Esta novela está construida sobre las alegrías y sinsabores del amor, el matrimonio y la vida familiar. La ganadora de un Pulitzer entrega una ficción narrada con sensibilidad, sentido del humor y maestría.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Tres días de junio (Lumen), de Anne Tyler.
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La gente ya no da golpecitos al reloj; curioso, ¿verdad?
Me refiero a los relojes de muñeca normales. ¿A que antes la gente siempre les daba golpecitos con los dedos?
NUEVA YORK (AP) — Después de más de 20 libros, Anne Tyler sigue encontrando maneras de desafiarse a sí misma.
Su nueva novela, “Redhead By the Side of the Road” transcurre, por supuesto, en la ciudad de Baltimore y sigue los enredos familiares y románticos y otros toques narrativos a los que sus lectores están acostumbrados. Pero el personaje principal de la historia, un asesor técnico independiente que confronta las consecuencias de las decisiones que tomó en el pasado, básicamente salió de la nada.
“Este es el primer libro que he escrito donde empiezo sin tener idea”, dijo la escritora estadounidense laureada con el premio Pulitzer, conocida por “The Accidental Tourist” (“El turista accidental”), “Morgan's Passing” (“El tránsito de Morgan”) y “Breathing Lessons” (“Ejecicios respiratirios”), en un email reciente a The Associated Press. "Estaba rompiéndome los sesos buscando qué escribir, y una sola frase me vino a la mente: ‘Uno debe preguntarse qué le pasa por la cabeza a un hombre como ____ ____’. (No tenía aún un nombre para él). Estaba perpleja. ¿Por qué debía preguntármelo? Pensé, y entonces me vino la siguiente oración: ‘Vive solo; es muy reservado...'”.
“El resto del libro dependía de mí, pero al menos estaba encaminada”.
El nombre del hombre es Micah Mortimer. Vive solo y se pregunta si está destinado a estar así mientras aliena a su actual novia y se reconecta inesperadamente con la mujer a la que amó — y apartó de él — en la universidad. Tyler trata de minimizar en sus libros las referencias políticas y de actualidad, pero es muy específica en cuanto a sus locaciones. A Micah lo coloca en el norte de Baltimore, en una casa de tres pisos cerca de la calle York, con un “porche discordante” donde hay un “columpio astillado en el que nunca nadie se sienta”.
En su reciente entrevista con AP, la autora de 78 años conversó sobre la mente de Micah, el complicado título del libro (que quiere decir en español “Pelirroja a un lado del camino”), Baltimore y su vida durante la pandemia del coronavirus.
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Sobre Micah, a quien describe en un pasaje como “estrecho y limitado” pero consciente de los horrores del mundo, incluido el ataque en una sinagoga de Pittsburgh en 2018 y la tragedia en la frontera mexicana-estadounidense.
“Me resultó fácil ‘ser’ Micah, por decirlo así, a lo largo del libro, pero especialmente en ese pasaje. Todos tenemos momentos de soledad, después de todo; no es una exageración imaginarlos. Pero también los sucesos sobre los que está reflexionando aquí — el tiroteo en la sinagoga, la situación de los niños inmigrantes — me están dando tantas vueltas por la cabeza por estos días... que sentí que hasta Micah tendría que sentirse afectado por ellos”.
Anne Tyler
Sobre el título del libro, basado en una alucinación recurrente de Micah:
“Varias veces confundí un mismo objeto con otro en mi caminata matutina, aunque uno pensaría que aprendí después de la primera vez. La experiencia me llevó a pensar en cuántos otros errores, más serios, repetimos en el curso de nuestras vidas. ¿Cuán a menudo ni nos percatamos de que fueron errores, incluso? Pensé que sería divertido explorar ese tema”.
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Sobre la vida en Baltimore:
"Creo que no es ningún secreto que Baltimore está pasando por un duro hechizo. Y aun así es una ciudad tan bondadosa, así de paradójico como suena. Casi todo el mundo aquí, de todas las clases y culturas, se comporta con gracia y paciencia. Mira un episodio desafiante digamos que en la cola de un supermercado — un cliente se toma demasiado tiempo para contar monedas, o un cajero no se sabe de memoria los códigos de las verduras. Los residentes de Baltimore esperan pacientemente, o tratan de ayudar si pueden. ¡Ni siquiera viran los ojos! Creo que esto tiene una influencia en mi escritura. En tales entornos, ¿cómo podría inventar un personaje mezquino?
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Sobre cómo Micah manejaría el aislamiento social:
“Creo que él lo manejaría del mismo modo que yo. Primero pensé, ‘ay bueno, no importa; básicamente vivo refugiada de todos modos, y sé lo que es trabajar desde casa — cómo una tiene que asegurarse de cambiarse el pijama’. Pero entonces después de unos días pensé, ‘ay, espera un minuto’. Me sorprende cuán seguido ahora siento que necesito salir a la escalera de la entrada e iniciar una conversación con cualquier vecino que pasa”.
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Sobre cómo el libro, que terminó de escribir mucho antes de la pandemia, se leería ahora:
“No he leído el libro desde que el virus comenzó. Una amiga me preguntó recientemente, sin embargo, cómo fue que supe escribir las páginas 94-95, así que revisé para ver a qué se refería. Quién lo iba a decir, ahí estaba Micah en su corrida matutina, fantaseando brevemente que las calles vacías se debían a algún desastre mundial y que él era la única persona que quedaba viva. Entonces se topa con dos mujeres hablando hasta por los codos y está extremadamente complacido de verlas. Ahora me identifico con esa escena mucho más que cuando la escribí”.
Anne Tyler
Sobre escribir en tiempos de confinamiento:
“Los primeros días, sentí que estaba escribiendo las mismas tres páginas una y otra vez. Tenía una sensación de distracción generalizada. Pero con el tiempo volví a sumirme en mi trabajo. Casualmente estaba escribiendo sobre una cena de Pascua con mucha gente invitada, algunos de ellos siendo un poco sarcásticos con los otros. Pensé, ‘Ahora recuerdo por qué escribo. Escribo porque me hace feliz’”.
“En cuanto a si el virus aparecerá en mi próximo libro: bueno, en general creo que los sucesos de actualidad no generan muy buena literatura. Tienen que apaciguarse por un tiempo. Necesitamos un poquito de distancia para verlos por lo que son".
Anne Tyler compone bien 'El hilo azul', pero ¿qué significa que un libro esté bien escrito? Conviene desarrollar resistencia a las franquicias porque a veces la inteligencia es resistir
Marta Sanz
8 de diciembre de 2015
Anne Tyler es una escritora estadounidense, nacida en 1941, ganadora del Premio Pulitzer y con más de veinte novelas en su haber. El hilo azul es la última, que nos llega con una impecable traducción de Ana Mata Buil. Cuenta la historia de una familia con unas raíces poco profundas, proveniente del medio rural y afincada en Baltimore. Tres generaciones desde la Gran Depresión hasta nuestros días. Clase media de la Costa Este. Hasta ahí todo entra dentro de la normalidad. Sin embargo, quiero explicarles por qué mientras leía esta novela me vinieron a la cabeza los Starbucks Coffee y otras franquicias.
La esquiva Anne Tyler, que rehúye entrevistas y actos públicos, publica 'El hombre que dijo adiós'
Desde Baltimore, la escritora retrata la inquietante normalidad de la burguesía de Estados Unidos
Andrea Aguilar
25 de marzo de 2013
La escritora estadounidense Anne Tyler. GRAHAM HARRISON
Se ha mantenido ajena al ruido que rodea la maquinaria editorial y mediática, no ha concedido entrevistas durante décadas, ni ofrecido lecturas públicas, ni impartido clases de escritura creativa en universidades, ni mucho menos asistido a fiestas literarias. Sin embargo, la distancia que la novelista Anne Tyler (Minneapolis, 1941) ha tomado respecto del ojo público carece del dramatismo que rodea otros célebres casos, como el de J. D. Salinger o Thomas Pynchon, que han cautivado el imaginario colectivo. Los aspavientos no forman parte del vocabulario literario ni vital de esta autora, una de las grandes voces de la novela estadounidense desde que saltó a escena a finales de los sesenta, miembro de la Academia de las Letras Americana, admirada por John Updike y Eudora Welty, y galardonada con un Premio Pulitzer y un National Book Award.
Frente a la puerta de su casa en una urbanización rodeada de un bosque a 10 minutos de la estación de tren de Baltimore, cabe pensar en las peculiaridades de los personajes de sus novelas. Las rarezas en el mundo de Tyler son hábitos, no excepciones para llamar la atención. Así Aaron, el protagonista deEl hombre que dijo adiós(Lumen) su novela número 19 publicada ahora en España, habla con chocante naturalidad y sin atisbo de histrionismo sobre el fantasma de su esposa incorporado en su rutina, en un peculiar año del pensamiento mágico, conectado de alguna manera con aquel que describió con certera prosa Joan Didion en su libro de memorias. Como ya lo hiciera con El turista accidental —una de las más célebres novelas de Tyler, cuya versión cinematográfica protagonizó William Hurt—, esta autora vuelve a incorporar los libros a la vida de sus personajes. Aaron, el protagonista, es un tullido, distante y tierno director de una editorial familiar dedicada a publicar libros de encargo, normalmente biografías de particulares, y una serie de guías de divulgación de temas tan diversos como los vinos, el cáncer o la observación de los pájaros. Tyler enfoca su pluma en vidas aparentemente anodinas, y cava para mostrar humor y ternura, sin condescendencia, ni ñoñería. Su territorio de ficción es Baltimore, ciudad a la que llegó recién casada con el psiquiatra iraní y también novelista Taghi Modarressi, fallecido en 1997. “Es un lugar muy crudo, como The Wire, en muchos sentidos”, asegura Tyler, devota fan de la serie televisiva, que ha visto ya tres veces con un grupo de amigas. “Siempre fue industrial con puerto, la crema de la sociedad vivía separada del resto, en otra parte. Yo llegué en 1967 y tenía una hija. Estaba tan aislada, algo que siempre pasa cuando tienes hijos pequeños. Era una ciudad muy difícil de penetrar. Vivía en un barrio antiguo con señoras mayores de clase alta. Un día que estaba amargada pensé que aquello era como una máquina del tiempo, era como 1890, un lugar con reglas y guantes blancos. De ahí surgió la primera novela que escribí situada aquí”, recuerda.
Nunca había hablado por teléfono hasta que salí de allí”, dice sobre la comunidad cuáquera en la que se crió
Esbelta y elegante, esta mañana viste un jersey gris de cuello vuelto, pantalones de pinzas y lleva el pelo recogido en un moño, sus ojos claros están enmarcados por un flequillo. El salón con chimenea, amplios sofás de terciopelo azul y alfombras persas se abre al jardín, y mientras prepara una taza de té, se muestra como una conversadora deferente, curiosa y algo tímida. Tyler habla de su trabajo como novelista asumiendo que su profesión es como cualquier otra, fuese esta la carpintería o la conducción de autobuses. Queda claro que ella odiaría darse importancia por ello y Tyler es respetuosamente militante en esto. “Me parece que hay cosas que están fuera de lugar. ¿Por qué a alguien que ha escrito un libro le invitan a dar un discurso? No hay relación entre estas dos cosas. O ¿le piden que imparta una clase? Yo, no sabría cómo. Creo que todo esto forma parte de un sistema raro”, reflexiona. No, ella no tenía intención de ser escritora, aunque siempre tuvo debilidad por las historias realistas, que aún lee y disfruta con pasión, “como si comiera chocolate”. De niña le entusiasmaban aquellas que hablaban de las chicas que habían conquistado el salvaje Oeste en caravanas. “Me enfadaba mucho si mi madre trataba de leerme un cuento de hadas, porque pensaba ¿cómo de tonta te crees que soy?”, recuerda con una discreta sonrisa.
Dice que ha intentado una vez al menos cada cosa. Dio una charla, presentó un libro, impartió una clase, ha concedido alguna rara entrevista en los últimos años y una vez también hizo de entrevistadora con Eudora Welty, la escritora sureña a quien más ha admirado. Leyó uno de sus cuentos a los 14 años y aquello revolucionó su idea de lo que era la literatura. “Tenía esta frase sobre cómo una chica era tan lenta que se podía pasar todo el día mirando cómo la ele se desliza en la ce en la etiqueta de una Coca-Cola. Me dije, yo conozco a esta chica. Crecí en el Sur, trabajé un verano en una plantación de tabaco. La idea de que pudieras escribir sobre alguien así fue un gran descubrimiento, algo emocionante. Welty quería a sus personajes y les respetaba. ¿Has visto sus fotos? Es imposible no fiarse de ella”, comenta. En su lista de una vez en la vida, también hay dos antologías de escritores sureños. Cuenta que cuando era joven sentía que el Sur era una cultura de narración, con un gozo particular en la recreación de los personajes y sus historias.
Hija de un químico pacifista y una ama de casa, la mayor de cuatro hermanos, Tyler se crió en una comunidad cuáquera en Carolina del Norte. Quizá por eso no teme al silencio, rasgo que ha definido buena parte de su carrera. “No soy religiosa pero esto me ha influido muchísimo, probablemente más de lo que yo misma creo. Estas comunidades estaban muy aisladas, en medio de la naturaleza, y esto te enseña a sentirte fuera. Nunca había hablado por teléfono hasta que salí de allí. Pero esto de ser un extraño es algo muy útil para un escritor, porque miras al mundo con distancia y te sorprende un poco más que a los demás”, apunta. “Además, me ayudó a tener ese sentido de receptividad, esa actitud de que me siento callada y dejo que la historia llegue cuando quiera”.
Ser un extraño es muy útil para un escritor: miras al mundo con distancia y te sorprende un poco más que a los demás”
Tyler escribe a mano, pasa el texto a ordenador y se graba leyendo para repasar la transcripción. Cuenta que le gusta trabajar por las mañanas los días laborables después de dar un paseo. Piensa que es importante comparecer ante el escritorio, aunque se tenga un mal día. Colgado en la pared conserva un poema que “trata sobre irse a dormir”, pero a ella le sirve para recordarle que debe poner la mente en blanco para que llegue algo que no se atreve a llamar inspiración. “En la escritura tienes que permitirte ser un plato vacío, listo para ser llenado”, asegura. La cocina es uno de sus temas favoritos, una metáfora en la que la escritora encuentra algo que va estrechamente ligado al carácter de las personas, como en el caso de su querido Ezra, su personaje favorito de Reunión en el restaurante nostalgia. A medida que avanza la conversación asoma la imaginación desbordante que se esconde tras esta ordenada dama. Cuenta que cuando se esfuerza por armar una trama, recurre a una caja con tarjetones que ha ido anotando. “A veces son apuntes tipo ¿qué pasaría si? Cosas que se me han ocurrido al ver a una pareja por la calle y pensar que no pegan y preguntarme cómo sería si ella esto, y él lo otro”, explica. Las tarjetas quedan almacenadas hasta que Tyler rebusca entre ellas, elige unas cuantas y comienza a preguntarse cómo podría juntarlas. “En ese momento mis personajes empiezan a despertarse y cobrar vida en mi cabeza, empiezan a decir frases”, asegura. ¿La imaginación es una herramienta útil para ir por la vida? “Sí, te mantiene atento e interesado incluso si estás parado haciendo cola en la oficina de Correos. Ves cosas que pasan e intentas comprender qué está por debajo”, dice.
Graduada en la Universidad de Duke y en Columbia, donde se especializó en Filología Rusa (“en aquellos años era la cosa más descabellada que uno podía hacer y me advirtieron de que podía tener al FBI controlándome, cosa que acabó por convencerme”), Tyler afirma que entró en la literatura gracias a profesores que la animaron a mandar cuentos a las revistas, que fueron publicados. También le dijeron que debía arrancar una novela, porque solo los escritores que tienen alguna triunfan con cuentos. “Me metí en esto sin saber lo que hacía. Ni siquiera me gustan, veamos, mis primeras cinco novelas, porque no era consciente del proceso”, confiesa.
PREGUNTA. ¿Cómo ha evolucionado su trabajo como escritora?
RESPUESTA. Cuando era joven intentaba eso de “déjame que te cuente cómo me siento o qué pienso sobre esto o lo otro”, pero es muy arrogante pensar que tienes algo que decir. Las cosas cambiaron cuando descubrí que escribir una novela es la manera de vivir la vida de otra persona. Se trataba menos de ponerme yo por delante y más de entrar en otra gente. Empezó a ser realmente divertido. Sentía, y siento ahora a los 71 años, que hay algo adictivo en todo esto. No puedo ni pensar en renunciar a ello.
P. Philip Roth ha anunciado que lo deja.
Es más duro ser hombre. Un narrador masculino está más constreñido. Las mujeres pueden hablar de cómo se sienten”
R. Me puse muy triste cuando me enteré. También dijo que había escrito en su ordenador algo tipo: no más lucha. A lo mejor él no lo pasaba tan bien. ¿Sabes? Apostaría a que saca otro libro en cualquier caso, después de un tiempo dirá que lo echa de menos.
P. Ha guardado las distancias con el mundo literario y la prensa. ¿Por qué?
R. Parece que si hablo sobre mi escritura luego durante un tiempo no puedo escribir. Me vuelvo más consciente. Es el beso de la muerte. Sé que suena raro, pero es como si cuando hablara de ello hubiera un hada o un elfo de la escritura que se esconde en un calcetín y dice ya no voy a hacerlo más.
P. ¿Pensar demasiado agota el truco?
R. Es como si vieras los frenos chirriando detrás de la escena y dices “¡oh, en el fondo esto es tan artificial!”. Hay este dicho de los ciempiés que cuando piensan qué pie va antes se tropiezan. Es autoprotección. Cuando escribo, en los primeros borradores intento olvidar que alguien lo va a leer. No quiero tener a mis lectores cerca.
P. ¿Ellos le escriben?
R. Recibo cartas y ha habido gente que ha estado en contacto, pero no tantos. Baltimore es muy privado y los escritores no son estrellas de cine. Teóricamente me gusta saber de mis lectores, pero si me dicen lo que piensan aunque sea positivo, me perturba. Incluso las reseñas positivas me hacen daño porque me hacen pensar en lo que hago.
P. ¿Como lectora tampoco mira las reseñas de otros libros?
R. Las leo, pero lo que odio es que hoy en día te cuentan todo el argumento. ¿No es una locura?
P. Es verdad que los escritores no son estrellas de Hollywood, pero sí han tenido durante años ese grado de celebridad en Estados Unidos.
R. Sí, tipo Norman Mailer. También Dickens, pero eso era otra época. Quizá aún sea el caso con algunos jóvenes. Hay algo cómodo en convertirte en un escritor mayor; no soy tan importante y esto relaja. No espero que la gente se muera por conocerme.
Si hablo sobre mi escritura durante un tiempo no puedo escribir. Me vuelvo más consciente. Es el beso de la muerte
P. Hay tensión en sus libros entre unas vidas muy convencionales y unos personajes muy excéntricos. ¿Se necesita un orden formal para gente soñadora?
R. No sé. Se trata de Baltimore más bien, una ciudad muy convencional con un férreo sistema de clase, y gente que piensa que sabe cómo deben ser las cosas, pero a la vez es un lugar excéntrico, fíjate en John Waters. Esto ha permeado en mis libros. También creo que toda persona a la que mires suficientemente cerca tendrá un punto raro.
P. Las excentricidades en sus novelas están a menudo ligadas a dinámicas familiares. ¿También en su vida?
R. Sí, me pasa con mis hermanos. Me fascinan las familias, su idioma particular, los sobrentendidos, que ni siquiera tienen que ser comentados, cosas pequeñas. Están llenas de esos matices. La otra cosa que me gusta como novelista es que están casi forzadas a seguir unidas.
P. Nunca enfatiza las historias duras por las que atraviesan sus personajes. Parece que evita el drama. ¿Es parte de su estilo realista?
R. Una respuesta es que evito la confrontación. Puede que sea una forma de resistencia, no me gusta demasiada sangre o excitación. Otra respuesta es que siento que a la larga, particularmente en las familias, estas cosas acaban quedando sordas después de un tiempo. Cuando echas la vista atrás a un largo periodo esos picos y valles han quedado suavizados, son simples cuestas.
P. En este libro una vez más usa una primera persona masculina. ¿Los hombres tienen un ritmo distinto que las mujeres?
R. Me educaron para pensar que no había ninguna diferencia y creo que eso es un error. Son muy distintos, piensan de manera diferente. Como novelista siento que una voz narrativa masculina está más constreñida, es más fácil narrar desde el punto de vista de una mujer porque ellas pueden hablar de cómo se sienten. Pero me gustan los hombres y todos los que han estado en mi vida desde que nací han sido muy buenos. Mi padre, mi abuelo, mis tres hermanos, mi marido, eran buena gente.
P. A Aaron el protagonista le lleva tiempo darse cuenta de las cosas. ¿Un rasgo muy masculino?
R. ¡Oh, sí, completamente! Es como si les faltase práctica. Recuerdo leer esto de que mientras los niños están perfeccionando su swing con el bate de béisbol, las niñas están en la clase porque una de ellas está llorando porque han herido sus sentimientos y todas intentan arreglarlo. Así que no es ninguna sorpresa que ellas de mayores solucionen mejor estas cosas. En cambio los hombres reaccionan con un “¿Qué? No entiendo nada”.
El té hace tiempo que se terminó y han pasado cerca de tres horas. En la despedida resulta inevitable preguntar con algo de culpa qué hará mañana. “Fingiré que la entrevista no ha ocurrido”, dice con cómica vergüenza.
Anne Tyler ha escrito una sátira sobre el casi siempre forzado mundo de la corrección política en Estados Unidos y su multiculturalidad a través de una historia muy doméstica
En una entrevista, a una pregunta acerca de cuál era su escritor de literatura popular y/o best sellers favorito, John Updike respondió así: "Yo leo a Anne Tyler. ¿Es ella el tipo de novelista al que se refieren, no?". La respuesta de Updike era tan ingenua como maliciosa porque, de acuerdo, esta autora vende mucho en su país pero, para el autor de Corre, Conejo, también es lo que, se supone, debería ser toda firma de éxito: alguien con buena prosa, excelentes tramas y un perfecto dominio de técnica y estructura novelesca. Aclarado esto, no hace falta decir que, por lo general, quienes suelen coronar las listas de ventas de cualquier país del mundo no acostumbran a tener y gozar del nivel de Tyler (Mineápolis, 1941) y que probablemente nunca lo tengan.