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lunes, 17 de julio de 2017

Pedro Lastra / Querido Pedro: llega Cien años de soledad


Querido Pedro: llega ‘Cien años de soledad’


El poeta y ensayista Pedro Lastra guardó correspondencia de autores latinoamericanos como García Márquez, Sábato, Cortázar o Fuentes



El escritor Gabriel García Márquez, durante una entrevista en 1990. / RAÚL CANCIO
Tal vez el nombre del poeta y ensayista chileno Pedro Lastra no pertenezca a esa categoría de famosos mediáticos de las letras latinoamericanas del siglo XX. Sin embargo, Lastra fue un impulsor apasionado y generoso de la literatura que hacían sus compatriotas y un gran conversador epistolar, como así lo demuestran las más de 900 cartas que donó a la Universidad de Iowa, y que cubren un espacio temporal que va de 1954 a 2002. En la sección de Special Collections de la citada universidad, se custodia este silencioso legado. Abro la carpeta Gabriel García Márquez y en una carta mecanografiada leo:“Cien años de soledad sale a la calle el 6 de junio. La inminente aparición de la novela me está perforando la úlcera”. Y es una confesión hecha el 30 de mayo de 1967, es decir, a seis días de la salida de la novela que se convertiría en el buque insignia del renacimiento de la literatura latinoamericana. Unos meses más tarde, el 26 de diciembre de 1967, García Márquez le escribe a Lastra lo siguiente:“Cien años de soledad ha sido la salvación: gracias a sus ventas espectaculares, tengo por delante unos años de paz doméstica que pienso dedicar minuto tras minuto a escribir. Ahora estoy metido en un cuento que puede ser muy largo y muy divertido, y que llevará el pretencioso título de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Es, más que nada, un recurso para calentar motores antes de zambullirme, quién sabe durante cuánto tiempo, en El otoño del patriarca. Después no sé qué haré”.

viernes, 20 de junio de 2014

Poetas invisibles de América Latina

Raúl Gómez Jattin
Poetas invisibles de Latinoamérica

La poesía en castellano al oeste del Atlántico es relativamente conocida en España.

Repasamos algunos poetas a tener en cuenta


Bogotá 16 ENE 2013 - 08:51 CET


Ilustración de la portada de 'Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea'.
Gracias a los premios y a la labor de algunas editoriales españolas, entre las que se destacan Visor, Renacimiento y Pre-Textos, la poesía escrita en castellano en la orilla occidental del océano Atlántico es más o menos conocida en España. Los principales nombres del canon actual, por lo menos, son familiares en la república poética. Es difícil que la poesía supere esos límites de difusión. Incluso la gente de la literatura, de la academia y de la prensa cultural se mueve con más familiaridad con los nombres de los narradores y hasta de los ensayistas que en el iniciático mundo de los poetas. Pero, hoy por hoy, poetas como Nicanor Parra (1914), Álvaro Mutis (1923), Fina García Marruz (1923), Ernesto Cardenal (1925), Tomás Segovia (1927-2011), Rafael Cadenas (1930), Juan Gelman (1930) y José Emilio Pacheco (1939), son conocidos gracias al Premio Reina Sofía, al Premio Cervantes y al Premio FIL de literatura.
Los que hay más allá es pura niebla. Nombres familiares en cada país e ignorados en el resto del vecindario, poetas secretos, de culto, individuos de todas las edades que, no obstante su valor, apenas son mencionados. A Fina García Marruz, por ejemplo, la saca del anonimato el Premio Reina Sofía; pero su esposo, otro grande poeta, Cintio Vitier (1921), permanece a la sombra. Y, sin salirme de Cuba, todavía más secreto es el simpar Rafael Alcides Pérez (1933). Entre la generación de los nacidos en el tercer decenio del siglo XX están las uruguayas Ida Vitale (1923) e Idea Vilariño (1920-2009), los peruanos Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), Blanca Varela (1926-2009) y Carlos Germán Belli (1927), los argentinos Perla Rotzait (1920) y Joaquín Giannuzzi (1924-2004) y los mexicanos Eduardo Lizalde (1929), Ramón Xirau (1924) y Rubén Bonifaz Nuño (1923).
Entre los nacidos después de 1930 hay algunos poetas que murieron sin alcanzar el cenit de reconocimiento que tanto merecían y que, ahora, son cada vez más leídos y admirados, como el venezolano Eugenio Montejo (1938-2008) y el colombiano José Manuel Arango (1937-2002). Entre los vivos de esta misma generación destaco, en México, a Gabriel Zaid (1934), de quien sus magistrales ensayos han opacado la excelente obra poética; están también los chilenos Oscar Hahn (1938) y Pedro Lastra (1932) y el colombiano Jaime Jaramillo Escobar (1932).


Eugenio Montejo, en la Residencia de Estudiantes. / GORKA LEJARCEGI
Por obvias razones, conozco más el paisaje colombiano que el de otros países. El mío, ha sido un país autista, mediterráneo, volcado hacia adentro. El más interesante poeta colombiano del siglo XX, Aurelio Arturo (1906), muerto en 1974, es todavía de consumo interno. Algo parecido sucede con el nadaista que comenzó firmando como X-504 y después con su nombre propio –no es mi pariente- Jaime Jaramillo Escobar, un poeta veriscular, de una inusitada fuerza, de un humor único.
Ya las generaciones nacidas en el decenio de 1940 tienen sus propios mártires: los colombianos Raúl Gomez Jattin (1945-1997) y María Mercedes Carranza (1945-2003), los peruanos José Watanabe (1945-2007) y Antonio Cisneros (1942-2012). Y acaso sea en este segmento en donde haya más grandes poetas desconocidos o casi. Pienso, sobretodo en los mexicanos Francisco Hernández (1946), que acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura de México, y David Huerta (1949), en el boliviano Eduardo Mitre (1943), en el colombiano Juan Manuel Roca (1945), en los venezolanos Alejandro Oliveros (1948) y Armando Rojas Guardia (1949), en los argentinos Arturo Carrera (1948) y Daniel Samoilovich (1949).
A medida que avanzo en el recorrido se me aparece más reveladora la imagen de que recorro un camino lleno de neblina, donde los nombres son desconocidos y los textos son borrosos. Entre los nacidos en el decenio de 1950 destaco al colombiano Rómulo Bustos (1954), a los chilenos Diego Maquieira (1954) y Raúl Zurita (1950), a los venezolanos Yolanda Pantin (1954) y Gustavo Guerrero (1958) –además de poeta, autor de la más completa antología de poetas hispanoamericanos nacidos después de 1960, Cuerpo plural-, al argentino Alejandro Bekes (1959), al uruguayo Rafael Courtoisie (1958), a los mexicanos Coral Bracho (1951), Vicente Quirarte (1954), Jorge Esquinca (1957), José Luis Rivas (1950) y Fabio Morábito (1955)


El escritor colombiano Álvaro Mutis. /GORKA LEJARCEGI
A medida que avanzo hacia los más jóvenes, desde un principio, el enunciado tiende más a parecerse a una conjetura y la sensación del redactor es que puede estar omitiendo nombre que olvidó o que, simplemente, desconoce. No están todos los que son, pero los que están, son. Después de 1960 nacieron los mexicanos María Baranda (1962), Jorge Fernández Granados (1965), Julio Trujillo (1969), Luis Felipe Fabre (1974) y Hernán Bravo Varela (1979); el costarricense Luis Chaves (1969); los colombianos Ramón Cote (1963), John Galán (1973), Juan Felipe Robledo (1968) y Catalina González (1976); el salvadoreño Jorge Galán (1973), el peruano Eduardo Chirinos (1960), el cubano Antonio José Ponte (1964), los argentinos Edgardo Dobry (1962) y Fabián Casas (1965), los argentino-españoles Andrés Neuman (1977) y Mariano Peyrou (1971); el guatemalteco Alan Mills (1979); los venezolanos Luis Pérez Oramas (1960), Luis Moreno Villamediana (1966), Erika Reginato (1977) y Jorge Vessel (1979); el dominicano Frank Báez (1978)… Imposible abarcar todos los nombres que se insinúan como excelentes poetas y, por eso, este párrafo destaca a algunos y comete involuntarias injusticias.
Enunciada mi –incompleta- lista, la que aparece como primera y mejor conclusión, es la diversidad de voces y de tendencias. Hay de todo. Desde autores de sonetos hasta las más informales formas, con el mérito de que hay versos libres que, no por ser libres, dejan de ser versos. Hay poesía conversacional, narrativa, barroca, surrealista, en fin, un extenso y contradictorio menú. Y, en todos, talento; más visible, más comprobable con la obra consolidada de los mayores. Pienso que una poesía tan personal en todos sus registros, tan poseída de un lirismo hondo y claro a la vez, como la de Francisco Hernández, está en las vísperas de su consagración definitiva y de su más amplia divulgación, al que ha dado impulso un premio recién recibido en México. Y, aunque distinta, mis afirmaciones también caben para referirse a la poesía de David Huerta.
Entre los muy jóvenes no caben juicios tan nítidos como los que pueden hacerse alrededor de Hernández y de Huerta. Son más bien apuestas, intuiciones, acaso reflejos del gusto personal. En todo caso se distingue por su reconocimiento y por las ediciones en varios países –cuatro- de su libro Postales (premio nacional de su país), la voz desenfadada y lírica, imaginativa y lúdica del dominicano Frank Báez.

sábado, 16 de marzo de 2013

Marcelo Pellegrini / Obras selectas de Pedro Lastra



Marcelo Pellegrini
OBRAS SELECTAS DE PEDRO LASTRA



Obras selectas de Pedro Lastra
Santiago, Editorial Andrés Bello, 2008. 266 pp.
In memoriam Eugenio Montejo
MARCELO PELLEGRINI
University of Wisconsin-Madison. EE.UU.


         
Hace justo diez años, Pedro Lastra publicó, bajo los auspicios de Lom ediciones, la última entrega de sus Noticias del extranjero, libro que viene reuniendo y reordenando su obra poética desde hace más de tres décadas. En el año 2000, también con el sello Lom, Lastra publicó un conjunto de ensayos y notas sobre literatura chilena e hispanoamericana con el título de Leído y anotado, expresión que Ricardo Latcham, uno de sus maestros más queridos, utilizaba a menudo para señalar que un libro recientemente publicado le era familiar. Otros títulos de este autor han aparecido en Ecuador, Colombia, Venezuela, España y Grecia, todos ellos compilaciones y –otra vez– reordenaciones de su corpus poético. Su magisterio literario, por supuesto, no ha quedado atrás: a los artículos y ensayos que Lastra ha publicado en revistas de diversos países se le suman las conferencias que ha dado en instituciones académicas y en encuentros de escritores alrededor del mundo, algunos de los cuales han sido la ocasión para homenajearlo como el maestro que desde hace tiempo es.
            Estas dos actividades lastrianas, la poética y la ensayística, en apariencia separadas y para algunos hasta contradictorias (esos algunos o algunas, por cierto, poco familiarizados o familiarizadas con una tradición que hunde sus raíces en el primer Romanticismo), se unen por primera vez en un volumen como este que, con el título de Obras selectas, publicó la Editorial Andrés Bello. Hacía falta un libro de Lastra en Chile, luego de sus periplos latinoamericanos que lo han llevado también a tocar las costas de Europa (sin abandonar, por supuesto, su observatorio de Sound Beach, Long Island, en Estados Unidos, donde vive desde 1972); más falta hacía aun que ese libro reuniera sus poemas con su prosa, hecho que nos permite ver otra dimensión de la obra de este poeta, esa que tiene que ver no sólo con sus versos, cuyo tono de carácter clásico –ese mismo que Gonzalo Rojas alabó alguna vez– es perpetua fuente del buen decir, sino, además, y por sobre todo, con el pensamiento que hay detrás de cada poema, es decir, con sus dimensiones físicas y también metafísicas. Estos dos ámbitos, que ahora podemos recorrer a nuestras anchas navegando entre los géneros que los constituyen y amalgaman, adquieren para mí un rostro que no tengo más remedio que calificar de paradójico, porque su claridad pertenece a la noche. Así, tal como en los mejores cuadros de Rembrandt, Georges de la Tour y René Magritte, la poesía y la prosa de Pedro Lastra revelan su luz porque nacen de la oscuridad, o viven en ella su mejor momento; no podemos comprender la una sin la otra. Es en ese cruce, que Paul Valéry supo describir tan certeramente como la “luz que supone la otra mitad en sombra”, es donde quiero concentrar las observaciones de esta reseña.
            Obras selectas se abre con “Ya hablaremos de nuestra juventud”, poema que desde hace tiempo es el que inaugura las compilaciones de nuestro autor. Su temple es nocturno, como se ve en la segunda estrofa:

          Ya hablaremos de nuestra juventud casi olvidándola, confundiendo las noches y sus nombres, lo que nos fue quitado, la presencia de una turbia batalla con los sueños (p. 15).

           Sueños y años perdidos, pero inmediatamente reencontrados con una idea de futuro (hablaremos en algún momento, quién sabe cuando); una especie de nostalgia adelantada que nos anuncia el derrotero de los poemas que siguen. A veces la sombra, dadora de melancolía, ilumina paisajes y personajes literarios que nos son familiares o al menos no enteramente extraños, como ese monarca “sin cetro ni corona” del poema “Puentes levadizos”, segundo de la serie, y del que cito un fragmento:

           ¿De quién pues esta mano inhábil, estos ojos que sólo ven fronteras indecisas o el viento que dispersa los restos del banquete? Llegué tarde, no tengo nada que hacer aquí, no he reconocido los puentes levadizos y éste que se tendía no era el que yo buscaba. Me expulsarán los últimos centinelas despiertos aún en las almenas: también ellos preguntan quién soy, cuál es mi reino (p. 16).

           La sombra u oscuridad no es en este texto (así como en muchos otros) literal, sino metafórica: el monarca posee un destino que lo deja marginado de la historia, en la no-luz del tiempo sin tiempo, derrotado e irreconocible hasta para sus vasallos. No debiera extrañarnos la insistencia de Lastra sobre este tema, al punto de convertirse en algo recurrente en su poesía; si leemos su “Arte poética” comprenderemos que se trata de algo mucho más sustancial que episódico:

             En un cielo ilegible he pintado mis ángeles y es allí que combaten por mi alma, y en la noche me llaman de uno y otro lado: no en el día, porque la luz les quita la palabra (p. 107).

            La noche es, aquí, dadora del verbo; la poesía nace de ella, y hacia ella viaja, porque es su centro de gravedad. Lastra sabe muy bien que esa tradición de la poesía nocturna en América Latina posee una ilustre genealogía, desde el conocido poema “Dos patrias” de Martí, hasta “Al silencio” de Gonzalo Rojas, pasando por el Darío de Cantos de vida y esperanza, el José Asunción Silva de los “nocturnos” y el Xavier Villaurrutia de los poemas homónimos. Pero si en estos poetas la noche es, digamos, el fin de las cosas (la muerte, el cansancio del universo y de la palabra, la ominosa presencia del peligro) en Lastra es el comienzo de todo, en especial de la poesía. Un “principio de realidad”, como dice el poema “Carta nocturna”:

             Recuerda, pues, recuerda que a la vuelta de las estaciones tú serías mi principio de realidad, y no hubo estaciones ni regresos, sólo figuras entrevistas y sentidas por un durmiente, un ir y venir de días a lugares cruzando esas arenas movedizas sin temor ni alegría (p. 55).

            El “tú”, que podríamos asimilar a la noche, es ese comienzo o principio que establece la existencia del mundo sublunar. Esto se intensifica en el poema “Homenaje a René Magritte”, donde el hablante retrata el recorrido de lo oscuro (ese “ir y venir de días a lugares”, del poema “Carta nocturna”) hacia su propio cuerpo:

           Sin ninguna confianza en la luz que apago con temor y reverencia veo la sombra de mi cuerpo del otro lado de la pared (p. 92).

           Un cuerpo (y los ojos, su sinécdoque) se contempla a sí mismo a partir de la oscuridad, o más bien gracias a ella. Esa proyección del hablante en la pared tiene para mí al menos dos consecuencias cruciales para la poesía de Lastra: la primera es la analogía con la pintura, una de las artes que se encuentran entre las adhesiones más perdurables del poeta, y que también le da pie para habitar la oscuridad (en el poema “Anunciaciones en el taller de Miguel Loebenstein”, por ejemplo (p. 95), tenemos la “revelación gozosa / del sueño de la luz, / del sueño de la sombra”); la segunda es que ese viaje produce un pensamiento que encontraremos desplegado con singular gracia y erudición en la prosa de este autor. Es ahí donde ese desplazamiento del lenguaje, podríamos decir, ilumina desde la sombra los ámbitos que recorre en el género del ensayo y, como tal, hace que fijemos la atención en los reveladores detalles de lectura que Lastra describe cuando glosa un texto, detalles que, si no fuera porque él nos indica su existencia, pasarían por completo desapercibidos para nosotros. La sombra, así, se vuelve deslumbrante, y arroja claridad sobre sus poemas también. No se trata, por cierto, de ninguna sombra negativa o cosa parecida, sino de algo que el mismo Lastra ha llamado en su poesía “lo indeciso”. Ese concepto ayudará a ejemplificar, ojalá de manera nítida, lo que he propuesto como hipótesis de trabajo.
           De su obra de juventud, señalada por libros como La sangre en alto (1954) y Traslado a la mañana (1959), Lastra ha rescatado muy poco, quizá por los pudores y distancias con que el poeta maduro mira su obra temprana; un solo verso, incluido originalmente en el libro del ’59, podemos ver en estas Obras selectas: “El tiempo con sus ramas indecisas”, que ahora forma parte de un poema titulado “Noticias breves” (p. 96). Este solitario endecasílabo tiene, sin embargo, una importancia capital, porque la idea de “lo indeciso”, cuya primera manifestación es este verso, posee una presencia constante en la obra poética y crítica de Lastra. Ahí tenemos, por ejemplo, además del ya citado “Puentes levadizos” y sus “fronteras indecisas”, el poema “Lección de historia natural”, cuyas primeras cinco líneas dicen:

            Entre las plantas y las aves, las criaturas sigilosas y las ardillas indecisas, urde la vida de allá afuera sus movimientos circulares (p. 117).

            O el poema titulado, precisamente, “Con letras indecisas”, homenaje al poeta Omar Cáceres, que comienza: “Omar Cáceres dice / que escribió su poema con letras indecisas.” (p. 106)1. Esa “indecisión” pertenece a la penumbra, a lo que no puede verse con claridad, a lo borroso o tenue que la sombra nos entrega, pero que podemos intuir como una potencial revelación; ahí está el conocimiento que produce esta poesía, su inteligencia y su modus operandi. No podemos sino pensar, entonces, que es en lo indeciso donde hay una poética que, como dije líneas atrás, tiene una equivalencia en la prosa de Lastra, donde se vuelve, como en su poesía, de una claridad meridiana que viene de la noche.
          La sección de prosas de Obras selectas se abre con un significativo epígrafe de Pedro Mexia, extraído de su Silva de varia lección. Cito un fragmento:
          …aviendo gastado mucha parte de mi vida en leer y passar muchos libros, y assí en varios estudios, parescióme que, si desto yo avía alcanzado alguna erudición o noticia de cosas (que, cierto, es todo muy poco) tenía obligación a lo comunicar y hazer participantes dello a mis naturales y vezinos, escriviendo yo alguna cosa que fuesse común y pública a todos (p. 147).

          Esta declaración de modestia (por supuesto, lo que Pedro Lastra sabe, tras haber dedicado su vida a leer, no es poco, sino abundante) tiene, a mi juicio, en su frase final una clave de lectura: “cosa que fuesse común y pública a todos”. Esa es la misión del crítico según Lastra, aprendida sin duda en las conversaciones que tuvo con Ricardo Latcham: darnos lo que nos es común, lo que nos permite formar una comunidad intelectual gobernada por la amistad y la poesía. Pocos lo hacen con tanta propiedad como Lastra, quien, además, posee una habilidad extraordinaria para captar los pormenores más escondidos del texto que lee. Ahí está, en mi opinión, lo indeciso transformado en conocimiento claro y luminoso, porque el lector apasionado que es Lastra recorre los ámbitos más oscuros –por escondidos– de nuestra tradición hispanoamericana para proyectarlos y presentarlos ante la comunidad de sus lectores. Si su poesía nos da imágenes que vienen de la sombra, su prosa nos da imágenes equivalentes que provienen de los tesoros escondidos que descubre. Ahí tenemos, por ejemplo, el recorrido que Lastra hace por la literatura colonial de nuestro continente, en donde textos de índole histórica y documental se transforman en sorpresivas fuentes poéticas. Un caso notorio es el libro Relación y naufragios, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuya larga empresa de exploración de lo que hoy es el sur y el sur oeste de los Estados Unidos significó para Lastra no sólo el aprendizaje sobre una empresa desaforada de nuestra historia, sino el “descubrimiento” de uno de sus poemas más conocidos. El relato de Cabeza de Vaca, incluido en el capítulo III de su libro, dice:

            Otro día siguiente, que era Viernes Santo, el Gobernador se desembarcó con la más gente que en los bateles que traía pudo sacar; y como llegamos a los buhíos o casas que habíamos visto de los indios, hallámoslas desamparadas y solas, porque la gente se había ido aquella noche en sus canoas. El uno de aquello buhíos era muy grande, que cabrían en él más de trescientas personas; los otros eran más pequeños, y hallamos ahí una sonaja de oro entre las redes (p. 161).

           La última frase (“una sonaja de oro entre las redes”) es un endecasílabo perfecto, lo que llamó la atención del poeta Lastra, quien, animado por ese descubrimiento, escribió su poema “Espacios de Alvar Núñez”:

           Los buhíos o casas desamparadas, solas (la gente se había ido aquella noche en sus canoas). Un buhío muy grande: en el cabrían hasta trescientas almas. Los otros más pequeños, y fue ahí donde hallamos una sonaja de oro entre las redes (p. 84).
         
           Como el brasileño Oswald de Andrade hizo a comienzos de siglo con textos que pertenecen a la tradición colonial de su país, Lastra prácticamente no escribió el poema, sino que “reordenó” algunas expresiones del texto original, en una verdadera creación a partir de nuevas dispositio de lo leído. Ahí se unen las búsquedas del estudioso con las del poeta, ambas haciendo de la oscuridad su punto de partida. Otros ejemplos hay en los textos en prosa incluidos en Obras selectas: la inesperada relación entre un cuento de Hernando Téllez y un capítulo del Facundo, de Sarmiento; una curiosa “desviación” de un texto de Borges respecto de la historia del Imperio Romano de Gibbon, que dará origen a una de sus opiniones más conocidas; la inquietante reelaboración literaria que Vargas Llosa hizo de César Moro, su profesor de francés en el colegio militar Leoncio Prado, en La ciudad y los perros; y el constante redescubrimiento de puntos de conexión entre autores y tradiciones aparentemente ajenas entre sí, en especial respecto de la poesía escrita en el continente durante los últimos cien años. En ese sentido, cobra especial importancia la reflexión que Lastra dedicara al tema del exilio, nunca ajeno a sus preocupaciones literarias y vitales, cuyo rastreo llega incluso hasta un autor como Guido Cavalcanti.
             Motivo de celebración es Obras selectas, el nuevo libro de este luminosamente oscuro poeta, el más nocturno y sutil de los que escriben hoy entre nosotros, capaz de darnos una llama penumbrosa que nos revelará, como en un cuadro de Magritte que él tanto ama, “el imperio de la luz”.

NOTAS
1 El poema de Cáceres al que Lastra hace alusión se titula “Iluminación del yo”, y es el penúltimo de su libro Defensa del ídolo (1934). En realidad, el poema caceriano dice “con letras imprecisas”, y no “indecisas”. Fue Pedro Lastra el que “leyó” el poema cometiendo esta seminal equivocación, verdadero lapsus verbal, que le da otro significado, a mi juicio muy productivo. Para más detalles sobre estos cruces de palabras, olvidos y “malas” lecturas (utilizo este último término en el sentido que le da Harold Bloom en su clásico libro sobre las influencias poéticas), ver mi artículo “Para una poética de la apasionada y sigilosa lectura. Sobre Leído y anotado, de Pedro Lastra”, incluido en Arte de vivir: acercamientos críticos a la poesía de Pedro Lastra. Santiago de Chile: DIBAM / Archivo del Escritor, Biblioteca Nacional / RIL Editores, 2007, pp. 173-183.





viernes, 15 de marzo de 2013

Silvia Nagy-Zekmi / La vida emérita y la poesía de Pedro Lastra


La vida emérita y la poesía de Pedro Lastra
Por Silvia Nagy-Zekmi y Luis Correa-Díaz

And the decorum of the artist
becomes the measure of a man.
George W. Johnson
(1)

La poesía de Pedro Lastra, antes y después de que otras cosas sean dichas sobre ella y su poeta, viene siempre acompañada en su interior y exterior por palabras [voces] amigas. Podría decirse sin más que su arte poético –y ensayístico, por cierto- ha estado siempre acompañado por actos, incluidos los escriturales, de amistad, simplemente porque la obra y su hacedor los han hecho posible. Lo cierto es que esto podría ser dicho de muchas y muchos, aunque nunca con tanta propiedad y justicia. No olvidemos que la república de las letras y sus documentos son eso: un espacio necesario para que el diálogo sea no sólo un ejercicio virtual sino que también vital. Ya sabemos esto por Bajtín; y por otros, que han insistido en ello, que las palabras dicen y, por sobre todo, hacen. Si tomamos cualquiera de los poemarios de Lastra, por ejemplo Noticias del extranjero (el de 1992), al inicio, como una nota preliminar, se lee una página del poeta peruano Carlos Germán Belli: “Lastra foráneo” [y que aparece aquí más adelante(2)]. En ella Belli retrata con una delicada fraternidad la condición humana y esencial de Lastra, su “ser forastero” irremediable, “absoluto” y que en “palabras castellanas y mediante sus versos singulares” queda revelado. Al final se lee, por su parte, una página, un poema de Enrique Lihn llamado “Postdata” y escrito en 1975. En él Lihn apunta su veredicto favorable sobre el corpus de esta poesía: “digo que ya eres parte de ella misma”, tanto que le confía a Lastra: “escribes contigo mismo”; una poesía precisa, “la de los gestos / que describen a un tipo sin palabras.” Ambas páginas están íntimamente relacionadas a la floración nocturna del texto lastreano.(3) Al abrir y cerrar el libro podría imaginarse que las palabras de Belli y de Lihn vigilan –en un sentido casi religioso- la materia viva de que se compone y que tienen la noble tarea de guiar al lector (o peregrino de la tierra escrita) en la partida y a la llegada de un viaje que deberá, no obstante, hacer solo, pero para el que cuenta al menos con esas referencias en caso de extravío.

También el libro viene acompañado, custodiado, pero ahora en su exterior, en la contratapa, por una selección fragmentaria de comentarios críticos de diversas personalidades literarias. Abarcan de década en década el período que va desde 1960 a 1991, como un indicador global de la trayectoria del poeta, en la que destacan, sobre cualquier otra consideración, aquello que Luis Domínguez-Vial (1991) expresa así: “Procesos interiores, largamente acuñados en secreto, obtienen en esta poesía una síntesis estricta, desprendida de la experiencia y su análisis, breve, lapidaria.” Esta sensación de estar frente a una inquietante palabra concisa ha sido permanente en quienes le han escuchado o leído (y anotado, por cierto). Y es que su poesía no se expande, como le sucede, con variada suerte, a otras obras y al Universo mismo, según la teoría cosmológica actual (desde hace un tiempo ya, casi todo el siglo xx y lo que va de éste). Por el contrario, se retrae, se condensa lo que más puede -su tendencia, si cabe decirlo de esta forma, es al Big Crunch-, según los designios de la sabiduría del que escribe toda la vida un poema/libro único.

Nos hemos detenido, esperamos que no demasiado (ya que para eso habrá tiempo en las páginas que siguen a este prólogo), en las circunstancias que anota el párrafo anterior porque de ellas se saca –aparte de la concisión y el trato con los espacios del silencio(4)- una de las mejores lecciones que Lastra y su obra encarnan y rezuman: simplemente, la lección, el ethos de la fraternidad y sus ceremonias afectuosas, cordiales.(5) Lección que cobra mucho más importancia cuando ésta parece tan primitiva a los ojos de nuestro ‘self-made’ competitivo, agresivo, aislado en sí mismo a la postre, y que, paradójicamente, tanta idolatría, sumisión y servilismo de toda especie nos pide. Un aprendizaje que, para recordar aquí uno entre tantos, se nos ofrece de modo ejemplar en el poema memorial (elegíaco) “Noticias de Roque Dalton”, donde la ausencia del amigo, después de su recuerdo, es capaz de oscurecer el mundo para el que ha de continuar solitario: “Yo trato de leer lo que leíamos, / ahora ya sin Roque y por lo mismo / sin entender absolutamente nada.” Gestos de amistad aparecen, de diversas maneras, sembrados por todas partes en esta poesía –y por supuesto, también en su prosa ensayística-, dentro de los cuales los más explícitos son: el registro nominal de los amigos, la participación de ellos/ellas en la composición del poema, el epígrafe y, por supuesto, la antigua práctica de la dedicatoria; marcas que aquí adquieren una intensidad poco usual hoy en día, desplegando lo sustantivo de los textos escuetos del poeta, su dimensión dialógica precisa: responden, preguntan, o sea, conversan..., un discurso de lealtades y de dones ofrecidos y aceptados, incluso en el peor de sus momentos, en el de los distanciamientos/alejamientos o separaciones (filiales y/o amorosas) inevitables y por más inexplicables que parezcan…(6)

Luego, y ahondando en esa misma dimensión de lo fraternal, está también la práctica de la intertextualidad (no sólo en relación a textualidades consagradas, sino también a las marginadas, además de fragmentos de diálogos, frases dichas u oídas, etc.), que se origina y fluye con extrema naturalidad a partir de la definición última que el poeta Pedro Lastra da de sí, él en principio es lector, incluso de sus propios trabajos, y la mejor y más hermosa explicación de esto aparece en el poema “Comunicado de González Vera: los planes de la noche”, donde se pregunta bajo los efectos de un sueño angustioso que le vaticina la pérdida de los libros, de la biblioteca: “¿De qué voy a escribir, qué puedo hacer ahora?” Así esta poesía ingresa al mundo de los otros lectores, al espacio incierto de la recepción, con los atributos de quien dialoga con nosotros. En suma, su palabra aspira a no salir de lo vivo que se siente el lenguaje en la conversación. Pero no se trata de una poesía conversacional en el sentido en que se la entiende comúnmente, ese que la opone a las elaboraciones más finas de la escritura. De lo que se trata en Lastra es de un arte de la conversación como uno de los jalones definitorios de su arte poético. Y si hubiera que agregar un detalle, se diría que lo que hace su poesía (y su poeta y, si hay que entregar un testimonio, el hombre a quien justifican, como esperaría Borges, y que nosotros hemos inscrito en estas páginas con un epígrafe que alude a algo similar) en este plano, es que le devuelve a la conversación su arte, muchas veces tristemente descuidado.(7)

Ciertas son muchas otras cosas y también, entonces, que la poesía –y la vida, porque, como dijo Lihn, escribe consigo mismo; aunque, como anotó Luis Domínguez, la experiencia inscrita en esta obra no es la del texto autobiográfico en su sentido menor, ni el/la lectora ha de pretender tal cosa- de Lastra es una larga conversación con los amigos presentes y ausentes, es decir un diálogo o una elegía –ambas formas discursivas se entrecruzan la mayoría de las veces. Si la cifra “noticias del extranjero” ha hecho una feliz y prolongada primavera en la composición de su obra poética y, evidentemente, en la crítica sobre ella; no lo debería ser menos, sin embargo, esta otra y que en nuestra opinión es la que correspondería a lo que venimos diciendo, ésa (de más larga data) de dos caras que son una misma moneda y que fue el título de un poema, “Ya hablaremos de nuestra juventud”, y un poemario temprano: Y éramos inmortales (1969, 1974). Estas conversaciones con amigos, decíamos, se pueden situar en los ámbitos de dos modalidades retóricas: a) el del diálogo imaginado o reconstruido, y b) el de la elegía. Y si tuviéramos que hacer el ejercicio de buscar en la poesía lastreana, tal vez podríamos citar este poema como un texto matriz en el que se conjugan ambos modos de poetizar:

Diario
Conversación con alguien.
La muerte escuchaba esas palabras
que ya no estarán más:
y al otro día una semana un mes después de un año
recordaremos. ¿Recordarán ustedes?
¿O todo ha sido y es la memoria de nadie? (74)(8)

Pero, volviendo a esas dos modalidades discursivas, quisiéramos ilustrarlas con los ejemplos que consideramos sobresalientes. Para el diálogo (reconstruido –y por lo mismo ya casi imaginado) y en consonancia (elegíaca) con el paso de los años, el poema (reseña(9)) “Relectura de Viaje a la última isla”, donde se comienza y sigue con la cifra aludida más arriba aquí:

Hace justo diez años
Javier Lentini y yo éramos inmortales:
en las últimas horas del verano
hablamos largamente de los viejos amigos
y recordamos de paso a los muertos.

[…]
Rodeados por ella [la memoria] bebimos nuestro vino,
hicimos planes para los días próximos,
pensábamos
que el poema y el viaje iban a repetirse
como el vasto espejo de Paracelso.

Pero el calidoscopio se movió más aprisa
cambiando las imágenes,
y es ahora un espacio donde ya no te encuentro.

[…] (105)

El rescate de una conversación pretérita que se recuerda a propósito de una conversación textual, la del sujeto lírico con el libro (del) amigo…, conversación esta última que en su modo de ser una “relectura”(10), o sea la repetición/reiteración de una conversación textual anterior -lo que aleja más aún en el tiempo la conversación ‘real’ (cara a cara) con Lentini, poeta amigo-, abre paso a un tono elegíaco respecto a una (cierta) juventud ida, nunca olvidada del todo, pero sobre todo se deja a luz un lastreano ubi sunt de los amigos…(11)

Y si tuviéramos que entrar de lleno a esa segunda modalidad (genérica) discursiva, la de la elegía -sin mencionar la práctica derivada del género ‘In memoriam”(12)-, habría que ir directo al poema más representativo de ésta en la obra poética de Lastra.(13) Se trata, todos lo saben ya, de “Noticias del maestro Ricardo Latcham, muerto en La Habana”, que viene acompañado de un epígrafe esclarecedor, en cuanto al tema de la ejemplaridad propio del género, tomado de las letras de otro poeta, Eduardo Anguita: “Esto no es un poema es un ejemplo que pasó…”(14) Esta elegía se propone desde un comienzo como una conversación (deseada) debida con el maestro desaparecido:

En estos meses en que yo me acerco
hasta casi tocar toda su edad,
pienso cuánto me hubiera gustado
ayer
o hace unas tardes
conversar con Ud. sobre nuestros asuntos,
sobre los raros libros
que encontró en sus andanzas:

y termina con esta última estrofa que deja sellada la comunión de la amistad:

Todo es cuestión de tiempo, como se dice,
para encontrarlo a Ud., también como se dice,
a la vuelta de la esquina. Entonces
el discípulo y el maestro
seguirán dialogando:
yo igualaré su edad,
aunque no sus saberes de este mundo y el otro. (107-109)

La clave de esta relación –entre maestro y discípulo, entre amigos lectores/escritores, que queda en este poema textualizada- está dada por ese “conversar con Ud. sobre nuestros asuntos”, los “raros libros” –lo que no debe entenderse como una simple conversación libresca, los “libros” (particularmente los “raros”) están allí como ejemplo de las felicidades a que puede llegar el lenguaje, y hablar de ellos es reescribirlos y vivirlos-, y al final de la primera estrofa haya toda la ejemplaridad que se celebra y desea (como una forma de simbiosis filial): “Ud., el enamorado de los libros, / el amigo, el protegido por ellos.”

La poesía de Pedro Lastra es, entonces -además de un manifiesto solitario de amor a los libros (protectores)-, una celebración de la amistad (de la “vida compartida” que ella promete y otorga, una alegría parecida a la de la juventud, por eso el entrecruce y esa permanente invitación lastreana: “ya hablaremos de nuestra juventud”), un canto a los dones del amor filial(15), que se vuelve, por una lógica vital y poética, una elegía del mismo cuando el/la amigo/a ha partido –cualquiera sea el modo de esta partida. Si esta larga conversación con los amigos y amigas –que tiene una naturaleza cuasi epistolar-, con sus dos o más modalidades discursivas, define su obra poética, no es menos cierto que ella ha provocado respuestas poéticas en homenaje al amigo y a su poesía, lo cual prueba que ha sido creadora de comunidad (no programática, por supuesto(16)). Podría hacerse una brevísima antología de estos poemas y otros textos dedicados a Pedro Lastra, cosa que aquí dejamos insinuada. Primero hay que consignar aquellos poemas que tienen a Lastra y su poesía como tema del poema, alfabéticamente: Carlos Germán Belli: “En alabanza de Lastra y Lihn”; Hernán Castellano Girón: “A Pedro Lastra”; Luis Correa-Díaz: “El arte de la amistad”; Alan Francis: “Ascender”; Javier Lentini: “A Pedro Lastra por sus Travel Notes”; Enrique Lihn: “Posdata” y “Noticias del extranjero: P. L. cumple cincuenta años”; Edgar O’Hara: “Claustrofobia”; Marcelo Pellegrini: "Planeando sobre el suceder”. También están las “Tres décimas para el poeta Pedro Lastra” de Eduardo Peralta. Hay otros poemas, pero esta vez simplemente dedicados a Lastra: Raúl Barrientos, Américo Ferrari, Oscar Hahn, Rigas Kappatos, Eugenio Montejo, Marcelo Pellegrini, Sergio Rodríguez Saavedra, Armando Romero, Gonzalo Rojas, Nicomedes Suárez-Araúz, y un poema de Sergio Mansilla, titulado “Fascinación del vacío (Saludo a Pedro Lastra)”, que estaría entre ambos. Libros de prosa (estudios sobre diversas materias) hay varios dedicados: Juan Durán Luzio, Rubén González, Oscar Hahn, Leonidas Morales, Edgar O’Hara; una novela de Alvaro Pineda Botero, un cuento de José Emilio Pacheco, una antología de cuentos de Fernando Burgos, y otra de poesía hispanoamericana en griego de Rigas Kappatos.

La historia de la poesía de Pedro Lastra –para retomar el concepto de poema único, de único libro- se remonta a 1954 y florece hasta hoy, siendo la última entrega en 2005: La sangre en alto (Santiago: Ediciones Acanto, 1954), Traslado a la mañana (Santiago: Librería Bello, 1959), Y éramos inmortales (Santiago: Editorial Universitaria, 1969, 1974), Cuaderno de la doble vida (Santiago: Ediciones del Camaleón, 1984), Travel notes [edición bilingüe, translations by Elías L. Rivers] (Maryland: La Yapa Editores, 1991, 1993), cuatro diferentes Noticias del extranjero (México, D.F.: Premiá Editora, 1979; 1982; Santiago: Editorial Universitaria, 1992; Santiago: LOM, 1998), Diario de viaje y otros poemas (Caracas: Monte Avila Editores, 1998), Three Poems for Juanita [Traducciones al inglés, griego, portugués y catalán] (London: La Yapa Editores, 1998), Algunas noticias del extranjero (México: Ediciones El Tucán de Virginia, 1996), Canción del pasajero / Tragoydi toy taxidiote [edición bilingüe; traducciones de Rigas Kappatos] (Atenas, Grecia: Ekdoseis Ekate, 2001), Canción del pasajero (Sevilla: Sibila, 2001), Palabras de amor (Santiago: LOM, 2002), Carta de navegación (Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2003), Leve canción. Antología poética (Quito: s/e, 2005). Este libro lastreano que se recicla a sí mismo en el mejor de los sentidos –incluida una cierta dimensión ecológica de la materialidad de la escritura-, donde una edición pasa selectivamente a formar parte de la siguiente y así, excluyendo algunos poemas, manteniendo un número importante, e incluyendo otros nuevos, hasta hoy. En el prólogo a Cuaderno de la doble vida (1984) -con ilustraciones de Mónica Lihn-, Enrique Lihn sintetiza el proceder de Lastra al decir que el Cuaderno era “parte de un único libro que P.L. viene escribiendo desde los años cincuenta” y que había encontrado “quizás su título, no su versión, definitivo como Noticias del extranjero.”(17) Como ayer, evidentemente ahora, con la edición de Leve canción del 2005, no estamos ante la versión definitiva del libro lastreano –y pese al justo aserto lihneano en su momento, tampoco junto al título definitivo(18)- y todo hace pensar, porque el afán del poeta no descansa, que nunca ocurrirá ninguna de las dos cosas, felizmente. Pero no se puede negar que cada vez que aparece un libro de poesía de Lastra sentimos esa palpitante proximidad al ideal. Y, en este sentido, creemos que aquí se encuentran, salvando las apariencias, dos expresiones que comúnmente existen por separado: el libro es antología y, a la vez, obras completas (pero de una manera abreviadora).(19) En razón de esta última afirmación cabe plantear que al leer cualquiera de los volúmenes publicados por Lastra ejecutamos al mismo tiempo una lectura de sus mejores poemas y de (casi) toda su obra en este género.

He aquí en suma la justificación, abreviada pero suficientemente clara para el caso, del título de este homenaje crítico a la obra poética de Lastra –con todas sus letras: un cuidado e inimitable Arte de vivir-, el tercero que se le rinde al poeta (y maestro de generaciones), con la diferencia de que el nuestro se centra de manera exclusiva en él y en los temas y variaciones de su poesía.(20) De todo lo que hemos dicho hasta aquí y mucho más dan cuenta detallada los diez “acercamientos críticos” que conforman la primera sección de este libro. Allí sus autores recorren e iluminan los diversos espacios en que la escritura poética de Lastra ejecuta sus actos de presencia.

Miguel Gomes abre el volumen centrándose en una de las estrategias poéticas más acabadas de Lastra, el manejo del silencio y del texto inclusivo, claves en la poesía de Lastra que, en sus inicios, coinciden y expresan a su manera esa “revisión radical de los paradigmas de la vanguardia chilena” (e hispanoamericana) que llevó a cabo la intelectualidad postvanguardista hacia los años cincuenta.(21) Lastra es un poeta docto, su extenso conocimiento se manifiesta en los frecuentes juegos intertextuales que aprovecha Oscar Sarmiento, en su artículo aquí, al trazar el eco de Ricardo Latcham en la poesía lastreana. “La lectura pormenorizada del poema a Latcham puede servir como puerta de acceso a los fantasmas o espectros que pueblan la poesía de Pedro Lastra” y, sobre todo, para meditar en la preservación y transmisión de los legados culturales. El tema y la experiencia del exilio y la extranjería (y la del forastero donde sea que esté), que se pone de manifiesto de manera muy enfática y permanente en la poesía de Lastra, aparece abordado en varios artículos de este volumen. Patricia Vilches lo estudia en sus dimensiones bíblicas y filosóficas, donde salida y regreso son, salvadas las apariencias, una misma experiencia del ser en su doble anhelo, ser del mundo y volver a su paraíso. Este es el significante que le asigna también Martha Canfield, sugiriendo que acaso el exilio fue la causa por la que Lastra se considere, más allá de ser un poeta chileno, parte de la comunidad universal de poetas. Noticias del extranjero es el poemario por excelencia que reúne gran parte de su poesía sobre el tema de la extranjería, de manera que Juan José Daneri comienza su artículo sobre Noticias… articulando una definición del extranjero en el contexto actual (postmoderno), para luego trazar las manifestaciones poéticas de la misma arraigadas en la actitud poética que surge del deseo de situarse en la “comunidad universal de exiliados” y que se construye mediante referencias inter/con/textualizadas, cuya vasta filiación histórica y geográfica es resultado de la erudición del poeta. Daneri hace hincapié en el anhelo utópico del sujeto nómada que aparece en este volumen contextualizado por el elemento nostálgico relacionado con la “condición de extranjero” como un “proceso” (en la línea metafórica del “viaje”) vital y textual. Luis Jiménez examina igualmente las Noticias…, perodesde el ángulo de la “metacrítica” y centrándose en el eco dialógico producido por la intertextualidad, todo lo que forma parte de la propuesta orgánica y afectiva de la poesía de Lastra.

Los artículos de William Little y Elizabeth Monasterios indagan en la naturaleza de la poética lastreana a partir de varias modalidades. En su minucioso estudio que sigue la trayectoria de un solo poema, “Copla”, Little aprovecha algunas características de este poema (por ejemplo su brevedad) y de paso reflexiona sobre los im/posibles paralelos entre este poema y el haiku japonés. Por otro lado, Monasterios, centra su análisis en “Noticias de Roque Dalton” (aunque alude a varios otros poemas), y lleva su indagación hacia el significado de la “memoria” como gesto poéticos en el espacio cultural chileno de la post-dictadura. La sección de artículos evaluativos se cierra con dos artículos que se proponen observar ciertas correspondencias entre la obra poética y ensayística del autor. María Luisa Fischer explora la energía creativa de Lastra en la encrucijada entre poesía y labor crítica, unidas ambas por un ejercicio de erudición del poeta trazando y transformando las lecturas que se asoman en ambos dominios. En el último estudio vemos a Lastra en su faceta de ensayista “discreto” –de acuerdo a la noción de Gomes. Aquí Marcelo Pellegrini, para quien “la prosa ensayística de Lastra es un producto directo de su poesía”, dirige su atención a la práctica de esa apasionada y “sigilosa (por lo cuidada y atenta) poética borgiana de la lectura” manifiesta en los ensayos de Leído y anotado. Letras chilenas e hispanoamericana (2000). Así a Lastra se le reconoce partícipe de ese árbol genealógico de ensayistas discretos, eruditos y generosos de América: Reyes, Borges, Latcham, Zaid, entre otros.(22)

En la segunda sección, “Miscelánea”, se encuentran ocho textos breves y de índole más personal. Entre ellos hay reflexiones de amigos, como las de Rigas Kappatos, traductor al griego de los poemas de Lastra, y de poetas contemporáneos de la estatura de Enrique Lihn, Oscar Hahn, Gonzalo Rojas, Armando Romero y Carlos Germán Belli, que retratan desde diversos ángulos a Lastra (el crítico, el poeta y la persona). También se incluye el discurso de presentación de Lastra como “Profesor Honorario” de la boliviana Universidad Mayor de San Andrés, y una reseña de García-Lozada sobre Leído y anotado donde se ponderan las finezas de estas escrituras.

La tercera sección recoge tres entrevistas actuales con Pedro Lastra, en las que se vislumbra el característico arte de la conversación del poeta, además de quedar nuevamente manifiesta su famosa condición de escrilector, donde sus observaciones sobre las lecturas hechas y por hacer son siempre una guía y, más aún, una invitación constante a emprender o seguir ese viaje de forastero que es el leer para obsequiar a los suyos (y a quien quiera dialogar) lo aprendido en el ejercicio de esa laboriosa pasión (en poesía y en crítica). Esta sección se vincula con el ‘epílogo de poeta’ en este libro, un ensayo del mismo Lastra sobre el exilio que es una vertiente emblemática de su pensamiento poético.


* * *

NOTAS

(1)* Apareció como adelanto, bajo el título de “El arte de la amistad: notas prologales a la poesía de Pedro Lastra”, en Analecta. Revista de la Facultad de Educación (Universidad de Viña del Mar) 1 (2007). http://www.uvm.cl/educacion/publicaciones/analecta/1/correa-nagy.pdf
En su ensayo “Stephen Crane’s Metaphor of Decorum. Maurice Bassan, ed. Stephen Crane. A Collection of Critical Essays. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1967. 67-79. Si este prólogo nuestro llevara título, iría seguramente en la línea de lo dicho por Jonson respecto a Crane. Cuestión que, sin embargo, ya se halla cifrada en el poema de Lihn que aquí se recuerda y que ha acompañado repetidamente la poesía de Lastra.
(2) Véase también en este libro un texto emblemático ya desde su título, “Mi amistad con Pedro Lastra” de Rigas Kappatos.
(3) Recuérdese su “Arte poética”: “En un cielo ilegible he pintado mis ángeles / y es allí que combaten por mi alma, / y en la noche me llaman de uno y otro lado: / no en el día, / porque la luz les quita la palabra.” (a no ser que se especifique otra fuente, citamos en lo sucesivo por la edición de LOM de 1998: 113).
(4) Un poema para ilustrar, “Escribo el nombre de Nerval”: recuerdo un verso y lo repito / es su palabra la que digo / la que recuerdo y alguien dice / y no soy yo y el balbuceo / de su palabra es el silencio / (¿quién habla aquí, quién está aquí?)”. (99)
(5) Vale precisar: “For Aristotle, philia is not a simple name of a certain type of affectionate relationship as ‘friendship’ is today. It is rather an essential part of one’s ethos, almost a synonym for ‘goodness,’ but as a trait it exists only as actual, intentional, and reciprocal goodwill toward the other.” Kuisma Korhonen, Textual Friendship. The Essay as Impossible Encounter. From Plato and Montaigne to Levitas and Derrida (New york: Humanity Books, 2006), 104.
(6) Quizás el poema más emblemático sea “Conversación con Mary Anna en ‘La casa de la cima’” (36).
(7) Incluso podría llegar a afirmarse que sus Conversaciones con Enrique Lihn (Santiago: Atelier Ediciones, 1990 / Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1980) no son sólo una pieza maestra en el ejercicio del diálogo literario intelectual, sino que además puede tenérselas como reinauguradoras del género (antiguo, por cierto) a inicios de la década de los ochenta y que en los noventa cobraría amplia difusión.
(8) En el poemario Y éramos inmortales este poema trae bajo el título un paréntesis cronológico: “(1° de octubre, 1972)”. (55)
(9) No habría que pasar por alto que este tipo de poemas, los que reseñan un libro querido, forma parte consustancial de las operaciones poéticas de Lastra. Otro ejemplo clave lo encontramos en “Reseña: Enrique Lihn, Pena de extrañamiento (1986)”. (95) Por su parte, Lihn escribió uno de este tipo para Lastra –aunque “Postdata” también tiene un giro similar-: “Noticias del extranjero: Pedro Lastra cumple cincuenta años”, el que se puede ver en Pedro Lastra o la erudición compartida. Estudios de literatura dedicados a Pedro Lastra (Editado por Mario A. Rojas y Roberto Hozven. México: Premià Editora, 1988), 11-13.
(10) Otro tipo de poema que se relaciona estrechamente con el poema-reseña, no obstante tiene sus particularidades. Un ejemplo está dado por “Relectura de Enrique Lihn” (94). Esto también tiene su representación en la ensayística del autor: sus Relecturas hispanoamericanas (Santiago: Editorial Universitaria, 1987). Se tendría que incluir en este plano otras prácticas lastreanas: la de dar “noticias”, la de los “informes”, “descripciones”, etc., todo lo que habla en primer lugar de la experiencia y escrituras condensadas en su decir, y de allí habría que elaborar mucho más.
(11) Lentini a su vez escribió un poema titulado “A Pedro Lastra por sus Travel Notes”, publicado en Tercer Milenio (Bronx, NY), Año II, Nº 1, (Otoño 1995): 69.
(12) Aparte de los poemas particulares, como el “Mester de lejanía (In memoriam Juan Luis Martínez)” (91), sería necesario remontarse al “In Memorian” [al enamorado genérico] (Y éramos inmortales, 34-35), pero que es toda una ars poética (temprana) en esta línea de textos.
(13) Circunscritos aquí a su poesía, pues lo que se ha dicho hasta ahora también cuenta con ejemplos en su obra ensayística.
(14) Otros poemas sobresalientes son el ya aludido “Noticias de Roque Dalton” y “Palabras a Víctor Jara” (Carta de navegación, 79).
(15) Del otro amor hay una antología que consultar, Palabras de amor (2002).
(16) Conviene tener presente el siguiente pasaje del capítulo “A Noncommunity of Writing (Derrida)” de Textual Friendship: “Our experience of writing is radically communal, the Other always preceding and governing the Same. This community of writing should not be understood, Derrida suggests, in a sense of brotherhood or neighborhood. Our community, if we must use the word, should be a community without community, community of those who do not have a community; perhaps a noncommunity of writing where the Same faces the Other in the heart of chiasmatic philopolemology, the Same both loving and opposing the Other, avoiding thus the temptations that longing for common identity may cause –nepotism, nationalism, racism, all the diseases of identity.” (Korhonen 394)
(17) Este prólogo de Lihn aparece más adelante en la sección Miscelánea. De manera similar Miguel Gomes afirma al iniciar su “Prólogo” a las Noticias… de 1998: “Hay poetas cuya obra desarrolla obsesivamente un puñado escaso de materias; todos sus libros son uno –un poema único todos sus poemas. El sentido más determinante de su escritura nace de esa restricción. La poesía de Pedro Lastra es un buen ejemplo de ello.” (3)
(18) De hecho todo hace pensar que las de 1998 será el último poemario que lleve el título de Noticias del extranjero.
(19) No hay que olvidar que Lastra ha sido un excelente antologador de cuentos, chilenos y latinoamericanos, y de poesía. A lo que habría que agregar su labor de prologista y editor. Las referencias bibliográficas de todo esto se encuentran en los estudios críticos que siguen a estas páginas.
(20) Los dos anteriores son: el ya mencionado Pedro Lastra o la erudición compartida (1988) y “Con tanto tiempo encima.” Aportes de literatura latinoamericana en homenaje a Pedro Lastra, editado por Elizabeth Monasterios P. (La Paz, Bolivia: Plural Editores / Universidad Mayor de San Andrés, 1997). Ambos libros contienen, no obstante, testimonios, cartas, homenajes poéticos y algunos estudios sobre su poesía. Habría que incluir aquí otros dos homenajes al poeta, cuyas explicaciones están en ellos mismos: la edición de Three Poems / Tres poemas para Juanita (1998) y la de Leve canción (2005), idea-regalo de Irene Mardones Campos. Para una reseña de este último, véase la del poeta Juan Cameron en http://www.liberacion.press.se/notas/cameron.htm
(21) Gomes ha hecho otros estudios sobre la poesía lastreana y es, por muchas razones, uno de los grandes conocedores de la misma. Véase, por ejemplo, “Pedro Lastra, la felicidad del extranjero,” AErea. Anuario hispanoamericano de poesía 7 (2004): 29-32. También ha prologado los poemarios Noticias del extranjero (1998: 3-14) y Carta de navegación (2003: 11-18).
(22) Como los califica Gomes en una reseña de Leído y anotado http://www.everba.com/summer02/leido.htm


[Este texto corresponde al “Prólogo” de Nagy-Zekmi, Silvia y Luis Correa-Díaz, eds. Arte de vivir: acercamientos críticos a la poesía de Pedro Lastra. Santiago de Chile: DIBAM / Archivo del Escritor, Biblioteca Nacional / RIL Editores, 2007. 11-24. http://www.rileditores.com/articulo/Articulo.do?m=ver&idArticulo=1170870707484


Silvia Nagy-Zekmi
http://www19.homepage.villanova.edu/silvia.nagyzekmi/
Luis Correa-Díaz
http://correa.myweb.uga.edu





jueves, 14 de marzo de 2013

Pedro Lastra / El poeta y su tiempo

Pedro Lastra
Nueva York, 1999
PEDRO LASTRA
El poeta y su tiempo

Por ALEJANDRO LAVQUEN


De paso por Chile, pues se encuentra radicado en los Estados Unidos, donde es Profesor Emérito de Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook, Punto Final conversó con el poeta y estudioso de la literatura Hispanoamericana, Pedro Lastra, que es además miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua y profesor honorario de las Universidades San Marcos (Perú) y de San Andrés (Bolivia). Desde 1978 ha sido uno de los editores de la sección de poesía hispanoamericana del Handbook of Latin American Studies que publica la Biblioteca del Congreso, de Washington. Vasto conocedor de nuestra literatura ha publicado, entre otros, los libros: "Y éramos inmortales" (1974); "Noticias del extranjero" (Lom Ediciones, 1998); "Conversaciones con Enrique Lihn" (1980); "Leído y anotado" (2000) y "Palabras de amor" (2002), ambos por Lom Ediciones. Es también uno de los pocos escritores chilenos traducidos al griego, en una hermosa edición bilingüe del libro "Canción del pasajero" (2001).




Tengo entendido que además de poeta es profesor normalista.

Si, las escuelas normales fueron un semillero realmente notable de formación y de desarrollo de nuestras vocaciones particulares.

Usted escribió un texto a muy interesante acerca de la crítica y que aparece en su libro "Leído y anotado" (Lom Ediciones).

Esa fue una conferencia que di en la Feria del Libro de Bogotá, donde se realizó un coloquio sobre la crítica literaria, preguntarse qué sentido tiene hacer crítica literaria. A mí se me ocurrió participar con un texto que se llama "Testimonio de parte", porque además de ser profesor de literatura soy fundamentalmente un lector, y en más de un sentido un escritor, entonces cómo se conjugan estos intereses diversos de alguien que opina sobre la literatura desde estas diversas perspectivas que a mí modo ver son una: el amor por la literatura.

¿Pensando que quizá un crítico literario tiene más conciencia de qué es lo que busca en la escritura no hace más difícil ser poeta al mismo tiempo?

Sí y no, creo yo. Pienso que en todo escritor hay un crítico en potencia. Desde luego el escritor es el primer lector de su obra y por lo tanto su primer juez. La primera lectura o relectura de los textos es la que hace el autor. Él sabe que su trabajo está sometido a ese juicio inmediato, cuando empieza a sorprender las vacilaciones, lo que es eliminable y lo que perdura, un trabajo de corrección que implica comenzar a leer el propio texto como sí fuera de otro.

Usted hace una cita a un texto de Mario Góngora sobre la historia pero que es aplicable, en su concepto, a la literatura y que dice: "...la historia es una casa con muchas moradas y es importante que la generación más joven evite atribuir cualidades absolutas o exclusivas a las últimas tendencias intelectuales, como siempre sucede en Hispanoamérica".

Sí, pero quisiera aclarar que, ese texto aparece dentro del mío en el momento en que yo emitía un juicio evidentemente crítico acerca de la crítica académica. Estaba tratando de señalar por qué la crítica académica, la que se ejerce en el trabajo universitario, donde existe un diálogo docente había terminado produciéndome un desencanto, y el fundamento de todo esto me pareció encontrarlo en este hecho, que la crítica académica muchas veces repite sin un sentido crítico verdaderamente creador lo que se ha dicho en otras partes. Una aplicación indiscriminada de modelos que resulta muy distanciadora para el lector. Aunque es cierto que está dirigida a la crítica académica fundamentalmente, a los iguales de quienes la ejercen.

Me llama la atención una cita de Italo Calvino sobre que muchas veces las introducciones, las bibliografías, los prólogos, el aparato crítico, etc., tienden una cortina de humo al pretender saber más que el propio texto ¿Tiene esto que ver con las opiniones tajantes acerca de tal o cuál obra literaria?

Yo creo que la opinión sobre valores está determinada por una intensa subjetividad, y me parece que el juicio literario –y esto vale con respecto a cualquier arte- es, por decirlo de una manera general, es cuestionable porque finalmente las preferencias estéticas y sus valoraciones dependen del individuo que la emite, depende de muchos aspectos de su formación. Hay personas a las que un poema los fascina y otro lector a quien no le pasa nada con ese mismo poema. La pretendida objetividad del juicio a mí me parece, por decir lo menos, un error, pienso que no hay una objetividad del juicio sino que esa objetividad es profundamente relativa. Uno podría preguntar por qué te interesa tal autor y no otro, y podríamos discrepar de una manera radical, porque determinada obra siempre nos toca de una manera particular, por una circunstancia especial, por las vivencias que has tenido, por las inclinaciones personal, por las lecturas que has hecho, son miles los motivos que determinan finalmente la opinión de cada uno. Entonces yo he tratado de ser muy cuidadoso, incluso en mis clases de literatura donde ha menudo se manifiestan discrepancias, aunque siempre en un diálogo muy amistoso.

Hay cosas muy discutibles, Kant reflexionó sobre este tema y dijo, bueno, resumiendo: una obra es importante porque dice algo verdadero con respecto a su objeto y porque compromete a todos. Claro, esas son dos notas muy atractivas, pero uno diría cómo se prueba que compromete a todos. Es cierto también que hay algunas obras que le hablan a una inmensa mayoría, pensemos en una sinfonía famosa o en un cuadro famoso que impresionan a todo el mundo y a todo el mundo le dicen algo distinto. Pero es muy difícil determinarlo también, pero qué pasa con representantes de otras culturas a quienes esa obra que a nosotros nos conmueve por razones histórico culturales muy definidas puede no decirles nada, entonces creo que en ese terreno hay que tratar de evitar las opiniones tajantes. Yo digo: a mí me interesa especialmente tal autor o me conmueve la lectura de este otro autor.

           Ahora, en cuanto a la escritura en Chile y las posibilidades de difusión, las librerías tradicionales van desapareciendo en favor de las cadenas comerciales, dejando al escritor que está naciendo prácticamente indefenso, pues se le complican mucho las posibilidades de dar a conocer su obra ¿Qué piensa usted de esto?

          Bueno, debo admitir que conozco poco ese problema, porque mi paso por Chile es casi siempre algo fugaz. Y aunque me relaciono con amigos de mi tiempo y algunos jóvenes, la verdad es que soy una opinión un tanto desautorizada en ese terreno, porque mi conocimiento del medio es precario. Pero recogiendo lo que usted dice, pienso que ese fenómeno –estoy pensando en general y vinculándolo con mi propia experiencia- no es sólo de este tiempo. Es posible que se haya agudizado en este tiempo, pero creo que todos los escritores en sus comienzos enfrentan esas dificultades, los editores fruncen el ceño cuando se acercan un joven con un manuscrito. Porque piensan en su proyección futura y saben que eso no siempre está garantizado. Yo creo que todos hemos pasado por ahí, a veces suelo contarle a los jóvenes las duras experiencias de mi generación, que es la del ‘50. En mi caso, mis primeros libros fueron autofinanciados penosamente porque era un maestro primario y con ingresos muy precarios, entonces hay un cierto heroísmo en este oficio, en el que uno sacrifica muchas cosas y quiere, de alguna manera, incorporarse al canto de la tribu, por así decirlo. El diálogo es con algunos amigos que afortunadamente uno cuando joven consigue rápidamente, en mi caso es muy memorable mi amistad con Enrique Lihn, que sufrió parecidos problemas. La publicación de sus primeros libros, hasta 1963, cuando se publicó "La pieza oscura", él tuvo que financiar sus obras con las dificultades que aquí se han planteado.

Otro tema que usted ha tratado en sus escritos es el de los poetas marginales ¿Podría aclarar un poco el concepto? Se lo pregunto en el sentido de que generalmente al poeta marginal suele confundírsele con el poeta maldito. Y acá está el caso de Juan Emar, Juan Luis Martínez y Omar Cáceres, por ejemplo, de los cuales usted se ha preocupado y son marginales, no así malditos.

Bueno, lo primero es aclarar el concepto de marginalidad con el que intente trabajar, y que no se refiere a esa marginalidad del personaje en pugna con la sociedad. El problema para mí parte de otra consideración que es un poco lateral, la noción marginalidad procede de las Ciencias Sociales y yo la he tomado en préstamo para calificar o para describir un tipo de situación donde un escritor, sea cual sea su origen social, porque evidentemente hay dificultades adicionales que uno debe considerar, yo me plantee esta cuestión en términos generales para decir hay escritores cuya propuesta, en un momento determinados, excede las expectativas del medio. A mí me pareció atendible y central lo que era su propuesta, entonces estos escritores cuya proposición de una obra, o desde el punto de vista del mundo que representan o de las experiencias que refleja exceden las expectativas del lector tal como se dan en un momento determinado son rechazados. Me parece que ese fue el caso de María Luisa Bombal, ella publicó sus en 1935 y 1938, y esos libros tuvieron un eco muy menor en ese momento, entonces me he preguntado ¿por qué?. Bueno, porque en ese momento los intereses de los lectores eran otros, eran una literatura criollista, regionalista, era la hora de la gran literatura regionalista, y esta proposición de una escritora cuyo mundo fuertemente interiorizado se proyectaba en sus novelas quedaba al margen y resultaba una propuesta excéntrica. Entonces se produce una marginalidad. Fue también el caso de Juan Emar, que publicó todos sus libros en la década del treinta y resultó que los tomaron como algunas cosas interesantes porque era un tipo curioso, pero nada más. Además que Juan Emar atacaba directamente a los críticos literarios con nombre y apellido. Él quedó en el olvido, se constituyó en un escritor marginal. Mi reflexión parte de una cosa muy simple: hay ciertas líneas que en momentos determinados, en la historia literaria, son las líneas centrales y hay una línea que corre paralela a ella y que llamaría los escritores marginales, a mí me parece que los poetas son siempre marginales, ¿con respecto a qué?, con respecto a las preferencias generales que son la lectura de la novela, el ensayo o el cuento, que son géneros más públicos. Me parece que el ejercicio poético siempre ha sido en gran medida marginal, en el sentido en que hemos hablado, claro está.

Tomando esto de la marginalidad, un arquitecto ha dicho que una de las observaciones que más le repiten los visitantes extranjeros de la ciudad de Santiago es que aparece como una ciudad desarticulada, armada a base de una serie de individualidades que no dialogan. ¿Con la poesía pasa también eso?

Claro, eso también pasa, pero pasa en un sentido diverso. Es cierto, no dialogan las formas arquitectónicas de una ciudad porque eso se constituye como un conjunto, pero la expresión poética es siempre una expresión fuertemente individualizada y esas individualidades chocan, evidentemente, no sólo contra otras individualidades sino que también a veces chocan contra el contexto general y eso es lo que intensifica esta noción de marginalidad tan específica en la que yo quise centrarme.

Una pregunta que puede parecer cliché ¿Para qué sirve la poesía? ¿Para qué escribe un poeta?

La verdad es que no tengo una respuesta para eso. Uno escribe por una moción del ánimo, yo creo que uno escribe también por descolocación, la gente que está feliz no escribe. Creo que es uno de los motores, ahora qué es lo que busca uno con la poesía, yo no sabría decirlo. Tengo eso sí una pequeña anécdota: un día asistió a una de mis clases, a observar, el poeta Juan Gelman, entonces uno de mis estudiantes le dijo que querría usted que en sesenta años más se dijera de su poesía. Él se descolocó un poco, y tras meditar un y dijo: no había pensado en eso, pero diría que esa persona que lee en sesenta años más un poema mío se sintiera acompañada. Y creo que eso es de lo más lindo que he escuchado y es lo que quisiera asumir como mío.

Respecto a la poesía chilena actual ¿Cuál es su visión? ¿Y qué opina acerca de que algunos plantean que la poesía escrita tras el golpe de 1973 es muy menor a lo que se escribió en los años sesenta?

No tengo una respuesta clara respecto a ese problema, no lo sé, tengo una visión quizás muy parcial de lo que ha pasado en la literatura chilena en los últimos años, particularmente después del golpe. Lo único que sí se me ofrece con gran claridad es el hecho que esos diecisiete años de la dictadura fueron evidentemente oscurecedores del proceso, fue una traba grave, han dejado una marca difícil de eliminar. Porque diecisiete años es un tiempo muy largo en esta práctica de la represión y de la censura o de la autocensura, que puede ser peor que aquélla. Fueron años a los que yo asistí un poco desde lejos o viniendo con las limitaciones que todos veíamos en eso años llenos de amenazas. Lo que sí siempre me ha sorprendido, y no sólo en Chile, el fervor por la poesía no disminuye. Ahora, yo creo que la poesía de esa generación, que comienza a escribir en los años cincuenta, constituye un conjunto de obras de gran importancia: Lihn, Teillier, Hahn, Uribe, son intelectuales y poetas de una gran calidad, pero creo que entre los jóvenes eso también se repite, en un sentido u otro, cambiando siempre lo que hay que cambiar porque los tiempos cambian. Es evidente que Juan Luis Martínez, por ejemplo, fue un escritor de extraordinario talento y que su obra tiene una vigencia entre nosotros, muy considerable. Desgraciadamente conozco poco de los escritores más jóvenes, salvo por algunas cosas que me llegan y me parecen muy apreciables y uno tiene que esperar que las aguas recuperen su cauce normal. Creo que el efecto que produce en todos nosotros la tradición poética es muy notable. Por otra parte hay poetas que están como sumergidos y que se espera que salgan al aire. Aquí está de nuevo lo marginal, en el sentido que hablamos hace un rato, yo creo que Anguita y Rubio son marginales y sus libros son de un gran nivel.

Otra limitante tiene que ver con la inexistencia de una crítica verdadera, ya ni siquiera uno aspira a una crítica, aspira a ciertos elementos de difusión. En los cincuenta las revistas y los diarios tenían muchas páginas literarias. Hoy eso no sucede salvo contadas excepciones.

Últimamente y relacionado con la crítica, producto además de un supuesto plagio, se ha hablado mucho de la intertextualidad, produciendo toda una discusión que no se había dado en los sectores literarios ¿Es, o puede ser, un palimpsesto la literatura?

Yo creo que toda literatura es intertextual, porque la noción de intertextualidad es muy amplia y la han definido muy bien los estudiosos de la nueva crítica francesa. Todo es texto en el mundo, la historia, el cuerpo, las prácticas alimentarias, etc. Es decir todo se constituye como un texto puesto que todo eso nos llega y lo leemos y lo interpretamos y lo incorporamos, así que no hay obra literaria que no reconozca un fondo múltiple al que le debe su existencia. Ahora, en materia literaria es evidente que la literatura se ha hecho con literatura, y no se entiende a Dante sin Virgilio y a Virgilio sin Homero, y finalmente el Ulises de Joyce sin todo eso junto. La noción de plagio fue una noción muy extendida en una época en que se privilegiaba el principio de la originalidad, pero la verdad es que las obras musicales, por ejemplo, pensemos en Mahler o en la pintura, o en la literatura en este caso específico, está siempre llena de citas que son punto de partida y elaboración. Lo importante es que el nuevo texto es ese espacio en el que se propone la diferencia, en que ese texto es propuesto como una diferencia.

De hecho las traducciones son, en el fondo, reescrituras.

Claro, son reescrituras porque el texto original no puede repetirse sin más, el pasarlo a otra lengua ya lo constituye en otro texto.

¿Hay un nuevo proceso de creación?

Sí, a mí me parece que la noción de intertextualidad es una noción absolutamente creadora y fundamental. Si todo es texto, si leemos el mundo como un texto, todo confluye en la nueva obra como una suma de textualidades, pero lo importante es de qué manera se establece allí diferencia.

En cuanto a su propia poesía usted ha dicho que "Noticias del extranjero" era el único libro que había escrito ¿Por qué esa apreciación?

Bueno, eso en gran medida es cierto, lo que yo he hecho es acudir a una práctica que no es mía pero que está en muchos otros autores que van recogiendo y reprocesando sus libros, porque uno está corrigiendo siempre. En el libro "Noticias del extranjero" yo recogí un verso, por ejemplo, un solo verso de un libro de 1954 que se llamó "La sangre en alto" y de repente al releer me dije yo con todo esto no quiero encontrarme pero me parece que este verso todavía es válido y lo incorporé. He hecho un trabajo continuo con los textos a los que uno vuelve y el libro citado tiene varias ediciones pero todas son distintas pues a veces he cambiado los títulos o he modificado la disposición del poema y generalmente los he acortado. Tengo una tendencia a la concentración, procedo por concentración y sobre todo por eliminaciones. Le tengo mucho temor a la palabra vacío y pongo muy a prueba eso revisando y no vacilando en sacar lo que pienso ya no dice nada. Dicen algunos amigos que esto puede convertirse en una manía que lo condene a uno al silencio, pero creo que vale la pena correr ese riesgo si se logra formular alguna idea o vivencia poética que pueda tener significación para los lectores. Que se sientan acompañados.

Pedro Lastra
YA HABLAREMOS DE NUESTRA JUVENTUD

Ya hablaremos de nuestra juventud,
ya hablaremos después, muertos o vivos
con tanto tiempo encima,
con años fantasmales que no fueron los nuestros
y días que vinieron del mar y regresaron
a su profunda permanencia.
Ya hablaremos de nuestra juventud
casi olvidándola,
confundiendo las noches y sus nombres,
lo que nos fue quitado, la presencia
de una turbia batalla con los sueños.
Hablaremos sentados en los parques
como veinte años antes, como treinta años antes,
indignados del mundo,
sin recordar palabra, quiénes fuimos,
dónde creció el amor,
en qué vagas ciudades habitamos.


(Noticias del extranjero)


Publicada en "Punto Final" N° 547 (agosto 01. 2003)