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viernes, 9 de octubre de 2015

Svetlana Alexievich / Una solitaria voz humana / Primer capítulo de "Voces de Chernóbil"


Svetlana Alexievich

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA
No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...
En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.
Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa. [Calla.]
A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...

sábado, 12 de julio de 2014

Manuel Rodríguez Rivero / Encantados de saludarla, señora Wilde


CRÓNICA: SILLÓN DE OREJAS
ENCANTADOS DE SALUDARLA,
SEÑORA WILDE

Por Manuel Rodríguez Rivero
Madrid, El País, 20/08/2011

Constance Wilde

Oscar Wilde nunca fue "un marido ideal" como tampoco lo era sir Robert Chiltern, protagonista de su célebre comedia, pero hubo un tiempo en que lo intentó seriamente. Incluso sus amigos se dieron cuenta. Por ejemplo, el joven Yeats, que, tras una visita a la casa de los Wilde, se refirió a la "perfecta armonía" del matrimonio, bajo la cual percibía, sin embargo, cierta "deliberada composición estética". Oscar y su mujer, Constance Mary Lloyd, ambos irlandeses, se casaron en 1884, se mudaron al entonces bohemio barrio de Chelsea y vivieron juntos hasta que estalló (1895) el escándalo que llevó al dramaturgo a un juicio ignominioso. En el entretanto hicieron dos hijos (Cyril y Vyvyan) y se convirtieron en la pareja más deslumbrante del Aesthetic Movement, la vanguardia intelectual y artística que agitó a la muy pacata sociedad tardo-victoriana. Como pareja se comportaban como su propio anuncio, mostrándose a menudo orgullosos y desafiantes. Él epataba con su talento y su ingenio y ella se mostraba como una mujer independiente que se enfrentaba a los tabúes de su tiempo; abogada de los derechos de las mujeres y partidaria de la libertad de Irlanda, defendió la "vestimenta racional", criticando el opresivo corsé y las inflamables crinolinas entonces utilizadas por las damas, al tiempo que lucía revolucionarios vestidos en los que la elegancia no estaba reñida con la libertad de movimientos. Escribió artículos y cuentos para niños, intervino en tertulias y debates, y apoyó iniciativas empresariales de carácter feminista. Y contribuyó a convertir su casa de Tite Street en uno de los templos de la vanguardia artística londinense. La estupenda biografía Constance: The Tragic and Scandalous Life of Mrs Oscar Wilde, de Franny Moyle (John Murray, 20 libras; 10,99 en e-book) recorre la trayectoria vital de esta mujer, explorando tanto su actividad social como su papel como esposa y madre. Descrita a menudo como una especie de víctima pasiva de su marido, que se habría casado con ella para acallar a los moralistas y aprovecharse de su dinero, Constance emerge en esta biografía como una mujer valiente y decidida que trató de ayudar a Wilde hasta el final. Tras el escándalo -y la negativa de Oscar a abandonar a Alfred Bosie Douglas- cambió de nombre y se exilió con sus dos hijos. Murió (1898) a los 39 años en Génova, en cuyo cementerio está enterrada. Hasta los años sesenta del siglo pasado no se inscribió en su lápida que había sido la esposa de Oscar Wilde.



jueves, 15 de agosto de 2013

Alberto Salcedo Ramos / La tragedia del boxeador gay


¿Qué es la hombría?
LA TRAGEDIA DEL BOXEADOR GAY

Por Alberto Salcedo Ramos
El Puercoespín, 6 de febrero de 2013
griffithkidparetboxrec
Desde cuando se calzó los guantes por primera vez, a finales de los años 50s, Emile Griffith empezó a dejar tras de sí una estela de rumores. En los círculos boxísticos de Nueva York se insistía en que era homosexual.
Griffith no era amanerado, pero sí un hombre apacible fuera del ring. En todo caso, cuando sonaba la campana transpiraba rudeza. Se abalanzaba sobre el rival como un perro de presa, lanzando las manos sin tregua. Además era corajudo: aunque lo golpearan iba siempre hacia adelante, arriesgando el pellejo en cada embestida.
A ningún experto le sorprendió que ganara muy pronto el campeonato mundial del peso welter: era el rey indiscutible de su categoría.
El 24 marzo de 1962 Griffith se aprestaba a pelear contra el cubano Benny Kid Paret. Por la tarde, durante el pesaje, Paret le espetó una palabra castellana que Griffith no se esperaba.
–Maricón.
Griffith la entendió perfectamente, pues tenía varios amigos latinoamericanos en el gimnasio de Gil Clancy, su manager. Así que cuando subió al ring se encontraba poseído por la ira.
En el sexto round estuvo a punto de ser liquidado. Súbitamente empezó a recibir una andanada de golpes, y no fue capaz de oponer resistencia. Si el árbitro, Ruby Goldstein, hubiese sido sensato, tendría que haber parado el combate y declarado ganador a Benny Kid Paret por nocaut técnico.
Pero ya en aquel momento la Señora Fatalidad se había adueñado del ring.
En el round doce Griffitha acorraló a Paret en una esquina y le asestó una lluvia de golpes, todos en la cabeza. Goldstein, el referee, volvió a ser displicente.
Ya desde el momento en que recibió el segundo golpe era claro que Paret estaba noqueado aunque permaneciera en pie. Si Goldstein hubiera detenido el combate en ese punto le habría evitado, por lo menos, una docena de porrazos terroríficos.
En su relato sobre el combate Norman Mailer dedicó un extenso pasaje a este momento. Los golpes se Griffith se oían en todo el coliseo y, años después, seguirían resonando en la conciencia colectiva de los fanáticos del boxeo. Algo irremediable, según Mailer, ocurrió en la psiquis de los espectadores que se encontraban en el Madison Square Garden viendo cómo Paret se desplomaba.
El cubano murió diez días después y Griffith perdió desde entonces su instinto asesino. Se volvió mediocre. Tenía apenas veinticuatro años pero quería retirarse. El alivio que le quedaba era la solidaridad de sus amigos boxeadores.
Cuarenta años después Griffith admitió, por fin, que es homosexual. No lo reconoció mientras estaba activo –dijo– porque eso habría equivalido a un suicidio laboral. ¿Qué apostador habría arriesgado un peso por él si hubiera sabido que era gay?
Al salir del clóset los amigos se le alejaron. Entonces pronunció aquella frase triste: “cuando maté a un hombre me acompañaron; cuando dije que amo a un hombre me dejaron solo”.
La historia dirá, eso sí, que Griffith fue un valiente cuando calló, y que también lo fue cuando decidió contar su secreto.

miércoles, 24 de julio de 2013

Triunfo Arciniegas / Hospital de caridad

Ojos
Sâo Paulo, Brasil, 2013
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas

HOSPITAL DE CARIDAD
Bogotá, 18 de julio de 2013


La diligencia me llevó más de cuatro horas. Todo el tiempo pensé en el verso de Raúl Gómez Jattin: "Porque cuando estoy enfermo voy al hospital de caridad". Primero necesité dos horas para encontrar el lugar donde me atendieran. En la primera clínica me exigían que cancelara ciento veinte mil pesos y que, además, firmara un pagaré en blanco. Todo por una simple consulta. Los mandé a la mierda, por supuesto. Seguí caminando, con media cara adolorida y paralizada, con el ojo derecho en un chorro de lágrimas, hacia un hospital donde me atendieron unos veinte años atrás. No puedo silbar ni escupir. No tengo necesidad de silbar en este momento, pero el caso es que no puedo hacerlo. Escupir resulta más necesario. Escupir la realidad, por ejemplo. O escupir a la realidad, que es otra cosa.

Vi en una vitrina un chaleco con muchos bolsillos, como para viajar lleno de cosas a otro país, y lo compré, más por los bolsillos que por el chaleco mismo. Y seguí mi recorrido con ese montón de bolsillos en una bolsa negra, una de esas que se usan para sacar la basura. Extraño momento para hacer compras, lo sé. 


Algo perdido, entré a una farmacia y me orientaron hacia otro rumbo, un hospital cuyo nombre me reservo porque no se trata de entablar una demanda sino de rememorar los hechos. Allí estuve un par de horas, entre el dolor y la desgracia ajenas. Una mujer embarazada se desmayó a mi lado. Otro se acercó casi a rastras al pasillo de los consultorios. Una mujer casi transparente, casi un fantasma, atravesó la sala y dejó caer una bufanda que nadie recogió. Era como si me hubiera colado a una película de zombis. ¿No hay unas miserables sillas de ruedas para que toda esa gente se movilice? Y la televisión encendida en un canal colombiano con la estúpida y requeteestúpida programación de las mañanas, donde gritan y saltan y ríen en vivo como si la vida fuese una suma de trivialidades, donde encuentran acomodo telenovelas y dramatizados de tercera categoría con actores varados en plan de rebusque. ¿Por qué lo hacen? Ahora uno encuentra televisores encendidos hasta en la sopa. ¿Pero por qué en los hospitales? Supongo que para que los pacientes se idioticen y no empiecen a gritar y a romper sillas y ventanas. Dan ganas de gritar.



Los ojos del monstruo
Bellas Artes, Caracas, 2013
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Un muchacho, con el brazo fracturado, se sentó junto a mí. Más allá, un señor con la cabeza vendada, tan inmóvil y resignado como una estatua. Llegó una pareja de viejos, más cerca de los noventa que de los ochenta. El hombre, sumergido en la silla de ruedas, se quejaba como un niño, y la mujer, encorvada y con sus pocos pelos blancos en absoluto desorden, con sus ropas de pobre y las medias caídas, empujaba la silla. Habían olvidado la cédula. No sé si enviaron por ella o se dio el milagro de que los atendieran sin esta formalidad. Se acomodaron frente a mí, él todavía hundido en la silla de ruedas, por supuesto, y ella, muy callada y tranquila. En un momento le acarició la cabeza al hombre con un cuidado que me conmovió. Luego él sacó su peine y empezó a acicalarse sus pocos pelos. Lo imaginé con cincuenta años menos, enamorando muchachas.

En Colombia vivimos fascinados por la burocracia y la complicación de los trámites. Entre más enredada la cosa, más interesante nos parece. El portón de las urgencias de este hospital se mantiene asegurado con un grueso candado y hay que esperar que venga el portero. Uno puede llegar con las tripas fuera pero tiene que esperar a que el portero se digne acercarse. No hay letrero, hay que adivinar. O hacer otra cola a media cuadra, como fue el caso mío, para descubrir el secreto. Ábrete, Sésamo, pensé. Y cuando Sésamo se abre, el paciente se registra, con cédula y todo, y recibe una manilla de identificación. Luego toma un número de un dispensador y se sienta a esperar el turno. Pero resulta que este turno es tan solo para otro registro con cédula y preguntas de todo tipo, hasta religiosas. Me preguntaron si era católico o cristiano, y todavía no sé la diferencia. Es más, casi no sé qué es lo uno o lo otro. ¿Será que el tratamiento de un ojo católico es diferente al del ojo cristiano? ¿O se precisará esta información para pasar al más allá? Di mi dirección y creyeron que Pamplona es un barrio de Bogotá. Solo es el culo del mundo, señores. No lo dije, por supuesto, el dolor me obliga a comportarme como un caballero.  


Cindy Sherman
Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas 

Después del interrogatorio volví a sentarme y esperé más de una hora para que me atendiera una doctora muy joven y distante, imagino que en su año de práctica, en el consultorio 3. Me despachó en menos de cinco minutos. Más demora una peluqueada, desde luego. Pero, en fin, echando a pique se aprende. Me dijo la rubia y delicada doctora que tenía una parálisis facial periférica y anotó dos remedios. "Son baratos pero no significa que sean malos", dijo. Me sentí miserable, apretando la bolsa negra del chaleco, tal vez con cara de reciclador, de torcido recliclador, para más señas, y me di cuenta que la doctora daba por hecho que no tenía donde caerme muerto. Pero luego pensé "parálisis parcial periférica", mmm, nada parecido a un carranchín, y hasta me sentí importante. Explicó la rubia y seca doctora que no me ingresaba porque debía pagar un dinero. Aliviar el dolor era lo que más necesitaba, después de saber la naturaleza del mal, y salir corriendo de allí. Fui con la fórmula a facturación para cancelar la consulta, pero me pidieron que esperara. Media hora después seguía esperando. Me atreví a acercarme para explicar que necesitaba irme y me dijeron que esperaban el trag o algo así, una palabra que nunca había escuchado. "¿Dónde se saca?" Me señalaron una oficina y allí pedí el dichoso documento. Pero allí no lo expedían. ¿Entonces en dónde? Me dijeron que buscara al doctor que me atendió. Y fui al consultorio 3. Allí estaba la doctora, la rubia, la distante, sin ningún paciente, sin hacer nada. Le pedí el documento y dijo sin mirarme que lo enviaba en un momento. ¿Por qué demonios no lo había hecho antes? 

La bolsa negra del chaleco había desaparecido. Desanduve el camino hasta que la encontré debajo de una silla y me sentí como el niño que recupera su almohada consentida.


Diez minutos después me dieron la salida. Con un papel firmado fui a donde me habían puesto la manilla y luego un uniformado me llevó hasta el grueso candado del portón. He visto esta escena en las películas, con tipos que acaban de cumplir una condena. Abren la inmensa puerta, el pobre hombre sale y la cámara se aleja para mostrar la pavorosa soledad de la calle. El mundo es otro y él no sabe qué hacer. Ahí empieza la película.

Creo que uno debe enfermarse no más para conocer los trámites, y una vez que se convierte en experto, con toda confianza, y el alma en un hilo, acudir en serio al hospital.



Autorretrato, 2004
Triunfo Arciniegas

Salí a la calle y pedí un taxi. El primer tipo no quiso llevarme al centro, una zona congestionada a mediodía. Le dije que iba a denunciarlo y me hizo un gesto amenazante, como si quisiera abandonar el taxi para venir a golpearme: una paliza le hubiera añadido una nota patética a este día infeliz. En Bogotá los taxistas van donde les convenga, no donde el usuario necesita. Y no es la primera vez ni será la última que se me presenta esta situación. Van armados, al menos con una varilla de hierro, pero no soporto las ganas de restregarles la maldad. Alguien menos desconsiderado me llevó al fin hasta el centro, mi eterno territorio. Acudí a una farmacia de la Séptima. Allí mismo, la noche anterior me aplicaron una inyección y me aconsejaron que, según como amaneciera, consultara un doctor. "Volví", les dije, aireando el par de hojas que me dieron en el hospital, creyéndome muy cerca del alivio. De pronto, uno de los farmaceutas detalló la fórmula y se disculpó antes de rebatirla, y me dedicó la atención que no obtuve de la doctora. Esto es para la infección y lo suyo no es una infección, vecinito, esto es para esto. Una hermanita del farmaceuta había pasado por el mismo trance de retorcimiento. Pinche doctora. Decidí confiar en el farmaceuta, que al menos me atendió mejor, y terminé aplicándome la inyección que me sugirió. Es decir, toda una mañana perdida, toda una maratón para nada, toda una camisa empapada. El farmaceuta me puso el parche en el ojo derecho y me dio su teléfono para que lo llamara a cualquiera hora. Me citó para el lunes. Que se mejore, vecinito, y masque chicle todo el tiempo. Tengo el párpado cada vez más caído. Y el ojo no cierra del todo. Ya veremos qué pasa. Ya veremos, dijo el ciego. Soy un pirata y navego en mares infestados de tiburones.


Lea, además
Biografía de Triunfo Arciniegas

miércoles, 6 de marzo de 2013

Alberto Salcedo Ramos / El testamento del viejo Mile


Alberto Salcedo Ramos
EL TESTAMENTO DEL VIEJO MILE
El Malpensante No. 36
Febrero - marzo de 2002

Sencillo: si Emiliano Zuleta no fuera envidioso y arrogante, jamás habría llegado a ser un gran juglar. "Compositores mejores que yo", dice, "hay muchos. ¡Pero el que compuso 'La gota fría' fui yo!". Mujeres, parrandas, picardías y nostalgias redondean este testamento del viejo, al filo de sus 90 años recién cumplidos.


El testamento del viejo Mile


A los 86 años Emiliano Zuleta Baquero conoció el aburrimiento. Ocurrió en septiembre de 1998, cuando sus problemas cardíacos lo forzaron a marcharse del pueblo de Urumita para la ciudad de Valledupar. La mudanza fue ordenada por sus cardiólogos, con el argumento de que en Valledupar era más fácil controlarle la salud. Antes de venirse para acá, dice Zuleta, había sentido el dolor y la tristeza, jamás el tedio.

Edición N° 36—Uno se aguanta el dolor y tarde o temprano lo supera —advierte—, pero esto de ahora es lo peor. Yo creo que es mejor morirse que estar aburrido.

Desde su taburete de cuero, el compositor Alberto Murgas, que me acompaña, guiña un ojo. Cuando veníamos por el camino, me había contado que el hastío de Zuleta en Valledupar se debe a que se siente reprimido por sus hijos mayores, que viven aquí y no le permiten ni oler un trago de whisky. En cambio en Urumita, lejos de esa supervisión exasperante, bebía todos los fines de semana.

Desde cuando a Zuleta le instalaron el marcapasos, sus amigos sólo lo visitan de lunes a viernes. Los fines de semana se le pierden, porque saben que él los invitará a tomar unas copas y no quieren pasar por la pena de decirle que no a un hombre que merece respeto. Complacerlo implica el peligro de matarlo, y nadie está dispuesto a echarse encima la cruz de ese muerto.

lunes, 4 de marzo de 2013

Alberto Salcedo Ramos / Las verdades de mi madre


Alberto Salcedo Ramos
LAS VERDADES DE MI MADRE
El Malpensante 110
Julio de 2010

"A ella no le gustaban ni el ruido, ni la histeria, ni las parejas que se besaban en la calle, ni los niños que se sentaban a la mesa sin lavarse las manos, ni las mujeres que llamaban siete veces diarias a la casa del novio, ni los hombres que se descamisaban en público."

En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba.

Yo alardeaba frente a mis primos: les decía que mi madre era tan inteligente que no necesitó nacer niña y por eso había sido grande desde chiquita. Todo lo suyo era serio, desde el color de sus ensaladas hasta el diseño de la ropa que nos compraba: camisas grises para mí, faldas hasta los tobillos para mi hermana. A ella no le gustaban ni el ruido, ni la histeria, ni las parejas que se besaban en la calle, ni los niños que se sentaban a la mesa sin lavarse las manos, ni las mujeres que llamaban siete veces diarias a la casa del novio, ni los hombres que se descamisaban en público.

Todavía hoy me parece que su sentido del deber era dramático y en algunos casos hasta desconsiderado con ella misma. También se me antojaba excesivo el rigor con el que solía entregarse a la búsqueda de la verdad, aun en los casos en que esa verdad podía resultarle adversa o dolorosa. Mi madre era incapaz de regalar un piropo en el que no creyera. Mi madre odiaba el engaño, así éste se mimetizara en un objetivo aparentemente razonable, como el de amortiguar la calamidad con una pirueta del lenguaje. Mi madre jamás se ponía capuchón para expresar –siempre en voz alta y sin rodeos– sus opiniones. Más de dos veces la vi correr el riesgo de decir verdades incómodas que los demás temían, simplemente porque para ella ninguna mentira era piadosa.

Cuando le salieron las canas, cuando le nacieron los primeros nietos,aprendió –cautelosa, sabia– a manejar sus propias intolerancias, para no sufrir a costa de ellas ni fastidiar a las demás personas con sus reclamos. Ya no perdía el tiempo amonestando a los ruidosos con una mirada fulminante, sino que se apartaba del escándalo, en busca de una trinchera donde poner a salvo su tranquilidad.

En el centro de todo ese sentido psicorrígido del orden, mi madre era un melocotón que se deshacía en el paladar: nos hacía cosquillas hasta sacarnos las lágrimas, nos escondía un juguete cualquiera y nos retaba a que lo encontráramos, mientras iba repitiendo en voz alta las palabras “frío”, “tibio”, “caliente”, según estuviéramos lejos o cerca de lograr el objetivo; nos daba un confite de almendra por cada beso sonoro que estampáramos en sus mejillas. Si yo pudiera morir acostado en mi cama mientras contemplo los arabescos de las telarañas en el techo, y si tuviera, además, la oportunidad de elegir en ese momento la imagen con la cual quisiera irme de este mundo, escogería el siguiente recuerdo. Veinticuatro de diciembre de 1973. Yo tenía diez años. Estaba estrenando un pantalón blanco de lino que mi madre me había regalado ese mismo día, por la tarde, con una de sus advertencias favoritas: 

–Ya sabes, mijo: este pantalón es muy elegante. Trátalo como si fuera un arreo de la iglesia.

Sin embargo, esa noche, en vez de andarme con remilgos para proteger el pantalón como ella proponía, me fui a merodear por el cine de Arenal, el pueblo en el que vivíamos. La calle, que en aquel tiempo no había sido pavimentada, era una polvareda de espanto debido a la aglomeración de gente. La muchedumbre estaba reunida alrededor de una mesa de madera rústica, sobre la cual giraba una ruleta llena de números. Yo me quedé fascinado frente a los colores de la rueda, frente al sonido que producía cuando rotaba, frente a los alaridos tremendos de los adultos. Me impresionaba –supongo– el poder imprevisible del azar. Entonces me animé a apostar los cinco pesos que me había regalado mi tío Gonzalo y, para mi sorpresa, gané: de un solo tirón resulté embolsándome treinta y cinco pesos. Con las ganancias compré, entre otras cosas, una empanada de huevo para obsequiársela a mi madre. Estaba tan embriagado por el sabor del triunfo, que me guardé la empanada en el bolsillo izquierdo del pantalón. Mientras corría desbocado hacia la casa, tenía la sensación de llevar en el muslo un tizón prendido. En cuanto llegué, mi madre notó, aterrorizada, el círculo amarillento de grasa que había convertido mi pantalón, mi fino pantalón, en un trapo de miseria. Enseguida corrió hacia mí con el rostro transfigurado por la furia. Era evidente que se aprestaba a troncharme la cabeza. En ese momento me saqué el paquete del bolsillo y le dije:

–Mira lo que te compré, mami.

Su semblante pasó sin ninguna transición de la rabia al regocijo. Me besó en la frente una y otra vez, me apretó emocionada contra su pecho, los ojos llorosos, la risa alborozada, como celebrando de golpe la ruina del pantalón, solo porque le permitía recibir aquel detalle cariñoso de su hijo bruto. A menudo, cuando las cosas no van bien para mí, me aferro a este recuerdo estremecedor como el náufrago al salvavidas.



Alberto Salcedo Ramos

En mayo del año 2000, cuando me enteré de que mi madre padecía cáncer de páncreas, les rogué a los médicos que le ocultaran la verdad. Quería evitar que el susto la matara antes que la enfermedad. Los médicos desoyeron mis súplicas y le aventaron la mala noticia de un modo que a mí se me antojó demasiado brutal. Ella se impresionó mucho, lloró, rezó, dijo que quería seguir viva. Sin embargo, no resistió la cirugía que le practicaron. A veces creo que no la mató el bisturí sino la angustia de saber que estaba gravemente enferma. Entonces repruebo al doctor que, en contra de mi voluntad, se atrevió a contarle el mal que tenía. Pero al final termino entendiendo que mi madre, mujer de una sola pieza hasta el último aliento, no hubiera aceptado ni siquiera esa mentira.

Alberto Salcedo Ramos
"Las verdades de mi madre" (páginas 416 -419)
La eterna parranda
Crónicas 1997 - 2011
Aguilar, Caracas, 2011

http://www.elmalpensante.com

lunes, 6 de febrero de 2012

Boris Izaguirre / Hay Festival 2012

Boris Izaguirre

LITERATURA Y FARÁNDULA
CRÓNICA LIGHT


Boris Izaguirre presenta una crónica de su paso por el Hay Festival 2012

Cartagena de Indias

El Tiempo
3 de febrero de 2012

Una picante crónica del escritor hispano-venezolano que estuvo muy activo en edición del festival.


Es terrible que un escritor caribeño no conozca Cartagena de Indias. Porque significa que no estamos educados para aceptarnos, para sentirnos cómodos y felices en nuestro universo de colores, emociones, mezclas permanentes. Como escritor y como latinoamericano he estado a la deriva porque no he conocido antes este lugar que tiene de todo. Un mucho de Sevilla, pero con todo un océano dentro que deleita la mirada y termina por acercar a ese Miami que siempre termina por identificarnos. Pero gracias a la sofisticación intelectual y social del Hay Festival, Cartagena ha sido para mí como un Hampton literario. Los Hamptons son una serie de enclaves híper elitistas en la costa este de Estados Unidos, a media hora de Manhattan, donde se reúnen aristócratas con tecnócratas, celebridades con delincuentes financieros, escritores de best sellers con los dueños de sus casas editoras. En Cartagena, al menos durante el Hay Festival, pasa un poco de eso, pero con todo el calor, sudor y color del trópico.
         El centro neurálgico es el Hotel Santa Clara. En una misma tarde puedes pasar de observar cómo Nélida Piñón y el actor Diego Luna se maravillan de conocerse, a ver a Silvia y Carlos Fuentes deslumbrar a fans y fotógrafos antes de recibir al Presidente de la República en su casa de Cartagena. Nélida es profundamente coqueta y seductora, mira a través de sus ojos con la agudeza de la escritora, pero también con la picardía de una estrella de un vodevil. Sabe qué decirle a cada persona en todo momento. "Eres luz", le comunica a Diego Luna, que toma sus manos en las de él y le devuelve el cumplido con una adorable sonrisa. Dos monstruos juntos, dos seductores disfrutando la mutua seducción. Alrededor de ellos se mueven fans disfrazados de lectores, periodistas vestidos como estrellas y estrellas sociales deseosas de tenerles en cualquiera de las fiestas que se reproducen sin aviso en toda la ciudad.
          Para los escritores que venimos de España, descubrir Colombia, a través de Cartagena, en estos momentos de desdibujamiento del "sueño español", es particularmente irónico. Antes veníamos con aires de superioridad, ahora insistimos en parecer inversores, solo que provenientes de un país sin dinero. Durante muchos años, Colombia y demás países de Latinoamérica vinieron a buscar trabajo en la España nueva rica. Muchos de esos colombianos han regresado para no dejarse tragar por el pavoroso desempleo en España. Incluso, alguno ha quedado primer finalista del exitoso programa televisivo Yo me llamo interpretando a Nino Bravo, un cantante español que lleva mas de 40 años muerto. En Cartagena, muchos escritores en el Hay no se atreven a hacer estos paralelismos, no es lo suficientemente intelectual. Pero es una verdad: en la Colombia de hoy renace un español de los años 70 y los españoles en crisis creen redescubrir el Dorado.
          Parte de esa atmósfera de prosperidad es también la etérea cadencia de nuestros movimientos en el Santa Clara, degustando ceviches con Nélida y Sergio Ramírez, o desayunando bajo un sol mañanero y ardiente con Javier Moreno en el patio del hotel. "Esta es la ciudad más linda de España", confiesa el director del diario El País, mientras voy narrándole la escandalosa noticia del árbitro Óscar Julián Ruiz, denunciado por acoso sexual por otro árbitro, Mauricio Sánchez. "Cuando la vi en la televisión", le explico a Moreno, "pensé que ponían esta noticia para darme la bienvenida".
          La intervención homofóbica de otro árbitro, señalando la homosexualidad como una "enfermedad extendida en el mundo del arbitraje colombiano", no hace más que convertirme este escándalo entre caballeros, que pertenecen a uno de los bastiones más intocables del machismo, en todo un símbolo de la prosperidad que atraviesa Colombia. Cuando la gente se fascina por un escándalo que airea intimidades es porque no está preocupada ni por la economía ni por la política. Durante los años que fuimos ricos en España fue cuando más programas de escándalos y chismes se produjeron en su televisión. Hablar de los demás significa que has subido en la escala social. Que puedes atravesar los muros de la ciudad colonial en Cartagena e ir de fiesta en fiesta, almuerzo en almuerzo y, ojalá, de alcoba en alcoba.
          Eso prácticamente es lo que hice en el Hay en esta primera visita. Impulsado por mis dos conferencias, una junto a la divinísima Carmen Posadas y Roberto Pombo, lo primero que percibí era que encabezamos uno de los carteles más "gomelos" del festival. Mientras Carmen y yo firmábamos nuestros respectivos libros, una de las asistentes daba órdenes a su chofer para que la buscara en la "puerta, no en la calle, del Claustro de Santo Domingo. Yo no espero en la calle, espero en la puerta", sentenciaba ante su celular. Carmen y yo no paramos de firmar, ni siquiera cuando la misma dama le preguntó sobre su edad. A veces ser gomelo confiere una autoridad para todo. Que en realidad es altamente fascinante. Estoy seguro de que buena parte de nuestra audiencia disfrutó de nuestro discurso sobre el mestizaje y el chic, dos de las características que han marcado nuestras existencias en España. Pero también sostengo que lo que más les gustaba era que muchas veces hemos salido en Hola.
           No me equivocaba, al día siguiente era recibido en la fiesta del matrimonio Eder; impecables, Anna y Henry, como si Venezuela al fin hubiera encontrado el antídoto al vociferante repertorio chavista. La señora Eder me enseñó su casa con parsimonia y afecto. "Normalmente este es territorio de chinchorros, una colección bellísima, pero ahora los he quitado para recibirles". De pronto hablamos del azúcar, entendiendo que es parte del negocio familiar. "El azúcar es maravillosa. Y engloba todas las culturas.
            Nosotros somos de origen canadiense, un país que no necesariamente se asocia al azúcar. Pero es que hay importantes plantaciones de azúcar en Suecia, sí, a escasos kilómetros de Estocolmo". Pensé que esa era también una de las magias del Hay Festival: descubrir que hay azúcar en el corazón de Escandinavia. De la casa de los Eder, con las buganvilias más maravillosas que jamás haya visto, divinamente colgando por encima de las cabezas de Diego Luna y de Marcos Giralt y del presidente Belisario Betancur, salí caminando hacia el restaurante donde Planeta agasajaba a sus autores.
           Debo confesar que siento una poderosa atracción hacia Juan Esteban Constaín, por su juventud, porque es pelirrojo y porque siempre está dispuestoa a reírse de todo. Por supuesto que hablamos de los árbitros, pero lo que de verdad nos enganchó era indagar cómo el Hay Festival es en realidad un encuentro para que los escritores se sientan millonarios. Uno puede disfrutar de conversaciones cada vez más amplias, mezclando a la perfección banalidad, información y descaro y luego escucharnos cómo convertimos todo eso en conferencias.
          Rafael Osterling, el bellísimo cocinero peruano, que sería el intérprete perfecto para Alfredo, mi cocinero de ficción en Dos monstruos juntos, porque tiene esa virilidad moderna que gusta a ellas y a nosotros. Y ese aspecto que lo convierte en el mejor de sus platos. Pero la revelación de la comida fue Jaime Espinal. Con Jaime me trasladé a través de las calles más congestionadas de la ciudad amurallada, repletas de gente, animales, ventas de todo tipo, ruido, sol, librerías y restaurantes con las cocinas prácticamente en las aceras. El escenario que Jaime debe atesorar en su cerebro. Juntos llegamos a 'Hollywood', la inaudita playa de Cartagena. "Es la playa más fea del mundo, pero también la más divertida", matizó una amiga española. Kike Sarasola, que nos esperaba allí, terminó de describirla. "Puedes comprarte un apartamento en Miami, un collar de cuentas para un surfista, una metralleta usada y un coctel de camarones sin moverte de la toalla". Nunca había visto olas más negras y tal variedad de bañistas. No solo en físico, color de ojos y pelo, sino en género humano. Heteros con homos y trans, conservadores, liberales, monárquicos y republicanos. "Por eso la llaman 'Hollywood', mi niño", explicó Jaime. "Porque no tiene nada que ver con Hollywood".
          Como en el Hay todo es trasiego, Kike nos llevó a su casa otra vez detrás de los muros. Para Jaime y para mí era la oportunidad de ver una de esas casas de superricos. Pedro, el mayordomo de Kike, se convirtió en nuestra "nueva persona favorita". Discreto, eficiente, sonriente, va enseñándote la casa y sus patios y habitaciones. Hasta que subes a uno de los tejados donde te deja solo para que asistas de nuevo al verdadero espectáculo: las sinuosas formas de los edificios bajo el cielo azul y delante del mar y sus olas. Las copas de los árboles cargadas de frutos, flores y animales. Cúpulas de iglesias mezcladas con el mármol de las fachadas, esos colores sevillanos, o de Siena defendiéndose del salitre y la música caribeña. Los anuncios de locutorios y centros de narcóticos anónimos.
           Esa noche, Kike iba a hacer de las suyas: una visita a la casa de su amiga Chiqui, que es una colección de jardines sucesivos con las especies más increíbles de vegetación. Cena con poquísima comida en Don Juan, el restaurante chic de la ciudad. Nada de alimentos, pero muchísimo vino blanco, fotos de casas con 1.200 metros cuadrados de jardín y saludos incesantes a mujeres divinas y a Carlos Vives, la leyenda del vallenato. Salí a la calle para ir a otra fiesta en la librería Ágora. Y allí me esperaba Janne Teller, la autora de la indispensable Nada. Teller es una danesa altísima y hermosa. Y seguramente sea la nueva Isak Dinesen. "Me han dicho que en dos días te has aprendido la ciudad", me dijo durante el coctel en Ágora. Otro momento cumbre en el Hay, conoceer a una persona que te hace sentir mejor ser humano.
          Teller posee elegancia, en su voz, su trato, su andar. Juntos recorrimos el corto pero fantástico espacio entre la librería y el Santa Clara, con las flores de una boda reciente expuestas a las puertas de la iglesia, los turistas americanos bailando cumbias como si fueran salsa. Unos caballeros musculosos ojeándonos como si fuéramos una pareja flexible. Pescadores ofreciendo tiburones en la noche cerrada. Helados caseros vendidos por una mujer enorme con ropa minúscula. Janne y yo decidimos no hablar. Porque lo habríamos hecho sobre literatura, cuando sabíamos que estábamos delante de lo que nunca sabríamos describir.

Boris Izaguirre
Especial para EL TIEMPO