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domingo, 15 de septiembre de 2024

África de las Heras y Felisberto Hernández: el triunfo del misterio



África de las Heras y Felisberto Hernández: el triunfo del misterio

La tercera esposa del cuentista uruguayo fue África de las Heras, una espía soviética que participó en la Guerra Civil española, trabajó en el atentado a Trotski y colaboró con Kim Philby, entre muchos otros, a lo largo de más de cinco décadas de exitosa carrera clandestina. No sabemos lo que vio en ella este escritor que encarna como pocos al excéntrico que vive inmerso en sus pensamientos y poco le importa el mundo exterior. Sin revelarlos, cuidó los misterios de su amada para que produjeran extrañeza. Y así, mientras ella buscaba en él la lista de los fascistas infiltrados, él exploraba la increíble diferencia que existía entre su cara vista de perfil y su cara vista de frente; mientras ella esperaba que alguno de los amigos del escritor la llevara a conseguir documentación para nuevos agentes ilegales, él se admiraba de que las cejas de África parecieran las velas negras de un barco pirata.

Yosa Vidal

15 de mayo de 2022

Para todo el mundo, Felisberto Hernández fue un escritor y pianista uruguayo, o pianista y escritor, según se le mire. Descubrir otro aspecto de su vida y pasiones es sumergirse en un thriller de espionaje y vuelcos inesperados, lejos de la imagen de sujeto desplazado, tímido y excéntrico con que lo recordamos. Todo comienza con la aparición en su escenario de África de las Heras, una española sorprendente.

sábado, 1 de abril de 2023

Felisberto Hernández / Del músico al escritor

Felisberto Hernández
Ilustración de Santiago Hermida




Felisberto Hernández
DEL MÚSICO AL ESCRITOR

Por Sergio Elena*
La Nación Line, miércoles 23 de octubre de 2002.

La vocación por la escritura se forjó en el uruguayo en salas de concierto que lo recibían como a uno de los raros personajes de sus futuros libros.


«En realidad no se sabe si es un pianista o un escritor que desvió durante años su vocación de narrador canalizándola en la de concertista». Así se refería a Felisberto el escritor uruguayo Arturo Sergio Visca. Para entender a Felisberto escritor en profundidad debemos entender al Felisberto músico, ya que esas dos etapas fueron absolutamente complementarias en su vida. El piano fue el vehículo en la ruta iniciática que lo llevaría a ser escritor. Felisberto invirtió muchísimas horas de estudio —así lo evidencian los programas de época— al abordar obras sumamente exigentes del repertorio. Es más: el piano fue la llave y la clave —la misma que en terminología musical descifra el nombre de las notas, vaya casualidad— que le permitió acceder al ambiente de las giras de los conciertos, a la interacción con públicos especiales y con esas situaciones insólitas que constituirían luego la materia prima de muchos de sus relatos. Por concomitancia o vibración de los armónicos, al tañir la cuerda del Felisberto músico, vibra instantáneamente la cuerda del Felisberto escritor y viceversa. El caso de Felisberto es único en más de un sentido. Son contadísimos los escritores de primer nivel que a la vez han sido compositores (E. T. A. Hoffmann y Paul Bowles son algunos de esos ejemplos).

África de las Heras y Felisberto Hernández / El triunfo del misterio

 

África de las Heras y Felisberto Hernández: el triunfo del misterio

La tercera esposa del cuentista uruguayo fue África de las Heras, una espía soviética que participó en la Guerra Civil española, trabajó en el atentado a Trotski y colaboró con Kim Philby, entre muchos otros, a lo largo de más de cinco décadas de exitosa carrera clandestina. No sabemos lo que vio en ella este escritor que encarna como pocos al excéntrico que vive inmerso en sus pensamientos y poco le importa el mundo exterior. Sin revelarlos, cuidó los misterios de su amada para que produjeran extrañeza. Y así, mientras ella buscaba en él la lista de los fascistas infiltrados, él exploraba la increíble diferencia que existía entre su cara vista de perfil y su cara vista de frente; mientras ella esperaba que alguno de los amigos del escritor la llevara a conseguir documentación para nuevos agentes ilegales, él se admiraba de que las cejas de África parecieran las velas negras de un barco pirata.

lunes, 16 de agosto de 2021

Felisberto Hernández / El escritor y la espía


FELISBERTO HERNANDEZ Y SU MATRIMONIO CON EL KGB

El escritor y la espía soviética


María Luisa de las Heras, tercera y fugaz esposa de Felisberto Hernández, se acaba de revelar como protagonista de una historia política y de espionaje: había sido espía del KGB.


José Pedro Díaz


Felisberto Hernández, de quien todos tenemos la imagen de un escritor enfrentado políticamente a la izquierda y de quien son conocidos los artículos anticomunistas que publicara en el diario El Día de Montevideo, a los que hay que agregar actitudes personales de las que dejaron constancia sus amigos más cercanos, estuvo sin embargo casado con una agente del KGB soviético, personalidad de primera línea en ese servicio, en el que se destacó hasta el punto de llegar a ser un personaje casi mítico.

jueves, 15 de abril de 2021

Italo Calvino / Felisberto Hernández, un escritor distinto


Italo Calvino
Felisberto Hernández, un escritor distinto

Uruguayo, nacido en Montevideo. Narrador y pianista. Es quizá el exponente más brillante de la literatura fantástica de su país, y a juicio de los críticos comparte con Borges la primacia de ese género en la literatura rioplatense. Las aventuras de un pianista paupérrimo, en quien el sentido de lo cómico transfigura el amargor de una vida amasada con derrotas, es el primer apunte del que parten los cuentos del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Basta con que se ponga a narrar las pequeñas miserias de una existencia transcurrida entre orquestinas de café en Montevideo y giras de conciertos por pueblitos provincianos del Río de la Plata para que en las páginas se acumulen gags, alucinaciones y metáforas en los que los objetos cobran vida como personas. Pero éste es sólo el punto de partida. Lo que desata la fantasía de Felisberto Hernández son las inesperadas invitaciones que abren al tímido pianista las puertas de misteriosas casas, de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis.
         Un chalet apartado, el infalible piano, un caballero dulcemente maníaco o perverso, una doncella visionaria o sonámbula, una matrona que celebra obsesivamente sus infortunios amorosos; diríase que se han reunido aquí los ingredientes del cuento romántico a lo Hoffman. Y ni siquiera falta la muñeca que parece enteramente una jovencita; aún más, en el cuento Las Hortensias hay todo un surtido de muñecas rivales de las mujeres de verdad que un fabricante tentador construye para alimentar las fantasías de un extraño coleccionista y que desencadenan celos conyugales y turbios dramas. Pero cualquier posible referencia a una imaginación nórdica se disuelve al punto en la atmósfera de esas tardes en las que se sorbe lentamente mate sentado en un patio o se está en el café contemplando cómo un ñandú pasa entre las mesas.
         Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas.




lunes, 14 de agosto de 2017

Los escritores misteriosos

Felisberto Hernández


Los escritores misteriosos

El libro de Néstor Sánchez, 'Nosotros dos-Siberia blues' recuerda a los autores misteriosos

¿Puede un escritor marginal competir con los grandes autores por un lugar en la memoria?


J. ERNESTO AYALA-DIP
21 FEB 2012 - 11:14 COT

Hay grandes maestros en la novela y en el campo de la poesía de todos los tiempos. Maestros reconocidos con obras perdurables. Homero con Virgilio, Cervantes con Shakespeare compiten por milímetros de diferencia en la cantidad de gloria alcanzada durante siglos. Entre Balzac y Dickens ocurre otro tanto. ¿Pero podría un escritor como el francés Marcel Schwob, por citar un ejemplo incontestable de literatura marginal competir con todos ellos por un lugar de honor en la memoria literaria del mundo? Un lugar tiene pero tan pequeño, que no sólo puede osar arrebatarle a ninguno de aquellos maestros una fracción de segundos de atención sino que es hasta posible que no falten quienes lo consideren un producto de la genial inventiva de Borges. Precisamente estos días sale a la venta El libro de Monell, libro del que Borges tantas maravillas nos habló. Porque Schwob no sólo no es un invento suyo sino que sin él (y otros pocos, más la Enciclopedia Británica, según exponía en un ensayo Alan Pauls), hoy no concebiríamos la obra del maestro argentino como la concebimos. Marcel Schwob es un hoy un famoso desconocido: un escritor secreto, como esa hueste de ilustres desconocidos que tanto venera y difunde Enrique Vila-Matas como parte constitutiva de su programa estético.

martes, 26 de mayo de 2015

Autor de culto / Un secreto de dioses

Salinger
según Lo Snofall
Autor de culto

Un secreto de dioses

Si hay culto es porque hay un dios... Autores y editores explican una categoría sagrada llena de matices, aristas y contradicciones

LEILA GUERRIERO 17 ENE 2012 - 19:55 CET



ILUSTRACIÓN DE FRANK VIVA /ILUSTRACIÓN DE FRANK VIVA
-Autor de culto es un concepto ligado a lo religioso -dice Enrique Vila-Matas, autor de Dublinesca-. A ese autor le salen adoradores, lectores que no quieren perderse ni un folio suelto del autor, lectores que le siguen en todo lo que hace. Ser seguidor -lo digo por propia experiencia- es apasionante. Ser seguido -también tengo la experiencia- no lo es tanto, porque a muchos adoradores sólo les interesa lo que un día leyeron de ti y quieren encontrar siempre eso en lo que haces. Pueden llegar a impedir al autor ser libre a nivel creativo y machacarle su capacidad de sorprender continuamente, de hacer con sus escritos lo que le dé la gana en todo momento. Nada admiro tanto como ese día en la vida de Bob Dylan, en Newport, en 1965, cuando todo el mundo le consideraba un cantante de folk y se presentó con una ruidosa banda eléctrica que ninguno de sus adoradores comprendió.
-El nombre tiene mucho de religioso -dice el escritor Tomás González, autor de la novela Primero estaba el mar, a quien se menciona como el secreto mejor guardado de Colombia-. Es un escritor del que se podría tener la imagen en una repisa, como la de un santo. Los escritores de culto son como santos con pocos aunque muy fervientes devotos. Si te llaman escritor de culto y lo aceptas, tienes cierto prestigio y puedes escribir en paz lo que te dé la gana, pues te dieron y te diste por perdido en cuanto a ventas se refiere.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Tomás Eloy Martínez / El delirio del premio Nobel


Tomás Eloy Martínez
Addenda a “Para que nadie olvide
a Felisberto Hernández”
EL DELIRIO DEL PREMIO NOBEL

Felisberto escribió entre quince y veinte cartas a Reyna Reyes, que sería la última de sus esposas. Maestra célebre, autora de libros clásicos en los círculos pedagógicos del Uruguay (Psicología y reeducación del adolescente, 1954; El derecho a educar y el derecho a la educación, 1965; ¿Para qué futuro educamos?, 1970), Reyna impidió por pudor la publicación de esos textos y los leyó sólo parcialmente a unos pocos íntimos.
En abril de 1974 me leyó la más larga de todas ante un grabador y me autorizó a difundirla, después de verificar la fidelidad de mi transcripción. Esa carta tiene forma de relato y delata una secreta ilusión de Felisberto: ganar el premio Nobel. Fue escrita en la ciudad de Treinta y Tres, el 11 de agosto de 1954.

Reyna, querida niña mía:
Es necesario que conozcas una historia que descubrí esta mañana. Se refiere al Premio Nobel. Ha surgido la idea de un tal Hans Pfeiffer de que en vez de premiar a un creador con dinero se busque la manera de proporcionarle una felicidad más auténtica, más relativa a él mismo, y que no perjudique la obra que aún pueda realizar. Se ha comprobado que el dinero y la fama que resultan del premio trastornan la vida y la obra de quien no está acostumbrado a tenerlos. Entonces, la idea nueva consiste en no declarar a quien pertenece el premio hasta después de su muerte, y con el dinero del premio se cree un grupo de personas, psicólogos en su mayoría, que estudie y favorezca al creador y a su obra en el tiempo que le quede de vida. En síntesis: nada de fama, de dinero ni de ir a cobrarlos a Suecia.
El grupo de personas encargado de beneficiar al premiado se traslada al país de éste y busca la manera de proporcionarle una relativa felicidad que no inhiba su producción.

El primer ensayo está resultando alucinante
Tomaron para el ensayo a un creador de menor cuantía. Se dirigieron al país de él, simularon ser de una sociedad de arte internacional instalada en un lugar alejado de los principales centros y que fuera pintoresco. Citaron a varios artistas, entre los que estaba el designado: estudiaron su vida, su filosofía, su psicología, su metafísica, y empezaron a producirle, por medios un poco previstos y otro poco a experimentar, una especie de locura moderada en sus comienzos, hasta observar cuál procedimiento resultaría efectivo a los fines propuestos. He aquí lo que resultó: el creador, relativo pobre diablo, se encuentra, cuando ya estaba preparado para tolerar esa locura (un tanto paranoica, que ya no era moderada), con una mujer que le parece una diosa destinada a él. El poeta (llamémosle) tiene este primer encuentro cuando ya hace rato que ha anochecido. Cree que conoce a la divinidad desde mucho tiempo antes: ella en el mundo es considerada como una Reyna, y sus antepasados son Reyes, pero quiere aparecer sencilla y democrática.
Allí mismo, un hombre conocido por su genio en la época (Vaz Ferreira) la nombra su secretaria y tiene por ella una admiración en múltiples sentidos, y eso crea en derredor de la diosa envidias y persecuciones corrientes. El poeta tiene oportunidad de llegar a ella, la admira, pero la proximidad del hombre del cual ella es secretaria y la radiante belleza de ella producen en nuestro poeta una ilusión total, y se prepara para llevarla a su mundo abstracto con absoluta separación de la realidad.
Pero la divinidad insiste en atraer al poeta, y se retira a su mundo, y éste, en su idea paranoica tan bien organizada, siente una leve persecución en tonalidad positiva. Ella parece perseguirlo para hacerle bien. Entonces, sufre una nueva alucinación: hay dos amigos del poeta que también lo persiguen para el bien. En estado paranoico no sólo el poeta es elegido para el bien, sino que los cuatro personajes hasta ahora nombrados son de la mejor generosidad e inteligencia.
El amigo tiene un aspecto de otra época, con barba y sombrero aludo, y la esposa de éste es una gran poetisa que no siente envidia de nada ni de nadie (Alfredo y Esther de Cáceres). Estos amigos encuentran a la divinidad y preparan un plan para saludar al poeta.
En la primera escena, en un café de mala muerte, la divinidad cuenta su vida y empieza el deslumbramiento y la locura declarada del poeta. En esa noche y otras muchas no duerme, casi no se alimenta, cree que se afeita y en realidad se araña. Hay otras escenas parecidas en las que el poeta sigue asomándose a los ojos azules de la diosa, y esto aumenta su locura. Ella lo invita a su templo, que simula ser una clase a la que concurren jóvenes maestros que no se fijan en la edad del poeta: todos están pendientes de los labios rojos sobre dientes muy blancos y del más inteligente azul de los ojos de la divinidad.
En otra escena, la paranoia del poeta coordina hechos más irreales: él se encuentra con ella cuando una noche helada cae sobre un inmenso pabellón de rosas; el frío tiene el objeto de alejar a los guardianes y a otras gentes que no sean la pareja, pero ellos no tiene frío, y en pleno invierno ven rosas por todas partes. Allí recibe el poeta por primera vez los labios de la diosa en su boca y comienzan a comunicarse, y a estrecharse sus almas también, con la inocencia de los animales más salvajes.

La rivalidad se hace más intensa
Los amigos del poeta se regocijan. La poetisa teme por instantes los planes del esposo para salvar al amigo. Ella llama la atención a la diosa sobre un aspecto rilkeano del amor: el amor no es dado, hay que crearlo como una forma profunda de poesía integral, común a dos personas. En el instante en que el poeta tiene un principio de angustia, la diosa lo adivina: le envía una carta, lo calma, y el poeta piensa que es pura casualidad.
El poeta tiene que realizar un viaje. La diosa, como en una nueva casualidad, concurre en el momento de la partida, y graba aún más fuerte en el poeta el azul de sus ojos divinos. Y el poeta, en su viaje, no podrá ver ni el paisaje ni el cielo. Al llegar al punto final de su viaje se encuentra con una carta de la diosa, y cree leer lo siguiente: que la diosa lo había despedido agitando un pañuelo. El pañuelo se escapa de las manos de la diosa y vuela por el cielo que el poeta no pudo ver (sólo ve el azul de los ojos de ella), hasta llegar antes que el poeta a su destino. El poeta desdobla el pañuelo y mira, escrito, el encaje de los maravillosos: “Hubieron distancias entre tu soledad y la mía. Empiezo a creer que ya están salvadas”.
El poeta tiene toda la noche en los ojos la poesía en encaje del pañuelo. A la mañana siguiente lo pone en el césped, se arrodilla, y levanta la cabeza con los ojos cerrados para ver el azul de los de la diosa. Y le dice: “Diosa mía, si algún día descubro que no existes ni me quieres, tendré de nuevo la razón que he perdido, y ése será el veneno que me mate”.
Hasta aquí la historia leída. La traducción es tan monótona y pesada que si la vuelvo a leer no te la mando y te quedas sin carta, Reyna querida. De cualquier manera sabrás que no debes pedirme que te escriba mucho, y que el hombre que te ama es irremediablemente tu
Felisberto





Tomás Eloy Martínez

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tomás Eloy Martínez / Para que nadie olvide a Felisberto Hernández


Más información sobre Felisberto y su obra aquí

Tomás Eloy Martínez
PARA QUE NADIE OLVIDE
A FELISBERTO HERNÁNDEZ

La desgracia llegó la última semana de 1963, cuando ya hacía rato que Felisberto Hernández la esperaba. Tomó primero la forma de una inocente pereza que se le declaraba por las tardes, mientras paseaba con su novia María Dolores Roselló entre los plátanos de El Prado. Sobre Montevideo se había detenido entonces una marea de calores encarnizados, a los que Felisberto creía culpables de su desgano. Pero a veces aparecían rachas de fresco y el cuerpo seguía desconcertado, sin el placer que había sentido siempre al moverse. Ya no quería sentarse al piano, en el comedor de María Dolores, y entretener los dedos con las danzas españolas de Granados, como había sucedido en los primeros meses de noviazgo. Ahora se despedía de ella temprano e iba a descansar al hotelito de la calle Durazno casi esquina Jackson, donde vivía con la madre.

martes, 22 de noviembre de 2011

Felisberto Hernández / Muebles "El Canario"


Muebles “El Canario”

La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted" ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:
-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario". Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible -le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido", soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:
-Venga el peso.
Y después que se lo di agregó:
-Dese un baño de pies bien caliente.



lunes, 21 de noviembre de 2011

Felisberto Hernández / Mi primera maestra

Fat Legs
Krista Jenkins

Felisberto Hernández
MI PRIMERA MAESTRA

Cuando yo tenía seis años cruzaba, por las mañanas, una plaza in­clinada —vivíamos en la falda de un cerro— y entraba a la escuela. La maestra era grandota; ponía, arrollados sobre el pupitre, sus dedos gordos y nos permitía hacer ruido. Yo hacía emes minúsculas con vueltas redon­das como los dedos de ella. Una tarde, sin que mi madre supiera, crucé la plaza, llamé con el pie a la puerta de la maestra y apareció por la ventana su cabeza grande, parecida a la de una vaca buena sin cuernos.
—¿Qué quieres?
—Vengo a hacerle una visita.
—Bueno... te quedas un ratito y enseguida te vas...
Cuando abrió un poco la puerta de la calle yo pasé cerca de su pollera gris. Ella, con su mano tomó la mía y me llevó al fondo. Debajo de un paraíso había una gallina echada; empezó a cloquear y por debajo de su cuerpo —de un gris parecido a la pollera de la señorita— se asomaban pollitos amarillos. Estarían tan calentitos como mis dedos entre la mano de la maestra. Después ella me acompañó hasta la puerta y yo le dije:
—De aquí a un ratito voy a venir a hacerle otra visita.
—No, no; otro día.
Pero yo seguí pensando. Esa noche, cuando estuve solo en mi cama, me acordé de la gallina con pollos y empecé a imaginarme que vivía bajo la pollera de la maestra. Al día siguiente, a la siesta, volví a pensar lo mismo: a esa hora yo no dormía; y mis padres tenían los ojos cerra­dos. Suponía la maestra de pie, recostada al paraíso; y yo, debajo de sus polleras le acariciaba una pierna; o más bien las dos. Sentía su calor y veía que después de terminar las medias negras que yo conocía, las piernas eran gordas como las de mi abuela y muy blancas. Todo parecía muy natural; y mientras yo la acariciaba, la señorita se quedaba tan tranquila como la gallina de los pollos. Aunque estaba debajo de la pollera yo veía, sin embargo, la cara de la maestra; y ella miraba distraída para todos lados. A veces venía la madre: era una viejita muy buena —una vez me dio café con leche; pero yo no lo pude terminar porque ya había tomado en casa. En algunas siestas yo me quedaba pensando en la viejita o en cualquier otra cosa; y de pronto me olvidaba que debía estar debajo de la pollera; eso me daba fastidio y hacía esfuerzos para imaginar todo de nuevo. En otra siesta pensé que la viejita le había preguntado a la hija:
—¿Qué estás haciendo?
y la maestra había respondido:
—Tengo cría.
Pero la madre sabía todo y hablaba como en los días que tenía caramelos y me decía, en broma: “No hay caramelos”. Ahora la hija le hacía una gui­ñada y yo la veía mientras le acariciaba las piernas. En casi todas las siestas las gallinas de casa cacareaban y yo las odiaba; no me daba cuenta que estas gallinas eran iguales a las de la maestra.
      Cuando llegaron las noches de verano mis padres me dejaban jugar un ratito antes de irme a la cama; entonces yo cruzaba la plaza, entraba al zaguán de la maestra y de pronto soltaba una carcajada y la asustaba. Una noche vi, desde la vereda, que ella iba a cada momento del comedor a la cocina llevando los platos. La lámpara que estaba encima de la mesa del comedor tenía pantalla y daba luz clara nada más que en el mantel. Sin que la maestra me viera, entré al comedor y me escondí debajo de la mesa. Al ratito ella vino, con los pasos de siempre, pero traía una pollera blanca; se acercó mucho a la mesa y yo, tocando el piso con la cabeza miré hacia arriba y me asomé al interior de su pollera: todo estaba un poco oscuro; pero se aclaraba más cuando ella, para alcanzar alguna cosa que estaría al otro lado de la mesa, apoyaba un pie y levantaba el otro en el aire. Yo hice varias veces la prueba sin que mi cabeza tocara sus pies. Después de le­vantar la mesa ella volvió al comedor con pasos lentos; se recostó al borde de la mesa, levantó un pie y dejó el otro en el suelo. Entonces yo me asomé por el lado de afuera de la pollera y vi que tenía la cara tapada con un libro.
Entre nosotros había mucha confianza; si ella me descubría debajo de su pollera, yo le diría que era jugando. Por fin me decidí a entrar. No sé si llegué a tocarle las piernas; ella soltó un grito y al bajar el pie que tenía en el aire, me pisó; también sentí que me apretaba la cabeza. En seguida vi caer todo su cuerpo, oí sonar unos vasos que había en el apa­rador y alcancé a ver un pedazo blanco de la pierna de ella. Cuando se levantó estaba muy enojada y creí que me pegaría; pero de pronto se echó a reír: quería hablarme y no podía; dio vuelta la cabeza, fue hasta el zaguán y miró para la cocina: la madre estaba lavando los platos y no había oído nada. La maestra volvió hacia mí y levantando un dedo me dijo que le mandaría decir a mi padre lo que yo había hecho y que ahora me fuera para mi casa. Yo pasé por delante de ella con la cabeza baja pero mirando la pollera blanca; caminaba lentamente, me daba cuenta que ella me perdonaba y me sentía feliz. Al cruzar la plaza recordé su risa y pensé: “A ella le gusta que yo me meta debajo de su pollera”.


domingo, 20 de noviembre de 2011

Felisberto Hernández / La pelota


LA PELOTA

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía mo­vimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conse­guí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del alma­cén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para conse­guirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y ju­gué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado en­cima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me com­praba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la res­piración. Y después yo me fui quedando dormido.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Felisberto Hernández / El cocodrilo


Felisberto Hernández


En una noche de otoño hacía calor húmedo y yo fui a una ciudad que me era casi desconocida; la poca luz de las calles estaba atenuada por la humedad y por algunas hojas de los árboles. Entré a un café que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa descuidada de la calle o del interior de las casas y después la llevaba a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de felicidad. Antes yo había cruzado por aquellas ciudades dando conciertos de piano; las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto; tenía que coordinarlos, influirlos mutuamente y tratar de encontrar algún hombre que fuera activo. Casi siempre eso era como luchar con borrachos lentos y distraídos: cuando lograba traer uno el otro se me iba. Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los diarios.

jueves, 4 de febrero de 2010

César di Candia / Felisberto Hernández, Onetti y la Generación del 45

Juan Carlos Onetti
César di Candia
UN FAMOSO GRUPO DE INTELECTUALES
Homenaje a la Generación del 45 y a sus antecesores: Felisberto, Onetti, Paco
Sólo quien ha leído la obra poética o narrada de la Generación del 45 o quien se haya formado al abrigo de las orientaciones críticas de sus integrantes, sabe hasta qué punto esta constelación de treintañeros influyó sobre los que vinieron detrás.



"Hace trece años, escribí en una entrevista que le hice en el semanario Búsqueda: "Con los años, va a ser un nombre clásico en las letras nacionales. No lo es aún por ese perpetuo festín en el que los uruguayos nos roemos las entrañas unos a otros mientras vivimos". Hoy podría refrendar esa opinión con varias rúbricas. Como tantos otros intelectuales a los que sería fatigoso nombrar en su totalidad (Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Carlos Real de Azúa, Carlos Martínez Moreno, Mario Benedetti, Homero Alsina Thevenet, Líber Falco, Manuel Flores Mora, Mario Arregui, José Pedro Díaz, Julio Da Rosa, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Domingo Bordoli) integró la llamada Generación del 45, que no sólo produjo creadores de excepción sino que se encargó de desmenuzar muchos de los valores literarios avejentados y sobrevalorados en los antiguos Parnasos, instituyendo una crítica responsable y exigente. Implacables, a veces crueles, agudos, brillantes, infatigables en la mordacidad y en la soberbia, algunos mirando de reojo a lo nativo, quienes integraron aquella generación, apoyados por sus propias revistas literarias y el semanario Marcha, ejercieron una función rectora sobre quienes vinieron (vinimos) detrás. Al borde ya de los ochenta quienes han felizmente sobrevivido, su testimonio resulta inaplazable. Uno de ellos, Carlos Maggi, identificado en aquellas décadas como El Pibe, hizo algo más que escribir magistralmente. Fue libretista de varias audiciones radiales humorísticas, como La Cachada Deportiva, Los Risatómicos, La Pensión 64 o La Real Academia del Humor con el Loro Collazo. Llegó además a ser Jefe de Abogados del Banco Central y le sobró paño como para encarar durante el primer período presidencial de Julio María Sanguinetti, la dirección de Canal 5, un escollo contra el cual naufragó con armas y bagajes. Sus propósitos formativos no pudieron contra una concepción televisiva contracultural demasiado arraigada como para meterle diente. El mismo Wilson Ferreira Aldunate trató de consolarlo en aquella oportunidad: "los gobiernos no hacen lo que quieren sino lo que pueden. Esa batalla está perdida".
Sin intenciones de querer retirarse, ni de la literatura, ni del periodismo ni de su involuntaria condición de formador de opinión, procuró definir en su casa de Las Toscas, a la generación a la cual perteneció y a algunos tótems mayores y por lo tanto ajenos a ella, como Felisberto Hernández, Paco Espínola y Juan Carlos Onetti, en cuyas fuentes sus integrantes abrevaron.
—La forma de orientar el pensamiento ajeno que tuvo la Generación del 45 es imposible de negar. Pero también habría que decir que nunca como entonces fueron tan frecuentes los elogios mutuos identificados con la famosa frase "yo reconozco tu talento, tú has lo propio con el mío".
—Había una razón de fondo. Fue la época en que se produjo la caducidad de una forma alegre de ser uruguayo. "Como el Uruguay, no hay". "Somos la Suiza de América" ‘En ningún lado nacen más talentos que acá". Justino Zavala Muniz me dejó de saludar porque yo opinaba que en el país no iban bien las cosas. "Usted escribe despreciando lo que hemos hecho sus mayores. Usted no respeta nada", me dijo.
—La verdad es que a los escritores anteriores ustedes los respetaban muy poco.
—Nosotros hacíamos la excepción con dos o tres. Con Paco Espínola que era bastante mayor, con Juan Carlos Onetti que era mayor que nosotros pero menos que Paco y con Felisberto Hernández que también era mayor.



FELISBERTO HERNÁNDEZ
—Se ha escrito mucho sobre la curiosa personalidad de Felisberto. ¿Cómo era según tu propio testimonio?
—Fue el principal enemigo de su literatura. Era un tipo inseguro, tímido, como acorralado. Desesperado por cobrar confianza, buscando que lo elogiaran o que le dieran una opinión favorable. Eso caía mal entre nosotros porque nos daba vergüenza que a alguien pudiera importarle eso.
—¿Y ustedes eran muy seguros de sí mismos?
—Seguramente no, pero lo disimulábamos bien. En primer lugar Felisberto era mayor que nosotros, pero su propia timidez lo llevaba a portarse con torpeza, haciendo chistes horribles o actuando de manera que nos chocaba. A mí su literatura me parecía buenísima, pero después en el café, me hacía enojar. Felizmente no era un habitual. Felisberto era reconocido por los grandes personajes uruguayos. Circuló apuntalado por Joaquín Torres García, por Carlos Vaz Ferreira y sobre todo por Jules Supervielle. Este llegó hasta llevarlo a París para que diera una charla en La Sorbonne. Mucho después de su muerte le llegó el reconocimiento del público y de la crítica.
"Felisberto era un buen amigo. Tenía alma de niño y yo lo trataba como tal, pese a ser un viejo gordo que en ese momento estaba ennoviado con Paulina Medeiros. Iban a casa, Paulina le hacía confidencias a mi madre y ésta se alarmaba. Eran dos gordos enormes, divinos. Felisberto tenía una cosa como de ido, era como un gran bobo.
—Escribiendo resulta todo lo contrario.
—Claro, su literatura es astuta, brillante, refinada, penetrante. Pero en su vida diaria era una especie de bobo bueno que hacía chistes malísimos y que estaba siempre como asustado. El mismo talento excepcional que tenía para escribir, lo manejaba para juzgar a los demás. A mí me dijo una vez: "usted dialoga mejor de lo que narra". Y yo que jamás había ido al teatro ni me interesaba, no le di corte.
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—El hecho de que Felisberto se haya casado con tres mujeres dominantes, da una idea de su personalidad.
—El iba todos los días a dormir la siesta con su mamá. Y siempre tuvo una esposa que le hizo de madre. Una de ellas fue una espía famosa que trabajaba para la KGB.
—Pero no era ninguna de las tres que yo mencionaba que fueron Amalia Nieto, Reina Reyes y Paulina Medeiros,
—Felisberto comenzó a ir a casa poco después de muerto mi padre. Nosotros vivíamos en el Palacio Díaz y Paulina Medeiros que era en ese momento su novia, se quedaba horas charlando con mi madre. A mí me parecían dos viejas eternas. Una de las cosas que recuerdo era que no se podía ir al cine con él, porque como desde sus épocas de pianista de cine mudo se sentaba al lado de la pantalla, no había quién le sacara la costumbre de ubicarse en la primera fila
"Maggi había dicho: "ahí está Felisberto" y antes de que pudiera aclararme quién era el dueño de aquel nombre antiguo, ya estábamos adentro y saludándolo. Pensé que se trataba de un tío o primo mayor que Maggi, quizás porque además del aire notarial tenía cierto parecido con alguno de mis propios tíos, de esos que no llegué a conocer, pero había aprendido a reconocer y a nombrar al toparme con ellos en el destartalado álbum de fotografías de la familia. Por su conversación, supe que era pianista, que había hecho giras por el interior y que su representante se llamaba Venus González. (...) Antes de irnos y naturalizando seguramente con alguna frase el cambio de tema dijo:
—El arroz me hace mal; me llena la boca de granos.
Fue el primer chiste de Felisberto que escuché. Después supe que ese tipo de humor bonachón y un tanto desganado estaba siempre presente en sus conversaciones y no sé por qué se me ocurrió pensar que era su manera de hacerse perdonar la fachada de hombre común a que su timidez lo obligaba. (...) Cuando volvimos a encontrarnos con Felisberto yo también había aprendido a ver con otros ojos y me pareció menos gris que el día del café. Era realmente muy tímido; daba la impresión que no sabía qué cara poner para impresionar mejor. Se me ocurrió pensar que todo el tiempo estaba consciente de su cara y que por eso buscaba distraer la atención hacia sus manos cortas y regordetas que se movían como dando saltitos mientras hablaba. (...)
Me llamaba la atención en todos esos encuentros con Felisberto, la manera casi despavorida que tenía de comentar las cosas, sobre todo los artículos de Emir Rodríguez a partir de una mentada crítica que le hizo. Emir, "nuestro entrañable contrario" y cada vez más amigo al que tanto me gustaría ver de nuevo en Montevideo y levantando polvareda con sus notas, se equivocó con Felisberto (también Homero parpadea). Por lo que recuerdo más que hacer una crítica procuró psicoanalizarlo y se lo perdió. Las manos cortitas de Felisberto se aturullaban más que nunca al hablar de episodio. Era en ciertos aspectos como un niño y se escandalizaba con facilidad. También a veces lo atacaba un miedo infantil por algunas de sus responsabilidades de adulto, por ejemplo su empleo en AGADU que para él no era un empleo sino una pesadilla".
(Cuarenta y cinco por uno, María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo. 1993)


Juan Carlos Onetti
JUAN CARLOS ONETTI
—¿Onetti participaba en esas reuniones de café en las que ustedes no perdonaban a nadie?
—Calzaba bastante bien. Era mayor que nosotros y no fue parte de nuestra generación, pero nos acompañaba hasta por razones geográficas. La agencia Reuters en la cual trabajaba estaba pegada al café Metro. Salía de su oficina y se topaba con nuestra mesa.
—¿Cuándo conociste El Pozo ?
—De una manera bastante graciosa. Maneco Flores Mora quedó huérfano siendo muy jovencito y como en su casa se empezaron a vivir problemas económicos, consiguió un trabajo por las noches en Reuters. Al poco tiempo cayó con la noticia que su jefe, un tal Onetti, escribía muy bien. Recuerdo que yo en el peor momento de mi vanidad me reí de él. ¿Cómo se podía juzgar el trabajo de un jefe? Le dije que su admiración era cosa de subalterno. Al poco tiempo me trajo el libro que le acababan de editar en rústica. Quisimos morir porque nos pareció la máxima maravilla literaria. Ahí empecé a ir a Reuters para hablar con él. Era la época en que editábamos la revista Apex, Maneco, el gallego Novoa y yo. Como Carlos Denis Molina había sacado una mención en un concurso muy importante, lo fuimos a buscar al café Metro para invitarlo a escribir en la revista. De esa manera nos integramos siendo muy jóvenes, a aquel grupo.
—¿Era cierto el famoso malhumor de Onetti?
—Era una leyenda que él fomentaba. Igual que su fama de bebedor. En casa nunca tuve alcohol y cuando venía le daba agua con limón que él bebía con los mismos ademanes que hubiera hecho si estuviera tomando whisky. El creó su propia leyenda negra con sus actitudes, con las cosas que decía. Para mí era un tipo rarísimo, pero tan talentoso que era un placer estar con él. Pero todo ese asunto de la noches y las copas y las mujeres era más literario que otra cosa. Cuando lo vi en Madrid al final de su vida, era exactamente igual aunque ya estaba dominado por el alcohol. En Montevideo tomaba bebidas blancas pero terminó emborrachándose con vino.
"Sí, por momentos, Onetti es un personaje de Onetti. No es que se lo proponga, nada de esto tiene que ver con una pose. Hay algo de juego, es cierto, pero es un juego que responde a la misma necesidad que lo lleva a escribir: la necesidad de vivir una segunda vida, de ser él mismo y de ser el otro a la vez. (...)
Un verano alquilamos una casita con Onetti, acá en Las Toscas, donde estoy escribiendo ahora. No he podido encontrar la casa, posiblemente no la reconocería si la viera, pero en cambio veo claramente a alguien que en ese momento apenas conocía: Dorotea Muhr, Dolly, esa dulce partidaria del mundo que sigue velando los sueños del "maestro" del otro lado del Atlántico. Me parece verla correteando como una criatura sobre la pinocha o tratando de arrancar a Onetti de la hamaca paraguaya y de las novelas policiales para hacer un paseo en bicicleta totalmente impracticable. (...)
Después vuelvo a ver a Dolly en una casa prestada en otro lugar de la costa insistiendo como una nena para que Onetti saliera a ver una puesta de sol, espectáculo que él estaba dispuesto a perderse. O en el departamento de Gonzalo Ramírez, el día de la gangrena. Ella le pedía que se levantara porque estaba ilusionada con salir a cenar —en eso habíamos quedado— y él se negaba a otra cosa que dejarse velar la pierna de la gangrena imaginaria, pero al parecer igualmente preocupante. Estaba recostado en la cama, de traje, cuello y corbata, con la pantorrilla en cuestión al descubierto, inaccesible a los pedidos de Dolly. que seguía intercediendo por su cena en el restaurante. Sólo de tanto en tanto estiraba el brazo para recoger el vino que caía de aquel aparato de vidrio que hacía las veces de vaca. Le bastaba presionar apenas una pequeña válvula con el mismo vaso para que el líquido rojo oscuro contenido en la redoma se pusiera en movimiento y cayera por el tubo transparente. Era la mejor manera de tener el vaso lleno con el mínimo esfuerzo".
(Cuarenta y cinco por uno.— María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo 1993.)
PACO ESPÍNOLA
—¿Paco Espínola también iba a las reuniones del café Metro ?
—De vez en cuando. Mi relación con él se intensificó cuando empezó sus clases en la Facultad de Humanidades que acababa de inaugurarse. Maneco y yo íbamos siempre con nuestras respectivas novias, que eran hermanas. Después de las clases nos íbamos a su casa y Paco nos leía lo que había escrito en la semana. En aquella época fue que hizo Don Juan el Zorro.
—¿Necesitaba un auditorio?
—Muchísimo. Te diría que Paco dejó de escribir un largo tiempo por falta de ambiente. Cuando se fue de San José se encontró perdido en Montevideo.
" Paco fue el tipo más dotado para la literatura que yo he conocido y conocí a muchos grandes. José Bergamín decía que él había escuchado a hablar a don Miguel de Unamuno, a Ortega y Gasset, a Ramón del Valle Inclán, pero que un charlista como Paco no había oído nunca. Era un conversador de café inigualable. Y además tenía una formidable capacidad para desentrañar la mecánica de la literatura para ver cómo y por qué está hecha, para desarmarla y mostrar los huesos y los engranajes. Para mí siempre fue un maestro a tal punto que pese a nuestra amistad, nunca pude tratarlo de usted".
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—Estás en deuda con un libro sobre Paco.
—Puede ser... Tengo una anécdota lindísima. En el año 33 Paco era corrector del diario Uruguay. Todavía era joven. El era del 2, así que tenía treinta y uno. Como era completamente miope, su dificultad para corregir era enorme. Entonces Onetti le caía de noche y lo ayudaba corrigiéndole las galeras. En esa época Paco acababa de publicar Sombras sobre la tierra.
"Bergamín decía que Paco hablaba mejor que Valle Inclán. Pienso —y tuve bastante tiempo para observarlo— que Paco más que hablar "escribía" verbalmente, utilizando aparte de su enorme talento, todos los trucos del oficio, enfatizando ésto, creando suspenso allá, buscando un efecto con esto otro, "presentando" y no aludiendo para hacer que la historia cobrara vida y sucediera. Por supuesto que al tratar de desentrañar la técnica que empleaba no aclara el prodigio que pudiera hacerlo, librado a las urgencias de quien precisamente está hablando y no escribiendo.
En las clases de la Facultad de Humanidades, desmontaba cada canto de La Ilíada como un mecánico puede desarmar un automóvil. Y así desmontando cada pieza, mostrando como Homero anticipaba en un momento lo que iba a pasar mucho después, haciéndonos ver la fuerza de un adjetivo que "ni Dios lo pone" y que "si se saca todo se viene abajo" nos estaba enseñando en realidad cómo se hace una obra para que funcione. (...)
Otra de las grandes devociones de Paco, Aparicio Saravia o el Partido Nacional que para él eran la misma cosa, estaba muy presente en sus conversaciones, junto con el mundo de su padre, que también anduvo en las patriadas. Todo eso en sus labios adquiría las resonancias de una épica que —como hacía con Homero— nos ponía al alcance de la mano. Le gustaba mucho contar cuando salió para Paso Morlán, en el año 35, vestido de traje negro, zapatos de charol y cuello palomita y terminó prisionero en Colonia casi enseguida y sin haber disparado un solo tiro. Se le atascó la escopeta y quedó en el suelo boca abajo, protegiéndose con ella, sintiéndose ridículo. Aunque no tanto, porque al compañero que tenía al lado lo mataron de un balazo. Podría hacer una película chaplinesca con su versión de esta aventura y titularla "Paquito revolucionario". (...) Tan grande era su devoción partidaria que cuando se hizo comunista estoy segura que imaginaba a Marx y Lenin de golilla blanca",
(Cuarenta y cinco por uno.— María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo, 1993)
—Nos quedaría hablar de Manuel Flores Mora.
—Pero tendría que hacerlo de otra forma, sin vincularlo a la literatura. Fuimos amigos desde los primeros años del Liceo Francés, a finales de la década del veinte y nuestra amistad siguió hasta el final. Terminamos casándonos con dos hermanas así que te imaginarás que éramos mucho más que amigos.
—Las cosas que escribíamos a medias eran para nosotros de la más alta exquisitez literaria y cultural y de ellas no le dábamos participación a nadie lo cual creaba un abismo de gran desprecio hacia los demás. Esa adolescencia soberbia la compartimos a todo tren. El escribía estupendamente".
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—Fue un periodista de excepción. Seguramente el espejo de toda una generación que vino detrás. De su labor como creador literario no hay muchas pruebas.
—Lo que pasó fue que su carrera política le impidió culminar como hubiera merecido. En determinado momento de su vida se sintió atraído por la personalidad de don Luis Batlle Berres y se volcó de lleno a la vida política. #Ahí se frustró como escritor. Pero era el mejor de todos nosotros.