Griselda Gambaro
EL ODIO ES POCA COSA
Le clavaba las espuelas en los ijares, no sabía por qué razón con más fuerza en el flanco izquierdo. Y de tanto clavarle las espuelas, el filo había producido en ese mismo lado una herida de feo aspecto. Descansaba mal porque la herida le provocaba un ardor, una quemazón dolorosa cuyas ramificaciones le subían a veces hasta el muslo, y qué decir cuando recorrían distancias. Si el caballo hubiera podido pensar, se habría preguntado por qué ese clavar de espuelas para que galopara si estaba dispuesto a hacerlo solo con sentir aflojarse las riendas, incluso con una leve presión de las piernas. Un propietario anterior, aficionado al vino, así lo había entendido, y la concordia entre jinete y cabalgadura había sido total. Pero ese jinete, en una de sus borracheras durante un partido de cartas, había jugado su caballo como apuesta y la había perdido.





