sábado, 23 de abril de 2005

La tradición literaria europea anima el debate del Pen World Voices

Czeslaw Milosz


La tradición literaria europea anima 

el debate del Pen World Voices

El festival finaliza con un homenaje al nobel polaco Czeslaw Milosz



Europa, la vieja dama que acunó a personajes como Romeo y Julieta, Don Juan o Fausto, se convirtió el jueves en el campo de batalla en el que el holandés Cees Noteboom, el español Rafael Chirbes y los rusos Andréi Makine y Víktor Erofeyev se lanzaron dardos sobre la existencia o no de una literatura europea. Fue uno de los debates más animados del Festival Pen World Voices de Nueva York, que durante siete días ha reunido a la élite mundial de los escritores y que finalizó ayer con un homenaje al premio nobel polaco Czeslaw Milosz.
Rafael Chirbes se erigió en el quijote solitario de un encuentro titulado Voces de la nueva Europa, en el que sus compañeros defendieron el concepto de literatura europea, algo que llevó a Chirbes a preguntarse: "No sé si estoy en una mesa con políticos financiados por la UE o con escritores. Yo no creo que haya una literatura europea, africana o asiática. El escritor tiene su patria en toda la literatura, lo demás son opciones políticas". A Noteboom esa negativa a aceptar las diferencias culturales que demarcan las fronteras entre los diferentes continentes de la escritura no le gustó. "Claro que existe una literatura europea, como existe la africana. Europa es un lugar extraño en el que amaneces en Italia leyendo un periódico en italiano y puedes acostarte en Estocolmo sin entender una sola palabra, y aun así tenemos mucho en común. El problema es que la gente, a veces, por intentar salirse del cliché, no ve las cosas como son". Su defensa fue sutil y sorprendente: en su texto de apertura del debate resucitó a todos los personajes de la tradición literaria europea y los puso a discutir sobre el tema. Y los Dráculas, Hamlets y Joseph K de la literatura decidieron, a través de Noteboom, escoger a Borges "como el más europeo de los escritores no europeos, el hombre que eliminó las divisiones entre ficción y realidad".
El polémico debate también estuvo aderezado por los irónicos desencuentros entre los dos rusos. Makine, emigrado a Francia, defendió que Rusia pertenece a Europa y alabó al presidente Vladímir Putin. Erofeyev, aunque reconoció la conexión de la tradición literaria de su país con el Viejo Continente, afirmó que su país "no es parte de ningún sitio. No somos Asia, ni Estados Unidos, ni Europa. Es donde el Este y el Oeste se unen, y por eso es único. Es un paraíso para los escritores y una pesadilla para sus habitantes", dijo, responsabilizando a Putin de ello.
Los debates que se han celebrado a lo largo de la semana han llevado los libros en catalán de Jordi Puntí Garriga hasta librerías históricas como el Housing Works Used Books Café, y las palabras en chino de Bei Dao hasta el clásico Strand Book Store. En las aulas universitarias también se han escuchado múltiples idiomas, que el jueves adquirieron protagonismo en la New School University en otro agitado encuentro en el que se debatió sobre si es la nación o la lengua en la que se escribe la que define al escritor. Salman Rushdie, de origen indio y que escribe en inglés, rechazó la definición de escritor posnacional que titulaba el debate y defendió que "el país en el que trabaja un escritor no influye en la calidad de su trabajo. Es perfectamente posible escribir basura sin salir de tu casa". El estadounidense Eliot Weinberger dijo pertenecer al modelo "que escribe en neoyorquino y que funciona mejor gracias a las traducciones, ya que me publican más fuera que dentro de mi país". También negó el concepto de escritor posnacional y recordó el dilema que se le plantea al creador: "¿Un indio que escribe en inglés debe hacer que sus personajes cocinen con mantequilla o con sus productos autóctonos?". La respuesta la dio Rushdie. "Yo no entendía los términos judíos de los libros de Philiph Roth. Pero hay cosas que son parte de nuestro bagaje cultural. Y un indio nunca cocinaría con mantequilla".



sábado, 9 de abril de 2005

Edith Wharton / Los niños / La soledad del tiempo perdido


Edith Wharton
LOS NIÑOS

La soledad del tiempo perdido

JOSÉ MARÍA GUELBENZU
9 DE ABRIL DE 2005



Ésta es una de las mejores obras de Edith Wharton: Los niños. Una historia sobre la vejez y la soledad. La de un hombre apresado por la vida y el amor hacia dos mujeres.

Esta novela, publicada en el año 1928, nueve antes de su muerte, es una narración que se distingue enseguida de las otras de su autora porque en ella no se producen los habituales encuentros y desencuentros entre adultos en torno a las relaciones sentimentales. Esta vez nos encontramos siguiendo a un personaje, Martin Boyne, ingeniero que ha recorrido medio mundo ejerciendo su trabajo y que, sin embargo, nunca había tenido encuentros interesantes o gratos con personas singulares que le proporcionasen excitantes vivencias. Boyne, soltero, inteligente, prudente y conformista, se encuentra a los 46 años en una madurez, que para la época es decadencia, pendiente de un nuevo trabajo que le permita establecerse en un lugar fijo y se embarca a Europa en busca de Rose Sellars, la mujer que fue su amor, que se casó con otro por conveniencia, y que habiendo enviudado, espera a Boyne para, al fin, reunirse ambos y recuperar un destino truncado.



LOS NIÑOS

Edith Wharton
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba. Barcelona, 2005
416 páginas. 24,50 euros

En el barco conoce a una troupe de siete niños al mando de una nanny y de la mayor de todos ellos, Judith, una muchacha de 16 años. Son hijos e hijastros de una pareja de millonarios norteamericanos, inmersos en la frivolidad cosmopolita de los años veinte, y de sus matrimonios diversos; viajan solos, pues la pareja los espera en Venecia para empezar la temporada del Lido y estrenar su nuevo yate. Son niños sin hogar, "niños de hotel", como los llama Judith, cuya ambición es mantenerlos unidos y en un hogar fijo y reunidos con sus padres. Durante el viaje, Boyne va "adentrándose poco a poco en la cálida vida animal que destilan los niños felices y sanos. Todo lo relacionado con los pequeños Wheater y sus 'hermanastros' estimulaba el interés y la simpatía de Boyne tanto como la fragilidad del vínculo que unía a los niños y su decisión de que éste no se rompiera". Casualmente, el padre, Cliffe Wheater, es un antiguo compañero de estudios de Boyne y la madre, Joyce, una muchacha de la que se enamoró en tiempos. Esta coincidencia hace que Judith le anime a intervenir ante ellos en favor de los deseos de los niños, lo que obliga a Boyne a hacer un alto en Venecia mientras en Cortina le espera su amada, Rose Sellars.
A partir de aquí empieza a desarrollarse un relato prodigioso cuyo centro es Boyne y que se manifiesta a través de la doble vía que tira de sus emociones: el grupo de niños, encabezado por Judith, hacia la que siente una curiosidad que se convierte en atracción, y su amada Rose Sellars, elegante, singular y con un impecable sentido de lo razonable. La habilidad de Wharton crea a una Judith siempre en el filo de la niñez y los primeros sentimientos de mujer ante (no frente a) Rose, una mujer madura, llena de experiencia y sensibilidad. La primera de un modo semiinconsciente y la segunda con plena conciencia de su valor de atracción libran una batalla llena de sutileza en el espíritu de Boyne. Y Boyne, el profesional que se encuentra por primera vez en una encrucijada de sentimientos que, lo quiera o no, lo obligarán a actuar.


Quizá sea porque esta novela está escrita en sus últimos años, pero lo cierto es que el tema ha cambiado: ésta es una novela sobre la vejez y la soledad. El único verdadero protagonista es Martin Boyne, un personaje soberbio, una creación única, llena de sutileza y de matices regidos por un ojo crítico que no perdona detalle. Los millonarios americanos son razonablemente tópicos; los niños son razonablemente niños, con su nanny incluida; la historia puede parecer un poco forzada. Bien, pero Boyne, reforzado por los formidables y medidos personajes que son Judith y Rose, establece un trío cuya verosimilitud se asienta en una descripción de sentimientos, de una calidad y una exigencia supremas. La sinuosa línea de emociones que liga a Judith con Rose en la vivencia de un Boyne dubitativo es soberbia. Judith atrae a Boyne más por la atracción de la juventud que por el amor: esa juventud es el futuro por delante en un hombre que empieza a verlo atrás; y en ese atrás está Rose, la mujer adecuada a la que ama y al que ella ama con paciencia, con la paciencia del tiempo perdido, pero también -y esto es lo que él advierte- con la realidad del pasado que achica la vida. Boyne sabe que el futuro de Judith no es suyo, pero descubre que el presente de Rose tampoco es suyo. "Boyne pertenecía a una generación incapaz de admitir que lo único permanente era el cambio", escribe Wharton con admirable lucidez. El estado de confusión y duda de Boyne, apresado por fin por la vida en un asunto decisivo en el que no cabe autoengaño, está contado maravillosamente. La falta de salida a la situación, la vida que ha vivido y ahora se le echa encima y lo condena a la soledad se trenzan en el último cuarto de la novela con el desmoronamiento de esa misma situación, que muestra la fragilidad de todo el tinglado, el cual se viene abajo por sus pasos en un final portentoso; Wharton cuenta la historia con tal pericia que estoy por afirmar que quizá sea la mejor novela de las muchas que he leído de su autora.
Edith Wharton es, sin duda, mucho más explícita que su admirado amigo y colega Henry James. Incluso acepta el tópico y hay personajes y situaciones tópicas en esta novela, pero el problema no es contar o hacer decir tópicos a los personajes: lo malo es contar tópicamente; el problema es conseguir que los tópicos se integren, formen parte de una historia y eso lo logra Wharton acompañándolos con la calidad del detalle: es como quien tiene buen gusto y quien no lo tiene, lo que en uno el tópico aparecerá como adecuado y elegante, en el segundo será un chafarrinón vulgar, adocenado.
El momento cumbre, el que quiebra la historia que se ha montado desde Boyne y en torno a Boyne sucede cuando éste empieza a desprenderse de Rose y piensa: "No es que la quiera menos; no puede ser que la quiera menos. Es sólo que todo lo que ocurre entre nosotros parece ocurrir cuando no es el momento". También sabe que no hay lugar para Judith. Está a unos pasos de comprender que el futuro se despide piadosamente de él y que sólo le resta el nomadismo sin aventura del que provenía; y luego, "la escalofriante mediocridad de la vejez".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de abril de 2005