner o Bernhardt, sobre la marcha, tropezándose, encendiendo una y otra vez la lumbre que el viento insiste en apagar, hasta que el lector entiende que, si una mano sostiene la lumbre, la palma de la otra se convierte en barrera protectora y que su propio cuerpo impedirá las jugarretas del viento caprichoso. Una vez superados los obstáculos, el texto se vuelve pradera, tarde plácida, nube que puede masticarse,
La anécdota no es lo importante en La lección de griego sino el detalle, la atmósfera, el ritmo. Más que los acentos de las palabras griegas escritas en el pizarrón, la tiza “que se rompe en dos y cae al suelo”, más que el rostro “la pálida y fina cicatriz curva que se extiende desde su ojo izquierdo hasta la comisura de la boca”. Más que el lenguaje, “que penetraba en sus sueños como un punzón, provocando que se despertase sobresaltada”, las palabras anotadas sin relación ni propósito en las últimas hojas del diario. Por ejemplo, bosque, que en coreano, recuerda a una antigua pagoda. O cuando en el lavamos se abre el grifo para lavar el estlógrafo y “un fino hilo de color azul se diluyó en el agua dibujando curvas serpenteantes”.
A veces ni siquiera lo que se dice es lo importante.
La poética del silencio, “un silencio todavía más nítido e intenso, como el interior de una tinaja a oscuras”: los huellas que se desvanecen como hilos cada vez más finos, los movimientos que seguimos con los ojos cerrados, los rastros de lo que se ha ido.
La corriente que se establece entre una mujer que ha perdido el habla y el profesor de griego que se está quedando ciego. Las palabras que la mujer muda escribe en la palma del ciego.
Dos seres solitarios, extraviados en Seúl. La mujer, divorciada y huérfana reciente, ha perdido la custodia de su pequeño hijo por diversas razones, y la familia más cercana del profesor vive en Alemania.
No hay nombres.
Leemos la traducción de Sunme Yoon, la versión en español de una lengua que jamás conoceremos. Y la lengua es casi el tema fundamental del texto. No es raro que los personajes se encuentren en las clases de griego, una lengua muerta y supremamente complicada. Supongo que para los coreanos la experiencia de leer a Hon Kang es alucinante, como nos sucede a nosotros con Rulfo, Borges o García Márquez. Regocijante privilegio.
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“En ese instante ella se acuerda de una palabra antigua que recuerda solo a medias y trata de atraparla en su mente. Es una palabra que empieza con el ideograma chino 呼 (ho) y que alude a la penumbra inmediatamente anterior a la salida o a la puesta del sol. Una palabra que hace referencia a ese momento en que hay que preguntar en voz alta a la persona que se acerca quién es, porque no se la ve bien. Se parece, en su origen, a la expresión occidental «la hora entre el perro y el lobo» y empieza con esa sílaba, ho... No puede completar la palabra, que se le queda dando vueltas en algún lugar más profundo que la garganta.”
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“Esforzándose por mantener abiertos los pesados párpados que se le cierran, recuerda, como sumida en un sueño ligero, una escena de su infancia: caía la tarde sobre el callejón que había delante de su vieja casa, y se disponía a salir de la mano de su entonces joven madre para ir a visitar a sus abuelos maternos. Ella era tan pequeña que no podía subirse sola la cremallera del abrigo. «Pasaremos por el mercado a comprar mandarinas», dijo su madre. Al oír aquellas palabras, aparecieron ante sus ojos las frutas de color naranja. Se sorprendió de poder verlas tan vívidamente aunque no las tuviera delante de verdad. Probó a pensar en un árbol y, como por arte de magia, ocurrió lo mismo: fue como si tuviera el árbol delante de sus ojos, aunque ante ella solo se divisaban la callejuela y los interminables muros de cemento de las casas bajo el sol de la tarde. Entonces las letras del alfabeto que había aprendido hacía poco empezaron a superponerse a la imagen del árbol. «Árbol», pronunció en voz alta, y se rio sola: «Árbol... árbol...».”
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Sólo un poeta contempla las palabras de esta manera. En ciertas páginas el lector no sabe si enfrenta una novela o un poema. El penúltimo capítulo (21, “Bosque submarino”) es un poema que sólo puede entenderse si se ha leído la novela completa y que brota de otros dos capítulos fundamentales: 17, “Oscuridad”, y 19, “Diálogo en la oscuridad”. En el primero, debido a un accidente, los personajes se conectan como no pudieron hacerlo en las clases de griego, y en el 19 se acercan en la oscuridad y el silencio hasta conjugarse en el poema del penúltimo capítulo, donde son palabras o líneas de luz, y saltan al abismo de la última página, titulada 0. ¿Un nuevo comienzo?
25 de octubre de 2024
Triunfo Arciniegas
Primera lectura de La vegetariana
Leí asombrado “La vegetariana”, de Han Kang. Una pieza de relojería. Breve, precisa, impecable. No sobra nada. Frases cuidadosas, párrafos perfectos, imágenes deslumbrantes.
Los personajes viven entre el sueño y la vigilia. Para la escritora surcoreana Han Kang (Gwangju, 1970) lo uno es tan importante como lo otro. Y para Yeonghye, la protagonista, que duerme poco y apenas come, los sueños son un tormento y la realidad algo peor. Solo queda escapar del encierro por las puertas del suicidio, el hambre y la locura.
He pensado todo el tiempo en Kafka. “La vegetariana” no es otra cosa que el despiadado relato de una metamorfosis, aunque la protagonista no se transforma en un insecto. Se diría que aspira a convertirse en planta. Al final, Yeonghye asegura que sólo necesita agua y sol. Nada más. “Todos los árboles del mundo me parecen hermanos”, le dice a su hermana Kim en el sanatorio.
Según cuenta en una entrevista, muchos años antes de “La vegetariana”, Han Kang escribió un cuento llamado “El fruto de mi mujer”, donde una mujer se convierte realmente en árbol:
A diferencia del cuento, en ‘La vegetariana’ no se produce ningún hecho sobrenatural, sino que es su imaginación lo que lleva a Yeonghye al extremo de creerse una planta. No utilizo la fantasía o lo sobrenatural en todas mis novelas. Sin embargo, lo hago cuando la verdad que se expresa en la obra me lo exige. A veces siento que no soy yo la que decido, sino que es la novela o el cuento que estoy escribiendo lo que me exige determinadas cosas.
Una novela deslumbrante, con una estructura controlada y eficaz. En la primera parte, “La vegetariana”, seguimos a la mujer desde el punto de vista del marido: ha decidido dejar de comer carne y su mundo entra en crisis. En la segunda parte, “La mancha mongólica”, la narración se traslada al cuñado, artista del video, que pinta y filma a su antojo a una Yeonghye solitaria y frágil. Y en la tercera parte, “Los árboles en llamas”, es la hermana de la protagonista y esposa del artista quien lleva el hilo de la narración. Tres partes perfectamente definidas, que encajan en un engranaje impecable. Aunque Yeonghye renunció a las relaciones íntimas en su matrimonio, una deliciosa sensualidad recorre las páginas de la primera parte y explota en la segunda, donde el marido pierde toda su importancia tanto en la narración como en la vida de Yeonghye. Otro hombre sale de escena en la tercera, el artista, el marido de la hermana de Yeonghye, Kim Inhye. Lo mismo sucede con los padres de ambas. Kim visita el sanatorio una vez al mes y luego todos los viernes para presenciar con total impotencia el deterioro de su hermana. Solo vemos a la protagonista a través de los ojos de los otros.
En la entrevista mencionada, que hace parte de la elegante edición de Rata, Han Kang es muy precisa al respecto: “Desde el principio quise que Yeonghye no tuviera voz y que fueran las personas que la rodean las que hablaran en su lugar. La única parte de la novela en que Yeonghye habla en primera persona es cuando relata sus pesadillas. En el resto de la novela es objeto de observación, existe como blanco de la incomprensión y el odio, de la lástima y la compasión, y de una extraña afinidad. Únicamente la imaginación del lector puede acercarse a ella y llegar a conocerla de un modo íntimo. La determinación de Yeonghye de rechazar la violencia y la condición humana es tan radical y atípica que pensé que esa era la única forma de relatar su historia”.
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Los monólogos (las pesadillas) de la protagonista, brevísimos y certeros, estremecen hasta los huesos. En uno habla de la muerte del perro que la mordió cuando tenía nueve años. Así cierra la anécdota el quinto párrafo: “Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en la sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.”
Otro monólogo trata de los gritos, los gritos que desgarran la carne y sobre todo el alma:
No sé por qué llora esa mujer. No sé por qué me mira tan fijamente como si quisiera comerme la cara. No sé por qué acaricia con manos temblorosas la venda de mi muñeca.
Mi muñeca está bien. No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.
Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.
Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible?
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.
***
La trama convence, pero el lenguaje hechiza. La manera de contar, es decir, la sabia manera de tejer los hilos, los deslumbrantes remates de la primera y la segunda parte, la precisión y delicadeza de semejante arquitectura hacen memorable el texto.
La novela, publicada con más pena que gloria en Corea en 2007, fue traducida en 2012 al español por Sunme Yoon para la editorial independiente argentina Bajo la luna, y en 2016, traducida al inglés por Deborah Smith, obtuvo el prestigioso Booker Internacional, imponiéndose a Elena Ferrante y Orhan Pamuk. Dos años después Han Kang fue finalista con “Blanco”. Y el reto es historia. Así que quienes dicen que se trata de una desconocida sólo hacen parte de la inmensa mayoría de ignorantes.
Han Kang ha sido traducida a más de treinta idiomas y el Booker no era su único premio antes del Nobel. Alguien señaló que en cincuenta años nadie la recordaría. ¿Cómo demonios podemos saberlo? Ni siquiera estaremos vivos. Pero, sin duda, de la frase y su dueño nadie se acordará.
Otro, más imbécil todavía, consideró que el Nobel es una broma. ¿A quién no le gustaría una broma de este calibre? El Nobel no garantiza la inmortalidad, por supuesto. Tampoco lo hace un millón de dólares. Nada garantiza la inmortalidad.
Pero, de todas maneras, es bueno precisar que este año la Academia no se equivocó.
Han Kang, grandiosa.
14 de octubre de 2024
Idioma original: coreano
Título original: 소년이 온다Marc Peig
17 de mayo de 2018
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Idioma original: coreano
Título original:
Marc Peig
21 de febrero de 2020
No negaré a estas alturas mi admiración por Han Kang, una autora que me sorprendió gratamente en «La vegetariana», pero que admiré aún más tras leer «Actos humanos». El estilo poético que inunda su prosa es fácilmente reconocible, y no por ello deja de sorprenderme y entusiasmarme cada vez que empiezo un nuevo libro suyo.
Idioma original: coreano
Título original: 희랍어 시간
Traducción: Hèctor Bofill y Hye Young Yu para La Magrana (en catalán) y Sunme Yoon para Penguin Random House (en castellano)
Año de publicación: 2011
Marc Peig
20 de noviembre de 2023
Idioma original: coreano
Título original: 채식주의자; Chaesikju-uija
Traductora: Sun-me Yoon
Año de publicación: 2016
Santi
3 de julio de 2017
¿Qué imagina uno cuando ve una novela titulada La vegetariana? Probablemente, una historia en la que la protagonista deja de comer carne, y este cambio es presentado como un paso hacia la sabiduría y la salud, hacia una mayor calidad de vida. Una apología del veganismo en forma narrativa.