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jueves, 26 de mayo de 2022

Triunfo Arciniegas / La luna y la gardenia




Triunfo Arciniegas
Biografía

LA LUNA Y

LA GARDENIA



Ahora sé para qué hemos venido. Nadie, ni por su parte ni por la mía, sabe que estamos juntos en esta pequeña ciudad de piedra donde llueve desde hace tres días. Casi no salimos del hotel. En alguna pausa de la lluvia corremos al restaurante o al museo. Ya vimos todo lo que hay que ver y hemos decidido quedarnos hasta morir. Eso dijimos. Le pregunté cuánto nos quedaríamos en Pinar del Río. "Hasta morir", dijo. Entonces aún no sabía a qué vino conmigo esta mujer. A qué vine con esta mujer.

Ya no hay río.

No hay pinar.

Nos enredamos una y otra vez, cada vez que mi cuerpo se reanima, porque ella siempre está dispuesta, siempre se abre, alguna parte de su cuerpo se abre y entro y me revuelco y me derramo.

Veo la luna y la veo dormir.

No puedo dormir. Soy un vampiro. Asesiné el sueño.

La veo dormir con la boca abierta, y su cara pierde toda gracia y toda belleza. Nunca he podido precisar su edad: entre cuarenta y cincuenta. A veces la veo como una niña, a veces como una anciana. Habla de la antigüedad como si hubiese vivido en ella, repasando historias de brujas y orgías, reyes y cortesanas, como si hubiese dormido con los protagonistas. Si tuviese los ojos abiertos, vería el párpado caído. Si hubiese más luz contemplaría el tono morado de sus mejillas, la flacidez de la carne, ciertos bultos junto a las ventanas de la nariz, los surcos del cuello, el inocultable maltrato de las manos. Soy un gato, me acerco, la examino. Desarmada, sin su sonrisa. Sin los vaqueros que redondean la delicia del trasero. Le sirve la ropa de su hija, una preciosa adolescente que se pasea desnuda por mis sueños. La huelo, la husmeo, la respiro. Nunca he sabido su olor propio: nada en perfume. El mismo cuarto es un perfume. La gardenia que alguien le obsequió mientras me esperaba en el aeropuerto, toda pellizcada, pues la espera fue larga debido a que confundí la hora de su vuelo, apesta en el lavamanos.

Dormida, dice algo en otro idioma, se da vuelta. Enciendo un cigarro. Salgo al balcón, desnudo. Sólo nos vestimos para salir a comer. Traemos cosas, pan y vino, algunas frutas, para ahorrar salidas.

Estoy frente al jardín. Frente a un solar. Una selva en miniatura. Las plantas crecen a su antojo. O como si alguien las halara de los cabellos hacia el cielo. La luna les da ese toque mágico tan apreciado por los poetas. Al otro lado, después de un corredor, después de unas escaleras, después de una puerta de madera muy antigua, muy pesada, está la plaza de piedra que aún huele a sangre. En un solo día, hace siglo y medio, fusilaron a treinta hombres.

Es como una luna de miel. No es de miel la luna que me baña en el balcón. Nos odiamos. Nos hurgamos sin lástima, nos recorremos con la lengua untada de un rencor áspero que nos corta la respiración. La exaspero, la hiero, la descontrolo. Me golpea en el pecho y llora. Le hablo de mujeres, muchísimas mujeres, de sus perversiones, uso y abuso de la colección de frases de amor que conservo en la cabeza. La dejo llorar y luego la acaricio con fastidio y la consuelo. Todo es mentira, mi amor, sólo te amo a ti. La penetro una y otra vez. "Hazme lo que quieras", dice. Vuelve a dormir.

¿Con quién se divierte mientras duerme?

Es una puta mientras duerme. Se despierta feliz, se relame, me sonríe, y siempre pienso que sonríe a otro.

Nadie la sabe conmigo. En realidad es la mujer de otro desde hace varios años. Para él, que ignora nuestra relación, viajó a la finca de su amiga. Ni siquiera su amiga la sabe conmigo. Ni su hija.

No tengo celos de ese hombre. Es como su padre, y con la edad suficiente para serlo: la vigila, la cuida, la mantiene para mí. Es más que un padre, porque un padre puede burlarse fácilmente, un padre no se mete a la cama. En cambio, este hombre la posee y la mantiene ansiosa, incluso cuando la posee la mantiene para mí.

No debo preocuparme. Nadie conoce mi paradero. A veces es como si no existiera. Ni siquiera ella sabe dónde vivo. Voy de hotel en hotel, de ciudad en ciudad, de oficio en oficio. Me basta con recoger dos pantalones y unas camisas en una bolsa de lona que ato a la parrilla, enciendo la motocicleta y entro a otra vida, la misma pero con otros rostros, otras víctimas. Así voy. La llamo y concretamos una cita. Guardo la motocicleta porque detesta que el viento la despeine, y tres o cuatro días de hotel, interrumpidos por algunas películas y una noche de baile, nos sacian y aburren. Quedamos sin ganas, pero dos o tres meses después la vuelvo a llamar. Así por más o menos tres años, desde cuando la sorprendí en El Ojo de Vidrio con una novela de Alberto Moravia y, fascinado por la perfección de sus pies, me las ingenié para saber su teléfono. La acosé un par de días, bebimos unos rones, la revolqué en una pensión barata y se me rindió sin condiciones para siempre. Tres, cuatro años, no lo sé bien. Además de que confundo las historias, no celebro aniversarios.

He perdido la cuenta. Diciembre. Una vez más. El pozo pestilente de un diciembre, que en otros desata la locura y en mí sólo el hastío. Es martes o miércoles. Hora de volver. "Hasta morir", no creo que lo haya dicho en serio, en el sentido literal, digo. Jugando me acaballé sobre ella y la cubrí con la almohada un largo rato el primer día. Al retirarla, vi el terror en sus ojos, oí su asombro: "Querías matarme". Jugaba entonces. Pero ahora sé que volveré solo a la ciudad, recogeré la motocicleta del garaje y abandonaré este sórdido capítulo de semen y lágrimas. Siempre me pregunté si sería capaz. Siempre me pregunté qué se sentiría, y aún no lo sé. Me llevaré sus ropas para arrojarlas o quemarlas por el camino, y su dinero, por supuesto. Encontrarán el cuerpo frío y sin documentos, no sabrán su nombre ni sus señas. Ahora entiendo la imagen que me ha perseguido durante años: una mujer desnuda en una cama de hotel, las veinte uñas recién pintadas, el pubis rasurado y los pezones mordidos, sin documentos de identidad. Son falsos todos los datos registrados en la recepción del hotel, requisito indispensable para salvar su honor. Casi no me han visto, casi nadie nos ha visto, tampoco importaría. Cerraré con sigilo la puerta del cuarto del fondo del segundo piso de esta casa antigua, pasaré como un fantasma frente a todas las puertas cerradas y, después de las escaleras, frente a un recepcionista adormilado, disimulando el equipaje, saldré a la madrugada de la plaza de piedra y tomaré el primer autobús.

Aún se percibe el olor de la sangre entre las piedras.

El viento arrastra el polvo del desierto hasta la plaza.

En el patio del hotel, según se dice, una mujer cosió a tiros a un hombre tendido en una hamaca. Su fantasma todavía fuma entre los naranjos. La brasa del tabaco se confunde con las luciérnagas.

De niño me enviaban por sangre al matadero municipal. "Ve por el pichón", decía mi madre. Aún me persigue el ojo desorbitado de la bestia recién acuchillada, maniatada, tendida sobre el piso mojado. La sangre, espumosa y brillante, se coagulaba con prontitud en la jarra. Una vez cocida, mi madre la mezclaba con el arroz, y comíamos nuestro manjar de pobres en silencio, casi siempre sin papá, que bebía hasta caer rendido en alguna cantina.

Se quedó mirando un niño que jugaba al trompo en la plaza durante una de las escasas pausas de la lluvia y dijo:

–Así soy: un trompo en tus manos.

La miro con rabia una vez más, tendida, descuidada. Arrojo la colilla y cierro la puerta que da al balcón. Me tiendo a su lado, la acaricio despacio, despacio, hasta su garganta, mientras ronronea. Ahora sé para qué hemos venido.


Bogotá, 1992.
Muertas de amor


domingo, 12 de abril de 2020

Triunfo Arciniegas / El lobo y las ovejas




Triunfo Arciniegas El lobo y las ovejas



https://www.youtube.com/watch?v=RaFm5owwS8Y&feature=share
EL LOBO Y LAS OVEJAS
en la voz del autor

No tengo suerte con las ovejas. Se burlan de mí. El otro día atrapé una oveja verde. Sé que no hay ovejas verdes, pero ésta fue la única que se dejó alcanzar. El hambre no está como para despreciar un color.
Le di un mordisco y me quedó la boca llena de lana verde y amarga. Estuve vomitando todo el día. Y todo el día oí las risas de las ovejas.
Y en la noche, para colmo de males, tuve un susto de muerte. Una extraña criatura cubierta de hojas secas me persiguió hasta la cima de la montaña. Me hizo suplicar por mi vida. Y luego se quitó una tras otra las hojas secas que se había pegado con miel. Huyó antes de que le diera un mordisco. Maldita oveja.
–Te dejé un tarrito de miel para que me perdones la broma –gritó.
Encontré el tarrito y lo abrí. No era miel. Eran abejas. Docenas de furiosas abejas que me atacaron sin piedad.
La hinchazón me duró tres días.
Abundan las ovejas en el valle pero no tengo suerte. Por eso mismo abundan.
El otro día se me acercó una oveja y me dijo:
–Soy tu cena.
No podía creer que mi suerte hubiera cambiado así no más
–¿No quieres que sea tu cena? –dijo la oveja.
–Por supuesto que quiero.
–Caí del cielo a tu mesa –dijo la oveja–. Podrás comerme tan pronto estés listo –dijo la oveja.
Hizo que me bañara en el río y le cantara al sol brincando en una sola pata. Hizo que devorara ciertas hierbas y que me cortara las uñas. Me sentí puro e iluminado.
–Estoy listo –dije.
–Por último, debes meditar en la cueva de los tigres y soportar la lluvia.
–No llueve en las cuevas.
–En la cueva de los tigres, sí.
–¿Y los tigres?
–No temas –dijo la oveja–. Están de vacaciones.
Así que fui a la cueva de los tigres y medité, en total estado de santidad.
–Cierra los ojos porque viene la lluvia –dijo la oveja.
Y casi me mata una lluvia de piedras.
No pude moverme: me dolía todo.
Los tigres llegaron y no me creyeron que había entrado a su cueva para meditar. Me apalearon hasta cansarse y me botaron al camino como una alfombra vieja. La oveja se me acercó y jugó con mis orejas.
–¿Me reconocerías si me pinto de verde? –dijo.
Me arrancó un pelo del bigote.
–¿Me reconocerías si me cubro de hojas y te regalo un potecito de miel? –dijo.
Me retorció el rabo. No me dolió porque no sentía absolutamente nada.
–Me voy porque veo que ya no tienes apetito –dijo la oveja. 
Y se fue.
Me retiré al desierto, donde no aparecen ovejas verdes ni monstruos cubiertos de hojas secas, pero mantengo un ojo cerrado y otro abierto por si acaso. De noche, todavía me duelen los huesos. 

Triunfo Arciniegas
Cuando el mundo era así
Bogotá, Cataplum Libros, 2017, pp. 40-55           


viernes, 26 de febrero de 2016

Triunfo Arciniegas / El jardín del unicornio


Fotografìa de Gabriele Rigon

 Triunfo Arciniegas
EL JARDÍN DEL UNICORNIO


Sin lugar a dudas, mi mujer es un animal peligroso. Los  amigos me festejan la frase: la toman en broma. Todos mis años haciendo lo que me venía en gana y ahora, desde hace tres, lo que le viene en gana a ella. Aunque en casa se hace su soberana voluntad, sé qué no vive contenta. Terminará por largarse, cerrando nuestro dulce calvario. No importa qué haga para conservarla porque de  todos modos terminará amontonando las muñecas en la vieja maleta de su madre y una tarde de éstas encontraré la carta de tibios garabatos debajo de la almohada.  Temo su ausencia, temo que la casa vacía me aplaste, y cada vez que abro la puerta y la veo, sorprendido, experimento cierta felicidad. Aplacar su deseo es la única manera de arrancarle un poco de ternura; gime, llora, grita como una loca y me deja la espal­da en carne viva. Por eso digo que es un animal peligroso. Grita barbaridades de camionero, se dice que es mi perra y me persigue la oreja con furia vangoghiana. Definitivamente es un animal peligroso. No soporta los retrasos, para empezar, aunque nunca aparezca cuando la espero en un parque, sin paraguas y muerto de hambre; siempre perdemos el comienzo de las películas y siempre llegamos cuando ya no nos esperan. Me descuida pero no suelta la cuerda. Reclama con minuciosidad el itinerario de mis días y sus preguntas tramposas pretenden hacerme caer. No voy muy lejos, no me da tiempo de nada. Conoce todos los teléfonos para cerciorarse de mi paradero. Si chasquea los dedos aparezco batiendo la cola y lamo su mano. Le soy fiel por comodidad o, como dicen los amigos, por instinto de conservación. Por otra parte, debo admitirlo, no caen muchas con esta cara de burro y el arte de la seducción es el arte de la palabra, el sosiego y la magia, del acecho y el zarpazo, de detalles, de calculadas esperas, del cielo no cae ninguna, amores fáciles sólo en las películas. Ojalá las mujeres me persiguieran como lo hacen en su imaginación: como mosca vuelo de orgía en orgía. Ni raja ni presta el hacha, quiero decir, ni me mantiene ni deja que encuentre quien me mantenga, ni hacha ni presta la raja, dirían mis amigos. De todos modos, venía diciendo que no soporta que llegue tarde y debo inventar disculpas cada vez más ingeniosas o verdades a medias o verdades enteras que generalmente no acepta. Cuanto más grande es la mentira más difícil de susten­tar, y sostener, claro, aunque es ésta precisamente la que deja los mejores resultados por el momento. Habla poco pero siempre me asombra su terquedad para desmigajar mis argumentos. Esta vez, debido al cansancio, prefiero la verdad: me entretuve negociando un unicornio. Ofrecí hasta ciento cincuenta pesos pero no bajaron de doscientos cincuenta. No me pareció caro pero tampoco andaba muy deseoso de un unicornio, sólo quería darle la sorpresa al ángel de mis tormentos. De pronto una sorpresa funciona. La otra noche, para disculpar la borrachera, aparecí con un precioso gatito negro de diez pesos en el bolsillo: fue maravilloso mientras el gato nos acompañó. Porque luego, mientras le explicaba que el día menos pensado lo veríamos otra vez junto al plato de leche, que estos animales son unos vagabundos desagradecidos por naturaleza, me estrellé contra el muro de silencio y tedio: una fuerza ciega y peligrosa que me envuelve y me acorrala como un huracán. Cuando se pone así le molesta hasta mi manera de caminar, de masticar, de peinarme, no puedo cantar en el baño o arrastrar la silla al sentarme. Entro a otra estación en el infierno, la mujer se cierra día y noche, en cuerpo y alma. En pocas palabras, se vuelve insoportable. Después del gato, fracasé con el canario, también con el par de loritos y la ardilla que arruinó los muebles: a todos encontró defectos y a todos descuidó hasta tal punto que me vi en la necesidad de remitírselos a distintos vecinos antes de que su propia mano los pasara por la silla eléctrica. El cine, el restaurante y el vino sólo me dan una noche de tregua, y el bolsillo no alcanza para tantas treguas. Quiere una cosa, quiere otra, al rato no la quiere, la detesta; como el vestido verde que vimos a las tres de la mañana, un poco borrachos y felices. Me suplicó, me prometió esto y lo otro, me juró y al amanecer la sabiduría de su lengua me convenció. La desnudez es un arma invencible. Amorosa, ansiosa y entregada, la mujer es el remedio de toda desgracia. Por la tarde la desperté con el paquete en la mano, balanceando el dolor del precio con la intensidad del gozo: ya no se acordaba. Aunque las piernas se le veían muy bonitas y el trasero se le redondeaba con delicia, no usó más de dos veces ese vestido verde. Así es. Me exige  que le traiga el unicornio para creerme, y cuando exige, por Dios que sí, exige en serio: un índice erguido señala la puerta. Encuentro la tienda cerrada. Por fortuna, el dueño vive cerca y se compadece al verme mojado de lluvia y muerto de hastío: doscientos pesos. Hablamos de caprichos bajo su paraguas, nos estrechamos la mano como viejos amigos, que vuelva cuando quiera, los conejos son más baratos. Es un hermoso unicornio de quinientos pesos que no le teme a la lluvia, delicado, tan manso que dan ganas de soltarle la cuerda. Entramos al bar de Osiris mientras pasa la lluvia. Un borracho melancólico se queda mirándonos: "Sólo le falta un clavel en la oreja", dice. Al fondo, junto al viejo que lee el periódico con la pipa en la boca y el hilo de saliva en la quijada, un hombre maduro murmura cosas al oído de una muchacha que se muerde los labios y dirige con el dedo una autopista de cerveza sobre el vidrio, del vaso rebosante de espuma al pocillo humeante; el dedo se confabula con otro para tomar uno a uno los cubitos de azúcar y soltarlos en el humo; su otra mano envuelve la quijada y acaricia el rostro con lentitud. "O una corbata amarilla", dice el borracho. Los cabellos de la muchacha se desgajan al rostro y el cuerpo del hombre se retuerce en el territorio de los cuchillos. Osiris dibuja una cabeza de caballo, tomo el lápiz y le agrego un cuerno largo y fino, retorcido como un tornillo, casi entre las cejas, para regocijo de Osiris, quien me sonríe y pestañea como una vaca, imaginándolo entre las piernas. Pronto rechazo una oferta de cuatrocientos pesos, ni por quinientos lo daría, el aguardiente me abriga el cuerpo, el mundo gira. Una negra de teticas de golondrina se vuelve loca por el unicornio pero debo negárselo. Me gustan esos pantalones ajedrezados, qué daría por un jaque mate, el trasero, una obra maestra que bambolea con gracia, me gusta toda: la imagino de alambre dulce para los retorcimientos. Esa mano, envolviendo como una seda el cuerno pulimentado, me alborota la lujuria y es preciso volver a casa antes de caer en la tentación. Las uñas pintadas destrozan las gotas de lluvia que no resbalan del pelaje. Para colmo, ten piedad de mí, Señor, la negra me invita a conocer las fotografías de unicornios que adornan su alcoba. Le digo que a ningún hombre le gustan las fotografías de unicornios en la alcoba y se retuerce, se recoge y se lame, feliz e insinuante, casi se arranca los botones: me pregunto qué cosa me unté esta mañana. El hombre maduro se levanta y se abotona el saco, deja un billete nuevo junto a la cerveza sin terminar. Su tierna amiga sacude la cabeza para acomodar los cabellos y se levanta mientras el hombre retira la silla. Los imagino retorcidos y anudados, no tengo remedio. "Bonito animal", comenta el hombre, casi tocándolo, y desde la puerta corre cubriéndose la cabeza con un brazo. Una araña desparramada sobre el hombre, un hombre corre bajo la araña. La muchacha se recoge los cabellos en un ligero moño. Toca al animal, para darse suerte tal vez, y se decide. De prisa alcanza la puerta, se detiene para volver a mirarnos y nos dice adiós con la mano. Atraviesa la calle y encuentra al hombre en la esquina. Se muerden la boca bajo la lluvia, el hombre la abraza y desaparecen. Conservo la imagen de la muchacha: suéter gris sobre la blusa blanca, falda negra sin abertura a lo largo de los muslos, zapatos de tacón bajo y medias gruesas casi hasta las rodillas, como si todavía fuese a la escuela. Sentada a la orilla de una cama limpia, cerca de aquí, se sacará las medias salpicadas y surgirán los pies rosados. Después de secarle la cabeza, el hombre llevará sus besos desordenados hasta los peces tibios, contará los dedos, beberá una y otra vez la luz de las piernas en el altar de la adoración. Ella, en agonía, lo llamará y lo devorará. Osiris recoge el billete, el vaso y el pocillo y pasea en círculos el trapo rojo por el vidrio de la mesa. El viejo no despega los ojos del periódico ni la pipa de la boca, el borracho melancólico cabecea y se recorre con dedos torpes los labios gruesos y babosos. Ay, dos tetas tiran más que dos carretas, golondrina de mis veranos, desamparada en este mundo necesitado de sus maromas: alambre dulce que se retuerce en la magia del sudor. Ay, negra, riega sal en la herida. Mis imaginaciones son limitadas pero básicas: la saliva del delirio, la sabiduría de la lengua que abre las puertas del cielo, la miel y el sudor, soy un hombre débil. Le cambiaría el animal por unas caricias, pero quién podrá con mi mujer. La negra habla del horóscopo en mi hombro, como un viento suave, no puedo concentrarme, no entiendo, es Virgo y soy Cáncer, males que van juntos. La chica del afiche que me fascina y alguna vez negociaré con Osiris, tendida en la playa, una pierna estirada y otra en ángulo, el índice en la boca como un helado o como otra cosa que quiere probar, parece burlarse, reprocharme la estupidez. Porque mi mujer es un animal peligroso y sobre todo porque tengo que regresar. Y cuanto más tarde, peor, pienso, ante la persistencia de la lluvia, y el unicornio y yo nos echamos a la calle: se nos hace noche. Brinca de gozo, como un perrito, pero la cuerda es fuerte. Luce tan manso y sagrado como una oveja. Un clavel, dijo el borracho. Y una cinta alrededor del cuello. De pronto, cuando las cosas suceden más de prisa que en el pensamiento, pasa la lluvia y los niños ensayan barcos de papel en los riachuelos de la calle, mi mujer abre la puerta y corre a secar el unicornio con nuestra toalla y al instante le ofrece café. Los unicornios no toman café. Le sugiero que lo amarremos en el jardín porque, al fin y al cabo, para eso son los unicornios, para amarrarlos en el jardín, y me replica que el pobrecito se ensopará. No, qué tontería, les fascina la lluvia, todo el mundo lo sabe. No es más que un unicornio de jardín, no me explico el alboroto: todo lo demás es puro cuento. Al fin y al cabo, rezongando, acepta. Pero durante la noche, sin atarse la bata, a cada rato y sin permitirme ahondar en el sueño, va a la ventana y desde el éxtasis contempla al animal. Me habla de sus ojos de luna, se despierta con sus ojos de luna a las nueve de la mañana de este domingo inútil. El vecindario se alborota con el rumor del unicornio, qué bello, qué rosado, já, porque todo el mundo estaba harto de unicornios negros y deshilachados. Todo el mundo comenta cuánta falta le hacía el unicornio al jardín, hasta la señora del canario y el viejo de los loritos se acercan y, tonto y trasnochado, pienso que sí, cómo no, cuánta falta, señores. Se me quitan las ganas de pintar la cocina, de hojear el periódico, de escribirle a Vanessa. Qué despelote, loca se vuelve mi mujer con el unicornio, quién lo creyera, que una foto así, que otra así, no seas malo mijito, lindo domingo de fotógrafo. Tan loca que hasta se olvida de insistir que vuelva temprano, hasta no le importa que pierda unos minutos en el bar de Osiris, donde los amigos comentan que mi mujer no es un animal tan peligroso y piden raspadura de cuerno de unicornio para sus juegos eróticos y baba azul en un frasquito para la impotencia de un amigo que tengo y no conoces, y que no se te olvide, insisten hasta el aburrimiento, en ayunas, insisten felices, como si no supieran que durante el celo a los unicornios la baba se les oscurece a un morado de entrepierna, y el cuerno, amigos míos, se endurece como ya lo quisieran algunos a cierta hora, nadie raspa una cosa así, les discuto pero no aceptan, se ríen, me festejan las frases. Paso más tiempo con ellos, mis disparatados amigos, porque a la loca que tengo en casa ya no le importa que me emborrache y entremos a la casa cantando y me acueste con los zapatos puestos. Siempre está descalza ahora, sin brasier por toda la casa, una vieja camisa mía le sirve de vestido. Será dulce y sumisa conmigo si permito el unicornio dentro de la casa, en la alcoba luego, se ve tan desamparado el pobre en el jardín, fíjate que no le quedan hojas ni mucho menos flores, se nos va a morir. Con el tiempo, tan mansa ella, con tanta delicadeza sugiere que me quede en la sala, en el blando y delicioso sofá, y me parece bien porque no soporto la presencia del unicornio, los mansos ojos fijos en la carne. Pero dejémonos de pendejadas, las caricias terminaron con la traída del maldito animal. De pronto no le importa que venga a dormir, que no venga, que nadie saque la basura los martes y que las prendas se desparramen por todos los sitios imaginables de la casa. Los cuadros sin horizontalidad, la llave siempre abierta, la luz del baño encendida. Los trastos sin lavar, las pantuflas en ninguna parte, sin pañuelos ni medias limpios. La cama destendida, la sábana sucia y regada en el piso, entre flores mordisqueadas que nunca traje, colillas. Antes no fumaba. Antes sólo fumaba cuando bebíamos y a veces después del amor. Permanece tan distraída y distante que ya no existo para ella, a toda hora me manda de paseo. La negra muestra más interés por mí que por el tema de los unicornios y descubro las maravillas del ajedrez alrededor de su ombligo  mientras, soñolienta y plena, colmada de vida en el abandono de la casa, la mujer del unicornio sigue preparándome el desayuno. Se estira y bosteza en una confusión de pelos. "Me siento deliciosamente cansada", sonríe, huele y lame la yema de sus dedos. Sin pensarlo le digo que puedo desayunar en cualquier parte y acepta, soy un tesoro y recibo la lluvia de besos. El almuerzo no es muy bueno. Todavía está soñolienta, en bata o desnuda, oliendo a unicornio a esa hora y con los labios morados. Sólo en las noches se ve despierta y deseosa de charlar. Habla mucho mientras se baña. La escucho en las pausas del agua. Botellas vacías en el rincón de la cocina, migajas de pan en el mantel, ceniceros repletos sin comentarios de parte mía. Soy una visita agradable y discreta que retira una carta de Vanessa y los recibos por cancelar: evito la visión de su cuerpo enjabonado, que aún me hiere, le recuerdo la toalla cuando aparece mojada y sin bata, le cubro los hombros, soy una persona respetuosa. Enciende el cigarro y en su boca de pajarito sin pintar el humo es una perfección. El otro día soñé que en un potrero de tréboles mi mujer vomitaba nubes que luego la cubrían, en forma de caballo, para su escandaloso regocijo: Mujer preñada de nube, bonito título para una pintura. Oh, sí, me siento cansada, sonríe feliz y lejana, desbaratada. Hasta conseguí a alguien para enviar el mercado cada semana, hasta le ofrecí para el aseo una muchacha que rechaza porque mañana echará una limpiadita y dejé de comer del todo en esta casa, alguna vez café, nada más, gracias, un poco de azúcar, gracias. Y además, siete o nueve días atrás, saqué los libros, las fotografías y la cámara, las pinturas y los lápices, las cartas de Vanessa. Casi no la veo. La imagino en la ventana, lavada por la luz de la luna del jardín arrasado por el animal, tocándose el rostro, la mirada perdida y la maliciosa sonrisa que no se le desprende, como una Gioconda de plaza, la plenitud y el éxtasis conjugados, la imagino y me basta. O abrazándose mientras contempla la lluvia en el jardín. Casi nunca veo al unicornio. Su lengua es larga y morada y por debajo de la mesa lame los muslos de la mujer que, sonriente y dichosa, lo envía al dormitorio. Entonces me despido. Otra noche vuelvo y nadie abre la puerta, entro, sólo risas en la alcoba, me retiro con pasos de ladrón. En el jardín, mientras orino, contemplo la desolación: tallos  quebrados, flores desmigajadas, tierra revuelta y excremento de unicornio. Antes tapaba como los gatos. Me resulta difícil creer en la omnipresencia de Dios, al menos en este jardín inundado por el olor del unicornio. En toda la casa se respira este olor agrio y dulce que embriaga y adormece. Sacudo del miembro las últimas gotas. Estoy vacío, hasta del rencor y la vergüenza. Cierro la bragueta y recuerdo que antes, cuando ella era mi novia, iba a la esquina de su casa y orinaba, como un perro, borracho y coronado de polillas, alrededor del poste del alumbrado público. La espuma me hacía reír. Aún soy un perro, un perro triste que marca un territorio perdido, un perro en el jardín del unicornio. Podría decir que como este jardín desolado es mi vida pero no lo siento así. Orino un territorio ajeno y nada más. Dejo que el mundo pase con tal que me dejen vivir. Casi nadie ve al unicornio ahora pero todo el mundo opina que luce más bello. Por mi parte, cada vez que observo a la mujer mientras toma el café, los ojos cerrados con toda dulzura, un pie desnudo balanceándose, y el muslo que, apoyado en el otro, abre mi antigua bata hasta la herida, o cada vez que la recuerdo tomando el café con los ojos cerrados, extasiada por las caricias de una lengua morada, reconozco que está mucho más bella, más rosada, mansa como una oveja.     




sábado, 23 de agosto de 2014

Triunfo Arciniegas / La mano en el bosque


Fotografía de Triunfo Arciniegas
Chíchira, 2008


Triunfo Arciniegas
Biografía

LA MANO

EN EL BOSQUE




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L
ucas Malerba, estudiante universitario y destacado atleta, encontró la mano mutilada cubierta de moscas en el bosque de sus ejercicios sexuales la tarde del 13 de noviembre de 1997. Por supuesto, no era la primera vez que recorría el bosque con la amiga de turno. Lo conocía a profundidad, casi árbol por árbol, hasta los rincones más secretos, donde no llegaba la curiosidad de los niños que burlaban la escuela, e incluso lo había recorrido alguna noche desnudo y sin extraviarse, y pretendía el mismo conocimiento con la hija del doctor Malaver. Habían bailado un par de veces en El Decamerón, habían visto televisión hasta tarde en la casa del doctor y apenas se habían tocado. La muchacha se quedaba dormida en el sofá de un momento a otro, a veces en la mitad de una frase. Lucas Malerba le quitaba los zapatos y se retiraba antes de que su padre terminara el turno en el hospital. Las películas de Tom Hanks la hacían llorar. Schwarzenegger, Stallone y otros machos de la pantalla, en cambio, le provocaban náuseas. Y se moría de risa cada vez que Meg Ryan simulaba ese fantástico orgasmo en la cafetería, frente al desamparado Billy Cristal. "Las parejas que atraviesan el bosque de la mano, quedan encantadas", dijo Lucas medio en broma, medio en serio. Ella le ofreció la mano y él la guió hacia uno de esos lugares secretos. Acababan de recostarse en la hierba, con un tabaco de marihuana, cuando descubrieron la mano mutilada entre los tréboles. La hija del doctor Malaver se desmayó y Lucas tuvo ante sí dos tareas: despertar a la muchacha y entregar la mano a la policía. Por suerte no la habían destrozado los perros ni la habían devorado las hormigas. De pronto, Lucas supo que la mano podía esperar y ni siquiera espantó las moscas. La mano no tenía prisa alguna: ningún saludo pendiente, ningún adiós, ninguna partida de naipes. Una mano de hombre con una uña pintada. Lucas fumó el tabaco despacio, regocijado, hasta quemarse los dedos, como dándole tiempo a la muchacha para que despertara por su propia cuenta. ¿Cuántos cuerpos había tocado esa mano, cuántos billetes, cuántas copas de vino? ¿Cuántos sexos húmedos, cuántas lágrimas, cuántos pies tibios? Y ahora, sólo una mano muerta, un desperdicio. Después de la última chupada y excitado por el lujurioso pasado de la mano, Lucas acarició el rostro de la bella durmiente, se atrevió a besarla, le separó los labios con la lengua y hasta la consagró con un trébol en la frente. "Soy un sapo, mi reina de tréboles", dijo con voz ronca. "Vas a desencantarme." Bajó a su cuello y, una vez abierto el cierre de la chaqueta, a sus senos. Mordisqueó los pezones dormidos y luego recorrió con la lengua un vientre pálido, suave y salado, y se extasió ante la profundidad del ombligo. Citó un verso de Neruda: "Soy más pequeño que un insecto". Estrechándose, aplanándose, la araña de su mano penetró en el más bello y profundo de los bosques, de breves, suaves y bien pulidos árboles, y exploró la fuente de los deseos. “El virgo es para el marido”, había dicho la hija del doctor Malaver en repetidas ocasiones, pero siempre riéndose, como si ya lo hubiese entregado a varios maridos. Con la garganta seca, Lucas Malerba deslizó el pantalón y los calzones por debajo de las nalgas mientras la muchacha realizaba un movimiento cómplice. Lucas descubrió y separó los muslos, y luego la hizo suya. Alguien gritó en la lejanía, al otro lado de los árboles, tal vez llamando a una vaca. La muchacha despertó toda empapada, gritando de pasión, y exigió la repetición de los hechos. En fin, llevaron la mano a la estación envuelta en un pañuelo, y un policía con cara de palo registró la información. "¿Qué hacían ustedes en el bosque?", preguntó el policía. "Caminar", dijo la muchacha. A pregunta idiota, respuesta ídem. Después de la penosa diligencia, se detuvieron en una heladería y, cuando Lucas quiso saber si se había desmayado de verdad, ella dijo con cierto placer: "¿Estás desencantado, lobo feroz?" Lamió con regocijo el helado de chocolate y añadió: "¿Para qué llevan las niñas al bosque?"

2

         Mientras la policía local adelantaba exhaustivas investigaciones, la mano sin dueño fue depositada en un frasco de alcohol. Alguien la fotografió a escondidas. La historia de la mano, cada vez más disparatada, hechizó a los lectores de la página roja de El Norteño durante tres días. El nombre de la hija del doctor Malaver fue sabiamente escamoteado mientras la mala reputación del atleta corrió a mil por hora pero no en su contra. Las muchachas lo buscaban para que les contara con pelos y señales la historia de la mano y se excitaban como locas en el sitio del hallazgo. "¿Qué hacen las niñas con una mano en el bosque?", bromeaban. Sobra decir que el dueño de la mano nunca fue encontrado y el misterio de la uña pintada se conservó para siempre. Mucho tiempo después un teniente borracho cambió el alcohol por ron. La mano se descompuso y fue arrojada a la basura.

3

         La hija del doctor Malaver prefirió gritar en otros lugares: una pensión, el apartamento de un amigo, un auto. Su vientre se hinchó de tantos gritos. Lucas Malerba, con razón, no se hizo responsable. últimamente la muchacha gritaba con quien fuera y donde fuera. Hasta se dijo que entretuvo con su lengua a dos negros debajo de una mesa en el bar de Osiris. Cosas así se murmuraban en las paredes y, con dibujos demasiado explícitos, en los baños públicos. Alguien le oyó a la hija del doctor Malaver la historia de una mano peluda que la asustaba por las noches. La pobre amanecía con los pelos en la boca. Escupía, vomitaba, maldecía. En su honor se compuso una canción obscena sobre los placeres de la mano. El doctor Malaver hizo borrar de las paredes los letreros que la hicieron famosa y la envió de vacaciones a Cartagena, donde su ansiedad no encontró alivio. Según se supo, diversas manos la enloquecieron. Después del parto, la encontraron desnuda en la playa, con su dedo pulgar en la boca. No recordaba ni su propio nombre.

4
                                                              
         ¿Lobo feroz? Lucas Malerba se había sentido en el bosque como un sapo encantado, como un insecto, como una araña tal vez, pero nunca como un lobo. Olvidó sin dificultad a la hija del doctor Malaver con una estudiante de matemáticas que lo acompañaba acezante por el bosque de sus ejercicios. Si se rezagaba, la veía como una oveja a punto de perder su lana, y si se adelantaba, como una perra en celo, mientras él sólo era otro de los tristes animales del deseo.


viernes, 22 de agosto de 2014

Triunfo Arciniegas / Astilla



Triunfo Arciniegas
Biografía

ASTILLA 


La mujer presionó el timbre con firmeza, una sola vez, y casi de inmediato la muchacha se asomó por la ventana del segundo piso. 
─Diga. 
─¿Elisa? 
─Sí.
 ─Vengo a hablar con usted ─dijo la mujer. 
─¿Qué se le ofrece? 
─Sobre Humberto ─dijo la mujer. 
La muchacha cerró la ventana. La mujer pensó que no la vería más aunque insistiera con el timbre durante el resto del día. Casi en seguida la oyó descender las escaleras. O le pareció. Oyó que alguien giraba el seguro y apretó el bolso contra su cuerpo. Y entonces la vio, desde los pies en pantuflas hasta su cara morena, sus cabellos breves y negros, sus ojos grandes, su boca grande, su nariz fina. Una belleza a pesar de la palidez del susto. "Usted me disculpará la molestia", dijo la mujer. Cuando la muchacha la invitó a seguir, la mujer apreció su cintura de avispa, su culito parado, sus piernas brillantes. No esperaba menos: una pequeña y bien moldeada belleza. Subieron las escaleras.
Atravesaron una sala que servía de comedor y cocina, y entraron a un pequeño cuarto de estudiante. La mujer se identificó como la esposa de Humberto. 
─Lo adiviné al verla ─reconoció la muchacha─. Pero no sabía que usted existía. Se lo juro, señora. Siéntese, por favor. 
La mujer depositó el bolso en la mesa y se sentó en la única silla del cuarto. Se había maquillado y vestido con esmero, sin exageraciones, se había juzgado sin piedad frente al espejo. Más que digna quería verse hermosa, aunque nada podía hacer una mujer de treinta y siete años contra el esplendor de los diecinueve. No podía disimular el maltrato de los años, los bultos que comenzaban a dibujarse bajo los ojos, la dureza de la boca. Supo que acudía al campo de batalla con las armas desgastadas. La muchacha se preguntó con cierto asombro por qué Humberto se había enamorado. Por supuesto, ignoraba que la mujer fue bonita, loca y feliz, y que los años llegan atropellados y desmoronan los sueños. 
─La costumbre que tiene Humberto es esperar a que estén bien enamoradas para decírselo. 
─Decir qué ─dijo la muchacha. 
─Que yo existo. 
─¿Bien enamoradas? 
─Sí. Aunque, de todas maneras, no existo. Soy invisible desde niña. ¿Usted lo quiere? 
La muchacha no respondió. En el cuarto apenas había espacio para la silla y las piernas recogidas, una cama estrecha, un frágil escaparate para la ropa limpia y una cesta de mimbre para la sucia. El televisor del tamaño de una caja de bocadillos, junto al teléfono, la grabadora y la torre de música, algunos libros, papeles, lápices, todo encima de la mesa que servía de escritorio, planchadero y comedor. Afiches de cantantes y actores semidesnudos en las paredes. Y un letrero: Sé feliz y no mires con quién. 
─Soy Regina, reina sin trono, Regina Montes. 
─Elisa Durazno. 
─Lo sé. Lo sé todo. Casi todo. 
─¿Café? 
La mujer aceptó. Trató de grabar en su mente todos los objetos, hasta que la muchacha regresó con el pocillo. Encima de la mesa, tres lápices de madera gigantescos, con las sabidas frases de amor, adornaban un pocillo de graciosas vacas negras. La mujer saboreó el café, amargo como sus días, y bebió sin mirarla. 
─¿Cuándo se conocieron? 
─En marzo pero sólo me convenció hace tres meses. Ya sabrá de su insistencia. 
─Su lengua es peligrosa. 
Ella, la muchacha, lo sabía muy bien. Casi se estremeció al recordarlo. Su lengua. La mujer, por su parte, trató de precisar el tiempo, de limitarlo, de disminuirlo, de menospreciarlo: noventa días. Suficientes, sin embargo, para corromper a una tonta e inexperta muchachita. Ya estaría toda encoñada, ya tragaría tierra por su hombre. Una espina le atravesó el corazón al imaginarla con las piernas abiertas en la estrechez de la cama. 
─Lo supe hace como una semana. La demora fue encontrar su casa. Sé mucho de usted, Elisa Durazno. Hace tercer semestre de filosofía, lee en francés, le gusta el teatro. Quiere viajar a Canadá. Sé que dejó un novio por Humberto. Sé que es la hija mayor, que nació en Bogotá pero que vive en Piedecuesta con sus padres y dos hermanos. ¿Su mamá se llama Teresa? 
─¿Tienen hijos? 
─Tres, sin contar el que perdí el año pasado. Todos suyos. Él sabe con precisión el momento en que los concebimos. 
─¿Enamoradas? ¿Han caído muchas? 
─Usted no es la primera. ¿Sabía que tiene otra en Sacramento? Hasta se parecen. Le traje unas fotos. 
La mujer enseñó fotos de todas las épocas del hombre, con distintas mujeres, a veces las mujeres solas, casi siempre ligeras de ropas. 
─No traje las vulgares ─explicó la mujer─. Le gustan las cosas raras. Una vez me empujó a una iglesia con el propósito de violarme en uno de los confesionarios. No me pareció decente y le arañé la cara. Esa misma noche se emborrachó y me pegó por primera vez. Cuídese, le digo. Puede que no le pegue pero no tardará en compartirla con sus amigos. ¿A usted ya la fotografió? 
─No sabía de su mala fama ─dijo la muchacha, y abrió la ventana─. No sabía que fueran tantas. 
Vieron una cometa engarzada desde agosto en los cables del alumbrado público. 
─A todas les promete una moto, pero a ninguna le cumple ─dijo la mujer. 
─¿Por qué no lo deja? 
─Eso venía a pedirle ─dijo la mujer─. No le conviene. Tiene el futuro por delante. 
─¿A usted le conviene? 
─Es mi marido. Ya estoy acostumbrada. Pasado mañana será otra. 
─No debió molestarse entonces. Si pasado mañana será otra significa que me dejará pronto. Déjelo usted, señora Regina. Usted es bonita. Puede conseguirse a alguien. 
─Soy mujer de un solo hombre, a la antigua, y una, como mujer, tiene sus necesidades. Usted me entiende. Las muchachas de ahora cambian de amante como de ropa: de un día para otro. En fin, quería que supiera algunas cosas. No es ningún santo. 
─Ninguno lo es. No he conocido muchos pero ninguno lo es, señora. 
─Sólo quiere aprovecharse de usted. 
─No quiero saber ─dijo la muchacha, enseñando las palmas de sus manos─. Discúlpeme, pero no quiero oír más cosas. 
─Está en su derecho. Con permiso. 
─La acompaño a la puerta. 
─Gracias. 
No dijeron nada mientras descendían las escaleras. 
─Olvidé el bolso ─dijo la mujer. 
─Voy a traérselo. 
─No se preocupe ─dijo la mujer y corrió escaleras arriba. 
La muchacha fue tras ella y la encontró sentada en la cama, chupándose un dedo. 
─Me clavé una astilla de la mesa ─explicó. 
─Déjeme ver. 
La muchacha tomó el dedo de la mujer y presionó. Brotó una gota de sangre, luminosa y perfecta. La mujer lamió su propio dedo y la otra pensó en el cuerpo de Humberto. Padeció el ciego impulso de meter ese dedo en su propia boca. 
─Voy por una aguja. 
Trajo una aguja del cuarto de Jade y extrajo la astilla. La acarició entre las yemas del pulgar y el índice. 
─Tan pequeña y todo el dolor que causa ─dijo la mujer. 
─No quiero que sufra. 
─No es su culpa. 
La muchacha dejó caer la astilla en el pocillo de los lápices. Abrió una caja de cartón repleta de marcadores, lápices de colores, frascos de perfume vacíos que coleccionaba por sus formas raras, y separó la botella del alcohol. Empapó un trozo de algodón y lo restregó en la herida. Por un momento, a la luz de la ventana, entretenidas en la curación, se vieron como dos amigas, como dos hermanas, carne de la misma carne y sangre de la misma sangre. La muchacha le ofreció una servilleta. 
─Séquese las lágrimas, señora. 
La mujer se palpó el rostro con ambas manos y sólo entonces descubrió las lágrimas. Aceptó la servilleta. Se recobró en seguida y dio las gracias. La visita había concluido. Se levantó, tomó el bolso y abandonó el cuarto. Parecía haberse olvidado del dedo cuando llegaron a la puerta. 
─Que pase buen día ─dijo, con una sonrisa. 
─Gracias. Lo mismo. 
La muchacha cerró la puerta y subió corriendo las escaleras. Se arrojó sobre la cama y maldijo su puta suerte. Lloró toda la mañana, hasta que sonó el teléfono. 
─Ya sabe quién soy ─dijo la esposa de Humberto─. Lo pensé mejor. Se lo dejo. Se lo dejo para el resto de su vida. Se lo regalo. 
Colgaron. 
Entonces Jade abrió la puerta de la calle. La muchacha no necesitaba asomarse a la ventana: sólo su amiga tenía otra llave. La puerta se cerró de un golpe y Jade subió las escaleras de prisa. Se desbocó al cuarto de Elisa, arrojó los libros sobre la mesa y soltó la noticia sin preámbulos:
─Mataron a Humberto. Ay, Elisa. Lo apuñalearon en El Danubio Azul. 

Pamplona, 1996


Cinco muertas de amor
Triunfo Arciniegas / Altagracia