sábado, 24 de enero de 2026

Delphine de Vigan / Basada en hechos reales I, 9

 




Delphine de Vigan
BASADO EN HECHOS REALES

I, 9
    Siempre me ha gustado observar a las mujeres. En el metro, en las tiendas, en la calle. También me gusta mirarlas en el cine, en la televisión, me gusta verlas jugar, bailar, oírlas reír o cantar.


    Creo que ese interés se remonta a la infancia, está íntimamente ligado a ella. Es la prolongación de los juegos de roles a los que me dedicaba de niña con algunas amigas, en que bastaba inventarse un nombre nuevo para transformarse. Tú te llamarías Sabrina y yo Johanna. O al revés. Yo sería una princesa guapísima, con rizos como los de Candy, y un hoyuelo irresistible, yo sería una actriz joven irresistible, como Jodie Foster en Bugsy Malone, nieto de Al Capone , tendría los ojos azules y una piel de porcelana, yo sería Christine Rosenthal, la que bailaba en Belinda , el espectáculo de fin de curso de la escuela primaria de Yerres, yo sería Christelle Portal o Isabelle François, las estrellas del instituto de L’Aigle, morenas y magnéticas, yo sería la única chica en una pandilla de chicos que no tendrían ojos más que para mí, yo sería una magnífica criatura de cabello largo y liso, de pechos suaves como terciopelo.
    Yo sería otra.
    L. reavivaba esa esperanza insatisfecha de ser más guapa, más ingeniosa, más confiada, de ser otra persona en definitiva, como en aquella canción de Catherine Lara que de adolescente escuchaba una y otra vez: Fatale, fatale, j’aurais voulu être de ces femmes pour lesquelles tout le monde s’enflamme, fou d’amour, foudroyé …
    Todavía hoy, aunque con el tiempo me he adaptado un poco a mi persona en su conjunto, aunque creo vivir en paz, y aun en armonía, con la que soy, aunque no experimento la necesidad imperiosa de cambiarlo todo o parte de mí misma por un modelo más atractivo, conservo, creo, esa mirada a las mujeres: una reminiscencia de aquel deseo de ser otra que durante tanto tiempo me invadió. Una mirada que busca, en cada una de las mujeres con quienes me cruzo, lo más hermoso, lo más turbador, lo más luminoso. No obstante, en cualquier caso hasta nueva orden, mi deseo sexual se ha manifestado por el lado de los hombres. La onda, el escalofrío, el calor en el bajo vientre, en los muslos, el aliento entrecortado, el cuerpo en estado de alerta, la piel erizada, todo eso, solo al contacto de los hombres.
    Un día sin embargo, hará unos años, creí experimentar por una mujer algo que circulaba por la sangre, que podía atravesar la epidermis. Me habían invitado a una feria en el extranjero por la traducción de uno de mis libros. En una sala oscura y climatizada, pues hacía un calor sofocante en el exterior, contesté a las preguntas de los lectores. Tras mi intervención, escuché a aquella mujer, que hablaba de su última novela. Había leído varios libros suyos, pero no la había visto hasta entonces. Era brillante, divertida, ingeniosa. Su discurso era una sucesión de piruetas, de paradojas y de digresiones, la sala estaba subyugada y yo también, jugaba con las palabras y su polisemia, se divertía. El público, las risas, la atención que suscitaba, todo parecía un juego, como si en el fondo nada de ese tinglado (el escritor frente al público) hubiese de tomarse en serio. Era guapa de modo masculino, lo cual no tenía nada que ver con sus rasgos sino con su porte, sin que pudiera determinar con exactitud en qué se materializaba esa extraña atracción que ejercía sobre mí. Había algo extraordinariamente femenino en su manera de asumir lo masculino, de adoptar sus códigos, de trastocarlos.
    Aquella misma noche, nos tomamos una copa las dos, cerca del puerto.
    Antes, durante la reunión, mientras estábamos con el grupo (formado por una decena de escritores y los organizadores del acto), había hablado de ella, de su pasión por los coches y la velocidad, de su afición al vino, de las clases que daba en la universidad. Sentí un súbito deseo de que se interesase por mí, de que me propusiera que nos escapáramos, de que me distinguiera de los demás. De que me escogiera. Y fue exactamente lo que sucedió.

    Estaba sentada frente a ella en la noche cálida; aunque tuviéramos más o menos la misma edad, me daba la impresión de ser una chiquilla patosa, ella era superior en todo punto a mí. Su inteligencia, su lenguaje, su voz, todo me fascinaba. Recuerdo que hablamos de la ciudad donde ella vivía, de la belleza de los aeropuertos, de cómo seguían viviendo los libros en nuestra memoria, pese al olvido. Recuerdo haberle hablado del suicidio de mi madre, ocurrido unos meses antes, y de las cosas que me seguían obsesionando.
    Por primera vez deseé acostarme con una mujer, estar en contacto con su piel. Dormirme en sus brazos. Por primera vez imaginé que eso era posible, que eso podía sucederme, desear el cuerpo de una mujer.
    Volvimos andando al hotel, ya entrada la noche. En el pasillo, nos separamos sin dudarlo, todo era limpio, nítido, cada una en su cuarto. Pensé con frecuencia en ella, no la volví a ver.
    ¿Fue L. para mí un objeto de deseo? Habida cuenta del modo como nos conocimos, y de la rapidez con que ocupó un lugar tan importante en mi vida, me hice, por supuesto, esa pregunta. Y la respuesta es sí. Sí, aún hoy sería capaz de describir con precisión el cuerpo de L., sus largas manos, ese mechón que deslizaba detrás de la oreja, la textura de su piel. La soltura de su pelo, su sonrisa. Deseé ser L., ser como ella. Deseé parecerme a ella. A veces me apeteció acariciarle la mejilla, abrazarla. Me gustaba su perfume.
    Ignoro qué parte de deseo sexual hay en todo eso. Quizá no entró nunca en mi conciencia.


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