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| Amon Göth |
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| Amon Göth |
Ralph Fiennes una vez aterrorizó a Steven Spielberg tan completamente durante una audición que el director tuvo que salir de la habitación para recogerse. No estaba actuando, se estaba convirtiendo en un monstruo.


Irujo —en conversación con este diario y carraspeando al tratar de algún episodio especialmente abominable— explica que para escribir esta obra, que le ha llevado veinte años de estudio, nunca pudo trabajar más de tres meses seguidos, por lo doloroso de sumergirse en ese “océano de emociones muy difíciles de surcar”. También es un trance leerla, y es imposible hacerlo sin estremecerse y sin reflexionar sobre los aspectos más oscuros de la naturaleza humana.


Hace años, leyendo, para variar, una historia de la República de Weimar, me enteré de que una gran parte del éxito popular de Hitler y de su partido se debía a un avance tecnológico reciente, aunque menor en apariencia: los sistemas de amplificación a gran escala del sonido. Uno ve las inmensidades de gente bramando en respuesta a los bramidos bestiales de su líder, que gesticula y ruge delante de un micrófono, y no cae en la cuenta de que sin potentísimos sistemas de megafonía esa voz no tendría ningún efecto, ni los himnos resonarían tan poderosamente en las dimensiones de un gran estadio. Hemos visto imágenes de líderes gritando en los balcones, delante de multitudes congregadas en las plazas, pero antes del perfeccionamiento de la megafonía esos oradores incendiarios se desgañitaban en vano, porque a unos metros de distancia nadie podía oír lo que decían. Sin altavoces muy potentes, ¿quién iba a enterarse de nada? La temible euforia de una masa de cien mil personas respondiendo al unísono a la oratoria de un demagogo genocida o a un crescendo de marchas militares no llegaría a sus extremos de sumisión y delirio si no fuera por el poder aplastante de una tecnología del sonido.


Al poco tiempo de volver de Auschwitz, ya en marzo de 1946, Primo Levi escribió una carta a su antiguo compañero del campo de concentración Jean Samuel: “¿Sabes algo de Brakier, Kandel, Szanto, Arnold…?”, y enumeraba los nombres de otros que compartieron su suerte. El escritor italiano, autor de uno de los libros clave del siglo XX, de referencia sobre el Holocausto, Si esto es un hombre, sintió enseguida la necesidad de saber de los demás, si se habían salvado o no. Encontró a algunos, pero en muchos casos no logró averiguar nada. Nadie hasta ahora se había preocupado de saberlo, de indagar qué fue de las personas reales que estaban detrás de esos personajes del libro. Lo ha hecho el historiador Sergio Luzzatto, en un libro que se acaba de publicar en Italia: Primo Levi e i suoi compagni (Primo Levi y sus compañeros, editorial Donzelli).
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| Claude Cahun |
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| Lucie and Kid, 1926 Claude Cahun |
Es un día de finales de junio, Katharina Volckmer (Alemania, 34 años), la autora del libro bomba La cita (Anagrama/La Campana, en catalán), está en su casa, en Londres. Dice que los alemanes jamás superarán el Holocausto. “Es imposible intentarlo, cuando tu país ha querido aniquilar a una civilización entera”, dice. Habla a través de la pantalla de su ordenador. Y parece que lo hace la protagonista de su novela. Porque esa es una de las cosas que dice la voz principal de La cita, una joven alemana también residente en Londres que ha decidido empezar a contarle a su médico, un tal doctor Seligman, todo tipo de cosas horribles. O no exactamente horribles. Más bien cosas que todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir.
| Katharina Volckmer |
«Todavía hoy los alemanes tenemos problemas con los judíos», comenta Katharina Volckmer, a pocas horas de presentar en Barcelona La cita (ed. Anagrama) un extraordinario monólogo protagonizado por una joven alemana residente en Londres que, mientras es examinada por el doctor Seligman, comienza a hablar sin dejar espacio para réplica alguna. Solo la escuchamos a ella, que, como la propia autora, señala que gran parte de los problemas que todavía hoy los alemanes tienen con los judíos -no es casualidad, de hecho, que el propio doctor Seligman sea de origen judío- radica en una culpabilidad no completamente asumida. «Para alguien que se ha criado en Alemania una persona judía viva es una sensación, algo para lo que nadie nos había preparado. Nunca las habíamos visto más que muertas o desgraciadas, mirándonos fijamente desde incontables fotografías grises o desde algún lugar muy lejano en el exilio», le cuenta la protagonista a su silencioso doctor. Es por esto, continúa la joven que «nuestra única manera de compensarles [a los judíos] fue convirtiéndolos en criaturas mágicas que iban soltando polvo de hadas por todos sus orificios, con intelectos superiores, nombres curiosos y biografías infinitamente más interesantes».
| Katharina Volcmer |
"Sé que quizás no es el mejor momento para sacar el tema, doctor Seligman, pero ahora me acaba de venir a la mente una vez que soñé que era Hitler". La historia está llena de sentencias lapidarias que abren novelas, y después está la frase, esta, que ha utilizado la escritora alemana Katharina Volckmer para marcar los primeros compases de La cita, su debut en el mundo de la literatura.
Jordi Nopca
Barcelona, 7 de julio de 2021
La primera novela de Katharina Volckmer explica, en un monólogo en primera persona, la visita de Sarah al doctor que la tiene que operar para conseguir "liberarse" de su vagina. La protagonista de La cita (La Campana / Anagrama, 2021) cuenta, con un sentido del humor a menudo muy negro, la serie de problemas de identidad –nacional e íntima– que le han llevado a tomar la decisión de cambiar de sexo. El testimonio de Sarah, denso, impactante y a ratos lírico, se encuentra en proceso de traducción a una quincena de idiomas después de la buena acogida que el libro ha tenido en el Reino Unido, país donde la autora, nacida en Alemania el 1987, vive desde hace quince años.
| Gustave Doré, ‘Francesca y Paolo de Rimini en el Canto V del Infierno’, c. 1860 |
Entretien avec Katharina Volckmer
El alemán tiene palabras que carecen de equivalentes en otros idiomas como Zeitgeist o Lebensraum, pero no tiene una palabra para el placer. Existen Freude y Vergnügen, pero estas se limitan a la felicidad y a la diversión; también está Lust, que se puede traducir como lujuria, pero el disfrute de tipo sensorial sin ningún propósito no aparece en su diccionario. Para la joven escritora alemana Katharina Volckmer esto se debe a que los alemanes han sido criados con demasiado pan seco, lo que les impide humedecer “lo suficiente la garganta como para chupar a nadie con devoción”.

ENCUENTRO
*Actividad con traducción simultánea del inglés al catalán.
Entretien avec Katharina Volckmer
Katharina Volckmer, una joven nueva autora alemana que escribe en inglés, trae a Finestres una primera novela desvergonzada, ácida y brutal. La cita es un monólogo (casi una diatriba) torrencial y desternillante sobre la identidad, el pasado, Hitler, masturbación extravagante, resentimiento social, adefesios, soledad, el Holocausto y dildos. Muchos dildos. Katharina Volckmer nació en Alemania en 1987. Actualmente vive en Londres, donde trabaja en una agencia literaria. La cita, cuyo subtítulo oficial es “la historia de una polla judía” (sic), es su primera novela y ha causado revuelo ya antes de su publicación. En este evento, la autora conversará con Anna Pazos y leeremos en voz alta fragmentos particularmente tronchantes de su obra. Ni dildos ni esvásticas serán empleados a lo largo del acto (ni siquiera dildos con esvásticas).
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| Dacia Maraini
FOTO DE GORKA LEJARCEGI
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| Foto de Marianne Breslauer |

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| Hertha Nathorff |
Un día de marzo de 1933, la doctora Hertha Nathorff fue al cine en Berlín con una amiga y vio a Hitler en el palco de honor. Nathorff era una ginecóloga distinguida, con una consulta privada muy próspera y un puesto de dirección en una clínica en la que atendía sobre todo a mujeres. Su marido, también médico, dirigía un hospital importante en Berlín. Tenían un hijo de 10 años. Vivían en un apartamento grande y confortable. Como la doctora era alta y rubia, con los ojos muy claros, los pacientes no pensaban que pudiera ser judía. Un día, una señora a la que Nathorff había salvado la vida unos años atrás en un parto muy difícil vino a visitarla con el hijo nacido entonces, vestido orgullosamente con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Muchas personas, observó la doctora, hacían comentarios antisemitas sin ningún tono de maldad, más bien como de oídas, como por distracción, por seguir la corriente. Cuando ella les hacía saber, con educación y firmeza, que también era judía, muchos de esos pacientes, hombres y mujeres, reaccionaban como avergonzados, o sorprendidos, o incómodos. Una señora le mandó después una carta pidiéndole disculpas y un ramo de flores.![]() |
| Georg Elser |

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| Imre Kertész |