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miércoles, 17 de junio de 2026

Publicado un cuento inédito de Edith Wharton en el que alertaba de los horrores de la guerra hace más de un siglo


La escritora Edith Wharton con sus perros en Francia, en 1923.

Publicado un cuento inédito de Edith Wharton en el que alertaba de los horrores de la guerra hace más de un siglo

El relato inacabado ‘The Men Who Saved the World’ muestra la visión de la I Guerra Mundial de la escritora que retrató la clase alta neoyorquina de finales del siglo XIX

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Mariana Enríquez / Tú que te asustas




Tú que te asustas


En Alguien llama a la ventana, una antología del cuento gótico, Cristina Bajo traza una biografía de escritora y propone un viaje 
de la memoria: un conjunto de relatos de fantasmas crueles algunos, benévolos otros, que marcaron su formación, su infancia y sus recuerdos.

Mariana Enriquez
22 de febrero de 2017

La antología del cuento gótico Alguien llama a la ventana es uno de los libros más cuidados y personales editado en los últimos meses. Esa bienvenida falta de enciclopedismo, ese capricho –las mejores antologías suelen ser así– se relaciona directamente con la escritora que eligió los cuentos, los prologó, los anotó, los tradujo, y hasta eligió las preciosas estampas victorianas que ilustran casi cada página: Cristina Bajo. Los cuentos que Bajo tradujo son de Edith Wharton, Henry James, Saki, Lafcadio Hearn, E.F. Benson, M. Yale Wynne y H. P. Lovecraft. Solo quedaron fuera los escritos en español (de Bécquer y Lugones, y uno de la propia Bajo), un anómino breve europeo y el poema “No solo en las estancias...” de Emily Dickinson. El cuidado del volumen –también a cargo de Paula Viale– es claro desde la tapa con la reproducción de “At The Park Gate”, una pintura de 1878 de John Atkison Grimshaw, pintor británico especialista en escenas nocturnas. 

sábado, 7 de abril de 2018

Edith Wharton / El arte de escribir un relato de guerra


Edith Wharton
Ilustración de Tullio Pericoli

Edith Wharton

El Arte de escribir 

un relato de guerra



Traducción de Christine Sétrin

Revisión de Ángel Pozo


La Señorita Ivy Spang de Cornwall-on-Hudson había publicado un pequeño volumen de versos antes de la guerra.
Se titulaba Vibraciones, y venía precedido de un prólogo en el que la autora estipulaba que había cedido a la petición urgente de unos «amigos» de exponer su primogénito a la mirada pública. El público había mostrado poco interés y durante poco tiempo, pero el News-Dispatch de Cornwall-on-Hudson había publicado una reseña halagadora, redactada por la esposa del rector de St. Dunstan’s (que firmaba como Asterisk), y en la que, mientras el sentimentalismo algo original de los poemas se menospreciaba con delicadeza, un tributo elegante y femenino se rendía a la «brillante hija de uno de nuestros más destacados e influyentes ciudadanos, que ha voluntariamente abandonado el camino de rosas delplacer para escalar las escarpadas alturas del Parnaso. »

Edith Wharton / Vida y fantasmas de una escritora sin cadenas



Edith Wharton, vida y fantasmas de una escritora sin cadenas

Páginas de Espuma publica los primeros 43 cuentos de la gran señora neoyorquina


CARMEN MORÁN BREÑA
Madrid 5 ABR 2018 - 03:36 COT







Edith Wharton, en Nueva York en 1884.
Edith Wharton, en Nueva York en 1884.

Edith Wharton fue contemporánea de Virginia Woolf y de muchas otras escritoras a las que no les faltaron lectores y que vivieron una época apasionante como mujeres. Cabalgaron la velocidad del siglo XIX al despedirse y los fogonazos con los que se desperezó el XX. De las faldas y refajos a los pantalones; de la bicicleta al avión; las sufragistas, los divorcios... Un mundo que prestaba todos sus cambios para destacar como pioneras. Wharton (1862-1937), tres veces candidata al Nobel, fue la primera mujer que consiguió un Pulitzer, con La edad de la inocencia, y también la primera con un doctorado honoris causa por la Universidad de Yale. A pesar de todo, nada ha impedido que perdure en la historia como la pupila de su amigo Henry James, cuando la valía de ambos solo puede dirimirse en el terreno de los gustos literarios.

viernes, 6 de abril de 2018

Edith Wharton / La campanilla de la doncella


Mujer joven en su toilette con una criada (detalle)
Gerard ter Borch
The Metropolitan Museum of Art




Edith Wharton 


La campanilla
de la doncella







I



Era el otoño, después de haber pasado el tifus. Había estado en el hospital, y cuando salí tenía un aspecto tan endeble y vacilante que las dos o tres damas a las que pedí trabajo no me aceptaron, por temor. Se me había agotado casi todo el dinero, y después de vivir de la pensión durante dos meses, frecuentando agencias de colocaciones y escribiendo a todos los anuncios que me parecían respetables, casi perdí las esperanzas, porque el andar de un lado para otro no me había permitido recuperar peso; así que no veía cómo podía cambiar mi suerte. Pero cambió..., o así lo creí yo entonces. Un día me tropecé con una tal señora Railton, amiga de la señora que me había traído a Estados Unidos, y me paró para saludarme; era de esas personas que hablan siempre con mucha familiaridad. Me preguntó qué me pasaba que estaba tan pálida, y cuando se lo conté, dijo:

Edith Wharton / Cuentos inquietantes / Terror y feminismo


Edith Wharton / Del viaje como arte



Edith Wharton

DEL VIAJE COMO ARTE

La escritora que contó la Gran Guerra

Un libro de la primera autora que ganó un Premio Pulitzer recoge las ‘Travesías por España, Francia Italia y el Mediterráneo’ y los milagros cotidianos del mundo


MARÍA JESÚS ESPINOSA DE LOS MONTEROS
Madrid 14 AGO 2016 - 13:11 COT





Una imagen de Argel en 1899 que aparece en el libro 'Del viaje como arte...'
Una imagen de Argel en 1899 que aparece en el libro 'Del viaje como arte...'





Ser la primera en algo siempre ha tenido sus fortunas y sus condenas. Lo supo bien Edith Wharton (Nueva York, 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, 1937), la primera escritora que ganó el Premio Pulitzer, un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Yale, una de las primeras mujeres en obtener la separación de su marido —Edward Wharton, un bostoniano de buena familia— y una de las primeras reporteras de guerra que utilizó sus influencias de joven aristócrata para contar la Primera Guerra Mundial. A todo esto hay que añadir otra experiencia nada desdeñable: tener coche propio, algo inusual en la época. No conducía, siempre iba con chófer, pero de esa poética de la carretera da buena cuenta el volumen de crónicas Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo, que acaba de publicar La línea del horizonte, con edición de Teresa Gómez Reus. Se trata de una faceta menos conocida de la autora de La edad de la inocencia (1920) que, sin embargo, marcó profundamente su vida.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Así comienza / Ethan Frome


Edith Wharton
ETHAN FROME

Esta historia me la contaron, fragmentariamente, varias personas y, como suele suceder en tales casos, cada vez era una historia distinta.
Si conoce usted Starkfield, Massachusetts, sabrá dónde está la oficina de correos, tiene que haber visto subir hasta allí a Ethan Frome, soltar las riendas de su bayo de hundido lomo y cruzar cansinamente el suelo de ladrillo hasta la columnata blanca: y seguro que alguna vez se ha preguntado quién es.
Fue allí donde le vi por primera vez, hace ya varios años, y la verdad es que me impresionó mucho su aspecto. Todavía era el personaje más sorprendente de Starkfiield, pese a ser ya sólo una ruina de hombre. No era su elevada estatura lo que le hacía destacar, pues los «nativos» se diferenciaban claramente por su flaca altura de las gentes de origen extranjero, más bajas y achaparradas: era aquel aspecto vigoroso e indiferente, pese a una cojera que frenaba cada uno de sus pasos como el tirón de una cadena. Había algo lúgubre e inabordable en su rostro y estaba tan tieso y canoso que le tomé por un viejo y me sorprendí mucho al enterarme de que no tenía más de cincuenta y dos años. Me lo dijo Harmon Grow, que había conducido la diligencia de Bettsbridge a Starkfield en los tiempos en que aún no había ferrocarril y que conocía la crónica de todas las familias del trayecto.


Edith Wharton
Ethan Frome
Barcelona, Ediciones B, 1997




Edith Wharton
ETHAN FROME

I had the story, bit by bit, from various people, and, as generally happens in such cases, each time it was a different story.
If you know Starckfield, Massachusetts, you know the post-office. If you know the post-office you must have seen Ethan Frome drive up to it, drop the reins on his hollow-backed bay and drag himself across the brick pavement to the white colonnade: and you must have asked who he was.
It was there that, several years ago, I saw him for the first time; and the sight pulled me up sharp. Even then he was the most striking figure in Starckfield, though he was but the ruin of a man. It was not so much his great height that marked him, for the ‘‘natives’’ were easily singled out by their lank longitude from the stockier foreign breed: it was the careless powerful look he had, in spite of a lameness checking each step like the jerk of a chain. There was something bleak and unapproachable in this face, and he was so stiffened and grizzled that I took him for an old man and was surprised to hear that he was not more than fifty-two. I had this from Harmon Gow, who had driven the stage from Bettsbridge to Strarckfield in pre-trolley days and knew he chronicle of all the families on his line.


Edith Wharton
Ethan Frome and Other Short Fiction




sábado, 9 de abril de 2005

Edith Wharton / Los niños / La soledad del tiempo perdido


Edith Wharton
LOS NIÑOS

La soledad del tiempo perdido

JOSÉ MARÍA GUELBENZU
9 DE ABRIL DE 2005



Ésta es una de las mejores obras de Edith Wharton: Los niños. Una historia sobre la vejez y la soledad. La de un hombre apresado por la vida y el amor hacia dos mujeres.

Esta novela, publicada en el año 1928, nueve antes de su muerte, es una narración que se distingue enseguida de las otras de su autora porque en ella no se producen los habituales encuentros y desencuentros entre adultos en torno a las relaciones sentimentales. Esta vez nos encontramos siguiendo a un personaje, Martin Boyne, ingeniero que ha recorrido medio mundo ejerciendo su trabajo y que, sin embargo, nunca había tenido encuentros interesantes o gratos con personas singulares que le proporcionasen excitantes vivencias. Boyne, soltero, inteligente, prudente y conformista, se encuentra a los 46 años en una madurez, que para la época es decadencia, pendiente de un nuevo trabajo que le permita establecerse en un lugar fijo y se embarca a Europa en busca de Rose Sellars, la mujer que fue su amor, que se casó con otro por conveniencia, y que habiendo enviudado, espera a Boyne para, al fin, reunirse ambos y recuperar un destino truncado.



LOS NIÑOS

Edith Wharton
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba. Barcelona, 2005
416 páginas. 24,50 euros

En el barco conoce a una troupe de siete niños al mando de una nanny y de la mayor de todos ellos, Judith, una muchacha de 16 años. Son hijos e hijastros de una pareja de millonarios norteamericanos, inmersos en la frivolidad cosmopolita de los años veinte, y de sus matrimonios diversos; viajan solos, pues la pareja los espera en Venecia para empezar la temporada del Lido y estrenar su nuevo yate. Son niños sin hogar, "niños de hotel", como los llama Judith, cuya ambición es mantenerlos unidos y en un hogar fijo y reunidos con sus padres. Durante el viaje, Boyne va "adentrándose poco a poco en la cálida vida animal que destilan los niños felices y sanos. Todo lo relacionado con los pequeños Wheater y sus 'hermanastros' estimulaba el interés y la simpatía de Boyne tanto como la fragilidad del vínculo que unía a los niños y su decisión de que éste no se rompiera". Casualmente, el padre, Cliffe Wheater, es un antiguo compañero de estudios de Boyne y la madre, Joyce, una muchacha de la que se enamoró en tiempos. Esta coincidencia hace que Judith le anime a intervenir ante ellos en favor de los deseos de los niños, lo que obliga a Boyne a hacer un alto en Venecia mientras en Cortina le espera su amada, Rose Sellars.
A partir de aquí empieza a desarrollarse un relato prodigioso cuyo centro es Boyne y que se manifiesta a través de la doble vía que tira de sus emociones: el grupo de niños, encabezado por Judith, hacia la que siente una curiosidad que se convierte en atracción, y su amada Rose Sellars, elegante, singular y con un impecable sentido de lo razonable. La habilidad de Wharton crea a una Judith siempre en el filo de la niñez y los primeros sentimientos de mujer ante (no frente a) Rose, una mujer madura, llena de experiencia y sensibilidad. La primera de un modo semiinconsciente y la segunda con plena conciencia de su valor de atracción libran una batalla llena de sutileza en el espíritu de Boyne. Y Boyne, el profesional que se encuentra por primera vez en una encrucijada de sentimientos que, lo quiera o no, lo obligarán a actuar.


Quizá sea porque esta novela está escrita en sus últimos años, pero lo cierto es que el tema ha cambiado: ésta es una novela sobre la vejez y la soledad. El único verdadero protagonista es Martin Boyne, un personaje soberbio, una creación única, llena de sutileza y de matices regidos por un ojo crítico que no perdona detalle. Los millonarios americanos son razonablemente tópicos; los niños son razonablemente niños, con su nanny incluida; la historia puede parecer un poco forzada. Bien, pero Boyne, reforzado por los formidables y medidos personajes que son Judith y Rose, establece un trío cuya verosimilitud se asienta en una descripción de sentimientos, de una calidad y una exigencia supremas. La sinuosa línea de emociones que liga a Judith con Rose en la vivencia de un Boyne dubitativo es soberbia. Judith atrae a Boyne más por la atracción de la juventud que por el amor: esa juventud es el futuro por delante en un hombre que empieza a verlo atrás; y en ese atrás está Rose, la mujer adecuada a la que ama y al que ella ama con paciencia, con la paciencia del tiempo perdido, pero también -y esto es lo que él advierte- con la realidad del pasado que achica la vida. Boyne sabe que el futuro de Judith no es suyo, pero descubre que el presente de Rose tampoco es suyo. "Boyne pertenecía a una generación incapaz de admitir que lo único permanente era el cambio", escribe Wharton con admirable lucidez. El estado de confusión y duda de Boyne, apresado por fin por la vida en un asunto decisivo en el que no cabe autoengaño, está contado maravillosamente. La falta de salida a la situación, la vida que ha vivido y ahora se le echa encima y lo condena a la soledad se trenzan en el último cuarto de la novela con el desmoronamiento de esa misma situación, que muestra la fragilidad de todo el tinglado, el cual se viene abajo por sus pasos en un final portentoso; Wharton cuenta la historia con tal pericia que estoy por afirmar que quizá sea la mejor novela de las muchas que he leído de su autora.
Edith Wharton es, sin duda, mucho más explícita que su admirado amigo y colega Henry James. Incluso acepta el tópico y hay personajes y situaciones tópicas en esta novela, pero el problema no es contar o hacer decir tópicos a los personajes: lo malo es contar tópicamente; el problema es conseguir que los tópicos se integren, formen parte de una historia y eso lo logra Wharton acompañándolos con la calidad del detalle: es como quien tiene buen gusto y quien no lo tiene, lo que en uno el tópico aparecerá como adecuado y elegante, en el segundo será un chafarrinón vulgar, adocenado.
El momento cumbre, el que quiebra la historia que se ha montado desde Boyne y en torno a Boyne sucede cuando éste empieza a desprenderse de Rose y piensa: "No es que la quiera menos; no puede ser que la quiera menos. Es sólo que todo lo que ocurre entre nosotros parece ocurrir cuando no es el momento". También sabe que no hay lugar para Judith. Está a unos pasos de comprender que el futuro se despide piadosamente de él y que sólo le resta el nomadismo sin aventura del que provenía; y luego, "la escalofriante mediocridad de la vejez".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de abril de 2005

sábado, 23 de noviembre de 2002

Edith Wharton / El arrecife / Vía de infelicidad

Edith Wharton 

EL ARRECIFE

Vía de infelicidad


JOSÉ MARÍA GUELBENZU
23 NOV 2002


Un diplomático en ejercicio, George Darrow, que espera reunirse con un amor de juventud, ahora viuda reciente, Anna Leath, recibe una carta de ésta en la que pospone la inmediatacita de ambos en Francia. Impaciente e inquieto, Darrow embarca para París a pesar de todo. En el camino encuentra a una joven a la que conoció de pasada cuando ella era medio secretaria de una mujer adinerada, y vulgar,la señora Murrett, a cuyo círculo acudía el diplomático. Entre los dos se producirá un corto encuentro que pronto se deshace. Cuando, al fin, Darrow se reúne con Anna en la casa de campo de su madre, Madame de Chantelle, varios día más tarde,aquélla le presenta a la nuevainstitutriz de su hija Effie: es la muchacha con quien Darrow tuvo la aventura de París, Sophy Viner.



EL ARRECIFE

Edith Wharton Traducción de Juan Jesús Zaro Alba. Barcelona, 2002 392 páginas. 19,80 euros

El arrecife, novela inédita en España hasta hoy, pertenece a la gran época de producciónnarrativa de su autora, la que vade 1910 a 1920. Es un decenio que se abre con Ethan Frome, contiene la novela que comentamos, Las costumbres del país y Estío y se cierra con La edad de la inocencia. De 1907 es su otra única novela -corta- de ambiente francés: Madame de Treymes. El arrecife está dividida en cinco partes, la primera de las cuales tiene por protagonista a Darrow, luego se comparten puntos de vista y en las dos últimas partes, Anna Leathse erige en la referencia absoluta de la novela.
He comenzado por contar el primer planteamiento del conflicto para dejar claro enseguidael fondo melodramático de esta historia, en especial cuando empieza a complicarse con la entrada en escena del hijastro de Anna, Owen. El gran crítico norteamericano Alfred Kazin opinaba, a propósito de la recurrentecomparación literariaentre Edith Wharton y Henry James, que mientras "para James, los problemas emocionales de sus personajes fueron la expresión representativa de un mundo más vasto de habla, modales e instinto, cuya significación era lógica y universal (...) para Wharton (...) la novela se convirtió en complicada expresión del ego". En este melodrama encontraremos un relato de victimización, como gustaba Kazin de calificar el modo de Wharton.
Sophy es una muchacha de clase media baja que debe subsistir por sus propios medios. , sin excesivas esperanzas de cambio.Cuando ella tiene que recordarle a Darrow que lo conoció en casa de la señora Murrett mientras él perseguía a lady Ulrica Crispin, le dice, significativamente: "Todos (el servicio) éramos invisibles para sus ojos, pero nosotros veíamos". Para Sophy, la aventura con Darrow es una oportunidad única de tocar el gran mundo con las puntas de los dedos. El entramado de detalles, observaciones y actitudes que teje Wharton dibuja la situación puntada a puntada a medida que su labor de bordadora avanza y el resultado es un serio dibujo. Si no hay gran hondura, hay un diseño y ejecución muy bellos, con elipsis como la del capítulo final de la primera parte, verdaderamente extraordinarias.

La vida anterior de Anna

Leath se resume en dos opiniones, la de su extinto marido, el señor Leath, según el cual "la vida era como un paseo por un museo perfectamente adornado" y la de una Anna que, metida en su burbuja, acaba "resignándose a la idea de que la 'vida real' ni era real ni era vida". Sophy, en cambio, sí que es la vida real, a conciencia y desde abajo. Y Darrow representa al elemento masculino que se mueve entre su mundo social y el mundo real. Como la situación se complica gracias a Owen, el hijastro de Anna, fruto del anterior matrimonio de su marido, nos vamos de cabeza a un melodrama en el que el lío sentimental se bate a brazo partido -porque Edith Wharton no tenía un pelo de tonta- con la novela de actitudes admirablemente observadas.
Hasta que... en un arranque de temperamento, la autora se juega el todo por el todo -ya lo venía tramando de todos modos- , eso es evidente, pero al fin da el salto-y se va por el personaje de Anna Leath. Ella es, respecto de la realidad y complejidad de la vida, una insustancial; pero no lo es respecto de sus sentimientos. Y ahí es donde Wharton se luce: las dos últimas partes son el camino de Anna Leath hacia su infelicidad y la de los demás debido a su imposibilidad de comprender el mundo y comprenderse a sí misma fuera de los límites que se ha impuesto, pero lo que su figura tiene de grandeza dramática y desolación está exprimido al máximo y la novela se cierra en alto, mereciéndose con todos los honores pertenecer a ese decenio dorado de la narrativa de Edith Wharton.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de noviembre de 2002