
El vizconde feroz
Álvaro Pombo traza con brillante prosa el retrato de una familia burguesa española y su patriarca, un intelectual de gran prestigio en la Transición que llega a su decadencia

Imagino que Álvaro Pombo sigue escribiendo, como ha hecho siempre, a partir de un texto oral, dictado a un aparato, y que luego corrige una vez transcrito. De ahí deriva el encanto de esta prosa fluyente, a veces caprichosa, que se toma tiempo para contar las cosas, que vuelve sobre sí misma para aderezarse de citas filosóficas o de exordios personales. Pombo disfruta igual con el hallazgo de una expresión castiza clásica o moderna (aquí se usa “postureo” y “viejuno”), o con un latinismo o una frase inglesa, y con tecnicismos de ahora mismo (“desambiguar” y “reconfigurarse”), o con la invención de un neologismo personal (como esas “sensaciones propioceptivas”). De la escritura de Pombo puede decirse lo que el protagonista de Retrato del vizconde en invierno, Horacio de la Granja, observa satisfecho, al releer sus “papeles de superficie” (otra expresión divertida…): “No halló ni una frase —ni una sola— que no resplandeciera brevemente al leerla de corrido”.