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sábado, 3 de agosto de 2024
Petro ante el espejo / Nicolás Maduro
viernes, 1 de mayo de 2020
Lula calificó a Maduro de "democrático" y dijo que Guaidó "debería estar preso"
Lula calificó a Maduro de "democrático" y dijo que Guaidó "debería estar preso"
LA NACIÓN
4 de marzo de 2020
SAN PABLO.- El expresidente de Brasil Luiz Lula da Silva defendió al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y atacó al líder opositor Juan Guaidó, de quien dijo que "debería estar preso", según una entrevista con UOL y replicada por el diario Folha de S. Paulo.
sábado, 14 de abril de 2018
Vargas Llosa / Lula entre rejas
Mario Vargas Llosa
Biografía
Lula entre rejas
Gracias a la valentía de jueces y fiscales como Sérgio Moro se está persiguiendo en Brasil la corrupción, el gran enemigo del progreso latinoamericano
14 ABR 2018 - 17:00 COT

Que Lula, el expresidente del Brasil, haya entrado a una prisión de Curitiba a cumplir una pena de 12 años de cárcel por corrupción ha dado origen a protestas masivas organizadas por el Partido de los Trabajadores y homenajes de gobiernos latinoamericanos tan poco democráticos como los de Venezuela o Nicaragua, algo que era previsible. Pero lo es menos que mucha gente honesta, socialistas, socialdemócratas y hasta liberales consideren que se ha cometido una injusticia contra un exmandatario que se preocupó mucho por combatir la pobreza y realizó la proeza de sacar, al parecer, a cerca de 30 millones de brasileños de la extrema pobreza cuando estuvo en el poder.
Quienes piensan así están convencidos, por lo visto, de que ser un buen gobernante tiene que ver sólo con llevar a cabo políticas sociales de avanzada, y que esto lo exonera de cumplir las leyes y de actuar con probidad. Porque Lula no ha entrado a la cárcel por las buenas cosas que hizo durante su gobierno, sino por las malas, y entre éstas figura, por ejemplo, la espantosa corrupción de la compañía estatal de Petrobras y sus contratistas que costó al diezmado pueblo brasileño nada menos que tres mil millones de dólares (dos mil millones de ellos en sobornos).
De otro, quienes piensan tan bien de Lula olvidan el feo papel de corre-ve-y-dile que jugó como emisario y cómplice en varias operaciones de Odebrecht —en el Perú, entre otros países— corrompiendo con millones de dólares a presidentes y ministros para que favorecieran a aquella transnacional con multimillonarios contratos de obras públicas.
El expresidente ha tenido todos los derechos de defensa existentes en un país democrático
Es por esta razón y otros casos que Lula tiene no uno, sino siete procesos por corrupción en marcha y que decenas de sus colaboradores más próximos durante su gobierno, como João Vaccari o José Dirceu, su jefe de gabinete, hayan sido condenados a largas penas de cárcel por robos, estafas y otras operaciones delictuosas. Entre las últimas acusaciones que se ciernen sobre su cabeza está la de haber recibido de la constructora OAS, a cambio de contratos públicos, un departamento de tres pisos en la playa de Guarujá (São Paulo).
Las protestas por la prisión de Lula no tienen en cuenta que, desde que se produjo la gran movilización popular contra la corrupción que amenazaba con asfixiar a todo el Brasil, y en gran parte gracias a la valentía de los jueces y fiscales encabezados por Sérgio Moro, juez federal de Curitiba, centenares de políticos, empresarios, funcionarios y banqueros han ido a la cárcel, o están siendo investigados y tienen procesos abiertos. Más de ciento ochenta han sido ya sentenciados y hay varias decenas de ellos que lo serán en un futuro próximo.
Jamás en la historia de América Latina había ocurrido nada parecido: un levantamiento popular, apoyado por todos los sectores sociales, que, partiendo de São Paulo se extendió luego por todo el país, no contra una empresa, un caudillo, sino contra la deshonestidad, las malas artes, los robos, los sobornos, toda la gigantesca corruptela que gangrenaba las instituciones, el comercio, la industria, el quehacer político, en todo el país. Un movimiento popular cuya meta no era ni la revolución socialista ni derribar a un gobierno, sino la regeneración de la democracia, que las leyes dejaran de ser letra muerta y se aplicaran de verdad, a todos por igual, ricos y pobres, poderosos y gentes del común.
Se ha demostrado que la decencia y la honestidad son posibles también en el tercer mundo
Lo extraordinario es que este movimiento plural encontró jueces y fiscales como Sérgio Moro, que, envalentonados con aquella movilización, le dieron un cauce judicial, investigando, denunciando, enviando a la cárcel a un abanico de ejecutivos, comerciantes, industriales, parlamentarios, autoridades, hombres y mujeres de toda condición, mostrando que es realizable, que cualquier país puede hacerlo, que la decencia y la honestidad son posibles también en el tercer mundo si hay la voluntad y el apoyo popular para hacerlo. Cito siempre a Sérgio Moro, pero su caso no es único, en estos últimos años hemos visto en Brasil cómo su ejemplo era seguido por incontables jueces y fiscales que se atrevían a enfrentar a los supuestos intocables, aplicando la ley y devolviendo poco a poco al pueblo brasileño una confianza en la legalidad y en la libertad que casi había perdido.
Hay muchas gentes admirables en Brasil; grandes escritores como Machado de Assis, Guimarães Rosa o mi muy querida amiga Nélida Piñon; políticos como Fernando Henrique Cardoso, que, durante su presidencia, salvó de la hecatombe a la economía brasileña e hizo un modelo de gobierno democrático, sin ser acusado jamás de una acción punible; y atletas y deportistas cuyos nombres han dado la vuelta al mundo. Pero, si tuviera que escoger uno de ellos como modelo ejemplar para el resto del planeta, no vacilaría un segundo en elegir a Sérgio Moro, ese modesto abogado natural de Paraná, que, luego de recibirse de abogado, entró a la magistratura haciendo oposiciones en 1996. Según ha confesado, lo ocurrido en Italia en los años noventa, el famoso proceso de Mani Pulite, le dio ideas y el entusiasmo necesario para combatir la corrupción en su país, utilizando instrumentos parecidos a los de los jueces italianos de entonces, es decir, la prisión preventiva, la delación premiada y la colaboración de la prensa. Han tratado de corromperlo, por supuesto, y sin duda es un milagro que esté todavía vivo, en un país donde los asesinatos políticos no son por desgracia excepcionales. Pero allí está, formando parte de lo que viene siendo una verdadera, aunque nadie la haya denominado todavía así, revolución silenciosa: el retorno de la legalidad, el imperio de la ley, en una sociedad a la que la corrupción generalizada estaba desintegrando e impidiéndole pasar de ser el “gran país del futuro” que ha sido siempre a ser el gran país del presente.
El gran enemigo del progreso latinoamericano es la corrupción. Ella hace estragos en los gobiernos de derecha o de izquierda y un enorme número de latinoamericanos ha llegado a convencerse de que aquella es inevitable, algo así como los fenómenos naturales contra los que no hay defensa: los terremotos, las tormentas, los rayos. Pero la verdad es que sí la hay, y precisamente Brasil está demostrando que es posible combatirla, si se tienen jueces y fiscales gallardos y responsables, y, por supuesto, una opinión pública y unos medios de información que los apoyen.
Por eso es bueno, para la América Latina, que gentes como Marcelo Odebrecht o Lula da Silva hayan ido a la cárcel luego de ser procesados, concediéndoles todos los derechos de defensa que existen en un país democrático. Es muy importante mostrar en términos prácticos que la justicia es igual para todos, los pobres diablos del montón que son la inmensa mayoría, y aquellos poderosos que están en la cúspide gracias a su dinero o a sus cargos. Y son precisamente estos últimos los que tienen mayor obligación moral de acatar las leyes y mostrar, en su vida diaria, que no hace falta transgredirlas para ocupar esas posiciones de prestigio y poder que han alcanzado, que ellas son posibles dentro de la legalidad. Es la única manera en que una sociedad crea en las instituciones, rechace el apocalipsis y las fantasías utópicas, sostenga la democracia y viva con la sensación de que las leyes existen para protegerla y humanizarla cada día más.
sábado, 31 de marzo de 2018
El Mecanismo / La trama de la nueva serie de Netflix no supera la realidad
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| El Mecanismo Neflix |
O Mecanismo’, la trama de la nueva serie de Netflix no supera la realidad
La historia es dinámica y, a veces, intrigante, pero la serie comete errores que la fotografía, el ritmo y la elogiable actuación del elenco no han conseguido compensar
Netflix acaba de estrenar su última producción y no va a escapar de la polémica. La serie O Mecanismo, de José Padilha, creador brasileño de Narcos y de Tropa de Élite 1 y 2, trae al mundo de las series la Operación Lava Jato, la investigación contra la mayor trama de sobornos de Brasil, una historia que mantiene en vilo a los brasileños desde marzo de 2014.
La primera temporada desmenuza los orígenes de la investigación cuando dos policías, Ruffo y Verena, se proponen acabar con el negocio millonario de un astuto delincuente especializado en lavar dinero. En su batalla, trabada –no sin roces– con la Fiscalía y un juez tenaz y vanidoso, descubren que el mecanismo corrupto es mucho mayor de lo que esperaban y llega a los despachos de diputados, partidos políticos, funcionarios públicos y de los principales constructores del país.
Los primeros ocho episodios de esta serie, que en España se ha titulado Túnel de corrupción, son un thriller policíaco alimentado por una investigación llena de obstáculos narrados –como es habitual en Padilha– por la voz en off de los policías protagonistas.
La historia es dinámica y, a veces, intrigante, aunque boicotea con la narración parte de su suspense. Pero la serie comete errores que, para sus espectadores brasileños, la fotografía, el ritmo y la elogiable actuación del elenco no han conseguido compensar.

Desde antes de su estreno hay un claro esfuerzo de los productores en demostrar su imparcialidad en un asunto que ha dividido al país entre los defensores de acabar con la corrupción a cualquier coste y los que denuncian abusos policiales y judiciales en una contienda en la que todo vale. La serie recoge referencias repetitivas sobre un mecanismo sin ideologías, que no entiende de derecha o de izquierda, pero mientras el guion pasa de puntillas por algunos personajes, las adaptaciones dramáticas se recrean generosamente en otros. Esa adaptación de los hechos reales puede confundir al espectador menos informado y más aún a cualquier extranjero que no haya seguido ni de lejos esta telenovela política.
El guion, por ejemplo, pone en boca del personaje que encarna al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva una frase que no es suya. Preocupado por el avance de las investigaciones, el personaje de Lula dice a su ex ministro de Justicia que “hay que acabar con esta sangría”. Sería apenas un recurso dramático si no fuese porque ese diálogo quedó inmortalizado al llegar a las televisiones de todos los brasileños. Y no era Lula el interlocutor, sino uno de sus ahora enemigos políticos, impulsor del impeachment de Dilma Rousseff, principal articulador del Gobierno de Michel Temer y también investigado en varios casos de corrupción. La ocurrencia, en año electoral y con el autor de la frase aún orquestando las entrañas del poder, ha sido interpretada como malintencionada.
El asunto es sensible y Padilha, que no teme la polémica, lo sabía. De hecho, el director ya ha calificado esta discusión como “boba” y ha defendido que la suya es una obra de ficción.
Aún así, el equipo anunció que los personajes no serían reconocibles. “Es como si la historia ocurriese en un país de otra galaxia”, dijo a este periódico Marcos Prado, uno de los tres directores que trabajaron junto a Padilha meses antes del estreno. No es verdad y es fácil identificar a sus protagonistas y su papel dentro y fuera de la ficción. La expresidenta Dilma Rousseff, que en la serie prepara su reelección mientras el villano se pasea alegremente por su comité de campaña, se ha pasado el fin de semana viendo la serie y no le ha gustado nada. “El cineasta miente, distorsiona y falsea. Eso es más que deshonestidad intelectual. Es propio de un pusilánime al servicio de una versión que teme la verdad”.
En su ahínco de presentar la difícil contienda del bien contra el mal algo reduccionista, Padilha tira de ficción y se deja por el camino muchos matices, que sí supo retratar en otras producciones. Su héroe es un veterano delegado mal pagado que come arroz y frijoles, mientras combate empresarios que juegan al tenis en mansiones. Es la lucha de un David que viaja en autobús contra un Goliat que tiene avión privado. Pero los policías federales de O Mecanismo no son víctimas de la precariedad, como sí lo son los policías militares de Tropa de Élite, y un delegado de la Policía Federal gana en lo alto de su carrera cerca de 5.600 euros.
Dejando a un lado las adaptaciones poco delicadas de guion, que servirán de munición política, se vislumbra una oportunidad perdida en la serie. Padilha, el resto de directores y la guionista Elena Soarez han tenido cuatro años de noticiario frenético con giros de guion inimaginables para contar esta historia de intrigas de poder, traiciones, confesiones, filtraciones y hasta muertes, pero la impresión que dejan los primeros ocho episodios es que no han conseguido superar la realidad con su ficción.
viernes, 30 de marzo de 2018
Lula da Silva denunciará a Netflix por la serie ‘El mecanismo’
Lula da Silva denunciará a Netflix por la serie ‘El mecanismo’
El ex presidente brasileño se une a su sucesora, Dilma Rousseff, y considera que la serie manipula a los espectadores en un año electoral
EL PAÍS
AGENCIAS
México 28 MAR 2018 - 23:59 COT

A solo unos días de haberse estrenado, la serie de Netflix El mecanismo amenaza con ser tan polémica como el caso en el que se inspira: Petrobras, la mayor red de corrupción y sobornos de la historia de Brasil. La producción, que en México mantiene el título original y que en países como España se llama Túnel de corrupción, no ha gustado a dos de sus protagonistas, que no aparecen con sus nombres reales en pantalla: la ex presidenta brasileña Dilma Rousseff, que ya la calificó este lunes de "fake news" por el retrato que hace de su mandato, y ahora su predecesor, Lula da Silva.
Eliane Brum / La ley no es para todos
Ampliar fotoLa ley no es para todos
La operación Lava Jato refuerza en Brasil una idea peligrosa: la de que la cárcel es justicia
5 SEP 2017 - 15:13 COT
La operación Lava Jato, incluso con todos los fallos y abusos cometidos, con la vanidad descontrolada de parte de sus protagonistas, presta un gran servicio a Brasil al revelar la relación de corrupción que existe entre lo público y lo privado. Una relación que atraviesa varios gobiernos, partidos y políticos de diversos partidos. Y la operación Lava Jato presta también un gran deservicio a Brasil al reforzar una de las ideas más peligrosas, enraizadas en el sentido común de los brasileños, y realizada en lo concreto de la vida del país: la de que la cárcel es sinónimo de justicia. En un país en el que el encarcelamiento de pobres y negros se ha convertido en una política de Estado no escrita –y que, paradójicamente, ha aumentado en los gobiernos democráticos que han venido después de la dictadura civil y militar (1964-1985)–, reforzar esa ideología no es un detalle. Tampoco un efecto colateral. Es una construcción de futuro.
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