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lunes, 29 de junio de 2020

Baroja y Defoe / Dos diarios de mar

Ilustración de Fernando Vicente
Ilustración de Fernando Vicente

Dos diarios del mar


Miguel Muñárriz
30 de junio de 2016

Las novelas sobre el mar se cuentan entre las mejores lecturas de la adolescencia. Es un género en sí mismo que nos ha formado como lectores, pero ya no hay territorios ignotos a los que lanzarse con la imaginación. Además de clásicos como Moby Dick, de Melville; Narración de Arthur Gordon Pym, de Poe; todo Conrad o La isla del tesoro, de Stevenson, yo he querido rescatar dos novelas que tienen en común el diario para contar una historia. Me ayudan las dos ilustraciones de Fernando Vicente que abren y cierran este post. Dos ilustraciones que nos transportan a ese mundo perdido que solo recuperamos mediante la literatura. Dos ilustraciones con el sello inconfundible de uno de los mejores artistas de este país.

Borges traduce a Baroja / La Feuille de Ginebra


Pío Baroja
Ilustración de Fernando Vicente




BORGES TRADUCE A BAROJA 
LA FEUILLE DE GINEBRA



Ana Gargatagli
Departamento de Filología Española
Universitat Autònoma de Barcelona

1611 Revista de historia de la traducción No. 11 / 2017



1. La Gran Guerra

El primer ensayo de Jorge Luis Borges apareció el 20 de agosto de 1919 en el diario La Feuille. Journal d'idées et d'avant-garde de Ginebra. Aquel día de agosto dos crónicas compartían el espacio: una Chronique des lettres allemandes de Ivan Goll sobre el poeta alsaciano René Schickele y, simétricamente alineada, la Chronique des lettres espagnoles que contenía Trois nouveaux livres, referido a Pío Baroja, Azorín (José Martínez Ruiz) y un Ruiz Amado. Borges lo escribió en francés.

La fecha es singular. Pocas semanas antes se había firmado el discutido tratado de Versalles que signó la paz definitiva y las fronteras y los puertos de Europa estaban abarrotados con los miles de soldados que regresaban a casa. Trescientos mil soldados norteamericanos, los últimos de tres millones y medio, partieron del puerto de Brest en septiembre de 1919, casi al mismo tiempo que se liberaban a los prisioneros de guerra, que Gran Bretaña restituía la libertad de los objetores de conciencia encarcelados y unos meses después de que por París desfilaran, festejando la victoria, los ciegos, los mutilados, las tropas estadounidenses, belgas, checas, británicas, griegas, portuguesas, polacas y, por fin, las francesas porque en su territorio habían sucedido los combates más terribles y la mayor parte de las muertes. El peregrinar de hombres iba por campos y pueblos arrasados, por capitales donde hubo hambre, por ciudades en las que se habían hacinado los heridos y en cuyos alrededores se levantaban tumbas sin nombre para reunir a los muertos: los de la guerra y las victimas de un mal circunstancial y sucesivo, la epidemia de gripe que produjo tantas víctimas como la misma guerra.