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sábado, 24 de marzo de 2018

Jeffrey Eugenides / El suicidio de las hermanas vírgenes aguanta el paso del tiempo



El suicidio de las hermanas vírgenes aguanta el paso del tiempo

Las adolescentes de Jeffrey Eugenides cumplen 25 años con nuevas reediciones y trazando el camino a otras novelas

LAURA FERNÁNDEZ
Barcelona 19 MAR 2018 - 03:30 COT

El año 1993, Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), por entonces un completo desconocido que decía escribir por las noches y amaba por igual a Joann Beard y a Henry James, a Vladimir Nabokov y a George Eliot, publicaba su primera novela, un artefacto delicadamente macabro titulado Las vírgenes suicidas. La idea se la había dado la niñera de su sobrino. Al parecer, la chica tenía un puñado de hermanas. Y todas habían intentado suicidarse en algún momento siendo aún adolescentes. Eugenides imaginó qué hubiera pasado si todas lo hubieran conseguido. También, qué hubiera pasado si él hubiera vivido en el mismo barrio que ellas. Y aquella misma noche se puso a escribir la historia de las malogradas hermanas Lisbon –Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese–, cinco hijas del vacío existencial del suburbio norteamericano, y de la idea, siempre sospechosa, de la familia perfecta.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Jeffrey Eugenides / Middlesex




Jeffrey Eugenides
MIDDLESEX
Por José Angel Barrueco


Jeffrey Eufenides nos asombró a muchos lectores con su primera novela, Las vírgenes suicidas. No le va a la zaga su segundo libro, este ambicioso Middlesex, que cuenta la historia de un hermafrodita, Calíope Stephanides, de origen griego, pero nacido en Estados Unidos. El aspecto más interesante es que el narrador (el propio Cal) desvela primero la historia de sus antepasados: sus padres, sus tíos y sus abuelos, que ocultan un secreto que queda atrás, en la región que atacan los turcos, Esmirna. Como hábil narrador de una saga familiar, Eugenides emplea la tragicomedia, y así el humor suaviza los pasajes más duros y la crudeza vuelve más creíble los pasajes más inverosímiles. Me atrevería a decir que estamos ante una obra maestra, inspirada en los clásicos griegos, con alusiones a Buñuel y a Europa que convierten a este escritor en, quizá, el más europeo de los narradores americanos.
Middlesex se disfruta de principio a fin, y resulta difícil soltar el libro, poblado de personajes e historias interesantes: dos hermanos que se enamoran entre ellos, el ataque de los turcos, la huida en barco, el modo de prosperar en Detroit, los disturbios raciales, el primer amor, el doble problema de ser una adolescente que se está convirtiendo en un chico sin que nadie lo sepa, una abuela que predice el sexo del no nato colocando una cuchara sobre el vientre...
Acaso la única pega sea la fijación obsesiva de Eugenides por el detalle. Todo es nombrado. Si habla de un personaje, detalla su ropa, nombra las marcas de los zapatos, de la camisa y de la marca de tabaco que fuma, no olvida ninguno de los elementos del escenario que lo rodea, recuerda la Historia de una ciudad o de un personaje real, especifica tanto que apenas queda nada que pueda imaginar el lector. Ahí reside su mayor talento y quizá su flaqueza, al mismo tiempo. Algunos lectores quizá se cansen de esa obsesión por abarcarlo todo. Yo estoy deseando que escriba su tercera novela. Porque sus dos únicos libros me parecen inolvidables.
[Nota: olvidé, injustamente, mencionar a su traductor, Benito Gómez Ibáñez, quien ha traducido a Carver, Auster, McEwan, Capote, entre otros. Y hay que reconocer que ha hecho con Eugenides una labor de titán; una traducción impecable]




¿LA NOVELA MÁS GRANDE DEL AÑO?
Por Leandro Pérez Miguel


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Sin duda es una de las más grandes novelas del año. Ahora bien, ¿por su calidad literaria además de por su extensión? Las seiscientas y pico páginas de ‘Middlesex’ (Anagrama), la muy esperada segunda novela de Jeffrey Eugenides, aparecida nueve años después de ‘Las vírgenes suicidas’, fueron acogidas en Estados Unidos, el país natal de este narrador de origen griego, nada menos que con el Premio Pulitzer. En España a la mayoría de los críticos les han cautivado las andanzas de Cal Stephanides y sus ancestros. Pero no a todos.
En cualquier caso, parece evidente que esta narración cuenta con un principio memorable, porque tres críticos literarios lo reproducen en sus reseñas. Así arranca ‘Middlesex’: “Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”.
Bien, uno de los que citan esas palabras, Antonio Fontana, de ‘Abc’, comienza su crítica con esta exclamación: “¡Madre mía, qué novela! Calificarla de impresionante sería poco”, y la termina con este vaticinio: “El resultado es una novela sobresaliente, poderosísima, que no es de extrañar que mereciera el Premio Pulitzer. Por el camino que va, lo que le concederán a Eugenides es el Nobel. Seguro”.
Una ficción mamut
Su tocayo Antonio Lozano, de “Qué Leer”, no le va a la zaga, como se advierte en esta larga y bien resuelta pregunta: “¿Qué mejor muestra de salto evolutivo que pasar de una faluca –en forma de novela corta, intimista y de macabra dulzura sobre un quinteto de ángeles de la muerte–, de una enlutada y poética pieza de cámara, a un petrolero de casi setecientas páginas –léase fresco hiedra, voraz y musculoso que rastrea las anomalías de un revoltoso y transgresor ADN griego a lo largo de casi un siglo–, a una composición wagneriana, sin sobresalto alguno, dando una portentosa lección de magisterio literario?” Según Lozano, “apenas sale, al año, media docena de ficciones mamut tan gozosas, tan perfectas”.
También ensalza este libro el escritor Ignacio Martínez de Pisón, que dijo en “El País”: “La genealogía literaria de Eugenides es sin duda impecable, pero lo que hace de ‘Middlesex’ una novela deslumbrante es su singular intimidad con el alma humana. ‘Middlesex’ es, en todos los sentidos, una novela grande, grandísima”.
¿Un clásico?
Estamos, pues, ante todo un novelón. ¿O no? A juicio de Sergi Sánchez, de “El Periódico”, Eugenides ha fracasado al alumbrar “una novela condos cabezas que nunca se miran a los ojos”, o dos novelas en una: “Ambiciosa y decepcionante, voluptuosa y fallida, épica y defectuosa, ‘Middlesex’ parece estancarse en su propio discurso sobre la vida como un eterno conflicto entre opuestos sin saber cómo integrar y fundir dos novelas que siempre discurren olvidándose del ritmo y las necesidades mutuas”.
Más reparos. Diego Doncel, de “El Cultural”, añade que Eugenides no siempre llega literariamente en ‘Middlesex’ tan lejos como en ‘Las vírgenes suicidas’. Señala que “se desliza en muy contadas ocasiones a una escritura excesivamente plana” y que por el “anhelo de escribir la Gran Novela Americana resulta algo confusa la pertinencia de tanto detallismo familiar y tanto laberinto intrahistórico, de igual forma que puede resultar inverosímil tanta omnisciencia en el narrador”.
No obstante, Doncel también elogia a Eugenides. Aunque no tanto como Jordi Galvés, de “La Vanguardia”, que hasta se refiere a él llamándole “el Coloso de Detroit”, que sostiene que ‘Middlesex’ es “un nuevo clásico, una novela excepcional, imprescindible”, y que asegura: “Por supuesto, es ésta la gran novela, la última gran novela americana tantas veces anunciada con indisimulado anhelo, pero precisamente por ello es también la gran novela europea, la gran novela de nuestra cultura desorientada, convulsa y entusiasta, la gran novela de un tiempo, el nuestro, enamorado del futuro”. Por grandeza, que no quede.





MIDDLESEX
Por Pedro Jorge Romero

Pensaba que este libro no me iba a gustar. La razón por la que llegué a pensar tal cosa se me escapa. Quizá por tratarse de una novela literaria, que tienden a estar muy bien escritas y a contar bien poco. Pero claro, el autor no es español, y su primero novela, Las vírgenes suicidas, me había gustado mucho, por tanto ¿a qué pensar tal cosa?

El libro tiene un gran componente histórico. En particular, el trasfondo de la guerra entre Turquía y Grecia. Como la novela histórica no me suele gustar, quizá pensé que me resultaría aburrido. Nada más lejos. Las 100 primeras páginas de la novela son magníficas, llenas de humor, sensibilidad, inteligencia y habilidad. A Eugenides le gusta lo extraño y no vacila en dar un giro a todas las situaciones en cuanto se acercan a terrenos más familiares. Probablemente lo que más me guste hasta ahora sea la gracia con la que está contada la historia y el carácter más bien oblicuo y remoto del protagonista. En realidad, no parece ser tanto su historia como la historia de un gen (hay muchas referencias a la genética e incluso a Wilson); el gen responsable de su condición y que parece ser especialmente común en su familia.

En el comienzo la novela recuerda un poco a Tristam Shandy. No hay ningún reloj, pero sí mucha preocupación por el tiempo, porque unos padres están intentando tener una hija en lugar de un hijo a cuenta de las diferencias de velocidad entre unos espermatozoides y otros.

No voy a decir que las 100 primeras páginas compensen comprar la novela (después de todo, cuenta unos escandalosos 24 euros), pero las he disfrutado mucho. Veremos cómo sigue el resto.

De la contraportada:

Cal Stephanides es agregado cultural en la embajada de los Estados Unidos en Berlín. Enamorado de una mujer pero temeroso de lo que pueda suceder en el momento de la verdad, cuando caen las máscaras, velos y vestiduras, decide, ya en “la mitad del camino de la vida”, contar su historia, revelar su secreto. Porque Cal, como Tiresias, ha vivido como mujer y como hombre. Todo comienza en 1922, cuando Desdemona y Lefty Stephanides, los abuelos de Cal, que vivían en una pequeña aldea cerca de Esmirna y pertenecían a la comunidad griega de Turquía, huyen tras la guerra entre estos dos países. En el caso de la destrucción de Esmirna consiguen escapar con documentos falsos. Están enamorados y, en medio de un mundo que se derrumba, Desdemona finalmente accede a olvidar el tabú fundamental. Se casan en el barco que los lleva a los Estados Unidos y se instalan en América, en casa de su prima Lina y su marido. Y las dos parejas tendrán a sus hijos casi al mismo tiempo, y estos hijos, en un doble o triple juego de consanguinidades, se casarán y serán los padres de Cal. Que cuando nace es Calíope, y parece destinada a encarnar la leyenda que se contaba en secreto en la aldea de sus abuelos sobre esas niñas qeu cuando llegaban a cierta edad se transformaban en hombres.

Y así comienza la exuberante, inmensa, esperadísima segunda novela de Jeffrey Eugenides, un caleidoscopio de historias que abarca ocho décadas en la historia de una familia, que va de Asia Menor a Detroit y a Berlín y es uno de los intentos más ambiciosos y logrados de escribir ese inasible, oscuro objeto del deseo literario, la Gran Novela Americana. En esta ocasión, con magníficos ecos homéricos.

Por cierto, Anagrama tiene una de esas páginas web demenciales en las que todo es Javascript sin sentido ni razón, sólo porque se puede, queda más chulo y se paga más caro. ¿Cuándo van a aprender a poner las cosas un poco fáciles?




Middlesex
Visiones fugitivas, de abuelo Igor



Si hay algo bueno en el verano, es la posibilidad de merendarse un libraco de seiscientas y pico páginas en poco menos de una semana. Normalmente, una novela como “Middlesex” me habría llevado lo menos 15 o 20 días de robar momentos a mis ocupaciones, mientras que en pleno mes de agosto puedo hacer de ella mi ocupación principal... e incluso hartarme de tanta lectura y echar de menos ocupaciones más activas. Pero así de puñeteros y quejicas somos.


Soy consciente de que los libros largos no tienen buena prensa, que se los considera desde un punto de vista mercantil como artículos artificialmente hinchados cuyo fin es aumentar las ganancias netas de los libreros, pero he de confesar cierta debilidad hacia el placer de flotar en una novela-río o novela-mar, en dejarte llevar en un larguísimo viaje en el tiempo y no preocuparte por llegar a tu destino en el mínimo tiempo posible. 

Además, hay ciertos tipos de novela que no caben en una extensión pequeña. A medida que iba leyendo “Middlesex”, le iba encontrando parentescos entre mis lecturas anteriores. Esa saga familiar, pródiga en personajes y situaciones vívidos y un punto chuscos, vehiculada a través de un protagonista inusual y extravagante, un punto escabrosilla, simbólica y sintomática de los tiempos históricos en los que se ambienta, y detallada hasta el delirio en un argumento que se diría claro al autor desde la primera palabra de su redacción, podríamos rastrearla desde Günter Grass y su “Tambor de hojalata” (por lo que da a entender la película, pues el libro aún lo desconocemos) hasta su amplia legión de seguidores entre los que contaría a Salman Rushdie o John Irving.

Pero Jeffrey Eugenides no parece tener el alma de polemista deRushdie o la propensión a escandalizar agradablemente a damas maduras de Irving. Su historia, la de Calliope Stephanides, nieta de inmigrantes griegos a los EEUU que descubre a los 14 años que su sexo, debido a una disfunción genética, es realmente masculino, no carece de posibilidades morbosas, pero Eugenides las soslaya o las transfigura en secuencias de notable elegancia elíptica, como episodios adicionales, e igualmente sintomáticos, de la saga histórica de los griegos estadounidenses.

Mediante una figura retórica por la que Callie, narrador(a) en primera persona del libro, pretende omnisciencia de todo lo sucedido a sus antecesores antes del nacimiento, asistimos a la epopeya de losStephanides desde que Lefty y Desdemona, primos, hermanos y amantes, huyen de los asentamientos griegos en Asia Menor y del incendio de Esmirna, cruzan el Atlántico hasta la ciudad de Detroit, fundan una familia que sólo ellos saben ilícita, y viven en persona, junto a sus parientes y descendientes, episodios como la Ley Seca y el contrabando de alcohol, la Segunda Guerra Mundial, la década de los disturbios raciales (que para Callie eran “la Segunda Revolución Americana”), la guerra del Vietnam, la contracultura de los 60 y 70 o el Watergate, al menos hasta que el narrador llega a la pubertad y el foco de atención son sus tumultos emocionales y hormonales, especialmente complejos dada la especial naturaleza del personaje.

La peculiaridad del libro reside en el contrapunto entre idiosincrasia étnica (Eugenides, descendiente de griegos y crecido en Detroit, habla de lo que conoce, aunque no abusa del color y sabor locales como a veces sí hace Rushdie), ingenio fabulador y descriptivo, y esa melancolía en tonos pastel del deseo suburbano adolescente que ya le había catapultado a la fama en “Las vírgenes suicidas”. Es fácil imaginar a la Callie adolescente, desgarbada, avergonzada y oculta tras una enorme mata de pelo, como un personaje de película“índie”, y a su ambiguo amor lésbico, el Oscuro Objeto, con los rasgos de unas jóvenes Kirsten Dunst o Chloë Sevigny. Pero sería una peli “indie”, amable y melancólica, con mucha cámara lenta y música “folk”, y no un festival de maldades a lo Todd Solondz. Claro que, si “Middlesex” fuese una peli, pocas secuencias antes habríamos tenido una persecución de contrabandistas de licores sobre un lago helado, en un alarde de surrealismo digno de los hermanos Coen, y un poco antes las escenas de la destrucción y desalojo de Esmirna, que habrían supuesto todo un desafío para los talentos épicos y dramáticos de un David Lean o del Robert Wise de“El Yang-Tsé en llamas”.

Esa variedad de registros es parte del considerable encanto de la novela, aparte de su voluntad de dejar los deberes bien hechos en cuanto a documentación. Motivos que aparecen en la novela, como el funcionamiento de las fábricas de automóviles en Detroit durante los años 20 y 30 y su singular política hacia los obreros inmigrantes, la fundación de la mítica Nación del Islam que llegó a liderar Malcolm X (y sobre la cual Eugenides, amparándose en las zonas de sombra de la historia, nos depara una revelación que algunos verían polémica), o , mucho más importante pero, por desgracia, demasiado breve para el interés del tema, los mecanismos de adaptación psicológica de una persona que lleva media vida viviendo y reaccionando como mujer y ha de aprender a ser hombre. Esto daba para un libro entero, pero el épico esquema de “Middlesex” no dejaba espacio... o quizá los informes sobre casos reales que el autor consultó no daban para más. 

Defectos podríamos ver algunos más, como por ejemplo lo tópico de algunas figuras o situaciones (esa abuela que parece no ir a morir nunca y que jamás se levanta de la cama, por ejemplo), o el freno constante que Eugenides aplica a su imaginación, tal ver temeroso de caer en un realismo mágico de baratillo (aunque, cómo no, hay detalles de realismo mágico, puesto que lo fantástico es un elemento ya irrenunciable de la literatura), pero el balance final se me antoja muy positivo e incluso a menudo entrañable. La naturaleza doble e incompleta que la mayoría de nosotros arrastramos encontrará un cómplice de excepción en Callie/Cal, a lo largo de 600 páginas que a menudo corren el riesgo de sabernos a poco.





martes, 7 de mayo de 2013

Jeffrey Eugenides / Las vírgenes suicidas / Sofia Coppola



Las primeras palabras de este libro son: "La mañana en que a la última hija de los Lisbon le tocó el turno de suicidarse..." Así se sabe que el libro va de eso, de unas hermanas que deciden quitarse la vida. Son cinco, y están perfectamente descritas todas y cada una de ellas. Te las imaginas en tu mente, con sus manías, sus defectos físicos, sus virtudes. Y todo ello desde la perspectiva de uno niños de su edad que, pasado el tiempo no han podido olvidar la admiración que sentían por ellas y como les afecto su decisión y ahora, años después, han decidido recapitular todas las pruebas que tuvieron entonces para hacer la narración de la historia.


"Supimos que las chicas eran gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio como animales con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros, nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas."

Las vírgenes suicidas no es sólo una descripción de unas chicas que, sin saber bien por qué, deciden poner fin a su existencia. Es también una descripción de una sociedad, de un modo de vida norteamericano que proclamaba el estado del bienestar basándose en unos valores que eran tan falsos como las personas que los profesan.

A pesar de que desde el primer momento sabes el desenlace, Las vírgenes suicidas te deja totalmente pendiente de la misma en cada frase y línea. Escuchas en tu cabeza una música que tanto ellas como ellos, adolescentes, utilizan para expresar lo que sus palabras no saben transmitir. 

El autor Jeffrey Eugenides consigue captar una atención del lector a la historia imposible de perder a lo largo de las páginas y una fascinación por un modo de escritura que explica sin tapujos, con un toque de humor negro, con una pizca de misterio y con mucho sentimiento la entrega de unos chicos ante unas niñas que han decidido no querer la vida. 


http://www.librosfullgratis.com/2012/08/las-virgenes-suicidas-jeffrey-eugenides.html




Las Vírgenes Suicidas es un hermoso y trágico relato sobre el sufrimiento reprimido de cinco jóvenes hermanas que son el objeto de deseo de todos los chicos del barrio en el que viven durante los años 70's. 



Es una de esas películas en las cuales se nos cuenta el final en las primeras lineas, aunque leyendo el titulo ya nos podemos imaginar con que nos vamos a encontrar. Esto puede llegar a ser muy peligroso, ya que se corre el riesgo de que el espectador pierda el interés y deje de prestar atención a la trama. Por suerte eso no ocurre aquí.

Este trágico viaje audiovisual comienza cuando Cecilia, la menor de todas las hermanas, con solo 13 años decide suicidarse. Este hecho hace que los chicos del barrio, que no hacen otra cosa que pensar en ellas todo el día, se empiecen a preguntar "¿Que puede haber pasado por la cabeza de una niña tan bella para que haya decidido quitarse la vida?".




Las cinco hermanas


A este hecho trágico, y como se da a entender al comienzo de la película, le seguirán todas sus hermanas. El "como" y el "por que" queda para que lo averigüen los espectadores al verla. 


Este film, cuya historia esta basada en una novela de Jeffrey Eugenides, no es otra cosa que la primer película de Sofia Coppola (a estas alturas uno/a de mis directores/as favoritos/as) que ademas de dirigir, también escribió su guion.

Los papeles importantes son interpretados por James Woods Kathleen Turner como los padres de las chicas, entre las cuales hay que destacar a Kirsten Dunst como Lux, quien se roba la película completa, demostrando que es una de las actrices mas talentosas de su generación. Su papel es el mas provocativo del film, poniendo en evidencia, una y otra vez, que una mirada y una sonrisa pueden ser infinitamente mucho mas erótico que un cuerpo desnudo.





La música, al igual que en posteriores películas de Sofia Coppola, es muy importante durante el desarrollo de la trama, logrando ambientar de manera sublime cada escena donde le toca entrar, haciendo que muchas tomas sean algo poético. 


Llena de misterio y belleza, Las Vírgenes Suicidas es un viaje atemporal por las mentes siempre incomprendidas de los adolescentes, centrándose en un grupo de hermanas que al ser consideradas de lo mas hermosas por los habitantes del pueblo en el que viven, conviertan sus acciones en una montaña de preguntas sin respuestas.

Al ser la primer película de Sofia, puede que haya cometido algunos errores, pero no se puede negar que hizo un gran trabajo, sirviendo de experiencia para lo que haría mas tarde. Su siguiente obra fue ni mas ni menos que Lost in Translation, otra obra hermosa e hipnótica, menos trágica desde lo carnal, pero igual de profunda desde lo emocional.



Sofia Coppola, hija de Francis Ford Coppola


Esta es una película altamente recomendable que sin dudas tocara los corazones de muchas personas, sobre todo si también fuiste un adolescente incomprendido con padres muy estrictos o con alguna adherencia demasiado fuerte hacia la religión. 


Sabemos donde termina el viaje y aun así queremos hacerlo.

LO MEJOR: Gran debut de Sofia como directora. Excelente ambientación setentera. Gran banda sonora. Antes de ser una estrella de nivel mundial, Kirsten Dunst ya brillaba con luz propia.

LO PEOR: NS/NC

MOMENTO KODAK: En la sala de proyección del colegio: "Estas como un tren".

PUNTUACIÓN: 9.5/10




lunes, 6 de mayo de 2013

Jeffrey Eugenides / Las trampas del discurso amoroso





Jeffrey Eugenides

La trama nupcial 

Por Carlos Romero
Tras el éxito que obtuvo Eugenides con su ópera primaLas vírgenes suicidas (llevada al cine por Sofia Coppola) y deslumbrar a la crítica con Middlesex, premio Pulitzer 2003, llega a España, diez años después de su segunda novela, su tercera obra, La trama nupcial.

La novela se centra en el triángulo amoroso que componen Hanna, Leonard Y Mitchell. A lo largo de un par de años seguimos a estos tres personajes. Estos años son precisamente los más cruciales en sus vidas: el paso de los últimos meses en la universidad y la toma de decisiones vitales que te enfrenta con la edad adulta.
Hanna, eje central del triángulo, es estudiante de literatura y prepara una tesis sobre la novela victoriana. Este hecho recorre toda la novela puesto que, La trama nupcial es una revisitación de las grandes novelas decimonónicas inglesas donde la joven dama tiene que decidir con cuál de sus pretendientes se queda.

Este apunte me parece uno de los grandes aciertos del libro ya que puede leerse a varios niveles. Si uno es un lector neófito en la materia, puede leer y disfrutar de la novela de manera clara y sencilla ya que la historia está muy bien construida y sus personajes son muy humanos y creíbles. Pero, además, si se es un lector un poco más avezado, puede analizarse paso a paso esta novela en paralelo a las novelas inglesas del XIX. Amén de muchos guiños intercalados en sus páginas, como el hecho de nombrar a la loca del ático, todo el primer capítulo entronca y se puede explicar con la teoría deconstruccionista de Derrida y compañía que estaba en boga en los campus universitarios de letras en aquellos años ochenta, marco temporal en que se desarrolla la historia.

Eugenides ha sabido construir una novela victoriana ambientada en los últimos años del siglo XX a la par que una novela sobre el amor y las múltiples contradicciones y reacciones que provoca, lo que demuestra una vez más, a mi juicio, que en esto de la literatura está todo inventado temática y estructuralmente, pero que son los pequeños detalles y resquicios lo que hace que una novela más se transforme en una buena novela. Eugenides firma una gran novela clásica.



http://conlmayuscula.blogspot.com/2013/04/la-trama-nupcial-jeffrey-eugenides.html




Jeffrey Eugenides 

"La Trama Nupcial 

es un tributo a mi juventud"

Llega la última novela del autor Las vírgenes suicidas y Middlesex.
por Roberto Careaga C.
Corría 1982, Jeffrey Eugenides tenía 21 años y terminaba un viaje por el mundo, en que puso en práctica la más radical caridad católica. Después de tres meses trabajando como voluntario en el hogar de la madre Teresa, en Calcutta, asistiendo a leprosos y moribundos, supo que esa no era la vida que quería llevar. Volvió a Estados Unidos y a su pasión original, la literatura. Treinta años después, los mundos se mezclan: en la última novela de Eugenides, La trama nupcial, uno de los personajes hace exactamente el mismo viaje, impulsado por la misma fascinación cristiana. “Es un tributo a mi juventud”, dice el escritor.
Publicada el año pasado y ahora en Chile, La trama nupcial fue el esperado regreso de Eugenides a diez años de su celebrada Middlesex (Premio Pulitzer 2002). Aplaudida por la crítica, en la ola de reseñas un personaje llamó la atención, Leonard Bankhead, quien rápidamente fue asociado al fallecido escritor David Foster Wallace. Ambos mascan tabaco, usan pañuelos en la frente, son brillantes, depresivos y los acecha el suicidio. Eugenides se limita a negar las similitudes. Está más preocupado del guión, basado en la novela, que llevará al cine Greg Mottola (SupercoolAdventureland).
Lo que no niega es que su viaje a la India esté en el libro. En el papel, esa travesía la realiza en la novela Michael Grammaticus, el tercero imposible de la relación entre Leonard Bankhead y Madeleine Hanna, ideóloga tácita de todo libro. Eugenides organiza La trama nupcial en torno a la tesis en que trabaja Madeleine para la universidad, un contrapunto de las novelas de amor decimonónicas y las trampas del discurso amoroso, según Roland Barthes.
La novela arranca con un vertiginoso retrato de la vida en la Universidad de Brown y el devastador efecto que a inicios de los 80 provocó el arribo de las teorías posmodernas de Derrida, Foucault y compañía, en los estudios humanísticos. Desde un bosque de citas literarias -de Jane Austen a Barthes, etc.- Eugenides lleva La trama nupcial a un tema mucho menos teórico: el paso hacia la adultez de Madeleine, Leonard y Charlie.
Desde Nueva Jersey, donde vive y da clases en la Universidad de Princeton, el autor de Las vírgenes suicidas cuenta al teléfono que La trampa nupcial viene de los escombros de una novela sobre una poderosa familia de Detroit. Madeleine era parte de ese libro. Cuando Eugenides narró su paso por la universidad, encontró el libro que buscaba: “La base de la novela está en la irónica situación de que Madeleine está en un curso de semiótica estudiando el discurso literario sobre el amor y se enamora de un compañero de clase”, dice.
Las novelas y el estudio literario, de hecho, definen las relaciones de Madeleine.
Me interesa el poder del arte en la vida de las personas. Me interesa cuánto de esas novelas amorosas, como las de Jane Austen, han influenciado nuestra percepción sobre el amor, romance y el matrimonio. Cuánto de esas novelas se ha convertido en realidad en nuestras vidas.
En la fascinación de Madeleine con Austen, George Eliot o las hermanas Bronte, ¿hay un homenaje a sus novelas?
No. No quería escribir ese tipo de libro. La trama nupcial es un tributo a un tiempo en el que llegamos al final de todo un sistema de referencias culturales. Un tiempo en el que podíamos decidir qué tomar y qué abandonar de la tradición cultural y literaria.
Entonces, ¿para usted autores como Derrida o Barthes fueron importantes?
Tuve una relación de amor y odio con ellos. Primero me atrajeron sus ideas, creo que me influenciaron mucho, pero también los resistí. Supongo que Focault se puede rastrear en Middlesex, pero en esos años para mí fueron más importantes los autores como James Joyce o escritores experimentales. También Nabokov o Bellow.
¿Qué tan autobiográfica es esta novela? ¿Foster Wallace es la inspiración para el personaje de Leonard?
Ese rumor es falso. De hecho, no puedo decir que fuéramos amigos. Nos vimos una vez en Italia y tuvimos cierta correspondencia. El personaje de Michael sí tiene algo autobiográfico: hice ese viaje, estuve en el hogar de la madre Teresa. Esta novela es sobre un tiempo real que viví. Siempre escribo sobre lo que he vivido.

http://diario.latercera.com/2013/04/14/01/contenido/cultura-entretencion/30-134468-9-jeffrey-eugenides-la-trama-nupcial-es-un-tributo-a-mi-juventud.shtml



Jeffrey Eugenides
LAS TRAMPAS DEL DISCURSO AMOROSO

Desmontar el amor

Jeffrey Eugenides escribe novelas cada nueve años y de propuestas muy distintas

En 'La trama nupcial' no reivindica la novela decimonónica, pero sí algunos aspectos de la tradición


El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides. / PASCAL PERICH
Nacido en 1960 en Detroit, urbe que durante décadas fue el corazón de la industria automovilística más poderosa del planeta, a lo largo de su infancia y juventud Jeffrey Eugenides vivió de cerca el dramático proceso de deterioro que sufrió su ciudad natal desde el punto de observación privilegiado de Grosse Point, zona residencial situada en las orillas del lago Michigan. Estos dos enclaves, el centro urbano de Detroit y las áreas limítrofes a la metrópolis, constituyen el escenario de sus dos primeras creaciones novelísticas. Las vírgenes suicidas (1993) refiere la historia de cinco hermanas que ponen fin de manera consecutiva a sus vidas tras asomarse al terror primordial del sexo. Contada en primera persona del plural, la narración reproduce las fluctuaciones del coro de voces masculinas configurado por los antiguos pretendientes de las hermanas. La novela sorprendió por su frescura y originalidad y fue llevada al cine por Sofia Coppola. Nueve años después, en 2002, el escritor americano de origen griego publicaba una fábula si cabe más audaz y sorprendente que la anterior. Middlesex es una obra de considerable complejidad y ambición, diestramente contada por alguien (Calíope o Cal Stephanides, según el momento de la historia en que nos encontremos) que cambia de sexo durante el transcurso de la narración. La novela efectúa un recorrido por varias fases de la historia de una familia que se muda de continente, a la vez que da cuenta de diversos episodios históricos con la crónica convulsa de Detroit como trasfondo. Middlesex fue galardonada con el Premio Pulitzer en 2007. Con misteriosa regularidad, tras otros nueve años exactos de silencio narrativo, en 2011, Eugenides publicó en Estados Unidos una obra muy distinta de sus dos apuestas narrativas anteriores. La trama nupcial, que ahora edita Anagrama, es una luminosa meditación acerca de la distancia que media entre la vida y la literatura cuando esta última trata de atrapar el misterio inasible de la pasión amorosa. Con enorme agilidad, la acción da cuenta de las peripecias de un triángulo sentimental en el que se ven envueltos tres jóvenes que cursan estudios universitarios en un campus de élite de la Costa Este de Estados Unidos. En La trama nupcial Jeffrey Eugenides se adentra en un mundo ficcional tan alejado de los que había explorado en sus dos entregas anteriores que el lector tiene la sensación de estar frente a un escritor radicalmente nuevo. La conversación tiene lugar en un café senegalés de la Avenida Madison, en Manhattan. Jeffrey Eugenides transmite una impresión de inmediatez, claridad, sencillez y autenticidad que son reflejo fiel de los sentimientos que transmite su prosa.
PREGUNTA. Resulta intrigante saber que el motor de su última novela fue una frase que acababa de escribir.
RESPUESTA. Rigurosamente cierto. La protagonista de La trama nupcial estudia semiótica en la universidad, aunque lo que le gusta de verdad son las novelas a la antigua usanza, como las de Jane Austen. La frase que usted dice es: “Los problemas amorosos de Madeleine empezaron cuando sus lecturas de teoría literaria desconstruyeron la idea que tenía del amor”. En el momento en que escribí eso comprendí que tenía que empezar una novela distinta.
P. ¿Qué papel juega en todo esto la semiótica?
R. Madeleine lee con fruición los Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, libro que le sirve para articular una postura intelectual acerca de la experiencia del amor, que la realidad se encarga de desmontar con suma facilidad, porque a la hora de la verdad se enamora perdidamente sin que ninguna teoría le sirva de ayuda.
P. Usted es autor de tres novelas que llaman la atención por lo distintas que son entre sí. ¿Cómo ve los cambios que le han llevado de un título a otro?

Cuando escribo un guion siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa
R. En Las vírgenes suicidas prima el lenguaje. No tenía aún mucha experiencia como novelista de modo que no pensaba demasiado en cuestiones como el argumento, que desvelo en el primer párrafo. Con Middlesex la cosa cambió radicalmente. Es una novela extensa, de una complejidad infinita, con numerosas ramificaciones, un verdadero rompecabezas, de manera que era imperioso prestar atención al armazón argumental. En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia desde fuera como autor.
P. Las vírgenes suicidas está narrada en la primera persona del plural, algo que los escritores suelen rehuir. ¿Fue difícil?
R. No. Me limité a confiar en la voz. Le dejé leer el manuscrito a Donald Antrim, el escritor, que es muy amigo mío y me preguntó por qué no me olvidaba de las voces individuales y formaba un coro colectivo. La voz que empecé a escuchar entonces era como un conjuro que me llegaba de las profundidades del libro. Usted es escritor y sabe que en ficción lo más importante es dar con la voz que ha de conducir la narración. Cuando se da con ella, se trata de seguir sus indicaciones.
P. Te descubre cosas.
R. Te descubre cosas porque conecta con algo que hay dentro de ti. Te dice cosas que no sabías, es casi como si te diera permiso para adentrarte en el mundo que te has propuesto explorar. De repente se oye una voz que te dice qué debes hacer. Muchas veces el escritor está sumido en la incertidumbre, sin saber bien qué dirección tomar, hasta que una voz le señala el camino a seguir.
P. Usted fue alumno de John Hawkes.
R. Fui a la universidad para poder estudiar escritura creativa con él.
P. Hawkes era un experimentalista radical, pero usted parece haber evolucionado gradualmente hacia posturas más convencionales.
R. Si en el momento en que pusiera un pie fuera de este café me atropellara un autobús lo que dice usted sería cierto, pero tengo que decir que en estos momentos estoy escribiendo unos relatos que tienen muy poco de convencional.
P. ¿Cree que hay una cierta tendencia a volver a la tradición entre los escritores más importantes de su generación?
P. No es que me haya propuesto llevar la misión retrógrada de volver a la novela decimonónica, pero es verdad que hay cosas que vale la pena preservar de la tradición. La única manera de dar nueva vida a la novela es recombinando elementos muy dispares, mecanismos posmodernos, elementos tradicionales, aspectos de la novela psicológica, mezclándolo todo. No hay por qué sacrificar los logros del pasado en aras de ningún doctrinarismo.
P. ¿Qué libros hay en las estanterías del estudio donde escribe en su casa de Princeton?

La manera de dar
nueva vida a la novela
es recombinando elementos: mecanismos posmodernos, elementos tradicionales...
R. Sobre todo novelas y poesía de los grandes maestros del siglo XX, Joyce, Beckett, mucho Nabokov, bastante Philip Roth, Saul Bellow y Alice Munro, a quien cada vez leo más.
P. ¿Qué libros le han impactado más a lo largo de su vida?
R. Me vienen dos a la cabeza. Uno es Pálido fuego, de Nabokov. Lo leí durante un viaje a Turquía y me pareció que el reino de Zembla del que se habla en el libro se salía de las páginas fundiéndose con la realidad circundante. Era como si en lugar de a Turquía hubiera viajado al interior del libro. Desde el punto de vista emocional, la lectura más estremecedora de toda mi vida fue la de Anna Karenina. Ningún libro me ha impactado nunca tanto.
P. Nueve años exactos entre novela y novela. ¿Por qué tarda tanto?
R. Es como preguntarle a alguien que está haciendo el amor por qué no para.
P. ¿Es solo cuestión de placer?
R. En cierto modo sí, aunque hay otras cosas. Cuando escribo una novela no existe nada más. Vivo dentro de ella, me absorbe por completo. No sigo ningún plan, porque entonces se convierten en algo demasiado obvio, vivo dentro de la historia y normalmente no me siento satisfecho con lo que hago, al revés, me siento confundido y no sé en qué dirección seguir. Pero la historia avanza, voy viendo cómo se gesta milímetro a milímetro y cuando me quiero dar cuenta han pasado años.
P. ¿Cómo se da cuenta de que ha llegado el momento de parar?
R. Hay un punto en que todo lo que se le hace al libro lo empeora. Se empiezan a añadir partes que no hacen falta, a reescribir pasajes que al final no quedan mejor. Cuando pasa eso es momento de parar.
P. La palabra suicidio no parece circunscrita a su primera novela. También surge con cierta frecuencia en La trama matrimonial.
R. Supongo que debería preocuparme. Martin Amis volvía con cierta insistencia a la idea del suicidio hasta que un día se dio cuenta de que alguien había plantado esa semilla en él, alguien que conocía y que acabó por suicidarse había inoculado la idea en él y se filtró a los libros. Así que encontrarme el asunto en mis libros empieza a inquietarme.
P. Un elemento religioso gravita ocasionalmente sobre la novela. Alusiones a La nube del no saber, los místicos españoles, el maestro Eckhart, el viaje a India…
R. En Las variedades de la experiencia religiosa, William James explica bien cómo opera ese instinto en la gente joven. En ese sentido hay una razón personal. Hubo un tiempo en que me interesé por cosas como la meditación zen. Pero más allá de eso, creo que el elemento de que habla es algo radicalmente ausente de la novela contemporánea, lo cual es lamentable. En Anna Karenina, Levin sostiene una lucha consigo mismo por eso, porque siente que la vida carece de sentido y cuando al final de la novela nace su hijo tiene la impresión de que ha entrado en contacto con el origen de la vida, y es un momento muy intenso. Creo que momentos como ése, presentes también en la obra de otros grandes novelistas, nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos, planteándonos las preguntas más radicales que se derivan del hecho de existir. ¿La vida, la suya, la mía, tiene algún sentido o no lo tiene? La pregunta brilla por su ausencia en la literatura contemporánea y creo que es legítimo volver a formularla.

En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia
P. Su novela le da un giro muy hábil al asunto al trasladar la cuestión del sentido de la vida al plano literario, preguntándose por el sentido o el significado de los textos que leemos. Los libros de teoría literaria que lee la protagonista proclaman la muerte del autor, del texto, del significado, aunque la realidad de su vida va por otro lado.
R. Muy poca gente ha visto ese aspecto de mi libro. Toda la cuestión de la semiótica no es más que una envoltura tras las que se ocultan cuestiones de más largo alcance. Hay un paralelo entre la negación del sentido en la literatura y la negación del sentido en la vida.
P. ¿Cuánto hay de autobiográfico en su novela?
R. Un 37%.
P. ¿El resto se lo deja a la imaginación?
R. Tampoco se puede dejar todo el trabajo a la imaginación. Lo vi muy claro cuando estaba escribiendo Middlesex. Había elementos históricos, como los sucesos de 1922 en Esmirna que exigen documentarse rigurosamente.
P. ¿Qué escritores le interesan entre sus contemporáneos?
R. Martin Amis, Franzen, David Wallace, Donald Antrim, George Saunders, y como le dije cuando me preguntó por mis estantes, Alice Munro. Cada vez la leo más.
P. En uno de los últimos números de The New York Review of Books, el artículo estrella es una análisis de Homeland por Lorrie Morre, , una de las escritoras estadounidenses más respetadas. ¿Cree que los novelistas de mayor talento escriben para la televisión? ¿Que el equivalente al espíritu de Dostovieski sobrevive en series como The Wire?
P. David Foster Wallace fue el primero en decir cosas así, cuando confesaba que estaba enganchado a The Wire. Pronto lo comprobaré, porque me han encargado trabajar para la pantalla, aunque la verdad es que escribir novelas o escribir para televisión son actividades radicalmente distintas. Cuando escribo un guión siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa narrativa. Eso no quiere decir que no me gusten las series de televisión. Las veo, pero no sustituirán a la literatura. La idea de que la gente va a dejar libros para dedicarse exclusivamente a ver televisión es simplemente falsa. Ahora bien, hay una idea importante detrás de todo esto. Aunque como escritor no me preocupa la competencia que supuestamente se quiere hacer a la literatura desde otros medios, nunca me he avergonzado de querer atrapar la atención de la gente con un libro. Eso es algo totalmente legítimo que todos buscamos. Philip Roth no se cansó de decirlo. Nadie quiere ser tan frío e intelectual como para escribir libros que solo se enseñan en clases universitarias que son un pestiño. El escritor tiene que ser consciente de su obligación de darle algo gratificante al lector, algo que este no puede encontrar en ningún otro lugar salvo en un buen libro.