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sábado, 14 de octubre de 2017

Vargas Llosa / La muerte del amigo


Fernando de Szyszlo

Mario Vargas Llosa


La muerte del amigo

Eran las tres cuando mi hija llamó para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto. El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando más vacío




14 DE OCTUBRE DE 2017




La muerte del amigo
FERNANDO VICENTE

Eran las tres de la madrugada en Moscú cuando sonó el teléfono. Mi hija Morgana llamaba para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto, desbarrancados por una escalera de su casa. Ya no pude dormir. Pasé el resto de la noche paralizado por un atontamiento estúpido y un sentimiento de horror.
Oí tantas veces decir a Szyszlo (Godi para los amigos) que no quería sobrevivir a Lila, que si ella se moría primero él se mataría, que, pensé, tal vez había ocurrido así. Pero, minutos después, cuando pude hablar con Vicente, el hijo de Szyszlo, quien estaba allí trémulo, junto a los cadáveres, me confirmó que había sido un accidente. Después alguien me informó que habían muerto tomados de la mano y, según los médicos, la muerte había sido instantánea, por una idéntica fractura de cráneo.
Lo que me queda de vida ya no será lo mismo sin Godi, el mejor de los amigos. Fue un gran artista, uno de los últimos, entre los pintores, al que se podía aplicar ese adjetivo con justicia, y una espléndida persona. Culto, entrañable, divertido, leal. Enriquecía la noche con sus anécdotas y sus chistes cuando estaba de buen humor y sus juicios eran agudos y certeros cuando recordaba a las personas que había conocido y que admiraba, como Tamayo, Breton u Octavio Paz. Había en él una decencia indestructible cuando hablaba de política o del Perú, una falta total de oportunismo o cautela, una integridad que, sin buscarlo y a su pesar, en sus últimos años lo fue convirtiendo en su país en una autoridad moral cuya opinión era solicitada sobre todos los temas. Cuando estaba de mal humor se encerraba en un mutismo de sílabas, una inmovilidad de estatua y se le respingaba la nariz.



Godi estaba más que apenado con la gran confusión que caracteriza al arte en nuestros días

Su pasión era el arte, claro está, pero la literatura le apasionaba también y había leído mucho, y leía y releía siempre a sus autores favoritos, y era una delicia para la inteligencia oírlo hablar de Proust, de Borges y oírlo recitar de memoria los sonetos más barrocos de Quevedo o el poema de amor que Doris Gibson inspiró a Emilio Adolfo Westphalen.
Cuando lo conocí, en julio o agosto de 1958, estaba casado con Blanca Varela. Vivían en un pequeño altillo de Santa Beatriz que era a la vez hogar y estudio. Desde el primer instante supe que seríamos íntimos amigos. La amistad es tan misteriosa e intensa como el amor, y la amistad de Blanca y Godi fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, a la que debo experiencias estimulantes, cálidas, ésas que nos desagravian de los malos momentos y nos revelan que, hechas las sumas y las restas, la vida, después de todo, vale la pena de ser vivida.
Blanca y Godi se casaron muy jóvenes y fueron excelentes compañeros; ambos se ayudaron a ser, él, un magnífico pintor y, ella, una poeta delicada y sensible. Pero el gran amor-pasión de Szyszlo fue Lila, una mujer maravillosa que lo entendió mejor que nadie y le dio esa cosa elusiva y tan difícil que es la felicidad. Recuerdo ahora la alegría que chisporroteaba en cada línea de esa carta que me escribió cuando por fin pudieron casarse. Pensándolo bien, que hayan compartido ese final tan rápido y aparatoso, ha sido tal vez la mejor manera que tenían de morir. El problema ya no es de ellos, es de quienes nos quedamos todavía aquí, “intratables cuando los recordamos”, como dice el poema de César Moro, otro de los que Godi tenía siempre intacto en la memoria.
Creo que Godi estuvo siempre cerca, ayudándome con su amistad generosa, en casi todas las cosas importantes que me han ocurrido. Nunca pude agradecerle bastante que, en los tres años en que las circunstancias me empujaron a actuar en política, él se dedicara también en cuerpo y alma a ese quehacer tan poco afín a su carácter, y, con otros dos amigos –Cartucho Miró Quesada y Pipo Thorndike- en la más delicada e incómoda de las responsabilidades: controlando la limpieza de las entradas y gastos de la campaña. Por supuesto que fue la primera persona en la que pensé cuando fui a recibir el Premio Nobel de Literatura y allí estuvo, pese a lo interminable del viaje y a los trastornos que a su salud infligían las largas travesías en avión. Muchas veces me había prometido que, si alguna vez incorporaban mis libros a La Pléiade, iría a acompañarme y, en efecto, allí apareció de pronto, en París, con Vicente, y su intervención, en el Instituto Cervantes, fue la más personal y celebrada de todas.






Tengo la seguridad de que durará más que su generación y que la mía y que muchas otras más

Muchas veces lo vi enfrentar, con estoicismo, las decepciones, tan frecuentes en la vida peruana. Pero hay una que lo desmoronó y no pudo superar nunca: la muerte de su hijo Lorenzo, en un accidente de aviación. Una herida que sangraba sin cesar, incluso en aquellos periodos en los que trabajaba mejor y parecía estar más animado. Nunca olvidaré la extraordinaria elegancia con que encajó esa carta pública, tan mezquina, de sus colegas peruanos, protestando porque se quisiera poner su nombre a un museo de arte moderno en Lima.
Esta mañana, mientras visitaba la galería Tretiakov, sin dejar un solo minuto de pensar en él, imaginaba cuánto mejor hubiera sido hacer este recorrido con él por la Rusia artística de los años diez y veinte del siglo pasado, la de Kandinsky, Chagall, Malevich, Tatlin, la Goncharova y tantos otros. Y recordaba lo mucho que aprendí a su lado, visitando exposiciones u oyéndole hablar de su propia pintura, algo que hacía rara vez y siempre para lamentarse de que cada cuadro que salía de su taller fuera, no importa cuán arduo lo trabajara, “una derrota irremediable”.
Estaba más que apenado con la gran confusión que caracteriza al arte en nuestros días, como confiesa en la autobiografía, que se publicó en enero de este año (Alfaguara), con los embauques que se perpetran y que son consolidados por críticos y galeristas sin escrúpulos y coleccionistas codiciosos e insensibles. Él no embaucó nunca a nadie y sudó la gota fría para salir adelante, desde que abandonó sus estudios de arquitectura y comenzó a pintar, todavía muy joven, lienzos ligeramente influidos por el cubismo. Desde que descubrió el arte no figurativo se entregó a él, con disciplina, perseverancia y tenacidad, redescubriendo poco a poco, con el paso de los años, la realidad a través de su país. El arte de los antiguos peruanos se convertiría en una obsesión de su edad adulta e iría insinuándose en sus pinturas, confundiéndose con las formas y los colores más osados de la vanguardia. Hasta constituir ese mundo propio del que dan cuenta los misteriosos aposentos solitarios y geométricos, que tienen algo de templo y algo de sala de torturas, los extraños embelecos y tótems que los habitan y que con sus semillas, nudos, incisiones, rajas y medialunas, sugieren un mundo bárbaro, anterior a la razón, hecho sólo de instinto, magia y miedo. Pese a ser tan lúcido, probablemente ni él hubiera podido explicar todo aquello que su pintura convoca y mezcla, y que la clarividencia de su intuición y su buen oficio artesanal integraban en esos bellos cuadros inquietantes, incómodos y turbadores. Ahora que él ya no está más, nos queda su pintura. Tengo la seguridad de que durará más que su generación y que la mía y que muchas otras más.
El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando cada día más vacío.





miércoles, 11 de octubre de 2017

Muere Fernando de Szyszlo




Fernando de Szyszlo
Fernando de Szyszlo, en su taller el pasado enero. MIGUEL MEJÍA

Mueren el artista peruano Fernando de Szyszlo y su esposa en un accidente doméstico

Biografía

El pintor de 92 años, amigo de Breton, aunó la vanguardia cosmopolita y las culturas prehispánicas



FIETTA JARQUE
Madrid 10 OCT 2017 - 13:38 COT

Consiguió vivir de espaldas a la vejez. La muerte solo lo pudo atrapar a traición en un peldaño, en el corazón de su casa, de la mano de la mujer que amaba, que también se fue con él, en Lima, este lunes 9 de octubre. El limeño Fernando de Szyszlo tenía 92 años, pintaba diariamente desde los 19, seguía teniendo al menos dos exposiciones de obra nueva cada año —en 1989 llegó a hacer doce muestras en diferentes países— , conducía —una temeridad— su potente automóvil con la insistencia y soltura de un adolescente, saltaba de indignación ante lo que considerara atropellos de la política y escribía a menudo encendidos artículos periodísticos, se movía con el impulso de un cuerpo que no reconoce enemigos en el tiempo ni en la salud, tenía una memoria prodigiosa. Así se fue, entero.

Fernando de Szyszlo / Ahora ya no combatimos a Stalin, combatimos la banalidad

Fernando de Szyszlo


FERNANDO DE SZYSZLO
Biografía

“Ahora ya no combatimos a Stalin; combatimos la banalidad”

El pintor peruano, entre los grandes artistas latinoamericanos del siglo XX, publica su autobiografía 'La vida sin dueño'


Juan Cruz
Madrid, 1 de marzo de 2017









El pintor peruano Fernando de Szyszlo y su esposa Lila Yábar.ampliar foto
El pintor peruano Fernando de Szyszlo y su esposa Lila Yábar. EFE


Fernando de Szyszlo tiene los ojos tristes de los indios, su cara es una mezcla de veredas e islotes; el tiempo lo ha marcado con un pincel implacable y en su autobiografía, que acaba de aparecer (La vida sin dueño, Taurus)están el amor, el dolor, la amistad y el compromiso político. El arte, la poesía y la vida. El dolor por la pérdida temprana de un hijo, el descubrimiento (reiterado) del amor. La fascinación por Proust, por Borges, por el arte. Él es uno de los grandes artistas latinoamericanos del siglo XX, en la estela de Tamayo, Matta u Obregón. De ellos habla también en este libro. Fietta Jarque, periodista que trabajó años en EL PAÍS, donde colabora, le ayudó a Szyszlo a poner el libro en el orden que tiene. “Y lo ha hecho”, dice el artista, “con inteligencia y sutileza”.
Szyszlo tiene 91 años. Es hijo de peruana y de polaco. A este lo expulsó de Europa el viento nazi. En la escuela a Szyszlo y a sus compañeros le ponían el himno de Falange, iba a misa. Su padre lo retiró de esos males. Es agnóstico; nunca dejó de protestar, en su país y fuera. Es un progresista desengañado de Cuba, de la izquierda cegata. Pero no es un reaccionario. Es, tan solo, un hombre que despertó muy pronto de los sueños de posguerra. París fue su destino en los años 40. Ahí se hizo uno de los grandes artistas peruanos. Ese periodo de su vida le dejó dos herencias: sus amigos André Breton, Octavio Paz. Y el eco de la metralla de la segunda guerra mundial. Por París, por América Latina y por el estado del mundo orientamos esta conversación que se hizo por teléfono, él está en Perú. Iba a venir para presentar el libro y para Arco, donde estuvo su obra. “Pero son 91 años, poca broma con los viajes”.

Fernado de Szyszlo / John Lennon ha comprado tu cuadro

Blanca Varela y Fernando de Szyszlo

FERNANDO DE SZYSZLO

 “ME LLAMARON Y ME DIJERON: ¿SABES QUIÉN HA COMPRADO TU CUADRO? JOHN LENNON” [ENTREVISTA]


Emilio Camacho
28 de octubre de 2016

No sé si él es capaz de hablar franca o abiertamente de sus sentimientos. El amor, para él, es algo de lo que no se debe hablar”. Lila Yábar escribe sobre su esposo, el famoso pintor Fernando de Szyszlo. Es una presencia discreta que cobra una importancia enorme en La vida sin dueño, el volumen de memorias que Szyszlo acaba de publicar.
Ella está con él cuando pinta, a pesar que no soporta el volumen de la música que se escucha en el estudio. Acompaña a su esposo cuando este se deja llevar por la velocidad y acelera en su Mercedes C500, a pesar de que se muere de miedo. Escribe una carta sobre su vida con él. Lo mira, como en esa foto en la que están los dos en Nueva York, en 1994, solos, sonrientes. ¿Es Lila el hilo conductor de las memorias de Szyszlo? Hablamos con él para resolver el misterio.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Vargas Llosa / Fernando de Szyszlo / La vida sin dueño



Fernando de Szyszlo

La vida sin dueño

Un aliento de libertad recorre las memorias del gran pintor Fernando de Szyszlo, que se quedó en Perú cuando Nueva York y París decidían los prestigios artísticos


MARIO VARGAS LLOSA
BIOGRAFÍA
24 DIC 2016 - 18:00 COT






FERNANDO VICENTE

Las memorias que ha publicado Fernando de Szyszlo son tan hermosas como el título de su libro: La vida sin dueño. Un aliento de libertad recorre, en efecto, todas estas páginas en las que evoca su vida, sin eufemismos, desplantes ni censuras, con tanta franqueza como inteligencia y lucidez. Su palabra guía al lector por una rica experiencia de nueve décadas en la que su vocación de pintor y la pintura son los protagonistas, y, junto a ellas, grandes artistas e intelectuales que conoció y frecuentó en Europa y en América, también muchos que lo fueron sólo en ciernes, la cultura y la política peruana en el último siglo, su vida pública y privada, las alegrías y desgracias, las ilusiones y frustraciones, y los amores apasionados —tres, precisamente— que encendieron esa larga existencia.

domingo, 9 de abril de 2006

Vargas Llosa / Fernando de Szyszlo / Escaramuza en Liliput

Fernando de Szyszlo y Mario Vargas Llosa

Fernando de Szyszlo

Escaramuza en Liliput




MARIO VARGAS LLOSA

9 ABR 2006


Cuando cumplió ochenta años, Fernando de Szyszlo, el mayor artista peruano vivo y el más conocido y prestigiado fuera del Perú, recibió sin número de homenajes de sus compatriotas, que le reconocían toda una vida de entrega a la creación y de compromiso con la cultura en su país. ¿Qué ha ocurrido para que apenas ocho meses después decenas de pintores y escultores peruanos firmen manifiestos contra él y lo crucifiquen en entrevistas que a menudo disimulan apenas la hostilidad y la vindicta personal?
Pues ha pasado que los miembros de la directiva del Instituto de Arte Contemporáneo -proyecto privado en gestación- hicieron saber que el futuro museo llevaría el nombre de Fernando de Szyszlo. Las acusaciones comprenden un vasto registro: vanidad, egolatría, conspiración de una elite oligárquica para privilegiar a "su pintor", acto de menosprecio contra el resto de los artistas nacionales, y paro de contar. Un interesante episodio para reflexionar sobre el gran arte, la cultura de campanario y las pequeñeces humanas.
Fernando de Szyszlo con Octavio Paz y Blanca Varela en París

El Instituto de Arte Contemporáneo nació en los años cincuenta, por iniciativa de un grupo de aficionados al arte, sin el menor apoyo oficial, y gracias a él los peruanos pudieron conocer a buen número de artistas latinoamericanos y europeos que expusieron en su pequeña y cálida galería del Jirón Ocoña, en el centro de Lima. Yo la recuerdo bien, siempre pasaba por allí a echar un vistazo en mis años universitarios, cuando la dirigía Sebastián Salazar Bondy. El IAC fue la puerta de entrada de los movimientos y escuelas de vanguardia a ese país embotellado que era el Perú, culturalmente hablando. Por eso mismo, el IAC fue una de las víctimas de la dictadura militar del general Velasco Alvarado y debió cerrar sus puertas. Su valiosa pinacoteca sólo ha podido ser parcialmente exhibida desde entonces.
Un pequeño grupo de entusiastas lleva años tratando de resucitarlo, haciendo toda clase de esfuerzos, para construir un local propio. Hay que decir que Szyszlo es una de las personas que más entusiasmo y tiempo ha dedicado a este empeño, que, por desgracia, ha tenido muy escaso apoyo de parte de las empresas e instituciones de la sociedad civil y, en lo que concierne al Estado, cuando no total indiferencia, franca hostilidad.
Hace algunos años el IAC realizó una subasta para reunir fondos, de pinturas y esculturas donadas por muchos artistas peruanos y extranjeros. Buen número de los objetores a que el museo lleve el nombre de Szyszlo alegan que ellos donaron obras para aquella subasta y que nunca recibieron información sobre la venta y la manera como se invirtió lo obtenido. En eso, sin duda, les asiste la razón y es necesario que los directivos del IAC suministren cuanto antes la explicación correspondiente. Tengo entendido que en aquella subasta se obtuvo algo más de 600.000 dólares y que con ese dinero se ha construido el esqueleto del futuro museo en un terreno que cedió para tal fin la municipalidad de Barranco. Pero, desde entonces, los directivos del IAC no han podido reunir el dinero que falta para terminar la obra, antes de que se cumpla el plazo en que se comprometieron a inaugurar el local.
Aquí mi historia se interrumpe, para contar otra historia (ambas se juntarán más tarde, como en las novelas) que comienza con el viaje de un importante economista. Estuvo en México y visitó el Museo Tamayo. En Venezuela, y conoció el Museo dedicado a Soto. En Colombia lo deslumbró el dedicado a Botero. Y lo mismo le ocurrió en Quito con el de Guayasamín. Se preguntó entonces: "¿Por qué no existe un Museo Szyszlo en el Perú?". Apenas regresó a Lima, reunió a unos amigos y les propuso crear un patronato para reunir fondos destinados a la construcción de un museo que expusiera la obra del gran pintor peruano. La idea fue apoyada con entusiasmo. Hombres ejecutivos, asesorados por excelentes arquitectos, de inmediato buscaron y encontraron una antigua casa de Barranco apropiada para tal fin. Fernando de Szyszlo se enteró de todo esto sorprendido, pues nunca se le había pasado por la cabeza la idea de un museo dedicado a él. Y ofreció donar una importante muestra de su obra a la nueva institución.
Aquí entro yo en la historia, porque, conociendo mi vieja amistad con Szyszlo, los directivos del IAC me llamaron para pedirme que los ayudara en una gestión que acababa de ocurrírseles para salvar el proyecto del IAC, que, debido a la falta de recursos, podía colapsar: proponer a Szyszlo que, a su vez, propusiera a los empresarios que trabajaban en el proyecto del museo dedicado a su obra que fundieran ambas iniciativas en una sola y dedicaran todos los recursos a terminar el Museo de Arte Contemporáneo, el que, por ello mismo, llevaría el nombre del pintor al que querían homenajear.
Hago mea culpa: fui una de las personas que animó a Szyszlo a aceptar dicha propuesta, y él, que es un hombre generoso y que ama a su país, accedió, para que el Perú tuviera por fin un Museo de Arte Moderno. En estos días, leyendo los improperios que llueven sobre él, me digo una vez más que nadie sabe para quién trabaja: queriendo promover una iniciativa que favoreciera sobre todo a los artistas y aficionados al arte del Perú, terminamos llevando a un pintor que admiramos y queremos al paredón, y facilitando a todos los que no le perdonan que sea un artista original y fecundo, que exponga tanto en el Perú y en el extranjero, y que sus cuadros enriquezcan tantos museos y colecciones particulares, un excelente pretexto para hacerle pagar caro su talento y su fama.
La envidia que el gigante despierta entre los pigmeos es perfectamente comprensible y, hasta cierto punto, legítima. ¿Cómo no odiarían a alguien que los hace conscientes de su propio fracaso, de su escaso vuelo, acaso de las injusticias que les cerraron a ellos las puertas y oportunidades de triunfar? Lo que nunca he acabado de entender es que la envidia haga presa también de quienes tienen talento y éxito. ¿Acaso el éxito de un artista impide el de otros? En el arte, como en la literatura, el éxito de un colega debe entusiasmarnos, porque un cuadro o un libro no es un producto manufacturado que al triunfar en el mercado derrota a sus competidores. Por el contrario: un objeto cultural crea adicción y aumenta el mercado, obra por la difusión y el éxito de los otros. Entre los firmantes de los manifiestos y diatribas contra Szyszlo hay artistas reconocidos internacionalmente, que gozan de prestigio y venden sus obras a altos precios a clientes que se las disputan. ¿Qué daño les ha hecho ese pintor que, más bien, los ha ayudado, permitiendo que la pintura peruana cruce las fronteras dentro de las que vivía confinada?
Tal vez la explicación esté en el dicho: "Pueblo pequeño, infierno grande". El Perú no es nada pequeño, su territorio es tres veces el de España y su población se va acercando a los treinta millones. Pero en el ámbito de la cultura es todavía Liliput. Y los creadores de cualquier género viven aquí con un irremediable sentimiento de encierro y marginalidad, de asfixia, lo que exacerba las rivalidades, las guerras intestinas, los odios y emulaciones fratricidas. Y la permanente sospecha de que en este pequeño ámbito no hay espacio más que para uno solo, que si alguien tiene éxito desaparece a los demás. "Tener éxito" en un contexto así significa arrostrar la furia y la enemistad de los colegas. No es extraño, por eso, que tantos escritores y artistas jóvenes sueñen con escapar de esa opresiva trampa y exiliarse a lugares donde crear sea una experiencia más exaltante, menos castradora y sórdida. Yo fui uno de ellos. Desde mi adolescencia estuve absolutamente seguro de que si no escapaba, mi vocación sería derrotada por esa "madrastra de sus hijos", como llamó a nuestro país el Inca Garcilaso de la Vega.
Szyszlo nunca creyó ni aceptó esto. Para él, crear, pintar, fue siempre inseparable de vivir y luchar aquí, tratar de sacar al Perú de la provincia y el campanario, abrirlo a la modernidad y al intercambio con los grandes centros de la cultura. Y por eso siempre volvió del extranjero a su tierra a seguir dando una batalla cívica y cultural, a la vez que construía su propia obra, rigurosa, ambiciosa y original.
¿Cómo terminará esta escaramuza? En el largo plazo, no me cabe duda alguna. En lo inmediato, me temo que los liliputienses terminen derribando a Gulliver.

lunes, 28 de noviembre de 2005

Fernando de Szyszlo / Cuando yo estaba en París todos los monstruos estaban vivos

FERNANDO DE SZYSZLO

FERNANDO DE SZYSZLO
Biografía 
19ª FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA

"Cuando yo estaba en París todos los monstruos estaban vivos"



JUAN CRUZ
Guadalajara 28 NOV 2005


El pintor peruano Fernando de Szyszlo (Lima, 1925) acaba de cumplir 80 años. En el París de posguerra fue amigo de los grandes del surrealismo del siglo XX. En Guadalajara, México, se expone, en el contexto de la feria, una antología de los últimos años de su pintura. Mirándola, se explica la admiración que sienten por él los latinoamericanos, y también se entiende lo que él mismo dice: se hizo con el surrealismo, pero tiene mucho más que ver con Giorgio de Chirico o con Mark Rothko, dos de sus maestros. Sus ojos denotan una tristeza que parece andina, pero es agudo y vivaz, a veces risueño.
Pregunta. Usted conoció muy bien al surrealista canario Óscar Domínguez.
Respuesta. Cuando hice en París mi primera exposición firmó atrás todas las invitaciones, y eso hizo que fuera André Breton. Ahí lo conocí. Me alquiló su departamento, donde luego se suicidó. Era muy grandote, un poco deforme, tenía la nariz muy grande. Era muy amable y muy generoso. Vivió durante la guerra de falsificar picassos y magrittes. Un teniente alemán le compró un picasso falso, y terminó Domínguez ante el juez, que llamó a declarar a Picasso y éste dijo: "¿Cómo? ¡Claro que es mío! ¿Quieren que lo firme otra vez?". Picasso era un hombre muy solidario, no fue el tipo duro que describen.





"Una vez hice una definición de la pintura: 'El encuentro visible de lo sagrado con la materia"
"En París, Carlos Martínez Rivas tenía un lema muy bueno: 'Cultura y cachondeo'. Lo seguíamos"
"Siento que lo que he hecho es una suma de derrotas, un desfase entre lo que soñé hacer y lo que logré hacer"
"Fui ferozmente de la República. En 1936 estaba en un colegio de jesuitas; nos hacían cantar el 'Cara al sol"

P. En su casa de París se juntaban Breton, Michaux, Lacan, Bioy Casares, Ernesto Cardenal, Octavio Paz y Tamayo a escuchar como éste tocaba la guitarra.
R. Era en la casa de Octavio, el único de todos nosotros que tenía un apartamento aceptable. Ahí hacíamos fiestas cada día. Había un poeta nicaragüense muy bueno, del que ahora se habla poco, Carlos Martínez Rivas, que tenía un lema muy bueno: "Cultura y cachondeo". Lo seguíamos.
P. ¿Qué le dio a usted el surrealismo?
R. En pintura me dio poco. Siempre fui admirador de De Chirico, que es un presurrealista. Cuando el surrealismo se fundó, en 1924, ya De Chirico no pintaba pintura metafísica. David Sylvester, el crítico, decía que el surrealismo era como una religión. Uno podía tener reacciones surrealistas sin tener que ver con el arte. En Suramérica éramos de pensamiento surrealista, pero no pintábamos surrealismo. En el almanaque surrealista del medio siglo, en 1950, se publicó un artículo de Benjamin Peret contra la pintura abstracta. Y le dije a Breton: "¿Cómo es posible que en el almanaque se arremeta contra el abstracto, que parece la esencia del surrealismo, porque es la expresión espontánea, sin trabas, de la manera de sentir?". Me dijo: "Mire, yo no comparto necesariamente la opinión de que la pintura abstracta sea una sopa deshidratada". Y me llevó a su casa maravillosa; ahí estaban cuadros de Kandinsky, de Arp... En realidad, él era muy abierto en materia de pintura.
P. De Chirico ha sido su pintor.
R. Me encanta, el vuelo, su capacidad de captar el vuelo. Hay una anécdota que cuenta Breton. Estaban sentados en un café De Chirico, Louis Aragon y Breton, y aparece un joven muy extraño, muy luminoso. Breton dijo: "Es un ángel". De Chirico sacó un espejo, miró y dijo, muy severo: "No, para nada es un ángel".
P. ¿Cómo era Breton?
R. Era una persona admirable, sobre todo por su coherencia. Impidió que la intelectualidad deviniera en estalinista. La lucidez de Breton influyó en Octavio. En materia política, Paz nunca se equivocó. Estuvo con la República española, no cayó en el estalinismo, tenía una vaga simpatía por el trotskismo, pero nunca fue trotskista, y asumió la prueba de Fidel... Todos nos equivocamos, todos tuvimos aquella ilusión de que hubiera un socialismo que no fuera autoritario o fundamentalista, pero Octavio no lo creyó, y no se equivocó.
P. ¿Cuáles fueron sus ideas, cómo han ido evolucionando?
R. Como todo intelectual latinoamericano de la época, yo era de izquierdas, pero nunca estuve inscrito en un partido. Fui ferozmente de la República española. En 1936 tenía 11 años, y estaba en un colegio de jesuitas; los jesuitas nos hacían cantar el Cara al sol.
P. ¿En Perú, los jesuitas hacían cantar el Cara al sol?
R. Te educaban muy bien, pero apoyaban a Franco. Tenías que cantar ese himno antes de ir a misa. En mi caso, mi padre era polaco, y por naturaleza era antinazi. Así que yo era antifranquista, luego de izquierdas, y finalmente la única militancia que tuve en mi vida fue en Perú, a favor de la candidatura de Mario Vargas Llosa. La mayor desilusión que tuve en mi vida fue su derrota.
P. Sorprenden esos cantos en el patio del colegio.
R. También nos pedían que lleváramos libros prohibidos al colegio para quemarlos. La última misa que escuché fue la que hubo cuando me despedí del colegio. Nunca he vuelto.
P. Fue una guerra que marcó mucho a América Latina.
R. A Perú no vinieron muchos exiliados porque teníamos una dictadura que era profranquista, la del mariscal Benavides, que después se fue a vivir a la España de Franco. Venían las compañías de teatro, como la de Margarita Xirgu. Cantaban las canciones republicanas, y era muy emocionante para nosotros escuchar esas melodías que la derrota había hecho tan dramáticas. Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero. César Vallejo hizo Aparta de mí este cáliz, que muchos de nosotros nos sabíamos de memoria. Fue impresionante la huella que nos dejó a todos esa guerra.
P. Hablaba de ilusiones. Ahora, ¿cuáles son las ilusiones de un artista?
R. Las mías son capturar esa parte oscura que hay en nosotros. Una vez hice una definición de la pintura: "El encuentro visible de lo sagrado con la materia". Es también la definición de la mujer amada. Yo no soy religioso, pero esa existencia de algo que no tiene explicación siempre me ha fascinado.
P. Usted quiso ser arquitecto.
R. Mi madre era hermana de un poeta que fue muy renovador de la poesía peruana, Abraham Valdelomar. Murió, en accidente, a los 31 años, seis antes de que yo naciera, y su biblioteca quedó en casa de mi madre, fui niño asmático, leí muchísimo; comencé con Verne, con Dumas, seguí con Dostoievski, con Balzac... Sentía que tenía cierta sensibilidad para el arte. Siempre he creído que ser artista es tener la piel un poco más delgada; te afectan más las cosas, aunque no lo muestres. Y como en el colegio era bueno para las matemáticas, pensé que eso haría de mí un arquitecto. Descubrí que mi dibujo era muy duro, muy torpe, y entonces me matriculé en un curso nocturno de pintura. Fue mi camino de Damasco: descubrí violentamente mi vocación. Mis padres creían que ser pintor en el Perú era un pasaporte a la bohemia y a la borrachera, a la incapacidad de producir dinero.
P. ¿Y por qué se fue a París?
R. Todos los latinoamericanos nos fuimos a París. Al acabar la guerra conocí a todos los pintores y a todos los poetas latinoamericanos de mi generación en París, porque allí me los encontré. Matta, Lam, Tamayo, Paz, Cortázar, Carlos Martínez Rivas, a Ernesto Cardenal, que era fascista en esa época.
P. ¿Fascista?
R. Sí, partidario de Franco. Siempre cuento una anécdota: nos reuníamos los martes en lo alto del Café de Flore, instados por Paz a hacer una revista latinoamericana, política y literaria. Iban españoles, como Arturo Serrano Plaja, que estaba en el exilio y era amigo de Vallejo. Y un día apareció Cardenal, que venía de Madrid, de disfrutar de su beca franquista. Hubo una discusión sobre la Guerra Civil, y dijo: "Confesemos: al final, todos los muertos son iguales". Y Serrano saltó y le gritó: "¡Esto es de un hijoputismo intolerable! ¡No me mezcle mis muertos con sus muertos!".
P. Después de la posguerra no hubo nunca en el mundo ninguna época de tanta ilusión. ¿Por qué?
R. Tiene que ver con el mundo en que vivimos, con la bomba atómica... Lo cierto es que cuando yo estaba en París todos los monstruos estaban vivos: Picasso, Matisse, Gide, Camus, Sartre, y a William Faulkner me lo encontraba por la calle, Giacometti..., y ahora estamos huérfanos, estamos derrumbados. Se intentan cosas que no tienen nada que ver con la pintura, que son gestos valiosos, pero que no son pintura. Me encanta una frase de Pedro Salinas que dice que quizá no haya poetas, pero siempre habrá poesía. Puede no haber pintores, pero siempre habrá pintura.
P. ¿Hay un resumen para lo que ha hecho?
R. He trabajado tanto, y siempre siento que todo lo que he hecho no es sino una suma de derrotas, un desfase entre lo que soñé hacer y lo que logré hacer. He pintado como loco toda mi vida porque sentía que no sacaba lo que quería sacar, que no conseguía coger ese mundo oscuro que pretendía encontrar y que veo, por ejemplo, en la Virgen y el niño, de Leonardo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de noviembre de 2005