Habrá que contar, para empezar por el principio, que el avión de Minneapolis en el que Francis Weed se dirigía hacia el este se encontró de pronto con graves problemas meteorológicos. El cielo había estado antes de un color azul brumoso, con nubes exclusivamente por debajo del avión, aunque tan juntas que no se veía la tierra. Luego empezó a formarse vaho en el exterior de las ventanillas, y penetraron en una nube blanca de tal densidad que reflejaba las llamas del escape de los motores. El color de la nube se oscureció hasta convertirse en gris, y el avión empezó a mecerse. Francis se había encontrado otras veces con fuertes perturbaciones atmosféricas, pero el balanceo no había sido nunca tan intenso. El hombre sentado junto a él sacó un frasco del bolsillo y echó un trago. Francis le sonrió, pero el otro apartó la vista; no estaba dispuesto a compartir con nadie su analgésico particular. El avión empezó a caer y a dar violentos tumbos. Un niño se puso a llorar. Hacía demasiado calor en la cabina, el aire estaba viciado, y a Francis se le durmió el pie izquierdo. Leyó unas líneas del libro de bolsillo que había comprado en el aeropuerto, pero la violencia de la tormenta distraía su atención. Por fuera de las ventanillas todo estaba negro. Las llamas del escape de los motores brillaban y lanzaban chispas en la oscuridad, y, dentro, las luces indirectas, la mala ventilación y las cortinas de las ventanillas daban a la cabina una atmósfera intensamente doméstica que estaba por completo fuera de lugar. Luego las luces parpadearon y se apagaron.



