El libro de Néstor Sánchez, 'Nosotros dos-Siberia blues' recuerda a los autores misteriosos
¿Puede un escritor marginal competir con los grandes autores por un lugar en la memoria?
J. ERNESTO AYALA-DIP
21 FEB 2012 - 11:14 COT
Hay grandes maestros en la novela y en el campo de la poesía de todos los tiempos. Maestros reconocidos con obras perdurables. Homero con Virgilio, Cervantes con Shakespeare compiten por milímetros de diferencia en la cantidad de gloria alcanzada durante siglos. Entre Balzac y Dickens ocurre otro tanto. ¿Pero podría un escritor como el francés Marcel Schwob, por citar un ejemplo incontestable de literatura marginal competir con todos ellos por un lugar de honor en la memoria literaria del mundo? Un lugar tiene pero tan pequeño, que no sólo puede osar arrebatarle a ninguno de aquellos maestros una fracción de segundos de atención sino que es hasta posible que no falten quienes lo consideren un producto de la genial inventiva de Borges. Precisamente estos días sale a la venta El libro de Monell, libro del que Borges tantas maravillas nos habló. Porque Schwob no sólo no es un invento suyo sino que sin él (y otros pocos, más la Enciclopedia Británica, según exponía en un ensayo Alan Pauls), hoy no concebiríamos la obra del maestro argentino como la concebimos. Marcel Schwob es un hoy un famoso desconocido: un escritor secreto, como esa hueste de ilustres desconocidos que tanto venera y difunde Enrique Vila-Matas como parte constitutiva de su programa estético.
anticipo de La condición de la experiencia, ensayo sobre Néstor Sánchez
porOsvaldo Baigorria
Un vagabundo que habla argentino practica los ejercicios esotéricos de un místico ruso en las calles de alguna ciudad norteamericana. Marcha a ritmo. Frena antes de cruzar aunque hay luz verde. Se concentra, murmura algo para sí. Mira hacia la derecha, baja el cordón con el pie izquierdo, cruza la calle y sube al otro cordón con el derecho pero, como si se hubiera arrepentido, baja hacia atrás y sube de nuevo con el izquierdo. Mete las manos en los bolsillos, las saca. Respira hondo. Vuelve a caminar.
Entre los sin techo corre la voz de que es un escritor famoso. Algo hay de cierto. Tiene cuatro novelas publicadas, dos de ellas en Europa, en español y en francés. Ha sido traductor (Celine, Pavese) y lector de Seix Barral, ha sido elogiado por Severo Sarduy, Héctor Bianciotti, Silvia Molloy, Julio Cortázar. Hasta que un día desaparece del lugar de trabajo, residencia y amigos. Muchos lo dan por muerto. Otros dicen que anda de clochard en París, Amsterdam, Madrid, Roma, Milán, Caracas, Barcelona. Y otros que anda perdido en su propio barrio de Villa Urquiza, Buenos Aires.
Por catorce años deja de cartearse con su madre y su único hijo. Éste lo busca desde los doce. Lo recuerda gracias a mínimos contactos por correo (postales extranjeras, souvenirs de las primeras fugas). Crece escribiendo cartas de auxilio a consulados, embajadas, editoriales, agentes literarios: “¿Alguien sabe dónde está mi padre?”. La agente Carmen Balcells le responde en 1982: “Tu papá desapareció completamente de mi órbita”. Hasta que un día le llega una carta con estampilla estadounidense. En la única hoja hay cuatro líneas manuscritas firmadas por una desconocida “Cecilia”:
Los Ángeles, 26 de junio de 1982
Por una nota que enviara al consulado de su país en Francia, interesándose por el domicilio actual de su padre, me corresponde brindárselo: 885 Levering Avenue, L.A., California, 90024 EE.UU.
Luego se sabrá que esa era la dirección de una playa de estacionamiento donde el vagabundo dormía, dentro de la casilla del personal de guardia, a cargo de un argentino que le había permitido refugiarse allí de una ciudad hecha para motores y no para peatones. Uno más de los domicilios precarios del sudaca errante, clochard, linyera, croto, roto, bum, hobo en la vía. Coleccionista de domicilios: noventa en doce años.
“Aprendí a subsistir con dos dólares por día, durmiendo en cualquier sitio y haciendo el dinero mínimo para mis gastos de cualquier manera.” Así, en menos de diez segundos, Néstor Sánchez resumía sus años de nomadismo en una entrevista de Juan José Salinas para la revista Cerdos & Peces. La entrevista se titulaba “Para ser lumpen hay que tener conducta”. Y el copete anunciaba “el regreso de un escritor maldito y esotérico tras dieciocho años de ausencia”. Allí, Sánchez hablaba de una conducta iluminada: la conducta del lumpen. Uno que difícilmente entra en el pacto biológico, que rara vez procrea y se deja arrastrar por la murga. Uno de otra época: “Antes, los que seguían el camino lumpen tenían las cosas muy claras. El código del escritor lumpen, del poeta, era sencillo: 1) No hacer la carrera literaria, 2) No ganar ningún premio nacional, 3) No hacer periodismo y 4) No hacer publicidad. Siempre fue así hasta que la crisis económica trastocó todo, permitiendo que los facilistas se adueñaran del corazón y la mente de los lectores como si el corazón y la mente fueran un supermercado”.
Néstor Sánchez estaba de regreso. No sólo a Argentina: a la escritura. A la pregunta de por qué había dejado de escribir durante quince años (y de publicar durante dieciocho) la respuesta fue: “Porque cuando se tiene una revelación como la que yo tuve, uno se da cuenta que escribir es un acto de orgullo… Dejé de escribir porque me encontré frente a un conocimiento sagrado que requería una humildad inédita”.
El responsable directo –o quizá indirecto- de esa revelación se llamaba Georgi Ivanovitch Gurdjieff. Nacido en Alexandrópol en fecha imprecisa, quizá 1872, y emigrado a París en 1922, Gurdjieff tuvo entre sus alumnos a René Daumal, a Katherine Mansfield y a Frank Lloyd Wright. Su fecha de muerte –1949– para algunos también fue imprecisa, dudosa o inaceptable. Suele pasar: los discípulos se inclinan a velar literalmente el deceso, cubren con leyendas las últimas horas y el ritual funerario (los médicos se asombran, la frente del maestro sigue tibia), dejan la puerta abierta y la luz encendida hacia el milagro. “¿Había muerto realmente Gurdjieff?” se preguntaría Néstor Sánchez, converso durante un viaje a Lima en la década del 60. “¿Era posible que un hombre de su dimensión terminase como todo el mundo?”
Una reseña bibliográfica del libro Encuentros con hombres notables de G. I. Gurdjieff, muy elogiosa aunque sin firma, publicada bajo el título “Una llave para el Reino” en la revista Primera Plana del 30 de enero de 1968, sentenciaba: “la verdad es cristalina pero nunca evidente y el conocimiento que se obtiene sin esfuerzo se olvida con facilidad”. En esa revista donde Sánchez publicó varios artículos con su firma, el anónimo comentador refería a Encuentros… como una biografía fingida, un libro que es varios libros a la vez pero no continuados sino concéntricos, como naipes del Tarot, de modo que “la legibilidad del material depende del ángulo de lectura”. Tengo la impresión de que el comentador debía ser Néstor Sánchez, quizá refiriéndose a su propia aspiración. Uno y varios libros, naipes y destino, biografía en formato de ficción, un programa de instrucciones en clave para leer sus relatos.
De todos modos, el regreso anunciado en aquella entrevista sería por poco tiempo. Un último libro y listo. El desertor volvería a traicionar toda expectativa. Su renuncia a escribir sería, al final, indeclinable.
Cuando me puse a leerlo surgió la pregunta sobre cuál sería el ángulo, el punto de mira apropiado para hacerlo más legible, inteligible. Ocurió siete años después de su muerte (¿era posible que terminase como todo el mundo?). El encuentro fue por azar y predestinación, por encargo y equivocación.
***
Sin ninguna pretensión crítica, creo que puedo decir, de los doce relatos de este último libro, lo siguiente: en ellos se alude al camino, vía o tao seco que habría recibido como revelación el autor.
“Adagio para viola d’ amore”, con dedicatoria a Hugo Gola, es un homenaje a Juan L. Ortiz, querido viejo deambulante de las correspondencias que llegó a descreer de toda palabra, en plena vejez, en la misma provincia de casi toda la vida. En “Una consigna” se invita a renunciar al rasgo más peculiar y enraizado (¿la queja, el lamento? cada uno lo dirá). “Devociones” muestra un cuerpo que se inclina como oriental ante ese caminar incesante, con mil huellas bajo el propio pie (Lao-tsé) hasta que las palabras “sentido de la vida” sean escuchadas en la calle y provoquen el largo llanto de una mujer muy callada. “Las grandes maniobras” (un texto anterior, publicado en la revista Eco de Colombia en diciembre del 69) también incorpora el trabajo en diez movimientos de un hombre y una mujer que viajan para encontrarse y desencontrarse entre Lima, Valparaíso, Madrid, París, Milán, Acapulco, entre otros sitios. Y “La comarca” aconseja respetar todo lo que respira, incluyéndose a uno mismo aunque habría que procurar siempre incluirse de otro modo: “El misterio abomina de la febrilidad”.
¿Qué decía el autor de estas composiciones? Al hijo: “La condición efímera es una especie de doce puntos de vista dispares de vivencias concretas a ser decantadas en lo relacionado con el ejercicio”.
Léase: Trabajo de Gurdjieff. Otros nombres de leyenda son invocados por el caminante: Castaneda, Lao-tsé, Eugenio Montale, René Daumal, Gerard de Nerval, Sigmund Freud, el Eclesiastés. ¿Eclecticismo? ¿O compromiso con la búsqueda de una verdad intransmisible? “El que habla no sabe y el que sabe, no habla” (Chuang-tsé).
Ese viaje linyera, anti-flâneur, del que no busca ni mira fascinado una ciudad extranjera (todas las ciudades lo son), que no se deja ir a flote como un cuerpo sin alma (aunque tal vez sí como un cuerpo sin órganos), que ejercita y camina en estado de alerta, sin distraerse en las vidrieras, sin tomar apuntes para trasmitir un modo de vida superior o exótico a lectores lejanos, puede cartografiarse como mínimo a través de dos relatos de La condición efímera: “Ley del tres” y “Diario de Manhattan”. Esto emerge de una confesión arrancada en la clandestinidad. Porque el padre nunca le habló mucho al hijo sobre su vida en la calle. Dio sólo indicios, señas en diálogos grabados por Claudio Sánchez casi siempre en secreto, con un grabador que este ponía sobre sus rodillas debajo de una mesa de café de barrio donde se sentaban a charlar.
“Durante los primeros seis meses de su regreso yo lo veía todas las tardes hasta la noche, después de trabajar. Íbamos a los bares o salíamos a caminar hasta plaza Pueyrredón y nos quedábamos ahí todo el atardecer. Era un lugar tranquilo. Él tenía pánico a las multitudes. Me decía que las universidades de Estados Unidos tenían parques muy buenos y que él siempre se sentaba en un banco alejado de la multitud. Y que ahí, cada tanto, le aparecía una señal. Algo que le hablaba. Parece que un día estaba sentado y de todas partes empezaron a aparecer cochecitos con bebés, cantidades de ellos. Y vos sabés que mientras me lo estaba contando, ese mismo día, en el banco de la placita de Pueyrredón, empezaron a pasar cochecitos con bebés. Varios. Tres, cuatro, cinco. Todo muy extraño.”
En esas mismas charlas, el padre le contó cómo fue su llegada a Manhattan. Allí vivía Vicky Rabin (Victoria Slavuski). Néstor Sánchez se había separado de ella hacía varios años pero era la única persona que conocía en la isla. De modo que apenas llegó de Europa la llamó por teléfono. Le pidió alojamiento. Ella se desentendió pero se encontró a solas con la nueva compañera de Sánchez, Cecilia.
Dice en “Ley del tres”: “Como tal vez correspondía tomaron contacto directo un par de semanas más tarde, en el bar desolado, a causa de un libro más bien voluminoso, en cuerpo ocho, de tapas azul profundo, que llamara la atención de la que, en su caso de pie, solicitara un fósforo, y de un infinito si se prefiere algo complicado en lengua francesa: bricoler, que constituiría el inicio concreto de diálogo. Esther –un año y algunos meses mayor, la del libro– le propondría sentarse a Catalina –esa tarde con gorro de lana a rayas horizontales rojas y negras–, obteniendo una aceptación inmediata”. Esther es Vicky Rabin; Catalina, Cecilia Scribbens. Así me lo informa Claudio Sánchez: “Una vez mi padre me confiesa que cuando se le ocurre escribir “Ley del tres”le daba la sensación de que en su vida la posibilidad de una relación sagrada se podía dar con la dos, Cecilia y Vicky. Cuando a esta la conectan en Nueva York, un poco jugando a imaginar con Cecilia cómo iba a ser ese contacto, se juega también la idea de una futura relación entre los tres. La idea de él era tener una igualdad de cariño hacia las dos”. Y así se lo cuenta Néstor Sánchez a Claudio, voz grabada en cinta virgen (¿encinta virgen? ¡Espíritu santo!): “En la imaginación, eran dos mujeres que se amaban tanto que luchaban para que el hijo con el hombre lo tuviera la otra. Una experiencia fuerte, la de dos mujeres y un hombre. Es maravilloso. Dos mujeres y un hombre hacen una relación inconcebible en su belleza. Es el sentimiento de la vida sagrada”. Por supuesto que “Ley del tres”cuenta lo que pudo ser y no fue. Según testimonio del autor a ese grabador oculto: “Al principio, yo imaginé el encuentro con Vicky. Y Vicky y Cecilia se encontraron. Y Vicky pidió que yo le hablara. Y le hablé esa misma noche, a las 9, por teléfono. Y le pedí alojamiento, porque Cecilia y yo no teníamos alojamiento en Estados Unidos. Pero Vicky no se ocupó y yo le colgué. Ese relato quedó trunco”.
Mutilado. Como con un miembro ausente, un pie de menos. Ese vacío singular que surge cuando al llegar a una ciudad se hace la prueba de llamar números de teléfono en vano, escribe Sebald en “All’estero”. Sí, es horrible. Una especie de naufragio.Y más si uno es del Sur y está homeless en una ciudad del Norte. Así quedó en “Ley del tres”:
“Juntamos las manos sobre la mesa: eran seis. Esther dice: habría que compartir enteramente las conminaciones de lo cotidiano. Y Catalina, presionando en el sino común: habría que construir un arca”.
Como epígrafe, bajo el título hay una frase de Gregory Corso: “Beside me, in all its martial pose, walks real opportunity”.
Dos mujeres y un hombre. Si se quiere, una situación tradicional. Sin embargo, para el narrador la lealtad del trío debía ser soportada hasta su máxima intensidad de modo que pueda merecer la palabra “leal” (tan ética y tan diferente a “fiel”). Lealtad: el compromiso de desaprender la vieja película que condena al egocentrismo de ser dos y de afrontar la disyuntiva de ser tres imprescindibles en tanto tres. Una disyuntiva que hallaría su ineludible frontera: el trío tendría que haberse decidido a ser “propagador de pueblos”. Los hijos compartidos, salvados del naufragio. En un arca, balsa, isla flotante, comuna hippie. Era demasiado. Y el lazo de seis manos al final se rompe. “Nos soltamos. Resultaría trastornante el estrépito del término arca”.
Entre enero y marzo de 1989, los escritores Néstor Sánchez y Carlos Riccardo se reunieron con alguna periodicidad para conversar sobre literatura, escritores, el trabajo espiritual y el nomadismo que durante años se había impuesto el primero de ellos, recién llegado a la capital argentina.
El testimonio quedó en manos de Riccardo, guardado en tres casettes ahora desgrabados y hechos públicos en El drama sin atenuantes, un precioso volumen que acaba de publicar el sello Letranómada.
Sin relación directa con este texto pero con un aire de familia, la editorial Mansalva, que dirige el poeta Francisco Garamona, acaba de publicar, de Osvaldo Baigorria, una suerte de biografía, Sobre Sánchez, un libro excepcional sobre el que volveremos.
Sánchez nació en Buenos Aires en 1935. Sus libros encontraron gran recepción en los 60 pero vale aclarar que por mucha admiración que por él profesara Julio Cortázar, este hombre jamás dedicó un párrafo al llamado "realismo mágico".
Publicó Nosotros dos, en 1966; Siberia blues, en 1967, El amhor, los orsinis y la muerte, en 1969,Cómico de la lengua, en 1973 y La condición efímera, en 1988.
Riccardo nació en Buenos Aires en 1956; escritor, traductor, viajero, entre sus libros se destacanCuaderno del peyote, La orilla y Solares; se desempeñó como miembro del consejo de redacción de la revista de poesía Ultimo reino y codirector de la revista de arte y literatura tsé-tsé.
En el prólogo, dice Mariano Fiszman: "El drama sin atenuantes (...) está en la línea de La condición efímera, son de la misma época todavía locuaz y por momentos exaltada y de «disyuntiva ética»".
"Néstor Sánchez habla, se hace presente en las palabras, y Carlos Riccardo tiene el mérito de hablar su idioma y de no tratar de averiguar nada".
El autor de Cómico de la lengua —que jamás es taxativo— desgrana anécdotas y desliza sucesos que ha vivido como editor en París, reconocido escritor en Barcelona, vagabundo en los Estados Unidos, siempre bajo la guía de los discípulos de Georges Ivanovitch Gusdjieff.
Este fue un maestro armenio que completó su formación espiritual en un monasterio de los Himalayas y se instaló, durante los 20, en las afueras de París, en Fontainebleau, representando la avanzada de cierto conocimiento sagrado de miles de años.
Cuenta Riccardo: "Nos vimos por primera vez en el 87, en un bar de Diagonal Norte, en frente de Viridiana, lugar que sería después el punto de encuentro más frecuente".
"Tenía un entusiasmo moderado que en los dos o tres años siguientes se fue desmoronando". En esa época preparaba La condición efímera, acaso la mejor descripción in situ de la deriva por las enseñanzas de Gurdjieff de un argentino.
Por cierto, su otra influencia eran ciertos filósofos y el antropólogo Carlos Castaneda, pero no había nada en su discurso que hiciera eco siquiera al mundo contracultural que esa retórica supo traficar.
Por el contrario, Sánchez —según sus conocidos— jamás abandonó ese aire caballeresco, un poco fuera de lugar, de tanguero viajero y respetuoso, algo conservador y consumado actor en un mundo que ya no era el suyo, y mucho menos el de su ida de la Argentina, en 1969.
Y concluye con una referencia a su maestro, por cuyas enseñanzas puede decirse que abandonó la práctica de la escritura, que había asombrado, durante su paso por España, a un joven Enrique Vila-Matas, siempre atento a las rarezas.
"Primero que nada, quiero hacer una leve referencia a algo que dijiste de Gurdjieff como aventura mística. No lo es, de ninguna manera. Es una experiencia concreta, la del despertar metafísico, que tal vez yo no practiqué a fondo".
Acaba de aparecer El drama sin atenuantes, de Carlos Riccardo, que contiene sus conversaciones con el gran escritor argentino Néstor Sánchez. Los diálogos son de 1989 y por fin aparecen editados en libro en su totalidad, con una nota de Riccardo que los pone en su contexto y una presentación escrita por mí.
Hay que aclarar que, dentro de un libro bien editado, el texto que escribí fue “corregido” sin aviso, y sin revisión, de muchas formas (puntuación, sintaxis, vocabulario). Tanta corrección no lo mejoró, todo lo contrario. Lo que sigue es el texto original.
Presentación
Néstor Sánchez empezó a escribir de chico, en la escuela, redacciones, cartas, cualquier cosa: “tenía aptitud”. El padre escribía, y el hermano, menor, también iba a escribir. Cuando murió el padre, dejó la secundaria para ir a trabajar. A los dieciocho, un tipo que conocía, “un maestro de la vida”, le aconsejó que escribiera. Muchos poemas y un libro de cuentos negado abrieron el camino para sus novelas. En esas cuatro novelas, publicadas entre 1966 y 1975, Néstor Sánchez inventó una escritura original, a favor de su voz y contra la narrativa convencional. Y a medida que su escritura se transformaba, él se iba escapando: de la beca, del Boom, del aburrimiento de la comunidad intelectual, de los países (la tercera novela empieza así: “inútil toda pretensión de retenerlo...”). Siempre en la otra vereda de esa gente que, como dice en este diálogo, “cree en todo, en la cultura, en la literatura”; el suyo era un proceso “de pérdida irreparable”. Para un escritor esa contradicción puede ser productiva pero también peligrosa. Sobre todo para un escritor que, además, era muy “literario” (citas, referencias, máxima atención al lenguaje, escritura poemática), y cuyos libros son una buena muestra de la cultura del momento en que se escribieron. Pero Néstor Sánchez siguió su camino, sin tratar de evitar los peligros. Escribió mientras lo que aparecía en el papel lo sorprendía, y cuando ya no tuvo sentido dejó de hacerlo.
A Carlos Riccardo, a mí y a muchos otros, los libros de Néstor Sánchez nos marcaron como pocas veces pasa. Nos conmovió su poesía, su lucidez, su verdad. Después lo conocimos en persona y eso profundizó la marca. Se nos volvió maestro sin postularse y sin explotar los beneficios o maleficios del cargo, como uno de esos maestros de la vida que él había conocido, tipos más o menos clandestinos con los que uno se cruza de casualidad en la ciudad y que tienen su refugio en una pieza llena de humo, de voces de vecinas, de tangos de radio y de libros apilados que para el discípulo encierran secretos inalcanzables. La figura del maestro es fundamental: “La vieja siempre nostalgia de guía”, le dice a Carlos Riccardo. Y cuenta que cuando escucha a alguien que dice “El maestro ha muerto y cada uno trabaja como puede”, la frase le produce una gran conmoción: “Caminé cuarenta cuadras bajo la nevisca, llorando, ¿qué me quería decir?” En sus novelas, en las alianzas que unen a los personajes, dentro de la barra o banda nunca falta el maestro al que se le reconoce un conocimiento silencioso, como el título del libro de Castaneda que me llevé de regalo de su casa.
Por ahí porque vivió obsesionado por la idea de la muerte lo deslumbró tanto ese Don Juan que recomienda tener a la muerte como consejera. O más que la muerte lo escandalizó la brevedad de la vida, ver el camión de ganado yendo al matadero y ver que en el camino la gente paraba a comprar aspiradoras en cuotas o a tomar cafecitos en velorios creyendo que eran de otro. La tribu de su barrio dejó de contenerlo, las ceremonias estaban vacías. Puso el grito en el cielo, bien alto. Se ilusionó con una vida nueva y extensísima, a la altura de la que sentía por momentos en él. Después vino el desencanto, y la locura.
El drama sin atenuantes podría ser tranquilamente el título de otro libro escrito por él: Nosotros dos, Siberia Blues, El amhor, los orsinis y la muerte, Cómico de la lengua, La condición efímera, y El drama sin atenuantes. Está en la línea de La condición efímera, son de la misma época todavía locuaz y por momentos exaltada y de “disyuntiva ética”. No sería justo llamarlo entrevista ni reportaje, no se parece a esas formas disecadas de la charla. Acá no hay un ser consagrado que deja caer verdades para que una oreja se extasíe en nombre del público. Acá Néstor Sánchez habla, se hace presente en las palabras, y Carlos Riccardo tiene el mérito de hablar su mismo idioma y de no tratar de averiguar nada. No pregunta para forzar respuestas ni para sacarle cosas. Las cosas salen solas, una lleva a la otra y el diálogo crece, se va por las ramas y da frutos que todos podemos saborear gracias a que, por suerte para nosotros, en su momento Carlos Riccardo estuvo ahí, cara a cara con Néstor Sánchez, escuchándolo y grabando todo en casetes y más tarde desgrabándolo, se encontró con él varias veces a charlar durante horas (tomaban algo, después cada uno se iba a su casa con la cabeza afiebrada, tenían que dejar pasar un tiempo para volver a encontrarse), guardó años estas conversaciones y ahora nos trae lo que quedó de esos encuentros. Léanlo y busquen sus palabras, sus preguntas y respuestas.
Y lean a Néstor Sánchez, otra vez si es preciso. Olvídense de la supuesta oscuridad de sus temas, los temas importan poco, nada más abran sus libros en cualquier página para encontrarse con esa voz que “insiste en llamar acontecimientos a las cosas más insignificantes” y que con su ritmo improvisado de músico de jazz convierte en acontecimientos luminosos la vida de un montón de personajes con nombres de jugadores de primera C que se desplazan de Banfield a Caballito, de San Isidro a Villa Urquiza y de Mar del Plata a la isla Maciel por tantos barrios y calles de la ciudad que los terminan volviendo imágenes poéticas, como la calle Valdenegro, el pueblo de Ingeniero Maschwitz, o cruzar Triunvirato desierta bajo el sol, y más tarde por toda América hasta Chicago, Manhattan, París. Toman trenes de día, taxis de madrugada, suben a un carro de mudanzas enganchado a una yegua, a un camión, a un colectivo de la línea 406, cruzan el Riachuelo como en algún momento cruzarán el Missisipi como cruzaron el Paraná para ver al poeta, o bajan en Once de otro colectivo que al chico que ingresa al Normal le parece un trasatlántico. No se establecen nunca, ocupan casas precarias, prestadas, prefabricadas, departamentitos de separado con demasiadas marcas de puchos en el piso, piezas en los fondos que se dedican a pintar torpes después que vuelven de la oficina y antes de hacer el amor. Toda esa vida llena de sol a quemarropa y lluvia tristona cabe ahí. Los proyectos, los bailes, los robos y los billares de mañana como bestias abandonadas. Pola Negri y Clara Bow. Un loro llamado Orsini, el perro que lame la olla en el baldío y esa yegua blanca que “mea llena de fe con las patas traseras bien abiertas”. La cabeza vendada de Apollinaire, la máscara de Dylan Thomas, Troilo, el tango, el jazz y Joyce, “porque todo parece destinado a la literatura”. En la selva amazónica, fabricando frenéticamente botones de cuero toda una temporada de lluvias tropicales, o en esa meseta que es el cementerio de Flores donde Batsheva, Giménez, María, los dos Yuyos, Orsini y Donald Gleason reunidos alrededor del cajón o féretro o ataúd de Felipa se pasan un ramo de crisantemos, una cala, un gladiolo, helechos, un clavel y una rosa en ronda grotesca hasta que a Giménez el viento le vuela el sombrero: léanlo hasta llenarse de vida.
Néstor Sánchez, uno de los escritores argentinos más elogiados de la época del boom. Aclamado por Cortázar y Sarduy, en los 70 dejó la literatura y eligió vivir en la calle. Murió en 2003 y hoy es de culto.
Néstor Sánchez
LA LEYENDA DEL ESCRITOR LINYERA
Por Ezequiel Alemián
Especial para Clarín
11 de enero de 2013
Genio y figura. El escritor, en una imagen facilitada por su hijo Claudio.
No demasiado tenidas en cuenta por la academia, esterilizadas por los medios, las vidas de los grandes escritores regresan siempre a la literatura con nuevos cuestionamientos. Néstor Sánchez fue un gran escritor. Con cuatro novelas publicadas, elogiado por sus pares (Silvia Molloy, Julio Cortázar, Severo Sarduy), traducido en Europa, en los 70 se le perdió el rastro, hasta que en 1982 su hijo recibió de Los Angeles unas líneas: era la dirección de la playa de estacionamiento donde Sánchez dormía, convertido en un linyera.
Criado en Villa Pueyrredón, amante del tango y del free jazz, inspirado por los surrealistas argentinos y admirador de Kerouac y de los beatniks, Sánchez no creía en los argumentos ni en los personajes: “No hay que escribir nada que pueda contarse por teléfono”, decía. Y agregaba: “El ritmo de lo que ocurre es lo que mejor define mi trabajo narrativo. La historia interesa y no interesa, el lenguaje interesa más que la historia”.
Sánchez seguía los códigos del escritor lumpen: no hacer carrera literaria; no presentarse a premios; no trabajar en periodismo ni en publicidad.
Un libro de Osvaldo Baigorria, Sobre Sánchez, reconstruye ese desvanecerse de la vida del escritor. No es una biografía de Sánchez sino más bien la crónica de una inquietud personal. El interés de Baigorria no está en la literatura de Sánchez, sino en eso mismo que en 1998 lo llevó a escribir Anarquismo transhumante, crónicas de crotos y linyeras . ¿Qué es lo que lleva a un hombre a desertar, a abandonar? ¿Por qué se fugó Sánchez? ¿Por qué dejó de escribir?
Hay un nombre que se repite, y es el de Gurdjieff, un místico ruso del siglo XIX que propugnaba la desautomatización y la ruptura de los hábitos como forma de recordarse a sí mismo, ser auténtico, entero, y mantenerse alerta. Existen métodos (Trabajos) para profundizar esa desautomatización, que Sánchez seguía estrictamente, como escribir y hacer todos los gestos cotidianos con la mano izquierda, o caminar durante horas con una piedra en un zapato, para sentir la iluminación del dolor, y luego la iluminación del fin del dolor. La experiencia no miente. No hay que mistificar lo que se experiencia.
Sánchez empezó a leer a Gurdjieff a fines de los ’60. En un viaje a Venezuela se vinculó con la hija de uno de los primeros discípulos, y en Francia con sus seguidores más importantes. Ya había escrito sus primera novelas: Nosotros dos (1966) y Siberia blues (1967). Durante esos años escribirá El amhor, los orsinis y la muerte (1969) y Cómico de la lengua (1973), sus libros más difíciles. Todos fueron reeditados en los últimos años. En 1975, en París, muere su pequeña hija, de pocos meses de edad. Sánchez empieza a tener alucinaciones auditivas que le ordenan caminar sin pausa durante varios días, perdiendo ropa y puntos de referencia. Después está en Los Angeles, después en Nueva York. Convencido de las enseñanzas de Gurdjieff, Sánchez creía que viviría hasta los 300 años.
Recién en 1986, con un pasaje pagado por su madre, vuelve al país. Sólo trae consigo un bolso de mano con un espejito y una navaja para afeitarse. Como si hubiese querido volver a la literatura, retomar un hilo después de tanto silencio, en 1988 publica un libro de cuentos con una fuerte marca autobiográfica: La condición efímera . Y volvió a callarse. Cuando le preguntaban por qué no escribía más, él respondía: “perdí la épica”. Néstor Sánchez murió en 2003.
En su investigación, Baigorria les pregunta a escritores amigos de Sánchez por la influencia de Gurdjieff. Liliana Heer le responde que el Trabajo de Gurdjieff le permitió a Sánchez escribir y publicar por lo menos tres libros: El amhor…, Cómico de la lengua y La condición efímera. Para Hugo Savino, en cambio Gurdjieff le “estragó” el verbo a Sánchez. “Imaginate, un escritor de su estatura, someterse a la violencia de no escribir para dedicarse al Trabajo”, señala.
Baigorria arriesga una tercera hipótesis: Gurdjieff no incitó a Sánchez a dejar de escribir. Le permitió elaborar el duelo por haber abandonado la escritura, algo implícito “en la concepción de Sánchez del arte y de la vida. El abandono, la deserción, configurarían su gesto como artista”, dice Baigorria. Y concluye: “Sánchez perdió la épica, pero no la ética.”
Sobre la base de numerosos testimonios, Osvaldo Baigorria tienta, de manera muy personal, la escritura de una biografía del huidizo escritor argentino Néstor Sánchez
En el principio fue, para Osvaldo Baigorria, una imagen, una fotografía que acompañaba la entrevista a Néstor Sánchez publicada en la revista Cerdos & Peces , en mayo de 1987. En esa fotografía, aparecía un hombre de barba rala que, en contraposición al aspecto de un escritor de entrecasa, era "casi un artesano en feria hippie ". Difícil -si no imposible- no pensar que se trataba de un retrato del propio Sánchez, luego de dieciocho años de itinerancia continua, sobre todo para quienes -como a la sazón Baigorria- desconocían al autor de Cómico de la lengua . Unos cuantos años más tarde, sin embargo, Baigorria se daría cuenta por otro artículo periodístico de que aquel hippie , que aún refulgía en su memoria, no era Sánchez, cuya traza se correspondía, en todo caso, con la de un tanguero. Equívoco mediante, lo que importa aquí es que para ese entonces Baigorria ya estaba bajo el efecto Sánchez.
Ahora bien, más concretamente aquello que estimuló a Baigorria a investigar acerca de Néstor Sánchez (1935-2003) se cifra, como él mismo hace explícito en las primeras páginas del libro, en dos interrogantes que no conducen sino al desvío y, en un sentido amplio, a la pérdida. Baigorria se pregunta, pues, por la génesis de la renuncia de Néstor Sánchez a la escritura y, consecuentemente, por los años que éste pasó como vagabundo, apegado al Trabajo de Gurdjieff, en Nueva York y en Los Ángeles. Si la voluntad de desacato fue, en lo que se refiere al autor de La condición efímera , lo que estableció que vida y obra vibraran como -para decirlo con palabras de H. A. Murena- "un traslúcido entrecruzamiento de acordes", por su parte Baigorria, sensiblemente ejercitado en el ritmo del deambular serpenteante, entiende que la aproximación a la figura fugitiva de Sánchez, el ir tras esa quimera de faz evanescente, se vuelve posible sólo si se toca, si se improvisa encima de él, pero sin recalar en la identificación mimética ni en los remilgos de la hagiografía. Va en pos, entonces, de una coalescencia sustentada en motivos e intensidades, que tienen por raigambre el espíritu nómade, el ir en contra de "la murga", común a ambos. Por eso, Baigorria -oído alerta- dice que escribe con Sánchez. Deriva así su prosa, relampagueante y desamarrada, creando las condiciones para que esa intimidad, esa soledad compartida, se desarrolle, sin importar que eso suponga quedar expuesto al contagio "no de una prosa sino de un aura". "Todo proceso auténtico de escritura es un proceso de pérdida", decía Sánchez. Y Baigorria no puede sino suscribir, detallando que, una vez inmerso en la escritura de Sobre Sánchez , perdió "dinero, ocupación, rumbo, sentido, tierra firme y salud (también mental)". Es que la función creativa, es dable decir siguiendo a Bataille, compromete la vida misma del que la asume. Cuando siente que la empresa lo sobrepasa, Baigorria repite para sus adentros, a modo de amansalocos que lo mantiene a flote, "yo remo", aludiendo al poema de Michaux del mismo título. Nada más pertinente acaso para quien, establecido en una isla del delta del Paraná, ve cómo el terreno en el que está construida su casa empieza a inundarse mientras intenta escribir Sobre Sánchez . La biografía de Baigorria, que incluye también un periplo rico en aventuras por América del Norte, se infiltra tumultuosamente en el cuerpo de la investigación, prolifera en extensas notas al pie que conforman una de las tres secciones del libro, ligando notas propias sobre el diapasón que ofrecen las circunstancias biográficas de Sánchez.
Osvaldo Baigorria hace, asimismo, acopio de testimonios de quienes, en distintos momentos, fueron parte de la vida de Sánchez. De todos ellos, el más conmovedor es, quizás, el de su hijo Claudio, no sólo por el lazo de sangre, sino también porque, a partir de su relato, se atisba la magnitud del -si cabe- despertar metafísico de su padre y cómo éste incidió en el vínculo entre ambos. Tras más de una década de búsqueda infructuosa, Claudio recibe una carta, firmada por una mujer de nombre Cecilia, con la dirección de su padre. Así, se entera de que vive en Los Ángeles y le escribe para saber cómo está. Como respuesta, recibe una parrafada distante y hermética, escrita bajo el influjo de Gurdjieff. Luego del impacto, y para mantener el contacto, Claudio entra en la frecuencia de su padre. Ese intercambio epistolar preludiará el regreso de Néstor Sánchez a Buenos Aires.
Sobre Sánchez es, en suma, un libro hecho de múltiples y luminosas fibras que "hurga en la rajadura de la tela".
Este año se reeditaron sus dos primeras novelas en España y un libro de conversaciones en Argentina. Aproximación a la vida y a la obra de un escritor que siempre vuelve.
Por Gonzalo Leon
Perfil, 21/ 97 / 12
1. La desaparición. “¿Alguien sabe dónde está mi padre?”, preguntaba en 1982 Claudio, hijo de Néstor Sánchez, un escritor de culto que en ese momento ya había publicado buena parte de su obra: Nosotros dos (1966), Siberia Blues (1967), El amhor, los orsinis y la muerte (1969) y Cómico de la lengua (1973). Claudio, quien no tenía noticias de su padre desde finales de 1972, había iniciado la búsqueda de su padre en 1978. La hipótesis de que había sido capturado y desaparecido por la dictadura rondaba su mente. La agente literaria Carmen Balcells entonces respondió a la inquietud de Claudio: “Tu papá desapareció completamente de mi órbita”. En junio de 1982 por fin tuvo noticias de él y, pese a que en 1986 regresó a Buenos Aires y dos años más tarde publicó su primer libro de relatos (La condición efímera), lo cierto es que para la gran masa de lectores es un escritor que desapareció hasta su muerte, en 2003, o si es preciso rectificar, hasta este año, en el que una editorial española reeditó sus dos primeras novelas y hasta la reciente publicación de El drama sin atenuantes: conversaciones de Néstor Sánchez y Carlos Riccardo (Letranómada); además, dentro de unos meses Editorial Mansalva reeditará Nosotros dos y una aproximación a su vida y obra escrita por Osvaldo Baigorria, y no sólo eso, porque para el próximo año su hijo prepara la edición de un libro de cartas.
2. La importancia. A esta altura, con tanta avalancha de publicaciones, se hace necesario consignar la importancia de la obra de Néstor Sánchez, porque para algunos no es más que uno de los tantos epígonos de Julio Cortázar y para otros, como Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda, es parte de un contracanon que surgió en los ochenta y que incluye a Héctor Libertella, Fogwill, César Aira, Osvaldo Lamborghini, Manuel Puig, Copi, Néstor Perlongher, Héctor Viel Temperley, Alejandra Pizarnik y Ricardo Zelarayán. Este nuevo canon, según Tabarovsky, “implicó un antes y un después, un corte epistemológico que incluso sirvió para erosionar (ya que es imposible derrocar) al Gran Canon Nacional. Puig sirvió para cargar contra Borges, Lamborghini contra la derecha literaria y Néstor Sánchez para crear una nueva tradición urbana post-arltiana”.
3. Influencias. Basados en el epígrafe de su primera novela y en los comentarios elogiosos del mismo Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos (“Sánchez tiene un sentimiento musical y poético de la lengua”), se siguió insistiendo en lo de epígono. Sin embargo, la influencia de Roberto Arlt es evidente, sobre todo en su primera novela donde aparece nombrado dos veces. Enrique Vila-Matas –quien hace un año escribió que la lectura de Nosotros dos fue decisiva para escribir su primer relato– tiene un miniensayo en donde explica el modo para detectar la estética arltiana en uno de sus aspectos: “Roberto Arlt, al escribir sobre ventanas iluminadas en la alta madrugada, decía: ‘¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si, en ese momento en que la ventana se ilumina, un hombre hubiera estado ahí espiando?’. Esto lo escribió mucho antes de que tuviéramos noticia de cierta ventana indiscreta…”. Para comprobar la influencia de Arlt en Sánchez sólo basta leer el primer párrafo de Nosotros dos: “La tarde en que me asomé definitivamente a esta ventana una mujer sola con una malla roja tomaba sol entre las sábanas recién tendidas”. Pero Sánchez es más que Arlt o Cortázar. Como escribe Mariano Fiszman en el prólogo del libro de conversaciones, él era un escritor “muy literario (citas, referencias, máxima atención al lenguaje, escritura poemática), y cuyos libros son una buena muestra de la cultura del momento en que se escribieron”. En su obra ocurre el vagabundeo –en Nosotros dos, por ejemplo, el protagonista recorre desde Villa Urquiza hasta Banfield, pasando por Olavarría, Congreso, Colegiales, Constitución, Caballito; en Cómico de la lengua la acción se traslada a un Estados Unidos irreal –tal como ocurrió con su vida personal–. Los beatniks, los surrealistas franceses, el jazz, el tango, la poesía son sus otras influencias. Quizá de ellos llegó a la conclusión de que, como dice Osvaldo Baigorria, no hay que ficcionalizar, sino más bien “captar el ritmo de lo que sucede”. En palabras de Sánchez: “hay una escritura ficcionalizadora, digámoslo así, que propugna la acumulación de acontecimientos, de pautas, mientras que la verdadera escritura, la mejor orientada, significa un período de pérdida”.
4. Conversaciones (primera parte). Osvaldo Baigorria lleva más de veinte años interesado en la figura y en la obra de Sánchez. A finales de los ochenta una entrevista a él en la revista Cerdos & Peces le llamó la atención al hablar de la conducta del lumpen: “Antes, los que seguían el camino del lumpen tenían las cosas muy claras. El código del escritor lumpen, del poeta, era sencillo: 1) No hacer la carrera literaria, 2) No ganar ningún premio nacional, 3) No hacer periodismo y 4) No hacer publicidad”. En esa misma entrevista contaba cómo había subsistido en Estados Unidos con dos dólares por día. Al igual que Sánchez, Baigorria ha tenido una vida relativamente nómade. Por eso, entre tantas cosas, “mi manera de investigar no tiene que ver con situarme fuera del objeto, porque eso hubiera sido una impostura”. Este autor conocido por el libro de cartas de Néstor Perlongher, Un barroco de trinchera, aclara que lo que está terminando no es una biografía: “Para mí el gran enigma a descifrar de la vida de Néstor Sánchez es cuando renuncia a la escritura. Pero en ese enigma sólo puedo aproximarme, porque él abandona la escritura para dedicarse a una disciplina corpo-espiritual que lindaba con la locura”. El libro de Baigorria es un híbrido: tiene partes de ensayo, de diario de vida, de memorias y de narración. “Si tuviera que llamar esto de alguna manera lo haría como postransbiografía: escribir con Sánchez en vez de escribir sobre Sánchez”.
5. Su misticismo. Néstor Sánchez no fue el primero ni el último escritor o artista seducido por las enseñanzas del ruso Georgi Gurdjieff. Cayeron bajo su seducción escritores como Katherine Mansfield y Rene Daumal, pero también el director de teatro y cine Peter Brook. La principal difusora de las enseñanzas de este “cristiano esotérico” fue Madame de Salzmann, que había conocido a Gurdjieff en el Cáucaso durante la Primera Guerra Mundial. Gurdjieff murió en 1949, por lo que Sánchez no lo conoció directamente; gracias al libro de memorias de Peter Brook, Hilos de tiempo, podemos tener una idea de sus enseñanzas: “En un estado más burdo, todos los argumentos son válidos porque todas las elecciones son la misma. El enigma es cómo descubrir qué puede conducirnos a otro estado, más hondo, más auténtico... El esfuerzo sólo tiene cabida si conduce a un misterio llamado ausencia de esfuerzo…”. El contacto con estas enseñanzas hizo viajar a Brook por Afganistán y Cuba, e influyó en su obra, renovando el teatro de su época con montajes como Mahabharata y Marat Sade. Pero también en el cine se notó esta influencia: el guión de su película Encuentro con hombres notables (1979) lo escribió junto a Madame de Salzmann, y está basado en el libro homónimo de Gurdjieff. Al comienzo de la película hay una secuencia reveladora: un grupo de músicos a los pies de una montaña participa de una especie de competencia, hay personas observando el desempeño de los músicos por toda la montaña, pero la decisión final no la toma ni la gente ni un jurado, sino la naturaleza, o la extensión del eco en la montaña. A diferencia de Brook, Sánchez mantuvo contacto con el hijo de Madame de Salzmann, Michel, quien había creado la Fundación Gurdjieff de Caracas. ¿Pero cómo este escritor se hace seguidor de Gurdjieff? En 1967 Sánchez llega a Lima y acude a uno de los encuentros que lo iniciarían en el aprendizaje de este cristiano esotérico. “Las cosas escuchadas y lo poco leído me dieron una impresión muy grande”, cuenta Sánchez en el libro de Carlos Riccardo. Cuando regresa a Buenos Aires le informan que hay un instructor y la influencia personal de este misticismo pasa a su narrativa, especialmente en El amhor, los orsinis y la muerte (ver recuadro). “Después quemo las naves”, prosigue, “y me voy a Iowa con una beca, que no soportaré. Recalo en Nueva York. Conozco a Nathalie, que es la hermana de Michel”.
6. Conversaciones (segunda parte). Carlos Riccardo es escritor, traductor y fue coeditor de la revista tsé-tsé. Cuando tenía una librería, después de una estadía en México, se encontró entre los anaqueles con Siberia blues. Riccardo recuerda que cuando leyó el epígrafe de Charlie Parker y luego el primer párrafo, no pudo parar. Hoy el libro de conversaciones entre él y Sánchez es una realidad y considera que con él ya pagó una deuda, ya que no quería que apareciera con Néstor vivo; luego, distintas circunstancias volvieron a postergar su aparición. Hoy ya está en librerías y “más que un libro de entrevistas o de diálogos, éstas son parte de las conversaciones que sosteníamos en diversos bares; son, por decirlo así, improvisaciones, en las que tomábamos cerveza, comíamos, hablábamos de literatura, o bueno, yo trataba de hablar de literatura, porque él quería saber qué le había pasado”. Riccardo cuenta que Sánchez sufría mucho con lo que él llamaba “toques”, que era cuando le daba por caminar y caminar sin destino por Buenos Aires. La mayoría de las veces terminaba internado en el Borda. Discrepa con la creencia de que Sánchez no hubiera querido hacer carrera literaria, sí quiso hacerla, “pero se le metió Gurdjieff en el camino, y eso lo jodió. Hubo cosas en las que él creyó, como en este misticismo o en vivir mil años, estoy dando un ejemplo burdo porque nunca me interesó adentrarme en Gurdjieff”. Carlos Riccardo empezó a frecuentar a Néstor Sánchez cuando estaba corrigiendo La condición efímera; por esos años Sánchez quería crear el Grupo de los Diez con una intención que excedía lo literario. Dentro de los aspectos biográficos, le duele que este autor haya tenido que vivir en la calle en París, y concuerda con que era un escritor lumpen: “Es uno de los temas en la vida y en la obra de Néstor y hay por cierto varios elementos que giran alrededor: la presencia del jazz y del tango en su obra y su escritura improvisada o poemática”. La literatura que le gustaba a Sánchez era aquella que no se podía resumir por teléfono, “por eso los libros de Néstor no se pueden contar o resumir, ¡hay que leerlos!”. Según Riccardo, tarde o temprano este libro hubiera salido a la luz porque “Néstor es un escritor de culto que siempre va a encontrar gente que mueva su obra, porque está viva”.
7. El hijo. En 1982, cuando Claudio Sánchez recibe noticias del paradero de su padre comienza a recibir correspondencia de él. Curiosamente las cartas eran instructivas, en cambio las dirigidas a su madre eran explicativas. Pese a retomar el contacto, Néstor Sánchez siempre estuvo convencido de que así como no podía dedicarse a los negocios tampoco podía “formar una familia”, cuestión en la que su hijo ahora concuerda. Quizá la temprana muerte del abuelo de Claudio a los dieciocho años hizo que su padre estuviera en contacto, anticipadamente, con ese hecho inevitable, que él consideraba “antiético”. La imposibilidad de formar una familia, pese a tenerla, y la inminencia de la muerte, y combatirla, son algunas de las paradojas de su vida. Claudio Sánchez piensa que la muerte de su abuelo liberó a su padre en algún punto: “Es muy difícil que un porteño considere que tiene que irse para siempre de Buenos Aires, tienen que darse coordenadas muy fuertes para que eso suceda”. El verbo ir o irse está conjugado en la obra de Sánchez de distintas formas: siempre hay un personaje en un andén, que ya se fue, que está a punto de irse o que sencillamente desapareció. “Sé que en un momento sintió que debía salir al mundo”, dice Claudio, pero además su padre rompió con el barrio: “¿Sabés lo que es para un porteño romper con su barrio?”.
Pese a lo que se cree, Néstor Sánchez no era de Villa Urquiza, sino de Villa Pueyrredón. Más allá del barrio, la voz de Sánchez es tan singular, que para su hijo llegó a ser algo tangible, ya que él digitalizó en CDs los casetes de las conversaciones entre su padre y Carlos Riccardo, y por mucho tiempo “consumió su voz”. Quizá por eso quiere que se conozca la obra de su padre, porque, tal como adelanta, hay más: nada menos que un libro con unos inéditos en preparación. Concluir que hay Sánchez para rato no sería novedad; decir que siempre estuvo tampoco; porque eso es precisamente lo que hace un escritor sin atenuantes: perdurar más allá de la muerte.