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jueves, 22 de septiembre de 2022

Javier Marías / Arthur Rimbaud contra el arte

 

Arthur Rimbaud
Mathieu Laca

Javier Marías
Arthur Rimbaud contra el arte

    Apenas si se conservan retratos, y los que hay son fantasmales, de Rimbaud adulto, del hombre que no tenía nada que ver con la literatura y vivía en las costas de Somalia ejerciendo los más variados y poco remunerados oficios. Quizá ésa es la segunda razón de que se siga pensando en él casi exclusivamente como en el adolescente terrible y rebelde de sus breves años de París y sus meses de Londres. Su abandono de la poesía a una edad incierta (digamos hacia los veinte años) ha hecho correr la imaginación huraña de todo escritor precoz posterior a él, tentándolo a hacer lo propio en algún momento, normalmente, helas, a edades más avanzadas: después de él todo escritor precoz en realidad ha sido tardío.

lunes, 27 de julio de 2020

Flaubert / El papagayo verde


Gustave flaubert
Mathieu Laca


El papagayo verde

Para Flaubert, un escritor obsesionado con la idea de la insuficiencia del lenguaje

a la hora de expresar nuestros anhelos, el loro disecado es un símbolo. Y los símbolos hacen crecer la historia en las direcciones más impensadas


Gustavo Martín Garzo
18 de diciembre de 2015




El papagayo verde
TOMÁS ONDARRA

Un corazón simple es una novela corta que Gustave Flaubert incluyó en su último libro, Tres cuentos. Se conservan varias cartas en que su autor se refiere a la laboriosa génesis del texto. La novela apenas tiene 50 páginas y necesitó cinco meses intensivos para escribirla. “Apenas puedo poner en marcha mi historia. Ayer trabajé durante dieciséis horas, hoy todo el día, y por fin esta noche he terminado la primera página”, escribe a comienzos de marzo de 1876. Varios meses después, Flaubert vuelve a aludir a esa dificultad en una carta a su amigo Turguéniev: “Mi Historia de un corazón simpleestará terminada sin duda a finales de agosto. ¿Pero qué difícil, Dios mío, qué difícil! Cuanto más adelanto más me doy cuenta. Me parece que la prosa francesa puede llegar a una belleza de la que no se tiene ni idea. ¿No le parece que nuestros amigos se preocupan poco de la Belleza. Y sin embargo es en el mundo lo único importante?”.

Un corazón simple habla de ese mundo de la pequeña burguesía rural que Flaubert conoce como la palma de su mano y que ya ha retratado magistralmente en Madame Bovary. Su protagonista es Félicité, una abnegada mujer que vive a la sombra de su señora, cuidando a sus hijos y ocupándose de las tareas de la casa. Flaubert se detiene con puntilloso realismo en los pormenores de esa vida insignificante y nos habla de sus pesares y pequeñas alegrías, y de los seres que van pasando por su vida: un novio poco delicado, los hijos de su ama, un sobrino, un anciano al que cuida en su enfermedad. Unos mueren, otros se van de su lado o sencillamente la olvidan, y Félicité se queda sola. Casi es una anciana cuando una familia de indianos se muda a la casa vecina. Ella vive pendiente de sus conversaciones animadas, de su afición a la música, de sus vestidos alegres. Tienen un loro, que se llama Loulou. Lo han traído de sus lejanas tierras y a Félicité le fascinan sus colores tan vivos, su voracidad, sus gritos desdeñosos, su mirada desafiante. Pero los indianos no se adaptan bien ni a los inviernos ni al rigor de las costumbres de la comarca, y deciden regresar a sus tierras. Y como el loro es un estorbo para ese viaje se lo regalan a Félicité. Su vida cambia desde entonces, ya que el loro se transforma en su única compañía. A tal punto se obsesiona con él que, cuando muere, Félicité manda disecarle y le construye en su propio cuarto un pequeño altar que se convierte en el centro más secreto de sus fantasías.
El arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, nos ofrece una segunda vida
Julian Barnes tiene un elocuente libro en que trata de resolver el enigma de ese loro. El loro es para él un ejemplo del estilo grotesco de Flaubert. Y aventura las semejanzas que hay entre el escritor y la protagonista de su historia. Los dos son viejos prematuros, son seres solitarios cuyas vidas han quedado marcadas por las pérdidas, los dos son igual de perseverantes. Y aunque Félicité, al contrario que Flaubert, es incapaz de expresarse, a través del loro recibe el don de las lenguas. ¿Félicité más Loulou equivale a Flaubert? se pregunta Barnes. Félicité contendría su carácter, Loulou su voz. Flaubert estaba obsesionado como escritor con la idea de la insuficiencia del lenguaje para expresar nuestros anhelos. “La palabra humana”, escribe en una de sus cartas, “es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas”. El loro con su repetición paródica del lenguaje humano sería el signo de ese fracaso. Un ave que habla sin parar y que sin embargo no sabe lo que dice, ¿así son los escritores?
En una de sus conferencias, Flannery O’Connor nos recuerda que los estudiosos medievales se servían de tres procedimientos a la hora de enfrentarse a la exégesis bíblica: el alegórico, en virtud del cual los relatos o figuras bíblicos no serían sino la representación de ideas abstractas; el tropológico, en el que daban cuenta de sus enseñanzas morales; y el analógico, en que los textos tenían que ver con la vida divina y con nuestra forma de participar en ella. En su opinión, es esta tercera actitud la que corresponde al artista, ya que le permite enfrentarse al misterio de la vida ensanchando el escenario humano. Es lo que pasa en este relato. Para Flaubert el loro disecado es un símbolo, un lugar de sentido. Pero los símbolos, al contrario de lo que pasa con las figuras de la alegoría, nunca significan una sola cosa. Hacen crecer la historia en las direcciones más impensadas, nos relacionan con lo que desconocemos. El arte de Flaubert opera en Un corazón simple analógicamente (en todas sus novelas lo hace así). Parte de un escenario perfectamente identificable, el que se corresponde con una novela realista como hay tantas, pero de pronto surge en él algo semejante a una fractura, una grieta por la que se precipita lo que creíamos saber acerca de ese escenario y de sus personajes. Algo que desequilibra las cosas, que tiene que ver con alguna forma de visión. Eso representa el loro.
La sensible crónica de una abnegada criada es en una de las fábulas más hermosas de la literatura
Antonio Machado tiene un poema misterioso en que sucede algo parecido: “Te cantaré mi canción, / se canta lo que se pierde, / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”. No sé cómo interpretan los estudiosos de la obra de Machado la presencia de ese papagayo cantor. Decir que se canta lo que se pierde ya es suficientemente hermoso, ¿por qué entonces debe ser un papagayo verde quien lo diga? Creo recordar que esa coplilla fue escrita en la época en que Machado vivía su pasión prohibida por Guiomar, y bien podemos pensar entonces que el papagayo es un símbolo del deseo. Habla de ese mundo poliformo del deseo, de toda la locura y belleza que hay en las selvas tropicales donde viven estas aves. Como si el poeta le dijera a su amada: en esto me he convertido por ti. “Cualquier camino lleva / al arsenal de cosas no vividas”, escribió Rilke. ¿Cualquier camino? No lo tengo tan claro. Hace falta un papagayo en el balcón, un loro como el de Flaubert.
El loro aparece en el lugar de la herida y Félicité al quedarse con él pasa a formar parte de esa legión silenciosa de seres a los que algo les es asignado por un motivo misterioso, como pasa en La leyenda del santo bebedor, la enigmática novela de Joseph Roth. Cumplir con ese encargo supone una restauración de los vínculos con los demás. Arrancarle inesperadamente a la vida, como quería Magris, territorios de persuasión. El loro es mucho más que la imagen paródica de la impotencia del escritor. Gracias a él la sensible crónica de una abnegada criada se transforma en manos de Flaubert en una de las fábulas más hermosas de la literatura universal. Una fábula sobre el sentido del arte, sobre el arte como visión. Porque el arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, quiere ofrecernos una segunda vida. Eso representa para Félicité el loro: todo lo que no ha tenido ni tal vez podrá tener jamás. La promesa de una transfiguración.
De modo que cuando terminen de leer un libro pregúntense si le falta el loro o no. Así sabrán si ha merecido la pena.
Gustavo Martín Garzo es escritor.


EL PAÍS


sábado, 4 de enero de 2020

Una guerra de 46 años para adueñarse de Franz Kafka




Una guerra de 46 años para adueñarse de Franz Kafka


La batalla por los derechos de la obra del genio checo, convertida en asunto de Estado entre Alemania e Israel, arrancó en 1973 y se prolongó hasta el pasado mayo.

Benjamín Prado
4 de enero de 2020


La inmortalidad es convertirse en un adjetivo. En unos tiempos donde se tiende a lo homologable, las actitudes quijotescas tienen poco margen de maniobra, pero la cantidad de situaciones dantescas o kafkianas que se producen en un mundo en el que se multiplican las guerras, el terrorismo, las diásporas y la burocracia les garantiza a los autores de la Divina comedia y El proceso una vigencia innegable. Carlos Gardel cada día canta mejor, y ellos dos también.

Nunca se ha sabido quién era exactamente Franz Kafka, nada raro en alguien que se definió a sí mismo como “un jinete que cabalga a la vez sobre dos caballos”. Sabemos que era un genio que no se lo creía y por eso le pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos; y lo consideramos un adivino que pronosticó en sus obras el Holocausto, que padecerían siete miembros de su familia asesinados en los campos de exterminio nazis, entre ellos sus tres hermanas, Elli, Valli y Ottla. Ahora, sin embargo, la pregunta sobre el autor de La metamorfosis no es cómo era, sino de quién es, suponiendo que alguien o algo pueda ser patrimonio de la humanidad y a la vez tener un dueño.
El investigador Benjamin Balint cuenta en El último proceso de Kafka (Ariel) cómo tras su muerte, en 1924, el legado del genio de Praga pasó a manos del propio Brod, que era su albacea; y después de fallecer este en Tel Aviv, en 1968, a las de su secretaria Esther Hoffe; y cuando ella faltó, a las de su hija Eva. Para entonces, los papeles del creador de El castillo no eran ya un asunto de familia, sino una cuestión de Estado que desencadenó una batalla judicial entre Alemania e Israel —donde fue demandada Esther, en 1973— que ha durado más de 40 años. Quienes peleaban por los documentos de Kafka, que era checo, judío y escribía en el idioma de Goethe, eran la Biblioteca Nacional de Jerusalén y el Archivo de Literatura de Marbach, la ciudad donde nació el poeta, dramaturgo y filósofo Friedrich Schiller. El combate incluía a Brod, un autor menor pero fértil, que publicó casi 100 libros entre novelas, poesía, ensayos, dramas y biografías, y que coprotagoniza esta historia porque fue él quien percibió el valor de Franz Kafka desde que este le leyó sus primeros textos, gracias a su buen ojo “para reconocer lo extraño, lo sublime y lo maravilloso en todas sus formas”, como dijo de él su amigo Stefan Zweig.
La guerra llegó hasta 2016, cuando ganó la tesis religiosa a la lingüística y un tribunal suizo mandó entregar a la Biblioteca Nacional de Jerusalén el tesoro, que estaba depositado en Zúrich. El último cabo suelto de la intriga se ha atado en mayo de 2019, cuando la Oficina Federal de Investigación Criminal alemana le dio al embajador israelí 5.000 hojas autógrafas de Max Brod que habían sido robadas de la casa de los Hoffe en Tel Aviv.
Franz Kafka
by Mathieu Laca

El material será accesible cuando se acabe de digitalizar. Y la cuestión que ha vuelto a poner sobre la mesa esta trama casi policiaca es: ¿los bienes culturales deben estar en manos privadas? En España estuvimos muchos años sin unas obras completas de Valle-Inclán porque sus herederos no se ponían de acuerdo para editarlas; no se publicaron hasta muy tarde los Sonetos del amor oscuro, de Lorca, o las cartas de Pedro Salinas a Katherine Whitmore a causa de las objeciones morales de sus descendientes; y siguen inéditos los versos del hermoso Amor en vilo, de Rafael Alberti, porque así lo quieren los propietarios de sus derechos. “Solo merece la pena leer los libros que te hieren”, decía Kafka. Todos los suyos son de esa clase.

EL PAÍS