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domingo, 6 de septiembre de 2020

Anne Carson / "El guante del tiempo", de Edward Hopper


El Hopper más íntimo se descubre en la mayor exposición del pintor ...
Morning Sun, 1952
Edward Hopper

Anne Carson

"El guante del tiempo", de Edward Hopper



Cierto no soy más que la sombra de un pasajero en este planeta
     pero a mi alma le gusta vestirse con elegancia
     a pesar de las manchas.
     Ella atraviesa la puerta.
     Se quita su guante.
     Acaso gira la cabeza.
     Acaso cruza la pierna.
     Ésa es una pregunta.
     Quién está hablando.
     También una pregunta.
     Lo único que puedo decir
     es que no veo ninguna prueba de otro guante.
     Las palabras no son una frase, no te demores en ello.
     Demórate en esto.
     No es un tiempo vacío, es el momento
     en que las cortinas revolotean dentro del cuarto.
     Cuando se prepara la lámpara.
     Cuando la luz da contra la pared justo ahí.
     ¿Y el guante?
     Entonces se elevó: la vida que ella pudo haber vivido (par les soirs bleus d'été).
     Da la casualidad
     de que la pintura es inmóvil.
     Pero si acercas la oreja al lienzo oirás
     los sonidos de un gran estribillo que va avanzando.
     En algún lugar alguien viaja hacia ti,
     viaja día y noche.
     Pasan abedules sin hojas.
     El camino rojo se desvanece.
     Toma, agarra esto:
     una prueba.
     Da la casualidad
     de que un buen guante de etiqueta
     mide 22 centímetros del dobladillo a la punta de los dedos.
     A este guante lo "tomaron por la espalda"
     (como dijo Godard de su King Lear).
     Mientras escuchaba a sus hijas Lear
     deseó ver sus cuerpos enteros
     estirados a lo largo de sus voces
     como cabritilla blanca.
     ¿Pues en qué difiere el tiempo de la eternidad salvo en que lo medimos? 

     — Traducción de Tedi López Mills



viernes, 3 de julio de 2020

La pintura de Edward Hopper y La Peste de Camus, como si fueran de hoy


La pintura de Edward Hopper y el texto de Camus, como si fueran de hoy.
Edward Hopper

LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

La pintura de 

Edward Hopper 

y La Peste 

de Camus, 

como si fueran de hoy

En tiempos de cuarentena, recordamos dos obras que, de alguna manera, describen el escenario del aislamiento.

Mariana Mactas
27 de marzo de 2020

Edward Hopper, el pintor del aislamiento

Se llama Sol de la mañana, y es un óleo pintado por Edward Hopper en 1952. Pero lo primero que transmite es casi lo opuesto a la idea feliz, emprendedora, del sol matinal. Sol de la mañana, como toda la obra del artista americano, es una imagen de la soledad. En estos días de gente sola encerrada en casa, las imágenes de Hopper se intercambian en redes sociales y grupos de WhatsApp. Sus pinturas, que capturaron la idea de la soledad contemporánea, nos describen y nos interpelan como si, a través del tiempo, estuvieran dirigidas a nuestro presente confinado.

jueves, 5 de mayo de 2016

Edward Hopper / El cine que pintó Edward Hopper



Es con toda seguridad uno de los mejores pintores del siglo XX, aquel que supo captar la esencia de la soledad, la tristeza y el espíritu individualista de una sociedad en transición marcada por dos guerras mundiales y un cambio de valores. El norteamericano Edward Hopper pasó casi toda su vida viajando y por tanto se convirtió en ciudadano del mundo y recreador, a lo largo de toda su carrera, de los estilos americanos y europeos más cercanos al realismo, pero consiguiendo a muy temprana edad una visión propia sellada con escenas de paisajes, casas y personas de trazo destellante, hipnótico por su encuadre y realmente melancólico pese a sus vivos colores. 

Edward Hopper / Nighthawaks



Edward Hopper
NIGHTHAWAKS
NOCTÁMBULOS
(1942)


Nighthawks (1942) (literalmente Halcones de la noche, aunque se le ha dado el nombre de Noctámbulos en español) es un cuadro del pintor estadounidense Edward Hopper en el cual se ve a cuatro personas sentadas en un diner urbano por la noche. No sólo es el cuadro más famoso hecho por Hopper, sino también uno de los más reconocibles del arte estadounidense. Actualmente se encuentra en la colección del Instituto de Arte de Chicago.

lunes, 23 de febrero de 2015

Edward Hooper / Night Shadows



Edward Hooper
NIGHT SHADOWS

Un hombre solo con sombrero camina por una acera amplísima, (posiblemente de una ciudad moderna), hacia una luz que está en la esquina de la calle, fuera del cuadro. Es de noche. La esquina parece desierta como si fuera de madrugada. Delante de la luz hay un poste o algo que proyecta la sombra en diagonal. El hombre parece que vuelve a casa de noche, solo.
Nadie como Edward Hooper para dibujar la soledad. Este artista Norteamericano del siglo XX, fue un hombre atípico que tuvo que convivir con ilustradores de enorme éxito comercial como Howard Pyle o J.C. Leyendecker, pero él aborrecía el comercio asociado al arte, aunque también despotricaba del dibujo, que consideraba un arte menor, a pesar de que cuando fue acusado por un crítico de hacer dibujos mediocres solo para subsistir, los defendió con toda su fuerza.
Este grabado a la punta seca, como la mayoría de las imágenes del autor de New York, tiene una particularidad que pocas imágenes poseen. Nos da que pensar, nos hace reflexionar de una manera que no consiguen la mayoría de las imágenes clásicas. Quizá tras el autor exista una vida sórdida y soterrada, o unas melancólicas sensaciones sobre el mundo moderno, (que él mismo siempre negaba), y quizá no tiene ni siquiera que saber el autor que esas sensaciones son plasmadas en el dibujo para que provoquen efectos en el espectador.
Pero lo cierto es que sus escenas desiertas, la dureza de sus imágenes vacías, la soledad que invade cada uno de sus cuadros y de sus dibujos son consustanciales a su obra y compartidos con la literatura de Faulkner, y pueden llegar a mostrarnos más de lo que ha conseguido nuestra civilización sobre el individuo, que la descripción enciclopédica más extensa y completa.





Edward Hooper / Nighthawaks I


Nighthawks, 1942
Edward Hopper


El eterno retorno de 'Nighthawks'

MARCOS ORDÓÑEZ 4 SEP 2006



En diciembre de 1941, justo tras la debacle de Pearl Harbor, Edward Hopper cruzó una noche, de camino a su estudio, frente a un diner solitario de Greenwich Avenue. A la mañana siguiente comenzaba a pintar Nighthawks, su cuadro más famoso. El pintor y su esposa, cuya relación no era precisamente idílica, están en el cuadro, en esa pecera de aves nocturnas y solitarias: Josephine Hopper es el modelo de la mujer de rojo y Edward es el hombre del sombrero que está a su lado. Nighthawks es mucho más que un tranche de vie: es un condensado de melancolía insomne, quintaesencia (según el crítico Gordon Theisen) del "lado oscuro del sueño americano". Es un espejo secreto y, como toda verdadera obra de arte, una ventana abierta en abismo a cientos de ventanas paralelas.
Sus reverberaciones son infinitas: la primera vez que vi el cuadro pensé, casi instantáneamente, en un relato, una película, un disco. Pensé en los parroquianos, a la busca de unas briznas de calma y afecto, de un lugar limpio y bien iluminado, de Hemingway; pensé en el amor imposible de Dana Andrews y Gene Tierney en la noche eterna de Where the sidewalk ends y, por supuesto, pensé en Nighthawks at the diner, la presentación en sociedad de Tom Waits, el perfecto cantor de Hopperlandia.
Más tarde, en 1981, el cuadro cobró vida, literalmente, en Pennies from heaven, la adaptación que hizo Herbert Ross de la negrísima serie televisiva del gran Dennis Potter: Steve Martin y Bernadette Peters ocupaban en el plano los mismos lugares que el hombre del sombrero y la mujer de rojo, bañados por la misma luz, con esos colores (verde de mesa de billar, escarlata agónico, falsa vainilla) que sin duda existieron en el Nueva York de 1941 pero ahora parecen refulgir únicamente en la dimensión desconocida del relato, del cine negro, de una voz que sobrevuela botellas vacías y ceniceros llenos. Faltaba, cómo no, el teatro. Se estrena en el Kirk Douglas Theatre de Los Ángeles una nueva zambullida en el cuadro: el debutante Douglas Steinberg ha imaginado cuatro identidades posibles para los personajes de Nighthawks. La pelirroja se llama Mae; fue corista de Ziegfeld y ahora es la dueña deldiner. Su marido es el camarero, se llama Quig y acaba de volver de ultramar. El hombre del sombrero se llama Sam y es un parroquiano habitual. Los tres tratarán de desentrañar la identidad del hombre solitario que permanece de espaldas a la calle, un silencioso desconocido que bien podría ser el mismísimo Edward Hopper.
La función ha tardado 22 años en estrenarse. Douglas Steinberg la escribió en 1985. Más reverberaciones: aquel mismo año, en Nueva York, Stephen Sondheim escapaba de la depresión sufrida tras el fracaso de Merrily we roll along para componer y estrenar Sunday in the park with George, un musical sobre el tormento y el éxtasis de Georges Seurat, en el que Sondheim imaginó las vidas de los personajes que pueblan su célebre cuadro Tarde de verano en la Grande Jatte. Quizá tampoco sea casual que Matt Groening convirtiera a Homer Simpson en un cliente del mítico diner nocturno (bebiendo cerveza Duff, por supuesto) y que el protagonista de la obra de Steinberg sea precisamente Dan Castellaneta, la voz de Homer en la versión original de la serie.


sábado, 23 de junio de 2012

Antonio Muñoz Molina / Dos miradas americanas


Edward Hopper
Morning Sun
Antonio Muñoz Molina
Edward Hopper y William Carlos Williams

Dos miradas americanas

"Volver a Madrid y encontrar una exposición de Edward Hopper en el Thyssen es no haber vuelto del todo".

El País, 23 JUN 2012 - 01:00 CET


'Two puritans' (1945), de Edward Hopper, en la exposición del Museo Thyssen de Madrid (Cortesía de Ronald Feldman Fine Arts, Nueva York).

Volver a Madrid y encontrar una exposición de Edward Hopper en el Thyssen es no haber vuelto del todo o regresar durante un par de horas a una atmósfera visual que solo puede ser americana. Hopper es un pintor radicalmente americano no ya por los paisajes o los temas que trata sino por una cierta sensibilidad autóctona que se esmera en mantener a distancia del cosmopolitismo obligatorio de las vanguardias, y también de la figura europea, entre sublime y fatua, del artista moderno. Ser moderno, para los aprendices de artistas de la generación de Edward Hopper, era escapar del provincianismo de su país y viajar a Europa, siguiendo el rastro de los dos máximos pioneros, Ezra Pound y T. S. Eliot, que repetían el itinerario establecido por Henry James. Donde las cosas sucedían era en París o en Londres. Estados Unidos era una inmensa provincia dominada por el afán del dinero y el puritanismo religioso. Preceptivamente, como tantos otros, como Gertrude Stein y más tarde Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Edward Hopper viajó a París pero no llegó a asentarse, y además no se fijó en la pintura de Cézanne sino en la de Edgar Degas, y también en las fotos de Eugène Atget, en las que entrevería una forma de retratar la ciudad que se parece mucho a la que él mismo cultivó en su madurez: las casas vacías como presencias entre invitadoras y ominosas, las ventanas en las que no hay nadie, los umbrales en los que surge una figura humana que mira al espectador o que mira al vacío. Hopper pasó por París sin visitar a Gertrude Stein y sin darse por enterado de la irrupción del cubismo; viajó a Ámsterdam y dedicó mucho tiempo a mirar La ronda de noche de Rembrandt; volvió a Nueva York y ya no salió nunca de Estados Unidos. Con la misma constancia se dedicó a pintar y a no hacer vida de artista. Vivía y tenía su estudio en un apartamento de Washington Square pero no frecuentaba los cafés, las tabernas y los restaurantes baratos en los que a muy pocos pasos de distancia bullía la bohemia literaria y artística del Village. Era un hombre muy alto y muy callado, de gran quijada americana y ojos muy claros. Su mujer, Jo, que fue su única modelo, decía que hablarle era a veces como arrojar una piedra a un pozo —con la diferencia de que en el caso de la piedra se podía escuchar el eco del golpe contra el agua.