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lunes, 9 de octubre de 2023

John Cheever / El marido rural

 


John Cheever
EL MARIDO RURAL

    Habrá que contar, para empezar por el principio, que el avión de Minneapolis en el que Francis Weed se dirigía hacia el este se encontró de pronto con graves problemas meteorológicos. El cielo había estado antes de un color azul brumoso, con nubes exclusivamente por debajo del avión, aunque tan juntas que no se veía la tierra. Luego empezó a formarse vaho en el exterior de las ventanillas, y penetraron en una nube blanca de tal densidad que reflejaba las llamas del escape de los motores. El color de la nube se oscureció hasta convertirse en gris, y el avión empezó a mecerse. Francis se había encontrado otras veces con fuertes perturbaciones atmosféricas, pero el balanceo no había sido nunca tan intenso. El hombre sentado junto a él sacó un frasco del bolsillo y echó un trago. Francis le sonrió, pero el otro apartó la vista; no estaba dispuesto a compartir con nadie su analgésico particular. El avión empezó a caer y a dar violentos tumbos. Un niño se puso a llorar. Hacía demasiado calor en la cabina, el aire estaba viciado, y a Francis se le durmió el pie izquierdo. Leyó unas líneas del libro de bolsillo que había comprado en el aeropuerto, pero la violencia de la tormenta distraía su atención. Por fuera de las ventanillas todo estaba negro. Las llamas del escape de los motores brillaban y lanzaban chispas en la oscuridad, y, dentro, las luces indirectas, la mala ventilación y las cortinas de las ventanillas daban a la cabina una atmósfera intensamente doméstica que estaba por completo fuera de lugar. Luego las luces parpadearon y se apagaron.

miércoles, 31 de agosto de 2022

John Cheever / La geometría del amor




John Cheever

LA GEOMETRÍA DEL AMOR


Era una de esas tardes lluviosas en las que el departamento de juguetes de Woolworth's, en la Quinta Avenida, está lleno de mujeres que parecen recién salidas de un lecho adúltero, y en ese momento compran un regalo para su hijo pequeño antes de regresar a casa. Aquella tarde concreta había unas ocho o diez, bonitas, fragantes y bien vestidas, pero con el aire cariacontecido de las mujeres a quienes poco antes ha desnudado un caradura cualquiera en una anónima habitación de hotel del centro de la ciudad cuando están a punto de volver al hogar, a recibir los abrazos de un niño cariñoso. Era Charlie Mallory, que acababa de comprar un destornillador en el departamento de ferretería, quien había llegado a dicha conclusión. No era un juicio de orden moral. Se le ocurrió generalizar principalmente para conferir algún interés y animación a la lasitud de una tarde de lluvia. Las cosas iban muy despacio en su oficina. Después del almuerzo, había empleado su tiempo en reparar un fichero. Para eso quería el destornillador. Una vez formulada esa conjetura, miró más de cerca los rostros de las mujeres y le pareció hallar en ellos alguna confirmación de su fantasía. ¿Qué otra cosa que no fueran las congestiones y los desengaños del adulterio podía prestarles un aire tan espiritual, tan lloroso? ¿Por qué suspiraban tan profundamente al tocar las cosas con que juega la inocencia? Una de las mujeres llevaba un abrigo de piel parecido al que Mallory había regalado en Navidad a su mujer, Mathilda. Observando con más atención, vio que no sólo era el abrigo de Mathilda, sino Mathilda en persona.

John Cheever / Miscelánea de personajes que no figurarán





John Cheever
MISCELÁNEA DE PERSONAJES
QUE NO FIGURARÁN
Traducción de Aníbal Leal

1. La bonita joven del encuentro de rugby Princeton-Darmouth. Va y viene detrás de la gente distribuida sobre el límite del campo. Aparentemente no tiene amigo, un compañero especial, pero todos la conocen. Todos decían su nombre (Florrie), todos la veían con agrado, y cuando ella se detuvo a hablar con unos amigos, un hombre apoyó la palma de la mano en la cintura de la joven, y al sentir el contacto (a pesar del buen tiempo y el verdor del campo de juego) en el rostro del hombre se dibujó una expresión sombría y pensativa, como si experimentara anhelos inmortales. Florrie tenía los cabellos de un hermoso oro oscuro, le caía un rizo sobre los ojos y miraba a su través. Tenía la nariz quizá demasiado fina, pero el efecto era sensual y aristocrático, los brazos y las piernas eran redondos y bien torneados, pero de ningún modo femeninos, y sus ojos violetas bizqueaban. Era la primera mitad del encuentro, aún no se habían anotado puntos y el equipo del Darmouth envió fuera la pelota. Fue un tiro desviado que apuntó directamente a los brazos de la joven. Recibió con elegancia la pelota; parecía haber sido elegida para eso, y permaneció así un segundo, sonriente, inclinada, observada por todos, antes de devolverla con un movimiento torpe y encantador. Se oyeron algunos aplausos. Después, todos desviaron los ojos de Florrie al campo, y un segundo después ella cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos, contraídas con violencia por la excitación. Parecía muy tímida. Alguien abrió una lata de cerveza y se la pasó, y ella se incorporó y volvió a recorrer el límite del campo, y salió de las páginas de mi novela porque nunca volví a verla.

jueves, 11 de enero de 2018

John Cheever / Una mujer sin país

Carla Blue
Estación de tren en Roma
Fotografía de Beñat Arginzoniz

John Cheever
UNA MUJER SIN PAÍS

La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra —el que lleva bigote—, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.

sábado, 5 de julio de 2014

John Cheever / El nadador


El nadador
Quito, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas
John Cheever

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.