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viernes, 19 de abril de 2019

Luis Harss / Gabriel García Márquez o la cuerda floja


Gabriel García Márquez

Luis Harss

BIOGRAFÍA 

Gabriel García Márquez
O la cuerda floja



      Es duro y macizo, pero ágil, con un impresionante mostachón, una nariz de coliflor y los dientes emplomados. Luce una vistosa camisa de sportabierta, pantalones estrechos, y un saco oscuro echado sobre los hombros. Pátzcuaro es un lago de humores caprichosos situado en las alturas, a unos trescientos kilómetros al oeste de la Ciudad de México, en el camino que lleva a Guadalajara. Cuando cae la noche veloz después de un largo día de trabajo entre cámaras y reflectores —está filmando con un grupo de profesionales en las calles embarradas de un pueblo cercano, donde estallan a cada rato los chaparrones— se pone a pensar.

Luis Harss / Carlos Fuentes o la nueva herejía


Carlos Fuentes

Luis Harss
Carlos Fuentes
O la nueva herejía
       Mientras crecen los viejos problemas nacen otros nuevos. En México, una tierra de conflictos hercúleos, se suceden como las estaciones de la cruz. En los últimos años se ha metropolitanizado la «raza cósmica», y las angustias de las multitudes urbanas han dado un nuevo aspecto a su literatura.

Luis Harss / Juan Rulfo o la pena sin nombre


Juan Rulfo


Luis Harss
Juan Rulfo, o la pena sin nombre
      El viejo regionalism está muerto. Era una literatura de documentación y protesta, de conflictos sociales en feudos y latifundios, minas y plantaciones tropicales. Tendía a ser exterior y folclórica. Murales de brocha gorda. Sus indios y campesinos eran más una causa que una realidad vivida por el autor. Podía ser pintoresca e informativa. Típica fue la Raza de bronce (1919) de Alcides Arguedas que idealizaba al indio del altiplano y lo mostraba como víctima de la explotación. Tuvo sus momentos poéticos con el peruano Ciro Alegría, su dialecto de caricatura con el salvadoreño Salarrué, su militancia vociferante con el ecuatoriano Jorge Icaza. Se hizo experimental con el mexicano Agustín Yáñez, y alcanzó cierta elocuencia con Casas muertas, donde uno de sus profetas más amargos, Miguel Otero Silva, pinta la depresión moral y ruina progresiva de la vida de provincia en Venezuela.
          Hoy —a partir de los años cincuenta, digamos— se puede hablar de un regionalismo nuevo, mucho más interiorizado. Por ejemplo, Los ríos profundos de José María Arguedas, una autobiografía novelada en la tradición del Retrato del artista adolescente de Joyce, donde un lenguaje de metáforas que incorpora ritmos quechuas crea un mundo aparte. Miguel Ángel Asturias sublima en mito y poesía el mundo que expresa. Augusto Roa Bastos parece vivir en carne propia la realidad paraguaya que evoca en el melancólico y melodioso Hijo de hombre. Son todos libros memorables. Y, en un paisaje de tragedia clásica, están los libros de Juan Rulfo.
          Rulfo, un hombre huraño, de mirada huidiza, nació el 16 de mayo de 1918 en una tierra dura y escarpada: el estado de Jalisco, a unos quinientos kilómetros, a vuelo de pájaro, de la Ciudad de México. El norte del estado, donde trepan las cabras montesas entre los peñascos, está densamente poblado, pero su región, que se extiende al sur de la capital, Guadalajara, es seca, cálida y desolada. La vida en las tierras bajas ha sido siempre austera. Es una zona deprimida que azotan las sequías y los incendios. Las revoluciones, las malas cosechas y la erosión del suelo han ido desalojando de a poco a la población, que en gran parte se ha desplazado hacia Tijuana, con la esperanza de cruzar la frontera como braceros. Es una población constituida principalmente por criollos lacónicos —los indios que ocupaban la región antes de la conquista no tardaron en ser exterminados—, cuyos antepasados llegaron de Castilla y Extremadura, las partes más áridas de España, y que por lo tanto, como dice Rulfo, «están acostumbrados a trabajar diez veces más que el campesino de la región central para producir lo mismo». Son una gente hosca, que apenas subsiste y que sin embargo ha dado al país un alto porcentaje de sus pintores y compositores, por no mencionar su música popular. Jalisco es la cuna de la ranchera y el mariachi.

jueves, 18 de abril de 2019

Luis Harss / Julio Cortázar o la cachetada metafísica

Julio Cortázar


Luis Harss
Julio Cortázar
O la cachetada metafísica



      Los años han demostrado, tanto en nuestra parte del mundo como en otros lugares, que vivir en conflicto con su país puede ser la mejor forma de comprenderlo. Tal vez la pasión antagónica sea el único martillo capaz de remachar el clavo de la verdad. Si en nuestra literatura el abrazo fraterno está cediendo lugar a la provocación y a la afrenta, es porque al profundizar su experiencia de la realidad el novelista ha ido más allá de la inmediata preocupación social para mirarse y cuestionarse en su soledad. Al margen de todos los sistemas de valores establecidos, se ve menos como el profeta de un orden social que como un apóstata envuelto en una singularidad absoluta. Desde esa posición de completa violencia, se instala en las dudas fundamentales, «metafísicas». Es el «solitario forzado» de Octavio Paz: no un simple disconforme sino un rebelde ante la condición humana.

Luis Harss / Juan Carlos Onetti o las sombras en la pared

Juan Carlos Onetti

Luis Harss
Juan Carlos Onetti 
O las sombras en la pared 

      En Montevideo, paraíso igualitario, reina la modorra. Cuando la visitamos en julio del 65, en pleno invierno, agobiaban la humedad y el calor. Pesados nubarrones —sombras mortuorias de los malos tiempos— empañaban el cielo. Una huelga de empleados públicos sumaba la parálisis a la inercia burocrática. Una sequía había obligado al racionamiento de la energía eléctrica. Las calles estaban oscuras. Un viento triste desparramaba la basura arrojada en los umbrales. Como siempre en épocas de crisis económicas, la devaluación no era sólo monetaria sino también humana. La vida prosigue, pero apática, irreal. La aflicción general se refleja en las miradas fugaces de los transeúntes, gentes sin rostro que la angustia apura en las puertas, precipitándose por escaleras perdidas a tétricas oficinas en las entrañas de viejos edificios con ascensores atascados.

Luis Harss / João Guimarães Rosa o la otra orilla


Luis Harss

João Guimarães Rosa
o la otra orilla 


      El llano, la selva, la puna, el sertão: en cada una de estas zonas geográficas hay una imagen de una tierra y sus habitantes. Nombrar el sertão es evocar un vasto altiplano que abarca la tercera parte de una nación y varias eras geológicas. El centro lo forma el estado de Goiás, una meseta abierta que se extiende al oeste hacia el Matto Grosso, al sur hasta incluir una buena parte de Minas Gerais, al este hasta Bahía, y al norte hacia Maranhão y Pará, donde el matorral se vuelve bosque de lluvias tropicales, y luego selva virgen, a medida que el terreno se va despeñando hacia la cuenca del Amazonas.

miércoles, 17 de abril de 2019

Luis Harss / Borges o la consolación por la filosofía

Jorge Luis Borges

Luis Harss
Jorge Luis Borges
 o la consolación por la filosofía



      A un orbe aparte pertenece este artesano y anticuario que se ha convertido en una figura casi legendaria —una ausencia— en nuestra literatura. Se ha dudado alguna vez, aunque nunca muy en serio, de su existencia, que parece haberse evaporado con los años. Queda la imagen tenue de un hombrecito frágil, casi ciego, que se desplaza como una sombra al anochecer. Es un polemista temible, de convicciones tan fuertes como arbitrarias, tanto en la vida como en la literatura, pero al mismo tiempo un alma tímida, de modales tan suaves, tan dulce y modesto en su andar, que casi se podría pasar inadvertidamente a través de él en la calle. Hay algo de fugaz hasta en sus hábitos más invariables. En su tránsito diario por las calles céntricas, vacila al borde de la acera y golpea llamando con el bastón. Un pasante lo sorprende, lo ayuda a cruzar, sólo para perderlo después cuando el viento se lo lleva de un soplo como a una hoja transparente arrancada de un viejo libro. Y tal vez eso sea. «Vida y muerte le han faltado a mi vida», dice, afectando ese aire de diletante que ha cultivado siempre, sin duda un resabio del dandismo intelectual de su juventud en el aristocrático Barrio Norte. Ofrece esta «indigencia» como una explicación de su «laborioso amor» por las minucias. «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído», y dice: «Estoy podrido de literatura». Se preguntan algunos, no sin razón, si él escribió sus libros o si ellos lo escribieron a él. Quizá sea un fantasma en la mente del lector como se creyó alguna vez que pudo haber sido Shakespeare en la mente de Francis Bacon. Él sería el último en rechazar semejante idea: admite con su chispa habitual de humor que no sabe muy bien a qué género pertenece, «si al realismo o a la literatura fantástica».

Luis Harss / Miguel Ángel Asturias o la tierra florida

Miguel Ángel Asturias

Luis Harss
Miguel Ángel Asturias
O la tierra florida



      Las fortunas de su país han marcado irremediablemente la obra de Miguel Ángel Asturias. Es uno de los que viviendo su época la han sufrido, y sufriéndola han sabido expresar su dolor. Ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos. Los pobres han dormido en su umbral y él, solidario y fraterno, los ha escuchado siempre. Aun faltándole patria y hogar, ha compartido con ellos su pan. «Mucho dinero en una sola mano siempre parece un poco deshonesto», dice Asturias. Es sentencioso, como si hablara en proverbios.

Luis Harss / Alejo Carpentier o el eterno retorno


Alejo Carpentier


Luis Harss
Alejo Carpentier
 o el eterno retorno


      «América, novela sin novelistas» fue la tristemente célebre conclusión, una generación atrás, del crítico peruano Luis Alberto Sánchez, peripatético tasador de nuestra producción literaria. En nuestra parte del mundo, dijo, la realidad, eternamente inasible, sobrepasaba la ficción; su abrumadora inmensidad se negaba a toda clasificación formal. A diferencia del poeta —un Neruda, o aun un incurable esteta como Rubén Darío—, por definición habitante de un mundo subjetivo, el más lúcido novelista, desarmado ante una exterioridad informe, quedaba reducido a pintar el caos de la materia. La incoherencia del medio, la falta de puntos cardinales, lo derrotaban. Penosa impresión que compartían muchos de los contemporáneos de Sánchez, condenados a sentir por el continente un amor no correspondido.

domingo, 27 de enero de 2013

Boom / Universo en expansión


foton
Gabriel García Márquez
Foto de Daniel Mordzinski

Universo en expansión

Quince escritores de Europa y América analizan el aporte de la generación de escritores latinoamericanos de los años sesenta a a la literatura

Banville, Nooteboom Talese, Cartarescu, Fernández Cubas, Shua, Ben Jelloun, Harss, Arana, Anderson...

WINSTON MANRIQUE SABOGAL Madrid 17 NOV 2012 - 21:39 CET

Un universo en expansión. Como el mismo universo que no deja de evolucionar, sorprender, crear, impulsar, polinizar, brillar o eclipsar. Eso es el boom latinoamericano de los años sesenta, aquellos escritores que empezaron o se forjaron en esa década prodigiosa. Por eso hoy EL PAÍS clausura el especial 50 años del boom. La literatura que cambió el español con la opinión de 15 autores y críticos de medio mundo cuyas voces recorren ese universo literario para iluminar diversas zonas.
GAY TALESE

Deuda
Junto con multitud de lectores durante los años sesenta, estoy en deuda con la llamada generación del boom por sacarme, a mí y a muchos de mis conciudadanos, de nuestra gran ignorancia acerca de los triunfos y padecimientos que han marcado la historia de Sudamérica desde la época del descubrimiento.

Los escritores del boom eran grandes narradores y artistas de lo ficticio, y las historias que contaron a través de su ficción no solo iluminaron y ampliaron nuestro sentido de la realidad sino que también fueron una inspiración para nosotros. Desgraciadamente, es cierto que la mayoría de los escritores de no ficción – biógrafos, historiadores y periodistas — centran su atención en los personajes públicos famosos (dirigentes políticos, celebridades del espectáculo, empresarios y banqueros poderosos); mientras que los escritores de ficción de la época del boom, y sus descendientes, nos han ofrecido historias de la vida “corriente” que han desarrollado nuestra concepción inicial de lo que realmente es corriente. Esto no se debe a que esos escritores imaginasen a esas personas “corrientes” en circunstancias extraordinarias, sino a que los escritores poseían un conocimiento tan profundo de esas personas cuyo entorno compartían que nosotros, los extraños, los lectores de todo el mundo, hemos sido capaces de identificarnos con esas personas lejanas y aceptarlas como nuestras vecinas literarias.

ANA MARÍA SHUA

Revolución
Puso a la literatura patas arriba. Sacó de la academia los experimentos de las vanguardias y se los regaló a la gente, convertidos en narración pura. Descubrió con San Agustín que el tiempo es una cierta distensión del alma, y nos hizo zigzaguear por sus vericuetos. Fue político sin someterse a ninguna ideología. Puede haberse convertido en estancamiento y burocracia: ¡pero nunca olvidemos que fue revolución!.


JOHN BANVILLE

Borges
Aunque el primer libro de realismo mágico fue de Günter Grass, estos escritores le dieron más luz al realismo mágico. Entonces se vivió como una revolución pero no estoy tan seguro de que lo fuera. Por supuesto Borges sigue siendo el mejor de todos ellos.


Eliot Weinberger: Descubrimiento

Está de moda decir que el boom fue simplemente un producto de la mercadotecnia de Estados Unidos que se extendió al resto del mundo: el envoltorio con el que se presentó a un grupo de escritores que tenían poco en común salvo que todos eran latinoamericanos. Puede que esto fuese cierto en parte – nunca se trató de un movimiento estético — pero las consecuencias, desde el punto de vista de EE UU, donde se traduce muy poco, fueron estimulantes. Nunca ha vuelto a haber una concentración así de traducciones provenientes de un idioma o región y una respuesta tan universal. Y la repentina proliferación de textos escritos por los novelistas del boom (y por su predecesor, Borges) también estuvo acompañada de un auge similar de libros escritos por poetas contemporáneos – Neruda, Paz, Parra, Cardenal y muchos otros — así como por maestros anteriores como Vallejo y Huidobro, que antes eran invisibles en inglés. Tenemos tendencia a pensar en el boom en relación con la ficción (y, en efecto, se da la circunstancia de que Cien años de soledadfue la novela única que más influencia tuvo, en todo el mundo, durante la segunda mitad del siglo XX). Pero, en EE UU, la poesía latinoamericana tuvo un efecto enorme sobre casi todas las facciones enfrentadas de la poesía, y muchos de los poetas más importantes – una lista demasiado larga para repetirla aquí —participaron en la traducción de aquellos poemas.
En Estados Unidos el estallido del boom se produjo en medio de los acontecimientos de la Guerra de Vietnam y el movimiento de los derechos civiles, una época de odio del país hacia sí mismo (al menos entre la clase de personas que leía literatura). Había un tremendo interés, y añoranza, por realidades distintas de aquella en la que vivíamos: las religiones asiáticas, los rituales de los indios americanos, las drogas alucinógenas, y así sucesivamente. En la búsqueda de una “contracultura”, no era solo el llamado “realismo mágico” de algunos novelistas sino la propia Latinoamérica lo que parecía, por aquel entonces (antes de lastarbuckización del planeta), existir en un universo paralelo y más atractivo.
Solo a unos pocos de los novelistas y poetas del boom se los sigue leyendo en EE UU: García Márquez, sin duda; Neruda (todavía el poeta más vendido en EE UU); Vargas Llosa y Cortázar hasta cierto punto; Paz. Casi todos los demás han desaparecido en gran medida (en inglés). Pero el heredero evidente del boom es Roberto Bolaño. No solo por el hecho de ser el primer latinoamericano desde los escritores del boom que ha tenido un éxito internacional tan grande. Es que leer a Bolaño se parece mucho a la experiencia de leer un libro como Rayuela en la década de 1960 (como hice yo siendo adolescente). Junto al repertorio de personajes intelectuales, bohemios, libres de espíritu, atractivos e interesantes, está, sobre todo, la sensación de la alegría absoluta de escribir una novela, algo que rara vez se encuentra actualmente en otros novelistas, por mucho talento que tengan. Es algo que recuerda mucho al Godard de los años sesenta: esas películas intrincadas, locas y caóticas, rebosantes de la sensación de que hacer una película es simplemente divertidísimo.
Si pensamos en el boom en función de la creación artística, carece de sentido: las novelas de Onetti, por ejemplo, no le deben nada a Cabrera Infante. Pero en cuanto a la recepción, fue sin duda un boom: la primera vez que Estados Unidos y Europa prestaban atención de manera seria y entusiasta a una literatura contemporánea que no fuese la suya propia. El llamado Occidente descubrió que había otros que tenían cosas que decir y formas de decirlas que no conocíamos. En ese sentido, pude que elboom fuese más importante para el norte que para el sur.

MIRCEA CARTARESCU

Influencia
Mi héroe es Sábato, su trilogía es una Divina comedia de hoy día. Pero creo que Borges y Cortázar han sido más influyentes. Hay algunos libros de García Márquez que es imposible superarlos. Y Vargas Llosa ha ganado el Nobel más merecido de los últimos diez años. Sí, me encuentro a gusto con ese tipo de prosa, aunque mi objetivo es diferente y sigo otro espíritu. (De la entrevista de Ignacio Vidal-Folch)


JON LEE ANDERSON

Universal
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta. Mi primer acercamiento con los autores del boom fue con Gabriel García Márquez, con Cien Anos de Soledad, alrededor de 1977, cuando tenía 20 anos y yo iba y venía entre Nueva York y América Latina. El libro fue una revelación, y me abrió los ojos a nuevas posibilidades de ver, de creer, y de narrar el mundo. (Los siguientes autores que leí fueron Cortázar, con Rayuela, creo; Jorge Amado con Gabriela, Clavo y Canela, y Mario Vargas Llosa, con La Casa Verde.)
P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura de ese grupo de escritores?
R: Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez. America dejaría de ser interpretada casi exclusivamente en el ámbito internacional por autores extranjeros salvo algunas notables excepciones como Paz, Borges y Carpentier. Y sobre todo con la obra de García Márquez, los “boomistas” también ofrecieron, y por primera vez, una manera distinta de narrar, y de percibir, la realidad latinoamericana, destacando historias de la gente “común" - los indígenas, los mestizos, los negros, y las gentes del campo, tradicionalmente marginados- en lugar de personajes de la élite criolla hispana.
P: ¿Alguna reflexión particular?
R: El boom ha tenido un efecto y una metástasis más allá de la novela, por supuesto, que ha sido de una contribución contundente en el hemisferio -y mucho más allá también-. En el cine, en el teatro, en la telenovela, y en la crónica periodística como género literario, podemos presenciar las múltiples enriquecedoras maneras en que la rotura de moldes sociales de los autores del boom ha contribuido a un canon cultural contemporáneo mucho más incluyente y abarcador. ¿Sería posible el boom actual de literatura entre los autores híbridos del poscolonialismo de la India y África -autores como Salman Rushdie, Zadie Smith, Hanif Kureishi, Chimamanda Ngozi Adichie, y Dinaw Mengistu- si no fuera por el boom latinoamericano de los 60? Lo dudo. El boomlatinoamericano abrió la pauta y dio paso a un mundo literario internacional más incluyente, democrático y vibrante -más representativo- que el que había existido antes.

CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS

Frescura
Lo primero que me admiró y maravilló fue leer a Juan Rulfo y Pedro Páramo, una obra de arte. Luego, esa generación de los sesenta dio una inyección de frescura y nuevas formas de narrar.


LUIS HARSS

España
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: Para mí el primer autor fue Cortázar. Rayuela me deslumbró. Lo vi en una vidriera de una librería española en París, en la calle Monsieur-le-Prince. Yo vivía en un hotelucho a media cuadra, el Médicis. Lujosa pobreza. Expatriado de alma. En Oliveira y sus vaivenes entre dos mundos descubrí mi retrato.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura de ese grupo de escritores?

R: La universalidad de la literatura a través del babel de lenguas. El concepto borgiano de que un autor es todos los autores. Y una cierta ampliación en la gama de la "realidad". Ahora incluye el mito y el milagro. Ya no son metáforas o fantasías sino cosas de todos los días.
P: ¿Alguna reflexión particular?

R: No hay que olvidar el aporte español. La amistad de Carlos Barral. El matriarcado de Carmen Balcells. Barcelona fue uno de los polos delboom. El gran traductor al inglés de los escritores del boom, Gregory Rabassa, es hijo de catalanes. Y Galicia nos dio el editor del boom en la Argentina, Paco Porrúa, nacido en la Coruña.

JUAN CRUZ

Periodismo
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: El primer libro con el que sentí que estaba leyendo algo fascinante y diferente, sin ser consciente ni mucho menos de que estaba leyendo un libro más sino un libro distinto, fue Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. De pronto, en medio de aquellos libros tristes de la España socialrrealista se introdujo una novela que literalmente cambió mi vida.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación del boom a la literatura universal?

R: La diversidad. Se dice boom porque no hay tendencias, hay escritores y hay novelas. Boom significa explosión, partes que quedan de un todo. Hubo de todo; por fortuna se diluyó la expresión realismo mágico, que aludía solo a una parte, y se quedó en boom. Creo que al final esa fue una expresión (una explosión) afortunada.
P: ¿Alguna reflexión particular?

R: La cultura literaria de nuestra generación, y también el periodismo, ha dependido de esos libros. Una expresión máxima de la relación que el periodismo tuvo en la explosión fue el libro de Luis Harss, Los nuestros, afortunadamente rescatado ahora por Alfaguara, así como el libro La invasión de los bárbaros, de Jordi Gracia y Joaquín Marco, que registra la generosidad con la que España recibió el boom. Esa generosidad se trocó en desdén luego, y ahora ese alejamiento se ha salvado para nuestra fortuna.

CHARLES BAXTER

Entusiasmo
Al igual que muchos otros escritores norteamericanos de mi generación, llegué por primera vez a la literatura latinoamericana contemporánea del siglo XX a través de los cuentos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Sus historias eran intelectualmente detallistas y a veces desconcertantes, una combinación maravillosa. Como muchos otros, encontré grandes tesoros en Gabriel García Márquez pero, personalmente, prefería las valientes y muy oscuras peculiaridades de la ficción de José Donoso, especialmente en El obsceno pájaro de la noche, un libro del que nunca me he recuperado, en el mejor sentido. En la literatura brasileña, admiro sobre todo la obra de Clarice Lispector, especialmente La manzana en la oscuridad.

Estos libros devuelven a la literatura el poder de los momentos suspendidos descritos con gran entusiasmo, los episodios irreales, las pesadillas, los personajes espectrales y la visionaria contorsión del tiempo para volver atrás. Son visualmente fuertes, un aspecto en el que la escritura norteamericana es débil a veces.

ETGAR KERET

Imaginación
Descubrí a García Márquez y Cortázar durante mi servicio militar obligatorio en las fuerzas de defensa israelíes. Era un soldado pésimo y a menudo, cuando mis compañeros disfrutaban de un permiso, yo tenía que quedarme en la base como castigo. Uno de los oficiales me había prestado algunos libros suyos para pasar el tiempo y gracias a él descubrí la ficción latinoamericana. Para alguien que se había acostumbrado a la escritura de Hemingway, Carver, Cheever y otros hiperrealistas estadounidenses, esto fue una verdadera revolución. Hasta ese encuentro a la edad de 18 años, yo creía que la ficción “seria” guardaba relación con algún tipo de objetivismo realista y que todas las obras no realistas pertenecían exclusivamente al género de la ciencia-ficción. Solo gracias al encuentro con la ficción latinoamericana me he dado cuenta de que escribir algo “real” no significa que deba obedecer las leyes de la naturaleza, sino que esté cerca de la verdad que uno siente en su corazón. La imaginación emocional de García Márquez y la narrativa reflexiva de Cortázar parecían mucho más cercanas a mi verdad interior que toda la ficción realista que había leído hasta entonces. Muy poco tiempo después de aquello, cuando yo mismo empecé a escribir, tuve presente esa lección y comencé a escribir una ficción que fuese por encima de todo fiel a mi experiencia subjetiva y no a la verdad “objetiva”: si después de besar a una chica había sentido que flotaba en el aire, mi personaje también flotaría en el aire, desafiando las leyes de la física, pero siendo fiel a mi experiencia personal.


MARIE ARANA

Lectores
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: "¿Estoy en una pecera porque soy un pez, o soy un pez porque estoy en una pecera?”. Al tropezar con Axolotl, de Cortázar, cuando tenía 12 años y cuando me acababa de trasladar desde Perú, estaba tan fascinada por las preguntas sobre la identidad como el narrador de esa historia. Fue justo antes del boom latinoamericano, antes de que los estadounidenses tuvieran el más mínimo interés por casi todo lo que era extranjero. Para mí, el boom no fue un fenómeno latinoamericano, sino que estaba sucediendo a mi alrededor, en Estados Unidos, en una floreciente población de lectores que, hasta entonces, no se había preocupado ni un ápice por las riquezas de la ficción latinoamericana o por la gran herencia de las letras españolas. El boomfue una novedad, una moda, pero no podía discutirla. Los norteamericanos empezaron a ver a través de otros ojos. Se metieron en otra piel y se convirtieron en el pez de Cortázar.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?

R: Si los tomamos en conjunto, Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes no pueden considerarse un movimiento unificado. No como los románticos franceses, o los beatsestadounidenses, o los vanguardistas rusos. Por eso es difícil decir queaportaron algo específico a la República de las Letras más allá de la considerable fuerza de sus talentos individuales. Eran magníficamentesui generis, y resultaban imposibles de catalogar. No fue un boom de escritores per se, sino un boom de lectores; y esos lectores aumentaron en un número sin precedentes para dar la bienvenida a la ficción latinoamericana por primera vez.
P: ¿Alguna reflexión particular?

R: Antes del boom, en Estados Unidos imperaba una apatía pertinaz hacia las traducciones extranjeras. Uno de los periodistas más famosos de EE UU, James Reston, de The New York Times, afirmaba: “Los estadounidenses están dispuestos a hacer cualquier cosa por Latinoamérica excepto leer algo sobre ella”. El boom demostró que estaba equivocado. Sin embargo, una vez que los latinoamericanos cruzaron la puerta, la situación cambió. A principios de la década de 1980, los hispanoamericanos que escribían en inglés se convirtieron en el centro de atención. Y así es como los “escritores del boom”, como los conocemos, nunca aumentaron en número. Se siguió leyendo a García Márquez, a Vargas Llosa, a Fuentes y a otros, pero el boom nunca se tradujo en nuevo talento latinoamericano. La resistencia ante las obras traducidas siguió siendo la misma que antes, puede que hasta con una terquedad más intensa. El peor legado del boom ha sido la falta de imaginación que provocó en las editoriales, que solo han promovido a los imitadores, en vez de fomentar algo nuevo.

CEES NOOTEBOOM

Contar
Gabriel García Márquez nos descubrió un continente y nos enseñó lo que habíamos olvidado acerca de cómo contar historias. Pero el llamado boom también nos trajo la oscuridad y la profundidad de Onetti, el esplendor intelectual y el mundo mágico de Borges, la brillantez de Bioy Casares y la sorpresa de Saer y Piglia y tantos otros, todos tan diferentes entre sí.


JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS

Futuro
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta: El boom supuso sobre todo la internacionalización definitiva de lo hispano. Dio una visibilidad internacional muy grande a la literatura escrita en español que ha vivido desde entonces la eclosión de traducciones a multitud de lenguas.
Mi primer acceso personal al boom fue la lectura, siendo estudiante de Preu en 1968, de tres novelas: La ciudad y los perros, Cien años de soledad y Rayuela. No acierto a recordar cuál de ellas fue la primera, quizá las leyera seguidas. Lo que si recuerdo es que supusieron un verdadero revulsivo que me marcó mucho como lector.
P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?
R: Por un lado, ciertos autores recuperaron lo que Ricardo Gullón llamo, a propósito de García Márquez, el “Olvidado arte de contar”, esto es la narrativa de inspiración oral. Esa dirección supuso el maridaje de lo antiguo y lo moderno pues las estructuras míticas y pre-modernas de esas tradiciones, por ejemplo de un Juan Rulfo, se insertaron en la modernidad estructural a través de Faulkner principalmente. Una tercera aportación, visible en Vargas Llosa es una vindicación de la narración y de la ficción como verdadera forma de ofrecer la realidad, reconciliando la novela con la historia colectiva. Por último, autores como Guillermo Cabrera Infante o Alejo Carpentier recuperaron lo mejor de la tradición barroca del lenguaje.
P: ¿Alguna reflexión particular?
R: Toda herencia es también una deuda. Y a su vez toda deuda se hereda. Es por tanto una riqueza ambivalente, porque pesa mucho sobre los jóvenes, pero ellos no quieren limitarse a ser simplemente los “hijos de”, sino que aspiran a tener un nombre propio. Se da en la literatura latinoamericana la angustia de la influencia de la que hablo Harold Bloom. El interés por lo americano les ha hecho más fácil a los jóvenes escritores de América la entrada al mundo editorial. Ahora hay una efervescencia creativa excelente en la americana que habla español, y los estilos son muy distintos. Ni el novelista mexicano Juan Villoro es epígono de Fuentes, ni la cuentista argentina Ana Shua lo es de Cortázar, ni el colombiano Gabriel Vásquez es García Márquez. Hay muchas voces potentes con voz propia. Es posible que sean herederos, pero en todo caso lo más importante es que sean ricos literariamente y que cuando los leamos no nos estemos acordando de su padre.

Tahar Ben Jelloun: Libertad

Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta. Recuerdo haber escuchado con pasión, cuando todavía estaba en el liceo francés de Tánger, a Alejo Carpentier hablarnos del barroco en la literatura. Era un hombre muy elegante, alto y bueno. Descubría la literatura cubana (en el exilio). Algún tiempo después de esta visita que me marcó, mi amigo Emilio Sanz, historiador de cine, que pasaba mucho tiempo en Tánger, me regaló Cien años de soledad, de García Márquez, traducido al francés y publicado por Éditions du Seuil. Me sumergí enseguida en él, pero no conseguía engancharme. Algo en ese universo me impedía entrar en esa novela diferente de lo que acostumbraba a leer. La leería más tarde, después de descubrir la obra extraordinaria del escritor mexicano Juan Rulfo. Gracias a Pedro Páramo entré en el maravilloso bosque de la literatura latinoamericana. Averigüé que Rulfo había influido en García Márquez, así como en algunos otros escritores de su generación.
Al mismo tiempo, encontraba una familiaridad entre el universo de estos escritores y el de los escritores del mundo árabe. Leía a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa como si fueran de mi país.
P. ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?
Respuesta. Este auge de la literatura latinoamericana ha sido una suerte para la literatura de la segunda mitad del siglo XX. El azar hizo que varios escritores de una misma generación tuviesen talento y mucha imaginación al mismo tiempo. Constituían una pléyade de creadores repartidos por todo el continente latinoamericano. Aunque sus estilos sean diferentes, sus temas se encuentran en casi toda su literatura. Han aportado audacia, barroco, una inquietud maravillosa, un resto de surrealismo y una especie de locura que contrasta con el realismo europeo o con la adecuación a lo real al estilo estadounidense. Esta literatura ha liberado la imaginación; por lo que a mí respecta, estoy seguro de ello: al leer a Onetti, a Borges, a García Márquez, a Neruda y a los demás, mi escritura ha gozado de un permiso para soñar e inventar. Les debo esta libertad y este desarrollo de la imaginación sin límites.
P. ¿Alguna reflexión particular?
Respuesta. Pertenezco a un pueblo en el que el 40% de sus habitantes no saben leer y escribir. Es un drama, una vergüenza. Sé que algunos países de Latinoamérica también viven este drama del analfabetismo. A uno de estos escritores (me parece que era Carlos Fuentes) se le planteó esta pregunta: ¿por qué escribe usted en un continente de analfabetos? Recuerdo perfectamente la respuesta porque es la que yo doy.
La cito de memoria: “Escribo aunque sé que el pueblo no me leerá, y precisamente porque le han impedido aprender a leer tengo que escribir bien, muy bien, y tengo que darle lo mejor, porque un día ese pueblo me leerá, y si no es él, serán sus hijos, y ahí es cuando mi texto tendrá que ser irreprochable...”. Esta es la idea que aprendí y la he expresado a menudo cuando me lo han preguntado: escribes en un país de analfabetos (y luego algunos añaden), y además escribes en un idioma que no es el del pueblo, ¡escribes en el idioma del colonizador!
Los que me han reprochado que escriba en francés en vez de en árabe, me pedían en cierta manera que dejara de escribir, porque saben que no domino lo suficiente el idioma del Corán para expresarme libremente como lo hago en francés. El citar la respuesta de esta literatura latinoamericana me ha ayudado y me ha apoyado para seguir mi camino de escritor, testigo de mi época y testigo vigilante que a veces actúa. No soy un escritor escondido y tranquilo. Intervengo como ciudadano, pero no llegaré hasta el punto de hacer política como Vargas Llosa.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/17/actualidad/1353176750_272527.html



domingo, 2 de diciembre de 2012

Boom latinoamericano / Cincuenta años

Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez
BOOM LATINOAMERICANO
Cincuenta años de la conquista
del mundo imaginario


Se cumple medio siglo del furor de la generación de Cortázar, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa .
        
Todo empezó con el deseo de convertir "el dolor en una fiesta" y de colocar a Latinoamérica de otra forma en el mundo.
Una magia, un carnaval de la literatura, alimentado por Borges, Carpentier, Rulfo y Onetti, y que Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa convirtieron en un ‘boom’, del que se cumplen 50 años.
Y es que, sin saberse en qué fecha exacta se inicia el llamado ‘boom’ latinoamericano que dejó a Europa boquiabierta gracias a la proyección que le dieron desde España editoriales como Seix Barral, se ha tomado la publicación, hace 50 años, de ‘La ciudad y los perros’ de Mario Vargas Llosa como punto de partida.
Un homenaje a unos escritores que van a volver a ser revisados en un congreso internacional que comienza el 5 de noviembre en Madrid, en la Casa de América, y que inaugurará Mario Vargas Llosa. A él asistirán 46 escritores de ambas orillas del Atlántico, jóvenes y consagrados, que participarán en este encuentro que se desarrollará, además, en distintas universidades españolas.
Ese nombre, ese sonido de ‘boom’ que definió el apabullante éxito de la nueva novela latinoamericana, fue puesto por el periodista y escritor Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), quien anticipó este fenómeno sin precedentes en su libro 'Los nuestros', que publicó en 1966 y que ahora vuelve a editar Alfaguara.
Ahí estaban los mayores maestros, Borges, Asturias, Guimaraes Rosa, Onetti o Rulfo, y los jóvenes que serían los magos del "boom", Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.
"No estoy contento con este nombre y muchas veces me arrepiento de él porque me parece un poco superficial", explica Harss.
"En 1966 -argumenta- me encontraba como periodista en una reunión en la que estaba Vargas Llosa, en Buenos Aires, con el jurado en torno al premio Primera Plana, y empezaron a hablar de la novela iberoamericana, y entonces hice un comentario idiota al decir que lo que estaba pasando con la novela era como el 'boom' económico que había vivido Italia; luego lo escribí en un reportaje y desde entonces se quedó".

Fin al anonimato

Estos escritores se preocuparon por encontrar un lenguaje y por cómo hacer del continente americano una experiencia universal, señala Harss.
"Un continente que había sido marginal, digamos, que alguien llamó el pecado capital de América, que consistía en haber nacido fuera de la cultura y fuera de la historia y que hasta entonces la novela lo había aceptado con un tipo de novelas parciales y regionales. De pronto, estos autores hablaban aceptando su propia tradición, su propia cultura, pero la proyectaron hacia fuera: universalizaron los temas", sostiene el periodista chileno.
El contexto político, en los años sesenta y setenta, también caracterizó a este grupo de escritores: las dictaduras o la revolución cubana marcaron sentimientos mezclados de utopía, tragedia, barbarie, insatisfacción o deseo de justicia.
"Vale tener en cuenta -escribe Carlos Fuentes en su libro 'La gran novela latinoamericana'- que, literariamente, esta es la tierra común del Señor Presidente de (Miguel Ángel) Asturias y el Tirano Banderas de Valle-Inclán, el Primer Magistrado de Carpentier y el Patriarca de García Márquez, el Pedro Páramo de Rulfo y los Ardavines de Gallegos, el Supremo de Roa Bastos, el minúsculo don Mónico de Mariano Azuela y el Trujillo Benefactor de Vargas Llosa".
Así, se fue construyendo una imaginación liberada, un canto de libertad. Una épica del desencanto que convirtió las balas en belleza radical, la naturaleza extrema en mito y el lenguaje en una fiesta mágica. Una nueva realidad que dio títulos como 'La casa verde', de Vargas Llosa; 'Cien años de soledad', de García Márquez; 'Rayuela', de Cortázar o 'La muerte de Artemio Cruz', de Carlos Fuentes.
Esto, solo por mencionar brevemente algunos de los muchos libros que fueron éxitos del 'boom' y que traspasaron la frontera de España y América Latina, ya que fueron traducidos en toda Europa.
Admiradores de Joyce, Proust, Sartre, Camus o Faulkner, los dueños del 'boom' son unos clásicos que viven, como García Márquez y Vargas Llosa, ambos premios Nobel, y que tienen ahora la oportunidad de ser revisitados.
"Serán revisitados para recordarlos, criticarlos y ponerlos en su sitio.Ellos dieron un salto hacia adelante y marcaron un punto de inflexión", dice Juan José Armas Marcelo, director de la cátedra Mario Vargas Llosa, organizadora del congreso internacional sobre el 'boom', junto con Acción Cultural Española. Y es que, al fin y al cabo, como escribió García Márquez, "la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
EFE

http://diarioadn.co/cultura-y-ocio/literatura/50-a%C3%B1os-del-boom-latinoamericano-1.31530




La lista que hizo historia

Un libro de entrevistas se convirtió hace cincuenta años en el canon del llamado boom

El chileno Luis Harss evoca esa época desde un distanciado presente


Ilustración de Sciammarella.

En el ambiente literario iberoamericano se respiraba una especie de internacionalismo que antes no existía: los argentinos conocían lo que se hacía en México o en Colombia. En los sesenta se decía que la capital de América Latina era París porque allí se encontraron todos los escritores de aquella zona, unos exiliados de las dictaduras de sus países, mientras que otros estaban en misiones diplomáticas. El movimiento literario que estaba naciendo disponía de corte propia, ejército y artillería. En la capital francesa, el crítico Emir Rodríguez Monegal fundó la revista Nuevo Mundo cuyo propósito fundamental era promocionar esta nueva cultura literaria. Los autores se movían con su séquito, y la prensa, en especial la argentina, hablaba ya de una “concienciación literaria”. Sus obras circulaban por el continente gracias a las distribuidoras y a la nueva actitud de las editoriales. A los universitarios e intelectuales se les sumó un numeroso grupo de lectores que devoraba apasionadamente novelas como Rayuela, La ciudad y los perros o Pedro Páramo. El boom latinoamericano contó con muchos escritores y tres polos geográficos: Buenos Aires, México y Barcelona, donde la relación con Carlos Barral fue clave. Entre ellos, los más jóvenes se apodaron la Mafia. No eran íntimos, pero unos remitían a otros y salían juntos en las fotos. Había también sus pugnas internas, odios y celos irreconciliables, pero eso contribuyó también a agrandar la leyenda.
En ese ambiente y sin proponérselo, Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), profesor de Letras y escritor, estableció el canon de lo que luego se conoció como el boom latinoamericano. Y lo hizo, como muchas cosas en la vida, por casualidad. Cuenta que fue Julio Cortázar, con el que se encontró en París, quien le animó a escribir un libro que captara las nuevas tendencias literarias. A estas alturas, casi cincuenta años después, ya nadie le puede negar su olfato literario. Los nuestros se publicó en inglés y pasó con más pena que gloria, hasta que la Editorial Sudamericana lo publicó, unos meses después, en 1966, en español. Se trataba de un ensayo de crítica literaria con 10 entrevistas a otros tantos autores iberoamericanos; algunos como Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti o Cortázar, ya consagrados, pero otros, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez no superaban la cuarentena; João Guimarães Rosa era el único de ascendencia brasileña. La región más trasparente de Fuentes ya contaba con lectores, pero Cien años de soledad de García Márquez era un manuscrito inacabado cuando entrevistó a su autor en la localidad mexicana de Pátzcuaro. A todos les unía la idea de que su país común era el español. El idioma se había convertido en un artefacto arcaico que necesitaba renovarse. Lo cambiaron, dejando de lado el floreo literario que marcaba la época por el habla de la calle. Fuera, les esperaba un público hambriento por reconocerse en historias cercanas.Los nuestros no llegó a editarse en España, pero se convirtió en libro de obligado estudio. Alfaguara lo recupera ahora en el cincuenta aniversario del fenómeno literario.
Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares. El lenguaje y su forma local, el idioma es identidad. “Usar el lenguaje ajeno es alienación”, cuenta Luis Harss desde su casa, en un pequeño pueblo del Estado de Pensilvania, donde vive retirado de la enseñanza y de la crítica, entretenido ahora en la escritura de un nuevo relato. Este escritor ha desarrollado su propia teoría sobre el lenguaje, relacionada con el arranque de lo que fue la búsqueda de la novela totalizadora: los escritores iberoamericanos (aunque los de clase culta hablaban francés) se educaban leyendo traducciones del ruso, del alemán o del inglés. “En general versiones muy torpes, de editoriales españolas que deformaban, estereotipaban o censuraban. Quedaba un muñón parecido a todos los otros muñones que salían del mismo proceso. Se ha observado que el lenguaje de la traducción es generalmente el término medio de la época con sus mediocridades, lugares comunes y percepciones desgastadas, una horma rígida y un mortero. Eso es lo que leían los escritores, en eso se inspiraban, por eso todo salía tan mal y sin imaginación. Después se abrieron las puertas al mundo. Más cultura literaria, más manejo de idiomas, mejores traducciones, a veces por escritores buenos, por poetas, gente sensible. El escritor se educó, vio más, pudo más. La traducción se interiorizó, en vez de representar superficies”. Así empezó a redactarse la nueva novela.

“Alrededor del boom hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad”
Visto con la perspectiva que da el tiempo, se entiende por definición que ningún boom puede durar. En las universidades norteamericanas han florecido los departamentos de estudios latinoamericanos, pero se trata de una corriente solo para especialistas. En cambio, la nueva novela sí ha generado “un mar de fondo”. “Sigue, en el sentido que dejó modelos, descubrimientos, abrió dimensiones. No se puede escribir en Latinoamérica sin haber pasado por allí. Como no podían escribir las generaciones de Estados Unidos sin haber pasado por Hemingway y Faulkner. ¿Medio siglo después cuántos de la lista de Harss se han convertido ya en referencias universales? “Borges ya figura como un habitante de muchos otros mundos, y en muchos idiomas. García Márquez aparece en miles de novelas, su lista de imitadores es interminable; Macondo ha pasado a ser lo que Barthes llamó ‘un recuerdo de la imaginación’. Estoy casi seguro de que, como Hemingway y Faulkner, seguirán siendo fronteras entre un antes y un después. Cortázar, el más radical, desgraciadamente se conoce poco fuera del idioma español, queda muy atado a la lógica interna del idioma argentino. Cortázar es puro jazz y es difícil de transportar. Se lo distingue en Roberto Bolaño. Y en todos los que, sin saber por qué, tratan de escribir como se habla”.
Por correo electrónico escribe que Los nuestros se corresponde con una época de su vida, pero “quedó allá atrás”. Le gusta y le divierte recordar a la gente y hablar de los temas de época y las circunstancias que rodearon el libro, pero hace mucho que está en otras cosas. “No he seguido las carreras de esos escritores. A algunos los he leído de vez en cuando por placer. A otros no los he tocado en ¿cuarenta-cincuenta? años, dejaron totalmente de interesarme, ¿qué quieren que les diga? Uno no se queda donde estaba”. En esa estela de placer que provoca la nostalgia bien entendida se detiene a hablar de dos editores fundamentales: Roger Klein y Paco Porrúa. Curiosamente fue un editor estadounidense, un tipo alerta a todo lo que pasaba en el mundo literario en cualquier idioma, el primero en proponer el libro. Sin la pequeña ayuda financiera que le dio Roger Klein de Harper & Row en Nueva York (unos 1.500 dólares), Los nuestros no existiría. “Se me ocurre que de su propio bolsillo. Era de una gran familia judía de joyeros. Un tipo raro en EE UU, donde se conoce poco y se traduce menos. Yo me resistía a muerte. Había abandonado Argentina, huyendo del peronismo, y me había instalado en EE UU. Había roto espiritualmente con Latinoamérica y el idioma español, pero Klein me regaló su persistencia. Curiosamente, después, por problemas personales (fue gay antes de tiempo) perdió el interés”. El original inglés salió huérfano, nunca vendió nada, y Klein se suicidó dos o tres años más tarde dejando un gran vacío.

Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares
El fracaso que supuso su publicación en inglés no arredró a Editorial Sudamericana cuando decidió publicar el libro en español. Paco Porrúa (A Coruña, 1922), editor de Minotauro, que luego distribuiría Los nuestros, se movía más en el terreno de la ciencia ficción, pero tenía buen apetito para los autores nuevos. Por eso se alió mano a mano con Harss en una precipitada traducción. “Fuimos como hermanos, poco tiempo, cuando nos distanciamos lo extrañé mucho”. Los nuestros se vendió más de lo esperado y funcionó, especialmente, como texto universitario, pero con el tiempo se convirtió en el manual para el conocimiento de ese movimiento literario que representaban los 10 autores entrevistados en el libro.
El boom también dejó sus víctimas, sobre todo entre los escritores jóvenes, un derroche de talento en el que no todos se salvaron. “Hubo una conciencia de círculo vicioso. Los que estaban en cierta cosa y no en otra. No hay duda, la mafia, el club, entre los que se sentían brillar. No hablo de mi selección, que es secundaria. Digo entre ellos. Alrededor del boom siempre hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad, como Felisberto Hernández que murió justo antes de empezar Harss sus entrevistas. “Escribía en sótanos, era pianista y lo imagino siempre al teclado, proyectando sus historias en una pantalla de cine (fue acompañante de cine mudo). Juan José Saer, que me quedó bajo el radar; no había llegado a ser él todavía en los sesenta. En esos días empezaba Manuel Puig La traición de Rita Hayworth. Es de 1968 con la estética del cine popular y los boleros. Cabrera Infante. José Donoso. Salvador Garmendia, venezolano, el de ‘los pequeños seres’ de la vida ciudadana. Un extrañísimo novelista talmúdico argentino, Mario Satz, casi ilegible, vivía en Barcelona. Les pasó a muchos”, remata.
De entre las víctimas, Harss conoció personalmente la tristeza de un narrador de mucho valor: José María Arguedas, el novelista peruano. “Conoció el ayllu, el hogar que le dio de chico la comunidad indígena y que después perdió. Trató de evocarlo en español sin perder la magia metafórica del animismo quechua. Escribió un libro notable, autobiográfico, Los ríos profundos. Es de 1958, a orillas del boom; había leído a Joyce. Su protagonista también es un Dédalo. Había gozado de mucho prestigio en su país, pero se movía todavía dentro de algunas limitaciones del indigenismo; fue excluido explícitamente del canon, humillado en artículos y comentarios, y se mató en 1969. Dejó un diario suicida, en su última novela, inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo. Diatribas (lamentables) contra sus detractores, pero también un acercamiento a la muerte, a la tierra, a las moscas, único en la literatura de Latinoamérica. Se fue comiendo barro como vino”. Un caso de perdedor total, antes de saber quién era Harss lo recuerda sentado tocando la flauta en un rincón, en una fiesta de izquierdas en California. “Un momento de soledad tan aguda que me quedó la imagen para siempre”.
Los nuestros. Luis Harss. Alfaguara. Madrid, 2012. 411 páginas. 18,50 euros (electrónico: 9,99).




De izquierda a derecha, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, en 1974.
Viendo nacer una generación clásica
ALEJO CARPENTIER. ((La Habana, 1904) fue quizás el primero de nuestros novelistas en querer asumir la experiencia latinoamericana en su totalidad, por encima de sus efímeras variantes regionales y nacionales. Nuestra novela estaba en su infancia cuando empezó a escribir. Era poco más que escenografía. Su aparato era pomposo y retórico. Recorrió de punta a punta nuestro mundo tratando de asimilar e integrar todo lo que encontraba hasta poseerlo. Se buscaba como todo latinoamericano en la fábula y el mito. Su pasión ha sido seguir los pasos perdidos del continente, descifrar sus oráculos olvidados. El resultado es una obra de gran alcance y vigor.
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS. Vivió y sufrió su época, y supo expresar su dolor. Ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos… Visto hoy en perspectiva, El Señor Presidente ha envejecido, no intimida. Lo que da fuerza al libro es la sensación de que es un espejo deformado pero reconocible de una realidad sórdida, tristemente conocida por todos los que han recorrido los barrios bajos de las ciudades latinoamericanas. Pero es probable que se le recuerde por Hombres de maíz, un libro arrollador, en el que persigue lo que llama “un idioma americano”. Se da cuenta de que el floreo retórico y los lugares comunes de la prosa académica han sido la plaga de nuestra novela.
JORGE LUIS BORGES. Ha inventado su propio género, a medio camino entre el cuento y el ensayo, para darse completa libertad de movimiento. Varían las proporciones, pero la tendencia es siempre, como él dice, “estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético”. Pero hay algo más: una aspiración al absoluto que se vislumbra en las formas de la imaginación… Un cuento de Borges es algo muy especial. Cada uno de ellos rompe el molde. Combina felizmente, y en las formas más inesperadas, el suspenso y el teorema. Usa la sorpresa, la falsa apariencia y el argumento sofístico a la manera de la novela policiaca; mezcla la burla y la metafísica, la lógica y la argucia, la realidad y el hecho apócrifo.
JOÃO GUIMARÃES ROSA. Lleva cada línea del paisaje impresa en la palma de la mano. Hubo exploradores que abrieron fronteras en el interior, apropiándose de lejanas tierras de pastoreo que a veces fueron verdes y florecieron hasta convertirse en prósperas fazendas. Echar ancla en esas regiones inhóspitas siempre estuvo en conflicto con el espíritu vagabundo. La vida nunca era completamente sedentaria. Bajo el colono estaba el nómada. Guimarães Rosa encarna esa dualidad… Nadie ha penetrado como él en la psicología del habitante del sertão. El lenguaje es densamente emotivo, mezcla de erudición y dialecto, lleno de giros inesperados, inversiones, proverbios, interjecciones, preguntas retóricas.
JUAN CARLOS ONETTI. Hay en él algo genuinamente autóctono que va mucho más hondo que las estridentes protestas de nacionalismo literario que caracterizan a tantos de sus compatriotas. Los años que ha pasado entre Montevideo y Buenos Aires lo han asimilado al alma y al carácter de la zona. No fue él quien inventó la novela urbana en el Uruguay; el género ya existía, pero la ciudad muchas veces estaba en Europa, y en otros tiempos. Los escenarios locales no eran considerados dignos de interés. Onetti cambió todo eso. La vida breve puede ser su obra maestra, libro de inagotables desdoblamientos, un monumento a la evasión a través de la literatura.
JULIO CORTÁZAR. Es la prueba que necesitábamos de que existe una poderosa fuerza mutante en nuestra literatura que lleva a la metafísica (o la patafísica cuando la metafísica se toma en chiste). Brillante, minucioso, provocativo, adelantándose a todos sus contemporáneos latinoamericanos en el riesgo y la innovación… Es un hombre de fuertes anticuerpos. Con el tiempo ha ido descartando los efectos fáciles de la narrativa tradicional: el melodrama, la sensiblería, la causalidad evidente, la construcción sistemática, las amabilidades y la demagogia retórica. Ha buscado en la paradoja el verdadero acorde. Es difícil por el momento medir su impacto. Rayuela (1963) fue un huracán, es una obra ambiciosa e intrépida, a la vez un manifiesto filosófico, una rebelión contra el lenguaje literario y la crónica de una extraordinaria aventura espiritual.
JUAN RULFO. Sus libros están en un paisaje de tragedia clásica, los muertos lo persiguen. Sabe que el peso de los antepasados aumenta con la distancia. El de los suyos, que están lejos, no lo ha descargado nunca. Se ha pasado la vida abriendo tumbas en busca de sus orígenes perdidos. Su brillante y breve carrera ha sido uno de los milagros de nuestra literatura. No es, en el fondo, un renovador sino, al contrario, el más sutil de los tradicionalistas. Pero ahí radica su fuerza. Escribe sobre lo que conoce y siente, con la sencilla pasión del hombre de la tierra en contacto inmediato y profundo con las cosas elementales: el amor y la muerte, la esperanza, el hambre, la violencia. Con él, la literatura regional pierde su militancia panfletaria, su folclore. …Su lenguaje es tan parco y severo como su mundo. Es un estoico que no blasfema contra la vida, acepta el destino. Por eso su obra brilla como un fulgor lapidario. Pedro Páramo no es épica sino elegia. El ritmo del lenguaje es el de la sangre.
CARLOS FUENTES. En 1959 publicó La región más transparente, una supernovela en la que se narra, como lo llamaba el autor, “la biografía de una ciudad y una síntesis del presente mexicano”. La novela estaba destinada en cierta forma a ser un foro para las opiniones contradictorias de la época. Se llama al debate, no a una decisión final. Refleja la preocupación de ese momento por fijar, por resumir, por destilar lo mexicano. Está entre los poquísimos escritores latinoamericanos que dominan las disciplinas del cuento, ¿será por la simpatía que siente por la literatura norteamericana, donde florece el género?... El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y la sorpresa, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Su empecinamiento nace de la nostalgia: por una época y por un lugar. Ha estado fuera demasiado tiempo. “Se me están enfriando los mitos”. Hará cualquier cosa para revivirlos. Son la luz —y la felicidad de la inspiración— que le viene de su infancia. EnLa hojarasca se destacan ya ciertos prototipos que poblarán los otros libros: el vetusto coronel, el médico de alma atormentada, la serena y consecuente figura femenina, siempre en García Márquez, un baluarte en la adversidad… Mas allá de los hechos cotidianos que constituyen el relato se advierte la intención mágica… Una misma subjetividad anima a todas sus creaciones. Los papeles que se reparten derivan todos de un solo repertorio mental. …La próxima fase del libro, que anuncia para marzo o abril de 1967, se llamará Cien años de soledad. Será la muy esperada biografía del elusivo coronel revolucionario, Aureliano Buendía. Será como la base del rompecabezas cuyas piezas ha venido dando en los libros precedentes.
MARIO VARGAS LLOSA. Cuando acababa de cumplir los 26, con sólo dos obras a su nombre, ya se destacaba entre nuestros escritores jóvenes. Era un inspirado que parecía haber nacido bajo una lengua de fuego. Tenía fuerza, fe y la verdadera furia creadora. La fama le había llegado pronto, pero se la había ganado honradamente. Hasta ahora ha sido menos profundo que pródigo. Su visión es limitada, sus caracterizaciones pueden ser esquemáticas y hasta simplistas, y es un empedernido determinista y antivisionario, pero una invencible riqueza de temperamento, una poderosa carga emotiva y una interioridad que él niega pero no puede reprimir dan densidad a su materia dramática. La ciudad y los perros (1962), su primera novela, narra la vida del colegio militar Leoncio Prado. Dos generales lo denunciaron, calificándolo de profanación y acusando al autor de ser enemigo del Perú y comunista.
Párrafos extraídos de Los nuestros, de Luis Harss.




La princesa Letizia, el príncipe Felipe y Mario Vargas Llosa inauguran el congreso internacional sobre "El canon del 'boom'" / CHEMA MOYA (EFE)

“El ‘boom’ aportó algo novedoso y creativo a la literatura moderna”, dice Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa inaugura el congreso 'El canon del boom'

Durante esta semana analizará a través de escritores y expertos el legado del mayor movimiento literario surgido de América Latina



Como al principio de los tiempos, el origen fue el verbo. Pronunciado en los muchos acentos de ese crisol de localismos que toman forma en el español, este se convirtió hace medio siglo en el mayor movimiento literario latinoamericano surgido hasta la fecha, ese que convino en llamarse como el boom. “¿Quiere decir este nombre que surge como una explosión?”, se preguntaba ayer Mario Vargas Llosa. “Desde luego que no: fue un reconocimiento de que América Latina no solo producía dictadores o el mambo, sino también una literatura que aportaba algo novedoso, original y creativo a la literatura moderna”. El premio Nobel peruano, quien con su primera novela, La ciudad y los perros, (publicada precisamente ahora hace 50 años) colaboró en la creación y desarrollo de aquel fenómeno, pronunció ayer en la Casa de América de Madrid la conferencia inaugural de un congreso internacional, El Canon del boom, organizado por la cátedra Vargas Llosa y Acción Cultural Española, que busca revisitar aquellos autores y aquellas obras que dieron lugar a una nueva forma de contar la historia y las historias, con las raíces hundidas en la propia tierra para crecer en el sentido del mundo.
Presidida por los Príncipes de Asturias, don Felipe y doña Letizia de Borbón, la ceremonia de ayer abrió paso a un ciclo conferencias que se celebrarán hasta el día 10 en ocho universidades españolas, las que le han concedido el doctorado Honoris Causa a Vargas Llosa, que se acompañarán de una serie de mesas redondas en la Casa de América de Madrid, todo ello de la mano de 46 escritores y críticos. En la ceremonia de apertura también participaron el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, que quiso subrayar la importancia de la unión intercontinental -“Nos sentimos iberoamericanos”, dijo- y el periodista y escritor Juan José Armas Marcelo, presidente de la cátedra Vargas Llosa, que quiso reivindicar a Carlos Fuentes y Julio Cortázar como dos premios Nobel por derecho propio, aunque nunca lo recibieran.
También para ellos tuvo palabras Vargas Llosa en su discurso, así como para el resto de los grandes nombres del boom, la mayoría de los cuales el propio autor (él mismo uno de esos grandes nombres) tuvo la oportunidad de conocer, y de los que desveló una infinidad de anécdotas. Comenzando por Cortázar, Vargas Llosa viajó en el tiempo y en el espacio a Borges, Carlos Fuentes o García Márquez, sin olvidar a los escritores que décadas antes les abrían a ellos el camino, y cuyo reconocimiento se situó paralelo a los orígenes del boom en los sesenta: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima o Joao Guimaraes Rosa. Se refirió el escritor además a la ciudad de Barcelona, en la que dijo haber vivido “los cinco mejores años” de su existencia en la década de los setenta, y que tomó el relevo a París como capital literaria gracias al esfuerzo de apertura y la ambición cosmopolita de editores como Seix Barral o Carmen Balcells, su agente y la instigadora de su mudanza a la capital catalana desde Londres, y donde entraría en contacto con las letras latinoamericanas, hasta entoces desconocidas incluso dentro del propio continente.
“El boom no fue solamente los buenos libros que entonces se escribieron, la presencia que Latinoamérica ganó o la relevancia que el mundo empezó a dar a es hermosa lengua que es la nuestra”, concluyó Vargas Llosa “sino también esa otra parte, las relaciones entre los protagonistas. Es hermosa la amistad, la experiencia de compartir sueños y de dar juntos esa batalla común por la ficción. Porque ya lo saben ustedes, la literatura y la cultura es mucho más que un entretenimiento o un placer: es una fuente de civilización y progreso”


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