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| María Kodama |
Julio Ortega
UNA DEFENSA DE MARÍA KODAMA
Le debo a Borges la amistad de María Kodama. Los conocí a ambos en 1982, cuando visitaron la Universidad de Texas, en Austin, donde él había sido profesor visitante en 1961, y en 1968 había dictado una memorable conferencia sobre el Quijote, que finalmente recuperé y acaba de ser publicada por Claudio Pérez Míguez en Ediciones del Centro con el título propicio de Mi amigo Don Quijote. Lamentablemente, la presentación del libro, que contó con María, ha sido interrumpida por una serie de falsas imputaciones y malentendidos que me veo obligado a responder. María, hay que decirlo, es víctima de la poca fe periodística, pero no puede pasarse la vida respondiendo a las falsificaciones sentimentales de la obra de Borges, los errores de información sobre su papel de albacea de la herencia de su marido, y las agresiones que, de pronto, alguien le dirige sin concederle el derecho a réplica. La obra de Borges estuvo pésimamente editada (hay erratas hasta en la edición de Alianza Editorial), y a cuidar su larga restauración ha dedicado pasión atenta. Ha dado también batalla contra un penoso poema que se le atribuyó a Borges y circuló en el Internet hasta que, por fin, parece que ha dejado de ser observado. Gracias a la Agencia Andrew Wylie la obra borgeana está mejor editada en inglés y en francés. Borges recibía 200 dólares por una conferencia, sus derechos de autor fueron modestos, y por demás austera su vida. Sólo al final conoció cierto alivio, lo que le permitió elegir el lugar donde morir. María tuvo que dar otras largas batallas legales para que su matrimonio, que algunos pretendieron no reconocer, fuese ratificado. El juicio tomó seis años, cortes distintas y varios países. Quienes disputaban la herencia querían declarar senil a Borges, pero en cada lugar donde buscaron pruebas los desmentía su legendario ingenio vivo. Dedicó ella no pocos años, yo creo que demasiados, a refutar los errores y disparates en las biografías, memorias, usos y abusos del hombre y su nombre. Y los derechos que por fin Wylie puso en orden, los fue ella utilizando en esas batallas de amor perdidas, porque aun si las ganaba todas, los difamadores no valían la pena.





