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lunes, 4 de mayo de 2020

Mujeres encerradas / Elizabeth Báthory, La condesa sangrienta

La condesa sangrienta
Ilustración de Santiago Caruso


MUJERES ENCERRADAS

La condesa sangrienta se quedó sin suministros

Considerada la Drácula femenina, la aristócrata húngara a la que se atribuye bañarse en sangre de doncellas fue emparedada en su castillo


Jacinto Antón

20 de abril de 2020

Es tentador decir que la condesa sangrienta se quedó durante su confinamiento sin productos de baño, pero probablemente sería una broma gruesa y además no del todo exacto. La aristócrata húngara Elizabeth Báthory (Nyirbátor, 1560-Csejthe, 1614), también conocida como la Alimaña y la Loba, que son motes como para ir a visitarla, ha pasado a la historia por los horrendos crímenes de que la acusaron y en general se la recuerda sobre todo en la imaginación popular por bañarse en sangre de doncellas para mantenerse joven. Condenada en 1610 al confinamiento para el resto de sus días en su castillo de Csejthe, actual Chactice, Eslovaquia -murió cuatro años después, con el aburrimiento que hoy no nos cuesta nada imaginar-, evidentemente dejó de poder echar mano de las jóvenes con las que daba salida a sus pulsiones criminales. Pero en realidad, aunque nos fascine la imagen de la mujer solazándose en su rojo baño producto del asesinato, no está acreditado que ese fuera uno de los delitos que cometió y por los que la castigaron.

La condesa sangrienta
Ilustración de Santiago Caruso



La inmersión en sangre es de hecho una adherencia posterior a su leyenda, un siglo después de su muerte, que no aparece en las acusaciones de su tiempo ni en los documentos procesales de su caso. Según los testimonios usados en su contra, la noble húngara sería una asesina en serie sádica que torturaba y mataba por placer a las chicas que eran sus víctimas (se llegó a citar la cifra de 650 muertes), pero no había en ello componente vampírico ni cosmético (lo que no empequeñece sus crímenes). No obstante, la imagen, alimentada por el cine y la literatura (Valentine Penrose ha evocado en La condesa sangrienta, que ahora ha reeditado WunderKammer, como nadie a la aristócrata “ordeñando la sangre para recibirla en su estática belleza”), es tan poderosa que resulta igual de imposible sacar a Elizabeth Báthory de su baño de sangre como a Cleopatra del suyo de leche de burra. No sabría decir si bañarse en sangre tiene algún beneficio real; en leche, al parecer sí: no hace falta que sea de burra, ni tampoco verter 300 cartones en la bañera, basta con tres tazas, eso sí, ha de ser leche entera.






Elizabeth o Erzsébet Báthory pertenecía a una de las familias de más añeja nobleza de Europa. Procedían de Suabia, pero la leyenda les suponía descendientes de los míticos siete jefes magiares que llevaron a sus tribus hasta las llanuras húngaras y cuya patria era la bárbara Escitia. Algunos remontaban su origen hasta el mismísimo Atila, significativamente el ancestro que reivindica el conde Drácula en la novela de Bram Stoker. Los destinos de ambos, el conde vampiro y la condesa sangrienta, se han mezclado de manera fértil en la ficción. En Countess Dracula, producción clásica de la Hammer de 1971, por ejemplo, una turgente Ingrid Pitt (sic) era una trasunta de Elizabeth Báthory que sin su baño de sangre devenía una anciana con una fea verruga en la barbilla, a veces en pleno acto amoroso, lo que resultaba un engorro. La aristócrata húngara fue posiblemente una influencia en la creación del escritor irlandés, y ella misma se ha puesto la capa del príncipe de los no muertos adquiriendo connotaciones vampíricas que jamás tuvo en vida. En realidad, el mundo de Drácula, el de los voivodas tardomedievales como Vlad Tepes (Vlad Dracula o Vlad el empalador), es anterior al de Elizabeth Báthory. Curiosamente, en este mundo de influencias y mezclas de sangre (valga la palabra) históricas y literarias, Drácula y Vlad Tepes también han cruzado influencias: el primero adquiriendo carta de nobleza transilvana y el segundo una relación con el vampirismo que tampoco tuvo nunca (y mira que no sería porque no cometió barbaridades el voivoda).