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domingo, 3 de febrero de 2019

Un recorrido por los Hay Festival americanos a través del lente de Mordzinski

Gabriel García Márquez, retratado en la cama de su casa de Cartagena de Indias durante el Hay Festival de 2010. "Cuando escribo sobre Cartagena, es como si escarbara en mi memoria y en mis recuerdos de infancia para ver qué puedo encontrar", dijo el nobel de Literatura colombiano sobre la ciudad donde inició su carrera periodística, escenario de algunas de sus novelas, como 'El amor en los tiempos del cólera' y 'Del amor y otros demonios'.


Un recorrido por los Hay Festival americanos a través del lente de Mordzinski

El fotógrafo argentino cumple cuatro décadas de cubrir festivales literarios
Cartagena de Indias 
Héctor Abad Faciolince monta a caballo durante el Hay Festival de Zacatecas, en 2010. El autor colombiano, reconocido por 'El olvido que seremos', el libro dedicado a su padre asesinado por paramilitares, conversará con Manuel Vilas sobre el papel de la familia en la literatura durante la edición de este año en Cartagena de Indias.

Leonardo Padura, el maestro cubano de la novela negra célebre por el personaje de Mario Conde, nunca rechaza una oportunidad de ir a Cartagena, una ciudad caribeña que se encuentra muy cercana a su natal La Habana. Será uno de los invitados estelares este año. Aquí, el autor de 'El hombre que amaba los perros' en una imagen de la edición de 2013 en la ciudad amurallada de Colombia.

Lydia Cacho, durante el Hay Festival de Cartagena de Indias 2010. La ONU ha reconocido las violaciones a los derechos humanos de la periodista mexicana, que en esta edición regresa a Cartagena, después de que su libro 'Los demonios del edén' reveló en 2005 una red de trata y explotación infantil en el Estado de Quintana Roo.

domingo, 13 de enero de 2019

Claudio López Lamadrid / Casco, niño, moto


Claudio López Lamadrid
Foto de Daniel Mordzinski


Claudio López Lamadrid

Casco, niño, moto

Claudio López Lamadrid transmitía seguridad, esa sensación de que con él las cosas solo podían salir bien


“Lo único que tiene un editor son sus autores."
Claudio López Lamadrid

Claudio López siempre se iba antes de tiempo de los sitios. Mal equipado para la paciencia y con un umbral de aburrimiento muy bajo, dominaba el arte de la desaparición, hasta el punto de convertirlo en uno de sus encantos. Un extraño talento para la seducción en ausencia: cuanto menos estaba Claudio, más le quería la gente. Era capaz de convocar reuniones en su despacho y escabullirse a la mitad. A veces no era fácil desaparecer sin dar explicaciones: el trabajo de editor incluye una parte considerable de acompañar a los autores. Sin embargo, él se salía siempre con la suya, actuando de manera inesperada o farfullando alguna excusa surrealista que resumía, hasta hacer incomprensibles, varios argumentos. En una ocasión, para justificar que tenía que irse nada más cenar y dejaba tirado a un autor importante en un rincón inhóspito de la ciudad, intentó alegar que tenía que recoger a su hijo y solo tenía un casco para la moto así que no podía llevarle a ningún lado. Lo que dijo en realidad fue “casco, niño, moto” y aprovechó el desconcierto y la perplejidad que esas palabras generaron para subirse a la moto y desaparecer. Desde entonces, “casco, niño, moto” se convirtió en su lema, y en la mejor definición de su modus operandi.


Aunque dosificaba con cuentagotas su presencia, todo el mundo le conocía, y todo el mundo quería estar con él. Más que magnetismo, lo que tenía Claudio era un campo gravitacional propio de escala global e intensidad superior. Una vez establecido el contacto, físico o virtual, quedabas ligado a él por siempre en una órbita más o menos lejana, pero que indefectiblemente te acercaba como poco en momentos concretos del año: una FlL de Guadalajara, una feria de Fráncfort, alguna presentación, un viaje a Buenos Aires o Santiago. Allí tejía planes, sembraba libros y alimentaba amistades. El eco internacional de su desaparición es buena muestra de la red de afectos y complicidades que construyó. Su inmensa generosidad, la seguridad que transmitía, esa sensación de que con él las cosas solo podían salir bien, nos llevó a muchos a ser prohijados gustosamente y generaba una lealtad ciega entre quienes trabajábamos con él. También ayudaba, claro, lo divertido que era, lo bien que nos lo pasábamos. Estaba convencido de que tenía el mejor oficio del mundo, y a su lado esa convicción era verosímil. La fuerza de su personalidad y el éxito de su ejemplo humanizaron con creces el rostro de la edición de los grandes grupos en nuestro idioma; a cambio, ahora más que un editor, perdemos un trozo de alma.

Pablo Raphael / Claudio López Lamadrid


Claudio López Lamadrid


Claudio

En un mundo donde los editores son cada vez más gerentes de mercadotecnia, Claudio entendía que la literatura es una forma de resistencia


Pablo Raphael
12 de enero de 2019





Claudio López Lamadrid, retratado por Daniel Mordzinski.
Claudio López Lamadrid, retratado por Daniel Mordzinski.

Pablucas’, me decía Claudio López Lamadrid. O primo. Alguna vez le presté un árbol genealógico que enlazaba a los de la Madrid de Colima con los López de Lamadrid de Cantabria. Claudio regaló ese documento a su padre y a su vez bromeaba diciendo que unos hijos eran enviados a la guerra para defender el blasón familiar, otros a la iglesia para ganar el reino de los cielos y los más pequeños al nuevo continente para deshacerse de ellos. Yo le decía que la rama americana venía de Potes y no de Comillas y que ningún ancestro nos unía tanto como Orhan Pamuk, porque fue gracias a una conferencia sobre el futuro que el escritor turco impartió Barcelona, que conocí a quien poco tiempo después se convertiría en mi editor, como lo fue de muchísimos que le debemos tanto en ambas orillas del Atlántico.

Las letras en español lloran la muerte de López Lamadrid



Claudio López Lamadrid se hace un selfi con el escritor César Aira. 


Las letras en español lloran la muerte de López Lamadrid

El editor, fallecido el viernes, supo subrayar tanto la importancia de los jóvenes escritores como la solidez de los mayores


JUAN CRUZ
Madrid 12 ENE 2019 - 15:22 COT

Detrás de un escritor de Penguin Random House, grupo editorial en el que trabajó los últimos 20 años de su vida y en el que ejercía de director literario, estuvo siempre Claudio López Lamadrid, que murió el viernes en Barcelona víctima de un infarto a los 59 años.

sábado, 12 de enero de 2019

Claudio López Lamadrid, director de Penguin Random House, fallece en Barcelona a los 59 años

Claudio López Lamadrid, retratado por Daniel Mordzinski.


Muere el editor Claudio López Lamadrid

El director editorial de Penguin Random House fallece en Barcelona a los 59 años


Carlos Geli
Barcelona, 12 de enero de 2012

El editor Claudio López Lamadrid murió ayer viernes a los 59 años en Barcelona tras sufrir un infarto en las oficinas de la multinacional Penguin Random House. López Lamadrid se había convertido en las últimas dos décadas en una de las grandes referencias de la edición en español a ambos lados del Atlántico. Su apuesta por la literatura latinoamericana le llevó no solo a seguir el impulso arrollador de un gigante como Gabriel García Márquez, con quien trabajó estrechamente en sus últimos años, sino también a apoyar la obra de autores como César Aira, Fogwill, Samantha Schweblin, Fernanda Melchor o Cristina Rivera Garza. También acompañó la obra de nobel como J. M. Coetzee, Orhan Pamuk o V. S. Naipaul.

lunes, 2 de enero de 2017

Leila Guerriero / Cuando el escritor es el paisaje


Vasco Szinetar con Borges en 1982


Cuando el escritor es el paisaje

La imagen de los autores es parte fundamental de la memoria que guardamos de ellos. Varios fotógrafos se han especializado en retratarlos. Algunos nos cuentan los secretos de su oficio


LEILA GUERRIERO

30 DIC 2016 - 07:54 COT

Hay un fotógrafo, hay una cámara, hay un paisaje. Ese paisaje es un rostro. El rostro austero, de ojos de fiebre, de un señor llamado Samuel que ha escrito, entre otras cosas, algo llamado Esperando a Godot. O el rostro de bigote casi cómico de un señor llamado James que ha escrito, entre otras cosas, algo llamado Finnegans Wake. O el rostro estepario de una mujer llamada Virginia que ha escrito, entre otras cosas, algo llamado Las olas. Hay un fotógrafo, hay una cámara, hay un rostro. Sólo que no es cualquier rostro, sino un rostro que estaba ahí cuando ese hombre o esa mujer escribieron Mientras agonizo o Cien años de soledad o Matar a un ruiseñor. Un rostro que fue testigo. Hay una cámara, hay un rostro, hay un fotógrafo que espera el instante preciso para disparar y lograr… ¿qué? ¿La imagen definitiva de Beckett, Neruda, Woolf? ¿Una figurita más para su colección, una extraña forma del autógrafo? En el siglo XIX, el francés Gaspard-Félix Tournachon (Nadar) les puso rostro a través de la fotografía a Victor Hugo, Baudelaire, Alejandro Dumas. Desde entonces, muchos fotógrafos han dedicado parte de su obra al retrato de escritores. Pero si el atelier de un artista plástico es una cornucopia de situaciones visuales excitantes, si un actor es un cheque en blanco de histrionismo, ¿qué interés pueden despertar los escritores cuya actividad consiste en permanecer inmóviles rodeados de una escenografía que, con excepciones, recuerda a la de los programas de cable de bajo presupuesto: diversas combinaciones de biblioteca-silla-escritorio y, si hay suerte, un gato? Es un día de noviembre de 2016 y el fotógrafo chileno Luis Poirot está tenso.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Triunfo Arciniegas / A Wendy Guerra le gusta empelotarse



Wendy Guerra / Fotografía de Daniel Mordzinski

 Triunfo Arciniegas

A Wendy Guerra le gusta empelotarse


No se trata de una gran escritora, pero es bonita y le gusta empelotarse. Un lujo que ella puede darse. Tal vez su obra mejore cuando las revistas ya no la busquen para desnudarla sino para publicar sus textos. Por ahora, su cuerpo es su obra maestra. 

No imagino a un lector con ganas de ver en bola a Marguerite Yourcenar o Alice Munro, para mencionar dos grandes escritoras. Uno va a sus libros, no a sus piernas.Tampoco imagino a una lectora con ganas de ver en cueros a Philip Roth o Milan Kundera.

Cada quien tiene sus maneras de llamar la atención. Unos con pataletas, otros con una obra sólida. Unos dicen (o decían) que hay que matar a García Márquez para pasar a la siguiente fase de la literatura o (léase Fernando Vallejo, el mismo que regala los premios a los perros) que hay que matar a todos los colombianos para mejorar el país, mientras Wendy Guerra enseña las tetas. Es decir, unos exhiben su monstruosa lengua o los huecos de su cerebro pero Wendy se decide por algo más hermoso.

Este fenómeno del desnudo sucede con franco descaro en el mundo de la música, y casi nunca en la literatura. ¿Por qué esa necesidad de desnudarse en un escenario para cantar? ¿El culo al aire mejora la voz? ¿La visión de unas tetas hace memorable una canción? No. Pero el escándalo es rentable. Dos cantantes se besan con fingida pasión ante el público, otra restriega el trasero contra un hombre y la otra enseña un pezón. La noticia dará la vuelta al mundo en los televisores, los periódicos y las revistas. Los publicistas conocen la importancia de mantenerse en el candelero, no importa el precio, y los publicistas están ahí para hacer dinero.
 
Pero vuelvo a la bella y qué dicha que siempre haya una bella. Leí una de sus novelas, Todos se van, y quedé sin ganas de leer otra suya. No diría lo mismo de su desnudez. Wendy Guerra es un precioso espectáculo. La lectura de su cuerpo es suficiente.

Triunfo Arciniegas
Bogotá, 4 de mayo de 2016



lunes, 28 de septiembre de 2015

Winston Manrique Sabogal / La risa de Carmen Balcells


Carmen Balcells
Foto de Marcel Lï Saenz
La risa de Carmen Balcells

Un recuerdo personal de una insólita visita a la casa de la gran agente literaria, fallecida este 21 de septiembre, a los 85 años

Muere Carmen Balcells, la gran agente literaria en español

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
Madrid 22 SEP 2015 - 06:49 CEST

viernes, 17 de abril de 2015

García Márquez / Punto final a un incidente ingrato

Gabriel García Márquez
Poster de T.A.

¿Por qué García Márquez 
tuvo que asilarse en México?




La expedición del Estatuto de Seguridad por el Presidente Julio Cesar Turbay como respuesta represiva al robo de armas del Cantón norte por el M-19 forzó a Gabo a salir del país

Por: 2Orillas | abril 19, 2014


En la última semana de marzo de 1981, Gabriel Garcia Márquez, con Mercedes Barcha, su esposa, viajó a México, ante la inminencia de una detención por parte del Ejercito Colombiano, que sospechaba que tenia vínculos con el M-19, en el gobierno de Julio Cesar Turbay, fueron varios los intelectuales, que fueron detenidos y atropellados, entre ellos Luis Vidales, la Pianista Teresita Gomez y la escultora Feliza Bursztyn, el siguiente es un texto de García Márquez publicado en EL PAÍS de España, a la semana del incidente.


Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha
Foto de Daniel Mordzinski

Gabriel García Márquez

Punto final a un incidente ingrato


Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de Prensa. Es justo cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, los lectores deben disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación -que debía considerarse como uno de los derechos humanos- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del inundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.