En toda la zona circundante llamaban a la finca
de los Lucas, «La hacienda». No se sabría decir por qué. Sin duda, los
campesinos asociaban a la palabra «hacienda» una idea de riqueza y de grandeza,
puesto que esta propiedad era sin lugar a dudas la más extensa, la más
opulenta, la más ordenada de la comarca. El patio, inmenso, rodeado de cinco
filas de magníficos árboles para proteger del intenso viento de la planicie a
los manzanos compactos y delicados, contenía largos edificios cubiertos de
tejas para conservar el forraje y los cereales, hermosos establos construidos
en sílex, cuadras para treinta caballos, y una vivienda de ladrillo rojo que
parecía un pequeño palacio. El estiércol estaba bien cuidado; los perros de
guarda tenían casetas y todo un mundo de aves pululaba entre la hierba crecida.
Cada mediodía, quince personas, dueños, criados y sirvientas, se sentaban en
torno a la larga mesa de la cocina sobre la que humeaba la sopa en una gran
fuente de loza con flores azules.

