Un extraño caso sacude a la India luego de que se reportó que un elefante mató a una mujer y horas después apareció mientras su familia la acompañaba en la funeraria.
Últimas noticias del coronavirus | Alemania cierra colegios, escuelas infantiles y comercios no esenciales desde el miércoles hasta el 10 de enero
Merkel acuerda con los líderes de los ‘länder’ el endurecimiento de las restricciones ante el avance de la segunda ola | EE UU espera la vacunación tras notificar casi 1,5 millones de positivos y 16.799 muertos en una semana | La India notifica 30.000 contagios y roza los 10 millones
Madrid, 13 de diciembre de 2020
Alemania cerrará desde el próximo miércoles hasta el 10 de enero los colegios, escuelas infantiles y comercios no esenciales para frenar la segunda ola de la pandemia. La canciller Angela Merkel, que se ha reunido este domingo con los representantes de los länderpara decidir las nuevas restricciones, lo ha confirmado tras el encuentro. La restricción se une al cierre de restaurantes, bares, teatros, cines, museos e instalaciones deportivas, clausurados desde hace seis semanas. En las últimas 24 horas, el país ha registrado 20.200 contagios, el peor dato en un domingo en toda la epidemia, y 321 decesos, según el Instituto Robert Koch. En Estados Unidos, la pandemia se ha acelerado en las últimas semanas. Solo en los pasados siete días, cerca de 1,5 millones de personas se han infectado y 16.799 han muerto, según la Universidad Johns Hopkins. EE UU aguarda el inicio de la inmunización, después de que la FDA, el regulador estadounidense de los medicamentos, aprobase el viernes la autorización de la vacuna de Pfizer y BioNTech. En Asia, la India ha vuelto a registrar este domingo más de 30.000 contagios en un día y se acerca a los 10 millones desde el inicio de la crisis sanitaria. Corea del Sur ha notificado este domingo un nuevo máximo de infectados por segundo día consecutivo, 1.030 casos positivos, y las autoridades meditan si aumentar las restricciones en el país.
Moteros en Dakota del Sur celebran su encuentro anual en Sturgis (EE UU) sin respetar las medidas de seguridad recomendadas por la pandemia/ En el vídeo, los contagios y brotes siguen aumentando en España.FOTO: MICHAEL CIAGLO
Últimas noticias del coronavirus | La pandemia causa más de 727.000 muertos y 19,6 millones de contagiados
EE UU rebasa los 5 millones de casos | Castilla y León anuncia casi 12.000 inspecciones | 1.091 casos detectados y 7 muertos en las últimas 24 horas en Cataluña, que amplía el cribado masivo a Vilafranca del Penedès y Santa Coloma de Gramanet
Madrid, 9 de agosto de 2020
Los contagios acumulados desde el inicio de la pandemia superan los 19,6 millones en el mundo, según el recuento de la Universidad Johns Hopkins, mientras la cifra de muertos se sitúa por encima de los 727.000. Estados Unidos sigue siendo el país más castigado por el coronavirus del mundo. Este domingo ha rebasado los 5 millones de contagios por coronavirus y 162.000 muertos. Los casos continúan multiplicándose con el Estado de Florida como epicentro. En España, Aragón suma 633 nuevos casos en las últimas 24 horas, de los que 567 se corresponden con la provincia de Zaragoza, la mayoría en la capital. Castilla y León ha anunciado que este lunes inicia una “intensa campaña de vigilancia, control e inspección” en cerca de 12.000 centros de trabajo y locales de ocio para comprobar el cumplimiento de las medidas de seguridad. Cataluña ha comunicado este domingo 1.091 casos detectados y 7 muertos en las últimas 24 horas, que elevan el total desde el inicio de la pandemia en la comunidad a 106.657 y 12.822, respectivamente. Mañana comenzarán en otras dos localidades catalanas (Vilafranca del Penedès y Santa Coloma de Gramanet, ambas en Barcelona) los test masivos a la población. En Brasil, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva ha lamentado los más de 100.000 muertos que ha causado la covid-19 en su país, mientras en México han desplegado un lazo negro en el Zócalo.
Una mujer que usa traje de bioseguridad busca atención médica en el Instituto Cardiopulmonar El Tórax, donde atienden pacientes con covid-19, en Tegucigalpa (Honduras). El personal sanitario al frente de la pandemia de covid-19 en Honduras, que lleva cuatro meses, está sufriendo cansancio emocional y otras dificultades que repercuten en su trabajo diario.
LA CRISIS DEL CORONAVIRUS
UN DOLOR QUE RECORRE EL MUNDO
Foto de Antonio Lacerda
Fotografía de tumbas en el cementerio de Caju, en Río de Janeiro (Brasil). El estado brasileño de Río de Janeiro completa casi cuatro semanas con su curva de muertes por coronavirus en descenso pese a que inició prematuramente la desescalada de las medidas de aislamiento social y a que la pandemia sigue creciendo a largos pasos en otras regiones de Brasil.
El coronavirus confina a un tercio de la humanidad
Rusia limita también la movilidad de sus ciudadanos para intentar contener el avance de la pandemia
Macarena Vidal Liy
Pekin, 25 de marzo de 2020
Un tercio de la humanidad se encuentra confinada en sus viviendas. Los Juegos Olímpicos han quedado aplazados por primera vez en la Historia. La actividad económica se desploma y los Gobiernos buscan frenéticamente vías para dar asistencia a sus poblaciones. El coronavirus causante de la nueva enfermedad Covid-19 ha creado, en los cuatro meses desde que se detectaran los primeros casos de una extraña neumonía en diciembre en la ciudad china de Wuhan, un panorama propio de una película de ciencia-ficción, que nadie hubiera creído posible hace poco más de tres meses.
Hasta el momento, la Covid-19 ha dejado más de 19.000 muertos y ha infectado a cerca de 430.000 personas en unos 175 países, en unas cifras que aumentan por millares diariamente. El foco, originalmente en la provincia china de Hubei —donde se encuentra Wuhan— se ha movido a Europa, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) cree que en unas semanas podría desplazarse de nuevo, hacia América. “La pandemia se está acelerando”, ha advertido la OMS. A medida que se extiende, más países adoptan medidas más o menos estrictas para limitar el movimiento de sus habitantes, o confinarlos por completo: al menos 2.600 millones de personas, según los cálculos de la agencia de noticias francesa AFP, se encuentran bajo ese tipo de restricciones. Las escuelas permanecen cerradas en numerosos países, de Chile a Japón.
Una niña en Mumbai, India, muestra desde la ventana un cartel para pedir que nadie salga a la calle. En vídeo, el presidente de la OMS advierte a los políticos de su papel para contener la pandemia. RAFIQ MAQBOOL
La gran señal positiva es, este miércoles, el levantamiento de la cuarentena en la provincia de Hubei, a la espera de que el día 8 lo haga también Wuhan. Los primeros trenes y autobuses que comunican la zona con el resto de China han empezado a rodar, después de dos meses de interrupción. Las montañas de Wudang, un importante punto turístico de la región, han reabierto. El riesgo de epidemia en Wuhan ha quedado rebajado de altoa a medio. No se han anunciado nuevos casos en la ciudad esta jornada, aunque sí dos muertes. En todo el país, desde el comienzo de la epidemia, se han detectado unos 81.000 contagiados, de los que 3.287 han fallecido.
En cambio India, el segundo país más poblado del mundo, se ha levantado este miércoles con sus casi 1.300 millones de habitantes en “confinamiento total” de 21 días, entre interrogantes de si será posible hacerlo cumplir. El objetivo es frenar la propagación del virus tras alcanzar los 482 casos detectados y nueve fallecidos, pese a las medidas adoptadas en los últimos días de clausura de centros educativos, suspensión de eventos deportivos, transporte de pasajeros y cierre del país al exterior. “Estimamos que, en la peor situación, pueda haber entre 20.000 y 50.000 pacientes (de coronavirus) en la India”, ha dicho a Efe el doctor K. Aggarwal, miembro de la Asociación Médica de la India (IMA).
Medidas similares se han adoptado en otros países del sureste asiático, desde Tailandia a Malasia. En Indonesia, donde se teme que el número real de afectados sea muy superior al declarado tras una lenta reacción oficial —686 casos y 55 muertes—, preocupa la presión que una escalada en las infecciones pueda suponer sobre un sistema sanitario más débil que otros estados de la zona. Suben los números también en Corea del Sur —un centenar de nuevos casos— y Japón, dos países que han conseguido mantener bajo control sus curvas. En Tokio, la gobernadora de la capital, Yuriko Koike, ha pedido a los cerca de 14 millones de habitantes que viven en la ciudad que no salgan de casa en los próximos días, después de que se hayan confirmado 41 nuevas infecciones en esta metrópoli.
En Europa, continúan los intentos de aplanar las curvas en los distintos países. En España, se han detectado 7.937 casos más, hasta llegar a los 47.610, y se han superado, con 3.434 fallecidos, las cifras de víctimas mortales en China. El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, ha apuntado que “no estamos muy lejos” del pico. Italia, el país más afectado en Europa y el que ha registrado mayor número de fallecimientos en el mundo, contabiliza 69.176 contagios y 6.820 muertes. En el Vaticano, el papa Francisco encabezaba un rezo del Padre Nuestro al que se han sumado católicos de todo el mundo para pedir el fin de la pandemia.
Alemania, por su parte, ha prohibido la entrada de los cerca de 300.000 trabajadores temporales, la mayoría de Rumania y Polonia, que contrata anualmente en el sector agrícola. Francia, que también ha ordenado a su población quedarse en casa, calcula que las medidas durarán “unas seis semanas”. En el Reino Unido, tras una serie de titubeos se ha impuesto también el confinamiento a sus 66 millones de habitantes. Únicamente se podrá salir de casa, solo o en pareja, para hacer la compra, ir al trabajo si es “estrictamente necesario” o hacer un poco de ejercicio. En este país, el príncipe heredero, Carlos de Inglaterra, ha dado positivo de coronavirus, según ha confirmado el palacio de Buckingham.
Rusia también se ha sumado a los países que entran en cuarentena y sus ciudadanos no irán a trabajar la semana próxima, según ha anunciado su presidente, Vladímir Putin. Los servicios fundamentales seguirán abiertos. El coronavirus también ha forzado al líder ruso a aplazar, por el momento, la consulta ciudadana sobre la reforma de la Constitución que podría prolongarle en el poder.
La incidencia del virus ha hecho que la alta comisionada de la ONU para Derechos Humanos, la chilena Michelle Bachelet, haya lanzado un llamamiento para flexibilizar o suspender las sanciones a países muy castigados y con sistemas sanitarios muy débiles, como Corea del Norte, Cuba, Venezuela o Irán, uno de los países más afectados por la pandemia y que ha suspendido el transporte interprovincial para intentar contenerla.
En América Latina, donde el caso español ha causado una fuerte alarma, Panamá ha decretado una cuarentena, Paraguay ha cerrado sus fronteras y aeropuertos hasta el domingo, y Uruguay también ha cortado el paso a los extranjeros.
En cambio, Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, continúa minimizando la pandemia y asegura que los gobernadores que adoptaron medidas de cuarentena ponen en riesgo la economía con una política de “tierra arrasada”.
En África, donde la expansión de la pandemia preocupa enormemente, Sudáfrica ya lleva más de 700 casos. Libia y Malí han confirmado este miércoles sus primeros contagios, y la República Democrática de Congo, que se había despedido del ébola con cantos y bailes, ha decretado el estado de emergencia y confinado Kinshasa, la capital. En Washington, el Fondo Monetario Internacional ha advertido que la propagación del coronavirus en la región subsahariana supondrá un duro golpe para estos países que causará una reducción del comercio, una caída de los precios de las materias primas e impactos directos en los medios de vida de sus habitantes, entre otras cuestiones.
Pese a la cautela generalizada, Estados Unidos, que ya acumula casi 50.000 contagios y amenaza con convertirse en uno de los focos mundiales de la enfermedad, considera relajar sus medidas de aislamiento para mediados de abril. “Nuestro país no está diseñado para cerrar. Puedes destruir un país de esta manera, cerrándolo”, indicó el presidente de EEUU, Donald Trump, en declaraciones a la cadena Fox News. No obstante, el doctor Anthony Fauci, experto en enfermedades infecciosas y asesor de la Casa Blanca, ha pedido “mucha flexibilidad” con esa fecha.
Cada país posee su comida, su gastronomía. Pero todos los países tienen pan y es en la elaboración del pan donde las diferencias aparecen. En un mundo donde día a día nos enfrentamos a la globalización nos encanta apreciar muestra historia y cultura. Cuando se trata de nuestra alimentación orgullosamente mencionamos que nuestro pan está elaborado con ingredientes locales lo que lo hace único. Todos estamos de acuerdo en que la mejor baguette del mundo se come en Francia y los italianos tienen la mejor Focaccia.
Extracto de un capítulo del libro 'El hambre' de Martín Caparrós sobre carne, mercados y cifras de desnutridos
14 OCT 2016 - 04:57 COT
Extracto del libro El hambre, de Martín Caparrós, publicado por la Editorial Anagrama.
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Calcuta
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Durante siglos, milenios, las mercaderías se dividían en perecederas y perennes; la comida y la bebida se acababan, una camisa terminaba por gastarse, pero nadie compraba una cama o un carro o una olla pensando que pronto los cambiaría por otros. La idea de duración era consustancial a esos objetos. El capitalismo más reciente consiguió darles a todos la misma calidad que la comida o la bebida: son para ser consumidos, consumirse. Consumir es una palabra muy rugosa.
Por eso, ahora, supongo, el mundo está tanto más lleno de comerciantes: porque nada se compra de una vez por todas, porque todo debe ser comprado y vendido infinidad de veces.
Y a veces, cuando camino por estas calles que en tantos países del OtroMundo hacen de mercados, me da el ataque. Miles y miles de –digamos– camisetas mismas, miles y miles de chancletas parecidas, miles y miles de carteras zapatillas peines pelotitas cacerolas destornilladores para que miles y miles de personas parecidas las compren y miles y miles de personas parecidas ganen un día más algún dinero para ir a su vez a este u otro mercado a comprar sus camisetas sus chancletas peines cacerolas y el arroz que precisan para poder volver al otro día a vender miles y miles de –digamos– camisetas mismas, miles y miles de chancletas parecidas, miles y miles de.
No hacen nada; esperan, charlan, sacan su pequeño margen de ganancia. Son un poco más inútiles que el resto. No agregan nada a esas camisetas o esos cables o esas bananas o esas zapatillas o esos caramelos; sin ellos serían iguales. ¿Qué pasaría si desapareciera esa actividad tan notoriamente innecesaria, el comercio?
Los maestros hinduistas no te dirán que la mayoría de los indios son vegetarianos por pura pobreza
Los comerciantes son casi tan inútiles como esos tipos que te dicen que te dicen lo que pasa, cómo serían las cosas.
Los comerciantes no hacen más que encarecer el acceso a lo que necesitamos. Algunos consiguen cosas que otros no y son, en el mejor de los casos, intermediarios eficientes. Pero la mayoría vende lo mismo que la mayoría –y sin embargo existen, sobreviven, cada vez son más. En los países ricos el comercio está más o menos disimulado en el paisaje: negocios, shopping malls, internet. En cualquiera de estos países, en cambio, se ve claro que es el primer recurso: cuando un chico no sabe qué hacer vende mangos o lapiceras o bolsitas en la calle, el grado cero de la actividad económica urbana. Las calles existen como espacios para miles y miles de personas se ganen la vida comprando y vendiendo.
Eliminarlos, es obvio, no es tan fácil. El sovietismo lo intentó y los convirtió en una manada de empleados públicos, inertes, aburridos, más improductivos todavía, y nunca pudo solucionar realmente el problema de la distribución de cosas. Pero, aún si se encontrara una buena alternativa: ¿qué harían esos millones que hoy viven de eso? ¿Encontrarían alguna ocupación útil, productiva? ¿Se liberaría una fuerza de trabajo y energía social tal que todo cambiaría? ¿O, más bien, llenarían las calles de buscas y mendigos?
Calcuta
Buscas y mendigos.
Calles repletas de buscas y mendigos.
Desde la última vez que estuve en Calcuta pasaron veinte años; entonces escribía un libro sobre la India, Dios mío; ya entonces, la ciudad de los horrores me dejó perplejo. Veinte años después me sigue sorprendiendo la facilidad con que los indios conviven con la miseria ajena. Esa idea que más de uno enunció de más de una manera –“es una vergüenza ser feliz con tanta miseria alrededor”– parece serles tan lejana.
Calles repletas, los buscas, los mendigos.
El 75% de la comida que se les da a los animales podría ser consumida por los hombres
Y el modo en que se sienta en el polvo de la calle: ovillado, achicado, defensivo, los brazos alrededor de las rodillas, la cabeza hundida entre las rodillas, un pie sobre el otro como si se cuidaran mutuamente. Un tirador de ricsha descansando: son las dos de la tarde, hace un calor de estupro. Un tirador de ricsha de Calcuta trota descalzo, sus pies sobre el asfalto o lo que haya; sus pies, a lo largo de los años, han pisado todo lo que se pueda pisar en este mundo.
Se protegen, ahora, se acarician.
Porque Calcuta rebosa de animales. En Calcuta hay vacas indolentes que destruyen el tránsito, hay cerdos que retozan en la basura tan frecuente, hay cuervos que se roban comida de las mesas –hay ventanas con redes para evitar los robos de los cuervos–, hay monos más ladrones más rabiosos, hay pollos que cacarean en jaulas de agonía, hay perros satisfechos –extrañamente satisfechos–, hay millones y millones de señoras y señores: quince millones de señoras y señores.
Algunos comen todos los días. Algunos, incluso, comen animales. En el mercado central de Calcuta los animales para comer siguen siendo animales hasta que se los comen. Desolladas, deshuesadas, cortadas en trocitos, selladas al vacío, amortajadas en celofanes varios, las carnes que comemos en nuestros países cada vez más carniceros hacen todo lo posible por alejarse del animal que fueron. Que nadie piense en los ojos tristes de una vaca cuando se come un bife, el balido tiernito del cordero en el momento del gigot. En los países más pobres los animales siguen siendo animales hasta el penúltimo momento: sin heladeras, sin cadena de frío, es la manera de garantizar que lleguen frescos a las mesas. En los países más pobres, de todos modos, los más pobres nunca comen animales.
En la India suponen que eligieron: que son vegetarianos.
Y entonces, en medio del mercado y de los gritos, un gorrión baja en picado, revolotea sobre los trozos de animales, va, viene, parece buscar algo; quince o veinte personas lo miramos, inmóviles de pronto, callados, suspendidos. El pájaro se va; vuelven las voces, los movimientos, los olores, y todos nos sonreímos confusos, como si nos disculpáramos. Yo pienso en decir algo sobre el peso de la rutina y cómo querríamos romperla pero no sé cómo decirlo y pido cuarto kilo de unas nueces raras.
Y pienso en lo poco que bajan, poco que duran los gorriones.
En un puesto escondido un hombre vende pescaditos rojos: en una pecera con adornos de plástico, los pescaditos rojos. Es un salto civilizatorio. Occidente está tan mal –tan bien– acostumbrado que no suele recordar el valor de lo superfluo. Le superflu, chose très nécessaire –decía, sin la menor necesidad, el gran Voltaire. Lo superfluo es la marca del gran cambio: hacerte con algo que no necesitabas, pasar de la pura urgencia a ese estado de –muy leve– privilegio en que podés gastarte unas monedas en un pez rojo e inútil. Rojo importa, pero inútil es la palabra clave: la conquista del derecho a lo inútil, lo contrario del hambre. Tener hambre es vivir con lo estrictamente necesario, vivir para lo estrictamente necesario, vivir en lo estrictamente necesario –y muchas veces ni siquiera.
La mitad de la comida que los 7.000 millones de humanos comemos cada día es arroz
Hambre es comerse los pescaditos rojos.
La palabra vegetariano fue inventada en Londres, faltaba más, hacia 1850, por unos señores que decidieron dejar de comer carne para vivir más y más sanos. Pero la India se convirtió, tiempo después, en el país más vegetariano de la tierra. Se calcula que dos de cada cinco indios son vegetarianos –casi quinientos millones de personas. Los maestros hinduistas te dirán que la religión hindú hace sagradas a las vacas, aunque no te dirán que sus textos clásicos, escritos hace más de tres mil años, están llenos de banquetes vacunos. Y, plenos de fervor vegetal, te explicarán que no quieren ejercer violencia contra otras criaturas para evitar acumular mal karma, que al “ingerir la química grosera de los animales uno introduce en su cuerpo y alma la cólera, los celos, la ansiedad, la sospecha y un terrible miedo de la muerte”, que los vegetales se digieren mejor y permiten vivir vidas “más largas, más saludables, más productivas”, que la Tierra está sufriendo y que, al no comer carnes animales, le evitan algo de ese sufrimiento.
Calcuta
No te dirán, en cambio, que la mayoría de los indios son vegetarianos por pura pobreza: porque no tienen dinero para pagar la carne. O, si tienen una vaca o dos, no pueden darse el lujo de matarla para comérsela; necesitan guardarla para que les produzca la leche que toman, la manteca que guisan, la bosta que queman, la fuerza con que labran sus campos. Raro el destino de esos animales sagrados, nutricios, que se pueden usar exprimir agotar a fuerza de trabajo pero no matar. Es casi una metáfora.
Me impresiona la naturalidad con que tragamos los productos más diversos: los procesos más complejos. En un mordisco de carne de vaca o una alita de pollo o un camarón se acumula tal cantidad de historias. Pero, sobre todo: la naturalidad de pensar que así es la vida sin tener claro que durante miles de años no fue así, que para miles de millones de personas no es así. Es un despilfarro de privilegio: ser tan privilegiados que ni siquiera recordamos que lo somos.
Se lo puede pensar de muchos modos, pero creo que lo decisivo del siglo XX fue el triunfo de la movilidad: que la norma es que todo se mueva. Antes de 1900 había unos miles de kilómetros de vías, no había coches ni camiones ni carreteras para ellos y no había, por supuesto, aviones. Ni supertankers ni helicópteros ni bicicletas ni motos ni submarinos ni subterráneos. No solo había muy pocos medios de transporte; las personas se transportaban mucho menos. Vivían –casi todos– en ciudades a escala humana, en pueblos, en campos donde todo se hacía caminando. Después aprendimos a tomar como normal el desplazamiento continuo: cada mañana viajo 20 kilómetros para ir a mi trabajo, cada vacación 400 o 4000, para ir a torrarme a una playa postalita. Es curioso: el hombre, que era un animal bastante quieto, se volvió movedizo. Y lo mismo pasó con su comida. Siempre hubo tráfico pero, hasta hace un siglo, solo se trasladaba lo muy valioso o lo muy necesario. Ahora todo circula: un ruso come uvas en enero y un indio rico queso camembert y los chanchos chinos engordan con soja argentina –y miles de millones siguen sin comer carne.
Comer animales casi siempre es un lujo. “Salvo raras excepciones, la alimentación humana de base está compuesta por cereales, en todos los rincones del mundo, en todos los países y las culturas. Pero los cereales no aportan suficientes proteínas para satisfacer todas las necesidades. Lo primero que se agrega, en todos lados, son las leguminosas (…). Después vienen los tubérculos. Cuando el nivel de vida aumenta se suman los aceites (…). Y al fin, solo cuando el nivel de vida realmente despega, se pasa a la carne y otros productos animales (huevos, lácteos)” escribió, en Nourrir l’humanité, Bruno Parmentier.
La ganadería ya usa el 80% de la superficie agrícola del mundo, el 40% de la producción mundial de cereales, el 10% del agua
Y después: “Comerse un bife es pura locura planetaria”.
Los habitantes de países más o menos ricos comemos al revés de como comió la enorme mayoría de la humanidad desde el principio de los tiempos. Es un cambio cultural radical, y no parece que lo notemos demasiado. Los hombres siempre comieron sobre todo hidratos de carbono y fibras vegetales; a veces, cada tanto, los acompañaban con un trocito de proteínas animales. Cada vez que comemos un bife con ensalada, una pata de pollo con arroz, una hamburguesa con puré, un choripán estamos dando vuelta esa costumbre milenaria: poniendo el trozo de animal como centro al que acompañan esos hidratos o fibras vegetales.
Creo que no nos damos cuenta de la pompa que eso significa. Creo que cualquier indio, cualquier africano, muchos sudacas lo notarían enseguida. Porque, para la mayoría de los habitantes del OtroMundo, el sistema sigue siendo el mismo: el consumo mundial de alimentos parece muy variado, pero tres cuartos de la comida consumida en el planeta es arroz, trigo o maíz; solo el arroz es la mitad de la comida mundial.
Digo: la mitad de toda la comida que los 7.000 millones de humanos comemos cada día es arroz.
Arroz.
Comer animales, en nuestro mercado global, es un lujo –que empieza a ser asiático. En 1980 los chinos comían, en promedio, 14 kilos de carne por persona y por año; ahora, unos 55.
Y lo disfrutan tanto. Comer carne es aspiracional: los recién llegados a la –módica– prosperidad se la comen para mostrar que ya son prósperos, que pueden hacer lo mismo que hacen los ricos del mundo, que nada de lo carnicero le es ajeno.
Con lo cual, además, se apropian de esos males que hasta hace poco no sufrían: enfermedades cardiovasculares, cánceres del sistema digestivo y demás delicias del colesterol. Y se sumen en el infierno climático: los pedos de las vacas, cargados de metano, son la pesadilla de los ecololós, casi un quinto de los gases de efecto invernadero.
Y competimos. Los animales no solían comer lo mismo que los hombres. Marvin Harris, el gran antropólogo americano, supuso que el tabú del cerdo en dos de las tres grandes religiones de dios único se debía a que competía con el hombre por los mismos alimentos. O sea: era un despilfarro, lo contrario de las vacas ovejas cabras que comían pasto que el hombre no comía y, por lo tanto, le servían para transformar esas calorías inaccesibles en algo que sí podía tragar.
Ya no. Ahora el 75% de la comida que se les da a los animales podría ser consumida por los hombres: soja, maíz y demás granos.
Es un invento –más o menos– reciente. Las vacas siempre comieron pasto. Pero hacia 1870, con los nuevos barcos frigoríficos, los ingleses empezaron a comprar carne americana, de vacas alimentadas con maíz y otros granos: una carne más grasa, más sabrosa, decían entonces. Hasta la Segunda Guerra Mundial esa carne alimentada a granos era un lujo, solo el 5% de la producción mundial, reservada a los más ricos americanos y europeos. Pero ya en los cincuentas, con el aumento de los rendimientos agrícolas, los Estados Unidos buscaron un modo de colocar su excedente. Las multinacionales alimentarias americanas presionaron para instalar esa carne alimentada a grano en las mesas del mundo; ahora, la gran mayoría de la producción mundial funciona según ese modelo. Y el rebaño aumenta: si hablamos de vacas, solo vacas, hace medio siglo había 700 millones en el mundo; hoy hay 1.400. Cada cinco personas una vaca; más carne vacuna que carne humana comiéndose el planeta.
Y después están las grandes fábricas de chanchos y de pollos. Brasil, uno de los grandes productores agrícolas del mundo, debe importar grano para alimentar sus infinitos pollos. Brasil es el primer exportador mundial de pollos. Sus criaderos alumbran, cada año, 7.000 millones de pollos: cada año los brasileños matan tantos pollos como habitantes tiene el mundo y los reparten por doquier. Y Estados Unidos y China perecen otros tantos cada uno, solo que se los comen ellos.
El problema es que se necesitan cuatro calorías vegetales para producir una caloría de pollo. Seis, para producir una de cerdo. Y diez calorías vegetales para producir una caloría de vaca o de cordero. Lo mismo pasa con el agua: se necesitan 1.500 litros para producir un kilo de maíz, 15.000 para un kilo de vaca. Una hectárea de buena tierra puede producir unos 35 kilos de proteínas vegetales; si su producto se usa para alimentar animales, producirá unos siete kilos. O sea: una persona que come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco o diez personas. Comer carne es establecer una desigualdad bien bruta: yo soy el que se permite comer un alimento cinco veces, diez veces más costoso que el que vos comés. Comer carne es decir a mí qué carajo me importan los otros nueve.
Comer carne es un alarde bestia de poder.
En las últimas décadas el consumo de carne aumentó el doble que la población, el consumo de huevos tres veces más. Hacia 1950 el mundo comía unas 50 millones de toneladas de carne por año; ahora, casi seis veces más –y se prevé que vuelva a duplicarse en 2030.
La ganadería ya usa el 80% de la superficie agrícola del mundo, el 40% de la producción mundial de cereales, el 10% del agua del planeta. La carne es fuerte.
La carne es la metáfora perfecta de la desigualdad.
Pero el momento –el suspiro en la historia, el breve lapso– de la carne puede estar terminando.
Lester Brown, pionero ecololó, dice que cuando le preguntan cuánta gente puede alimentar nuestro planeta, él pregunta a su vez con qué dieta. “Si todos comiéramos como los americanos, que se tragan entre 800 y 1000 kilos de granos al año por persona, sobre todo a través de las carnes que esos granos produjeron, la cosecha mundial de cereales podría alimentar a 2.500 millones de personas. Si todos comiéramos como los italianos, que consumen dos veces menos carne, unos 400 kilos de cereales por año, se podría alimentar a 5.000 millones de personas. Si todos comiéramos el régimen vegetariano de los indios podríamos alimentar a 10.000 millones de personas”.
Digo: para que siguiéramos comiendo carne con cosas –no cosas con carne– debería mantenerse este orden de exclusión, de 3.000 millones usando los recursos de 7.000 millones. Parece un precio fuerte.
La carne es estandarte y es proclama: el mundo solo se puede usar así si lo usamos unos pocos. Si todos quieren usarlo igual no puede funcionar.
La exclusión es condición necesaria –y nunca suficiente.
(Si no fuera porque ya no puedo, porque soy un caso perdido, porque cargo medio siglo de asado argentino, porque puedo pretender que mi gesto no serviría para nada, el único remate posible de estos párrafos sería proclamar mi decisión inapelable de no comerme nunca más un bife. Lo contrario –lo que estoy haciendo– es mostrar mi incoherencia supina.
Pero, pese a todo, los argentinos podemos postularnos como adelantados extraños de esta tendencia que quizá no exista. La Argentina fue, por más de un siglo, sinónimo de carne, el país por excelencia de la carne excelente, el primer consumidor mundial de vaca; ahora dejó de serlo. Cuando yo nací un argentino medio se zampaba 98 kilos de vaca por año, más de un cuarto por día; ahora, poco más de 50. Las razones también parecen precursoras: la competencia de la soja que hizo más rentable usar las tierras para plantarla que para pastorear; el aumento consecuente de los precios; la ampliación del horizonte gastronómico, que ofreció cantidad de alternativas; los miedos médicos, que se cebaron en la carne roja.)
Pero aquí, en la India, la mayoría de los vegetarianos se cree que lo elige. Los indios consumen cinco kilos de carne –cualquier carne– por año y por persona: cinco kilos, diez veces menos que los chinos. Y se creen que lo eligen: son los milagros de las ideologías.
(...)
LUSMORE DAUDA
El hambre es, por supuesto, muy confuso. Las cifras varían: es muy difícil calcular con precisión cuántos hombres y mujeres pasan hambre. La mayoría vive en países con estados precarios, incapaces de registrar a buena parte de sus ciudadanos, y las organizaciones que tratan de contarlos tienen que usar, en lugar de censos detallados, cálculos estadísticos.
La FAO es la agencia de Naciones Unidas responsable de cifrar “el hambre en el mundo”. Lo intentan: estudian los inventarios agrícolas, las importaciones y exportaciones de alimentos, los usos nacionales de esos alimentos, las dificultades económicas y desigualdades sociales y, a partir de ahí, determinan la supuesta disponibilidad de comida para cada individuo: la diferencia entre necesidades calóricas y calorías disponibles les da su cantidad de desnutridos. Es un método posible –y no hay todavía otros que funcionen–, pero es tan aproximado que resulta muy maleable: sus resultados son tan hipotéticos que se pueden corregir según las necesidades del momento.
De hecho, últimamente la FAO consiguió una reducción importante de la cantidad de desnutridos del mundo –con un cambio en la metodología de sus cálculos. Ya lo había hecho otras veces. En 1974 sus expertos estimaron que la cantidad de hambrientos del mundo rondaba los 460 millones. Era más o menos lo mismo que decían otras organizaciones –la OMS, Unicef. Y que en diez años la cifra podía pasar a unos 800 millones; en 1989 confirmaron sus predicciones: había, dijeron, entonces, 786 millones de hambrientos.
Pero en 1990 la FAO revisó todos sus cálculos anteriores. Dijo que el método estadístico que habían usado estaba mal y que ahora sabían que en 1970 no había 460 millones de hambrientos sino más del doble: 941 millones. Lo cual les permitía decir que los 786 millones de ese momento –1990– no suponían un aumento del hambre sino un retroceso: un gran logro.
Diez años después, en 1999, dijeron que los hambrientos eran 799 millones –¿dónde estaría el millón que les faltó para 800?– y que por lo tanto el hambre había vuelto a avanzar. Hasta que volvieron a revisar sus propios números y dijeron que, en realidad, en 1990 no había 786 sino 818 millones y que, por lo tanto, habíamos ganado otra vez. Y ahora, en su último informe, el hambre de 1990 ha vuelto a aumentar: ya eran, retrospectivamente, 1.015 millones de personas. Hemos ganado tanto.
La guerra contra el hambre también está hecha de estas cosas.
Y, sin embargo, las cifras de la FAO son las cifras que se respetan, que se usan –que este libro también usa. Y sus cambios no solo sirven para que los grandes poderes mundiales se queden más tranquilos y convenzan a sus súbditos de lo bien que funcionan sus políticas; también se usan para decidir el destino de miles de millones de dólares en ayudas y partidas. De esos números depende –en buen burocratés– la “continuidad de las políticas”, la “asignación de los recursos”.
Yo decidí usar las cifras más conservadoras: prefiero equivocarme por defecto que por exceso. Si aceptamos –provisoriamente– las últimas cuentas revisadas de la FAO, en este momento hay 805 millones de personas con hambre. 805 millones de personas son muchas personas: más del 11% de los habitantes del mundo pasa hambre, una de cada nueve personas en el mundo pasa hambre. Una de cada nueve personas son muchas personas: si el hambre no estuviera tan cuidadosamente distribuido, una de cada nueve personas incluiría forzosamente, mi estimado lector, a alguno de sus tíos, un par de compañeros de trabajo, varios amigos de la infancia o la escuela o el equipo de fútbol, esa señora flaca dos filas más allá, quién le dice usted mismo.
Pero no es cierto que sean un hombre o una mujer de cada nueve –o es cierto de un modo que no es cierto. El hambre, es obvio, no está repartido en uno de cada nueve habitantes del planeta; está perfectamente concentrado en los países más pobres, lo que el burocratés llama “países en vías de desarrollo” por no llamar países en la vía: el Otro Mundo.
(Ya nadie dice “subdesarrollado”; dicen –burocratés– “en vías de desarrollo”. La palabra underdeveloped, que parece tan clásica, es de las más recientes. Apareció en inglés hacia fines del siglo XIX, pero se usaba solo en fotografía para definir una copia poco revelada. Su primer uso político data de 1949, en el discurso inaugural del presidente americano Harry Truman: “Debemos embarcarnos en un nuevo programa para que los beneficios de nuestros adelantos científicos y nuestro progreso industrial ayuden a la mejora y el crecimiento de las áreas subdesarrolladas. Más de la mitad de la población del mundo vive en condiciones cercanas a la miseria. Su alimentación es inadecuada. Son víctimas de enfermedades. Su vida económica es primitiva. Su pobreza es una desventaja y una amenaza tanto para ellos como para las áreas más prósperas”.)
La amenaza, de algún modo, por suerte permanece. Y todavía la llamamos Tercer Mundo: un concepto claramente perimido. Decir Tercer Mundo tenía sentido cuando había otros dos: el supuesto Primer Mundo –el bloque capitalista tal como quedó constituido después de la Segunda Guerra Mundial– y el supuesto Segundo Mundo –el bloque soviético que se fue armando a partir de esa guerra, la revolución china, las independencias africanas y asiáticas. El Tercer Mundo era, entonces, ese conglomerado disímil, confuso, de países que no estaban ni en el Primero ni en el Segundo: que no eran ni ricos ni soviéticos.
El Segundo Mundo, sabemos, ya no existe; no puede haber Tercero. Pero el planeta sigue estando claramente dividido: hay un bloque rico, norteño, –cada vez menos– occidental, donde la calidad de vida es infinitamente superior, que sigue marcando –todavía– la política y la economía.
Y después viene el OtroMundo: los pobres, los más pobres.
Hay países cuya pertenencia al OtroMundo podría discutirse; hay muchos que no. Cincuenta, para empezar, pueden reivindicar su derecho indudable: son los que forman la lista de “países menos desarrollados”, una categoría que inventaron las Naciones Unidas hace cuarenta años para definir a los más pobres de los pobres: los desconocidos de siempre.
Entre ellos hay 34 países africanos: además de Níger están Angola, Benín, Burkina Faso, Chad, Comoros, Eritrea, Etiopía, Gambia, Guinea, Guinea Bissau, Guinea Ecuatorial, Lesoto, Liberia, Madagascar, Malawi, Mali, Mauritania, Mozambique, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Rwanda, Santo Tomé y Príncipe, Senegal, Sierra Leona, Somalía, Sudán, Sudán del Sur, Tanzania, Togo, Uganda, Yibuti, Zambia.
Y también hay 14 de la región Asia-Pacífico –Afganistán, Bangladesh, Bután, Camboya, Kiribati, Laos, Myanmar, Nepal, Samoa, Salomón, Timor Oriental, Tuvalu, Vanuatu, Yemen– y un americano, el infaltable Haití. Otros tres –Botswana, Cabo Verde, Maldivas– fueron promovidos hace poco a “países en vías de desarrollo”.
Esos 50 países –donde viven más de 750 millones de personas, el 11% de la humanidad– reúnen entre todos el 0,5% de la riqueza mundial.
Son el núcleo duro, el indiscutible. Pero se les pueden agregar los otros países que según el PNUD tienen un Índice de Desarrollo Humano insuficiente: Burundi, Kenia, Namibia, Swazilandia, Zimbabwe, Gabón, Nigeria, Marruecos, Egipto, Siria, Pakistán, Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán, Mongolia, Vietnam, Sri Lanka, Tailandia, Filipinas, Indonesia, Papúa Nueva Guinea, Fiji, Micronesia, Nicaragua, Guatemala, Honduras, República Dominicana, El Salvador, Surinam, Guyana, Bolivia, Paraguay, y hasta un país europeo, el más pobre de todos: Moldavia.
(O, si no, olvidarse de todos esos nombres y quedarse con un criterio frívolo: se llamará OtroMundo a los 128 países cuyos productos brutos anuales son menores que la fortuna del señor más rico del mundo, un mexicano llamado Carlos Slim.)
Y quedan, todavía, las grandes mezclas: los cinco países cuyo desarrollo está moviendo el mercado global –los BRICS, Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica– tienen enormes cantidades de población hundida. De hecho, entre la India y China concentran casi la mitad de la desnutrición mundial. Las diferencias –las pertenencias– no siempre respetan los límites nacionales. Entre las costas chinas y sus provincias interiores hay más distancias que entre Francia y Turquía; entre San Pablo y el sertón brasilero sigue habiéndolas más que entre Italia y Armenia.
Y lo mismo pasa, de algún modo, con los pobres de países que se pretenden clase media del mundo, como la Argentina o México, o, incluso, con los nuevos pobres de los países más ricos.
Todos ellos viven, de formas varias, en el OtroMundo.
En el OtroMundo no hay casas firmes, no hay cloacas, no hay agua corriente, no hay hospitales ni escuelas que curen o que enseñen, no hay trabajos dignos, no hay estado protector, no hay garantías, no hay futuro.
En el OtroMundo no hay, sobre todo, comida para todos.
De los 805 millones de hambrientos, la mayoría está en el sur de Asia: 276 millones, por el peso de los indios y los bengalíes. Son unos 35 millones menos que hace diez años y siguen siendo el 16% de la población. Los 161 millones de asiáticos del Este son, en su mayoría, chinos: son casi 34 millones menos que hace diez años. En el sudeste de Asia la cantidad de hambrientos también se redujo mucho: de 113 millones pasaron a 64. En África negra, en cambio, aumentó: eran 209 en 2000, son 214 millones ahora. Igual que en África del Norte y Medio Oriente: de 18 millones pasaron a 32. En América Latina, en cambio, bajaron de 61 millones en 2000 a 37 hoy. Y los 15 millones de hambrientos del “mundo desarrollado” siguen más o menos constantes.
Así que el Otro Mundo –no podría ser de otra manera– concentra la mayor parte de los hambrientos del planeta: 780 millones de personas.
El hambre es el mal que más personas sufren –después de la muerte, que sufren casi todas.
Y es, por eso, el que más mata –sí, después.
No tienen plata, no tienen propiedades, no tienen peso: no suelen tener formas de influir en las decisiones de los que toman decisiones. Hubo tiempos en que el hambre era un grito, pero el hambre contemporáneo es, sobre todo, silencioso: una condición de los que no tienen la posibilidad de hablar. Hablamos –con la boca llena– los que comemos. Los que no comen generalmente callan. O hablan donde nadie los escucha.
De esos 780 millones de desnutridos del OtroMundo, unos 50 son víctimas de alguna situación excepcional: un conflicto armado, una dictadura despiadada, una catástrofe natural o climática –sequías, inundaciones, terremotos. Quedan 735 millones que no pasan hambre por ninguna situación excepcional: solo porque les tocó formar parte de un orden social y económico que les niega la posibilidad de alimentarse.
Según la FAO, el 50% de los hambrientos del mundo son pequeños campesinos con un trocito de tierra, el 20% campesinos sin tierra, el 20% pobres urbanos, el 10% pastores, pescadores, recolectores.
Desde 2007 –se supone, se calcula– algo cambió radicalmente en la población del mundo: por primera vez en la historia, más personas viven en las ciudades que en los campos. La explicación más obvia: millones de personas huyen todos los años de sus campos porque, en conjunto, los campesinos siguen siendo más pobres. De los 1.200 millones que viven en “extrema pobreza” –según el Banco Mundial, menos de 1,25 dólares por día– tres cuartos viven en el campo: 900 millones de campesinos extremadamente pobres.
Entre esos campesinos sin tierra o con tan poca tierra se reclutan las presas favoritas del hambre: tres de cada cuatro no comen suficiente. El resto son los habitantes de ese nuevo lugar de la miseria, los márgenes de las grandes ciudades, los slums favelas bidonvilles villamiserias.
En cualquier caso, el hambre sigue siendo la mayor amenaza para la salud de los habitantes del OtroMundo: mata todos los días más personas que el sida, la malaria y la tuberculosis juntas.
El hambre es una de las razones principales para explicar que la esperanza de vida en España sea de 82 años y de 41 en Mozambique; 83 en Japón y en Zambia 38: que haya personas que nazcan con todas las chances de vivir el doble que otras solo porque nacieron en otro lugar, en otra sociedad. No se me ocurre forma más bruta de injusticia.
(Se trata de redefinir qué es mortal y qué no: de qué es “lícito” morirse y de qué no. Todo está ahí: en realidad, el mayor escándalo es esta obviedad de que, cada año, cada mes, cada día, se mueren miles, millones de personas que no deberían morirse o, mejor dicho: que no se morirían de lo que se están muriendo si no vivieran en países pobres, si no fueran tan pobres.
Se trata de pensar en el mayor privilegio posible: vivir allá donde otros mueren. Y después tenemos que hablar de todo el resto: de esas vidas difíciles, de esas angustias, de esos enormes despilfarros de personas.)
Los números atacan –y podrían seguir páginas y páginas. Pero los números suelen ser, también, lo sabemos, el refugio de ciertos canallas. ¿Y si en lugar de ser 805 millones los hambrientos fueran 100 millones? ¿Y si fueran 24 millones? ¿Y si fueran 24? ¿Entonces diríamos ah bueno, no es tan grave? ¿Cuánto empieza a ser grave? Los números son la coartada de un relativismo pobre. Si les pasa a muchísimos es muy malo, si a muchos es más o menos malo, si a pocos no es tan malo. Si este libro fuera valiente –si yo fuera valiente– no incluiría ningún número.
No somos: me refugio, canalla, en la cuevita de la cantidad.
Extracto del libro El hambre, de Martín Caparrós, publicado por la Editorial Anagrama.