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martes, 30 de diciembre de 2014

Jordi Gracia / Fulgurante Ortega y Gasset

Ortega y Gasset según Fernando Vicente

Fulgurante Ortega

Con su obra, el pensamiento conquista la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión del hombre, su mundo y sus límites



RAQUEL MARÍN
Al lado de Victoria Ocampo, tan alta y señorial, Ortega tira invenciblemente a bajito. Pero fue quien puso en orden de batalla a sus soldados cuando todavía no eran soldados pero él ya era su capitán. No sólo emperador,como entre los aborrecidos jesuitas de la infancia, sino directamente capitán que llama al arma a sus mesnadas para seguir propinando descargas escritas y orales sin freno, sin dios, sin miedo y sobre todo contra todo y contra todos. Ortega es una descarga de fusilería ideológica casi desde niño, en calzón corto, cuando todavía en privado todos rezongan contra la Restauración y su sistema viciado y envilecido, contra Maura y contra Romanones, contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal.
La diferencia es que Ortega levanta el listón y predica la radicalidad democrática del socialismo liberal como único recurso contra la injusticia social, contra el retraso intelectual, contra la inconsistencia de una democracia fraudulenta. Estamos apenas en 1908, tiene 25 años, es visiblemente calvo y en su hermano Eduardo tiene un aliado crucial, pero pronto se sumará el resto. Ortega crece a vista de todos en progresión incontenible en el Ateneo y en la Universidad, en la Residencia de Estudiantes y la Junta de Ampliación de Estudios, en la redacción de El Imparcial y en el Centro de Estudios Históricos. Está desde siempre en boca de todos por su tono, por su jovialidad, por su acometividad y por su infinita y casi angustiosa petulancia. Y sin embargo lo quieren, lo quieren y lo admiran desde santos laicos como Francisco Giner de los Ríos hasta gente de su misma edad, como Juan Ramón Jiménez o Ramón Pérez de Ayala, o algo mayores, como Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. Pero el que más le quiere es el mayor de todos, y mayor en todos los sentidos, Miguel de Unamuno, rendido a la chispa y la veracidad sin acartonamiento del muchacho de veintipocos que aun no es catedrático, que aun no ha escrito un libro y sin embargo a quien confía Unamuno el manuscrito de su libro filosófico más importante, Del sentimiento trágico de la vida, varios años antes de publicar el texto. Y así sigue la biografía arrebatada de Ortega hasta 1936, cuando ha sido ya el puntal ideológico de El Sol desde 1917, ha fundado el semanario España y ha puesto en marcha una cuña de revolución cultural que se llamó Revista de Occidente armada con tres lanzaderas: una tertulia en forma de chequeo intelectual de la actualidad, una revista mensual en forma de observatorio de la Europa contemporánea y una editorial con funciones de carcoma tenaz del tradicionalismo católico de la España rancia.
Siguió siendo bajo —por eso forzaba la verticalidad de su pose— pero siguió metiendo miedo, aunque él no lo tuvo hasta las balas perdidas y las violencias de 1934-1936. Él sí da miedo, incluso antes de que nadie sepa las fantasías de redención colectiva que fabrica su rotunda cabeza. Es un luchador casi físico en las peleas en las que cree hasta 1921, cuando la experiencia y los fracasos políticos empiezan a inclinar el plano de su vida hacia el desengaño y el rencor, hacia el desdén acre que destilan tantas páginas de España invertebrada de 1922 y que intoxican la peor parte de un libro lleno de hallazgos y observaciones luminosas como La rebelión de las masas, entre 1929 y 1930.



Es un luchador casi físico en las
peleas en las que cree hasta 1921; luego cayó en el desengaño
Estuvo tan vivo para aquellos jóvenes como lo está hoy para el lector con afán de pensar por libre, conocer sin anteojeras y comprender con honradez. A veces basta con dejarse atrapar por una prosa vivaz y brillante, y a veces hay que resignarse al párrafo rematadamente cursi y hasta delicuescente a ratos. Pero eso es nada, porque Homero también duerme: el todo, lo que importa de veras, es la vibración de autenticidad de un pensamiento hiperactivo y efusivo, combativo y comprometido, perspicaz y desprejuiciado, jugoso y beligerante: fundamentalmente honrado aunque se equivoque, convincente aunque yerre, siempre estimulante al menos hasta los primeros años treinta, cerca ya de sus cincuenta años, cuando abandona la confección de esos libros misceláneos y confesionales, dietarios disfrazados de ensayos, que tituló desde 1916 El Espectador.
Por supuesto, cuando Ortega se enamora se enamora de verdad, aunque sus disparatadas ideas sobre la mujer le sitúen en el pleistoceno de la especie. Pero por tres veces se enamora, y las tres a fondo: de Rosa, su mujer desde 1910 y compañera hasta su muerte en 1955; de Victoria Ocampo, perdición austral y quimérica de un hombre que se descubre frágil y desarmado en 1917, y de una joven condesa diez años más tarde, hipnótica para un Ortega con la guardia baja y la autoestima lesionadísima. Para entonces, sin embargo, en los años veinte toda su maquinaria intelectual se vuelca en la ratificación de sí mismo, cuando la filosofía de la razón vital va de camino a ser razón histórica y siente que con él el pensamiento conquista por fin la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión integral y resignada del hombre, su mundo y sus límites. Resignada, sí, pero sin tristeza ni amargura; al revés: feliz de desenmascarar falsos consuelos, feliz de saber qué hacer con la vida como proyecto, feliz de identificar lo iluso como ilusión inútil y cultivar como posible la ilusión de lo real: un Nietzsche civilizado.
¿Hay un Ortega fósil? Lo hay, claro que lo hay, y es a veces patéticamente vulnerable: la sustancia que lo fosiliza se llama resentimiento recrudecido de rencor y mesianismo abortado. Las heridas del amor propio deforman su prosa hacia el desdén contra la inopia bovina de las masas y sobre todo de los suyos. Y eso es lo peor, la incredulidad de quienes debían constituir las bases del futuro culto, educado, civil y europeo soñado. No atienden como deberían a sus visiones del hombre y la sociedad contemporánea, aunque él sea ya desde El tema de nuestro tiempo de 1923 el paraguas filosófico para el nuevo mundo que ha descubierto Albert Einstein. Ni están a la altura ni aciertan a detectar, como detecta él, el nivel que exige el presente: un pensador de la contingencia, una visión empírica de la condición humana, un dinamitador de las fantasías falseadoras, un ateo irrenunciable y primordial.

Cuando se olvida de sí mismo, es el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento
Demasiadas veces los verdaderos fósiles hemos sido nosotros, los lectores y los comentaristas, una y otra vez atados al Ortega más caduco y vulnerable —más visceral—, el de España invertebrada, el de sus cábalas sobre asuntos mal conocidos, el de los delirios, o revanchistas o apocalípticos, contra la villanía ética e ideológica de las masas ignaras. Pero ese es un Ortega ya turbado: el peor enemigo de Ortega fue Ortega mismo, sobre todo tras leer a Heidegger en 1928 y descubrir en él un asteroide filosófico completamente imprevisto. Por dentro le cambió la vida y unos años después la cambió por fuera, desde 1932: dejó de actuar como el insolente, provocativo, disperso y feliz ensayista de lo real para reencauzarse en una ruta que le había sido ajena, la filosofía profesional, la filosofía académica.
Pero incluso ese grave percance de su biografía intelectual se salda con una última resistencia al contagio teológico y religioso de Heidegger en dos fases: una breve y contundente en 1929 y otra prolongada y minuciosa, incluso furiosa, en La idea de principio en Leibniz, que es un manuscrito abandonado en 1947 tras rematar por fin su pelea privada con Heidegger, y con más razón que un santo. Cuando Ortega se olvida de sí mismo, cuando desiste de ser quien es y escribe en libertad, desatado y brioso, entonces es un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue él mismo: un escritor del siglo XXI.
Jordi Gracia es profesor y ensayista. 



Jordi Gracia / José Ortega y Gasset / Reseña

José Ortega y Gasset
Ortega desde Ortega

La biografía del filósofo escrita por Jordi Gracia sigue muy de cerca sus libros y su acción política


    ANTONIO ELORZA 20 JUN 2014 - 12:48 CET


    José Ortega y Gasset visto por Sciammarella
    La fascinación ejercida por Ortega sobre el historiador Jordi Gracia quedó de manifiesto en el artículo Fulgurante Ortega, publicado hace un mes en estas páginas: “Cuando Ortega se olvida de sí mismo —escribe—, cuando desiste de ser quien es, desatado y brioso, entonces en un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue el mismo: un escritor del siglo XXI”. El artículo, brillante síntesis del libro que comentamos, reúne ya, en una lectura cronológica, los principales hitos del pensamiento y de la actividad del filósofo, y anticipa para el lector de este modo los supuestos en que el historiador sustenta su valoración.
    Una interpretación lúcida de las obras de Ortega, por fin disponibles en una edición crítica gracias a la Fundación y a Zamora Bonilla, el trabajo de investigador sobre un archivo ahora abierto de par en par, y la atención al contexto, a fuentes y bibliografía complementarias se funden para dar vida a esta biografía sensacional. Pienso cómo hubieran disfrutado con su lectura discípulos como Julián Marías y el bueno de Paulino Garagorri (un poco menos, Maravall y Díez del Corral por las caracterizaciones limitadas al falangismo que Gracia hace de ambos en los años 1940, lo cual es insatisfactorio: El liberalismo doctrinario es de 1945). Para reconstruir la trayectoria vital de Ortega, Jordi Gracia no se limita a sus escritos y actuaciones filosóficas y/o políticas, sino que precisa cuidadosamente la complejidad de su formación y relaciones intelectuales, sin olvidar la sensibilidad amorosa de ese hombre bajito y cabezón a quien sin embargo Conchita Montes encontrara “tan flamenco”.

    Aunque lógicamente habla de Ortega en tercera persona, es tal la minuciosidad, el ritmo y la precisión con que el autor desarrolla su reconstrucción que el lector se siente inmerso en el curso de la narración, al modo de esas filmaciones de fórmula 1 donde las imágenes proceden de la cámara instalada en el vehículo del conductor. Tampoco faltan los comentarios recurrentes de Ortega sobre sus éxitos, frustraciones, propósitos y reacciones ante esta o aquella postura de un amigo o de un contemporáneo, similares a las que expresa el piloto en el desarrollo de la carrera sobre sus propios problemas y la amenaza de sus competidores.
    El único reproche que cabe realizar a este enfoque es que de vez en cuando, en momentos cruciales, resulta imprescindible no solo dar cuenta puntual de una actitud, una declaración o, sobre todo, de una reflexión teórica, sino distanciarse para tratar de elaborar un cuadro de situación. A veces es suficiente con una inteligente pincelada, como cuando Gracia explica el sentido del viraje hacia la filosofía al fundar la Revista de Occidente en 1923, respecto de los años anteriores en que se sucedieron los proyectos políticos fallidos: “La elección del imperativo de intelectualidad no deja de ser causada por el fracaso de la acción”.

    El lector se siente inmerso en el curso de la narración, al modo de esas filmaciones de fórmula 1 donde las imágenes proceden de la cámara instalada en el vehículo del conductor
    En cambio, no bastan las cuidadas paráfrasis ni la exactitud de la crónica para dar cuenta, en un momento inmediatamente anterior, del significado de la condena a la lectura escolar del Quijote, puesto que Ortega cree necesario inculcar en el niño “la posibilidad del heroísmo”. A ello se une su reivindicación de la nobleza en una España donde la miseria moral de los privilegiados resulta evidente, y sobre todo la conversión de su juvenil propuesta de la movilización del país por minorías cargadas de modernidad, de la patria comoKinderland, en una ordenación jerárquica regida por “unos cuantos hombres” frente a las masas ignorantes y rencorosas. Ortega nunca fue fascista, ni prefascista —en todo caso “un Nietzsche civilizado” (Gracia)—, pero hasta que la dictadura de Primo de Rivera le mostró su verdadera cara, distó de ser un opositor. Entonces, como más tarde en los años 1930, la orientación de su pensamiento no fue ir hacia una democracia reformadora, ni al socialismo liberal de 1910.
    El pensador hizo la lectura de la crisis orgánica que siguió a la Gran Guerra en un doble sentido: de reflexión penetrante, excepcionalmente penetrante, sobre las nuevas implicaciones de una política y de una mentalidad ligadas a la ampliación del sujeto de la historia (La rebelión de las masas), y de rechazo terminante a que esas “masas ignaras” se hicieran dueñas de la escena. No es que Ortega se fosilizase, sino que pasaba a adoptar una postura defensiva, en plena sintonía con su visión previa del orden social. Cuando llega la República, la historia se repite y la propuesta orteguiana de articulación entre la nación y el trabajo se enfrenta ya a cuanto propone el nuevo régimen. No es cuestión de actitud, sino de incompatibilidad. El contraste con Urgoiti hubiese sido aquí útil. El “no es eso” aparece de inmediato.
    Vista desde el siglo XXI, la grande bellezza de la personalidad de Ortega debe pasar a primer plano, según propone Jordi Gracia. Pero eso no invalida que desde generaciones de estudiosos anteriores se viera justamente en Ortega, como se pudo ver en Azaña, al protagonista del brillante y trágico fracaso de la modernización política de España, lo cual no borra, sino que resalta, su grandeza. Y el legado no fue solo filosófico: en octubre de 1955, el cortejo fúnebre de Ortega se convirtió en la primera expresión del movimiento estudiantil contra el régimen, anticipo de su salida a la luz en febrero de 1956. En torno a la figura del pensador, la historia retomaba con nuevos aires el camino de la modernidad.
    José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus. Madrid, 2014. 687 páginas. 20 euros (electrónico, 10,99)

    EL PAÍS


    lunes, 29 de diciembre de 2014

    Vargas Llosa / El fracaso de Ortega y Gasset

    José Ortega y Gasset

    El fracaso de Ortega y Gasset

    El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto


    Ortega y Gasset según Fernando Vicente
     Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.
    La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.

    La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
    Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.
    Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.
    Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.

    Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría
    El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil. La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.
    Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.
    Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.