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jueves, 11 de junio de 2026

La biblioteca y otros tesoros

 

Andrés Caicedo

LA BIBLIOTECA Y OTROS TESOROS


Álvaro Colomer
12 de noviembre de 2025

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo tal vez más complejo: la literatura.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Cine colombiano / Los años maravillosos de Caliwood



Los años maravillosos de 'Caliwood'

Así se gestó el colectivo que puso a la ciudad en el mapa cinematográfico latinoamericano.


Juan Carlos González
13 de julio de 2016

“La pasión de Andrés Caicedo por el cine forjó una cantidad considerable de obsesivos espectadores caleños, quienes poco a poco fueron convirtiendo las imágenes del celuloide en una parte fundamental de sus existencias. De este grupo de rebeldes, con o sin causa, se fue formando un equipo de personas que, con afinidades más o menos comunes, constituyeron un colectivo cuyo propósito central fue producir, con progresiva frecuencia, películas en las cuales se revelaba la imagen escondida y olvidada de la ciudad”, escriben Luis Ospina y Sandro Romero Rey en el prólogo del libro Ojo al cine, prolija recopilación que ellos dos hicieron de los textos cinéfilos de Caicedo.

sábado, 23 de abril de 2016

Nueve escritores colombianos de un solo éxito que las editoriales han inflado

Héctor Abad Faciolince
"El olvido que seremos"

Escritores colombianos de un solo éxito que las editoriales han inflado

A excepción de Gabo, Mutis y Vallejo, y de los esfuerzos por publicar permanentemente, los escritores contemporáneos están amarrados a una sola obra
Por:  abril 21, 2016

El mundo del libro en Colombia es pequeño. Un novelista, si es conocido, puede aspirar a una edición entre los 3000 y 5000 ejemplares. La gran mayoría se tiene que conformar con tirajes de 1000 y someterse a la tiranía de una limitada red de librerías comerciales, con muy pocas independientes, que exhiben como novedades las recién publicadas obras literarias en tiempos cortos. Otros autores ni siquiera tienen la suerte de pasar un día por la mesa o la vitrina de las novedades.

viernes, 22 de abril de 2011

Andrés Caicedo / Destinitos fatales

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Andrés Caicedo
DESTINITOS FATALES
..I



A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club, y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y ese film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo: el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá "el cine de calidad" que no puede ver en los teatros cuando estos sólo exhiben vaqueros y espías: Imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne "porque el ejército de EE.UU. siempre mata muchos indios", que le dicen imbécil a Jerry Lewis. Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cineclub por estar exhibiendo cosas de éstas, cuando los estudiantes luchan en las calles, gente que únicamente sufría de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pueden hablar de amor, de papitas, de viajes, de política y cuando llega la noche se ponen a soñar de lo mismo que han hablado durante todo el día. Pues bien, el hombrecito de nuestra historia comenzó a perder grandes cantidades de dinero, porque ya al final no iban más que diez personas a sus películas de vampiros, 9, 8, 7, 6, 5, los últimos 4 sí empezaron a conversar, a contarse recuerdos, pasó el tiempo y uno de ellos se mudó de ciudad, otro amaneció un día muerto, uno se graduó de arquitectura y nunca nadie más lo volvió a ver por estas tierras.
El hecho es que el sábado 25 de septiembre de 1971, el hombrecito encontró, al ir a introducir el último film del ciclo, que no había más que un espectador en la sala, allá detrás, en un rincón, mitad luz y mitad sombra.
El hombrecito iba a comenzar a hablar de la película que amaba tanto, pero el Conde se paró de su butaca y le sonrió, y el hombrecito tuvo que bajar los ojos.


II
 


Un empleado público se monta a las 2 del día en su bus de todos los días, paga, registra, y para su satisfacción queda un puesto por allá , se dirige al asiento vacío sin ver a nadie conocido, pero para qué conocidos a esta hora y con este calor, así que el empleado público en lo único que piensa es en el almuerzo que su mamá le tiene cuando llegue a casa en la siestecita de 5 minutos, en el sueñito que sueñe, y por pensar en eso ni se ha dado cuenta que este bus en el que se ha montado no para cada 4 cuadras ni para en ninguna parte, y cuando cae en la cuenta el hombrecito lo que hace es apretar las manos que le sudan pero nada más, o tal vez voltear a mirar a los pasajeros, todos hombres, una mujer en la última banca vestida de negro, todos de piel oscura y por que ser que todos están así de flacos y por que a todos se les ve el hambre en la cara, por que, sobre todo el chofer cuando voltea la cara y lo mira a él. Y da la señal. Entonces el bus para y todos se le van encima, y cuando al hombrecito le arrancan el primer pedazo de mejilla piensa en lo que dirán sus compañeros de oficina cuando salga mañana en el periódico. Pero mañana no va a salir nada en el periódico.


III
 


Un hombrecito va por allí caminando fresco, cargando un libro de Mr. Edgar Allan Poe que pesa 5 kilos. De pronto un gordo lo ve pasar y se acerca y le pregunta:
—Dígame, ¿no le molesta andar con ese libro tan pesado parriba y pabajo?
El hombrecito, que es muy bondadoso y un poco ingenuo, no se da cuenta que el gordo se quiere burlar de él, y por eso piensa antes de contestar, para darle la respuesta exacta; y ella es:
—Lo que pasa es que desde hace un tiempo para acá me di cuenta que yo vivo mi vida montado en un globo, y el libro de Edgar me sirve de lastre. Lastre para no elevarme tanto, para no ir a parar a una región desconocida, habitada por gente que a lo mejor no me gusta, que no conozco. Además la persona que más supo de globos en el mundo fue mi amigo Edgar.
 Y el gordo al oír eso se le ríe en la cara. Y el hombrecito comprende ahora y se pone muy triste. Y la tristeza le dura cinco días. Hasta que se encuentra en una película una actriz americana de la que se puede enamorar fácil, y la tristeza se le pasa.