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sábado, 13 de abril de 2013

José Luis Sampedro / La vida inesperada


Muere el escritor y economista 

José Luis Sampedro

El humanista, símbolo del compromiso intelectual y ciudadano y referente del movimiento indignado, fallece a los 96 años en su casa de Madrid


Javier Rodríguez Marcos


FOTO: DANIEL MORDZINSKI (EL PAÍS) / VÍDEO: ATLAS


De la asamblea del 15-M de Chamberí (su barrio madrileño), al Ministerio de Cultura (que en 2011 le concedió el Premio Nacional de las Letras); de los vecinos anónimos de Mijas (donde pasaba parte del invierno) a sus ilustres colegas de la Real Academia Española (que en 1991 le vieron ocupar el sillón F), pocas veces un intelectual español habrá sido tan llorado en sitios tan distintos como José Luis Sampedro. Novelista y economista, referente para los críticos del capitalismo salvaje y profesor de varios ex ministros de Hacienda, el autor de Octubre, octubre y Realidad económica y análisis estructural murió en su casa de Madrid el domingo pasado, pero la noticia solo se ha conocido hoy, cuando sus restos ya habían sido incinerados.
Sampedro tenía 96 años y ninguna gana de protagonizar “el circo mediático en torno a la muerte de los famosos”, según explicó Olga Lucas, su viuda y colaboradora en los últimos años y en los últimos libros —de Escribir es vivir a Cuarteto para un solista, su despedida de la ficción, publicada en 2011—, la mujer que, decía el escritor, hizo que su moribundez fuera “muy satisfactoria”. “Nos dijo que quería beberse un Campari”, contó Lucas sobre los últimos momentos del escritor, “así que le hicimos un granizado de Campari. Me miró y me dijo: ‘Ahora empiezo a sentirme mejor. Muchas gracias a todos’. Se durmió y al cabo de un rato se murió”.
En 1991, durante su discurso de ingreso en la RAE, José Luis Sampedro afirmó que su dios era Jano —“el de un rostro a cada lado”—, y su vida tuvo siempre más de una cara. Nacido en Barcelona el 1 de febrero de 1917, el escritor vivió hasta los 13 años en Tánger, “un mundo que debería ser la tierra entera”, decía. “Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones”. Así describía su infancia en ese discurso que le sirvió tanto para subrayar su calidad de “escritor furtivo” como para reconocer que el hecho de haberse dedicado a la literatura en las horas que le dejaba libres su oficio de economista había favorecido que, en su caso, marginalidad y autenticidad fueran más que una rima.
Cuando se estrenó como novelista con Congreso en Estocolmo (1951) Sampedro había escrito ya dos novelas que tardarían 40 años en ver la luz. También una obra de teatro. No en vano, el hombre que en 1977 entró en el Senado por designación real, pasó parte de la posguerra escribiendo con pseudónimo para espectáculos de revista protagonizadas por actrices que dormían en las butacas del teatro. Necesitaba el dinero, pero tuvo que dejarlo cuando le amonestaron en el ministerio de Comercio. Sampedro había llegado a Madrid en 1940 para estudiar económicas. Pensaba que la Economía sería útil para un funcionario de Hacienda y él lo era como “aduanero por oposición”. Había sacado la plaza siendo “un niño” después de dejar Tánger por Soria —”casi antes de la electricidad”— y Aranjuez —”un paraíso” con ventanas al jardín del Príncipe— para recalar en Santander poco antes de que estallara la Guerra Civil. Movilizado en el bando republicano, con la toma de la ciudad por los sublevados en agosto de 1937, el precoz funcionario fue reclutado por los franquistas. “No cambié de bando, me cambiaron”, decía. Por tradición familiar estaba más cerca de las posiciones conservadoras, pero pronto descubrió que la guerra no la habían gando los suyos.
José Luis Sampedro siempre dijo recordar la nobleza de los anarquistas con los que compartío batallón fugazmente, y durante toda su vida mantuvo una actitud lateral respecto al mundo literario y crítica respecto al financiero. Cuando miles de lectores se rindieron en los años ochenta y noventa del pasado siglo a obras como La sonrisa etrusca (1985), La vieja sirena (1990) o Real sitio (1993), su favorita, muchos descubrieron que el autor era un reputado Catedrático de Estructura Económica por cuyas clases habían pasado alumnos con apellidos como Boyer, Sochaga o Solbes.
“Solo los ingenuos y algún premio Nobel de economía llegan a creer que nuestro mercado encarna la libertad de elegir, olvidando algo tan obvio como que sin dinero no es posible elegir nada”, afirmó también en su ingreso académico alguien que reconocía que al capitalismo “le debemos el gran progreso que nos trajo desde las monarquías absolutas hasta las democracias surgidas de la Revolución francesa” pero que deploraba que la libertad no hubiera ido acompañada de la igualdad ni la fraternidad.
Fue su malestar con un tiempo cuyo libro sagrado, decía, es “el Evangelio según san Lucro” lo que acercó a Sampedro al movimiento del 15-M. En los últimos años, ni las cataratas ni la sordera consiguieron aislarlo del mundo. Ya nonagenario recordaba los versos de un poema que había escrito con 14 años y los puestos aduaneros de Hanoi y de Chile, que recitaba con la música de La casta Susana (versión de Marujita Díaz). Su lucidez estuvo siempre a la altura de su memoria. Cuando el periodista Jordi Évole le preguntó en su programa de televisión si antes de la crisis los españoles habían vivido por encima de sus posibilidades, José Luis Sampedro negó rotundo: también el crédito es una posibilidad, dijo. Si como economista sabía deslindar valor y precio, como escritor sabía desactivar con una sola frase cualquier lugar común.

OBRAS ECONÓMICAS
Principios prácticos de localización industrial (1957)
Realidad económica y análisis estructural (1959)
Las fuerzas económicas de nuestro tiempo (1967)
Conciencia del subdesarrollo (1973)
Inflación: una versión completa (1976)
El mercado y la globalización (2002)
Los mongoles en Bagdad (2003)
Sobre política, mercado y convivencia (2006)
Economía humanista. Algo más que cifras (2009)
El mercado y nosotros
NOVELA
La estatua de Adolfo Espejo (1939) -no publicada hasta 1994-
La sombra de los días (1947) -no publicada hasta 1994-
Congreso en Estocolmo (1952)
El río que nos lleva (1961)
El caballo desnudo (1970)
Octubre, octubre (1981)
La sonrisa etrusca (1985)
La vieja sirena (1990)
Real Sitio (1993)
El amante lesbiano (2000)
La senda del drago (2006)
Cuarteto para un solista (2011) -escrita en colaboración con Olga Lucas-
CUENTO
Mar al fondo (1992)
Mientras la tierra gira (1993)
OTRAS OBRAS
Escribir es vivir (2005) -libro autobiográfico escrito en colaboración con Olga Lucas-
La escritura necesaria (2006) -ensayo-diálogo sobre su obra novelística y su vida. Edición y diálogo: Gloria palacios. Ed.Siruela.
La ciencia y la vida (2008) -diálogo junto al cardiólogo Valentín Fuster ordenado por Olga Lucas-
Reacciona (2011)
El escritor y economista José Luis Sampedro (i), acompañado por su esposa, la también escritora Olga Lucas, a su llegada a la Fundación Juan March, donde repasaron su trayectoria vital e intelectual. / CARLOS ROSILLO

La vida inesperada de José Luis Sampedro

El escritor repasa en una charla en Madrid los aspectos más desconocidos de su biografía


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS Madrid 12 OCT 2011 - 12:22 CET

José Luis Sampedro tiene una sabiduría de 94 años y una memoria de adolescente. Ayer demostró la una y la otra en la Fundación Juan March de Madrid, en una charla con su esposa y colaboradora, la escritora Olga Lucas, y dentro del ciclo Autobiografía intelectual. Delante de un público que abarrotó dos salones de actos, la cafetería de la institución, los pasillos y el suelo, el autor de La sonrisa etrusca repasó los aspectos menos conocidos de una vida que empezó en Barcelona el 1 de febrero de 1917. Por comenzar por el principio, Olga Lucas recurrió al esencial quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos y, sin mayores preámbulos, pregunto: "¿De dónde viene usted señor Sampedro?" La respuesta no se hizo esperar: "De otro mundo. Soy un inmigrante que no puede volver al país del que procede". Ese país, aclaró, es un lugar, pero también un tiempo que "fue arrastrado y se hundió": España, 1935. Un año más tarde se partió en dos el universo de un muchacho que había vivido sus primeros 13 años en Tánger, una ciudad internacional en la que convivían árabes, judíos, católicos, ortodoxos y gentes que no eran ni una cosa ni la otra, "un mundo que debería ser la tierra entera".
Tras un paréntesis -"en la Edad Media"- en un pueblecito de Soria en el que escribió sus primeros versos y tres años en "el paraíso" de Aranjuez, el futuro economista y escritor, terminó trabajando como aduanero por oposición en Santander. Allí le sorprendió la Guerra Civil y fue movilizado sucesivamente por los dos bandos en liza. "En abril de 1939 comprendí que no habían ganado los míos. Ni los unos ni los otros eran los míos", dijo un hombre de familia conservadora que durante la guerra llegó a admirar la "asombrosa entereza" de los anarquistas con los que compartió batallón. "A los nueve años intenté ser jesuita. A los 19, anarquista". La posguerra, "más ancha y más larga", fue otra cosa, un tiempo en el que, contó, Sampedro sintió que tanto los fascistas como los comunistas lo veían como alguien "fusilable".
Sampedro canta
Cómo es el mundo y cómo debería ser fueron dos de los asuntos a los que el académico de la RAE -sillón F desde 1990- dedicó una charla que fue saltando sin romper el hilo del pasado al presente y de las grandes categorías a las pequeñas anécdotas. Anécdotas con música a veces, como cuando José Luis Sampedro cantó con las notas de La casta Susana la lista de los puestos fronterizos de Indochina -Hanói, Saigón...- que tuvo que aprenderse cuando estudiaba las oposiciones al cuerpo de aduaneros. Lo hizo del tirón, sin vacilar, y entre risas y aplausos desveló que en el mismo repertorio estaban los puestos de Chile y los estados de Estados Unidos.
Otro de los momentos cómicos de la sesión llegó cuando el escritor relató con pulso de actor metido en un monólogo su encuentro con el banquero Juan March en un cuarto de baño. Allí le habían instalado a Sampedro su despacho como asesor del ministro de Comercio cuando el cargo lo ocupaba Alburúa. El baño correspondía al propio despacho ministerial y allí el joven economista tuvo que explicar al poderoso financiero mallorquín que en el fondo era un privilegio que aguardase allí en lugar de hacerlo en la sala de espera con el resto de los visitantes.
La parte más seria y categórica de la velada fue también la más sencilla y directa. "Hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres". Eso dijo José Luis Sampedro después de recordar sus tiempos como Catedrático de Estructura Económica en la Universidad Complutense y los cursos llenos de futuros ministros de Hacienda: Boyer, Solchaga, Solbes, Salgado... Todos alumnos suyos.
Pese a su temprana inclinación hacia las letras, Sampedro llegó a la economía porque, contó, parecían los estudios adecuados para un funcionario que había pedido el traslado a Madrid. Más inclinado hacia la parte sociológica de la disciplina, recordó también sus tres años con José Luis Aranguren, José Antonio Maravall y José Vidal-Beneyto en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociológicas, un centro privado nacido para contrarrestar la grisura de la universidad franquista y en el que solo pagan los alumnos que podían y solo cobraban los profesores que lo necesitaban.
Europa se muere
De esos años, de las noches que pasó escribiendo obritas de teatro para cabaret buscando un sobresueldo, de los que pasó dando clase en el Reino Unido, de los libros especializados que escribió, de las novelas que imaginó y de sus casi diez décadas de vida le ha quedado a José Luis Sampedro un sentido del humor que solo se nubla cuando habla del presente: de la degradación de la enseñanza pública a favor de la privada; del plan Bolonia como extinción de una universidad "nacida para saber y no para hacer", "para ganar dinero". Han rendido la universidad, afirmó, a la productividad, según él, una de las "diosas de hoy", a las que todo se sacrifica. Las otras dos, añadió, son la competitividad y la innovación.
Preguntado por Europa, Sampedro no fue mucho más optimista. "A la Europa moderna yo la vi nacer", dijo, que era su manera de decir que ahora la estaba viendo morir. "Europa está reunida, como los ministros de antes cuando no querían recibir a alguien. No hace casi nada de lo que tenía que haber hecho. No se unifica y no se unificará".
Durante toda la charla, José Luis Sampedro amenazó con decirle al auditorio algo sobre la vida. Al final lo dijo: "Cada cultura ha tenido su referente. Los griegos, el hombre; la Edad Media, Dios; ahora, el dinero. Para mí el referente es la vida. Hemos recibido una vida y vamos a vivirla hasta el final. Pero para eso necesitamos la libertad, para que esa vida sea la nuestra y no la que nos mandan tener". Y añadió: "La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada. Sin cuerda no vuela, y esa cuerda que facilita el vuelo pero se resiste al viento es la fórmula clásica de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. En 2000 años hemos progresado técnicamente pero seguimos aislados en tribus, salvajes, matándonos unos a otros".


El Nacional de las Letras 

premia el compromiso de Sampedro

El galardón, dotado con 40.000 euros, reconoce la trayectoria de un autor y su obra en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado


Elsa Fernández-SantosMadrid 29 NOV 2011 - 17:27 CET




Escritor, humanista y economista, la voz de José Luis Sampedro (Barcelona, 1917), ha saltado las barreras generacionales para proclamarse en los últimos meses en estandarte del desencanto juvenil en España. El Premio Nacional de Las Letras 2011 ha recaído en un hombre que aboga por una economía "más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos", para quien la "productividad, competitividad e innovación" deberían ser sustituidas por "repartición, cooperación y recreación". Sampedro es uno de los referentes intelectuales y morales de los indignados del movimiento del 15-M, algo que ha popularizado su figura enormemente este último año.
"El sistema está roto y perdido, por eso tenéis futuro", ha dicho el escritor refiriéndose a esa juventud, según él, no tan perdida. Sampedro alcanzó esa primera línea social tras su prólogo del célebre libro Indignados del diplomático francés Stéphane Hessel.

El escritor, humanista y economista se ha proclamado en los últimos meses en estandarte del desencanto juvenil
Aunque nació en Barcelona, Sampedro vivió en Tánger (Marruecos) hasta los 13 años. En 1936, mientras trabaja en Santander, es movilizado por el ejército republicano por la Guerra Civil. Filas que abandona para sumarse al bando nacional, al que se consideraba más afín. Las atrocidades de la guerra le alejaron finalmente de ambos bandos. Hijo de una buena familia, hasta entonces se había limitado a estudiar y aprobar unas oposiciones para funcionarios de aduanas. De su experiencia en la guerra se nutrió su segunda novela, La sombra de los días (Alfaguara), escrita en 1945 y publicada en los años noventa.




Sin embargo, su prolífica carrera literaria y económica no se limita a lo ocurrido en los últimos tiempos. Académico de la RAE desde 1990 en el sillón F, Sampedro se ha enterado del premio camino de La Cala de Mijas (Málaga), donde pasará frente al mar el invierno. Olga Lucas, su esposa y colaboradora, señaló a este periódico: "Somos como aves migratorias. Hemos visto que llega el frío a Madrid y nos hemos ido". Él galardonado se limitó a expresar su sentido agradecimiento: "Estoy contento".
Pensamiento comprometido
Dotado con 40.000 euros, el galardón reconoce su pensamiento comprometido, que le ha permitido conciliar la profundidad de sus escritos económicos con los literarios. Entre sus obras económicas destacan Principios prácticos de localización industrial (1957), Realidad económica y análisis estructural (1959), Las fuerzas de nuestro tiempo(1967), Conciencia del subdesarrollo (1973), Inflación: una versión completa (1976), El mercado y la globalización (2002), Sobre política, mercado y convivencia (2006) y Economía humanista. Algo más que cifras (2009).
Esta concepción humanista, "que abarca desde la economía a la vida, alienta también lo más destacado de su producción literaria, donde destacan obras claves de la narrativa española de fin de siglo", apunta la nota ministerial: Octubre, octubre (1981), La sonrisa etrusca (1985),La vieja sirena (1990), Real Sitio (1993), El amante lesbiano (2000),Escribir es vivir (2003), La senda del drago (2006), y La ciencia y la vida(2008). Es la suya una producción prolífica, desarrollada al margen de las corrientes literarias, y marcada por su postura vital de contribuir, desde la educación, la cultura y la transmisión del saber, a la consecución de un mundo mejor.
El jurado ha estado compuesto por José Antonio Pascual Rodríguez, designado por la Real Academia Española; Xosé Luis Axeitos, por la Real Academia Gallega; Miren Azcarate Villar, por la Real Academia de la Lengua Vasca; Jordi Cornudella i Martorell, por el Instituto de Estudios Catalanes; María José Rivera Ortún, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Andrés Sorel, por la Asociación Colegial de Escritores (ACE); Irene Andres-Suárez, por la Asociación Española de Críticos Literarios; Gema González Vélez, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); y Anna Caballé, por la ministra de Cultura. Ha actuado como presidente el director general de Libro, Rogelio Blanco, y como vicepresidenta la subdirectora general adjunta de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, Mónica Fernández.

José Luis Sampedro en la playa de Mijas (Málaga). / DANIEL MORDZINSKI

viernes, 12 de abril de 2013

José Luis Sampedro / El eterno aprendiz

José Luis Sampedro
Foto de Jordi Socías
José Luis Sampedro
NUESTRO TIEMPO ES ESENCIALMENTE 
UN TIEMPO DE BARBARIE

"Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo 

nos conduce a la catástrofe"

 Luz Sánchez-MelladoEl País, 12 JUN 2011





Azuzó a los jóvenes a indignarse y reaccionar. Ahora les pasa el relevo. El economista, literato y pensador, de 94 años, cree que el capitalismo se acaba y la actual "barbarie" del mundo dará paso a un nuevo sistema.
No nos oye llegar. Está de espaldas frente al ventanal. Es mediodía, la luz entra a chorro y su figura se recorta contra el azul intenso del mar al otro lado del cristal. Un claroscuro perfecto: los pelos de punta, las orejas despegadas, la espalda recta, la diestra arañando un folio con un bolígrafo. La viva imagen de la introspección. José Luis Sampedro no es un hombre de acción. Al menos en sentido estricto. El pensamiento, la reflexión y la contemplación han sido a la vez su alimento y su legado. A sus 94 años, sordo y aquejado, que no quejoso, de diversos males de su edad, escribe todos los días. Así, a mano, con el papel apoyado sobre una tabla, compuso el prólogo del célebre Indignaos -de Stéphane Hessel y un capítulo de Reacciona, los ensayos que han espoleado el Movimiento 15-M.

"Mi única ambición ahora es morir como un río en el mar. Ya noto la sal"

"Esto acaba por degradación moral. Hemos olvidado justicia y dignidad"

"Me pueden apartar y jubilar. Pero no me pueden jubilar de mí mismo"
Nos encontramos en su apartamento alquilado en la misma arena de la playa de Mijas (Málaga) días antes de que los indignados tomaran la Puerta del Sol. Se le veía frágil. Un gigante de metro noventa todo piel y huesos y ojos transparentes clavándose en los del prójimo. Un místico. Pero un místico lúcido. Y enamorado. Su esposa, la escritora Olga Lucas, 30 años menor, le sostiene en todos los sentidos. Ella es sus oídos, sus ojos y sus antenas. Pero el que piensa -y el que actúa pensando- es él. Juntos firman Cuarteto para un solista (Plaza y Janés), la "novela de ideas o ensayo novelado" que publica ahora y que constituye su testamento intelectual. Quisimos verle de nuevo para saber cómo saludaba, por fin, la reacción de los jóvenes. No fue posible. El celo de Olga le protege del mundo. Quizá de más. Pero gracias a ella está vivo, o eso dice él.
¿Cómo ve el mundo desde aquí? Nuestro tiempo es para mí, esencialmente, un tiempo de barbarie. Y no me refiero solo a violencia, sino a una civilización que ha degradado los valores que integraban su naturaleza. Un valor era la justicia. Dígame si Guantánamo o lo que pasa en China es justicia. Se juzga a la gente en virtud de la presunción de culpabilidad. Todo eso del ataque preventivo, un nombre eufónico para hablar de la ley de la selva. En 2000 años, la humanidad ha progresado técnicamente de forma fabulosa, pero nos seguimos matando con una codicia y una falta de solidaridad escandalosas. No hemos aprendido a vivir juntos y en paz.
En su libro, los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y aire, se reúnen para lograr la supervivencia de los humanos. Sí, porque el hombre los está olvidando. Los cuatro se preocupan porque, al alejarse de ellos, se aleja de su naturaleza. Se ha creído más de lo que es, se piensa por encima del cosmos. Los cuatro dicen: mientras crean en nosotros, serán humanos. Si no, peligran.
Dice que el hombre es al universo lo que la neurona al hombre: una célula pensante, pero una más. Dentro de mí hay millones de células como dentro del cosmos hay millones de seres. El hombre tiene dos peculiaridades: la palabra, y con ella el pensamiento, las ideologías y las creencias. Y la sensación de superioridad, pensar que es inmortal. Eso es lo que los cuatro no reconocen. Una cosa es la vida espiritual, incluso el sentimiento de que hay más allá, y otra las religiones con funcionarios que las explotan. Cuando el hombre se cree por encima de la naturaleza, piensa que puede transformarla, iluso.
¿Qué le sugiere que en el siglo XXI se declare santo a Juan Pablo II, fallecido hace cinco años? Hay una gran diferencia entre verdad y creencia. La verdad es la que podemos comprobar, y las creencias pertenecen a la zona imaginaria.
Pero esa creencia articula la vida de millones de personas. Y conduce a la idea de que hace falta una administración para entretener las almas, repararlas si se deforman, asegurarles si hacen todo bien un asiento en el paraíso. Para determinar nuestra conducta, las creencias son más importantes que la verdad. Y los que creen en esa inmortalidad hacen bien en comportarse según ella. Lo que hacen mal es exigir que los demás lo hagan.
Obviamente, no es creyente. Yo no puedo decir si hay Dios o no. Creo que no, pero no tengo seguridad. Ahora, tengo la seguridad de que el Dios que nos vende el Vaticano es falso, y lo compruebo leyendo la Biblia con la razón y no con la fe. Cuando creemos lo que no vemos, acabamos por no ver lo que tenemos delante.
En su vida habrá habido gozo y sufrimiento. ¿No envidia la paz de los creyentes? Esa es una de las razones por las que existen religiones, hay quien se cree a los dioses porque se ve inseguro ante el mundo. Además, todos tenemos necesidad de afecto, y pensar que hay alguien que nos protege es consolador. Pero mi actitud de no usar ese consuelo también. Mire, yo estoy a punto de morirme y estoy tan tranquilo. Gracias a ella [mira a su esposa], que me da una enorme tranquilidad y a la que le debo la vida. Si no fuera por ella, yo estaba muerto hace tiempo.
¿El amor es el consuelo del agnóstico? La gente suele identificar el amor con el hecho de hacer el amor, y piensa que a mi edad no tiene sentido. Claro que lo tiene. La compenetración, el afecto, el saberse sin hablar. Para mí, eso es más que siete Nobel. El goce de la vida no es cuestión de cantidad, sino de sensibilidad, intensidad, compenetración. La ternura da una intensidad profundísima. Y para eso no necesito el alma, tengo la mente. El cerebro, a base de combinar ideas como hace, peor, un ordenador, construye un mundo mental que da las sensaciones que se atribuyen al alma. Yo tengo memoria, algún entendimiento y voluntad. El mundo es energía. Todos tenemos una chispa. A lo que llaman alma, yo lo llamo mente.
¿Y frente al miedo a la muerte? Frente al exterior que no podemos conocer del todo hay una actitud de inquietud e indefensión. Eso nos lleva a decir: voy a transformar el mundo, como dicen ahora. Yo no pretendo cambiarlo, sino estar en armonía con él, y eso supone una vida que cursa como un río. El río trisca montaña abajo, luego se remansa, y llega un punto, como estoy yo, en que acaba. Mi ambición es morir como un río, ya noto la sal. Piense en lo bonito de esa muerte. El río es agua dulce y ve que cambia. Pero lo acepta y muere feliz porque cuando se da cuenta ya es mar. Ese es un consuelo. No necesito la esperanza de un personaje que me acoja. Admito que haya más allá, pero no un señor pendiente de José Luis.
Y que lo mande al cielo o al infierno. O que diga, a este lo pongo en coma y lo tengo así seis meses. Eso no es vida humana, eso es ser una coliflor. Pero hay quien dice: Dios es el dueño de la vida, y hay que agradecerle y dedicarle mi sufrimiento. Pero, bueno, ¿qué creencia tiene quien piensa que Dios se regocija con el sufrimiento? Esas ideas me parecen monstruosas. Estar contra la eutanasia, con garantías, me parece de una irracionalidad propia de una mentalidad primitiva.
¿Ha hecho testamento vital? No, pero ella [su esposa] sabe que, llegado el momento, quiero que me dé el potingue. [Interviene ella: "Sí, pero tienes que hacerlo, no quiero ir a la cárcel"]. Lo haremos. Hay que aceptar que acabamos. A mí me han dado la vida, quien fuera, y he procurado hacer lo que debemos hacer todos, vivir. Pero vivir siendo quienes somos, solo así alcanzaremos el máximo nivel. Para mí, el desarrollo de un país no es que se ponga a la altura de Estados Unidos. Es que desarrolle sus posibilidades al máximo. Yo fui una semilla, y he tratado de ser yo al máximo. No sé si mi obra es buena o mala, lo que digo es que la hice lo mejor que pude. Como neurona, he tratado de incorporar la mía a los demás, porque somos todos juntos y un hombre solo no es nada.
Dicen que China está a punto de superar a Estados Unidos en desarrollo. El desarrollo está pensando en la rentabilidad. Lo importante no son esas tres palabras que ahora todo lo mandan: productividad, competitividad e innovación. En vez de productividad, propongo vitalidad; en vez de competitividad, cooperación, y frente a esa innovación que consiste en inventar cosas para venderlas, creación. Esa es otra. El arte es mercancía. Esos artistas como Hirst, que cogen una cabeza de vaca, le ponen un diamante y se forran. Perdonen, pero eso no me parece desarrollo. El desarrollo humano sería el que condujera a que cesaran las luchas y supiéramos tolerarnos. Y ser libres, pero todos, porque la libertad es de todos o no es.
Decía usted: "¿Libertad? Vaya a un supermercado sin dinero y verá lo libre que es". El mercado no da la libertad. La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada a la responsabilidad del que maneja. Lo sabían los revolucionarios franceses: libertad, igualdad, fraternidad. Hay que tener el pensamiento libre y crítico. Para ser yo, la poca cosa, la neurona que sea, necesito pensar con libertad. Con la libertad de la cometa. Mire las elecciones. Hay unas campañas fabulosas para inculcar a la gente lo que tiene que votar. Y como el poder tiene unos medios extraordinarios de difusión, que son de persuasión, logra que se vote a quien se vota y pase lo que pasa.
¿Y qué pasa?: ganan unas veces unos y otras otros. Pues mire, usted perdone que me extrañe de que la gente vote a un señor como Berlusconi.
¿Eso es porque la gente no piensa? Porque la gente no hace crítica, porque acepta la creencia que le proponen a base de bombardearle con los medios. Los titulares de los periódicos son efímeros, tienen muy poca importancia frente a cosas como Guantánamo, un insulto a la justicia y a la inteligencia. ¿Y de Japón? ¿Y de Haití? Del sida en África, o de la falta de educación, no habla nadie porque no interesa al poder, que es el que dispone de los medios, que dicen lo que al poder le interesa. Contra eso hay que indignarse, reaccionar y decir no.
¿Me está diciendo que los periodistas trabajamos a las órdenes del poder y el mercado? No todos. Los hay que se resisten y reaccionan. Pero incluso los que siguen la corriente lo hacen inconscientemente: eso que llaman la información es una parte de lo que pasa, ocultando todo lo demás. Como cuando en una biblioteca hay libros delante y no dejan ver lo de atrás. Lo hacen inconscientemente porque saben que eso es lo que vende.
Ahora se sabe la audiencia exacta de cada noticia y existe la tentación de ofrecer lo que se pide. Claro, a mí me hacen muchas veces el elogio del ordenador. Estoy de acuerdo, pero si usted se acostumbra a consultar el ordenador en vez de pensar, acabará pensando lo que le diga el ordenador. Esto es parecido. El periodista sabe que o hace lo que conviene o se arriesga, y se lo piensa.
Su protagonista es un viejo profesor internado en un sanatorio. Su psiquiatra dice que antes sus pacientes eran los deprimidos, y ahora, los ansiosos. ¿Eso tiene que ver con el progreso que nos arrolla? Eso me lo dijo mi amigo el doctor Valentín Fuster. Algo de eso hay. Fíjese en que cada vez dependemos más de las creaciones mecánicas y científicas. Piense cuánto tiempo dedicamos a usar máquinas. Yo no sé ni hablar por el móvil, no me interesa. Gracias a mi mujer, que se entera de lo que hay y me lo cuenta.
Pero el mundo es el que es. ¿La alternativa es volver al pasado?Otra cosa que decía Fuster: vamos a parar y hablar del asunto. Pero no son capaces. Los que tienen poder quieren más poder; los que tienen dinero, más dinero; los banqueros que están forrados quieren sueldos más altos, y a la vez le dicen al obrero que hay que trabajar más y cobrar menos, ¡pero bueno! ¿Por qué no se para un rato la rueda y se reflexiona? Porque a los que mandan no les conviene, por eso no favorecen el pensamiento crítico, sino el transmitido por sus medios y por la educación, porque eso empieza en la niñez. Ahora lo de Bolonia es entregar la Universidad a los financieros e industriales. Y se estudiará lo que convenga para producir más.
Algunos piensan que hay que estudiar lo que se precisa. Que de la pasión no se vive. Yo aconsejo que el chico haga lo que le guste, porque rendirá más y vivirá más feliz, aunque gane menos. Una razón por la que hay tanto paro es que nuestro boom estaba montado en esto [señala las torres de la playa]. Era especulación. Además se atrajo a una mano de obra que no está capacitada para nada más. Ahora cómo la trasladas. Fíjese que la productividad se consigue con máquinas, todo elimina mano de obra. El músculo no encuentra trabajo. Yo mismo ahora no sería capaz de dar clases porque no manejo el ordenador. Si hubiera sensatez, si nos educaran para ello, reaccionaríamos y diríamos: alto, paremos a pensar. Racionalicemos el crecimiento demográfico.
En España somos los menos prolíficos del mundo. La reflexión la ha de hacer el mundo entero. Vamos a redistribuir la producción. El poder no quiere reflexionar porque no le interesa cambiar. Mientras, se corrompe todo, el sistema se hunde, entramos en esta barbarie. Como pasó al final de Roma. Ahora viene otra sociedad. El sistema capitalista se ha terminado: ya no funciona.
¿Cuánto de vida le da? ¿Llegará a verlo? No se lo puedo decir, pero estoy seguro de que en este siglo se empezará a notar la imposibilidad de mantener el desarrollo y las políticas autoritarias de esta manera, que encuentran cada vez más resistencia, y habrá cambios profundos. Quizá la primera reacción del poder sea el autoritarismo y entraremos en un despotismo científico. En el siglo XVIII hubo un despotismo ilustrado, ahora habrá una situación en la que unos ricos selectos dispongan de todo el progreso mientras en África y Asia hay lo que hay.
¿La brecha científica separará a ricos y pobres? La ciencia está en manos del dinero. Pero las creaciones científicas se hacen con un propósito y luego tienen otras consecuencias. Internet ha permitido lo que llaman globalización: pasar el poder de los políticos a los financieros. Pero la globalización, al tiempo que ha permitido a los ricos dominar más el mercado, ha creado los foros sociales que pueden minarles.
En el sistema está el germen de la disidencia. Claro, crea armas para otros, son consecuencias no deseadas de la técnica creada a demanda del poder. Ocurrirán cosas que no puedo prever, pero que conducirán a una situación distinta.
En su libro parece que tenía previsto el terremoto, el tsunami y el desastre nuclear de Japón. Hombre, es que tiene que pasar. Lo que me sorprende del tsunami es que una técnica como la nuclear, avanzadísima y todo lo que quiera, sabe poner en marcha una central, pero no sabe pararla. Y pasa no solo en la técnica. El Gobierno americano es capaz de montar Guantánamo, y resulta que no es capaz de desmantelarlo. Que no se les suban tanto las campanillas a los líderes científicos y políticos. Tienen puntos débiles.
¿Qué le pareció la reacción del pueblo japonés ante la catástrofe, o los islandeses que han emplumado a los financieros? En Islandia ha ocurrido esto porque es un país pequeño donde hay la posibilidad de unirse, aquí no. Estamos divididos deliberadamente para que seamos menos eficaces. La civilización moderna trata de individualizarnos y decirnos: usted es un individuo, usted es el rey de la creación, usted elija, usted tiene derecho, usted tiene libertad. Si aquí se reunieran todos los jóvenes, pero todos, podrían hacerse grandes cambios. Pero no se harán, porque los del PP harán lo que les dicen, y los del PSOE harán lo mismo.
¿No hay también apatía y conformismo de la mayoría? Sí, porque al mismo tiempo que nos dividen y nos mantienen en la ignorancia, nos ofrecen otros alicientes: el espectáculo, los festivales, el fútbol, y se desahogan por ese lado. Está todo montado también para ocultar lo que pasa detrás de la cortina. En cambio, nadie parece darse cuenta de que el señor Rajoy es el primer aliado de los que nos causan los problemas de crédito, porque dice en todos los foros que España está muy mal. La gente no reflexiona sobre eso, porque esa es una razón para no votar a esas personas que denigran a su país solo porque no son ellos los que gobiernan.
Llevamos ocho años de Gobierno socialista. ¿No han estado a la altura? No, por una razón muy sencilla: no son socialistas. Es un Gobierno capitalista que pasa por socialdemócrata. El socialismo no habría privatizado Telefónica. Ahora anuncia que va a despedir a 8.000 obreros; si fuera del Estado, no lo haría. Y dirán: la empresa pública es menos rentable. Pero ¿para quién? Las empresas privadas dan más dinero para el director, no para los obreros. Y si viene otro Gobierno, será más capitalista aún. Los Gobiernos no evitaron la crisis financiera y los pueblos siguen votando a quien ha hecho las cosas mal. ¿Quiénes provocaron la crisis?: los banqueros. ¿Quiénes salieron antes?: los banqueros. ¿Quiénes siguen ganando mientras el resto está parado?: los banqueros. ¿Quiénes les manda?: el capital.
Hablando de los trabajadores que 'sobran', la gente tendrá que trabajar para sobrevivir. Claro, pero si trabajan todos, tendría que ser en producciones de más baja rentabilidad. Y al poder, eso le tiene sin cuidado. Mientras mande el capital, esto no tiene arreglo, pero entretanto se está erosionando el sistema por dentro. Habrá una gran reacción si sigue la cosa así, esto no puede continuar.
¿Esto va a explotar? Sí, esto se acaba. No le puedo decir cómo, pero lo estoy viendo, y además por degradación ética y moral, porque se han olvidado de la solidaridad, de la justicia, de la dignidad. La corrupción es que los hombres que han de gobernar se ofrecen en venta. El capitalismo lo convierte todo en mercancía. Somos naturaleza, y poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe.
¿Este libro es una especie de testamento intelectual? Bueno, aún estoy aquí y escribo cada día. Ahora estoy tomando notas pensando en hacer una cosa breve, porque no puedo hacer planes para una novela. Quisiera hacer un librito sobre mi visión del mundo originado en el vacío, y en el vacío surge la energía.
Siempre tiene las mismas obsesiones. Sí, sobre todo desde que empecé a despejar cosas que me habían enseñado y a ver al hombre como especie biológica, como un ser privilegiado, pero natural.
¿Cómo ve su vida desde sus 94 años? Yo me considero un inmigrante en esta España. La manera de ser se construye en la adolescencia. Yo me construí en la España de los años treinta. En el 36 tenía 19 años, empezaba a vivir. Y entonces vino la catástrofe. Soy un inmigrante que no puede volver a su país porque ha desaparecido. En la Guerra Civil estuve en los dos campos, pero la dictadura fue una monstruosidad, aún hay quien dice que se vivía con placidez, serían ellos. La Universidad fue decisiva, dar clase es para mí tan importante como la literatura y la economía. Luego vino la etapa de padre de familia. Tuve la desgracia de perder a mi mujer, y no pensaba casarme, pero quién se resiste [mira a su esposa]. Nos encontramos en el balneario de Alhama. Yo iba cada año porque tenía lumbago. Ella se fue a su sitio, yo al mío, nos escribimos y hasta hoy.
¿Uno se enamora de forma distinta a los 80 años que a los 30? En el fondo se enamora uno igual, los dioses cambian de ropa, pero así son los dioses. Y las diosas. Tuve esa suerte, y aquí estoy, feliz.
¿Cuáles han sido los placeres de su vida? Placeres sencillos: la lectura ha sido extraordinario. Con la música he disfrutado muchísimo, he tocado un poco el piano y el violín, pero sobre todo he escuchado, y ahora la sordera me priva de esto. La contemplación ha sido importante. Hablo muchísimo conmigo, me trato mucho.
¿Y discuten? A veces. La felicidad en gran parte es llevarse bien con uno, y luego con los que están cerca.
Dice que esta casa frente al mar es su sanatorio de reposo mental. ¿Qué encuentra aquí? He comprado todo lo que se ve desde la terraza, sí, es mío. Usted se ríe, pero imagine que soy archimillonario y he adquirido ese trozo de mar, ¿qué haría con él? Pues lo mismo que ahora, porque no tengo la obsesión de ser propietario, que es lo que hace que los ricos compren la vaca de Hirst. Lo contemplaría, pasearía y dejaría que la gente se moje, porque no me perjudica. Pero la gente quiere ser propietaria, porque quiere mandar, y quien posee una cosa quiere otra. Hace falta menos para vivir bien.
¿Qué es lo imprescindible? El afecto. Y quien no lo tenga, afecto hacia sí mismo, hacia la naturaleza, hacia un perro. Fuster, a los estresados les decía: cómprese un animal de compañía, aunque sea un loro, y hable con él. No se precisa mucho más.
En este siglo de tantos inventos, ¿de cuál disfruta más? De los libros y la música.
Me refería a algo de la modernidad. El ascensor es un gran invento.
Si no tiene propiedades, ¿cuál es su patrimonio? Mis ideas, mi memoria, lo que tengo en la cabeza, lo que soy. Aprendiz de mí mismo, eso he sido toda mi vida.
En el libro dice: "Me pueden apartar, me pueden jubilar, pero no me pueden jubilar de mí mismo". Mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, estoy aquí tan campante. Ya lo he dicho: mi única ambición es morirme sin molestar.
Pero no le veo triste. Por qué voy a estarlo, no puedo estar mejor para mi edad.
Me refiero a ese Apocalipsis del que habla. Hasta hace poco pensaba que esta barbarie era una tragedia. Ahora creo que es una crisis de evolución de un sistema a otro. El cosmos no para de cambiar. Y lo mismo que ha inventado la vida y la cultura humana, inventará lo nuevo, el sistema que sustituirá al capitalismo. Yo tengo mi consuelo en mi manera de pensar, y acepto lo que se me viene encima. Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros. Piense en un huevo. Un gran invento sin técnicos, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla.

Eterno aprendiz de sí mismo

José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) siempre aspiró a ser él mismo "al máximo". Hijo de un médico militar, creció en Tánger (arriba, con cuatro años) y otras plazas a las que su padre fue destinado. La Guerra Civil le sorprendió en Santander con 19 años, cuando acababa de aprobar una oposición a funcionario de aduanas. "Hombre de orden", fue movilizado por el Ejército de la República, aunque después se pasó al bando nacional.
La Universidad, a la que acudió de mayor y donde es catedrático de Estructura Económica, fue el germen de su disidencia intelectual y moral con la dictadura. Economía humanista es su obra más conocida en este campo.
Escritor y académico, sus novelas El río que nos lleva, La sonrisa etrusca-han tenido éxito de público y se han llevado al cine y al teatro. En 2011 ha recibido la Orden de las Artes y las Letras.

http://elpais.com/diario/2011/06/12/eps/1307860014_850215.html





domingo, 31 de marzo de 2013

José Luis Sampedro / Cómo me hice escritor



JOSÉ LUIS SAMPEDRO
Cómo me hice escritor

Artículo del premio Nacional de las Letras publicado en 'Babelia' en el año 2001 
en el que explica cómo nació su vocación literaria.
El País, 29/11/2011




YO NACÍ en Barcelona pero, con poco más de un año, mi familia se trasladó a Tánger, ciudad que en los años veinte era realmente cosmopolita, con una convivencia de culturas y religiones y una libertad de vivir que se perdió tras la guerra mundial. En mi colegio y en la calle yo convivía con amigos musulmanes e israelíes y conocía costumbres y creencias muy diferentes de las mías. De pronto, con ocho años, mis padres juzgaron conveniente enviarme a vivir a casa de un tío mío, médico en un pueblecito soriano, en tierras altas y frías.
Caí así en un mundo radicalmente opuesto al de mis primeros años. En 1925 se vivía allí casi como en la Edad Media en una casa con enorme cocina de chimenea y hogar de leña, cuadra y corral y tierras de labor. Yo vivía entre personas mayores, cariñosas pero de un mundo tradicional y estricto. Las mujeres rezaban el rosario y encendían velas especialmente benditas el día de santa Bárbara para cuando estallaban tormentas. No encontraba amigos con quien jugar; ni siquiera comprendía yo la mitad de su vocabulario rural. Me sentía profundamente solo; casi abandonado aun comprendiendo los motivos que habían inspirado la decisión de mis padres. Lo que me salvó fue el armario de un cuarto trastero donde, amontonados, encontré viejos libros y, sobre todo, muchas novelas publicadas en folletón por un periódico de principios de siglo: creo recordar que formaban una colección bajo el título La Novela de Ahora. Me sumergí prácticamente en aquellas inacabables páginas y dejé de estar solo. Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne fueron seguidos por varias novelas de Paul Feval, sobre todo de la serie sobre Rocambole y El juramento de Lagardére. Recuerdo también obras de Dickens, de Wilkie Collins y otros autores, ¡hasta Los miserables, de Victor Hugo, fueron pasto de mi avidez! Supongo que muchas veces me enteraba sólo a medias y que no distinguía de calidades, pero aquellas páginas me protegieron, me salvaron: fueron el castillo donde, con tan varia profusión de personajes, me encontré en rica y fascinante compañía. En suma, durante el año largo que permanecí en aquel pueblo nació en mí el lector empedernido, el comienzo de la pasión por la literatura.
El paso decisivo hacia la escritura lo di cinco años después cuando, desde Tánger -adonde yo había regresado- mi familia vivió otro traslado, esa vez a Aranjuez, el espléndido Real Sitio de los monarcas borbónicos en la ribera del Tajo. Otro gran cambio de ambiente, desde la cosmopolita Tánger hasta una villa de urbanización dieciochesca y, sobre todo, el mundo de los palacios y los jardines, de los dioses y diosas mitológicos perpetuados en mármol entre las frondas y presidiendo las fuentes. Y yo con amigos en pandilla, empezando a fijarme en las chicas y para más suerte, haciendo a Madrid, debido a los estudios, unos viajes semanales que ampliaban mis horizontes, en el estimulante ambiente cultural de los años de la República. En Madrid debatía con mis condiscípulos, exploraba los libros de lance en la Cuesta de Moyano, acudía a actos culturales y empezaba a apreciar calidades. En la capital, por decirlo así, me acribillaban estímulos que luego, paseando por los jardines del Real Sitio, se asentaban y transformaban en mi mente. Al fin un día me ilusionó la posibilidad de crear un cuento y así fue cómo, si en la alta meseta soriana nació el lector, en Aranjuez nació definitivamente el escritor.
Pasados un par de años, quemados en la absorbente tarea utilitaria de ganar unas oposiciones y ocupar una situación estable propia, ya empecé a abrir en Santander una carpetilla con mis primeros intentos literarios. En la portada escribí "palotes" porque aquellas cuartillas equivalían para mí a los primeros trazos de pluma de los escolares, en los tiempos en que se aprendía la caligrafía.
El terremoto de la sublevación militar y la guerra sacudió mi vida, como la de todos los españoles, me añadió penalidades y experiencias nunca sospechadas, forzó mi crecimiento y muy poco después, por la temprana muerte de mi padre, me convirtió en cabeza de familia, afrontando aquella vida de penuria y represiones que fue nuestra posguerra. Pero escribir era ya para mí un imperativo ineludible y en 1940 terminé mi primera novela: La estatua de Adolfo Espejo. Cinco años después le siguió otra, La sombra de los días, pero ninguna de las dos fue publicada en su tiempo, ya que el contrato que llegué a tener a favor de la segunda no se llevó a efecto y, para entonces, ya trabajaba yo en otro proyecto que me parecía de alguna mejor calidad. Lo ultimé en 1952 y se publicó inmediatamente, por la estimulante acogida del famoso editor don Manuel Aguilar. Así nació mi Congreso en Estocolmo y, con esa obra, el ininterrumpido esfuerzo de invención que me ha traído hasta hoy y que ya se sale del tema de mis comienzos.